Entre los vidrios y cristales hechos añicos encontró una fotografía. Pendía lastimosamente de uno de los bordes de un marco de plata, como si se resistiera a desprenderse de él. La fotografía estaba en muy mal estado. Tal vez el calor absorbido por el metal había hecho que las puntas se ovillasen hacia dentro y la pintura se difuminase. Pero eso no tenía ningún sentido. Los marcos estaban diseñados para proteger los recuerdos de la corrupción, no para estropearlos desde dentro.

Alargó la mano, tiró de la foto hasta desengancharla de aquel marco sinsentido y la dejó sobre su falda agujereada. Ladeó la cabeza como un maniquí atrofiado mientras su mente vagaba en el recuerdo que contenía el trozo de plástico deteriorado. No había sido tomada en un momento especialmente significativo de su vida como la graduación o el viaje de fin de curso a Italia. Era la instantánea de un día cualquiera en el centro comercial. Kari, en el centro, exhibía una sonrisa forzada; nunca se sentía tan cómoda delante de una cámara como detrás de ella. Una bola de helado se había resbalado del cucurucho que sostenía en las manos y caía eternamente en forma de mancha borrosa. A su lado, Takeru tenía ese brillo particular en los ojos que decía que estaba contento de pertenecer al grupo. Muy pocas veces su rostro dejaba traslucir algo más que serenidad; qué suerte que hubiera tenido una cámara a mano para inmortalizar ese preciso instante. Y luego estaba Davis, que torcía la boca como si estuviera a punto de soltar una barbaridad.

Yolei sonrió. Se preguntó qué habría dicho ese día para cabrearlo tanto, y se entristeció al no ser capaz de recordarlo. Suspiró y pasó el dedo por la imagen sin salirse de los confines del preciado recuerdo, trazando el recorrido que seguía su mirada nerviosa. Tal vez, si miraba con la suficiente intensidad, lograra desgarrar un poco de la luz de aquellos días y traspasarla al cadáver que ahora encarcelaba su alma. Sentía que todavía perduraba algo… Un destello moribundo que deseaba comprender la felicidad de entonces.

Cogió el móvil y tecleó un par de números antes de que se le nublara la mente. Acudió a la lista de contactos y pulsó los dígitos restantes. Sonaron cinco toques, y luego…

—¿Quién es?

Yolei suspiró. El aire escapó de una bolsa en su pecho donde cohabitaban el alivio y la incertidumbre.

—Hola, Kari.

—¡Oh, Yolei! ¡Al fin me llamas!

A la exclamación de sorpresa le siguió la inevitable pregunta:

—¿Querías algo?

La Kari de cinco años atrás jamás habría preguntado por el motivo de su llamada.

—Sólo quería saber cómo estás.

En realidad ya sabía que se encontraba perfectamente, disfrutando de su interminable luna de miel. Simplemente quería volver a oír su voz.

—Un poco ajetreada, la verdad. Pero sabes que siempre tengo tiempo para ti.

Yolei apostó una cerveza con su amigo imaginario de la infancia, el pájaro Hawkmon, a que había estado acudiendo a tiendas de ropa infantil con un grupo de pizpiretas amas de casa aficionadas al chisme.

—¿Estás embarazada? —se atrevió a preguntar.

—¿Eh? No, no lo estoy, ¿por qué lo preguntas?

—No lo sé. Supongo que la última vez que te vi me pareció que estabas más rellenita.

—Eso es bueno, siempre quise coger un poco más de peso.

Yolei podía imaginar cómo fruncía los labios y se aguantaba las ganas de soltar algo impropio de su dulce y apacible carácter.

—¿Y tú cómo estás? ¿Qué tal tú novio? ¿Habéis compuesto un tema juntos, verdad?

La pregunta le sentó como un dardo venenoso en el estómago. Sin embargo, al responder, la verdad floreció de sus labios con la misma facilidad con que la mentira había echado raíces en su anterior conversación telefónica. Bueno, al menos ahora sabía que no era una mentirosa compulsiva.

—No tengo novio. No lo tengo ahora ni lo tenía cuando hablé contigo la última vez. Siento haberte mentido.

—Oh, Yolei.

El tono condescendiente con que lo dijo, como si fuera una madre aburrida de los caprichos de una hija consentida, le hizo fruncir el ceño. ¿Dónde estaba la Kari que juzgaba con su silencio? Sin duda, algo en su nuevo estilo de vida de recién casada la había cambiado para siempre.

—Sé que es patético, ¿vale? No quiero que nadie piense que soy una solterona solitaria y amargada. Hace unos años decidí que lo sería, y todavía mantengo esa decisión hasta el fin de mis días. Lo que no quita que a veces piense que soy una fracasada. Tal vez debí seguir el ejemplo de mis hermanos y dar el braguetazo cuando se me presentó la ocasión.

—Tú jamás hubieras sido feliz con eso —dijo Kari, y Yolei, predispuesta a aborrecer todo lo que saliera de la boca de su amiga, tuvo que admitir que tenía algo de razón—. Te recuerdo que fuiste tú la que me animaste a perseguir mis sueños, la que me enseñó que el amor verdadero existía y podía estar a mi alcance. ¿No deberías seguir tus propios consejos?

Oyó una puerta que se cerraba. T.K acababa de irrumpir en algún sitio. Seguramente estaban a punto de tener un encuentro sexual en la isla de la cocina y ella lo había estropeado todo. Una isla con playas de arena fina y románticos atardeceres que se encontraba muy lejos del mar en el que naufragaba.

—Es más, creo que podrías vivir perfectamente sin alguien a tu lado. Eres una de las chicas más independientes que conozco.

Tuvo que esforzarse lo indecible por reprimir una carcajada.

—Permite que lo ponga en duda.

—Eras tan libre como un pájaro —insistió Kari—. No te importaba lo que dijera la gente.

Eso no era verdad. Hasta donde recordaba, siempre había sido una esclava de sus miedos e inseguridades. Había, no obstante, ocasiones en las que lograba fingir con cierto éxito su naturaleza tras una apariencia de confianza y madurez. Una coraza soldada con sus dotes para la actuación y ornamentada con el aparatoso maquillaje de Mimi.

—Y yo te admiraba por eso.

Yolei no daba crédito. Su amiga no la conocía en absoluto. Había debido de creerse su actuación.

—Kari, ¿sabes que me dan ganas de propinarte un bofetón cuando te pones en ese plan? —Trató inútilmente de ocultar su irritación con una nota de humor que la hizo parecer más enloquecida de lo que estaba—. ¿Por qué tienes que humillarme de esa manera? ¿Qué tengo yo para que me envidies tú? ¡Vamos! Es evidente quién de las dos es la mejor amiga, hija, hermana, profesora, novia, lo que quieras. Bueno, yo no podría ser mejor novia puesto que no tengo a nadie. Pero sé que si lo tuviera, sería la novia más infeliz de todas.

Oh, ese momento en el que los halagos daban paso a un intercambio de ofensas veladas, poniendo fin a la amistad. En la universidad había sido su pan de cada día.

—Me apena que pienses así. —Kari sonó como si tuviera veinte años más—. Pero te equivocas si crees que estoy diciendo que eres perfecta. Y de entre todos tus defectos, el más grave es que te cuesta ver lo que tienes de especial. Así que permíteme que sea yo esta vez la que de la bofetada. Tienes muchas virtudes de las que no eres consciente, Yolei. Para empezar, eres la chica más divertida que conozco.

Yolei sintió que se deshinchaba como un globo de plástico.

—Bueno, eso sí que es verdad, pero es que cuando una no puede tirar de físico no le queda más remedio que desarrollar otras cosas.

—¡No digas eso! Eres preciosa tal y como eres, yo siempre quise tener tu trasero.

—Estás empezando a darme miedo, Kari.

—También eres lista a rabiar. Davis y yo todavía seguiríamos arrastrando las matemáticas de no ser por tu inestimable ayuda. ¿Quién es la mejor profe ahora? Punto para mí. Digo para ti.

Un amago de sonrisa se dibujó en el rostro de Yolei.

—¿Cuánto has bebido? Sabes que no te sienta bien la cerveza, que bastan dos tragos para que se te vaya la pinza y te pongas a hablar con los besugos en sireno.

—De hecho, creo que es doriathrin, un dialecto del sindarin. A Kari le ha dado por coger mi diccionario de lenguas de la Tierra Media.

—¿Eres tú, T.K?

La sonrisa a medio hacer se ensanchó hasta convertirse en una completa.

—Parece que tenemos un infiltrado entre nosotras —canturreó Kari—. Pero ahora sigamos con la lista de virtudes que te definen. ¡Eres atrevida! En el buen sentido, por supuesto. ¿Recuerdas cuando me sacaste a cantar en el karaoke?

Lo recordaba. Fue la noche que alquilaron una habitación justo después de una copiosa comida navideña en la que abundó el cava y los azúcares en el postre. Se las había apañado para convencer a una por entonces apocada Hikari a que se enfundara un pelucón verde de plástico y saliera con ella al escenario a entonar una lamentable versión de Don't Dream It's Over.

—Reventamos cabezas esa noche —dijo Yolei con nostalgia.

—Nuestras voces empastaban muy bien —opinó Kari.

—Es que es muy fácil cantar a dúo con Miyako —intervino T.K—. Es muy buena con los intervalos y las variantes, además de ser una excelente compositora y guitarrista. Aunque lo mejor es su voz.

—Mi voz no tiene nada de especial.

—No estoy de acuerdo. Tiene un deje de angustia contenida que me gusta mucho. Cuando cantas country es una pasada.

—Tu marido me va a poner colorada, ¡será mejor que le pongas un bozal!

—Tiene razón —convino Kari—. Me gustaría que ella me diera clases. No te ofendas, T.K, pero contigo no me entero de nada.

—¡Bueno, parad ya! —exclamó Yolei—. Vais a hacer que vomite arcoíris si seguís por ahí.

—Una vez me dijiste que hacer el ridículo una vez al año no hacía daño. —De repente pareció como si Kari recuperara la timidez de sus años de adolescencia—. Con el tiempo he descubierto que no solo no hace daño, sino que es saludable.

Su voz, tal como había dicho Takeru, tuvo un marcado deje de angustia contenida al contestar:

—Echaba tanto de menos hablar con vosotros.

—Yo también echaba de menos hablar contigo, amiga —dijo Kari.

—Lo mismo digo, chicas.

Había algo dulce, casi aromatizante, en el silencio que siguió a esas palabras. Sentía su pecho expandirse y abrir un habitáculo para recibir aquella nueva y reconfortante sensación.

Kari fue la primera en romper el silencio. Más bien lo acarició con ternura. Habló con el cuidado de quien tiene algo preciado en sus manos.

—Si Davis estuviera aquí, diría lo mismo. No me extrañaría nada que fuera el que más ganas tiene de verte.

—¿Y eso por qué? —preguntó Yolei, interesada.

—Bueno, resulta que yo también soy buena observadora. No es por echarme flores, pero de hecho soy una autoridad en materia de interpretación fotográfica. Y da la casualidad de que tengo un par de fotografías en las que Davis te mira como nunca antes le he visto mirar a nadie. Dicen que los ojos son el espejo del alma, y yo en interpretación de almas también me considero una autoridad. En la universidad me decían "La Mística" por algo.

—Esto se pone interesante —comentó T.K.

—¿Qué me estás contando?

—Creo que a Davis le gustas —zanjó Kari con una risita siniestra —. Deberíais daros una oportunidad.

Yolei no se molestó en buscar el sentido a algo que no lo tenía. Kari afirmaba haber visto lo que quería ver, como aquellos que buscan formas concretas en las nubes y acaban encontrándolas por casualidad. Por otro lado, temía que las piezas se ensamblaran en su mente y llegara a la comprensión de lo inaudito. Era seguir un sendero angosto al borde de un abismo.

—Dejemos el tema aparcado por el momento, me da escalofríos —dijo Yolei— Tuvimos que hacer un gran esfuerzo para pasar de la enemistad a la tolerancia.

—También tengo fotos tuyas con la misma expresión.

—Genial, eso confirma mi teoría de que estás loca.

—Kari tiene razón, Yolei —aseveró T.K con una tranquilidad que le sacó de quicio.

—Tú siempre le das la razón a tu esposita. Tu opinión no tiene ninguna validez. ¿No podríais besaros en público e ignorarme como hacen las parejas normales en lugar de entreteneros buscándome novio? Y ya que estáis, emparejadme con un magnate o una estrella de cine, no con uno que no tiene dónde caerse muerto.

Mira, al menos eso que tenemos en común.

—Y es por eso que siempre serás nuestra madrina bruja —dijo Kari.

—¡Sois lo peor!

Yolei se echó a reír por primera vez en mucho tiempo. Su mandíbula crujió y pareció recuperar la flexibilidad. Nada se sentía tan bien como reír después de una mala racha.

Se había equivocado con respecto a Kari. No había ninguna duda de que había cambiado, pero los cambios que había experimentado la habían enriquecido sin perder su esencia. No podía decirse lo mismo de ella.

—Oye, Kari, me gustaría disculparme por haber estado un poco borde antes —dijo con firmeza. A continuación, cogió aire y se dispuso a exponer el motivo de su irritación—. Ahora mismo no estoy pasando por mi mejor momento. Parece que el mundo se ha compinchado para hacerme la vida imposible, literalmente; ¡me han echado del piso y no tengo trabajo! Hace un rato no me hubiera planteado contárselo a nadie, pero al hablar con vosotros he sentido esa necesidad. Y Carlomagno murió ayer por la tarde, y yo… Nadie lo comprende.

Yolei tragó saliva y aguardó a que Kari le respondiera con algunas palabras de consuelo y le enviara los habituales abrazos a distancia. Todo lo que necesitaba en ese momento era un empujón para volver a ser una mujer fuerte.

—¿Kari? —preguntó inquieta al no recibir respuesta inmediata; Kari solía ser rápida para la misericordia.

Entonces se percató de que había consumido toda la batería.

-Una de las inspiraciones de este capítulo es ese episodio de 02 en el que Kari y Yolei se dicen unas cuantas verdades y se lían a tortazos en el bosque.

-No sé si me acaba de convencer este capítulo, pero me da que a lo mejor es más agradable de leer que los otros. Sentía que si Yolei no tenía un pequeño respiro se le iría la pinza a lo bestia.

-Me ha dolido en el alma eliminar una parte en la que Kari y Yolei cantaban Come Sail Away por teléfono y T.K se les unía con la guitarra. Era todo tan chachipiruli que no podía permitirlo. Algo de eso queda en la referencia a la noche en la que cantaron a dúo en el karaoke.