No pude actualizar la semana pasada, aunque ya advertí sobre ello. Sin embargo, este viernes cumplo con mi promesa y os traigo un nuevo capítulo (algo más largo que el resto, o eso dice Word).
Ahora, reviews:
Nebyura: Adoro a Riku celoso, aunque en mi infancia lo odiara mientras jugaba al primer Kingdom Hearts. Me alegra que sigas teniendo interés en esta historia, a pesar de los parones, ¡y espero que te siga gustando!
SexyDiva: ¡Me alegra que te guste tanto! La verdad, es que pretendía desde un principio darle un toque más oscuro, adulto por así decirlo. Espero que no te decepcione y, respecto a ese otro fic que pensaba publicar, ¡ya están subidos los 3 primeros capítulos!
Y, sin enrollarme más, aquí tenéis el nuevo capítulo. Con una pequeña dosis de Riku/Sora que, a lo mejor, os sorprende...
− Amigo Imaginario −
Capítulo VIII
Monstruo
No reconocía ese lugar. Desértico, abandonado y oscuro. Miró al cielo y comprobó que unos enormes nubarrones le impedían ver nada. Debía ser de noche, pero no podía ver la luna; sólo rocas.
Rocas y miles de llaves-espada clavadas en el suelo, por todas partes.
-¿Qué lugar es este? –preguntó en voz alta, aún sabiendo que estaba solo.
Lo que no esperaba, era que una voz le respondiera. Esa voz profunda, sarcástica e hiriente.
-¿Nunca has soñado con este lugar antes, Sora?
Vanitas.
-Puede… puede ser. –murmuró, tratando de ocultar el miedo en sus palabras y el temblor de sus piernas. –Entonces… ¿Estoy soñando?
Alguna vez, en sus sueños, había aparecido aquel lugar desértico, pero siempre fue durante su infancia y era incapaz de recordarlos tan bien como antes. Batallas, todas esas llaves-espada volando y atacando a otros jóvenes con armadura. Y él… Vanitas, riéndose.
Riéndose como en ese mismo instante, esa carcajada histérica que siempre le provocaba escalofríos.
-¿Estás asustado?
-¡C-claro que no! –tartamudeó el castaño, volteando para mirarle, pero sorprendiéndose al ver que no estaba ahí.
Había pasado un tiempo desde que era incapaz de escuchar o ver a su amigo imaginario, coincidiendo con el día que despertó en Ciudad de Paso. Pensó que, tal vez y por fin, había dejado de existir en su cabeza. Pero, ahora, volvía a escuchar su voz, aunque era incapaz de verlo.
¿Era porque sólo se trataba de un sueño? ¿Vanitas había desaparecido para siempre?
A Sora no le gustó saber eso.
-Sigo aquí, Sora. Contigo.
Un escalofrío recorrió su espalda cuando escuchó esa voz espeluznante susurrarle, con ese frío aliento tan cerca de su oído. Eso se había sentido demasiado real; no parecía que fuera un sueño.
-¡Estás aquí!
Podía ver su mano, oculta en ese singular traje de tonos negros y rojizos, pasearse por su pecho, hasta detenerse. Frunció levemente el ceño. La mano de Vanitas era muy fría y, cuando se posó en aquel lugar, sintió una extraña punzada de dolor en el pecho.
-¿Me has echado de menos? –preguntó el siniestro joven, aunque su sonrisa mostraba que él parecía muy seguro de la respuesta que el asustado ojiazul iba a ofrecerle.
-Un poco. –admitió Sora. –Me siento solo a veces…
-Te dije que Riku te abandonaría. ¿Lo ves? Sólo le importa él mismo; no vales nada para él.
Aquella punzada que sintió en su pecho se repitió, esta vez de forma más intensa, haciendo que sus labios dejaran escapar un quejido.
-Eso… ¡eso no es verdad! Riku está buscando a Kairi, ya lo conoces, él siempre quiere hacerlo todo solo. ¡No quiere que corra peligro! –lo defendió Sora, que no tardó en escuchar a su amigo reírse de nuevo.
-Sora, te estoy advirtiendo por tu bien. –susurró de nuevo, acercándose más al castaño, que temblaba como una hoja. –Soy yo quién te está protegiendo.
El portador de la llave-espada se revolvió, apartándose de Vanitas. Se llevó la mano al pecho, exactamente en el mismo lugar en el que había estado esa gélida mano antes. Miró al malicioso enmascarado con el ceño fruncido, aunque su cuerpo aún tiritaba y eso sólo provocó una nueva carcajada del rey de los nescientes.
-¡Tú también me dejaste solo! –le recordó, alzando la voz. –No entiendo por qué apareces ahora… ¡No existes!
Aún cargado de valor, su cuerpo pareció retroceder por inercia. Pese a que no podía ver sus ojos dorados, entrecerrados y brillantes, furiosos, bajo aquel misterioso casco del que jamás se desprendía, podía sentir la molestia de su amigo, hasta ahora, sólo imaginario.
Vanitas avanzaba hacia él, lentamente, sin prisa, como si estuviera completamente seguro de que su ahora vacilante amigo no iba a salir corriendo. Y, sólo cuando estuvo delante de él, sonrió.
-¿Eso crees? –fue todo lo que preguntó, llevando una vez más su mano al pecho de Sora.
Antes de que pudiera asentir con la cabeza, emitió otro quejido. Ese frío y esa sensación punzante sí se sentían reales.
-No te dejé solo. Algo me impide hablar contigo como antes. –explicó, aún sin rastro de cariño en ese tono frío y ligeramente jocoso de su voz. –Pero nunca te das cuenta de nada, ¿verdad?
De nuevo, aquella risa escandalosa y estremecedora.
Otro escalofrío recorrió la espalda del joven elegido cuando la mano de Vanitas abandonó su pecho para dirigirse a su mejilla, acariciándola. Ese gesto que podría haber parecido amable y alentador pero que, sin embargo, sólo le producía un mal presentimiento.
-Ayúdame, Sora. Me lo debes. No lo olvides. –escuchó, una vez más, cerca de su oído. –No necesitas a Riku; yo no te abandonaré.
Sin embargo, aquel extraño lugar se desvaneció, junto al siniestro joven, que todo lo que hizo fue emitir otra sonora carcajada antes de desaparecer. Y, en su lugar, la visión de un techo a oscuras apareció ante los ojos de Sora.
-¿Vanitas…? –se preguntó para sí, en un débil murmullo, mientras buscaba a su supuesto amigo imaginario con la mirada.
Pero Vanitas ya no estaba allí, como tampoco ese lugar frío, oscuro y solitario. Aunque Sora debía admitir que aquella habitación que Jack Skellington les había cedido en Ciudad de Halloween no era mucho más tranquilizadora. También oscura y con esa sensación de que, en cualquier momento, cualquier extraño ser de aquel Mundo apareciera para darles un buen susto.
Susto que se dio al mirar a sus compañeros de viaje y olvidar su nuevo atuendo personalizado para aquel lugar. Dio un pequeño bote, aunque, por suerte, no gritó.
-Otra pesadilla…
Suspiró. Últimamente, eran más frecuentes… y Vanitas había aparecido en ellas prácticamente todo el tiempo. Se preguntó si todo eso querría decir algo y si, sobre todo, su amigo peliplateado correría peligro.
-Sólo fue una pesadilla. –trató de convencerse. –Este lugar es espeluznante. Es… ¡es normal!
Aún así, llevó la mano a su pecho, en el mismo lugar que la helada mano de su amigo imaginario la había dejado en aquel extraño sueño.
Su pecho seguía frío, y aún sentía esa débil sensación de dolor, como si algo estuviera intentando dañarle.
-Serán imaginaciones mías…
Y, sin pensarlo mucho, intentó dormir de nuevo. Mañana les esperaba otro largo viaje en busca de un nuevo Mundo.
Riku sonrió, satisfecho. Después de pasar toda la noche practicándolo, lo había conseguido. Se acercó, despacio, a aquella sombra ligeramente inferior a él. Acarició lo que sería su mejilla y, entonces, su sonrisa se esfumó.
Fría. Fría como el hielo, en lugar de cálida como él la recordaba.
-No es suficiente. –murmuró entre dientes.
La sombra no dejaba de observarlo, con esos brillantes ojos amarillos. Se acercó a su creador para imitar lo que había hecho, llevando sus manos a las mejillas del peliplateado.
Pero él las apartó de un manotazo.
-No me toques. No eres como él.
Aquella sombra que se encontraba frente a él tenía la misma forma que su atolondrado mejor amigo. Pero, sin embargo, la silueta era lo único en lo que se asemejaba a él; era completamente oscura, fría y con esos ojos dorados que no se parecían en nada a los brillantes e inocentes ojos azul cielo del verdadero Sora.
-Tengo que practicar más.
Dio media vuelta, cerrando los ojos, concentrándose de nuevo. Sin embargo, aquella sombra con forma humana que había creado no dejaba de observarle, viendo como ese aura de color verdoso rodeaba su cuerpo.
-Sora…
-Creía que ya odiabas a ese chico.
Esa voz femenina hizo que abriera los ojos de nuevo, dando su entrenamiento por terminado. Frunció el ceño al encontrarse con esa sonrisa cínica y victoriosa de Maléfica, que acariciaba su cetro sin quitarle ojo de encima.
-Nunca dije eso. –fue la única respuesta que dio su aprendiz, que se apresuró a desviar la mirada a otro punto del camarote.
-No está nada mal para ser el primer intento. –comentó sin más, observando la sombra. –Es una habilidad muy interesante, si sabes usarla bien.
No recibió respuesta por parte de Riku.
-¿Para qué querías una copia del chico, exactamente?
De nuevo, el joven no pronunció palabra, aunque ese ligero rubor en sus mejillas que fue incapaz de disimular no pasó desapercibido por la bruja, que volvió a sonreír, reprimiendo una risilla.
-Garfio ha encontrado a la ballena. –dijo sin más, como si no hubiera visto la expresión de su aprendiz. –Esa ridícula marioneta con corazón está ahí dentro.
Riku asintió, aún sin mirar a la hechicera a los ojos.
-Estás segura de que tiene un corazón, ¿verdad?
-Sería una simple marioneta de no ser así. –aclaró Maléfica. –¿Estás seguro de que quieres ir?
-Garfio puede atrapar a esa chica sin mi ayuda. –respondió el peliplateado, cortante. –Debo encontrar un reemplazo para el corazón de Kairi.
La sonrisa de los labios de la poderosa hechicera sólo se ensanchó. Estaba satisfecha con su nuevo aprendiz; era perfecto. Tal y como le había dicho aquel hombre encapuchado, su corazón ya estaba oscurecido.
-Eres brillante, Riku. –le dijo, haciendo aparecer un nuevo portal para marcharse. –Creo que mereces que te ayude con tu… pequeño proyecto personal.
Antes de marcharse, apuntó a la sombra que Riku había creado con su cetro, convirtiéndola en una copia exacta de Sora, a excepción de sus ojos, que seguían siendo dorados. Y su ropa, pues era inexistente y el peliplateado tuvo que apartar la mirada una vez más.
-¿¡Qué significa esto!?
Pero no recibió respuesta: Maléfica desapareció en la Oscuridad sin decir nada, dejándole en el camarote con aquella copia del castaño que no dudó en acercarse a su creador.
-Te quiero, Riku. –susurró en su oído, abrazándole.
El peliplateado frunció el ceño. No era la voz de Sora. De su Sora. Era fría, era fingida. Era una voz que el despistado y cariñoso castaño que él recordaba jamás emitiría.
Pero no se apartó.
Como tampoco entraba en sus planes abrazar a ese falso cuerpo o besar esos fríos labios fabricados por él mismo.
-Dilo otra vez. –susurró al apartarse, poniendo una de sus manos sobre esos ojos dorados.
-Te quiero, Riku.
-¡Sora! ¡Estás en las nubes!
El castaño dio un respingo al escuchar los gritos del pato, reprendiéndole, y sólo entonces se dio cuenta de que estaba pilotando la nave y de que esta empezaba a tambalearse porque había dejado de manejarla.
-¡Lo siento!
Por alguna razón, una curiosa sensación había logrado distraerle. Juraría que Riku le había llamado, que había preguntado por él y había sido capaz de escucharlo. Pero enseguida desechó esa idea. Era imposible, estaban en medio del espacio y Riku… se había ido sin él.
-Gwars! ¿Qué es eso de ahí? –preguntó Goofy, llamando la atención de sus compañeros de viaje.
Los tres pudieron ver aquel enorme animal que avanzaba hacia la nave. Y, por supuesto, cundió el pánico.
-¡Nos va a comer! ¡Nos va a comer! –gritaba Donald, histérico. –¡Sora muévete!
-¡Es tarde, ya está muy cerca!
-¡Serás inútil…!
Y, antes de que pudieran mover la nave, tal y como el ojiazul había advertido, la enorme ballena atrapó la nave Gumi, y todo se volvió oscuro.
El peliplateado corría por el interior de la enorme ballena, mirando de vez en cuando hacia atrás y sonriendo victorioso al ver que esa marioneta le seguía. Al parecer, creía que era un juego y sólo quería alcanzarle, tal vez superarle. Muy infantil y muy inocente, o eso pensó Riku.
Y, entonces, su sonrisa se volvió algo amarga al pensar que, esa marioneta que pretendía ser un niño le recordaba al mismo pequeño castaño que lo retaba en las Islas del Destino.
-¡Eh! ¡Espera! ¡Yo también quiero jugar! –lo llamaba la marioneta, que se detuvo cuando por fin pudo alcanzarlo.
Riku se había detenido, cambiando la expresión de su rostro por una más burlona al ver al muñeco.
Pero tuvo que correr y esconderse al escuchar que alguien se acercaba. Y ya sabía de quién se trataba, pero no pudo evitar apretar sus puños al escuchar aquella voz que conocía tan bien, y que era tan distinta a la que había escuchado haría unas horas.
-Pinocho, tu padre está preocupado. ¡No puedes ir solo por aquí! Es peligroso.
La voz de Sora. La verdadera voz de Sora, reprendiendo a la marioneta como si fuera un niño de verdad, como su madre le había reprendido alguna vez, o como él mismo lo había hecho cuando fueron algo más mayores.
-Esto no es ningún juego, Pinocho. Volvamos.
Al escucharle decir aquellas palabras, no pudo evitarlo.
-Pero, Sora… creí que te gustaban los juegos. –dijo de pronto, utilizando ese tono sarcástico y arrogante que tanto hacía de rabiar a su amigo.
Le resulto realmente difícil mantener aquella actitud al ver la expresión del joven castaño al verlo: esos ojos azules que parecieron brillar al verle, esa expresión de desconcierto que pasó a convertirse en una sonrisa de alivio y ese débil suspiro que escapó de sus labios, acompañado de una temblorosa mano apoyada en su pecho.
Riku apretó sus puños, como si así pudiera resultarle más sencillo contenerse y más complicado sentirse culpable por lo que había hecho hacía unas horas.
-¡Riku! –lo llamó, aunque la sonrisa no duró mucho en sus labios. –¿Qué estás haciendo?
-Nada. Sólo jugaba un rato con… Pinocho. –respondió el mayor, encogiéndose de hombros. –Ya que ahora los juegos para ti no son lo suficiente buenos siendo el portador de la llave-espada.
Aquellas últimas palabras, cargadas de rencor, sorprendieron a Sora. No entendía el comportamiento de su mejor amigo; Riku siempre había sido más responsable que él, más consciente de la realidad y, entre los dos, la voz de la razón.
No sabía qué era, pero el portador de la llave-espada estaba convencido de que algo estaba ocurriendo con el peliplateado. Algo malo.
-Riku, ¿de qué estás hablando?
-¡Devuelve a Pinocho ahora mismo! –inquirió Donald.
El mayor no respondió, sólo sostuvo la mano de la marioneta de madera y tiró de ella y corrió hasta perderse por uno de los orificios que estaban en las paredes del interior de la ballena, sorprendiendo a los tres viajeros.
-¡Riku, espera!
Sora no lo pensó dos veces antes de ir detrás de su amigo, dejando atrás a Donald y Goofy, que aún estaban aturdidos, o incluso enfadados –en el caso de Donald– por la actuación del joven de cabello plateado.
-Sora, tenemos que encontrar a Pinocho antes de que le ocurra algo. –advirtió el pequeño Pepito Grillo, que se había apresurado a salir de su escondite y subirse al hombro de Sora.
El ojiazul sólo asintió y siguió corriendo hasta que escuchó un estruendo, seguido de una fuerte sacudida que le hizo perder el equilibrio y caer. Miró hacia los lados, pero no había rastro de Riku y Pinocho, y ya había perdido de vista a Donald y Goofy.
Pero un grito le hizo captar su atención a otro de los agujeros que se encontraban cerca de él, en otra pared.
-¡Ese es Pinocho! –exclamó el grillo. –Vamos, Sora. ¡Necesita nuestra ayuda!
Lo que el castaño se temía, ocurrió cuando entraron en ese lugar: un sincorazón había atrapado a Pinocho, quién se encontraba en una jaula que, al parecer, formaba parte del cuerpo de aquella criatura de la oscuridad.
Aquel lugar apestaba; seguía formando parte del interior de la enorme ballena. Pero un peligroso charco de un líquido verdoso protegía al sincorazón. Parecía ácido y Sora no se atrevió a acercarse a él; debía tratarse del estómago de Monstruo.
Riku, por otro lado, estaba tirado en el suelo. Sora temió que inconsciente.
-¡Riku!
Sin pensarlo dos veces y aunque el sincorazón pudiera atacarlos en cualquier momento, corrió hacia su amigo, agachándose a su lado.
-Riku, ¿estás bien?
Sin embargo, el peliplateado aún se encontraba consciente y, cuando escuchó la voz del menor, se apartó, incorporándose y buscando a Pinocho con la mirada. Frunció el ceño al ver dónde se encontraba y deducir lo que había ocurrido: ese maldito sincorazón se lo había arrebatado.
Hizo aparecer su Devorador de Almas, mirando a Sora de nuevo de aquella forma arrogante, sin esperar recibir una sonrisa su parte. El castaño no parecía irritado o enfadado, sólo le sonreía.
-¡Juntos podremos derrotarlo, Riku!
Y, aunque trató de mantenerse indiferente, sus labios le traicionaron para devolverle la sonrisa al menor.
Sora hizo aparecer su llave-espada y ambos se enfrentaron al sincorazón. Fue una batalla dura, ya que no podían acercarse demasiado por el ácido, que además les planteaba dificultades a la hora de esquivar los ataques del enemigo.
Aunque no intercambiaron demasiadas palabras durante aquella batalla a excepción de un par de llamadas de atención cuando estaban a punto de ser atacados, ambos sintieron una sensación extraña pero gratificante. De alguna manera, nostálgica. Tanto Sora como Riku recordaron aquellos días en las Islas, cuando se enfrentaban el uno al otro y competían o cuando unidos se enfrentaban a Tidus y Wakka, venciéndoles siempre.
Ni siquiera Riku pudo evitar echar de menos esos días, mientras que Sora fue realmente consciente del tiempo que había pasado desde aquella tormenta. Todo pasó demasiado rápido y fue incapaz de pensar en ello, pero debían haber pasado ya meses. Muchos meses.
¿Qué le diría a sus padres cuando volvieran?
Riku, por otro lado, se preguntó si alguna vez podría volver a ser así. Se preguntó si podría llevarse a Sora con él, hacerle luchar a su lado. Pero no tardó demasiado en desechar esa idea, junto con la necesidad de que todo volviera a ser como antes. Él ya no quería eso. Si bien era cierto que quería volver a jugar con Sora como siempre habían hecho, no quería que nadie más interfiriera. Ni sus compañeros de las Islas, ni esos sirvientes del rey… ni siquiera Kairi.
No quería compartir a su Sora con nadie.
Pero ninguno de esos pensamientos logró distraer a los dos guerreros durante la batalla. Fue difícil, pero finalmente lograron derrotar al sincorazón y liberar a Pinocho, quién ahora estaba inconsciente en el suelo.
-¡Pinocho!
Fue Pepito Grillo quién se adelantó y fue junto a su amigo, realmente preocupado. Sora observaba aquella escena asustado, temiendo que fuera demasiado tarde, mientras que la expresión del mayor estaba cargada de indiferencia.
-Apártate, grillo. Tengo asuntos pendientes con esa marioneta. –recordó, amenazante.
Comenzó a caminar hacia ellos, sin demasiada prisa; ese grillo no le intimidaba. Iba a llevarse a ese tal Pinocho y le arrebataría ese corazón que no merecía tener. Kairi necesitaba ese corazón para volver a ser la que era antes.
Pero lo que no esperaba era encontrarse con un malherido Sora interponiéndose en su camino, evitando que llegara hasta Pinocho. Aunque apenas podía mantenerse en pie, no parecía dispuesto a permitirle seguir acercándose por nada del mundo.
-No entiendo nada, Riku. ¿Qué estás haciendo? ¿¡Qué es lo que te pasa!?
-Nunca entiendes nada. –fue la respuesta cortante que recibió. –Esa marioneta me ayudará a salvar a Kairi. ¿Es que ya te has olvidado de ella? ¿Tan ocupado estás jugando a ser un héroe con tus nuevos amigos que te has olvidado de ella?
Sora retrocedió, aún confundido y ligeramente asustado.
-¿Kairi? ¿Has encontrado a Kairi?
El mayor sólo le dedicó una arrogante sonrisa de nuevo.
-¿Qué… qué piensas hacer con Pinocho?
-El corazón de esa marioneta me ayudará a salvar a Kairi. –dijo sin más.
El castaño, vacilante, volvió a acercarse a él. Aún sin entender qué era lo que su amigo planeaba exactamente, sabía que algo le había ocurrido a Kairi.
Pero su cuerpo se quedó paralizado al ver la forma en que Riku alzaba su mano, ofreciéndosela. Como aquella noche, durante la tormenta, antes de desaparecer entre la Oscuridad.
-Salvémosla juntos, Sora. Ven conmigo y salva Kairi.
Aunque dijera esas palabras, las intenciones de Riku distaban mucho de unir a su despistado amigo con la pelirroja. La idea de encerrarlo en Bastión Hueco hasta que salvara a Kairi y la llevara lejos de allí era demasiado tentadora. Tener a Sora, asegurarse de no perderlo de vista.
Asegurarse de que no volviera a luchar nunca más, de que no volviera a tener esas heridas por su cuerpo.
Sonrió victorioso al ver la temblorosa y dañada mano del ojiazul acercarse a la suya. Aún no había sido sustituido, aún era importante para Sora, aunque sólo fuera para salvar a Kairi.
-¡Sora, no! –advirtió Pepito Grillo, quién aún se encontraba con Pinocho.
Y, entonces, la mano de Sora volvió a alejarse de la suya. Una vez más.
-No. –respondió finalmente. –No, Riku.
-Así que prefieres hacer caso a ese estúpido grillo antes que a tu mejor amigo. –murmuró el mayor, frunciendo el ceño y alejando sus manos para apretar sus puños de nuevo. –Prefieres ayudar a ese muñeco de madera antes que a Kairi. Prefieres jugar a ser el eleg-
-¡No es eso! –lo cortó Sora, alzando la voz. –¿No te das cuenta, Riku?
El pelilateado arqueó una ceja, sin decir absolutamente nada.
-Es mi conciencia. ¿Tú no la escuchas? Me está diciendo que esto está mal. –siguió hablando el menor, aún acercándose. –Me está diciendo que… estás actuando mal.
-¿Qué puede decirte algo tan estúpido como eso? ¿Es eso más importante que Kairi?
-Quiero encontrar a Kairi, ¡pero debe ser haciendo lo correcto! –insistió. –Riku… debes parar. Antes de que sea tarde. ¡Tú no eres así!
-No tienes ni idea de cómo soy en realidad, Sora. No tienes idea de nada. ¡Nunca entiendes nada! –gritó Riku, lo suficientemente alto y con una expresión lo suficientemente escalofriante como para hacer retroceder al menor.
-¿Riku…? ¿De qué está-?
-¡Estoy bien!
La voz de Pinocho hizo que el castaño mirara de nuevo hacia atrás, sonriendo al ver que su nuevo amigo se encontraba bien y que Pepito Grillo, la conciencia de Pinocho, podía estar tranquilo.
-¡Me tenías muy asustado! ¡No vuelvas a hacer eso!
-No, no lo haré. Me porté mal, ¡pero no volveré a hacerlo!
Pero la sonrisa de Sora se desvaneció al ver que su amigo se había alejado, acercándose a un portal oscuro. Ni siquiera le miraba.
-Riku, ¿a dónde vas? ¡Espera!
Corrió tras él y, por suerte, logró alcanzarlo. Sujetó su muñeca, con fuerza, buscando con eso evitar que el mayor desapareciera una vez más.
-Tres veces.
-¿Ah…?
-Te he ofrecido mi mano tres veces, Sora. –le recordó. –No habrá una vez más. Ya has elegido.
-Riku, eso no es…
-Disfruta jugando a ser un héroe. Yo salvaré a Kairi.
Sin dejar que el menor insistiera, se soltó fácilmente de su agarre para desaparecer en la Oscuridad, una vez más, sin que Sora pudiera siquiera reaccionar. Todo empezó a sacudirse de nuevo en una especie de seísmo, y las voces de Donald y Goofy llamaban a Sora a lo lejos, advirtiéndole que se alejara de ahí.
-Riku… ¿A dónde has ido? ¡Riku, vuelve! ¡Espera!
Sin embargo, sus palabras no llegaron jamás a los oídos del peliplateado. Lo buscó con la mirada, por todas partes, pero ya no estaba allí. Y no quería creer lo que sus ojos acababan de presenciar.
Riku estaba utilizando la Oscuridad, y había vuelto a marcharse sin él.
¡Hasta aquí el capítulo! Espero que os haya gustado y, como hasta ahora, tendréis el próximo la semana que viene, el viernes. No he empezado a escribirlo todavía, pues tengo que terminar otras historias, pero estoy segura de que podré tenerlo para entonces. La inspiración está de mi lado, al fin.
¡Nos leemos!
