Mucha gracias al anon que comentó el capítulo pasado, igual que a los que comentaron los demás :)
Quiero aprovechar para avisar que ya terminé de escribir el fic (wii~(?)) y que serán en total catorce capítulos y un epílogo. Y nada, espero que les guste lo que aún viene.


Casanegra

9. La mano

Lentamente abrió la puerta, asomándose cuidadosamente. Sacó al cabeza del cuarto y, al ver que no había moros en la costa, salió por completo. Traía la bolsa a espaldas y la determinación concretada en su cabeza, importándole ya poco si seguía lloviendo o no. Por los ruidos que escuchaba desde la habitación continua supuso que Martín estaba demasiado ocupado con otro asunto como para pensar en escapar, lo cual sin embargo le convenía a Manuel. Miguel al menos estaba sin lugar a dudas ocupado.

Comenzó a avanzar hacia las escaleras, tratando de recordar por dónde Martín le había indicado que se hacía menos ruido, fallando un tanto, pero logrando no ser muy escandaloso. Fue dando pasos lentos, si bien se moría de ganas por salir corriendo. Poco a poco se fue acercando al medio del corredor, a las escaleras y una sonrisa se fue formando en sus labios…

Toc toc toc…

Su pasó quedó helado y un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza. ¿Se había imaginado aquello? No, definitivamente lo había oído. Pero no, no podía ser. ¿De dónde provino? Volvió la mirada, mas el pasillo seguía desierto. Ok, no sabía qué debería haber esperado, pero igual…

Toc toc toc.

Pegó un brinco cuando se volvió a repetir el golpeteo. Tragó y su cuerpo se puso a temblar nervioso. No, mierda, Manuel, ¡concéntrate!, se dijo, mas fue vano. Sus pies ya no se movían y su mirada se había quedado congelada en la puerta de la derecha, la del fondo.

Imposible –se oyó susurrar y se habría maldecido a sí mismo de no ser porque estaba demasiado paralizado.

Pero tenía razón, era imposible que oyese el golpeteo hasta ahí. Eso si era el golpeteo que creía que era, el que ya había oído antes. El cajón. Sonaba como el cajón. Algo le decía que era el cajón. No, se repitió, simplemente no puede ser. Estás alucinando, Manuel, tienes miedo de que te claven otra navaja. Eso sonaba lógico.

Pero aun así sus pies no fueron capaces de moverse más hacia las escaleras, no en esa dirección. Sus manos sudaban y sentía la boca seca, odiando más que nunca aquella casa, aquellos locos de los que uno intentó matarlo y el otro se tiraba a Martín, a toda esa maldita situación y por encima de todo a Martín. No, mentira. Se odiaba a sí mismo por encima de todo. A sí mismo por dejar que esa fuerza extraña lo jalase, por permitir que sus pies se volviesen y caminasen en la dirección equivocada. Definitivamente él era el más grande de todos los idiotas que permanecían bajo ese endemoniado techo, él y sólo él por pasar frente a la puerta del cuarto que ocupó y frente a la puerta tras la cual Martín y Miguel se encontraban.

Cerró los ojos en el momento en que tomó el pomo de la última puerta. Se sentía frío y resbaloso contra su mano temblorosa y asustada. Lentamente fue girándolo, agradeciendo que al menos la puerta no hizo ninguna clase de ruido al abrirse. Le tomó otro par de segundos (segundos en los cuales trató de calmar su pulso tomando aire profundamente dos veces seguidas) antes de atreverse a empujar la puerta y mirar dentro.

Afortunadamente el cuarto estaba vacío, al igual que tampoco se oía nada. Echó un vistazo por encima de su hombro y al comprobar que no había nadie, entró. Apoyó la puerta y miró el cuarto. Seguía exactamente igual como lo tenía en la memoria, solo que ahora la mesa sobre la cual habían dejado secar sus cosas ahora se encontraba vacía. Ahí estaba la cama sobre la cual Martín había despertado, perfectamente hecha, y a su lado el velador. Manuel sintió un escalofrío treparse por su espalda, sin embargo trató de ignorarlo. Se dio valor en silencio y fue hacia el pequeño mueble.

No se dio tiempo a pensar y simplemente estiró la mano y jaló el cajón. Hasta la mitad.

Nada. Nada realmente, a excepción de un sobre amarillento. Manuel se quedó helado unos segundos, más que nada por la sorpresa de encontrar, bueno, nada a decir verdad. Nada más que un sobre viejo, ya abierto. Fue imposible no soltar un suspiro, tanto de alivio como de decepción (a fin de cuentas quién lo entiende), y decidió tomar el sobre.

Fue entonces que pasó. Pasó en un segundo, en un abrir y cerrar de ojos.

Su rostro se desfiguró en una mueca de horror cuando del cajón salió disparada aquella cosa. Lanzó un grito agudo y trastabilló, cayendo hacia atrás. La cosa se lanzó contra él y Manuel volvió a gritar lleno de pavor, tratando de alejarse de lo que se aferraba a su rostro, tratando de deshacerse de eso. Rodó por el suelo, luchando contra aquella cosa pequeña pero que parecía tener una fuerza inmensa y no quería soltar su rostro.

Tenía apenas el tamaño de una mano porque ciertamente eso era: una mano. Una única mano reseca que se aferraba con las uñas a su rostro, arañándolo. Manuel luchó como pudo con aquella cosa espantosa, tratando de jalarla, pero la mano le clavaba más y más las uñas. Dolía, sentía que le arrancaba piel con cada intento de quitárselo de encima. ¿De dónde sacaba la fuerza esta cosa? ¿¡De dónde sacaba siquiera la vida!?

Con un movimiento brusco logró quitarse la mano de encima y la empujó lejos de sí. La horripilante cosa rodó apenas dos metros más allá. Manuel, tirado de largo en el suelo, miró hacia donde la botó, mas no fue la vista de la mano, que lo hizo palidecer una vez más. Apenas un metro detrás de la mano, en el marco de la puerta, estaba parado Julio. Su mirada estaba oscura y le heló la sangro en las venas.

-Ya fuiste advertido –fue todo lo que dijo y el corazón por poco se le detuvo.

Lo iba a matar.

Julio ni le dio tiempo de pensar y se lanzó contra él. Manuel reaccionó como una bala, poniéndose de pie de un salto a la vez que recogía el sobre que cayó al suelo y retrocediendo para esquivarlo. Julio pisó la mano, la cual de inmediato se aferró a su pie, haciéndolo caer. Lo oyó soltar varios improperios seguidos, pero no era como si Manuel se fuera a quedar a verlo. Su cuerpo actuó en automático, sus pies fueron esta vez capaces de reaccionar ante el miedo y corrieron a toda velocidad hacia las escaleras.

Julio logró patear la mano, la cual cayó detrás de la cama, y corrió tras Manuel. Tiró la puerta detrás de sí, lo cual provocó un fuerte golpe que sonó como el disparo de una pistola. Manuel pegó un brinco, creyendo que en efecto le habían disparado y no tuvo mejor idea que voltearse. Su corazón casi se detuvo cuando vio que Julio estaba por alcanzarlo y desesperadamente trató de correr más rápido. Por poco se resbaló por culpa de la maldita alfombra, pero por suerte la escalera ya estaba a solo cuatro metros. Tres, dos, uno…

De pronto el suelo desapareció debajo de sus pies. Manuel abrió los ojos horrorizado y un grito salió arrastrado por su garganta antes de ser arrastrado hacia abajo. Un paso en falso y Manuel rodó las escaleras. Dolió terriblemente, mas no tuvo tiempo de alzarse, puesto que Julio ya estaba sobre él. El chico lo miraba con una rabia inmensa y el pánico de Manuel se disparó todavía más. Las manos del menor ya estaban en su garganta y el chileno luchó con todas sus fuerzas por liberarse, sintiendo como la soga se iba apretando, dejándolo más y más sin aire. La desesperación pareció materializarse en su estómago. Quiso gritar de nuevo, mas le fue imposible. Pateó y trató de empujarlo. Intentó rodar, pero Julio se aferraba a su cuello como si su vida dependiera de eso. La vista se le estaba nublando… No tenía aire… Su cuerpo temblaba y lágrimas le caían… No respiraba… No podía…

Un rodillazo certero, dado con sus últimas fuerzas, le quitó a Julio por unos segundos, segundos que no desperdició. Se arrastró, gateó y se paró. Echó a correr sin mirar hacia atrás y oyó los pasos de Julio seguirlo, al menos hasta que se callaron de golpe. Manuel sin embargo no miró hacia atrás. Corrió como alma que lleva el diablo, ignorando el punzante dolor en su muslo y toda la pierna. Corrió con el corazón en la boca y en la mano a la vez, saliendo por la puerta principal, cruzando la reja que encercaba a la casa y luego el área de pasto que había entre la casa y el bosque. En un momento resbaló por culpa del barro y el dolor de intensificó una vez más. Manuel lo ignoró. Se puso de pie, actuando en todo momento con puro automatismo y miedo, y siguió corriendo. No puso mirar atrás en ese momento, ya había cometido ese error una vez. La distancia se le hizo eterna, sintió que los árboles se alejaban más y más en lugar de acercarse, hasta que logró un último salto y los alcanzó. Fue ahí que se atrevió a voltearse.

No había nadie detrás de él. La casa estaba ahí y Julio estaba parado frente a ella. Estaba inmóvil, parecía una estatua. Su mirada siniestra estaba clavada en Manuel, pero el chico no se movió.
Le costó moverse también y no solo por la herida. Era como si las garras invisibles del chico lo estuvieran manteniendo en su lugar, clavadas dolorosamente en su cuerpo tembloroso. Tragó con dificultad, sintiendo que el esfuerzo físico que acababa de hacer lo estaba ahogando.

Finalmente logró arrancarse de la mirada de Julio, se volteó y se adentró en el bosque.


Dentro de la habitación reinaba un ambiento cálido. Miguel se removió suavemente a su lado, acurrucándose más contra Martín. Sus cuerpos estaban calientes, pero ya no por el sexo, sino meramente por estar compartiendo la cama. Paseó sus manos por la espalda del más pequeño, gustándole como se sentía tocar la piel de Miguel. Sus manos resultaron ser algo ásperas y toscas, pero su espalda al igual que sus piernas y su trasero eran agradables al tacto. No pudo evitar suspirar ante ese pensamiento.

Miguel alzó la cabeza un poco al oír cómo soltaba una pequeña risa. Sonrió al ver su rostro en la pobre luz que había en el cuarto, empujando sus manos sobre su pecho, tocándolo. Martín le sonrió de vuelta. Ninguno dijo nada, en primer lugar porque no sabían qué y segundo porque no sentían la necesidad. Miguel volvió a recostar su cabeza en su pecho tras robarle un beso y Martín acarició su cabello, lentamente, mirando el techo. Los párpados le pesaban y poco a poco fue dejando que el agotamiento lo fuese hundiendo en un sueño profundo.

Se quedó quieto, esperando unos segundos, escuchando. Finalmente abrió un ojo, viendo a Julio parado junto a la cama. Reprimió un suspiro y lo miró a los ojos. Su hermano le devolvía la mirada, serio y frío. No dijo nada, pero Miguel entendió qué pasaba por su cabeza.

Sus ojos se dirigieron hacia la puerta y Julio apretó los labios. Demoró unos segundos pero finalmente obedeció a la muda orden de salir del cuarto y dejarlos. Cerró la puerta en silencio y Miguel cerró sus ojos, durmiéndose también.


Debió haber dormido mínimo diez horas y de alguna manera no le parecía extraño. No había descansado realmente en días y, ahora que se relajó por completo, su cuerpo reclamó las horas que le debía. Ciertamente aún estaba oscuro, pero ya próximo el día. Miguel dormía a su lado, respirando lento y pausado. Lo observó un rato en silencio, sin querer moverse para no despertarlo. Al final sin embargo igual llevó una mano a su cabello y lo acarició lentamente. Miguel ni se inmutó, apegándose solo un poco más.

Notó lo silenciosa que estaba la casa. Reuniendo toda su fuerza de voluntad logró levantarse y juntó su ropa, vistiéndose. Miró por encima de su hombro y vio a Miguel. Su cabello desordenado le daba un aire algo gracioso y sonrió enternecido. Lo dejó dormir y salió en puntitas, pasándose a su habitación. Manuel no estaba. Por un momento el pánico surgió en él, creyendo que esta vez Julio sí lo había matado, pero notó entonces que las cosas del chileno habían desaparecido también. Las de Martín, sin embargo, estaban en la cama, desparramadas. Se mordió el labio. Se fue, pensó y suspiró, sentándose en la cama que había ocupado Manuel. Observó sus pertenencias, viendo que no faltaba nada aparte de la navaja que Julio le robó. Ya qué, se dijo, igual casi ni la había usado, no la necesitaba. Que se la quedara el enano.

Se cambió de ropa y oyó a Miguel levantarse. Imaginó que prepararía el desayuno y que lo traería para Manuel, pero no fue así. Bajó a verlo y se unió a él y a Julio en el comedor, desayunando con ellos. Había un silencio extraño entre los dos hermanos y prefirió no hacer preguntas. Miguel parecía saber que Manuel no se encontraba en la casa, ya que había puesto la mesa para tres. Luego de comer, Julio se retiró sin decir nada y Miguel recogió la mesa. Martín se apresuró a ayudarle y lo siguió a la cocina.

-Miguel… -lo llamó cuando el chico se puso a lavar los platos.

-¿Sí? –respondió este sin volverse hacia él. Martín se carraspeó y se rascó la nuca, observándolo en la luz de la ventana que había frente al lavatorio, aquella que daba directo al huerto.

-Ahm… Manuel… se fue –bisbisó bajo y Miguel detuvo su tarea, mirándolo por encima de su hombro.

-Sí. Lo sé.

Oh. Dale, debió suponerlo. Martín suspiró y se acercó lentamente. Miguel dejó los platos, secándose las manos mientras lo veía aproximarse a él. El argentino tomó su rostro y lo miró a los ojos, buscando las palabras, pero antes de que pudiera, Miguel se puso de puntas y lo besó. No pudo rechazarlo, si bien debía admitir que había algo raro en aquel beso, como un deseo oculto o algo así. Acarició el rostro de Miguel, permitiéndose alargar un poco aquel beso mientras disfrutaba de su boca. Lo sintió suspirar suavemente sobre sus labios cuando comenzó a separarse y abrió los ojos, encontrándose con los de Miguel. Malditos ojos.

-Debo irme -dijo bajo y Miguel asintió despacio, casi como en cámara lenta.

-Entiendo -susurró, rodeándolo lentamente con los brazos.

Martín sintió que algo más quería decirle, pero el chico calló. Permanecieron un rato más así, abrazados. Miguel apoyó la cabeza en su hombro y suspiró bajo, manteniendo la mirada perdida afuera de la ventana. Martín besó su frente y dejó sus labios descansando ahí.

Cuando notaron que ya habían estado un buen lapso así, inmóviles, Miguel se separó y le dijo que juntara sus cosas, que le prepararía algo de comer para el camino. Martín obedeció mudo. Miguel lo acompañó a la puerta y se quedó parado en el pórtico, mordiéndose el labio. Martín miró hacia el bosque, en su espalda la mochila seca, y luego hacia Miguel y su boca. Dudó si besarlo una última vez, si inclinarse hacia esos labios y darles una despedida sin palabras.

No lo hizo. Miguel solo lo miró a los ojos y Martín soltó un estrangulado "adiós", a lo que el chico apenas asintió. Echó a caminar, alejándose más y más de la casa. La reja y el bosque se aproximaron demasiado rápido a él y la soledad lo iba envolviendo más y más con cada paso. Una vocecita en su cabeza le preguntaba si estaba haciendo lo correcto.

Sí, claro que sí.

Miguel suspiró, cruzándose de brazos. Lo vio desaparecer entre los árboles en el momento en que Julio se paró a su lado. Sentía la mirada de su hermano sobre él y agradeció que estuviese tan callado ese día. No se movió por varios minutos, incluso cuando ya no podía ver a Martín. En algún momento Julio entró a la casa, murmurando que no se quedara demasiado rato ahí, que hacía frío. Miguel no respondió, aún pensando en Martín. Había querido preguntarle si volvería y ahora lamentaba el no haberlo hecho.