IX
Se sentía vacío. Sentía sed. La sangre sobre su cuerpo —sangre ajena y aún caliente— parecía palpitar. Había dejado de pensar y se dedicaba a vagar. No había un rumbo fijo. Había algo que zumbaba en sus oídos, un creciente dolor de cabeza que le nublaba la vista. Sus garras se abrían y cerraban, casi de manera inconsciente.
Estaba seguro de que, aunque sea una parte de él estaba bajo control. Bajo un control que pocos creerían que sería capaz de tener dadas las circunstancias. Otra parte de él había desaparecido tras un manto de vergüenza y dolor, sin ser capaz de identificar las causas de lo uno o lo otro, o si acaso eran las mismas y por qué. Qué importaba. La sangre comenzaba a secarse, pero él aún oía, aún la sentía, la olfateaba, la imaginaba deslizándose lentamente sobre su piel hasta caer sobre el suelo. Una caída infinita de líquido pérfido.
Pasaron horas hasta que recobró parte de su sentido. Tenía lagunas de memoria. Recordaba haber pasado por una aldea y las miradas aterrorizadas de los humanos alejándose de él. Acaso hicieron bien. No estaba seguro de si en el estado en el que había estado (¿o acaso seguía en él?) podría haberlos dañado. Lo ignoraba. Ignoraba incluso su estado actual, más allá de lo poco que sabía en ese momento. Recuperó la consciencia. Volvió a ser el Inuyasha que había crecido tanto en los últimos años. Tenía sangre seca sobre sus ropas y sus manos, y supuso que también sobre su rostro. Escuchaba el rumor de un arroyo cerca, pero no quería ir a lavarse. Esa sangre le correspondía. Debía ser un rito privado. Había matado por primera vez, de manera consciente y con ferviente deseo a un ser humano. Alguien tan frágil a sus ojos como lo eran Sango, Miroku, o la mismísima Kagome. En particular el bandido ni siquiera podía defenderse como sus amigos lo harían. Ese humano era todavía más débil, más indefenso. Inuyasha había obrado como un asesino inmisericorde y luego había mirado a la hormiga bajo su pie descalzo. Y todo… todo para nada. Todo seguía siendo insignificante.
Debía ser ese mismo hecho el que lo llenaba de rabia, y lo confundían con otros sentimientos como el dolor y la impotencia. Tenía las manos pintadas con sangre humana y ni siquiera se sentía un poco mejor. El alivio que creyó que sentiría una vez que esa basura no fuera capaz de respirar nunca apareció. Había muchos otros bandidos que podrían dañar a Kagome o a los suyos, y él no sería capaz de acabar con todos. Apenas podía consigo mismo en ese momento. Siempre existiría el mal, siempre estaría dispuesto a obrar, y lo poco que él había hecho no lo convertían en alguien mejor. En ese momento, tal como se sentía, incapaz de defender a los suyos o de cobrar venganza que satisfaga, que aplacara su ira y dolor, Inuyasha no se creía mejor que el humano al que había matado. En ese momento creía que se había aprovechado de alguien más débil y que no era más que un asesino. Por primera vez, los miedos de tantos aldeanos se hicieron realidad. Él se había convertido finalmente en una amenaza para la raza humana. ¿Qué lo diferencia de otros monstruos?
Se repetía que había matado, sí, pero a una persona que no merecía vivir. Y la parte más cruel de él (la más cruel consigo mismo) le preguntaba con voz calmada quién era él para decidir quién merecía vivir o morir. Su muerte no mejoraría a Kagome. Y de seguro no lo había mejorado a él. Su ira no se había aplacado, su dolor no había desaparecido, él seguía siendo incapaz de volver el tiempo atrás e impedir aquello que había lastimado a Kagome.
Sus pies lo llevaron finalmente hasta el linde del bosque, a pasos de la aldea de Kaede. El pueblo se hallaba ya en paz. La mayor parte de los aldeanos dormían, y quienes no lo hacían tenían como trabajo custodiar la seguridad de los demás. Olfateó por acto reflejo a sus amigos, percatándose de que seguían allí. Todo olía normal. El único que apestaba a sangre era él. Se dijo que no importaba. Pronto se limpiaría, muy pronto. Se tomaría la noche para reconstruirse lo mejor que pudiera, y luego retomaría la actuación normal, estando para Kagome tal como debía. Siendo su pilar en aquellos momentos que le necesitaba. Haciendo de cuenta que no había hecho, o que lo que había hecho había servido de algo. Ignoraría todo lo demás el tiempo que fuera necesario.
Dado que conocía las rondas que solían hacer los aldeanos en los alrededores, sabía exactamente qué camino tomar para no ser visto. Por supuesto que podía saltar derecho hacia su casa, pero una mancha roja en el cielo era fácil de percibir, y si bien su presencia ya era normal en la aldea, aún no deseaba que se supiera que estaba allí. Además, todo el camino lo había hecho a pie, a paso de hombre. No sabía exactamente porqué. Sus pies no se lastimaban tal como lo harían los pies de Miroku, pero se hallaban cansados luego de los largos kilómetros recorridos. A su vez, junto a la sangre, el sudor y cansancio corporal les pedían a gritos un baño. No como premio. Tal vez como consuelo. Como… limpieza. Únicamente necesitaba limpiarse.
Esquivó los caminos de los aldeanos, esquivó las luces de las antorchas que brillaban bajo el encapotado cielo, y luego abrió despacio la puerta de su hogar. Dentro estaba oscuro y vacío, llanamente abandonado. Parecía una imagen vieja, perdida en el tiempo. Estaba tan desolado como él mismo. Cerró la puerta detrás de sí y se quedó de pie allí durante largos segundos, tan largos que parecieron hacerse horas. Vio sin mirar, sin tomar plena consciencia de los objetos a su alrededor. Finalmente enfocó la vista en sus manos, de uñas largas. Sabía que allí habría piel y carne de Kaage. Sabía que la sangre y esos restos desaparecerían relativamente fácil una vez bajo el agua, pero que el olor lo perseguiría durante un tiempo, y esa escena se repetiría un par de veces en sus pesadillas, posiblemente intercambiando a Kaage por un ser amado. Tenía en claro que cuando había lastimado a Kaage de todas las formas que se le ocurría, siguiendo su instinto, su sangre demoníaca palpitante, había disfrutado enormemente y se había desquitado por todo lo que había hecho, por todo lo que había sentido en los últimos días… y tenía muy en claro, sabía perfectamente que eso no había servido de nada. Fue un consuelo casual. Le habían vendado el rasguño en la rodilla, pero aún brotaba sangre de la herida bajo las costillas. Y mierda si no dolía. Había perdido tiempo. Se había convertido en un asesino. Y él…
—¿Inuyasha?
La voz de Kagome lo sacó de su ensimismamiento. Sacó la vista de sus manos ensangrentadas y observó a su esposa, de pie en el pasillo. Del dormitorio que compartían provenía una débil luz, que indicaba una vela encendida. Kagome había estado en la casa todo ese tiempo (¿cuánto tiempo estuvo viendo sus malditas manos?), ¿había estado esperando por él también? Vestía una yukata que usaba normalmente de pijama. Tenía los brazos cruzados frente al pecho, como protegiéndose de un frío que aún no hacía. Lo miraba preocupada.
De repente sentía ganas de esconderse. ¿Qué indicaba su mirada, su rostro? Estaba ensangrentado hasta donde alcanzaba su vista. No le cabían dudas de que también su rostro mostraría los signos de lo que había estado haciendo. ¿Qué podía decir en su defensa?... Nada. Y tampoco era necesario. Él ya había llegado a la conclusión de que Kagome sabía exactamente para qué se había ausentado. No se había unido a ninguna idiota después de todo. Kagome sabía. Pero no podía soportar ahora su mirada. Volvió la vista a sus pies, atormentado. ¿Cómo podría verla a la cara, cuando ella sabía que era capaz de matar a sangre fría a otra persona?
—Vuelve a dormir, es tarde.
No le salieron más palabras. Eso fue todo lo que pudo decir. Intentó encontrar una salida de la situación. Podría salir de la cabaña y encontrar otro lugar donde lavarse, pero no se sentía con ánimos de enfrentarse a más miradas allá fuera. Podía dominar a Kagome. Pedirle que le deje su espacio. Necesitaba su espacio esa noche. Mierda, después de todo, ¿qué hacía ella allí? Debía estar donde Miroku y Sango.
—Inuyasha… —volvió a hablar. Su voz un susurro que recorrió la distancia que los separaba a una velocidad increíble.
—Deberías estar durmiendo ya, y en lo de Sango. ¿Qué haces aquí?
Necesitaba decir cualquier cosa porque si no Kagome hablaría de lo que él no quería hablar. Hablaría de la sangre que estaba sobre su cuerpo y de lo mal que se veía. Incluso podría hablar con un temblor en su voz que solo era provocado por el miedo y de verdad él no podría con eso. No podría con eso bajo ninguna circunstancia. Así que estaba bien si activaba el mecanismo de defensa que mejor sabía usar: sacar las púas, mostrar los dientes, esconderse en su caparazón.
Kagome no respondió. Tan solo lo siguió observando. La sangre seca sobre sus manos y las gotas que se habían salpicado en su rostro. Si había más manchas, se mimetizaban bien en su traje rojo. Los pies descalzos estaban más sucios de lo habitual y enrojecidos. Su cabello hecho un desastre. Sus orejas demostraban lo alicaído que estaba. Comenzaba a actuar de ese modo otra vez, alejándose de ella y escondiéndose allí donde estuviera más cómodo.
Había una cosa clara. Inuyasha había cumplido con su propósito. Había matado a… a aquel tipo que le había hecho daño tiempo atrás. Y ahora estaba frente a ella… arrepentido. O arrepentido o vacío. Cualquiera fuera la sensación que sentía, no era buena, y ella se convertían en una especie de culpable de su estado actual, aun sintiéndose aliviada de que Kaage no existiera.
—Inuyasha…
—¡¿No me oíste?! ¡Es tarde! ¡Ve a dormir!
—¡Cállate!
La boca de Inuyasha quedó abierta. Sus cejas se unieron. Su rostro en conjunto tomó una expresión confusa y de dolor. No le gustaba gritarle a Kagome. Los tiempos de griteríos y niñerías habían quedado muy atrás en el pasado. Había aprendido a no darle órdenes. A ser un compañero. Sobre todo, no estaba acostumbrado a escucharle dirigirse a él en ese tono. Kagome parecía molesta y le había ordenado que se callara. No recordaba algo así en el pasado, aún con lo insoportable que él podía llegar a ser a veces. ¿Entonces? ¿Qué seguía a eso?
Bajó la mirada y su cabeza se inclinó un tanto hacia abajo. Sus manos estaban ocultas a la vista, pero lograba verse los sucios pies y algunas gotas rojas sobre ellos. ¿Qué seguía a eso? ¿Quién podía saberlo? El silencio le resultaba ensordecedor, pero no era capaz de romperlo. No podía atreverse a seguir hablando, a seguir escondiéndose, pero tampoco podía enfrentar lo que fuera Kagome a decir.
Escuchó los pasos lentos pero seguros de su mujer acercarse hasta él. Cerró los ojos. Kagome estaba frente a él, pero no podía afrontar sus ojos castaños clavados sobre él. No podía leer la condena en su mirada. No podía decirle que de repente haber matado a ese tipo le resultaba poco, le resultaba incómodo, cuando tiempo atrás no había soñado con otro escenario posible.
Escuchaba el latir tranquilo de su corazón. Su presencia delante. Podría girarse e irse de la casa. Podría huir de ella. Podría hacer oídos sordos a lo que tuviera que decir, a sus reclamos si los tenía, a sus llamados si la dejaba sola. Pero había huido una vez, y no le había gustado como se sentía. No podía escapar de Kagome, no solo porque la amaba, no porque se lo debía, sino porque le dolía estar lejos tanto como en ese momento le dolía estar tan cerca y no tocar su piel.
Y entonces sintió su piel. La mano de Kagome tomó la de él y tiró de ella, haciendo que Inuyasha diera un paso adelante y sus ojos se abrieran.
—Ven.
Kagome comenzó a caminar sin soltar su mano e Inuyasha no pudo menos que seguirla. En un principio no supo qué pensar, pero al poco rato se le hizo obvio. Kagome lo guiaba al cuarto de baño. Ella entró con seguridad y él con recelo, y ese sentimiento se acentuó cuando Kagome le soltó la mano. Pero se dio cuenta que solo lo hizo para buscar los utensilios que usaba al bañarse, así que se decidió por mirar alrededor para distraerse. El estilo del baño era similar al de la época de Kagome, pues era una de las cosas modernas que ella más extrañaba.
—Calentaré agua —murmuró Kagome—. ¿Me esperas aquí?
—No —dijo él. Pasó a mirarla. Kagome lo observaba con expresión preocupada—. Que sea fría.
Kagome se tomó unos segundos para evaluarlo y luego asintió.
—Fría será.
Inuyasha intentó ayudarla a buscar los contenedores de agua que guardaban en el cuartito-depósito —inteligentemente ubicado junto al baño—, pero Kagome se negó rotundamente. Fue un simple "no", pero fue más que suficiente. La firmeza de su voz y la dureza en su mirada no le dejó espacio a hacer nada más. Tampoco se sentía con fuerzas para luchar. Desde que había retomado cierta conciencia de sí mismo, solo deseaba limpiarse. ¿Acaso no estaba por hacer eso mismo? Y Kagome no había reprochado nada. No le había dicho una sola palabra al respecto. Ni siquiera le había dejado tiempo para preguntarle algo. Seguía firme en su decisión de no querer escuchar sus preguntas. Las respuestas podrían no ser de su agrado. Mejor estar en silencio. Mejor rehuir a lo difícil…
Perdió la noción del tiempo cavilando sobre cosas sin sentido. Su olfato se había acostumbrado al olor de la sangre, algo que le repugnaba, y en lo que intentaba no pensar demasiado. Antes de que fuera consciente de cuánto tiempo había pasado, Kagome volvía al cuarto de baño jadeante. Tardó varios segundos en entender porqué estaba tan cansada, y luego se apuró a ayudar a Kagome a entrar el gran contenedor de agua que había arrastrado algunos metros.
—Deja, es más fácil si lo hago yo…
—¿Todavía sigues vestido? Suelta esto. Desvístete y entra en la bañera.
Inuyasha la miró contrariado. Kagome no le permitió ayudarle con el contenedor. Y por la pose defensiva de ella respecto al agua, tampoco le dejaría ayudarle pronto. ¿Qué pretendía arrastrando ese tacho? ¿Por qué esforzarse tanto si él podía transportarlo mucho más rápido y sin dificultades? Entender las acciones de Kagome normalmente le tomaba mucho tiempo.
Kagome suspiró y se acercó a él. Apoyó las manos sobre sus antebrazos. Su piel estaba caliente. Podía sentirla incluso sobre su suikan.
—Déjame ayudarte con esto.
Empezó a manipular su suikan con calma. Inuyasha la vio unos segundos sin entender. Ayudarlo… No necesitaba ayuda. La detuvo y dio un paso atrás.
—Olvídalo, Kagome. Ve a dormir, pronto estaré ahí.
—Inuyasha, por favor…
—Dije que lo olvides.
Se giró y se deshizo de su suikan con rapidez. No había manchas de sangre en el kosode blanco que cubría su piel, pero aun así la sentía sucia. Debía lavar toda esa ropa con cuanto perfume encontrara.
Kagome lo observó y apretó los puños. Lo que en verdad tenía ganas de hacer era actuar impulsiva y violentamente. Ya sea obligándole a besar el suelo como pegándole en la espalda hasta que girara a verla y le dejara ayudarle. En lugar de eso, deshizo los puños y corrió los pocos pasos que los separaban hasta abrazarlo, su cara pegada a la espalda de su compañero.
—Déjame. Por favor, Inuyasha. Déjame.
Inuyasha contuvo el aliento y luego dejó escapar un suspiro. Déjame. ¿Qué significaba eso? Bah, decir que no lo sabía era hacerse el desentendido. Sabía a qué se refería, pero no quería dejarla entrar en esa burbuja. No quería, así que se giró y le devolvió el abrazo. Sintió el poder de ese menudo cuerpo, sus manos apretando con toda la fuerza que poseía, y sintió el perfume de sus cabellos, y olió ese aroma que emanaba siempre que estaba junto a él y que tanto le gustaba. La apretó contra sí y se odió por abrazarla apestando a la sangre de ese tipo.
Se separó de ella y luego se dejó caer, sentándose en el borde de la bañara.
—De acuerdo —dijo—. De acuerdo. Te dejo.
Kagome suspiró. Tenía los ojos anegados en lágrimas, pero se las arregló para que no soltar ninguna. Una parte de ella sabía por qué estaba actuando de esa manera: preocupándose por él podía dejar de lado sus propios miedos un rato. Y podría redimirse por permitir que sucediera eso. Después de todo, no lo había detenido. Si ella le hubiera pedido que no hiciera nada, Inuyasha no lo hubiera hecho, estaba segura. Pero lo había dejado partir, y por eso Inuyasha estaba de ese modo delante de ella. No era la culpable absoluta, pero tenía cierta culpa. Y quería a Inuyasha. Mierda, sobre todo lo demás, lo amaba.
Sin darse cuenta de estos pensamientos, le desvistió lentamente, prenda por prenda. Inuyasha no se inmutó. Se dejó ser. Ni siquiera cuando estuvo completamente desnudo se sintió incómodo o avergonzado. Estaba simplemente entregado. Por propia voluntad se metió luego en la bañera, sentándose con cuidado, su cabeza contra la pared.
No podía mirar a Kagome a los ojos, pero la dejaba. Kagome comenzó a mojarle con el agua. No estaba tan fría, le hacía bien a su cuerpo cansado. Su mujer se sentó al borde de la bañera y comenzó a enjabonar el agua poco a poco, hasta que se llenó de espuma alrededor. No sabía exactamente cómo lograba eso, pero Kagome había traído algunos trucos del futuro y sabía usarlos.
La observó. Parecía cansada, pero no estaba enojada. No había tristeza tampoco. Solo… solo estaba siendo Kagome.
A Kagome no le costó tirar el resto del agua del contenedor. El agua se acumulaba en torno a su compañero. Él la miraba sin decir nada. Ella se preguntó si acaso querría hablar, aunque conociéndolo supuso que no. Tomó el otro contenedor y esta vez tuvo que esforzarse para verter otro poco de agua en la bañera. Pero le gustaba ese esfuerzo.
Inuyasha la observaba por si acaso necesitara ayuda, pero no fue así. Y cuando el agua estuvo lo suficientemente alta como para llegarle a mitad del pecho, Kagome se metió en la bañera con él. El hanyō la observó, un tanto aturdido. No dijo nada, ni tampoco se movió. Se limitó a mirarla. Ella le devolvió la mirada, y luego levantó la esponja hasta ponérsela en el cuello. Luego refregó. Inuyasha cerró los ojos y disfrutó de la sensación.
Kagome siguió refregando cada parte de su cuerpo. Desde la suciedad en sus pies a las gotas dispersas de sangre en su rostro. Con dedicación y fiereza, de esa forma. Inuyasha no pudo responder de ninguna forma. Dejó que limpiara sus piernas, y tomara sus brazos, que se entretuviera con sus garras sucias. Dejó luego que limpiara su blanco cabello. Le agradó la fricción de la esponja contra su espalda cansada.
Las ropas de Kagome estaban empapadas y se pegaban a su cuerpo. Kagome estaba hermosa, esa noche más que nunca. Así lo veía Inuyasha, aunque sea.
—Ya está —musitó Kagome—. Ya no hay rastro de él. Ya no significa nada.
—¿Tú crees?
—Terminó hoy. Terminó ahora mismo, Inuyasha.
Con el cabello humedecido, las ropas mojadas y las mejillas sonrojadas por el trabajo, Kagome acercó más su cuerpo a él. Inuyasha la observó con el corazón acelerándose. Su esposa acercó su boca a la suya y luego lo besó.
Fue un beso corto y húmedo. Estuvo bien. Kagome se separó de él.
—Lamento que tuvieras que hacer eso. Lamento no haberte detenido.
Inuyasha la miró, esta vez con más detenimiento.
—No creo que pudieras detenerme ni queriendo, Kagome —murmuró—. ¿Crees que soy un asesino? ¿Crees que…?
—No. Creo que él me hizo daño, y que no quiero que cause más daño. Y ahora ya no causará más daño. Espero que no cause más daño. A los únicos que puede dañar ahora, estando muerto, es a nosotros. Él y las memorias. Y no quiero que pase, Inuyasha. De verdad que no quiero que eso pase.
—Bien.
Bajó el rostro al agua turbia a su alrededor. La suciedad de su cuerpo, desprendida de él y flotando en torno a ambos. La levantaría en brazos y la llevaría a alguna terma, a algún río. La lavaría, le sacaría el olor a sangre que ahora también podía oler en ella y luego se lavaría otro tanto él. Le tomaría muchos lavados, pero el olor a sangre desaparecería.
—No me hará daño, si puedes verme a los ojos sabiendo lo que hice y… puedes amarme igual.
Kagome le tomó el rostro con ambas manos y le obligó a mirarla.
—Te amo. Y te amaré todos los días que sigan a este, hasta el día que me muera.
—No dejaré que nadie te haga daño —aseguró él, con voz firme—. Ahora prométeme que este tipo no te hará más daño. Ni él ni lo que quedó de él en nosotros.
—No me hará más daño —dijo Kagome. "No más del que ya me hizo", pensó. Pero debía intentarlo, pues era una optimista nata—. Pero… me tomará tiempo… ser… no, estar mejor.
Inuyasha agarró las manos de su mujer y las apretó.
—El tiempo que haga falta.
Se acercó y le dejó un beso en la nariz. Kagome le sonrió. Inuyasha recordó el beso que le había dejado solo tiempo atrás y deseó que se repitiera, pero sabía que no lo haría en un futuro cercano. Sin embargo, se reconfortó sabiendo que había sido Kagome quien había tomado la iniciativa.
Inuyasha se incorporó y ayudó a salir a Kagome de la bañera. Se cubrió con una manta, la cubrió a ella con otra, y le preguntó qué le parecía un té. Kagome le respondió que le parecía bien.
Entre tanto, la luna seguía bajando por su conocido camino.
Nota de la autora:
Tal vez creyeron que ya no volvería a actualizar... pero se equivocaron. Estoy acá y estoy lista para dar fin a la historia. Solo queda un capítulo, que podrán leer en dos semanas (tal vez un poquito menos si estoy de buen humor y no me aguanto las ganas de actualizar).
Hablando del capítulo en cuestión... han pasado algunas cosas. Quería mostrar que Inuyasha, en realidad, no es un asesino. Creo que todos somos capaces de matar, pero no todos somos capaces de matar y sentirnos cómodos con eso. Inuyasha es una de esas personas. Se deshizo de la basura, pero se siente mal. Kagome estuvo ahí para ayudarlo. Parece que las cosas están mejorando muy de a poco.
Solo tengo que decir muchas gracias por sus reviews, follows y favs, me alegra muchísimo que disfruten el fic~, y por todo el apoyo aún cuando tardé muchísimo en actualizar.
Gracias y nos leemos pronto,
Mor.
