No puedo moverme. Linna me aparta y se abalanza sobre nuestra hermana, entusiasmada. Da saltitos de alegría y chilla elogios para Sanna.
- Sí, lo sé, lo sé - luego me mira a mí y sonríe -. ¿Qué te ha parecido, Kyro?
- ¿Qué has hecho? – cuestiono, aún boquiabierto.
- Lo que se supone que tú deberías haber hecho - replica -. Y espero que ahora no pongas más excusas y lo hagas.
- ¡Es un Tambortrueno! - salto. O sea, que me pongo en pie mientras grito - ¡Podría haberte...!
- ¿Qué? ¿Comido? - pregunta escéptica - ¿Pero aún no te has enterado de que los dragones comen pescado?
Resoplo, exasperado.
- Yaaa… ¡Eso díselo a Bocón!
El Tambortrueno empieza a hacer sonidos raros, como... si tuviera hambre. A Linna no debe parecerle así, porque se acerca al dragón y le rasca la barbilla (si es que se le puede llamar así). El monstruo ronronea en respuesta.
- ¡Oh, qué mono! - dice - ¿Le has puesto nombre ya?
Sanna se estruja el cerebro buscando un nombre apropiado para su "bicho". Yo tengo uno perfecto: ¡Sanna Junior!
- Creo que lo llamaré... - observa con atención al Tambortrueno azul eléctrico y se le encienden los ojos - ¡Voltio!
El recién bautizado Voltio debe ser ya un adulto Tambortrueno, probablemente de la misma edad que Sanna. Nunca me ha gustado esta especie en particular, ya que se la identifica por su sobresaliente dentadura. La boca de un Tambortrueno, ya sea adulto o cría, es equivalente al total de espacio que ocupa el resto de su cuerpo, cola incluida. Así que no, no me hace mucha ilusión que Sanna se halla agenciado uno de mascota.
Aún con el cerebro bloqueado, me dejo caer en la arena para asimilar todo esto. Voltio se acerca a su nueva amiga humana y la huele con curiosidad. Luego, más feliz que Bocón con gallumbos limpios, se arremolina junto a ella.
- ¡Esto sí que es un dragón! - exclama Sanna -. Y es la prueba de que mi talento como jinete es innato.
No sé si estar impresionado por su egolatría o su correcto uso de la palabra "innato".
- Es un buen ejemplar, eso es cierto - coincide Linna -. Pero no estoy segura de que debas quedártelo. Las reglas dicen que...
- ¡Al cuerno! - protesta - Lo he entrenado y me lo voy a quedar.
- Perfecto, otro dragón que soportar – murmuro yo.
Y al sentirse aludido, Céfiro se acerca y se tumba a mi lado. Me ayudo de las manos para sentarme un poco más a la izquierda, pero no sabía que el Furia contara con tal destreza en las patas para copiar mi movimiento. Decido rendirme y ya no escapo. Al menos no me está tocando.
- Bien, Kyro. ¡Tu turno!
Sanna adopta esa pose tan característica suya, la de "Thor alzando su martillo". No hay martillo, por descontado.
- Paso – contesto llanamente.
- ¡Oh, por favor! ¿Vas a seguir dándonos largas?
- Kyro – Linna abandona a Voltio y se acerca a mí. Mientras que el Tambortrueno busca mimos en una Sanna enfurruñada, mi hermana acuna la cabeza de Céfiro y me mira con dulzura -. Sé que esta no es exactamente la forma en la que planeábamos hacer las cosas, pero es muy importante que aprendas a controlar tu miedo.
A unos metros de nosotros, Sanna y Voltio se han puesto a jugar a azotar la arena con ondas sónicas.
- No te estoy pidiendo que montes un dragón ahora – me dice para que me relaje -. Tan solo nos gustaría que no te cerraras tanto al estar con ellos. ¿Por favor?
Un estruendo llama nuestra atención. Sanna y su dragón han pasado al nivel 2: destruir rocas. ¡¿Es que nunca se cansa?!
Resoplo.
- Está bien – digo con recelo -. Si solo es eso, puedo intentarlo.
Céfiro está encantado con la atención, pero parece no bastarle. A pesar de las caricias de Linna, quiere que yo también juegue con él.
Bueno, solo es un toquecito, ¿no? ¡Puedo hacer eso! Puedo… ¿Puedo? ¡Argh! Muy despacito, elevo la mano e intento posarla en su morro, negro como el de ningún otro dragón. Pero Sanna vuelve a distraerme. Ahora está ordenando a Voltio que lance ondas hacia los árboles del bosque. ¡Perfecto! Al dragón le gusta la destrucción tanto como a su amo.
Me centro y vuelvo a hacer amago de tocar al Furia… cuando oigo los rugidos.
0h, oh…
De entre los árboles, un grupo de Terror Terribles, Clavagarras, Nadder Mortíferos y otras cuantas especies desciende en picado hacia los dos alborotadores. Son los dragones del claro, los que se estaban tomando la siesta, ¡y están cabreados!
- ¡Kyro, corre! – grita Linna, agarrándome del brazo y emprendiendo la huida. Alcanzo a ver que Sanna monta sobre Voltio y le indica que nos alcance. Despegan y en seguida están sobre nosotros, como la turba de dragones.
- ¡SI ES QUE VA PROVOCANDO!
No sé de dónde encuentro la fuerza para quejarme, pero lo hago. ¡¿A quién se le ocurre?! Sin previo aviso, Linna me abraza por la cintura y me arroja sobre Céfiro. Siento el típico escalofrío recorrerme la columna y me quedo tieso mientras ella se sube también.
Al segundo siguiente, estamos volando.
Linna me agarra fuerte y maneja a Céfiro para que ascienda y se ponga a la altura de Voltio.
- ¿Vais bien? – pregunta Sanna con su sonrisa socarrona pintada en la cara.
- ¿Qué hacemos? – dice Linna por toda respuesta. Yo aún sigo aturdido: no me puedo creer que estemos en esta situación. ¡Por esto precisamente no quiero volar!
- Eh… ¿Escapar?
Con eso, Voltio y Céfiro aceleran y ponen rumbo al bosque para intentar perder a los dragones entre la maleza. Parecen furiosos y nos persiguen sin pensarlo dos veces. El Tambortrueno tiene algunas dificultades para sortear los árboles, además de que es la primera vez que lo monta un jinete. Céfiro no tiene ese problema, ya que es mucho más ágil y aerodinámico. Pronto Linna y él se ponen en cabeza y Sanna defiende la retaguardia.
Los dragones no se cansan y continúan embistiendo contra nosotros. Su número se ha reducido bastante, pero los que quedan no parecen dispuestos a darse por vencidos. Un Ala Cambiante se acerca peligrosamente a la cola de Voltio y por un pelo no se la arranca de cuajo, pero Sanna consigue sacarle un acelerón en el último momento y se zafan.
El último de los dragones se apoya en una rama y nos lanza un rugido de rabia, cesando en su empeño. ¿Ya está? ¿Se acabó?
- ¡Buf! – respira Sanna, aliviada – Creo que ya han dejado claro su punto.
- ¡Iban a matarnos! – exclamo - ¡Por tu culpa!
- ¡Qué va! – dice ella – Solo nos estaban ahuyentando de su territorio. No iban a hacernos daño.
Ofendido, miro a Linna en busca de apoyo.
- Tiene razón – me decepciona -. No iban a hacernos daño.
- ¡O a comernos! – Sanna hurga en la herida.
Resoplo, y cuando Céfiro me mira con las pupilas dilatadas, me alegro de que al menos él esté de mi lado.
Hasta que entiendo que sigo sobre él, claro.
Pego un grito y me bajo de un salto. Luego, en cuanto se me pasa el susto, refunfuño y me alejo dando pisotones en el suelo. Oigo a Linna llamarme.
- ¡Kyro, espera!
Es todo lo que alcanza a decir antes de que un Nadder enorme la atrape bajo sus garras. Chilla y se queda muy quieta, y yo casi me desmayo.
- ¡Lin!
Sanna intenta acercarse, pero nuestra hermana la detiene.
- ¡No! Puedo hacerlo. Confía en mí.
¡¿Hacerlo?! ¡¿Hacer qué?!
Me he mareado. No, no, por favor. Papá. ¿Dónde está papá? ¿Por qué aún no ha venido a buscarnos? Mi mente está tan entupida con pensamientos catastróficos que no me entero de cómo mi hermana empieza a susurrarle palabras tranquilizadoras al Nadder. A continuación mueve lentamente su mano abierta de un lado a otro, procurando que el dragón la siga con los ojos. En un momento dado la olfatea con curiosidad y Linna aprovecha para acercársela aún más y colocarla en su hocico. Rasca, y el dragón ronronea, lo que le indica que ya puede levantarse.
- ¡Muy bien! – la elogia Sanna -. He de decir, hermanita, que nunca dudé de ti.
Linna la mira escéptica, pero sonríe. Luego me mira a mí a la vez que el Nadder Mortífero frota sus mejillas juntas. Sanna ríe y se acerca para inspecciona al Nadder. Es bastante grande, como el de mamá o así, y de un color azul verdoso que se mimetiza con los arbustos del bosque. Aparte de eso, es como cualquier otro Nadder: cresta picuda, garfios en las alas y garras como azadas de siembra.
El mareo se me va pasando, pero ahora siento otra cosa: vergüenza. ¡Maldita sea! Linna por poco sale herida y se ha salvado ella sola, pero yo no puedo ni siquiera tocar a uno de esos bichos.
Bueno, pues eso se acabó.
Están tan distraídas que no se dan cuenta de cuando me doy la vuelta, enfrentando a Céfiro, y cierro los ojos con mucha fuerza. No me parece suficiente, así que a mayores giro la cabeza y levanto el brazo de golpe, manteniéndolo rígido en el aire. Reprimo en impulso de cerrar la mano cuando siento que él intenta averiguar lo que me pasa. Con toda la fuerza de voluntad que poseo, mantengo mi posición y espero.
Entonces, siento algo suave y duro contra mis dedos. Céfiro vuelve a respirar y la calidez de su aliento hace que me estremezca e inconscientemente busque el calor. ¡Vaya! Nunca me había parado a apreciar lo calentita que está su piel. No demasiado, sin embargo; sigue sin estar tan caliente como una persona.
Más confiado que antes, abro los ojos y veo lo que mi mano estaba sintiendo hace un segundo. Bueno, no es tan malo. Es soportable. No entiendo qué se apodera de mí y le rasco las escamas. Parece que le gusta: cierra los ojos y hace sonidos guturales. De repente, me lame la mano. Pequeños lengüetazos que me la llenan de babas. ¡Puag!
- ¡Ewgh! - ¡qué asco! Es viscoso. ¡Asco, asco!
Sacudo la mano con violencia, pero no se quita.
- Es inútil.
Dirijo mi atención a mis hermanas, que sonríen. Sanna con suficiencia. Linna con orgullo.
- ¡Bienvenido al club, hermanito!
Este capítulo está dedicado a Catalina Stein, que me dio el empujoncito que faltaba para subirlo. Gracias! Pd: te llamé Carolina! (XP). Perdón, lo leí mal!
¡Hasta la próxima, aprendices de jinete!
