Capítulo 9
- ¡Señor Andrew! Qué sorpresa, no lo esperábamos por aquí. ¡Bienvenido!
- Muchas gracias, señor Smith. Lamentablemente fue necesario hacer un cambio de última hora. Archie se dislocó un tobillo hace un par de días y en tales condiciones no puede viajar. Tuvimos que hacer varios cambios en reuniones, juntas y otros detalles. No podré quedarme cuatro días, como era el plan inicial con Archie. Espero que disculpe estos inconvenientes.
- Desde luego, señor Andrew. Al contrario, le agradezco enormemente que haya venido de todas maneras. ¿Cuánto tiempo se quedará entonces?
- Sólo dos días. Me esperan en Chicago este viernes a primera hora.
- Comprendo. Haremos todo lo necesario para aprovechar cada momento.
- Gracias, señor Smith.
- Lo llevaremos a su hotel y enviaré por usted a medio día, para que almorcemos. Espero tener listo el detalle de las actividades para los días de su visita. Vamos a tener que apurarnos un poco.
- Se lo agradezco. Fue un largo viaje desde Chicago.
- Nos encargaremos de que valga la pena, señor Andrew. No se preocupe.
- ¿Y bien? ¿Qué te parece la playa?
- Es fabulosa.
- Me alegra que te gustara. Estamos muy cerca del hotel, ¿recuerdas cómo llegar?
- Sí. ¿Por qué? ¿A dónde vas?
- Tenemos una reunión con la compañía de teatro al medio día. Luego visitaremos algunos medios de prensa y en la tarde tenemos otras reuniones. Para mí no son vacaciones, ¿recuerdas? –le contestó fríamente Terry.
Finalmente Candy había decidido acompañar a su novio a Los Ángeles. Ya habría otro momento para visitar a sus amigos. Tal vez el próximo año. Tal vez uno de estos días. Los extrañaba y en el fondo de su corazón sabía que era una ingrata, pero ya había sacrificado mucho por su relación con Terry. No podía permitirse que las cosas siguieran estando mal. El suyo estaba lejos de ser el romántico noviazgo que ella había soñado el día que llegó del brazo de Terry a Nueva York. Era muy poco el tiempo que pasaban en paz y demasiado el que invertían en peleas. Pero eso era todo lo que tenía. No podía perderlo. Tenía que resignarse y seguir. Estaba convencida de que si ella ponía un poco más de su parte, si era un poco más sumisa, un poco más comprensiva, un poco mejor, Terry también pondría de su parte. Cada día cedía un poco más; tanto, que llegó a perderse en sí misma y ya no sabía qué tanto decidía ella y qué tanto decidía él. Aun así, las cosas no marchaban bien. Pero debía seguir intentándolo, porque él era lo único que le quedaba. Algún día Terry cambiaría.
- Perdona, Terry, tienes razón.
- Está bien, pecosa, no te preocupes –dijo besando la frente de su novia.
Las cosas tampoco eran fáciles para Terry. Sin duda quería a Candy, pero la convivencia juntos era cada día más complicada. Cada vez eran menos los días en que se veían, pero en lugar de aprovechar al máximo el tiempo juntos, siempre todo terminaba girando, según él, en torno a las eternas quejas de Candy. Nada le gustaba. Era exigente y posesiva. ¿Por qué no entendía que debía dedicarse a su trabajo? ¿Acaso le reclamaba él por sus largas jornadas en el hospital? Insistía en cambiarlo. ¿Por qué? ¿Para qué? No había nada de mal en su forma de ser. El resto del mundo lo quería tal cual era, ¿por qué ella no podía hacer lo mismo? Nunca habría pensado que su relación se convertiría en algo rutinario y asfixiante. Pero estaban juntos y aunque fuera difícil, debían seguir adelante. En el fondo se amaban, él estaba seguro de eso. Sólo había que esforzarse un poco más. Él la había ido a buscar y le había prometido que estarían juntos para siempre. Era una promesa que debía cumplir. La sensación de haber vivido algo similar antes no dejaba de rondar su cabeza de vez en cuando.
- Pero no te preocupes: para esta noche, tengo una sorpresa.
- ¿Una sorpresa?
- Sí. No voy a decirte nada ahora, sólo quiero que a las siete y media estés más hermosa que nunca en el lobby del hotel.
- ¿Dónde vamos a ir?
- Ya te dije que es una sorpresa –rió guiñándole un ojo–. Espero que tú me sorprendas con tu vestido.
Besó sus labios y se fue. Candy se quedó largo rato en la playa, mirando las olas y disfrutando del paisaje. Se sentía en paz, pero también vacía. Algo no andaba bien, lo sabía, pero una vez más optaría por acallar esa vocecilla en su mente y hacer de cuenta que no pasaba nada. Sólo debía esforzarse un poco más y ser lo que Terry necesitaba. Ella luego podría cambiarlo. Por ahora, debía empezar por sorprenderlo con un hermoso vestido. Era temprano y había mucho por hacer.
- ¿Ustedes de verdad creen que esto del cine será rentable?
- Así es, Terry. Pero para eso es fundamental atraer al público. Tú eres un imán para las masas. Por eso queremos que actúes en esta película.
- Qué palabras tan halagadoras –comentó sarcástico Terry – ¿Y qué gano yo con participar en su película?
- Más atención. Más experiencia. Más público.
- ¿Y…? –preguntó levantando una ceja expresivamente.
- Y al menos un cinco por ciento de las ganancias totales – comentó serio el dueño de la compañía.
- ¿Un cinco por ciento?
- Bueno, eso es algo que debemos discutir – intervino el agente de Terry.
La reunión siguió por algunas horas e incluyó una visita al lugar en que la compañía estaba construyendo sus nuevos estudios de filmación. Al parecer, aquel rincón llamado Hollywood sería una muy buena inversión para todos. Pero Terry no se convencía. Sentía que había algo falso y vacío en todo aquel discurso del cine y las imágenes en movimiento. El teatro era una experiencia de vida. ¿Cómo transmitir las emociones que imprimía en sus monólogos a través de una fría pantalla? ¿Cómo emocionar hasta las lágrimas o arrancar una carcajada? Serían necesarias muchas, muchas horas para convencerlo. Horas que Terry no tenía. Ya eran casi las seis de la tarde y a las siete y treinta debía reunirse con Candy.
- Señores, ha sido un día muy agitado y debo retirarme –dijo Terry.
- No puedes –lo detuvo su representante – olvidé decirte que tienes que ir a otra entrevista, esta vez en una radio local. Nos esperan a las seis treinta.
- ¿Qué? Pero… ¿por qué no me lo dijiste? No puedo, Edward, lo siento. Candy me estará esperando en el lobby del hotel a las siete y media. Tengo que irme.
- Te dije que este era un viaje de negocios, Terry, no de placer – contestó molesto el representante.
- Pero eso no quita que tú debiste avisarme que había otra entrevista.
- ¡Salió esta mañana! ¿Qué querías que hiciera? Vamos, Terry, seguro tu novia comprenderá. Siempre lo hace.
- Precisamente porque siempre comprende es que no quiero dejarla plantada otra vez.
- Disculpen que me entrometa –interrumpió el dueño de la compañía que los acompañaba – Si me permiten, se me ocurre que una solución sería que usted envíe una nota a su novia para informarle el cambio de planes. Uno de mis empleados puede llevar la nota al hotel y así tendrá tiempo de hacer su entrevista sin problemas.
- ¿En serio haría eso por mí? –preguntó Terry.
- Todo por nuestra futura estrella – contestó con cierto brillo ambicioso en sus ojos el aludido.
- ¿A qué hora termina la entrevista, Edward? ¿Y dónde es? ¿Queda cerca del centro?
- Sí, queda muy cerca del centro. A las ocho en punto estaremos listos.
- ¿A las ocho? ¿Estás seguro?
- Absolutamente.
- Pensaba salir con Candy y luego llevarla a cenar. Deberíamos estar ahí a las ocho… –dijo Terry pensativo. No sabía cómo conciliar los horarios.
- ¿Conoce ella el lugar al que piensan ir? –preguntó el dueño de la compañía, siempre solícito.
- No, es una sorpresa. Es la primera vez que estamos en la ciudad, así que tampoco sabría cómo llegar sola.
- Bien, le propongo algo. Escriba la nota a la señorita y explíquele la situación. Uno de nuestros empleados la llevará en un automóvil y yo mismo me encargaré de dejarlo a usted donde me indique en cuanto termine su entrevista. ¿Qué me dice?
Terry lo miró en silencio. Definitivamente ese tipo estaba dispuesto a hacer lo que fuera con tal de que firmara el contrato para la dichosa película.
- ¿Tiene un lápiz y papel a mano?
- ¡En seguida se los traigo! –dijo corriendo al auto el empresario.
Continuará…
