ADAPTACION
Esta historia no es mía, ni los personajes, la historia es G. Showalter y los personajes son de la Sra. E. Meyer.
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Capitulo 7
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Una vez que recuperó un mínimo de sentido del equilibrio, se arrastró fuera de la cueva. Un aire cálido y húmedo le acariciaba la piel. Guiándose por el resplandor del final, no tardó en salir al exterior. La recibieron los familiares sonidos de la jungla amazónica; los gritos de los monos aulladores, el incesante zumbido de los insectos, la apresurada corriente de un rio.
Debilitada de puro alivio, se incorporó. Las piernas apenas la sostenían, pero se obligó a caminar, a poner una mayor distancia entre aquel mundo y el que acababa de abandonar.
Mientras corría, los sonidos que antes había escuchado empezaron a apagarse. La luz del sol se debilitaba; las nubes estaban cubriendo el cielo. De repente se desató un aguacero, que la empapó en unos pocos segundos. No tuvo más remedio que buscar refugio debajo de un arbusto cercano.
«Vamos, rápido, rápido, rápido…», se ordenaba en silencio.
La lluvia no tardo en amainar e Isabella se internó de nuevo en la selva. Las ramas le arañaban el rostro, le azotaban brazos y piernas, le salpicaban agua en los ojos. Pero siguió caminando sin aminorar el paso.
El sol empezaba a abrirse paso entre las nubes y el follaje. Cada pocos pasos, volvía con miedo la mirada. Miraba, siempre miraba, temiendo lo peor…
«Te perseguiré», le había dicho Edward. «No descansare hasta encontrarte».
Lanzo otra mirada sobre su hombro… y chocó contra un pecho masculino. Proyectada hacia atrás, cayó de espaldas. El hombre con el que había tropezado era poco más alto que ella y también había caído al suelo.
Isabella se levantó de un salto, dispuesta a luchar. Había escapado de una horda de guerreros y no estaba dispuesta a que la capturaran de nuevo.
—Tranquila —dijo un segundo hombre que apareció detrás del primero, alzando las manos en son de paz—. No te asustes. No queremos hacerte daño…
Inglés. Estaba hablando inglés. Como el hombre que continuaba tendido en el suelo, aquel era de mediana estatura. Tenía el cabello y los ojos castaños, la piel bronceada. Era delgado, poco musculoso, y llevaba una camisa de color beige. Isabella reconoció en la pechera el logotipo de los Argonautas, un antiguo barco griego atravesado por dos lanzas. Justo encima, figuraba su nombre bordado: Cayo.
«Cayo, de los argonautas», pensó de inmediato. Jacob trabajaba para Argonautas. Intento recordar si Jacob había hablado alguna vez de aquel Cayo. No importaba. Bastaba con que trabajara con su hermano.
«Ha llegado la caballería», pronuncio para sus adentros.
—Gracias a Dios…
—Levántate, Marco —le dijo el tal Cayo al compañero caído—. Esta mujer no se ha hecho daño y, parece que tú tampoco —le ofreció a Isabella una cantimplora de agua—. Bebe. Creo que lo necesitas.
Bebió con avidez. El agua resbaló por su barbilla y se la secó con el dorso de la mano.
—Gracias. Y ahora salgamos de una vez de esta selva…
—Espera un momento… —acercándose, la tomo suavemente de una muñeca—. Antes necesitamos saber quién eres y que estás haciendo aquí. Además, es evidente que estas al borde del agotamiento. Necesitas descansar.
—Ya descansaré después, y os lo contaré todo —no había visto a Edward salir de la niebla, y tampoco le había oído; pero no quería correr riesgos. Sería capaz de matar a aquellos dos hombres con un simple chasquido de dedos.
Cayo debió de percibir su miedo y su desesperación, porque de repente saco una pistola, una Glock de nueve milímetros. Jacob siempre llevaba un arma cuando salía de expedición, así que la vista de aquella pistola no debería haberla inquietado, pero la inquieto.
¿Te persigue alguien? —le preguntó Cayo, mirando a su alrededor.
—No lo sé —respondió mientras escrutaba la espesura. ¿Qué no habría hecho por tener también un arma en aquel momento?
— ¿Cómo puedes no saberlo? —y añadió, suavizando su tono—. Evidentemente, estas aterrada. De haberte seguido alguien… ¿de quién o de que estaríamos hablando? ¿De un nativo? ¿De algún animal?
—Na… nativos —mintió, en un murmullo apenas audible—. ¿Veis a alguien?
—No. ¡Harry! —llamó de pronto Cayo.
¡Sí!
Hasta ellos llegó una voz ronca, distante. Isabella no podía ver quien había contestado. Se figuró que estaría oculto entre la maleza.
—Harry es uno de los guardas —le explico Cayo—. ¿Ves algún nativo por ahí? —le pregunto a Harry.
—No, señor.
¿Seguro?
—Al cien por cien.
Cayo volvió a guardarse el arma en la cintura de sus tejanos.
—Nadie te persigue —le dijo a Isabella—. Puedes relajarte.
—Pero…
—Aunque hubiera alguien por ahí, estamos rodeados de exploradores. Quienquiera que sea, no lograría acercarse a ti.
De manera que Edward no la había seguido. ¿Por qué? La pregunta resonó en su cerebro, confundiéndola.
— ¿Estás seguro de que no hay ningún hombre por ahí? ¿Alto y fuerte, con una espada?
— ¿Una espada? —Cayo se la quedó mirando fijamente, con expresión sombría—. ¿Un hombre con una espada te estaba persiguiendo?
—Espada, lanza… es igual, ¿no? —mintió, dándole a entender que había sido un nativo. Ni siquiera sabía lo que hacía.
Aquello pareció tranquilizar a Cayo.
—Ah, un nativo. No te preocupes, que no nos molestaran.
Isabella se dijo que aquello no tenía sentido. Edward había puesto tanto interés en capturarla… ¿Por qué no la había seguido? Se sentía desgarrada entre el miedo y, mal que le pesara… la decepción.
De repente la asaltó una náusea. Tambaleándose, se pasó una mano por la frente.
— ¿Cuánto tiempo llevas aquí? —quiso saber Cayo mientras le echaba un impermeable sobre los hombros—. Estas temblando. Juraría que tienes fiebre. A lo mejor te ha picado un mosquito.
¿Malaria? ¿Pensaba que tenía malaria? Soltó una carcajada sin humor, luchando contra el nudo que sentía en el estómago. Estaba débil y cansada, pero sabía que no tenía malaria. Antes de volar para Brasil, había tomado medicación para prevenir la enfermedad.
—No estoy enferma.
— ¿Entonces por qué…? Sigues asustada —sonrió—. De nosotros no tienes nada que temer. Somos estadounidenses, como tú.
La asalto otra nausea. Se cerró la parka sobre el pecho para entrar en calor.
—Trabajáis para Argonautas, ¿verdad?
—Exacto —dejo de sonreír—. ¿Conoces la empresa?
—Mi hermano también trabaja ahí. Jacob Swan. ¿Esta con vosotros?
— ¿Jacob? —Pronuncio el compañero de Cayo—. ¿Jacob Swan?
Isabella se volvió hacia el otro hombre… ¿Cómo se llamaba? Ah, sí, Marco.
— ¿Tu eres la hermana de Jacob?
—Sí. ¿Dónde está?
Marco era mayor que Cayo. Tenía el cabello salpicado de gris y el rostro atezado.
— ¿Por qué estás aquí?
—Respóndeme tu primero. ¿Dónde está mi hermano?
Los dos hombres se miraron. Marco se removió incómodo. En cuanto a Cayo, había arqueado una ceja; parecía perfectamente tranquilo, pero un brillo de especulación asomaba a sus ojos.
— ¿Llevas algún documento que te identifique?
Isabella parpadeo varias veces, sorprendida, y abrió los brazos.
— ¿A ti que te parece?
Cayo la recorrió con la mirada, deteniéndose en sus senos y en sus muslos, apenas visibles bajo el impermeable de camuflaje.
—Que no.
Isabela experimento una punzada de inquietud. Estaba sola, en mitad de la selva, y en compañía de unos hombres a los que no conocía. «Son Argonautas», se recordó. «Trabajan con Jacob. No tienes nada que temer». Con manos temblorosas, se apartó el pelo mojado de la cara.
— ¿Dónde está mi hermano?
Marco suspiro.
—Para serte sincero, lo ignoramos. Por eso estamos aquí. Queremos encontrarlo.
— ¿Tú lo has visto? —inquirió Cayo.
Decepcionada, preocupada, Isabella se frotó los ojos. Estaba empezando a nublársele la vista.
—No. hace tiempo que no sé nada de él.
— ¿Es eso a lo que has venido? ¿A buscarlo?
Asintió con la cabeza y acto seguido se apretó las sienes con los dedos; ese simple movimiento la había causado un terrible dolor de cabeza. ¿Qué le sucedía? No había terminado de hacerse la pregunta cuando el dolor se trasladó al abdomen. Gimió. Un segundo después estaba doblada sobre sí misma, vomitando.
Cayo y Marco se apresuraron a apartarse, como si tuviera la peste. Cuando al fin termino, se limpió la boca y cerró los ojos. Marco le tendió otra cantimplora con agua, pero cuidando de no acercarse mucho.
— ¿Te encuentras bien?
Con el estómago aún encogido, bebió varios sorbos.
—No. Si —respondió—. No lo sé — ¿dónde diablos se habría metido su hermano?—. ¿Estáis en el equipo de Jacob?
—No, pero trabajamos con él. Por desgracia, como tú, hace tiempo que no sabemos nada. Simplemente corto la comunicación con nosotros —Cayo se interrumpió de repente—. ¿Cómo te llamas?
—Isabella. ¿Acabáis de llegar a Brasil?
—Hace un par de días.
Odiaba preguntárselo, pero tenía que hacerlo.
— ¿Sospecháis que… ha jugado sucio con vosotros?
—Aún no —respondió Marco, y se aclaró la garganta antes de añadir—. Encontramos a uno de los hombres de Jacob. Estaba medio deshidratado; nos dijo que Jacob lo había abandonado para seguir otra pista. Ahora está en nuestro barco, en la enfermería.
—¿Y a donde conduce esa otra pista?
—No lo sabemos —desvió la mirada—. ¿Sabes tú lo que está buscando Jacob? Su compañero hablo de un tal… Atlantis.
— ¿Atlantis? —se hizo la sorprendida. Si, aquel hombre debía de trabajar con Jacob. Pero a juzgar por sus palabras, nada había sabido de su proyecto. Lo que significaba que su hermano había decidido ocultárselo, y no sería ella quien se lo contara. Además, ¿Cómo habría podido explicarle algo tan increíble?—. Creo que quería investigar la leyenda de las mujeres guerreras. Ya sabes, las Amazonas.
El hombre asintió, aparentemente satisfecho con su respuesta.
— ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Desde el lunes —dos días que se habían convertido en toda una eternidad.
— ¿Una semana? No. Sólo llevo aquí dos días.
—Hoy es lunes, día doce.
Isabella conto los días. Había entrado en la jungla el cinco. Dos días se los había pasado vagando por la jungla, antes de penetrar en la niebla. Ese día debería ser el siete, no el doce.
— ¿Has dicho que estamos a doce?
—Eso es.
« ¡Dios mío!», exclamo para sus adentros. Había perdido cinco días. ¿Cómo era posible? ¿Y si…? No. Desecho inmediatamente ese pensamiento.
Pero la posibilidad continuaba acosándola.
Suspiró. Si no hubiera sido por aquellos días pedidos, no se le habría ocurrido aquella idea. Pero… ¿y si todo lo que había sufrido y soportado había sido un delirio de su imaginación? ¿Cómo un espejismo en el desierto? Porque… ¿qué posibilidades había de que existiera un hombre como Edward? ¿Un hombre que le había curado las heridas con su saliva?
¿O que la había besado hasta hacerla llorar de emoción?
Inconscientemente se llevó la mano al pecho para tocarse el medallón, pero lo único que encontraron sus dedos fue la tela de su camiseta. Lo había perdido en la niebla. ¿O nunca lo había tenido? No lo sabía. Su confusión crecía por momentos.
«Después», se ordenó. Ya se preocuparía de averiguar la verdad más adelante. Después de que se hubiera duchado y alimentado convenientemente.
No había manera de explicarles sus sospechas a aquellos hombres sin parecer total y completamente loca, así que ni siquiera lo intento.
—Sí, el pasado lunes —reconoció con voz débil.
— ¿Y has estado sola durante todo este tiempo? —le pregunto Cayo en tono escéptico.
—No, tenía un guía. Me abandonó.
Aquella respuesta pareció contentarlo.
— ¿Llegaste a ver a Jacob? —le puso una mano en un hombro, como si quisiera consolarla.
Isabella se apartó; no quería compasión ni condescendencia. Sólo quería encontrar a Jacob. Cuando llego al Amazonas, no le había preocupado su hermano, no le había preocupado que pudiera estar perdido o herido en alguna parte. Jacob era inteligente y decidido. Ya se había internado antes en junglas como aquella, por lo que no había temido en absoluto por él.
—Ojalá lo hubiera visto —confesó—. Estoy muy preocupada.
— ¿Sabes de algún lugar a donde pueda haber ido? —le pregunto Marco—. ¿Algo sobre… aquella otra pista?
—No. ¿No lo sabe su compañero?
—No necesariamente —suspiró Cayo—. Bueno, yo tengo que quedarme aquí para continuar con la búsqueda pero avisare a Tyler. Es otro compañero de nuestro equipo.
Tyler salió de la espesura. Iba vestido con ropa militar de camuflaje y portaba un rifle. Isabella se asustó nada más verlo. El recién llegado la salido con un gesto.
—No te hará ningún daño —Continuó Cayo—. Tyler te llevará a nuestro barco. Está bien aprovisionado de equipos médicos. Tienes que recibir alimentación intravenosa cuanto antes.
—No —replico Isabella. Jacob bien podía seguir en la jungla y encontrarse solo, hambriento… Era posible que la necesitara. Y él siempre había estado a su lado, como lo estuvo durante la grave enfermedad de su padre—. Me quedaré con vosotros os ayudare a buscarlo.
—Me temo que eso es imposible.
— ¿Por qué?
—Si te pasara algo a ti, yo me metería en un lío aún peor. Deja que Tyler te lleve al barco. Está anclado en el río, no lejos de aquí, a una hora de camino.
Estaba claro que aquellos hombres no la necesitaban.
—Lo buscare yo misma. Iré a la población más próxima y…
—Estas a dos días de la civilización. Nunca lo conseguirás sola. Y en este momento no puedo enviar a ninguno de mis hombres para que te acompañe. Los necesito a todos aquí.
—Entonces me quedaré. Puedo ayudar —declaró, terca.
—Para serte sincero… serias un estorbo. Estás a punto de desmayarte. Perderíamos tiempo precioso cargando contigo.
Aunque no le gustaba, entendía la lógica de su posición. Sin fuerza y sin energías, sería una carga para ellos. Pero la impotencia la devoraba por dentro, porque ansiaba desesperadamente hacer algo para ayudar a su hermano.
Quizá podría preguntar al hombre del barco; era el único que había estado con él.
—Está bien. Iré al barco.
—Gracias —le dijo Cayo.
—Te mantendremos informada de nuestros progresos —le aseguró Marco—. Te lo prometo.
—Si en un día o dos no lo habéis encontrado —les advirtió—, volveré.
Cayo se encogió de hombros.
—Te daré un consejo, Isabella. Cuando hayas recuperado las fuerzas vuelve a casa. Lo mismo te está esperando allá, muerto de preocupación por ti.
— ¿Qué quieres decir? —frunció el ceño.
—Si ha perdido esa otra pista, yo, en su lugar, me volvería a casa. Al hogar. Con mis seres queridos.
Aquello tenía sentido.
— ¿Alguien ha comprobado si ha hecho alguna reserva de avión?
—Tenemos gente en el aeropuerto en estos momentos, buscándolo, aunque por ahora no sabemos nada —respondió Marco—. Pero como este es el lugar donde se le ha visto por última vez, nos quedaremos aquí y seguiremos rastreando la zona.
¿Podría Jacob estar en casa? La posibilidad le resultaba tan tentadora después de todo lo que le había pasado que se aferró desesperadamente a ella. Volviéndose hacia Tyler, le dijo.
—Estoy lista. Llévame al barco.
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Gracias por sus comentarios, y mil disculpas por la tardanza .
Responderé a una pregunta que me hicieron de donde esta el otro portal que custodia Aro, bueno pues esta en Florida.
Sigan dejando sus rr, para hacerme saber si les gusta la historia.
