Hola! Sinceramente, estoy muy emocionada por la respuesta que recibió este fic y sus palabras de aliento la semana pasada. Ustedes son lectores maravillosos! Además, me encanta que hagan preguntas sobre la trama o especulen respecto de lo que vendrá. La página no me permite responder por mensaje privado a aquellos que comentan en forma anónima, pero sepan que leo todos y cada uno de los reviews y me hacen muy feliz.
Aprovecho (o hago abuso) de este espacio para hacer algunas aclaraciones/avisos. Alguien preguntó por ahí si esta historia tendrá lemon/smut. A riesgo de no spoilear, les cuento que eso está pensado para el futuro y que pueden aparecer escenas un poco más explícitas (con o sin nuestra pareja preferida, ya lo veremos :O). No prometo nada aún porque es la primera vez que escribo un fic y esa cuestión será todo un desafío. Sin embargo, adelanto que prefiero inclinarme por un estilo más "poético" que bizarro, y la idea es que surja cuando la trama lo amerite (léase, esto no se transformara en un PWP fic). De todas formas, llegado el momento, yo les avisaré por anticipado si el capitulo tiene contenido explícito y les daré la alternativa de saltearse esa parte si así lo prefieren.
El capítulo fue revisado por la maravillosa HikariCaelum, quién ha demostrado tener una paciencia inagotable para mis errores recurrentes de redacción.
Ahora si, a disfrutar!
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—¿Lo tienes?
—Eso creo —susurró Jess, poniendo una mano en el bolsillo donde guardaba la carta de racionamiento robada—. No es que el alemán sea mi fuerte, pero coincide con la descripción general que Poe me dio. Había otras cosas interesantes también. Registros de suministros, mapas con información sobre las tropas apostadas en la zona… Pensé en robar alguno, pero creo que hubiese sido muy arriesgado.
Después de escuchar al Teniente Coronel encerrarse en su despacho, las dos cuchicheaban nerviosamente en la cocina. El sol dorado de la tarde se filtraba por las ventanas y rebotaba en los utensilios de cobre que colgaban perezosamente del aparador. La pava metálica hervía lentamente en la cocina y el olor del romero y el tomillo secándose junto a la puerta llenaba el ambiente de un aroma agradable y doméstico.
Sin embargo, las manos de Rey temblaban y su vientre se arremolinaba con emoción e inquietud. Había transcurrido media hora desde el incidente y el hombre continuaba en el despacho. ¡Qué cerca de ser descubiertas habían estado! Para sus adentros, se preguntaba si él había advertido que se trataba de una táctica de distracción. ¿Se daría cuenta de que alguien había estado merodeando en sus habitaciones? ¿Notaría la ausencia de la cartilla?
—Tranquila, no lo notará —dijo Jess, leyendo la inquietud en su rostro—. Había una buena cantidad de papeles, sería imposible que recuerde algo tan nimio como esto. Además, eso no era todo… Encontré algo muy extraño, Rey —agregó, bajando aún más la voz. Su amiga se tensó visiblemente—. Cartas. Cartas anónimas dirigidas al gobierno de los invasores… Escritas por franceses. —Rey dejó escapar el aire que había estado conteniendo. Bien. Al menos no se trataba de ningún hallazgo que involucrara al Teniente Coronel en algo tenebroso o retorcido—. Ese fue el motivo por el cual me demoré más de lo previsto. No pude evitar leer el contenido. Aparentemente, algunos vecinos de Bussy han estado haciendo denuncias.
—¿Denuncias? —preguntó, incrédula—. ¿Qué tipo de denuncias?
—En realidad, algunas eran tonterías. Chismes de pueblo, venganzas encubiertas. Unas cuantas se referían a los affaires de la esposa del carpintero —dijo, revoleando los ojos —. Pero otras eran francamente inquietantes: que el almacenero es comunista, que la hija de los Montpellier frecuenta círculos de judíos. Probablemente no sean ciertas, pero, ¿por qué difundir esas calumnias? ¿Y por qué las tendría un Teniente Coronel si no es para impartir justicia? Es escalofriante.
—Eso es terrible, Jess… ¿Encontraste algo sobre nosotras?
—Yo también me lo pregunté. No pude leerlas todas, pero no, no vi nada. —Rey suspiró, aliviada. En el fondo, temía que alguien la hubiera visto interactuar con el Teniente Coronel. ¿Qué sucedería si la tildaban de colaboracionista? No podría soportar la humillación y la vergüenza—. De todas formas —volvió a hablar Jess—, tengo que hacer llegar esto a Poe cuanto antes. Voy a salir por unas horas.
—¡¿Esta noche?! ¿Estás loca?
—¡No, claro que no! —resopló—. Contacté a alguien que podría hacérselo llegar sin levantar tantas sospechas. Poe me lo enviará de vuelta en la mañana, lo volveremos a dejar en su escritorio y ya —dijo, como si fuera lo más sencillo del mundo—. Por favor, quédate aquí hasta que vuelva. Si la Madame regresa antes que yo, inventa alguna excusa sobre mi ausencia.
Rey asintió. Hubiera querido acompañarla pero, en su estado, era más una molestia que una ayuda. Además, si la Señora Holdo se enteraba de que habían dejado la casa sola en manos del huésped, las desollaría vivas.
—Está bien, yo me encargaré de cubrirte —aseguró.
Jess asintió con la cabeza, le dio la espalda y se dirigió a la puerta de la cocina, lista para retirarse. Llevaba un vestido azul oscuro y los rayos del sol de la tarde iluminaban su silueta. Sin embargo, antes de que su mano alcanzara a tocar el picaporte, súbitamente volvió a girar la cabeza hacia ella y la miró con gravedad.
—¿Qué? ¿Por qué me miras así?
—¿Por qué no encendiste la radio? —preguntó, con el ceño fruncido—. ¿Estabas hablando con él cuando bajé?
Rey tragó saliva. No se sentía capaz de mentirle a Jess cuando habían estado tan cerca de ser descubiertas. Además, ella tenía que entenderlo, la situación había sido desesperada. ¿Qué otra cosa hubiera podido hacer? Probablemente se enojaría, pero no podía soportar la idea de volver a manchar su confianza, ahora que su amiga le había dicho toda la verdad.
—Lo intenté —empezó, casi en un susurro—, pero cuando quise encenderla estaba desenchufada. Y ya no había tiempo. —Hizo una pausa, suspiró, y luego continuó—: sí, Jess, tuve que distraerlo. En el momento no se me ocurrió nada mejor. Pero no creas que me agradó hablar con ese… ese monstruo —agregó, rápidamente—. Además, funcionó, ¿verdad?
Su mente se rebeló por unos instantes ante su propia mentira. Pero bajo ninguna circunstancia admitiría en voz alta que aquel encuentro se había sentido tan apropiado. En cambio, mantuvo la vista baja, esperando recibir una amonestación. O, tal vez, su amiga le daría un sermón allí mismo, acusándola de romper su regla más sagrada.
Sin embargo, contra toda expectativa, Jess la observó unos instantes, incrédula, y luego dio tres zancadas hacia ella.
—Eres muy valiente —dijo, cerca de su oído, mientras la abrazaba con fuerza—. Gracias. Gracias por eso. —Luego besó su mejilla y se alejó otra vez.
Lanzándole una última mirada cargada de afecto, se colocó el sobrero y desapareció por la puerta.
Rey permaneció en silencio, dividida entre la confusión y un curioso sentimiento de culpa. Sin embargo, cuando salió de su ensimismamiento, de pronto fue totalmente consciente de que ella estaba sola con él en aquella enorme casa. El pensamiento le revolvía las entrañas de solo pensarlo. Aunque, hasta el momento, el hombre se había comportado dentro de los límites de la moralidad, estaba completamente a su merced. Tal vez, lo mejor sería mantenerse ocupada y evitar su presencia por todos los medios.
Decidida, se dispuso a reanudar sus tareas. Pero cuando salió de la despensa cargada con algunas papas y cebollas, el llamado a la puerta la sobresaltó.
¿Quién podía ser ahora?
Dejando los tubérculos sobre la mesada, se limpió las manos en el delantal y se dirigió al vestíbulo. La sombra en el vitreaux era francamente irreconocible, y Rey se apresuró a espiar discretamente por la ventana que daba a la entrada. Entonces, su corazón dio un vuelco. Primero, vislumbró el Mercedes aparcado junto al del Teniente Coronel. Luego, un destello de piel pálida como la leche agria y cabellos rojizos completaron el panorama.
El Mayor.
Rey no tenía ninguna intención de abrirle la puerta pero, ¿qué más podía hacer? Por un breve instante, se preguntó si estaba allí para visitar a su camarada o para vengarse de ella por lo que sea que lo hubiera ofendido el otro día. La segunda posibilidad era, tal vez, algo lejana, pero aún así se mantuvo alerta. Con una expresión decidida y altanera, entornó la puerta lo suficiente para que el pelirrojo la viera.
—Mademoiselle —dijo con tono afectado y tratando de parecer cordial—, he venido aquí para ver al Teniente Coronel Ren. Si es tan amable de dejarme pasar.
La última frase no sonó como una pregunta en absoluto y Rey sintió un escalofrío en la nuca. Abrió la puerta lo suficiente para dejarlo pasar, sin dirigirle una palabra.
El hombre entró en el vestíbulo con un aire pagado de sí mismo y recorrió el entorno con la mirada.
—Así que esta es la suite que el Teniente Coronel ha elegido para sí mismo —dijo, y sus ojos vagaron rápidamente hacia Rey, con una mirada significativa—. Ya veo por qué.
La joven intentó no dejarse llevar por la indirecta, haciendo un gesto significativo hacia la escalera con indiferencia. Quería desaparecer de su vista lo más pronto posible. Hux, sin embargo, le clavó la mirada unos instantes antes de dar un par de zancadas hacia el salón sin pedir permiso. Rey no se movió.
—Sí, por supuesto —dijo el hombre, un poco para sí mismo, deslizando la mano por el sofá rosado—, esto es más como él. —Volvió a posar sus ojos en ella, y esa vez, la recorrió de arriba abajo con descaro—. Nunca fue de entregarse a los lujos, ¿sabe? Siempre ha preferido inclinarse por un estilo más… campestre… desabrido, diría yo.
A todas luces, el Mayor ya no se estaba refiriendo a la Mansión. Con una sonrisa desagradable, volvió a acercarse a la joven, prácticamente invadiendo su espacio personal. Su perfume olía cítrico, penetrante y ostentoso, y el traje militar lucía inmaculado. Rey permaneció en su lugar, tratando de proyectar todo el odio que sentía en su rostro, a pesar de que tenía la vista clavada en el piso.
Entonces, el hombre le sostuvo la barbilla con manos enguantas e inclinó su cara hacia él. Antes de que la joven pudiera reaccionar, se acercó lentamente junto a su oído y susurró:
—Aunque, pensándolo mejor, tal vez lo corriente se puede arreglar con un poco de esmero, ¿no cree?
Ante esa declaración, hiriente y lasciva, ella dio un paso atrás, sacudiéndose su agarre, y lo cortó con la mirada. El hombre tenía una sonrisa arrogante, maliciosa y predatoria. De no estar paralizada de sorpresa, Rey lo hubiera abofeteado por su impertinencia.
¿Cómo se atrevía? ¿Cómo osaba humillarla de esa forma y pretender salir impune? La ira, cruda y destemplada bullía en su pecho. Sin embargo, antes que pudiera actuar, una voz profunda y autoritaria los sorprendió.
—Mayor —dijo Ren en la escalera. Su rostro era neutral y tenía la mandíbula apretada, pero, por unos instantes, Rey creyó vislumbrar un destello peligroso en sus ojos—. Was machst du hier? No quisiera importunar a nuestros anfitriones más de la cuenta. La próxima vez que lo vea por aquí, acuda directamente a mí, ist das klar?
Hux no dijo nada, pero su mirada estaba cargada de significado. Era evidente que estaba a gusto incomodando a su superior. Con un último vistazo hacia ella, -que se sintió como si hubiera deslizado sus manos por todo su cuerpo-, le dio la espalda y se dirigió a las escaleras.
Entonces, Rey levantó la vista y sus ojos se encontraron brevemente con los del Teniente Coronel. Su rostro seguía impasible, pero sus ojos le transmitieron un torrente de emociones que no pudo descifrar.
¿Remordimiento? ¿Enojo? ¿Determinación?
No, tal vez lo estaba imaginando.
Ella fue la primera en romper el contacto y dirigirse nuevamente a las cocinas.
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Cuando la tarde había empezado a caer, Rey se sentó en las escalinatas de la entrada de la casa. A juzgar por la desaparición del segundo automóvil, el Mayor ya se había largado de la Mansión. Mejor así. Todavía no se había recuperado del encuentro de la tarde y no tenía ningún deseo de volver a cruzarse con visitantes indeseables.
La Señora Holdo había retornado y estaba encerrada en el salón, mientras que Jess se disponía a preparar la cena. Como agradecimiento por cubrirla en su ausencia, la había absuelto de sus tareas alegando que "merecía disfrutar de un poco de tiempo libre". Entonces, Rey había decidido que era tiempo de echar un vistazo a su bicicleta, que había quedado fatalmente averiada desde el accidente.
A simple vista, parecía que se trataba de un daño irremediable, pero eso no la amedrantaría. La reparación de objetos rotos contra toda expectativa había sido un hobby que había desarrollado desde la niñez. Aunque pareciera una afición algo extraña para la mayoría, en su opinión, tenía toda la lógica del mundo. La pobreza en la que había crecido le había enseñado a no darse por vencida jamás, más aún, si se trataba de un artículo de primera necesidad. Con espíritu de coleccionista, había vagado por los alrededores del hospicio, recolectado y limpiado una infinidad de piezas que después utilizaba ingeniosamente para dar solución a las reparaciones más complejas. Esta no sería la excepción. De hecho, su bicicleta era producto de ensambles cuidadosamente planificados a partir de viejos modelos que la gente había ido descartando. Menos aún se daría por vencida con su propia creación.
Se acomodó en el porche de la Mansión y sacó algunas herramientas del bolsillo. Después de examinar el vehículo con ojo crítico, resolvió que lo más práctico sería desarmar pieza por pieza y reemplazar los componentes averiados. Entonces, se puso manos a la obra.
Mientras se las afanaba para soltar un tornillo particularmente obstinado, observó por el rabillo del ojo que una figura vestida con traje militar pasaba por allí. Rey se tensó.
—Buenos días, señorita.
El timbre de las palabras no tenía la profundidad ni la cadencia que ella ansiaba escuchar. En cambio, cuando levantó la cabeza, se encontró con el amable rostro del cabo Sturm.
—Yo… entiendo si no quiere contestarme —dijo en un francés pausado, mientras se quitaba la gorra de servicio y la sostenía entre las manos—. Solo quería asegurarme de que estaba bien. Lo que pasó el otro día… —Por unos momentos se quedó en silencio. A todas luces, estaba tratando de elegir las palabras más adecuadas para decir lo que sea que quería expresar—. No somos todos como él —terció finalmente—, espero que, algún día, pueda ver eso.
Habiendo hecho su declaración, mantuvo la mirada fija en ella durante algunos instantes. Luego hizo un breve saludo con la cabeza y se dispuso a continuar su camino.
Mientras se alejaba, Rey supo que el hombre hablaba con sinceridad y la humildad del gesto la tocó profundamente. Además, para esas alturas, no podía seguir fingiendo que mantenía algún voto de silencio. Si había sido capaz de entablar una conversación con el Teniente Coronel, ¿por qué no podía hacerlo con alguien a quien tenía en mejor estima?
—Lo veo —dijo con un hilo de voz, sorprendida de sí misma—. Quiero decir, no creo que usted sea como ellos. Yo… nunca le agradecí por tratar de ayudarme.
El cabo se volteó a mirarla, sorprendido. Ahora era él quien se había quedado observándola, sin palabras.
—Tampoco pienso como ellos, ¿sabe? —continuó la joven—. Esa tontería de la raza inferior. Lo siento, debo haberlo defendido. Después de todo, solo estaba intentando ayudarme.
—No, no es necesario, por favor —dijo el cabo, recuperando el habla—. Yo entiendo su silencio, de veras. —Y, después de una pausa, agregó—: sé cómo se siente estar del otro lado de la contienda. —Extendiendo una mano, añadió, con una sonrisa—: soy Stur-… Soy Finn.
—Mucho gusto, Finn —terció ella, tomando su mano y devolviéndole la sonrisa—, yo soy Rey.
Antes de que la conversación pudiera continuar, la voz de la Señora Holdo se hizo eco desde el interior de la casa. Finn retrocedió y ella soltó su mano.
—¿Rey? ¿Dónde estás?
Involuntariamente, la joven rodó los ojos, exasperada.
—Lo siento, tengo que irme —dijo, y luego señaló en dirección a la Mansión—. Y supongo que a ti tampoco te gustaría cruzarte con ella en este momento.
El cabo volvió a sonreír.
—¿Bromeas? Creo que prefiero vérmelas con el mismísimo Hitler.
Los dos rieron brevemente y se saludaron con un gesto. Entonces, el cabo se retiró rápidamente por el camino, mientras la noche empezaba a caer. Rey lo observó unos instantes antes de entrar en la casa, más aliviada de lo que había estado en mucho tiempo.
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Cuando el Mayor hubo desaparecido dejando una estela de polvo en el camino, Kylo Ren volvió a internarse en su despacho, fastidiado. Las novedades que Hux había traído no eran para nada alentadoras. Al parecer, había llegado a la Alcaldía la noticia de la inminente llegada del General Snoke, programada para principios del mes entrante. A pesar de que debería sentirse aliviado, la perspectiva de ver a su superior no lo emocionaba en absoluto. Desde su punto de vista, estaba empezando a acostumbrarse a actuar con autonomía y a no tener que rendirle cuentas a nadie.
O, por lo menos, no directamente.
El hecho de que Hux se enterara antes que él tampoco contribuía a mejorar su estado de ánimo. Kylo Ren era consciente de que, a sus espaldas, el Mayor estaba entretejiendo su propia jugada para detentar una posición relevante a los ojos de Snoke. A todas luces, el muy cretino estaba orquestando las condiciones para su propio ascenso a Teniente Coronel, tras lo cual, Ren ya no podría mantenerlo a raya.
En el fondo, no podía entender por qué su General lo tenía en alta estima, sobre todo, cuando era claro que Hux no era más que una rata complaciente y trepadora.
—La debilidad de un perro faldero, correctamente manipulada, puede ser una herramienta afilada —le había dicho Snoke en su último encuentro.
Sin embargo, Kylo Ren no estaba de acuerdo. El solo recuerdo de su mirada arrogante sobre la joven aquella misma tarde lo hizo estremecer. Si Hux y él llegaban a tener el mismo rango, poco podría hacer para impedir audacias como esa bajo su propio techo. Debería haberlo ahorcado cuando tuvo la oportunidad. Pero ya era tarde para lamentarse. Debía enfrentar las consecuencias e idear un plan para contener las aspiraciones del Mayor. Más aún, si el hombre insistía en entrometerse en sus asuntos.
Dejó ir un suspiro, mientras se dirigía al escritorio para continuar su trabajo. El papelerío se estaba transformando en un componente habitual de su rutina y la perspectiva de pasar días enteros encerrado en una habitación oscura ponía sus nervios de punta.
Entonces, dos golpes secos en la puerta del escritorio lo sacaron de sus cavilaciones.
Inmediatamente, se puso de pie, expectante.
¿Sería ella?
Los eventos de los últimos días lo habían sumido en un estado extraño de ansiedad y euforia. La muchacha lo había desafiado más de una vez, sin molestarse en ocultar el profundo desprecio que sentía por él y los de su clase. Sin embargo, la grieta que se había abierto aquel día que la había llevado a la Mansión en su automóvil, le había dejado entrever que, tal vez, esa no era toda la verdad. Tirar abajo sus defensas y ganarse su respeto se había transformado en una especie de desafío implícito, y Kylo Ren no era la clase de hombre que perdía una apuesta.
La terquedad de la muchacha –de Rey- había despertado algo en él. O, tal vez, se había transformado en una espina clavada en el centro de su ego. Por eso, aquella tarde, cuando ella rompió el voto de silencio que se había autoimpuesto, su pecho se llenó con una magnífica sensación de triunfo. De alguna forma, él la había logrado traspasar sus defensas y poner el juego a su favor. Tampoco se le escapó el hecho de que ella estaba usando las muletas que él le había enviado. La imagen había deslizado una agradable sensación por su espina dorsal y, tenía que admitir, había logrado inquietar las aguas de su propia hombría con una reacción visceral e inesperada.
Sin embargo, lo más sorprendente había sido escuchar su voz, por fin. Kylo Ren la había oído cantar en los jardines y susurrar en las cocinas cuando ella no podía verlo, pero la experiencia de intercambiar algunas palabras con ella había sido totalmente distinta. Él había imaginado que su timbre de voz sería agudo, lánguido y femenino. Sin embargo, las palabras habían salido de su garganta con un sonido profundo, grave y decidido.
Ella había roto el silencio para agradecerle. Ese simple pensamiento era suficiente para recomponer los fragmentos de su vanidad y arrogarse la victoria de la primera batalla.
Entonces, cuando sonó la puerta, su pecho se llenó de expectación.
¿Vendría a verlo él? ¿Intentaría entablar conversación?
¡Oh! Qué grato sería verla intentarlo. Ahora que ella había cedido ante él, no estaba dispuesto a dejárselo tan fácil, no después de haberlo humillado unas cuantas veces. Su mano se estiró al picaporte mientras su mente diagramaba mil y un formas de retribuirle la ofensa. Entonces, lentamente, abrió la puerta, listo para encontrar un par de ojos color avellana con expresión anhelante.
Sin embargo, todo lo que vio fue una mujer, de ojos rasgados, con el ceño fruncido y una expresión de altanería y disgusto. Al verlo, resopló audiblemente. Llevaba una bandeja en la mano y, a todas luces, prefería estar en cualquier lugar menos allí.
Claro. La otra muchacha. Kylo Ren se había olvidado de ella por completo.
Se hizo a un lado, abriendo la puerta de par en par para dejarla entrar. La joven entró rápidamente, prácticamente arrojó la bandeja en su escritorio con un sonoro repiqueteo de la vajilla, y abandonó la estancia sin siquiera mirarlo.
El Teniente Coronel maldijo su propia imaginación.
Estar fuera del frente lo había vuelto blando, pensó mientras cerraba la puerta. Tendría que disciplinar este tipo de emociones si quería mantenerse enfocado. Nada que un poco de entrenamiento duro no resolviera. Por supuesto, la muchacha era solo un estúpido juego de voluntades, se dijo, fruto de su propio aburrimiento. Él tenía una misión allí y no sería tan idiota de dejarse distraer por un par de ojos bonitos.
Esa noche, se acomodó tercamente entre las sábanas de la suite, decidido a dejar el asunto de lado y enfocarse en asuntos realmente importantes. La ocupación, los soldados, la insurgencia.
Pero, por supuesto, sus sueños tenían otros planes.
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