No sé si cumplí con mi promesa de tardar menos en este capítulo que con el anterior, pero aquí estamos. Mis más sinceros agradecimientos a la gente que comentó; sus palabras, cada vez que las recordaba, eran un cacheteo mental xD "¡actualiza, actualiza!" me decía a mí misma. En este capítulo estaría muy agradecida que todos den una señal de vida, por más mínima que sea.

Notas: En el capítulo seis, cuando Francia habla de un virus que no saben cómo curar, se refiere al sida (en 1981 se diagnostican los primeros casos, ero ya existía en los cincuenta). Cuando Arthur dice tener alergia siempre, y Francia piensa que es un resfrío, hago referencia (como suele gustarme hacer) a los resfríos (catarros) que les da a los países frente a las crisis económicas. Es algo que la gente suele olvidar en las fanficciones y me gusta utilizarlo.

Un beso.

Escribo sin fin de lucro.

Hetalia Axis Powers y todos sus personajes -los mortales e inmortales- pertenecen a Hidekaz Himaruya.

Advertenias: OC.


Generación a Generación:

Capítulo Nueve:

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-¿Donde estabas?- preguntó Arthur al sentir la puerta cerrarse. Tenía entre sus manos unos papeles ue leía con suma atención. Francia, con la respiración agitada y los sentidos alerta, caminó hasta la ventana y movió la cortina.

-Fui a dar una vuelta.- respondió escuetamente, oteando las calles. Respiró profundo sin darse cuenta y se relajó un poco. Soltó un suspiro y buscó en su bolsillo un cigarro.

Arthur le vio sostener el cigarrillo con los labios e intentar encenderlo, por sobre los papeles.

Tres chasquidos después, Francia aceptó que su encendedor no tenía combustible. Se sacó el cigarro de la boca y lo miró. Balanceó el brazo a su lado y le dirigió una mirada a Arthur.

Bajando la mirada hacia los papeles, Arthur escondió el rostro y carraspeó.

-¿Y esos papeles?-

-Permisos para un viaje que hará Peter con Tino y Berwald. Quieren llevarlo a conocer Suecia.-

Francia alzó el mentón y las cejas, en comprensión, y asintió una vez, pausadamente. Volvió a mirar por un lado de la cortina que, como las demás, mantenía el piso en una oscuridad crepuscular.

-¿Ocurre algo?-

-Nada, nada.- respondió Francia distraídamente.

Por el próximo minuto sólo se escuchó el rasgueo del lápiz contra el papel. Un golpe preciso señaló el final de la firma de Arthur. Francia se volteó a verlo, con el polvo suspendido siendo revelado por el haz de luz al que le permitía la entrada. Soltó la cortina y caminó hacia el inglés.

Dejó el cigarro sobre la mesa.

-¿Tienes algo que hacer esta tarde?- consultó.

-Terminé de pintar ese muro. Tenemos para vivir el resto de la semana así que diría que no, nada en particular.

Estando ahora bajo toda la atención del menor, Francia le puso una mano en cada hombro y besó la parte de atrás de su cabeza.

-Entonces hagamos el amor.-

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El calor de las sábanas retiene plácidamente el corazón acelerado de Arthur. Bajo la luz amarillenta Francia, recostado de lado, le acaricia los muslos. Baja la mano buscando un tobillo y apoya la cabeza en las costillas del mortal. La respiración acompasada que oye en los pulmones es el manómetro junto al que los latidos corretean como corcheas.

-Te amo.- dice Francia al aire, sin notarlo.

-¿Mmm?- murmura Arthur, acariciándole unos mechones de cabello. Francia levanta la cabeza para mirarle mejor y repite..

-Te amo.- el chasquido de la lengua es lo más fuerte de ese enunciado en voz baja. Arthur sostiene las palabras un momento, su significado y el sonido del idioma ajeno-¿me amas tú a mí?- Francia se incorporó un poco más.-Arthur, ¿me amas?-

-Sí, te amo.- confiesa el inglés en un susurro, mirándole con algo similar al cariño.-¿Por qué preguntas? ¿Ocurre algo malo? ¿Tiene que ver con tu madre? -intenta calmar la ansiedad que Francia ha mostrado en la última semana.

-Necesito saber si me amas con tu vida.-

-Suenas como si quisieras que nos suicidáramos como dos amantes trágicos, darling.-

-Non, non.- Francia recuesta la cabeza en el pecho de Arthur.- Quiero vivir eternamente junto a ti.-

Arthur ríe.

-¿Alguien puede soportarte por toda la eternidad?- bromea.

-Si pudiésemos hacerlo, ¿lo harías? ¿Vivir eternamente a mi lado?-

-¿Tú y yo? Si agregas a Peter en la oración- le sigue el juego Arthur. Francia cierra los ojos con deleite. Si podía mover el ancla (Peter, ¿cómo no lo pensó antes?) podría mover el barco (Arthur, con el amor incondicional de padre que siempre a Inglaterra se le dio tan bien). Necesitaba un territorio y ya. Sólo debía convencer a Escocia.

Arthur gira hasta quedar de lado, dándole la espalda. Francia le besa el cuello, le abraza con fuerza y se aplasta contra su cuerpo, agradecido cuando la noche llega.

Mientras barajan qué comer, alguien llama a la puerta.

-Es la vecina, viene por la plancha que le pedí esta mañana.- dice Arthur, cerrando los ojos y refunfuñando antes de levantarse. Francia lo sostiene por la cintura, de manera posesiva, reacio a soltarle.- ¡Ya voy!

Tras dejarlo ir, Francia apoya la cara en el colchón, reposando. Arthur se pone los pantalones sin preocuparse por su ropa interior y se revuelve el cabello. Delibera un momento, decidiendo finalmente que su vecina ya le ha visto en muchas ocasiones con el torso desnudo. Camina hacia la puerta, tomando la plancha que está sobre el mesón de la cocina, y abre.

-Buenas noches.- saluda Escocia. Arthur le dirige una mirada de desconcierto un segundo antes de recuperarse de la sorpresa.

-Buenas noches.- le responde-. ¿Desea algo?-

-He venido a hablar con... -Escocia se detiene, de forma tal que no parece más que un olvido o una detención para respirar. No sabe cuál nombre ha adoptado Francia y en lugar de optar por el último que le conoció, se va a lo genérico- un amigo, tengo entendido que se hospeda aquí.-

Francia no necesita más que el saludo inicial para reconocer la voz y saber que sus sospechas fueron ciertas: Escocia le siguió. Cuando el escocés dirige una mirada a lo que puede ver del departamento, Francia ya está todo lo vestido que necesita estar para atenderlo. Le saluda y sale, cerrando la puerta detrás suyo.

A Escocia no se le escapa la mirada que Arthur le dirige: desconfianza y miedo instintivo. A Arthur le ponen nervioso sus pecas, su cabello encendido y sus ojos que parecen llamas del infierno. Pesadillas poco recordadas de una infancia.

No existen sonidos coherentes para Francia cuando vuelve a entrar. Arthur ha empezado ya a preparar una cena frugal. Las verduras salteadas están un poco quemadas, pero Francia le dice a Arthur que la comida está buena, que es perfecta. El aludido lo duda un segundo, pero acaba por sonreír con sinceridad. Francia le devuelve la sonrisa, ¿qué más podría hacer?

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Las sábanas aún guardan un poco de calor cuando regresan a la cama. Arthur quiere dormir, pero Francia no le deja, murmurándole preguntas y dándole respuestas que no ha solicitado. A Arthur se le cierran los ojos cuando Francia le besa todo el cuerpo y las risas, flojas, de deslizan por entre sus labios cerrados.

-¿Cuál sería tu último deseo?- Le pregunta Francia, prácticamente acostado sobre él mientras le besa la mandíbula.

-Que mi hijo no pase ninguna penalidad.- Responde Arthur, y entierra la nariz en el cabello de Francia.- O un cigarro, siendo más realistas.

Francia inspira en su cuello profundamente y tensa el cuerpo para levantarse. Arthur le recibe el cigarro que le ofrece y lo mira casi dormido.

-Creo que lo guardaré para mañana.- le dice, devolviéndoselo a Francia.

-¿Tienes un encendedor? -le pregunta éste.

-¿Tengo cara de alguien que tendría un encendedor? -contesta Arthur.

-Tienes cara de encenderte.- termina Francia. El inglés exhala una risa.

Contemplándolo dormir, Francia piensa que Escocia tiene razón, que el hijo de Arthur no es verdaderamente importante. Piensa en que el "no" rotundo de Escocia debería valerle a éste como un pase al infierno. Piensa en que es cierto que ya es mucho pedir y que la misma conversión de Arthur en un inmortal es incierta.

El anillo de Francia descansa sobre el velador mientras el inmortal se viste en la oscuridad. Se siente como un secuestro el tomarlo y guardárselo en un bolsillo.

La puerta se cierra con el menor ruido posible y el eco de los pasos en la escalera sólo le recuerdan a Francia que está viviendo en aquel momento.

Son las tres con cuarenta y dos minutos de la mañana cuando el cielo, de la nada, se cubre de nubes y, de la misma inesperada manera, comienza a llover.

Entonces Francia sabe que Arthur está despierto y que ha comprendido las señales.


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Por primera vez quise cambiar el final. Quise darle un final feliz, aunque irreal, pero eso no va conmigo.

Aceite y Agua dicen que no dedicar un fic largo trae mala suerte. Este fic está dedicado al amor que se creía seguro y que fue inalcanzable (porque, ¿sabes? Aún te quiero. Por hoy y lo que duren las palmas y los guantes a rayas).