Arrastrando a un leopardo negro, entró al ZPD. Ya había cargado mamíferos tan pesados como ese y no resultó demasiado esfuerzo.

–¡El gato está en la bolsa! –exclamó July con sensación de superioridad, misma que desapareció cuando...

–¡Hopps! ¡A mi oficina!

Por dentro, July se moría de la vergüenza y la desesperación. Con la poca estoicidad que le quedaba, caminó en dirección a la oficina y entró. El jefe le indicó que se sentara y ella obedeció sin objetar.

–Así que, ¿todos los conejos son suicidas o sólo eres tú? –lanzó su pregunta retórica –Es la tercera vez. ¿Acaso no entiendes? No sé qué debería hacer contigo. Un día de estos terminarás matándote.

–Pero, jefe, tenía que atraparlo, no podía dejar que escapara y...

–¿Atraparlo? ¡Debiste dejar que escapara y esperar a que llegaran los refuerzos! Si hay un herido, ayuda. ¡Pero no intervengas si ellos llevan armas y tú lo único que cargas es una linda mirada y una máquina de multas!

–Con el debido respeto, señor, no vi a ningún oficial cerca y yo sólo...

–¡Hay cámaras! ¡Lo que suceda las cámaras lo captan! Y además ya teníamos notificado el incidente, los oficiales estaban por llegar. Actuaste irracionalmente, igual que siempre. ¿Qué es lo que quieres? ¿Que te cuide a cada paso que das? Ni se te ocurra volver a hacer algo tan... estúpido, por no decir algo más. –Wilde se quedó pensativo unos segundos antes de retomar la palabra – Parquímetros un mes. Sal de mi oficina.

–Pero, jefe...

–Dos meses. Ahora sal de mi oficina. ¡Largo!

Nick observó cómo ella huía del lugar. Tomó una fotografía que estaba debajo de todos los papeles y archivos en el escritorio. Judy.

"Zanahorias, ojalá estuvieras aquí".

¿Pero qué necesidad había de que los conejos fueran tan imprudentes? ¿No podían mantenerse alejados del peligro aunque fuera un instante?

Se llevó las manos a la cara y negó con la cabeza. Torpe coneja no era un buen apodo, era una verdadera tonta. O muy valiente o muy tonta. Optó por lo segundo.

Una vez podía pasar. Dos, era soportable. Pero tres, era incomprensible. Primero los mapaches, luego el león de montaña, y ahora esto. Nada menos que el leopardo negro que semanas antes estaba investigando, pensando en una coartada perfecta para enviarlo a prisión.

Y aquí entraba Hopps. La muy necia había decidido que ella sola podía con el mundo. Eso definitivamente no era querer hacer un mundo mejor, era una petulante muestra de egoísmo y simulación de valentía. Cierto es que muchos otros oficiales arriesgaban sus vidas cada día. Posiblemente la juzgaba demasiado duro, sin embargo, temía por ella.

Nick lloraba desconsoladamente tomando la mano de su esposa. Abrazó su cuerpo inerte repitiendo su nombre una y otra vez. No quería admitir que Judy no regresaría jamás, que los días los tendría que vivir sin ella, sin sus bromas, sin los buenos ratos que solían compartir.

Ahora estaba lejos de él y no la podía traer de vuelta. No soltaba el pequeño cuerpo, tan frágil, tan ligero y tan frío. Ya nada más importaba, solamente la promesa que le había hecho.

Guardó la fotografía en una gaveta, intentando no recrear esas memorias.

...

La oficial estaba en el área de parquímetros, repartiendo multas, como debía ser. Casi no podía creer que un animal pequeño -aunque más grande que ella- le infundiera tanto miedo. La desalentaba creer que no era lo suficientemente buena como para que se le confiase otra labor de mayor importancia.

Aun con el regaño, decidió hacer las cosas lo mejor que pudo. De todas formas, ya lo había pensado así desde su regreso del campo, por ello no se quejó más de su suerte y se dispuso a trabajar.

Era cerca del mediodía cuando se topó con un animal que le parecía conocido. Se trataba de alguien de menor estatura que ella, de pelaje dorado y ojos oscuros, sentado dentro de una camioneta roja. Sus grandes orejas sobresalían en ese pequeño cuerpo y a su lado había un tanque de oxígeno.

Las puertas traseras abiertas eran como una invitación para que July fuera a darle saludos al fennec. Un tiempo había pasado desde que se cruzaron por primera vez, pero lo reconoció, era inconfundible.

–Buenas tardes, señor Finnick.

–Hola coneja, ¿qué te trae por aquí?

–Por favor, señor, llámeme por mi nombre. Soy July.

–Sí, lo recuerdo. Entonces, dime, ¿qué hace una oficial de policía por estos rumbos?

–Sólo pasaba por aquí y lo vi. Creí que sería descortés de mi parte no saludar a un conocido, sobre todo en esta ciudad donde cada día veo nuevos animales y no tengo tiempo de crear lazos con ninguno.

–Bueno, pues aquí estoy, me has saludado.

–Dígame, ¿cómo le va?

–Podríamos decir que no he muerto. Como podrás ver, llevo este pesado tanque que debo cargar a donde vaya, aunque en verdad casi no salgo de esta camioneta. ¿Cómo estás tú?

–Pasando por una difícil situación –enseguida se arrepintió de haberlo dicho. Él era un animal que apenas conocía y ella no quería demostrar malos modales.

–Con que una situación difícil, ¿eh? Creo que en tu oficio suele suceder. ¿Se te ha escapado algún criminal?

July le mostró su chaleco de reparte multas y eso habría bastado para responder, aunque también lo hizo con palabras.

–No creo que... mi oficio sea tan difícil. Es sólo repartir multas– sus ojos lanzaron una mirada lastimera y el zorro del desierto se dio cuenta.

–Pues para mí pareces policía.

–Lo soy, sólo que...es algo difícil de contar.

–Soy todo oídos –contestó moviendo las enormes orejas, lo que logró arrancar una sonrisa a July.

–Verá, todo comenzó cuando quise ser policía. Yo estaba segura de elegir tal oficio porque veía que quienes se dedicaban a eso eran impresionantes y hacían todo tan bien que no había crímenes; también me interesó ese mundo lleno de intriga y suspenso. Me encantaba desde que era niña.

»Pero la verdadera razón por la cual quise adentrarme en ese ámbito era que... quería que mis padres se sintieran orgullosos de mí, o que al menos me notaran. Tuve la desgracia o fortuna de ser de las últimas en nacer. Con tantos hijos se hace imposible no tener favoritos y yo no era una de las destacadas. Algunos de mis hermanos no han hablado con mis padres desde hace años. Y hablando por mí, no he tenido una plática con ellos hace meses. La última vez que los vi, sólo recibí un saludo. Así que esas son mis razones. Debe pensar que soy patética.

–He escuchado peores historias.

–Bueno, otro motivo es que quería ser "la coneja policía".

–Eso me recuerda a alguien, la primer coneja policía. ¿Has escuchado hablar de ella?

–Sólo un poco, nada que me de datos suficientes. Ella fue una especie de celebridad, pero en mi pueblo casi nadie la menciona. Aunque claro que estaba asombrada la primera vez que la oí nombrar.

–Algún día lo sabrás –dijo en un susurro apenas audible que la coneja dejó escapar. –Alto. ¿No deberías estar en labor ahora mismo?

–Sí, pero he acabado con la cuota que se me solicitaba hoy. Además mis oídos son lo suficientemente finos como para detectar cualquier sonido de esas máquinas, y no es por presumir. –por un pequeño rato guardó silencio – ¿Sabe? Yo quiero sentirme como alguien de provecho, una verdadera policía, aunque por más que intente no le importa a nadie. Creo que debería hacer caso de las palabras de mi superior: cerrar los ojos y pretender ser lo que no puedo ser.

–Bien, "coneja maravilla", ¿quieres un poco? –preguntó ofreciéndole una botella de cerveza.

–No, gracias. No tomo.

–No es alcohólica. El médico me lo prohibió y tengo ésta para fingir que aún puedo saborear la cerveza. Supongo que ambos tenemos eso en común.

–¿Que no tomamos alcohol?

–Que vemos la vida como la queremos ver, sin embargo, nos abstenemos a la realidad. Ambos llevamos trajes que no nos dejan tener lo verdadero.

–Lamentablemente no puedo decir que sus palabras sean mentira. Sobre todo cuando me doy cuenta de que mi futuro no pinta muy bien. Las cosas no me han ido como suponía que lo harían.

»Pero creo que hay que tratar en vez de darse por vencidos. Puede que mi sueño haya sido volverme policía por agradar a mi padres, no obstante, me he dado cuenta que ser policía es mucho más que perseguir criminales; debo luchar por hacer la ciudad más segura. Todo empieza con pequeños cambios. Por eso hay que cambiar nuestra mentalidad y no limitarnos. Nosotros somos nuestras propias limitaciones, los obstáculos están en la mente.

–Te escuchas inspirada; palabras no te faltan. ¿No pensaste acaso en dedicarte a la política?

–Lo pensé, pero no es lo mío. Claro, podría haber sido, pero elegí algo diferente, aunque al final todo se unifica. Por ejemplo, sin filosofía, ninguna ciencia existiría; asimismo, se apoya de las matemáticas. Igualmente, la sociología es útil, porque queramos o no, el medio influye en cada individuo. Y nosotros, los policías, intentamos que el caos no se esparza, de otro modo la sociedad viciada no avanzaría.

–Veo que estas muy orgullosa de pertenecer a los uniformados.

–Lo estoy, pero mientras use este chaleco encima del uniforme no haré nada de provecho. Si el jefe confiara más en mí y me diera un caso a resolver...

–Lo hará. Nadie puede pasar por alto tus aptitudes.

–Voy a esforzarme más para que se de cuenta de mis progresos.

–Me alegra escucharlo. Lo digo en serio. Te conozco hace solamente unas semanas y siento como si nuestro encuentro hubiera sido hace mucho. Ya verás que todo lo que haces se te recompensará. Por lo pronto, me has hecho compañía y eso hace mi día más ameno. Todos los días paso solo las horas, esperando a que la noche llegue, sólo para despertar en la mañana sintiéndome igual. Gracias.

–No tiene nada que agradecer, lo hago con gusto. Usted es uno de los pocos animales que conozco que me han tratado gentilmente.

En ese momento una máquina de multas sonó en la avenida y July levantó sus orejas localizando la procedencia.

–Creo que debemos despedirnos.

–Así es. Lo veo luego, señor.

–Sólo dime Finn.

–Hasta luego, Finn.