5A. May
En cuanto los ojos de Giovanni se separaron de las letras garabateadas en las páginas de su diario para levantarse y toparse con la mirada de Serena, la rubia desvió sus ojos, en un intento fútil por esconderse avergonzada de la vista de depredador de su captor.
Esto hizo que el hombre sonriera. Cuan distintas y dispares eran las reacciones de cada una de las chicas que había reunido en su… "colección". Algunas se habían atrevido a desafiarlo aun en aquella situación tan desventajosa para ellas, otras rogaban por piedad pensando en que podían enternecer su desecado corazón, algunas incluso seguían pretendiendo estar en otro lugar o tal cual no existir.
Cada una era un reto y el líder del Equipo Rainbow Rocket sabía valorar un buen desafío. Se puso de pie, y cerrando su libro se dio la vuelta y abandonó la habitación llevando consigo el banquito en que solía sentarse.
Serena volvió a quedar completamente sumida en silencio y soledad. Desde que se llevaran a Rosa, las horas le habían parecido eternas e intolerables. La habitación donde la contenían no le ayudaba en ningún sentido a llevar cuenta del tiempo y sumado a ello, hundida en la desesperanza y oscuridad total donde la única luz que había era el incriminatorio rayo de la fría lámpara que colgaba sobre su silla empujaban a la rubia a pasos apresurados hacia la demencia.
Pero al cabo de un tiempo que a ella le pareció varios días, luego de que Giovanni se marchara por última vez, de pronto, la luz se fue. Las tinieblas cubrieron la estancia tan repentinamente que en un parpadeo, por un instante Serena temió haberse quedado ciega o ser incapaz de abrir los ojos. Pero no, la luz se habia ido y no solo la luz, el tenue susurrar del sistema de ventilación pronto se fue acallando y los murmullos y rumores distantes y metálicos de quien sabe que maquinaras desconocidas que llenaban las estancias y pasillos de la fortaleza, que en circunstancias normales eran imperceptibles, ahora se hicieron notar por su ausencia.
Fueron sólo unos segundos, pero la chica, aterrada, se sintió aún más desamparada que antes, privada de toda sensación fuera de la presión de las correas de su silla en sus brazos y sus piernas, casi parecía que se hubiera quedado varada en una región muerta y perfectamente oscura del espacio.
Y entonces, ese ruido. Un ruido chirriante y horrible como de metal arrastrando sobre metal. A la chica le pareció en extremo estridente, pero solo porque sus oídos estaban habitados a aquel silencio perturbador. No podía verlo, pero supuso que eran las compuertas de la habitación, abriéndose por la fuerza. Pero pronto el sonido se acalló, y algunas voces lo acompañaron:
―Empujen más y háganse a un lado, no alcanzo a pasar… ―era la voz queda de una chica.
―¿Y porque tienes que pasar tú? ¿Por qué no puede ir mejor Moon que no tiene el trasero tan gordo? ―respondió otra voz femenina que parecía estar haciendo un gran esfuerzo.
―Porque soy la única que conoce cómo funciona el mecanismo de estas puertas… ―respondió la otra ignorando totalmente el comentario sobre su complexión.
El ambiente se tensó entonces de manera incomoda, entre gruñidos y resoplidos extraños, hasta que un par de sencillos pasos penetraron torpemente en la estancia. El sonido de alguien sacudiéndose y acomodándose la ropa fue lo único que se escuchó un solo segundo y luego, una diminuta lucecita se encendió en la oscuridad, junto a la puerta, parecía la de una pequeña linterna y al reflejarse sobre los pulidos muros reveló el rostro de una muchacha como de 14 años de cabello largo y castaño.
―¿Podemos soltar estas cosas ya? ―preguntó la otra voz tras las compuertas, pareciendo que estaba al borde de su resistencia.
―Sólo un minuto más ―la chica de la linterna había desmontado un pequeño panel oculto en la pared y parecía estar manipulando unos cables que encontró detrás.
Un flash de luz acompañado de un chispazo, y al parecer las puertas metálicas dejaron de ejercer resistencia, permitiendo ser empujadas fácilmente hasta el fondo, quedando abiertas de par en par. Aquellas chicas que la estaban sosteniendo finalmente suspiraron pudiendo descansar y por un golpe repentino, sonó como que una de ellas incluso cayó al suelo como consecuencia de haber desaparecido la resistencia contra la que estaba luchando.
Entonces, las tres se acercaron a la silla donde Serena, con un nudo en la garganta y el corazón en un hilo las observó desconcertada.
Las tres parecían adolescentes y venían vistiendo los uniformes negros y grises de los soldados de bajo rango del Equipo RR. Eso preocupó a la chica, pero no tuvo oportunidad de quedar demasiado desconsolada al tiempo que una de ellas, la que no habia hablado hasta entonces, trató de confortarla con voz dulce:
―No te preocupes. Venimos a rescatarte, ¿ok? Danos sólo un minuto y te sacaremos de aquí ―debía ser la chica a la que se refirieron con el nombre de Moon y era definitivamente la más delgada y joven de las tres. Tenía ojos grandes, de color azul pálido y cabello muy oscuro y corto.
―Ya ya, menos plática y más acción. Desata aquel brazo yo me encargo de este ―la voz un poco más áspera de la otra chica, la que había estado deteniendo la compuerta junto con Moon habló a continuación. Tenía mucho cabello ondulado y castaño bajo la gorra negra y ojos vivaces de azul intenso. De las tres era la que tenía una complexión más robusta y las caderas más anchas. Serena eventualmente se enteraría de que su nombre era Hilda.
Finalmente, muy callada, ya porque estaba concentrada en desatarle los pies o porque trataba de iluminar al resto sosteniendo la linterna con los dientes, la última de las chicas de edad indefinible, pero definitivamente no mayor de 16, de cabello lacio, cenizo y un par de ojos severos color café, cuando se presentara más tarde, le diría a Serena que su nombre era Leaf.
De inmediato la rubia estuvo libre y estirando los brazos para que las demás le ayudasen a levantarse, descubrió de inmediato que sus piernas, bonitas, torneadas y enfundadas en largas medias oscuras, se habían entumido y desacostumbrado a sostenerla, de manera que Leaf y Hilda tuvieron que ayudarla a caminar mientras la sensación de hormigueo se le pasara y pudiera andar por si misma.
Recorrieron la estancia, salieron al pasillo y pronto, un distante zumbido les indicó que la distracción del apagón había terminado. Las luces de los pasillos comenzaron a reactivarse al tiempo que los ojos de azul oscuro de Serena los seguía con angustia y de golpe, la compuerta de la habitación de contención se cerró con un sonoro golpe, chirriando sobre sus maltratados engranes.
―Vaya, Leaf, pensé que habías dicho que tendríamos por lo menos cinco minutos antes de que se restableciera la energía… ―se quejó Hilda incrédula sin aminorar el paso.
―Dije que tendríamos de dos a cinco minutos. Al parecer los generadores de respaldo están funcionando sin problemas, como me temía. ―respondió la aludida redoblando su propio paso para aventajarse más.
Delante de ellas, Moon buscaba sobre las paredes la siguiente rejilla de ventilación que usarían para realizar su siguiente escape. En la distancia, los pasos como de un ejército de botas que avanzaban con premura llegaron a sus oídos, preocupándolas y obligándolas a avanzar más rápido.
Segundos después, un pelotón entero de grunts apareció acordonando la zona. Con ellos llegó, con su elegante y firme paso de largas zancadas y zapatos finísimos, el jefe de la fortaleza acompañado de la carcelera encargada de ese cuarto de contención.
La compuerta fue abierta de inmediato y la silla sola de Serena los recibió con los cinchos desatados. El semblante de Giovanni se ensombreció y varios de los reclutas más cercanos a él dieron un paso atrás perceptiblemente intimidados.
―¿Qué es lo que esperan, imbéciles? Vayan por ellas… ―susurró entre dientes el jefe y los más avispados de la multitud salieron a todo correr pasillo abajo.
―¡Ya lo oyeron! ¡Quiero a esa fugitiva de vuelta cuanto antes para que pueda recibir el castigo que se merece! ―ordenó May gritando junto a él, haciendo que el resto de la multitud saliera disparada al instante.
El jefe no dijo nada más y dándose la vuelta en sentido opuesto se dispuso a retirarse por uno de los pasillos laterales que había quedado sumido en una oscuridad intermitente, posiblemente como consecuencia de que sus lámparas se habían dañado durante el apagón. Al notarlo distante y enfadado, May fue tras él mientras comenzaba a hilar promesas y excusas sobre lo sucedido:
―Ha sido un percance inesperado, señor. No teníamos manera de saber que el sistema magnético de emergencia de las puertas fallaría de esa manera. Pero le aseguro, jefe que la tendrá de vuelta en sus manos muy pronto y entonces podrá hacer con ella lo que usted…
¡BLAM!
La paciencia del hombre se extinguió de pronto y ya no quiso seguir disimulando su furia. Incapaz de seguir soportando la cháchara descarada de la muchacha, se dio la vuelta y sujetándola por los hombros la empujó contra la pared con perceptible violencia, a lo que ella respondió con un chillido.
―¿Acaso no puedes callarte? ¿Crees que quiero oír tus disculpas después de haberme fallado tan estúpidamente? ―una de las fuertes y terribles manos de Giovanni se cerró sobre la quijada de la chica obligándola a callar, y pegando su cabeza contra la pared metálica ―Ya veré que hago con nuestra pequeña fugitiva cuando la recuperemos, pero mientras tanto ¿Qué haré contigo por haber cometido este imperdonable error?
Con la chica acorralada contra el muro, ahora ambas manos del despreciable depredador fueron a parar sobre su delgado cuello y comenzaron a apretarlo, primero suavemente, luego con más fuerza, al grado que la chica trataba de sostenerse de los fuertes brazos de Giovanni con sus manos, temiendo que sus piernas no tendrían ya el poder de mantenerla en pie.
Las lágrimas que escapaban de los ojos de May se mancharon de negro despintando su maquillaje y unos leves quejidos en forma de súplica escaparon asfixiados de su garganta cuando estuvo a punto de desmayarse:
―Je-fe… por-favor…
Y la soltó. May calló hasta el suelo con un ruido sordón y aspiró fuerte tratando de llenar sus pulmones del muy necesario oxígeno mientras se sujetaba su lastimada garganta. Giovanni también olfateó un poco el ambiente, habiendo descubriendo un particular aroma familiar.
―No eres más que una pequeña perra lasciva, tan pronto empecé a apretarte el cuello te mojaste, ¿no es así? ―dijo, mirándola hacia abajo con una mezcla de desprecio e interés. Había comenzado a aflojarse la ropa ―Supongo que no es del todo tu culpa. No creo que puedas concentrarte en tu trabajo si te la pasas pensando en que te folle todo el día. Me sorprende que siendo tan estúpida, no se te olvide como respirar a veces.
Y se lanzó sobre ella. La sujetó de los tobillos y se los levantó con fuerza, abriéndole violentamente las piernas, haciendo que la chica se golpeara la cabeza contra el muro. Luego hundió el rostro entre los muslos de la castaña, estimulándole el sexo sobre la ropa, rozándola primero con su nariz, luego lamiéndola invasivamente, hasta que la saliva de Giovanni dejó empapados sus pantaloncillos y pudo percibir por el sabor, que se mezclaba con la humedad proveniente de su vagina.
Para entonces, la chica era un manojo de quejidos, gemidos y gritos lastimeros que resonaban por el pasillo al tiempo que la última luz que en parte funcionaba, destellaba intermitentemente.
Giovanni levantó el rostro y mirándola de frente, entre temerosa y extasiada, le dijo, sonriendo con malicia:
―Es así como me gusta escucharte.
Y sin más ceremonias, se acomodó entre sus piernas y desnudando su miembro duro, echó a un lado la ropa empapada que cubría la entrada de May para entrar en ella, primero lento y oprimiendo gran fuerza para que su pene duro y grande pudiera abrirse paso por sus paredes apretadas, para luego comenzar a penetrarla rápidamente, entrando y saliendo de ella con violencia.
Como si eso fuera poco, tomó las manos de la propia May, que envuelta en un torbellino salvaje de dolor y placer se dejó hacer sin quejas ni resistencia, la hizo sujetarse sus propias piernas con sus brazos para mantenerlas abiertas, al tiempo que él tenía libres las suyas, primero, para levantarle la pequeña blusa, dejando sus bien desarrolladas y grandes tetas descubiertas y a la vista para que se sacudieran libremente con cada embestida, luego, volvió a apretarle el cuello con ambas manos, esta vez no con furia, sino como jugando con ella, sabiendo lo mucho que ello le excitaba.
Y lo hacía. El placer inmenso que la chica sentía cada que su vagina se llenaba con la carne de Giovanni, recorriendo cada centímetro de su interior y golpeando furiosamente contra la entrada de su útero, rivalizaba con lo excitante que le resultaba estar siendo vejada y salvajemente profanada por él, como si no tuviera mayor reparo por sus sentimientos o su seguridad y todo esto solo se veía amplificado al momento que sentía que el aliento la abandonaba y sus pulmones era privados de oxigeno por las garras impunes de Giovanni.
De esa manera, los ojos entrecerrados de la chica se ponían en blanco y su boca se abría jadeando, tratando de respirar, retorciéndose de placer y lujuria, al tiempo que todo su cuerpo se estremecía. Cada que la luz se apagaba y se encendía al instante siguiente, la chica castaña tenía un gesto más lascivo y descarado marcado en el rostro.
Esto se prolongó hasta que Giovanni sintió, por el estremecimiento del cuerpo de ella que se había venido ya un par de veces y fue entonces que se tomó unos segundos de descanso para acariciarle y chuparle los pezones. No había que ser un genio para notar que el mayor atractivo del cuerpo de May eran sus grandes pechos, inusualmente desarrollados para una chica de su edad.
También fue en ese momento, que desviando la mirada, el amo de la fortaleza tuvo la sensación de notar la presencia de alguien más oculto en la oscuridad al final de pasillo.
Sin darle importancia, se separó un poco de su presa, pero solo lo suficiente como para darle la vuelta y obligarla a estar de rodillas con los glúteos hacia él. Sujetándola firme de la cadera, le introdujo su pene nuevamente en la vagina, esta vez por detrás, permitiéndole hacerlo más rápido, más fuerte y más profundo.
Los gemidos de May se convirtieron pronto en suplicas y ruegos por más mientras jadeaba agradeciendo que la cogiera tan fuerte.
Pero en todo momento, los ojos de Giovanni no se concentraron en su víctima, aunque ciertamente disfrutaba ver la espalda de sus amantes doblarse de placer ante su miembro, pero esta vez, miraba con desafío y crueldad hacia el rincón oscuro al final del pasillo donde percibía que unos ojos miraban con morbo todo el espectáculo.
Al final, el apretado sexo de la chica fue demasiado para él y tuvo que terminar corriéndose dentro de ella y cuando finalmente salió de la vagina de May un delgado hilillo de semen salió con él.
Se puso de pie, se acomodó el pantalón y salió sin más despedidas ni comentarios, dejando a la chica castaña tendida en el suelo, con la ropa hecha una desgracia, las rodillas en el suelo, el trasero aun alzado en el aire y el rostro contra la pared, murmurando:
―G-gracias… jefe, no voy a fallarle…
Mientras, en la oscuridad, otra chica observaba, entre furiosa y resentida. De figura curvilínea y cabello color turquesa, su nombre era Kriss y era la carcelera del otro cuarto de contención donde apenas unas horas atrás Hilda había escapado.
