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ஜ۩۞۩ஜ CAPITULO 7ஜ۩۞۩ஜ
Terry entró en la habitación y le tendió una camisa limpia y pulcramente doblada a su mujer.
—Ponte esto, que ya viene el doctor —le dijo.
Ella cogió la prenda y la desplegó ante sus ojos. Era de franela color beige y olía a jabón. Era enorme.
—¿No crees que me estará un poco grande?
—¿Prefieres recibir al buen doctor desnuda? —preguntó él. Ni siquiera lo dijo con sorna y Candy deseó arrojarle algún objeto a la cabeza. Era increíble la frialdad de aquel hombre.
Sujetándose la sábana sobre los pechos, se puso la camisa. La maniobra fue aparatosa y algo cómica, pero su marido no dio señales de que aquello le hiciera la más mínima gracia. Candy miró el resultado y comprobó que la abertura de la parte delantera de la camisa le llegaba casi hasta el ombligo. Enrojeció al observar que parte de sus pechos quedaba expuesta a la vista y se apresuró a anudar los cordones que cerraban la prenda por su parte superior.
—Esto es inaudito. ¿Por qué no me has conseguido un vestido?—protestó.
Al levantar la vista hacia su marido, comprobó que este la miraba fijamente, estudiándola con aquellos ojos zafiros insensibles. Ante su pregunta, el hombre reaccionó con retardo. Sacudió la cabeza como si despertara de un ensueño y contestó con acritud.
—No tengo el saco mágico de los vestidos y no sé coser, así que esto es lo único que te he podido conseguir. Con un simple gracias, hubiera bastado.
—¿Gracias? ¿Por qué? ¿Por meter la mano en tu armario y sacar una camisa? —Candy levantó el mentón, indignada—. Cuando hagas algo por mí, algo verdaderamente importante, tal vez te lo agradezca.
—Ya hice algo por ti... —comenzó a decir él, pero de pronto calló. Luego apartó la vista de ella y prosiguió, mirando por la ventana—. Me casé contigo.
Candy abrió la boca. Aquello era un insulto; lo era, ¿verdad? Al menos, ella se había sentido ultrajada. ¿Acaso la equiparaba con un perro que hubiese tenido la bondad de recoger de la calle? Ah, cuando estuviera recuperada ya vería, ya. Ese hombre se iba a enterar de quién era ella.
—No pienso darte las gracias por eso. Tú pediste una esposa; yo crucé más de tres mil millas por ti. Eres tú quién me tiene que dar las gracias.
Por primera vez, una sonrisa sesgada cruzó por sus labios cuando la miró. Se acercó hasta la cama y apoyó una mano a cada lado de su cuerpo. Cerca, muy cerca, con esa sonrisa siniestra aún en el rostro, contestó con un susurro.
—Nunca.
Candy no se arredró. Su corazón latía desbocado por la extrema proximidad de su marido, tan repentina, pero no permitiría que él notase lo que le turbaba su presencia.
—Ya lo veremos —contestó, con otro susurro igual de amenazante.
Unos golpes en la puerta terminaron con su mutuo ensimismamiento. Terry se separó de ella dejando tras de sí una brisa con su olor y Candy se encontró cerrando los ojos para sentirla mejor.
Los abrió de golpe. ¡Qué estúpida! Ese hombre había admitido estar borracho cuando firmó la solicitud para conseguir una esposa. Volvió a cerrarlos, con un suspiro decepcionado. ¡Oh, pero olía tan bien!
Por fortuna, el doctor O'Brian entró en la habitación haciendo que olvidara el aroma corporal de su nuevo marido.
—Buenos días, Candy. ¿Cómo te encuentras hoy?
Al escuchar el tono amable y sincero, una sonrisa acudió presta a sus labios. Por fin alguna emoción aparte de una fría indiferencia. Sus ojos esmeraldas también sonrieron cuando contestaron al elegante médico.
—Bastante mejor, doctor O'Brian. Si pudiera hacerlo, me levantaría.
El hombre se acercó hasta la cama y se dirigió un momento a Terry antes de proceder al examen de la paciente.
—Puedes salir si quieres. Mi esposa Dorothy está en la sala, te hará compañía mientras yo reviso las heridas de tu esposa.
El hombre moreno cruzó los brazos sobre el pecho y se apoyó con parsimonia contra la pared. Sus ojos azules se clavaron en Candy antes de contestar.
—No, doctor. Prefiero quedarme.
El médico se encogió de hombros y se sentó al borde de la cama para quitar la venda de la cabeza de la joven. Ella aún miraba a su marido con gesto extrañado. ¿Había detectado una nota de posesión en su tono al negarse a salir de la habitación? Estaba soñando, sin duda. Decidió ignorarlo y concentrarse en las atenciones del doctor, pero descubrió que la tarea era harto complicada.
La presencia de Terry Graham era muy difícil de obviar.
—Bien, esto tiene muy buen aspecto. Veo que tu esposo ha sabido aplicarte el desinfectante a la perfección. Además, ya no tienes fiebre. Muy bien.
Intentó no mirarlo. Lo intentó con todas sus fuerzas. Pero el cuerpo alto y fuerte de su marido era demasiado atrayente y ante su mención por parte del doctor sus ojos volaron hacia él sin contemplaciones. Si esperaba encontrar una sonrisa complacida por el halago del médico, se equivocó de parte a parte.
O'Brian le lavó la herida y la untó de nuevo con el ungüento desinfectante, para volver a vendarle la cabeza. Sus manos trabajaban con precisión y Candy apenas se resintió. Sin duda, era un buen médico.
—Supongo que si la herida evoluciona tan favorablemente como hasta ahora, dentro de poco te podré quitar el incómodo vendaje. Veamos tu tobillo.
A Candy no le pasó desapercibido el gesto de su marido cuando el doctor le retiró la sábana con delicadeza. Vio cómo se enderezaba y endurecía el cuerpo. El ceño de su mirada se acentuó. Ella se apresuró a estirar la camisa hacia abajo todo lo que pudo para tapar sus piernas en la medida de lo posible, pero, aun así, se sintió desnuda y enrojeció por la mortificación que sentía. Si al menos hubiese llevado puesto un largo camisón...
El doctor, sin embargo, pareció no fijarse en nada que no fuera su tobillo. Le desató el entablillado con cuidado y lo manipuló con delicadeza. Así y todo, la cara de Candy se contrajo de dolor cuando los dedos expertos del médico palparon la zona inflamada.
—Está mejor, sin duda. Pero aún necesita varios días de reposo—fue su diagnóstico.
Volvió a vendarlo con tela limpia y cuando terminó, le echó de nuevo la sábana sobre el cuerpo.
—¿Vendrá entonces mañana, doctor? —preguntó Candy, acomodándose la ropa de cama.
—Por supuesto —contestó. Se levantó y sonrió a Terry a modo de disculpa porque sabía que odiaba las visitas—. Mi mujer, Dorothy, me ha acompañado con la intención de saludar a la paciente. Además, te ha traído...
—¿Mi ropa? —aventuró Candy.
El doctor carraspeó, incómodo. Aunque su examen había sido muy profesional, no le había pasado desapercibida la camisa de hombre que vestía.
—No, lo siento. Te ha traído algo de comida con su mejor voluntad.
—Hágala pasar. Se lo agradeceré en persona, aunque no tendría que haberse molestado. Lo cierto es que estoy comiendo bastante bien —confesó, ruborizándose.
Su marido, el hombre de hielo, tampoco se dio por aludido con su comentario y salió de la habitación. El doctor le siguió y, acto seguido, Dorothy entró en el dormitorio.
Candy se alegró mucho de verla. Llegó con un vestido color lila suave que se ajustaba a su generoso busto y la falda caía amplia y elegante hasta sus pies. Llevaba el pelo castaño y rizado recogido en un moño; en la mano, sujetaba un pequeño y elegante sombrero. Sus ojos color nuez, brillantes, daban fe de lo feliz que se sentía con su nueva vida.
—Te veo muy bien, Dothy —confesó.
La recién llegada dejó el sombrero sobre la cómoda y se aproximó a la cama para dar un beso a su amiga.
—Estoy radiante de felicidad. Grorge es un hombre fantástico—bajó el tono y sus mejillas se encendieron para terminar la frase—, y nos entendemos muy bien.
Candy sonrió y cogió las manos de su amiga para apretárselas con cariño. Al menos a ella le había resultado. La envidiaba y se alegraba por ella a partes iguales.
—Te lo mereces —le dijo—. Has sufrido mucho hasta llegar aquí.
—Bobadas. Todas hemos sufrido, y por eso me alegra que hayamos encontrado lo que buscábamos.
—¿Todas? Por todos los cielos, ¿son todas tan felices como tú?—preguntó Candy, sin perder la sonrisa.
—Eso espero —una risa gorjeó en la garganta de Dorothy. Luego se puso seria de pronto y la observó con detenimiento—. ¿Por qué lo preguntas? ¿Acaso tú no...?
Candy se recostó sobre las almohadas e hizo un gesto con la mano para restarle importancia al asunto.
—No me hagas caso. Es que acabo de despertarme de mi estado febril. No he tenido tiempo de acostumbrarme ni de hacerme a la idea.
Dorothy abrió la boca, sorprendida. Miró un momento hacia la puerta del cuarto para cerciorarse de que nadie escuchaba y luego clavó sus ojos en los verdes de Candy.
—Pero chica, si tienes un marido fantástico —confesó—. Es guapo e interesante, y a juzgar por cómo te está cuidando, bastante responsable.
—Sí. Reconozco que es muy guapo. Si tan solo sonriera alguna vez...
—Será que está preocupado por ti.
—O que le ha picado una serpiente de cascabel en el culo.
—¡Candy! —se escandalizó Dorothy, aunque tuvo que apelar a toda su fuerza de voluntad para no echarse a reír.
—¡Oh, de verdad, Dothy! ¡Es tan serio, tan frío! Parece que me tuviera aquí porque no le queda más remedio.
—Es que no le queda otro remedio. Prometió casarse con la mujer que le tocase, y le has tocado tú —explicó Dorothy.
Candy miró por la ventana con melancolía. Suspiró ruidosamente y su amiga tuvo que volver a morderse los labios para no reírse por su dramática reacción.
—Hablemos de otra cosa, por favor —pidió Candy—. ¿Qué tal Anny? Ella sabía que me había quedado rezagada. ¿Por qué no dio la voz de alarma cuando no regresé al pueblo?
Dorothy sonrió con picardía. Palmeó sus manos con gesto cómplice antes de contestar.
—Anny ha sido la más afortunada de todas nosotras. ¡Tenías que ver el hombre que se ha casado con ella! Te tiemblan las piernas solo con mirarlo y va arrancando suspiros allá por donde pasa. Un vaquero como el que ella quería, sin duda. Aunque sé que tú has sufrido las consecuencias, no la culpes por su abstracción. ¡Cualquiera de nosotras te hubiera olvidado junto a un hombre así!
—Vaya, gracias...
—Me pregunto cómo habrá sido su noche de bodas —continuó Dorothy, ignorando el comentario dolido de Candy—. ¡Oh, qué ganas tengo de encontrarme con ella para que me cuente!
—Sí, y yo... —reconoció la convaleciente—, y yo —tras unos momentos de silencio, añadió—. Por cierto, ¿ha ocurrido algo extraño? ¿Alguno de los hombres ha dicho algo... fuera de lo común?
Dorothy la miró sin comprender.
—¿A qué te refieres?
Pero Candy no podía preguntarle a las claras si alguno de aquellos individuos había aparecido con una herida en el hombro acusándola de agresión. Le bastaba con que nadie supiera nada. Eso significaba que aquel bastardo no había dicho palabra acerca del incidente y ella estaba segura, de momento.
—Bah, olvídalo. Me pareció ver que uno de los hombres de la caravana se comportaba de un modo raro, pero serían imaginaciones mías.
—Ya... —comentó Dorothy, mirándola con suspicacia.
Sin embargo, no quiso indagar más. Ella era una de esas mujeres que daba gracias por lo que tenía y no pretendía meterse donde no le llamaban. Sabía que Candy no había preguntado porque sí. Tenía un motivo oculto que, al parecer, no quería revelar. Dorothy lo respetaba. Por eso, de súbito, se levantó con un revuelo de faldas lila y sonrió, satisfecha.
—Me alegro mucho de que estés mejor, cielo. Y no dudes que vendré a menudo a verte. Espero, por tu bien, que ese aire melancólico que vela tu mirada haya desaparecido cuando vuelva —miró en derredor con aprobación—. Fíjate en este cuarto. Limpio, recogido, confortable. Tu marido sabrá cuidarte, tienes suerte por eso.
—Pues qué bien —respondió ella.
El sarcasmo de su voz no afectó a Dorothy, que recogió su sombrero y se lo colocó, sujetándolo al moño con un elegante alfiler.
—Que te mejores, Candy. Y no te amargues, en serio, Terry Graham parece un buen hombre —dicho lo cual, salió de la habitación.
—Sí, la única pega es que no deseaba una esposa —agregó Candy cuando ya no podía escucharla.
Se arrebujó en las sábanas y se tumbó de lado, cerrando los ojos para intentar descansar. Pero la imagen de su marido, apoyado contra la pared, volvía a su mente una y otra vez.
—¡Vete, vete, vete! —pidió, cansada—. Déjame reposar tranquila.
Pero los ojos azules cimo el zafiro se le clavaban en el alma torturándola, impidiendo su completo descanso. Recordó entonces la reacción de su esposo cuando el doctor le quitó la sábana y una ligera sonrisa curvó sus labios.
—Así que te importa ¿verdad? —suspiró y trató de relajarse con ese pensamiento—. Parece que no eres tan inaccesible después de todo, Terry Graham.
Cuando los visitantes de marcharon, Terry salió a ensillar su caballo. Era imprescindible que hablase con Curtis, puesto que esa misma tarde se marcharía para reunirse con sus amigos miwok. El hecho de que Candy hubiese entrado en su vida no iba a desbaratar sus planes. Lo primero era lo primero, y se trataba de Huyana.
A pesar de su determinación, necesitó galopar por la pradera buscando al patrón. Su cuerpo pedía un desahogo después de la noche pasada y después de haber visto cómo el doctor reconocía a su nueva esposa. ¿Cómo era posible? No la conocía de nada; de hecho, no quería que estuviera en su vida. ¿Por qué su cuerpo había reaccionado a su contacto? ¿Por qué había sentido ganas de estrangular al buen doctor cuando le retiró la sábana y dejó sus hermosas piernas al descubierto? Solo la estaba examinando, tuvo que recordarse varias veces en lo que duró la revisión. Solo hacía su trabajo, pero...
Antes de la próxima visita debía conseguirle un camisón en condiciones. Su esposa no volvería a mostrar sus encantos a nadie excepto a él. Puede que no la quisiera en su vida, pero puesto que estaba en ella, harían las cosas como se debía. Y ella era suya, nadie más podía mirarla.
Tenía que reconocer que el cuerpo de la muchacha era bastante deseable. Aunque su rostro estuviera algo desfigurado por la terrible hinchazón de la cara, podía pasar por una mujer atractiva si sabía arreglarse lo suficiente. Esa era la razón por la que se había excitado, sin duda. Porque no se podía explicar que un hombre saciado como él —sus visitas al local de Sussy eran lo suficientemente profusas—, reaccionara de ese modo ante el cuerpo sudoroso y febril de una desconocida que no debía significar nada para él.
Tras unos minutos de intenso galope, su mandíbula apretada se fue relajando. Encontró a Curtis junto a otros vaqueros rodeando a un pequeño maverick para su marcado. Habían atrapado al ternero con dos lazadas y le habían atado las patas. Los gemidos del animal eran desesperados, pero la fuerza de los hombres que lo sujetaban impedía que pudiera escapar. Uno de los vaqueros le sujetó la cabeza en un determinado momento y Loan se acercó con el hierro candente. Apretó el extremo contra la piel del ternero y el olor a quemado llegó hasta Terry. El maverick mugió e intentó retorcerse, pero las hábiles manos que lo retenían lo impidieron, ahorrándole así más sufrimiento del necesario. En cuanto la marca de Loan quedó grabada en su lomo, lo liberaron. El ternero huyó trotando lejos de aquellos salvajes que lo habían apresado y buscó a su madre entre el resto del ganado.
Curtis se volvió y lanzó el hierro junto a las brasas. Al levantar la vista, se encontró con el vaquero que ya había desmontado y se dirigía hacia él con su habitual paso arrogante.
—¿Qué haces aquí, Graham? ¿No deberías estar en casa, cuidando de tu mujer?
Terry acusó esas palabras como si encajara un puñetazo.
—¿Quieres decir que me disculpas del trabajo?
—Cuando un hombre tiene otras obligaciones más importantes, por supuesto.
Terry puso las manos en sus caderas y respiró hondo varias veces porque notaba que estaba a un paso de perder ese auto control que todos admiraban en él.
—Te divierte verme de enfermera, ¿no es así? —preguntó, observando con atención la reacción del patrón.
Curtis hizo exactamente lo que esperaba: echarse a reír sin disimulos.
—¿Por qué armas tanto follón, Graham? Son solo un par de días, hasta que tu querida mujercita se recupere. Por el amor de Dios, eres un recién casado. ¿No crees que ella debería ser tu prioridad? Además —añadió, quitándose el sombrero para pasarse el dorso de la mano por la frente—, hoy hace mucho calor. No corre ni una pizca de aire, estarás mejor al resguardo de tu casa.
Terry enarcó una ceja.
—¿Al resguardo?
—Bueno, ya me entiendes. A la sombra, lejos de este maldito sol que te quema hasta los huesos.
El vaquero bufó y quiso devolverle un poco de su propia medicina.
—No hace tanto calor, Curtis. Es que ya eres muy mayor para este trabajo.
Obtuvo el efecto deseado. El patrón cambió su sonrisa por un peligroso ceño. Hasta que se dio cuenta de lo que Terry acababa de hacer, se había puesto a su nivel y se había defendido con sus propias armas. La sonrisa volvió, aún más ancha que antes.
—¡Vaya! ¡Sí que te está afectando! —tronó con una sonora carcajada.
El vaquero movió la cabeza, sin entender.
—¿A qué te refieres?
—Tienes una brecha en esa magnífica coraza que te empeñas en lucir, Graham. Y creo que se lo debes a tu recién estrenado matrimonio.
Terry toleró las risas burlonas de Loan hasta que este se tranquilizó. Y aunque sabía que al patrón no iba a hacerle gracia su petición, no tuvo más remedio que formularla.
—La chica ya está mucho mejor, Curtis, y yo necesito ausentarme durante unos días.
—¿Vas a dejarla sola en su estado? —se alarmó el viejo.
—Ya no tiene fiebre y le pediré a la esposa del doctor que vaya a visitarla todos los días —hizo una pausa, intentando buscar las palabras adecuadas para que el patrón comprendiera que su partida no era un capricho—. Sabes que un asunto muy importante fue la causa de mi cambio de opinión respecto a ese matrimonio concertado.
Curtis prestó más atención a sus palabras. Era cierto. Aunque nunca lo hubiese confesado, sabía que algo muy grave le había tenido que ocurrir a ese terco vaquero para que renegara con tanta obstinación ante la idea de casarse. Le sorprendía que le estuviese hablando con esa franqueza, por lo que dedujo que realmente debía tratarse de algo bastante serio.
—Necesito partir de inmediato para resolver mi problema, pero te aseguro que volveré para hacerme cargo de esa mujer.
El patrón lamentó que se refiriera a su esposa como esa mujer, pero asintió, comprensivo.
—Sé que hay veces que uno debe resolver sus asuntos pendientes antes de proseguir con su vida. Si crees que este viaje ayudará a que tras tu vuelta le dediques a Candy la atención que merece, entonces estoy encantado de darte mi permiso. Pero, espero por tu bien que cumplas tu promesa y que no se trate de una vil artimaña para abandonar a tu esposa a su suerte —le advirtió—.No me gustaría tener que salir a buscarte para traerte de regreso, aunque sea arrastrándote de una soga.
Terry se permitió el lujo de esbozar una sonrisa.
—Sé que realmente no me crees capaz de una bajeza semejante. Si fuera así, nunca me dejarías partir.
—Exacto —Curtis se mesó el cabello, preocupado—. ¿Sabe ya tu mujer que te marchas?
—No, aún no. Pero se lo diré en cuanto llegue a casa.
—Pues no lo postergues más. Y, por favor, tranquilízala. No me gustaría que en su estado se preocupara por un futuro incierto.
Terry se despidió con un gesto seco sin prometer nada y se encaminó hacia su caballo. Montó y espoleó a Fuego para huir de allí a toda prisa. Si antes de hablar con Curtis sus sentimientos ya estaban alterados respecto a la chica, la conversación mantenida con su patrón no había conseguido más que agitar sus pensamientos. La estúpida observación del viejo regresó a su mente una y otra vez. Que tenía una fisura en su coraza, bah.
Y todo por culpa de ella. De esa pequeña...
Resopló, clavando los talones en los flancos del animal para que emprendiera el galope. Se lanzó a una carrera vertiginosa por los verdes prados intentando que la energía del caballo le vaciara de emociones. No las quería. Las emociones solo conseguían dañar el corazón. Calentaban la cabeza y él la necesitaba fría.
Solo así podría concentrarse en la tarea de encontrar a Huyana.
Por un momento, un miedo viscoso se enroscó en su estómago, llenándolo de violentas imágenes de la niña. Su pequeño cuerpo roto en una postura imposible, sus ojos dilatados por el horror más absoluto, su boca crispada en una mueca al no poder lanzar el grito que se había diluido en su garganta. No, no podía ser así. Ella tenía que estar viva. Pero ¿para qué querría nadie secuestrar a una niña como ella? Carecía de toda lógica. Por lo tanto, la única explicación plausible que encontraba era la que su corazón se empeñaba en no escuchar: que algún hombre enfermo había dado con la pequeña y había saciado sus impulsos más bajos con ella, asesinándola después, escondiendo su cadáver para que jamás pudieran encontrarla.
Conocía el retorcido gusto de algunos energúmenos por la caza de mujeres indias. Conocía las batidas que ciertos vaqueros violentos llevaban a cabo para matar pieles rojas, como si se tratara de un simple deporte. Y sabía las consecuencias que tenían para las mujeres y las niñas aquellas violentas incursiones del hombre blanco en territorio indígena. Si Huyana había tenido la mala suerte de toparse con una de esas partidas...
Sacudió la cabeza y se inclinó hacia delante, impulsando así al caballo para acelerar el ritmo. Cerró los ojos, dejando que el aire le diese de lleno en la cara para ahuyentar la angustia que le producían aquellos pensamientos.
Tras una larga cabalgada, refrenó el caballo en lo alto de la loma desde donde se divisaba todo el pueblo, muy cerca de su casa. Jadeaba por la carrera y las emociones desbordadas que le habían asaltado tan de repente. Hacía mucho que no pensaba en esas posibilidades para ahorrarse el dolor. Pero habían regresado, con fuerza, llenándolo de miedo y logrando que una fría desazón se clavara con fuerza en el centro de su corazón.
Intentó serenarse antes de volver a la casa. Lo que menos necesitaba era que aquella mujer entrometida notase algún cambio y se dedicara a hacerle preguntas.
Dejó a Fuego junto al establo y entró en la cabaña, notando que dentro, tal y como había dicho Curtis, la temperatura era algo más fresca que en el exterior. Supuso que la joven estaría dormitando en el cuarto, como había hecho durante casi toda la mañana; por eso se llevó una sorpresa cuando sus ojos, cegados por la luminosidad exterior, se toparon con la esbelta figura que se agarraba con las dos manos al marco de la puerta del dormitorio.
Llevaba aún su camisa e iba a la pata coja. El pelo dorado caía por debajo de la venda de la cabeza hasta su cintura y las piernas desnudas eran un imán para los ojos de Terry.
Maldición, se amonestó a sí mismo cuando notó que su cuerpo volvía a endurecerse ante la presencia femenina. Curtis tenía razón, pero no es una pequeña brecha, no. Tu coraza parece que se ha abierto en canal, amigo.
—¿Dónde estabas? —le preguntó Candy, con la mirada airada.
Terry miró al techo y puso los ojos en blanco. Rayos, aquello sonaba a regañina de esposa malhumorada. ¿También tendría que soportar eso?
CONTINUARA
