Capítulo 8! Espero que os guste!

Disclaimer: La historia pertenece a Kathryn Ross, y los personajes a Stephenie Meyer.

Capítulo 8:

Edward estaba de pie al lado de la barandilla de cubierta mirando al mar. El dorado ocaso del sol extendia sus rayos por el horizonte,convirtiendo el agua en oro liquido. Si alguien le hubiera dicho aquella mañana que cuando se pusiera el sol le habría pedido a una mujer que se casara con él, se habría reído a carcajadas. Sin embargo, allí estaba, esperando la respuesta de Bella y no sólo con fría indiferencia, sino más bien con impaciente necesidad. Siempre había confiado en sus instintos. Había sido su intuición la que le había empujado a convertir el negocio familiar en un conglomerado de empresas por todo el mundo. Su único error había sido su matrimonio, pero se había dicho que todo el mundo tenía derecho a cometer un error en su vida y se había prometido que no volvería a ocurrir jamás. Jamás volvería a casarse. Jamás volvería a amar a una mujer. No obstante, la vida tiene un extraño sentido del humor. Efectivamente, no se trataba de un matrimonio por amor. Jamás volvería a sentir por una mujer lo que había experimentado por Tanya. Esa clase de amor sólo produce dolor.

Sin embargo, Bella iba a tener un hijo suyo. Y la deseaba... la deseaba terriblemente. La necesidad de llevársela a la cama llevaba corroyéndolo por dentro desde hacía semanas. La química sexual que había entre ellos era demasiado fuerte. Cuando descubrió que ella estaba embarazada, sintió un crisol de sentimientos enfrentados. Una parte de él volvió al pasado, a Tanya. Casi nunca había podido mirar a Bella sin ver a Tanya, sin recordar el día en el que había descubierto la verdad.

Pero todo esto pertenecía al pasado. Bella y el bebé eran el futuro. Cuando ella lo miró y le dijo que quería tener a ese niño, Edward había sabido sin duda alguna que el matrimonio era el camino correcto.

Tenía ya treinta y cinco años y no se iba a hacer más joven. Su imperio empresarial necesitaba un heredero. Su propio padre llevaba pidiéndoselo mucho tiempo.

La calidez de la tarde le recordó a Grecia. Pensó en su hogar. Tenía una imponente mansión en un enorme terreno frente al mar. Las vistas eran espectaculares. Había huerto y piscina. La había heredado de sus abuelos, quienes habían esperado que, un día, él viviría allí con su esposa e hijos.

Sin embargo, no había sido del gusto de Tanya. Ella prefería vivir en la ciudad, por lo que la casa había permanecido cerrada durante todos aquellos años. Edward casi nunca iba allí. No le resultaba muy práctico vivir allí solo porque la casa era demasiado grande. Sus apartamentos de Atenas, Londres y Nueva York resultaban mucho más convenientes.

Con el anuncio del embarazo de Bella todo había cambiado. No había ningún lugar en el mundo que fuera tan hermoso como Grecia. Su propia infancia allí había sido idílica y eso era precisamente lo que quería para su hijo o hija. De repente, deseó regresar con todas sus fuerzas.

Al día siguiente. Se marcharía con Bella a Atenas al día siguiente. Antes se casarían en la capilla que había a bordo del Octavia. Tras tomar su decisión, no vio motivo alguno para esperar. Ya había hablado con sus abogados y había puesto todos los mecanismos en movimiento. Legalmente, necesitaban veinticuatro horas. Había hablado con un juez y con el capitán del barco. Todo estaba organizado. Lo único que necesitaba era que Bella aceptara.

Se dio la vuelta para contemplar la fiesta, que se celebraba como homenaje para el personal de Edward por haber trabajado tan duro para terminar la remodelación del Octavia a tiempo. Habían llegado ya algunos de los invitados. Miró su reloj y se preguntó dónde estaba Bella.

-Edward, me alegro de verte —dijo uno de sus asociados de negocios mientras se acercaba a estrecharle la mano y le presentaba a su elegante y joven esposa.

Trató de concentrarse en la conversación, pero sólo podía pensar en Bella. Quería escuchar su respuesta. ¿Dónde diablos estaba ella? ¡Ya eran casi las siete! Estaba a punto de excusarse para ir a buscarla cuando una puerta se abrió. Era Bella.

Completamente cautivado, Edward observó cómo ella se acercaba a la barandilla de cubierta para admirar la vista. Estaba maravillosa. Llevaba un vestido de cóctel negro, sin tirantes, que se le ceñía perfectamente a sus corvas y destacaba aún más una figura perfecta y unas largas piernas. Llevaba el cabello suelto y éste le caía en rizos perfectos sobre los cremosos hombros. Como si notara la mirada de Edward, se dio la vuelta. Cuando los ojos de ambos se encontraron, Alexi sintió el fiero azote del deseo.

—Edward, ¿estás de acuerdo? —le preguntó la esposa su socio.

Él frunció el ceño y apartó los ojos de Bella durante segundo.

-Kim, te ruego que me disculpes —murmuró—. Acabo de ver a alguien con quien tengo que hablar.

-Sí, pero ¿estás de acuerdo?

—Kim...

No sabía de qué estaba hablando. Le dedicó una sonrisa.

-Tendremos que retomar esta conversación un poco más tarde —añadió, con una inclinación de cabeza. Entonces, se dirigió directamente al lugar en el que estaba Bella.

Ella trató de fingir tranquilidad y despreocupación, pero le resultó muy difícil. El modo en el que él la había mirado le provocó pánico y deseo al mismo tiempo. Le iba a pedir respuesta a su proposición y ella no sabía qué le iba a decir. Se había pasado las últimas horas tratando de recuperar el equilibrio, tratando de decirse que no necesitaba precipitarse a la hora de tomar una decisión, que él simplemente tendría que esperar. Sin embargo, Edward no parecía dispuesto a hacerlo.

-Buenas tardes, Bella. Llegas tarde.

-¿Sí? —replicó encogiéndose de hombros—. Estaba leyendo las notas de la reunión de esta mañana y perdí toda noción del tiempo —mintió. A pesar de que lo había intentado, no había podido leer ni una sola palabra de las notas en cuestión. No había hecho más que pensar en la proposición de Edward.

—¿De verdad? —repuso él, con impaciencia—. Bueno, supongo que ha merecido la pena esperar —añadió—. Estás preciosa.

—Gracias —respondió Bella. Como no pudo evitar sonrojarse, él sonrió.

—Bueno, ¿has pensado en mi oferta, Bella?

—¿Ahora estás hablando de trabajo o de tu proposición de matrimonio?

–Sabes muy bien de qué estoy hablando.

—Sí, desgraciadamente lo sé muy bien, pero lo que no puedo entender es cómo puedes tratar el asunto del matrimonio como si fuera un negocio.

—En realidad, tanto si te gusta como si no, el matrimonio es un negocio — observó él—. Es una asociación.

—Ahora hablas como si fueras abogado —murmuró ella—, pero ahora me acuerdo que, efectivamente, estudiaste Derecho, ¿no? Recuerdo que me lo

contaste.

—¿Qué tiene eso que ver con nada?

—Mucho, créeme. No me quiero ver atrapada en un frío matrimonio, Edward. Él se echó a reír.

—Bella, cielo, ¿a quién quieres engañar? La pasión que arde entre nosotros es como un horno.

Ella sabía que aquella afirmación era muy evidente. Se sintió temblar al recordar lo profundamente que él podía satisfacerla.

A pesar de todo, no iba a dejar que él la presionara. Tenía su orgullo y un matrimonio con un hombre que no la amaba resultaba muy difícil de asimilar. No estaba segura de que pudiera aceptarlo, aunque fuera por el bien del niño. No obstante, ¿qué alternativas tenía? ¿Enfrentarse a Edward en una batalla legal para conseguir la custodia del niño? Sólo pensarlo la llenaba de ansiedad, sobre todo porque sabía que llevaba las de perder.

-Edward, ¿hablabas en serio cuando me dijiste que te enfrentarías conmigo para conseguir la custodia?

-Yo jamás digo nada que no tenga intención de hacer, pero te aseguro que no quiero hacerlo. No quiero hacerte daño.

-Entonces, no me lo hagas.

-Entonces, no me hagas hacerlo —replicó él, sin ceder—. Esto no sólo tiene que ver contigo, Bella. Tiene que ver con un niño... con el heredero de la fortuna Cullen nada menos.

—Todo eso es lo único que te importa, ¿verdad? Tener el control sobre tu precioso hijo y heredero.

—¿Acaso eso te parece malo? Además, no estoy de acuerdo con la palabra «control». Me suena algo dura. Lo que quiero por encima de todo es ser buen padre.

—¿Y controlarme a mí?

Edward sonrió.

—Bella, yo quiero controlarte de un modo completamente diferente —susurró. Le miró las curvas de su cuerpo y el aire pareció restallar entre ambos. Bella sabía perfectamente a lo que se refería él. Recordaba demasiado bien lo agradable que era sentirlo controlándole el cuerpo...

–Estamos bien juntos, Bella. ¿De verdad quieres que nuestro hijo crezca conociendo a las diferentes parejas que pasen por nuestras vidas y que, al final, terminen por afectar la suya?

Instintivamente, ella se colocó una mano sobre el vientre a modo de protección. Efectivamente, aquello era lo último que deseaba. Durante un instante, recordó a algunos de los amigos de su madre, con los que ella salía durante unas semanas para luego terminar desapareciendo. Recordó uno en particular que había sentido una profunda antipatía por ella.

—¿Bella? —preguntó Edward al ver que ella palidecía de repente.

—Tienes razón. No quiero esa situación —susurró.

–En ese caso, deja que os cuide a los dos —afirmó Edward. Extendió la mano y le levantó la barbilla para poder mirarla a los ojos—. Puedo darte todo lo que puedas desear...

Menos amor, precisamente lo que ella quería más desesperadamente. ¿Por qué tenía que importarle tanto? Seguramente, lo más importante era que su hijo tuviera una infancia feliz y segura.

«Porque lo amaba». Durante un instante, la verdad la iluminó por dentro como si se le hubiera encendido una bombilla. Por eso había tenido tanto miedo de encariñarse demasiado con él. Por eso quería huir. Todos los hombres que había conocido a lo largo de su vida le habían hecho daño, pero Edward podía hacerle más que ninguno de ellos. No física, pero sí emocionalmente. Las cicatrices que podría dejarle serían mucho más profundas que nada de lo que hubiera sufrido en su vida.

Había tratado de terminar con el dolor cortando todo vínculo con él, pero no le había servido de nada. En aquellos momentos, estaba metida aún más profundamente en aquel lío. ¿Cómo iba a poder cortar todo vínculo con el padre de su hijo? Aunque se negara a casarse con él siempre formaría parte de su vida.

—Necesito que me respondas ahora mismo, Bella. ¿Qué va a ser?

Si decía que no, ¿lo lamentaría el resto de su vida? Se imaginó su futuro. Vería a Edward desde la distancia, en los cumpleaños de su hijo, en las fiestas del colegio... Se le hizo un nudo en el estómago. ¿No era mejor estar con él que no estarlo? Además, el bienestar de su hijo era lo primero.

—Está bien —susurró, provocando un inmediato sentimiento de euforia en Edward—. Trato hecho, pero sólo con mis condiciones —se apresuró a añadir—. Tendremos un largo compromiso y...

—Ni hablar. Con mis condiciones o nada. A mi manera a o nada.

–Edward...

–He hablado con el capitán Marcus para que nos case aquí a bordo del Octavia antes de que nos marchemos a Grecia mañana.

—Espera un momento...

—No, Bella. Tú serás la esposa modelo. Harás todo lo que yo te pida y, a cambio, yo te trataré con respeto y generosidad. Ésas son las condiciones.

—¡Yo no soy una de tus posesiones, Edward! —replicó ella. Se sentía humillada y herida.

—Todavía —afirmó él. Extendió las manos y le agarró por las muñecas para tirar fuertemente hacia él—, pero yo deseo poseerte, Bella. Una y otra vez...

Bella lo miró y vio cómo la pasión se le reflejaba en los ojos. En vez de apartarse de él, se acercó un poco más. Efectivamente, Edward no la amaba, pero la deseaba.

Justo en aquel momento, él se inclinó sobre ella y le capturó los labios con una pasión fiera y posesiva que Katie sabía que tendría que bastarle porque era incapaz de decirle no.

Tal vez ella lo amaba lo suficiente por los dos.

Le devolvió los besos con idéntica pasión, abrazándolo con fuerza. No quería necesitarlo de aquel modo, pero así era. Por lo tanto, lo único que podía hacer era rendirse.

Cuando Edward por fin la soltó, se sentía temblorosa y sin aliento. El silencio entre ellos estaba ocupado por el sonido de la fiesta, la conversación de los invitados entremezclada con la música, y el rápido sonido de los latidos del corazón de Bella.

—Te deseo, Bella—susurró, con la voz plena de deseo. Le acarició suavemente la piel provocando miles de sensaciones en ella—, pero tenemos que hacer esto bien. Esta noche, dormirás sola aquí, a bordo del barco. Mañana, consumaremos nuestro matrimonio.

Un miembro del personal del barco se acercó hacia ellos. Bella aprovechó la oportunidad para soltarse de él.

–Señor, estamos listos para los fuegos artificiales. ¿Quiere usted decir algunas palabras antes de que comencemos?

Edward miró por encima del hombro y asintió.

–Iré dentro de un momento —dijo.

Cuando volvieron a quedarse a solas, los dos guardaron silencio durante unos minutos. Edward sentía mucho miedo por la velocidad con la que estaban progre- sando las cosas y por los sentimientos que ella misma estaba experimentando.

–Alexi, tenemos más de seis meses antes de que nazca el bebé.

–Y vamos a utilizar ese tiempo para conocernos. Para disfrutarnos...

Bella trató de no excitarse por la pasión que vio en los ojos de Edward. Trató de decirse que no iba a permitirle que la tratara como a un objeto sexual, pero su cuerpo no parecía estar de acuerdo. Su cuerpo le decía que lo deseaba y que era cuestión de gran urgencia.

Edward sonrió al ver la llama que se reflejaba en los ojos de ella.

—Mañana me pertenecerás de nuevo, Bella. He reservado la capilla para las tres y media de mañana. Después del servicio, nos marcharemos a Grecia para disfrutar de unos días de luna de miel y ponernos al día.

Antes de que Bella pudiera responder, él se alejó de ella. Se dio la vuelta y se apoyó contra la barandilla del barco. Contempló el mar, sobre el que se reflejaban las luces de la isla de Manhattan y se preguntó si había hecho bien aceptando casarse con Edward. Lo deseaba mucho, quizá demasiado...

La brisa le rozó la piel, provocándole un violento temblor. Se giró para contemplar la fiesta. Habría unos cien invitados sobre la cubierta y la orquesta no paraba de tocar. Vio que Edward se encontraba hablando con la orquesta. Entonces, él tomó el micrófono al tiempo que la música dejaba de sonar. Los invitados lo recibieron con un cálido aplauso y muchos vítores, lo

que hizo que Bella sonriera.

Todo el mundo apreciaba a Edward. Era un empresario duro y cruel, pero se le daba bien la gente. Suponía que era porque siempre era justo y sincero. Uno siempre sabía en qué situación estaba con él. Deseó que no fuera así. Casi deseó que él hubiera mentido y le hubiera dicho que se estaba enamorando de ella. Sin embargo, si lo hiciera, no sería Edward. Además, a ella no le gustaba que la trataran de tonta.

—Señoras y caballeros. Me gustaría darles la bienvenida a todos aquí esta noche y agradecerles su presencia. También me gustaría darles las gracias a todos los que tan duramente han trabajado para asegurarse de que el Octavia estuviera, terminado a tiempo —dijo. Los presentes entonaron una nueva ovación—. También, me gustaría anunciar mi compromiso con la señorita Bella Swan Algunos ya la conocen. Trabajó como directora de proyecto en Naviera Cullen durante unos meses y ahora está a mi lado en Madison Brown. Ha consentido en convertirse en mi esposa y nos casaremos aquí, a bordo del Octavia mañana.

Todos los presentes rompieron a aplaudir. Un foco comenzó a dar vueltas, buscando a Bella. Cuando la encontró, todos se volvieron y aplaudieron.

Bella lo estaba pasando muy mal. ¿Por qué había tenido que anunciar su boda de aquella manera?

El foco dejó de iluminarla cuando Alexi siguió hablando.

—Sólo me resta decirles que espero que disfruten de esta velada. Los fuegos artificiales están a punto de comenzar, por lo que les pido que levanten sus copas por el Octavia. La siguiente pieza de música será en honor de Bella, mi futura esposa.

En cuanto él terminó de hablar, el cuarteto de cuerda comenzó a tocar una pieza de música clásica. La sentida melodía resonó en la noche, reflejando la emoción que provocaba en todos los presentes.

Aquélla era una de las piezas de música favoritas de Bella. Siempre le había hecho emocionarse mucho. Recordó que se lo contó a Edward en una ocasión, cuando puso un CD que la contenía en su apartamento.

Se sorprendió mucho de que él se acordara.

«¡Maldito sea!», pensó. Parpadeó para que no se le acumularanlas repentinas lágrimas que le habían acudido a los ojos y se apartó un poco de todos los que la rodeaban

De repente, necesitaba desesperadamente estar a solas. No le costó encontrar un lugar oscuro y tranquilo en la popa del barco. Observó cómo los fuegos artificiales explotaban sobre el cielo para derramarse luego sobre el agua iluminando la oscuridad.

—¿Qué te parece? —le susurró Edward al oído. Ella se dio la vuelta y se encontró demasiado cerca de él.

–Me ha sorprendido un poco el anuncio...

—Es mejor que la gente se entere para evitar los rumores.

—Supongo que sí.

—Antes, se nos olvidó algo.

–¿El qué?

Edward se metió la mano en el bolsillo y sacó una pequeña cajita.

—Esta tarde fui de compras y adquirí esto, por si acaso —dijo. Abrió la tapa. El enorme diamante cuado que había en su interior brilló bajo los destellos los fuegos artificiales.

–Es muy bonito, Edward—susurró ella, con voz trémula—. Evidentemente, no tenías muchas dudas de que dijera que sí, ¿verdad?

Él se encogió de hombros.

–Pensé que prevalecería el sentido común.

Resultaba muy extraño. Todo resultaba muy romántico, el anillo perfecto y él era el hombre de sus sueños. Sin embargo, a pesar de todo Bella sentía que se le estaba rompiendo el corazón.

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