9. Como jamás pensó
Hermione sentía que estaba revolcada en una amalgama de sentimientos encontrados, de rabia y risas, de burbujas de soledad repletas de falta de intimidad. No podía pensar al verle, ni verle sin pensar en las mil y un maneras en las que sus labios podían llegar a besarla. No sabía insultarle sin perdonarle al instante, ni odiarle igual que antes ahora que sabía que la lucha podía estar justificada en su caso. Todo había rotado, dejando su eje completamente del revés. Discutían y se ignoraban, y a la vez se buscaban continuamente. El rubio simulaba sentir hacia ella molestia y furia, pero Hermione podía sentir sus ojos grises examinándola a cada instante, su atención dirigirse a cada momento hacia Teddy, buscando alguna excusa para hablarla o acercarse a ella. Y a ella le sucedía exactamente lo mismo. Parecían estar atados por una cadera invisible que ambos debían ignorar, pero que estaba presente. Y Hermione no podía dejar de preguntarse hasta cuándo. Hasta cuándo sería capaz de anteponer unos intereses que no sabía si volvería a tener.
Levantó a Teddy y lo llevó hasta el riachuelo para bañarle. Draco estaba en la cabaña, durmiendo, y sólo en aquellos momentos se sentía lo suficientemente segura y tranquila como para dejar de pensar en su mirada. Se agachó en la orilla, con Teddy pataleando excitado. Le encantaba bañarse. Era uno de sus momentos favoritos. El niño disfrutaba con el agua, chapoteando y mojándose, sin importarle nada más. Antes de las quemaduras Draco había cogido la costumbre de bañarle, algo que a la chica le retorcía el estómago y la dejaba sin respiración. En esos momentos la palabra farsante se repetía en su cabeza una y otra vez, diciéndose que por mucho que se hubiese equivocado al juzgar sus intenciones en la guerra, Draco Malfoy jamás habría hecho todo lo que estaba haciendo allí. Aunque ella tampoco se imaginaba a sí misma besando a otro hombre que no fuese Ron y ahora…
Agarró el botecito de jabón, que administraba al milímetro, y se echó una gotita en la palma, cogiendo un cuenco de coco y mojando la cabeza del niño que comenzó a gorgotear y a golpear con los pies. Sonrió. Teddy había crecido mucho desde que estaban allí y eso que llevaban sólo un mes. Hermione calculaba que tendría cuatro meses de edad y ya había empezado a llorar amargamente cada vez que los perdía de vista o a mirar fijamente sus caras cuando se acercaban a él. Incluso reconocía los objetos, habiéndose encariñado con una de las figuras de Draco con forma de elefante. Esa era otra de las facetas que la volvían loca. Cuando veía al rubio sentado en la arena, con el niño entre sus piernas, tallando con dejadez y desgana un trozo de sauce a punta de varita, Hermione sentía un enorme vacío en su estómago que parecía absorber toda la sangre de sus mejillas. Casi notaba que las piernas le temblaban y tenía que alejarse y distraerse haciendo cualquier cosa inútil. Y aquello le daba miedo. Mucho. Porque sabía lo que significaba y no quería que significase eso. Ni si quiera se permitía pensar en lo que la avasallaba desde hacía días. Era demasiado pronto, todo había pasado demasiado rápido y lo que estaban viviendo no era la realidad, eran unas circunstancias extraordinarias que cambiarían a cualquiera.
Frotó las manos creando espuma y enjabonó el pelo del niño, que hizo pedorretas con la boca al notar el jabón en los ojos.
—A ver, Teddy, estás lleno de guarrería—Le regañó, tumbándole sobre sus piernas, dejando que el agua le rodease y logrando que abriese los ojos y moviese las piernas sorprendido por su temperatura—. Mírate—masculló riéndose—Cómo te gusta el agua, ¿eh? A ver, dilo "a-gua, a-gua"—susurró levantándole y lavándole el trasero y la espalda, pegándole a su pecho y mojándose ella también.
Daba gracias a lo que fuese que estuviese viéndola por tener a Teddy con ella. No podía ni imaginar cómo sería estar allí sin el niño, a pesar de que aquello era egoísta pues sabía que el bebé tenía una serie de necesidades que ella cubría a duras penas. Le enjuagó el pelo echándole agua por encima, consiguiendo que volviese a proferir grititos de sensación, y se metió en el agua con él, pegándole a su pecho y balanceándose.
—Cómo has crecido, Teddy—masculló dejándole que agarrase su nariz y luego su pelo. Se río y comenzó a hablarle, poniendo voz aguda y gesticulando exageradamente—. A ver cómo buceas, a ver—Se agachó con cuidado y le metió la cabeza bajo el agua, tumbándole sobre sus antebrazos y sacándole despacio. Teddy parpadeó quitándose el agua de los ojos y la miró atentamente—¡Muy bien, Teddy! A ver, otra vez—cogió aire llenando sus carrillos y abriendo los ojos volvió a meterle en el agua—¡Toma ya! Pero qué mayor es el bebé…
El niño profirió un gritito y ella le pegó a su pecho de nuevo, dejando que jugase con la tira del biquini y hablándole de nuevo con aquella voz tan absurda incluso para sí misma. Levantó la cabeza intentando apartarse el pelo de la cara y le vio. Draco estaba apoyado en un árbol, observándola con una mirada que le produjo escalofríos. El gris de sus ojos parecía mercurio derretido, cálido y danzante entre sus largas pestañas. Parecía… enternecido.
Hermione carraspeó y se giró un poco para que viese a Teddy.
—Mira Teddy, ¿le enseñamos al señor malhumorado lo que has aprendido?—murmuró levantando la voz para que el rubio la oyese. Draco se incorporó y se acercó lentamente a la orilla. Hermione volvió a recostar al niño sobre sus antebrazos—. A ver, a ver—Volvió a llenarse los carrillos de aire y a sumergir al niño, sacándole al momento mientras este parpadeaba y chapoteaba excitado—. ¡Muy bien!
Draco sonreía de medio lado, observando la escena. Hermione levantó la cabeza y le miró.
—¿Estás mejor?
El rubio había pasado una noche horrible. No conseguía encontrar la postura y cualquier roce en las quemaduras conseguía ponerle de mal humor. Hermione había conseguido, después de insistir varias veces y casi gritarle por su cabezonería, que la dejase volver a extenderle la cataplasma y que le vendase en condiciones, y sólo entonces pudo dormir. La castaña no podía apartar de su cabeza la respiración entrecortada del rubio cada vez que le rozaba con cuidado, la tensión de sus músculos y el calor que desprendía su piel. El silencio les había rodeado, levantando una bruma de tensión y asfixia por la cercanía entre sus cuerpos mientras paseaba los brazos a su alrededor para vendarle. Después la noche se distendió con tedio para ella, que observó en la penumbra cómo el chico caía en un sueño apacible y profundo mientras ella se removía inquieta con su olor picante y cálido pegado a la piel. Y ahora, nada más observar su mirada, Hermione se dio cuenta de que ese acercamiento parecía haber rebajado de nuevo la guardia de ambos y haber traído de vuelta una parte de la falsa tregua que habían tenido anteriormente.
—He conseguido dormir—contestó escueto, mirando a Teddy y sentándose con dificultad sobre una roca de la orilla.
Hermione se acercó a él en un arranque de desinhibición, quedando pegada prácticamente a sus rodillas, y levantó a Teddy, dejándole sobre sus piernas. Draco le rodeó con el brazo bueno, alejándolo de la parte quemada del abdomen, y el niño se recostó sobre su brazo agradeciendo el calor de su cuerpo tras el baño y llevándose un puño a la boca.
Draco observó al niño entrecerrar los ojos al momento y lo recostó en sus piernas apoyado en el brazo, para después observar cómo Hermione se hundía en el agua y salía con los ojos cerrados echándose el pelo hacia atrás. Recordó el tacto de esas mismas manos sobre su abdomen, aplicando con suavidad la fresca mezcla de salvia y frutas, y tragó saliva afectado. Ya no sólo era algo físico. Le encantaba esa comunicación no verbal que tenían. Esa forma de acercarse a él poniendo como excusa a Teddy, compartiendo las responsabilidades del niño y también los placeres que confería su cuidado. Draco nunca habría pensado que cuidar a un bebé, a pesar de las malas noches y la incertidumbre cuando lloraba sin saber por qué, fuese tan satisfactorio. Y sabía que era así no sólo por Teddy, sino porque ella estaba allí para vivirlo con él. Pensaba en esto sintiendo el peso ligero del bebé sobre sus piernas y observando cómo Hermione disfrutaba del baño, dándose cuenta de lo extraño que era todo aquello. De cómo cambiaba todo de un día para otro, sin ningún motivo. De cómo a veces los prejuicios llegan hasta uno mismo.
La castaña se acercó a él de nuevo, apoyándose en la roca para salir del agua.
—Deberías lavarte las heridas…—comentó exprimiendo su pelo para quitarle el agua—. Y lavarte tú—Draco enarcó una ceja mirándola, divertido y molesto a la vez—. Lo digo por tu bien—Se excusó sonriendo con timidez y adelantándose para coger a Teddy. El rubio le agarró la muñeca con rapidez, provocando que le mirase a escasos centímetros de su boca.
—Déjale un rato. Luego le acuestas.
Hermione tragó saliva y se enderezó despacio, asintiendo.
—Vale…—titubeó apartando la vista y mirando hacia la cabaña—. Voy a secarme ¿crees que podrás pescar hoy?
Draco observó la rojez de sus mejillas y su voz entrecortada, satisfecho al saber que era por su culpa, y cogió aire.
—Toma, hazlo tú y aprovecha para secarte bien—Hermione observó sorprendida la varita que le tendía, mirándole a los ojos de nuevo con inseguridad—. Cógela, Granger, antes de que cambie de idea.
Alargó la mano y la cogió, observando cómo el rubio volvía a dejar el brazo junto a su costado con cuidado, mirando a Teddy. Se mordió el labio y se giró, encaminándose a la cabaña, maldiciéndole por aquello, por aquello y por todo lo demás. Maldiciéndole por no portase como se suponía que se tenía que portar y siendo, en ocasiones, el maldito hombre tierno, callado y sorprendente que cualquier manual del príncipe azul describiría.
-O-
El pelirrojo estaba de pie, en silencio, escuchando las risas amortiguadas de su hermana y de los trabajadores del barco en el comedor, continuando la celebración por las buenas nuevas. Sentía las lágrimas presionar desde su garganta y una profunda tristeza ir poco a poco inundándole desde lo más hondo. Había sentido alegría al principio. Cómo no sentirla si le habían dicho que Hermione no había muerto en el hundimiento. Pero ahora sólo podía sentir impotencia y un enorme vacío por no saber qué hacer a continuación. Podía estar en cualquier lugar, podía simplemente haberse dejado llevar por las corrientes. Se abría ante él una nueva etapa de búsqueda que no sabía si podría afrontar. Se llevó una mano al pelo, suspirando, y sintió el mareo por la borrachera.
Una puerta a su lado se abrió y de ella salió Sherly, colocándose el pantalón. Ron carraspeó y ella levantó la vista, sorprendida.
—Perdón, ¿he tardado mucho?—preguntó, con esa voz fina que le llegaba hasta las venas. Negó con la cabeza, sin dejar de mirarla, y la chica miró hacia el comedor y de nuevo a él, nerviosa—. ¿Te encuentras bien?
Ron continuó observándola, viendo cómo su pelo se había desmoronado del apretado moño que solía llevar, por lo que la chica se lo había dejado suelto. Se fijó en sus grandes ojos detrás de las gafas y en el brillo de sus labios por la escasa luz del faro del timonel. Llevaba toda la noche observándola. Era consciente de su sonrisa sincera por la noticia y del amargor de su mirada cada vez que se encontraba con la suya. Sabía que Sherly sentía algo por él, no había podido dejar de notarlo desde que Ginny se lo dijo, y eso, quizá por el simple motivo de sentirse halagado, provocaba que no pudiese dejar de fijarse en ella. Algo en su sonrisa tímida le generaba calor y necesidad, aún más con aquel vacío imperiante en su pecho después de salir del submarino, aún más después de toda la velada sentado frente a ella, huyendo sus miradas. Y en ese momento, sin pensarlo demasiado y sin querer tampoco poner lógica y lucidez en todo aquello, se dio cuenta de cuánto necesitaba su boca en sus propios labios.
Le agarró de la cintura y la besó, consiguiendo que la chica se paralizase un momento, y luego le respondiese con timidez. El pelirrojo notó que su sangre se enloquecía y que su propia conciencia, que presionaba en lo más hondo de su estómago pidiéndole que parase, desaparecía por las sensaciones que los labios de la pequeña secretaria provocaban.
El beso se volvió furioso, más por parte de él que por la de ella, que se dejaba llevar por el vino que habían bebido durante la cena y las ganas que había estado conteniendo hacia ese momento. Ron le agarró la cara, profundizando el beso, y luego la pegó a él fuertemente. No había comprendido cuánto echaba de menos el cariño lujurioso de una caricia íntima hasta ese momento. Él ya había profundizado hasta ese nivel con Lavender, y aunque cuando empezó con Hermione se arrepintió porque ella no sería la primera, ahora agradecía a las estrellas su experiencia. Porque deseaba desfogarse, necesitaba dejarse querer y olvidarse de todo por un rato. Se movió arrastrando a la morena tras él hacia la zona de camarotes, consiguiendo que riese cuando se tropezó con un tonel y que él mismo se carcajease cuando ella se tapó la boca asustada por la fuerza de su risa. Finalmente llegaron a la escalera que descendía a las habitaciones y Ron volvió a besarla, para luego bajar lentamente y entre risas.
Sherly se apoyó en él para bajar y Ron, con una sonrisa ufana e inconsciente en los labios, la llevó hasta su propio camarote y se llevó una mano rápidamente a la boca, pidiendo silencio a la chica, que con los ojos chisposos asentía y se balanceaba contra la puerta. El pelirrojo la abrió y le agarró del brazo atrayéndola dentro, pegándola a él y besándola, colocando una mano sobre su nuca y profundizando con toda la poca vergüenza que el alcohol le dejaba. Sherly gimió contra sus labios, con la cabeza levantada por su baja estatura, y apretándose contra él. Ron cerró la puerta a tientas y se quedaron a oscuras.
—Ron…—gimió la morena al sentir sus manos en la cadera, acariciándola y besándole el cuello—No sé…no sé si deberíamos hacer esto.
El pelirrojo le puso una mano en los labios para callarla, obligándola a echar hacia atrás la cabeza y a pegarse a él, aprovechando para besarle la garganta. Sherly cerró los ojos gimiendo y agarrándose a sus brazos y el pelirrojo le destapó la boca y usó su mano para hundirla en su pelo moreno, devorando su cuello y su mandíbula.
—Lo digo…—jadeó al sentir su boca sobre la oreja—. Lo digo en… serio, Ronald—masculló sintiendo un escalofrío trepar por su estómago y presionar con fuerza sus pechos—Puede que esté viva.
Ron se separó un poco de ella y encendió la luz del pequeño camarote, respirando entrecortadamente y mirándola.
—¿Dónde?—preguntó de forma retórica—Ha pasado un mes y no ha aparecido—paladeó con su lengua perezosa.
Sherly sonrió con dulzura y tristeza, sintiendo el dolor de su voz, y le acarició la mejilla.
—Deberías alegrarte—Ron acunó su cara contra la mano de la chica y cerró los ojos—. Es lo que esperabas, ¿no?
El pelirrojo suspiró y la atrajo por la cintura, jugando con sus labios y dejándose afectar por el alcohol.
—Ya no sé lo que esperaba.
Sherly observó la necesidad de sus ojos, que gritaban por un poco de consuelo, aunque fuese de forma egoísta. Algo para olvidarse de aquel mes maldito. Algo que le ayudase a pasar esa noche que daba comienzo a una nueva temporada de incertidumbre. Y ella no podía negárselo, no podía hacerlo porque desde el día que le vio en la sala de espera del ministerio, andando de un lado para otro y sudando, algo en su interior se rompió. Y sabía que se arrepentiría, que sufriría con lo que iba a hacer, pero le daba igual. Se puso de puntillas y le besó, consiguiendo que el pelirrojo acariciase su cintura y le devolviese el beso con furia y amargura.
La chica le dejó que la levantase y que pasase las manos por sus piernas y su espalda, que le quitase la camiseta y la besase, mientras ella perdía poco a poco la razón al igual que él. Sentía sus manos aceleradas y sus besos inconscientes y gemía entristecida y extasiada de recibir sus caricias al fin. Cuando Ron le quitó los pantalones y él mismo se bajó los suyos, Sherly sabía que estaba abriendo una herida que no iba a terminar de cerrar nunca. Pero de nuevo le dejó hacer. Y cuando Ron la besó con avidez después de hundirse en su interior aún más de lo que ya le tenía incrustado, la morena cerró los ojos y se dejó llevar. Y le besó y acarició, y bebió las gotas de sudor y los gemidos del pelirrojo, moviéndose junto a él y saboreando cada instante de aquel mágico momento. Porque sabía que después vendrían el arrepentimiento y la duda, la culpa y la tristeza, y a ella sólo le quedaría el recuerdo de aquella noche.
-O-
Habían pasado dos semanas desde que Harry y Ron mandaron la noticia al ministerio de la desaparición ya asegurada de Hermione, Teddy y Draco, y el Profeta, el Mundo Mágico y otros periódicos se habían hecho eco con rapidez. La noticia volaba y las elucubraciones acerca de la misma no se hacían esperar. Draco empezaba a ganarse el sobrenombre de "terrorista" y Hermione y Teddy eran buscados traspasando las barreras de la nacionalidad.
Blaise Zabini bajó de la barca con la mandíbula apretada, dejándose acompañar por cuatro magos uniformados con el escudo de Azkaban. Se colocó el cuello de la capa protegiéndose del viento y el vapor de agua de las olas que surgían por el choque con los arrecifes y caminó con rapidez hacia el interior de la prisión.
—Varita—exigió un mago macilento de la recepción. El moreno se la dio con rapidez y seriedad y se encaminó tras los guardas en dirección a las celdas.
Tuvo que caminar bastante por lo que a él le pareció un verdadero laberinto. Hechizos y maldiciones se desactivaban a su paso con los carceleros y gritos e inmundicia se colaban entre las rendijas que quedaban en el suelo. Y cuanto más subían hacia las torres de la prisión, todo aquello aumentaba. Él se dirigía a las cámaras de alta seguridad.
Cuando finalmente llegó al último piso de la torre había pasado más de media hora. El moreno entró en una pequeña sala y una neblina acuosa le mostró el otro lado de la misma, idéntico al suyo excepto por una puerta de alta seguridad. Se sentó en la silla y esperó, paciente.
Finalmente la puerta se abrió y por ella entró un hombre encorvado, con un camisón finamente rayado repleto de manchas y una gran barba negra como la noche cubriendo su cara. Sólo los ojos, negros también, refulgían con inteligencia. Desde que el ministerio había apartado a los dementores del control de Azkaban, todos los allí recluidos gozaban, al menos, de lo que les restaba de cordura.
El hombre se sentó en la silla, justo frente a Blaise, y un carcelero hizo aparecer unos grilletes que le ataron las manos y le impedían levantarse. Impertérrito ante esto, el hombre miraba al chico fijamente, y continuó haciéndolo hasta que el carcelero abandonó la sala.
—No lo has logrado—escupió con voz ronca, sin dejar de mirarle.
El velo perlino que los separaba se onduló, dejando que su voz cruzase al otro lado algo opacada. Blaise carraspeó y se enderezó en la silla.
—Hice todo lo que estaba en mi mano. No sé lo que ha podido pasar.
Una carcajada silenciosa y macabra comenzó a nacer en el pecho del preso, subiendo poco a poco de volumen. El chico tragó saliva y le mantuvo la mirada, tratando de mostrarse decidido. Su cuerpo huesudo se movía contra la tela del camisón y las manos temblaban por su risa.
—Si fueses más inteligente te apartarías de todo esto, Zabini—gruñó sonriendo bajo la barba—. Tu madre intentó inculcarte bien su prudencia.
El chico apretó los dientes ante la mención de su madre, harto de escucharla en la boca de tantos hombres. Pero él no era como ella, él tenía otras aspiraciones y usaría cada ladrillo que pusiesen en su camino para subir cada vez más alto.
—Los encontraré. Y entonces conseguiré hacerlo. Díselo.
El hombre le observó fijamente y asintió, tirando de las esposas y consiguiendo que la puerta se abriese de inmediato. El carcelero se acercó a él e hizo desaparecer las cadenas, cogiéndole del brazo y llevándole hasta la puerta.
—Y Lestrange—exclamó Blaise en el último momento—. La traeré de vuelta para ti.
-O-
Draco se miró el brazo abriendo y cerrando la mano. La piel aún lucía sonrosada y algo tirante, pero la velocidad con la que había sanado era inusual. Se debía sin lugar a duda a su insistencia al lavarla, que le provocaba sudores y mareos, y a las cataplasmas que Hermione le preparaba y que también habían servido para que la herida de su pierna cicatrizase finalmente.
Agarró a Teddy del pañal cuando este se alejaba arrastrándose sobre su tripa y lo volvió a sentar a su lado.
—Mocoso, ahí hay pinchos de las palmeras y no te gustan ¿por qué insistes?
Teddy gruñó revolviéndose, consiguiendo que su pelo se tornase negro, pero finalmente agarró su biberón y comenzó a investigarlo. Draco sonrió de medio lado y se recostó contra el árbol, dejando que la brisa que venía desde la playa lo bañase. Se había acostumbrado a la metamorfomagia del bebé. Ya casi no se asustaba cuando le veía con los ojos de algún color inusual que había copiado de alguna fruta o algún pájaro, y sólo le ocasionaba risa cuando transformaba alguna parte de su cuerpo en cualquier cosa que tuviese a mano. Se preguntaba cómo se las apañarían los padres de un niño metamorfomago para sacarle de casa sin llamar la atención y agradecía estar en medio de la nada con él. Alargó la mano y volvió a acercarle, consiguiendo que el niño se girase y le regañase en su jerga particular.
Hermione apareció detrás de un par de árboles que daban a la playa, con un saco lleno de caracolas y mojada hasta media cintura.
—Hay muchas entre las rocas—comentó sentándose a su lado y examinando lo que había conseguido en un par de horas. Miró a Teddy, entre las piernas de Draco, y alargó la mano quitándole un trozo de alga de la mejilla.
Draco sintió que la sangre se reconcentraba en su estómago y que un vahído acelerado le recorría el cuerpo de arriba abajo al sentirla tan cerca. Tragó saliva y miró al horizonte, intentando ignorarla. Odiaba esos gestos de cercanía que tenía la chica, sentándose a su lado, mirándole las quemaduras y acariciándole la piel, acercándose a Teddy cuando estaba con él… No, no los odiaba, odiaba lo que le hacían sentir. Y lo odiaba porque ella le había rechazado y no pensaba ser él el que volviese a acercarse hasta que ella no diese su brazo a torcer.
—He visto huellas—masculló la chica sacando las caracolas y dejándolas cerca de la hoguera para la noche.
Draco la miró. Examinó su pelo, que había recogido con un palo en un improvisado moño, con mechones que caían despreocupados, y luego se fijó en su ceño fruncido mirando las caracolas y deseó pasar el dedo por él para relajárselo. Y besarla, para que se relajase entera. Y abrazarla, para que sonriese como aquella noche cuando la tenía entre los brazos.
—¿Qué huellas?
—Del dragón.
Hermione le devolvió la mirada y un súbito rubor coloreó sus mejillas, por lo que volvió a agachar la cabeza y terminó de sacar todas las caracolas. Dracó no pudo evitar sonreír de medio lado y volver a mirar hacia el océano, satisfecho.
—¿Dónde?
—Al final de la playa, donde comienza la pradera.
El rubio bufó y la miró, malhumorado.
—Te dije que no fueses hasta allí sola—gruñó, con el ceño fruncido—. Y menos sin la varita. Eres estúpida ¿En qué estabas pensando?
Hermione suspiró y fue a ponerse de pie, dispuesta a marcharse como cada vez que el chico se ponía gruñón con ella. Pero Draco no se lo permitió esta vez. Le agarró de la muñeca y tiró de ella para abajo, logrando que se desequilibrase y se apoyase en él, cayendo de lado y quedando a escasos centímetros de su cara. La castaña le miró con un rictus de enfado y él, sin soltarle la muñeca, le devolvió la mirada con su mueca de asco habitual.
—No me mires así. Eres una maldita imprudente—susurró mirándole directamente a los ojos—¿No te bastó con la última vez?
Hermione hizo un gesto brusco para soltarse de él, pero estuvo a punto de dar a Teddy y se contuvo, apoyada completamente contra el pecho del chico.
—No soy una niña a la que tienes que atar en corto, Malfoy—contestó entre dientes—. Suéltame.
El rubio la miró la boca un segundo antes de soltar su muñeca, lo que hizo que Hermione volviese a ruborizarse y se apartase de él con rapidez. Tragó saliva y entró a la cabaña. Draco suspiró y se dio cuenta de que estaba tenso, que su cercanía, de nuevo, le había acelerado el pulso. La detestaba por ello y deseaba salir de allí cuanto antes para perderla de vista.
Se levantó, cogiendo a Teddy y ganándose sus quejidos molestos, y entró en la cabaña. Hermione estaba sentada en lo que usaba como cama y trataba de remendar con un par de hilos que había sacado de los trapos un agujero de su bikini. Llevaba puesto su pareo atado al cuello pero el chico volvió a hacer que su nuez subiese y bajase al ver el sujetador entre sus manos diminutas.
—Voy a dar una vuelta a ver las huellas—explicó, dejando al niño en su cuna y consiguiendo que comenzase a llorar—. Me llevo la varita, ¿la necesitas para arreglar eso?
Hermione le miró con los ojos entrecerrados, aún sin acostumbrarse a esas atenciones que el chico tenía hacia ella y el bebé. Carraspeó y negó con la cabeza.
—No, así me entretengo. Quizá luego, cuando haya terminado de hacer un estropicio—murmuró volviendo a bajar la cabeza hacia la tela.
—Sal afuera, verás mejor.
Y con esas palabras que hicieron que el pecho de Hermione vibrase con rabia y que su mandíbula se tensase con fuerza, maldiciéndole mentalmente, salió de la cabaña.
Draco caminó por el borde del bosque, donde la arena estaba más prensada y avanzaba con mayor facilidad. Sentía la tensión recorrer sus músculos y aflojó la presión de la mano sobre la varita, tratando de relajarse. Vale que él mismo no se conociese, que aun siendo parco en palabras y cortante, se estuviese mostrando admirablemente amable cuando no debería ser así. Vale que se odiase por ello, que la rabia por las distancias que ella mantenía en ocasiones y la cercanía que mostraba en otras lo marease y le provocase enfados espontáneos que llameaban contra lo que estuviese cerca, excepto Teddy. Sí, vale que Draco Malfoy ya no era el mismo. Pero ¿y ella?
Gruñó y se metió la mano bajo el pantalón, colocándose la entrepierna. Era un suplicio vivir así, tenso a cada instante por su culpa. No sabía cuánto más podría aguantar. Ya llevaban allí un mes y medio, un mes y medio en el que tenía que huir cada vez que ella decidía que estaba bien hablarle sonriente o tocarle aunque fuese para mirar sus heridas. Y cada vez tenía más la certeza de que sus alivios personales serían insuficientes en algún momento. Maldita sea, deseaba agarrarla y no soltarla en otro mes y medio. Quizá todo no sería tan insoportable si ella no se hubiese empeñado en extender la cataplasma y vendarle cuidadosamente dos semanas atrás. O si no hubiese pasado una noche agarrado a su cuerpo, sintiendo la suavidad de la piel de su espalda y sus piernas entrelazadas con las suyas. No sabía qué era lo que había pensado que pasaría después de aquella noche. Algo en su cabeza le había dicho que todo sería diferente, que habían derribado el muro que los mantenía de espaldas y con las varitas en alto. Pero no, sólo habían conseguido empeorar las cosas.
Bufó con arrogancia. En cualquier otro momento, encerrado en medio de la nada con cualquier mujer que le atrajese como lo hacía ella, no habría tardado ni dos días en llevarla a su cama. Recordaba cómo Pansy se retorcía contra él cada vez que le veía y cómo, en el instante en que él chasqueaba los dedos, la tenía a sus pies haciendo lo que quisiese. Esta maldita sabelotodo, ratón de biblioteca, estúpida y todo lo que se afanaba en llamarla con la esperanza de demostrar que seguía odiándola, tenía un admirable control sobre su libido. Porque sabía que la excitaba. Sólo había que ver la forma en la que huía de su lado después de ponerse toda colorada. O cómo le miraba cuando él simulaba no verla. Incluso había percibido la dureza de sus pechos bajo el pareo o el biquini después de algún encontronazo con él.
Y todo por culpa del maldito pordiosero de Weasley. Porque estaba seguro de que se debía a eso. La noble y moralista Hermione Granger no podía defraudar a sus amigos y mucho menos al muerto de hambre de su novio. Se preguntaba si ya habrían estado juntos de ese modo que él tanto deseaba, y se mordía la lengua imaginándolo.
Llegó a la pradera y caminó unos metros hacia el interior, maldiciéndola por haberse atrevido a ir tan lejos. Finalmente vio las enormes huellas, que habían dejado el pasto pisoteado y hundido entre el barro de las cañas. Comenzó a caminar, agradeciendo el haber salido con los pantalones, las zapatillas y la camiseta. Aquellas hierbas raspaban y estaba seguro de que romperían su pantalón por algún lado antes de conseguir salir de ellas. Siguió las huellas durante media hora, hasta que la pradera de altos juncos acabó justo frente al río y un bosque de laurisilvas comenzó, extendiéndose hasta la montaña. Pudo ver el lugar por el que el animal había pasado, ya que los árboles, de troncos finos, se doblaban hacia los lados o se mostraban totalmente caídos.
Con el ceño fruncido se decidió a continuar un poco más. Le costaba dormir por las noches pensando en que el dragón podía andar por allí y sorprenderles a medio sueño. Si veía dónde estaba quizá podía buscar la manera de acabar con él, o al menos espantarle del todo. Recordó el dolor de sus quemaduras, pero eso no le hizo dar la vuelta. Era por su seguridad y la de Hermione y el niño. Pero sobre todo por la suya, le corrigió una vocecilla parecida a la de su padre.
Caminó un trecho por la orilla del río hasta encontrar un lugar de paso y volvió atrás para entrar al bosque siguiendo las huellas. No le costó descubrir a dónde se encaminaban el dragón. Las huellas se dirigían inexorables hacia la montaña. Quizá hubiese allí una cueva o, tragó saliva ante su pensamiento, se encontraba allí con algún otro ejemplar.
Caminó durante lo que le parecieron horas. Paró un rato a comer un par de frutas y luego continuó, aunque las ganas de darse la vuelta y volver al campamento junto a Hermione y Teddy le asediaban cada vez con mayor insistencia. No quería ni imaginar lo que pasaría si mientras él iba en busca del dragón, éste iba en busca suya por otro camino. Ese pensamiento le obligó a acelerar el paso y, cuando ya había llegado la media tarde, se dio cuenta de que estaba subiendo por la falda de la montaña. Los árboles cada vez se distanciaban más y el suelo era más duro y árido. Pero las huellas del dragón eran tan visibles como una antorcha en medio de la noche. No había terminado de doblar un recodo de rocas grises y árboles cuando lo escuchó. Un bufido estrepitoso le hizo parar de golpe y, al instante, esconderse detrás de unos árboles. Espero un momento, tratando de calmar su respiración y el latido de su corazón, que martilleaba desbocado. Se insultó mentalmente por su ataque inesperado de pánico y se asomó por un lado, caminando pegado a los árboles y las rocas.
El dragón estaba tumbado de medio lado, moviendo la cola y sacudiendo la cabeza, bufando de vez en cuando. A Draco no le costó mucho tiempo darse cuenta de lo que le ocurría. Las heridas que él le había hecho en las patas traseras estaban infectadas y el animal parecía llevar allí bastante tiempo, quizá hasta días, a causa de su imposibilidad por caminar. Debía estar hambriento y sediento. Se quedó allí un buen rato, observando cómo el animal profería bramidos desconsolados y bufidos de impaciencia. Y una idea se cruzó por su mente. Quizá podía ayudarle. Quizá podría ganar su confianza y después usarlo para salir de allí, como ya pensó una vez.
Después de decidir que al menos sería buena idea intentarlo, se quedó un rato más allí, vigilante y pensando un plan. Lo más seguro sería comenzar con darle de comer. Sería lo que el animal más necesitaría después de tanto tiempo y seguramente conseguiría que confiase en él si le proporcionaba comida. Después podría acercarse para curarle y quizá incluso se dejaría tocar.
Se giró y comenzó a descender, pensando en qué podría darle de comer. Estaba seguro de que el animal tenía que tener una fuente de alimento cerca. Y no tardó mucho en encontrarla. El cadáver de una cabra o algo parecido vibraba bajo el sonido de miles de moscas a un lado del claro en que yacía el animal. Se acercó y se tapó la nariz con repugnancia. Si había una debía haber más, y si él lo hubiese sabido antes, habrían comido carne durante todo ese tiempo. Usó un pedazo de inmundicia de los restos para invocar a algún ejemplar más de su raza y no pasó mucho tiempo hasta que apareció una cabritilla por un lado. Draco chasqueó la lengua y, para su desagrado, se obligó a matarla. Bufó y se acercó a ella. Con repugnancia desmembró una de sus patas y encantó el resto para que le siguiese por la pendiente, de vuelta a la guarida del dragón.
Cuando llegó volvió a pararse, observando cómo el animal había apoyado la cabeza en el suelo, vencido y resoplante. Se maldijo por la locura que iba a cometer y entró en el claro. El dragón en seguida fue consciente de su presencia, pues se revolvió y profirió un gruñido de aviso. Pero Draco sólo le rodeó con cuidado, llevando la cabra levitando tras él. Dejó que la cabra se posase justo frente al dragón, a unos metros, y el animal se quedó estático, observando lo que sin duda era la primera pieza de comida que veía en días. Aun así bajó la mirada, controlando a Draco. El chico movió la varita y consiguió que la cabra avanzase lo suficiente como para que el dragón alargase el cuello y la agarrase con la boca, comenzando a devorarla.
El rubio caminó con cuidado hasta quedar frente a él justo en el aro de árboles que daban comienzo al bosque. El dragón le observaba de reojo mientras comía y, después de un rato levantó la cabeza y le miró de frente. Y Draco pudo percibir su miedo y desconfianza como si el propio animal estuviese susurrándoselo. Veía el brillo lechoso de sus ojos rojizos bailar al son de sus temores, de la soledad y el aislamiento. Y de algún modo se sintió identificado, porque algo le decía que aquel animal no quería herirle, que sólo lo haría porque él lo había hecho antes. Acongojado se inclinó mínimamente y se alejó entre los árboles, con la intención de volver al día siguiente con agua y cataplasma para sus heridas.
-O-
La puerta de la habitación se abrió con fuerza y Ron saltó en la cama, consiguiendo que Sherly se tapase hasta el cuello y que se pegase a él, avergonzada. Harry se quedó inmóvil en el marco de la puerta, mirándoles, y después carraspeó y se dio la vuelta para salir.
—Ahora hablamos—masculló cerrando detrás de él y dejándoles solos de nuevo.
El pelirrojo cogió aire y salió de la cama, sintiendo un terrible dolor de cabeza y una horrible culpabilidad en el pecho. Sin mirar a la chica comenzó a vestirse, tratando de salir de allí cuanto antes.
No se conocía. No entendía por qué seguía haciendo aquello, por qué no podía parar. Se habia prometido que, después de la noche del barco, no volvería a pasar. Pero él mismo había ido a buscarla una y otra vez después de aquello. Tenía claro que quería a Hermione, que deseaba encontrarla y que usaría hasta el último minuto de su vida buscándola, pero también sabía que, si volviese a la noche anterior, volvería a ser igual de incapaz de apartarse de la morena.
Sherly tragó saliva y bajó las piernas al suelo, sin soltar la sábana. Agarró sus braguitas, que habían quedado tiradas a sus pies, y se las puso con rapidez. Después miró a su alrededor y vio el sujetador junto a la puerta. Se sentía totalmente estúpida y con ganas de llorar, no quería levantarse y pasar frente a él y tampoco quería tener que pedirle que se lo diese. Le pasaba cada mañana que despertaba a su lado, y cada mañana se prometía que no volvería a pasar, pero luego era incapaz de evitarlo. Odiaba el poco amor propio que tenía y odiaba al pelirrojo por jugar así con ella, besándole y susurrándole palabras de amor por las noches y luego ignorándola por las mañanas. Con rabia apartó un mechón de su cara y agarró su blusa, que estaba a los pies de la cama.
Ron observó sus movimientos por el rabillo del ojo mientras sacaba de su bolsa otra camiseta y se la ponía. Ni si quiera era su casa. Había recurrido a la casa de su novia y su mejor amigo cuando Sherly le dijo que no podían ir a la suya. Era imperdonable, y lo sabía. Pero perdía completamente los papeles cuando la besaba y luego pasaba el día entero vagabundeando como un perro culpable.
Vio dónde quedaba el sujetador y se agachó a cogerlo, dejándoselo al lado. La morena se puso los pantalones de cintura alta, levantándose finalmente, y luego se calzó los zapatos de tacón con un rápido movimiento de sus diminutos pies. Y Ron se descubrió observándola con disimulo, queriendo quitarle de nuevo los zapatos y acariciarle las piernas. Y la culpa afloró trayéndole a la mente la sonrisa de Hermione y el ceño fruncido de Harry.
Sherly agarró el sujetador, doblándolo y metiéndoselo bajo el brazo. Luego se quedó un segundo quieta, mirando el perfil del chico que intentaba peinarse sin éxito frente a un diminuto espejo colgado en la pared. Había disfrutado la noche anterior lo mismo que la había sufrido. Igual que todas las veces que se habían encontrado después de regresar a Inglaterra. Se dejaba arrastrar por sus ojos tristes, bebiendo de sus labios con amargura y acariciando su cuerpo, pensando que quizá sería la última vez que lo haría. Besaba sus lágrimas, consciente de que eran por otra mujer. Y luego se despertaba y vivía el lado cruel de todo aquello, más aún que dormir abrazada a él sabiendo que no era suyo. La realidad que le decía que para Ron sólo había sido un error.
Carraspeó y, sin mirarle una sola vez, salió de la habitación. Se quedó paralizada cuando en la puerta de en frente se encontró con Ginny, que se abrazaba con gesto de preocupación, y comenzó a bajar las escaleras con rapidez, queriendo desaparecerse cuanto antes. No sabía cómo había podido ceder a ir allí. Sólo recordaba que Ron había ido al despacho de Kingsley, le había pedido perdón y le había jurado que no volvería a pasar, que la había invitado a cenar para disculparse y ella como una estúpida había accedido, pensando que quizá podría contar con su amistad. No sabía en qué momento habían desaparecido sus buenas intenciones y sus manos habían comenzado a acariciarla con lujuria. Y tampoco sabía en qué momento había dejado de pedirle que parase para desnudarle y recorrerle todo el cuerpo con sus labios. Cuando le dijo que en su casa estaban sus padres de visita, Ron no dudó ni un instante en llevarla allí, prometiéndole que era una casa muy grande y nunca se darían cuenta. Era tonta, crédula e inocente. Demasiado.
Cruzó el pasillo de la entrada, y por el rabillo del ojo vio cómo Harry salía de la cocina en silencio. Abrió la puerta y tragó saliva, con la cabeza gacha y mirándole de reojo.
—Hasta luego…
-O-
Ron suspiró y se llevó una mano a la cabeza. Era estúpido, egoísta y estúpido por haberse aprovechado así de ella. Y un traidor por haber querido olvidarse así de Hermione, aunque fuese por unas horas. Unas horas que le perseguían desde que las había disfrutado tanto en ese barco, que le rondaban la cabeza pidiéndole que volviese a repetirlas una y otra vez.
La puerta de la habitación volvió a abrirse y Harry entró en ella, con una mirada de furia tal que Ron creyó que se enfrentaría de nuevo al mismísimo Voldemort. Cerró la puerta con fuerza y se quedó ante él.
—¿Qué demonios te crees que haces?—gruñó dándole un empujón.
—Harry…
—¡Hermione está viva, imbécil!—gritó volviendo a empujarle.
Ron tragó saliva y levantó las manos.
—Harry, no lo entiendes, te juro que…
—¿Qué qué?—Le interrumpió, mirándole con una mueca de desprecio—¿Qué la quieres? ¿Qué sólo ha sido una vez?—preguntó irónico, haciendo aspavientos con las manos mientras las venas del cuello se remarcaban por su enfado. Ron tragó saliva y Harry entendió entonces que no había sido la primera y que, seguramente, no sería la última - ¡Eres un malnacido!—gritó apretando los dientes—Ha pasado un mes y medio y ya te has olvidado de ella.
Ron notó la furia crecer y le devolvió el empujón.
—¡No te atrevas a decir que me he olvidado de ella!—bramó con rabia—. Pienso en ella a cada momento, me devano la cabeza pensando en dónde puede estar.
—Pues no lo parece—contestó Harry acercándose a él—. Eres un cobarde—susurró furioso—. Es más fácil tirarte a Sherly que enfrentarte a la realidad. Siempre haces lo mismo. Prefieres huir o culpar a otros.
Ron le observó respirando entrecortadamente, sintiendo sus palabras agujerear su autocontrol y herirlo en lo más profundo. Tragó saliva y recogió su mochila del suelo.
—Eso, vete, siempre haces lo mismo: en el Torneo de los Tres Magos, el año pasado en busca de los Horrocruxes y ahora cuando Hermione nos necesita. ¡Nunca se sabe si se puede contar contigo!—gritó el moreno viéndole salir de la habitación con grandes zancadas.
Ginny observó a su hermano bajar en tropel las escaleras y lanzó una mirada furiosa a Harry. Había ido a hablar con él al escuchar el portazo en la habitación. Había intentado calmarle, pidiéndole por favor que no fuese duro con Ron, pero el moreno estaba hundido en sus utopías e idealismos, en su creencia de que la traición era injustificable. Escuchó a su hermano llegar a la planta de abajo y con rapidez bajó tras él.
—Ron, espera…
—Déjame, Ginny.
—No, espera un momento—gimió agarrándole del brazo, pero sin conseguir que parase—. No lo dice en serio. Yo te entiendo, sé que es difícil y estás confundido, sé que Sherly te gusta y…
—Yo quiero a Hermione—Se giró y la miró, y la pelirroja vio todo el sufrimiento que guardaba en su interior—. La amo con toda mi alma, Ginny, pero…
—Lo sé—susurró acariciándole la mejilla y poniéndose de puntillas para abrazarle con fuerza—. No hagas caso a Harry, él… es demasiado exigente.
—Sí, el perfecto Harry Potter, que esperaría de pie la muerte hasta que Hermione apareciese—masculló, separándose de ella y caminando hacia la puerta—. Pues yo quizá no sea perfecto, pero la encontraré aunque sea lo último que haga, aunque luego ella tenga que dejarme por imbécil.
Ginny se quedó parada en mitad del pasillo, observando cómo Ron salía de la casa y daba un portazo. Suspiró y se giró hacia la escalera, encontrándose con la mirada orgullosa de Harry, aunque ella le conocía bien y sabía que en su interior estaba arrepentido. Negó con la cabeza y se fue a la cocina, sabiendo que aquello acababa de empezar y que todo se estaba complicando demasiado.
-O-
Draco llegó casi a la noche al campamento. Estaba contento dentro de lo que cabía por la cena que sabía que tomarían. Había pensado que nunca más probaría la carne. Además, por el camino había encontrado unas setas que no le parecieron peligrosas, y las había recogido pensando en la cara que pondría Hermione cuando lo viese llegar. Seguramente se quejaría porque hubiese matado a algún animalillo y luego se negaría a comer. Se río entre dientes. No, terminaría comiendo aduciendo a algún motivo racional y lógico pero sin dar su brazo a torcer. Draco había pensado en las mil y una reacciones que podría tener la castaña, a decir verdad, se había pasado todo el camino pensando en ello, pero nada le había preparado para lo que le recibió.
En cuanto apareció, Hermione se levantó apresurada y se acercó a él a zancadas, con un rictus mortífero en la cara morena, ceño y boca fruncidos. Se puso delante de él, observando la pata de la cabra que llevaba en la mano y las setas que sobresalían por sus bolsillos, y, sin esperarlo, le miró a los ojos y le abofeteó.
—¿Pero qué demonios…?—masculló el rubio
—¡Que sea la última vez que desapareces todo el día detrás de ese dragón!—exclamó furiosa.
Draco la miró sorprendido, con la boca entre abierta, y entonces una media sonrisilla se coló entre sus labios.
—Estabas preocupada…
—¡Claro que estaba preocupada, imbécil!—Se giró y caminó de nuevo hacia la huella de la hoguera, sin poder ocultar el gesto tímido que solía realizar cuando se sonrojaba, mirando al suelo y colocándole un mechón detrás de la oreja—. Ahora enciende el fuego—exclamó entrando en la cabaña.
El rubio sonrió abiertamente aprovechando que ella no le veía. Movió la varita y encendió la hoguera, dejando que la pata de cabra levitase sobre esta para quemar su piel. Después agarró unos cuencos de coco, les hizo un hechizo protector, y los puso sobre el fuego con agua para cocer las setas. Las roció con la sal que Hermione se esforzaba en recoger y relleno de agua otros dos cuencos para beber. Realizó todo aquello sonriente, con una burbuja de felicidad bailándole en el pecho. Se había preocupado por él, y lo mejor no era que lo hubiese hecho, sino que no hubiese realizado ningún esfuerzo por ocultárselo. Intentó recordar que en el fondo, si algo le pasaba, ella estaría indefensa y sola, y que era normal que no desease que nada malo le pasase. Pero otra parte de su cabeza repetía constantemente las imágenes de su cara morena crispada por la preocupación y mezclada con ira en una mueca graciosa, sus ojos chispeantes a la luz del ocaso y sus puños cerrados examinándolo de arriba abajo. Se río entre dientes y movió la mandíbula, llevándose una mano a la misma inconscientemente. Le había pegado. Y no era la primera vez. Una mota divertida se coló en sus ojos de mercurio, pensando cuán irónico era que casi cinco años atrás ella le hubiese golpeado con rabia y odio, y que ahora le hubiese golpeado con preocupación. Sin duda las cosas habían cambiado, no sólo en él, sino también en ella. Y estaba seguro que parte de su enfado se debía precisamente a eso.
Hermione salió de la cabaña con Teddy en los brazos y el ceño aún fruncido. Le observó y este, sin proponérselo, le devolvió una mirada sonriente y algo petulante. La chica bufó y tumbó a Teddy sobre una de las esterillas de hojas que quedaban en la entrada, comenzando a deshacer el nudo de su pañal para cambiarle. Draco observó su espalda, titilando a la luz del fuego que empezaba a apoderarse de la luz que el durmiente sol dejaba tras de sí. Se fijó en sus pies, sobre los que estaba sentada, y en cómo se apartaba el pelo ladeando la cabeza. Una fuerte oleada brotó de su pecho, descendiendo hasta su entrepierna. Desearía agarrarla de la cintura y tirarla sobre la arena, recorriéndola entera de arriba abajo una y otra vez con manos y boca, escuchándola suspirar como lo había hecho semanas atrás. La fuerza de esta sensación lo inmovilizó y, de forma masoquista, le obligó a seguir mirándola, fijándose en el lunar de su hombro y en la pequeña marca de nacimiento rosada que bailaba en la parte trasera de su cuello. Notaba el peso del vacío tirar de él hacia abajo, y la sangre acumularse deliciosamente en su bajo vientre, haciéndole endurecer. La necesidad que sentía por ella comenzaba a superar sus propios límites y la reminiscencia de sus manos finas y pequeñas acariciándole la cara mientras le exploraba con su curiosa lengua casi le hacía gemir de deseo. Nunca había vivido nada así, nunca había retenido de tal modo sus instintos. Siempre había tenido lo que quería y eso, precisamente, le hacía no querer demasiado. Todo lo anterior habían sido caprichos concedidos con demasiada presteza como para sentir realmente deseo hacia ellos, y ahora se daba cuenta de que realmente quería estar con Hermione, de que quería escuchar sus gemidos quedos y tímidos bajo el peso de su propio cuerpo, mientras se hundía en ella y lamía la suave piel de su garganta.
Y la tendría. Ya no le quedaba ni un retazo de orgullo y dignidad, de deseo de mantener el viejo odio que los distanciaba. Ahora quería despertarse con su pelo enredado en las manos y sus piernas enroscadas con las suyas, quería observarla fijamente haciéndola enrojecer, sin necesidad de apartar la mirada. Quería que ella se derritiese por él de la misma maldita forma que él se derretía por ella. Qué demonios, también era una cuestión de orgullo. Si antes se había propuesto que no haría nada si ella no se acercaba antes a él, insultándola mentalmente y manteniendo las distancias con petulancia, ahora se proponía hacerla enloquecer. Obligarla a que escarbase entre sus brazos buscando su atención para luego dársela día y noche, sin descanso.
Conseguiría que Hermione Granger sollozase en busca de su cuerpo y sus caricias como que se llamaba Draco Malfoy.
Buenos días y lamento la tardanza. Aquí traigo un nuevo capítulo, feliz por los reviews que me habéis dejado y por alguna recomendación leída por ahí (;D) Espero que os guste y que no penséis que es tedioso esperar a... en fín, ya sabéis. Las cosas tienen que suceder a su debido momento, pero parece que Draco ha adoptado una nueva filosofía. Veremos a dónde le conduce...
Sin más, un saludo enorme y nos leemos pronto.
Ilisia Brongar
PD: mi nombre de usuario de twitter, como siempre: IlisiaBrongar
