Sora
El desayuno había consistido en unas gachas acompañadas con leche. Había sido sencillo pero nutritivo. Sora estaba realmente nerviosa, pues era consciente de que pronto se reuniría con el consejo y podría descubrir lo que sucedía. Si sus compañeros estaban también nerviosos, no lo reflejaban.
― Menos mal que hoy mismo podremos poner rumbo de nuevo hacia Terra. ― dijo Mimi.
― Sí. ― respondió Sora sin mucho entusiasmo.
Debía reconocer que pese a que apenas llevaba tres días fuera de casa, nunca había experimentado una sensación de libertad como aquella. Ella hacía lo que quería en el castillo y nunca limitaban sus movimientos, pero siempre tenía a alguien detrás que vigilaba todo lo que hacía. Además, aquellos chicos empezaban a caerle bien. Miró a Taichi, Joe y Yamato y no pudo evitar esbozar una sonrisa. Tai se estaba comiendo lo que había sobrado del plato de Joe, mientras Yamato movía la cabeza a ambos lados avergonzado.
Koushiro se sentó a su lado.
― Buenos días, princesa. ― miró a su amiga. ― Mimi.
― Hola. ― dijo esta.
― ¿Habéis dormido bien?
― Sí. ― dijo Sora con sinceridad.
― He de reconocer que hemos pasado una noche agradable. ― reconoció Mimi.
Koushiro aceptó el cumplido de la castaña con una sonrisa.
― He venido para acompañaros a la sala del consejo.
Se pusieron todos de pie y rodearon a Koushiro.
― ¿Queréis entrar todos?
Sora miró a sus compañeros.
― No tenéis que entrar si no queréis. No os voy a obligar.
― Yo quiero entrar. ― dijo Joe con seguridad.
― Yo también. ― dijo Yamato.
― Y yo. ― corroboró Tai.
― Hemos llegado hasta aquí. ― dijo Mimi. ― No pienso quedarme fuera.
― Parece que hay mayoría. ― dijo Koushiro. ― Seguidme.
Subieron por las enormes escaleras que coronaban el acceso al edificio. Ya en el piso de arriba Koushiro se dirigió a unas enormes puertas que custodiaban las entrada hasta la sala del consejo.
― Antes de entrar, hay algo que debéis saber. ― les dijo. ― Hay un total de once sabios.
Sora afirmó, conocía el número de componentes del consejo.
― Diez de ellos están a lo largo del día con los ojos cerrados, viendo lo que sucede en todo el mundo. Sólo hablará Gennai, el líder del consejo. ― continuó Koshiro. ― Se comunican telepáticamente, así que no tienen necesidad de hablar ante ellos.
― Entiendo.
― Dejad que sean ellos los que hablen. Luego podréis hacer preguntas. ¿Entendido?
Todos asintieron ante aquellas palabras. Abrió una de las puertas e hizo un movimiento con la cabeza para que entraran.
― Adelante.
La sala era enorme y de forma circular. Los sabios estaban sentados en varias sillas. Todos presentaban un aspecto muy similar, por lo que si a Sora en algún momento le decían sus nombres los terminaría olvidando. En el centro de la sala se encontraba un anciano que presentaba un aspecto distinto. Tenía el pelo blanco recogido en una delicada coleta y un largo bigote que caía con elegancia. Su nariz era grande y prominente. Vestía una larga túnica negra y roja. Sus ojos estaban abiertos y observaba al grupo con curiosidad.
― Maestro, Gennai. ― dijo Koushiro.
― Es un placer recibiros, alteza. ― dijo Gennai. ― También es un placer conocer a vuestros acompañantes: Tai, Yamato, Joe y Mimi.
A Sora le sorprendió que supiera los nombres de sus amigos, pero imaginó que Koushiro se había reunido con él el día anterior y le había puesto al tanto sobre los aspectos más básicos de los visitantes.
― Os dejo. ― dijo Koushiro.
― No. ― dijo secamente Gennai. ― Quiero que te quedes.
Koushiro asintió sorprendido, pues no era normal que durante las reuniones permanecieran en la sala terceras personas.
― Acercaos, princesa. No tenéis nada por lo que temer.
― Yo… ― empezó a decir Sora.
― Conozco el motivo de vuestra visita. ― dijo Gennai. ― Queréis respuestas.
― Sí. ― dijo Sora. ― Quiero trasladar a mi padre qué es lo que sucede.
Gennai cerró los ojos y se frotó la sien.
― El mundo se encuentra en constante cambio. Cada instante sucede algo en un lugar distinto. ― hizo una pausa. ― Sin embargo, durante los últimos días hemos percibido algo distinto.
Sora observó con fijeza a Gennai.
― Algo está cambiando. Percibimos presencias que no son humanas y el mundo empieza a mostrar signos de deterioro y maldad.
― ¿Presencias no humanas? ― preguntó Sora.
― Sentimos criaturas que no son ni humanos ni animales, pero no podemos verlas. ― dijo Gennai. ― Nosotros somos conscientes de lo que sucede y, a veces, incluso podemos percibir acontecimientos futuros. Sin embargo, todo esto se nos presenta borroso.
― Pero ustedes siempre lo ven todo. ― dijo Joe con seguridad.
― Últimamente no. ― replicó Gennai. ― De hecho, lo último que hemos percibido con totalidad durante los últimos días era vuestra llegada.
― ¿Eso qué significa? ― preguntó Yamato.
― Significa que no puedo dar respuesta a vuestras preguntas. ― respondió. ― Sabemos que la oscuridad acecha y que estos cambios van a afectar a la totalidad del mundo, pero no vemos ni quién es el causante ni lo que podemos hacer para encontrar una solución.
― ¿Hemos venido aquí para nada? ― preguntó Tai.
― No. ― dijo Gennai. ― Yo os diré el siguiente lugar al que debéis dirigiros. Sabemos que sucederá algo, pero no vemos cuándo ni el qué.
― ¿Quiere decir eso que no volvemos a Terra aún? ― preguntó Mimi.
― De momento, no. ― dijo Gennai. ― Que os hayamos visto a vosotros, quiere decir que estáis relacionados con todo esto. Pero no sé cuál es vuestro cometido. ― Gennai miró a Koushiro. ― Tú también irás, Koushiro.
― ¿Yo? ¿Por qué? ― preguntó sorprendido.
― En esas visiones tú también apareces, pero no serás el último en incorporarse. No os puedo decir más, pues cada vez tenemos más dificultades para ver. Esto no significa nada bueno.
― Maestro. ― dijo Sora. ― ¿Cómo sabremos lo que tendremos que hacer?
― La historia la escribiréis vosotros. El consejo no os puede ser de más ayuda. De momento, esto queda en vuestras manos.
Sora asintió. No esperaba escuchar todo aquello.
― ¿Dónde debemos ir? ― preguntó Koushiro.
― A Delhi. ― dijo Gennai.
Joe
Cabalgaban a toda velocidad hacia Delhi. Nada más Gennai pronunció el nombre de la aldea natal de Yamato y Taichi, ambos se habían puesto alerta.
― ¿Delhi? ― preguntó Tai. ― ¿Qué va a suceder?
― Algo se dirige hacia allí. Es lo único que vemos.
Yamato apretó los puños con fuerza y Tai maldijo entre dientes. Sora y Mimi los miraban con preocupación.
― Siento no poder ser de más ayuda. ― dijo Gennai. ― Debéis marchar cuanto antes. Vuestros caballos están preparados.
Apenas unos minutos más tarde salían de la ciudad. De eso hacía ya unas cuantas horas.
― ¿Está muy lejos esa aldea? ― preguntó Koushiro.
― Dos días a lo sumo. ― dijo Joe.
― No vamos a tardar dos días. ― dijo Yamato. ― No vamos a detenernos.
Joe era consciente de todo lo que les pasaba por la cabeza a sus dos amigos. Sus hermanos pequeños se encontraban en la aldea. Joe no tenía hermanos, pero sabía que si tuviera uno querría llegar lo antes posible para comprobar que estuviera fuera de peligro. "Algo se dirige hacia allí" les había dicho Gennai. Detrás de él, Sora y Mimi discutían.
― ¿Por qué no hemos vuelto hacia Terra? ― preguntó Mimi molesta.
― Creo que lo que se dirige hacia Delhi nos brindará alguna respuesta. ― contestó. ― Además, no quiero dejarlos solos en un momento así.
― Pero yo quiero volver a casa…
― Mimi. No hagas esto más difícil.
Las horas continuaban pasando y los caballos empezaban a mostrar signos de cansancio. La oscuridad los rodeaba. Sora creó algunas llamas de fuego para que pudieran ver mejor.
― ¡Magia! ― dijo Koushiro. ― No conocía a nadie más que tuviera poderes.
― ¿Conoces a alguien? ― preguntó Joe.
― Sí… ― lo miró con una pequeña sonrisa. ― Yo.
― Vaya. ― dijo Joe. ― Últimamente no paro de conocer gente con esta cualidad. ¿Qué poder tienes tú?
― Electricidad. ― dijo Koushiro. ― No sé utilizar ese poder, por lo que no lo uso nunca. Hasta ahora con el solo he hecho daño a la gente.
― Entiendo. Tiene que ser algo complicado.
― Bueno, me considero una persona normal porque nunca los muestro. ― respondió con indiferencia.
Takeru
La oscuridad empezó a adueñarse de la aldea. Se encendieron algunas antorchas para que los habitantes pudieran disfrutar de algo de visibilidad. Takeru había cenado con sus padres un sencillo guiso. Habían mantenido una entretenida conversación y cuando apenas quedaban llamas que alumbraran la estancia decidieron que era el momento de ir a dormir.
― Buenas noches, padre. ― se acercó a su madre y le dio un beso en la mejilla. ― Que descanséis.
― Buenas noches, hijo.
Se acostó en su cama, agotado después de haber pasado todo el día trabajando en el campo junto a su padre. Si no querían quedarse sin cultivo debían empezar la recolección lo antes posible. No tardó mucho en conciliar el sueño.
Se incorporó de golpe, debido al olor a humo. Calculó que apenas llevaba un par de horas durmiendo. Cuando vio la luz naranja que penetraba por la ventana se puso alerta. Algo no iba bien. Se vistió rápidamente y se asomó por la ventana. La parte norte de la aldea estaba completamente en llamas, lo que incluía algunas casas y el bosque. Entró en la habitación de sus padres.
― ¡Madre! ¡Padre! ― gritó.
― ¿Qué sucede? ― preguntó su madre.
― La aldea está en llamas.
― ¿Un incendio? ― preguntó su padre sorprendido.
― Sí.
― Debemos ir a ayudar.
Sus padres salieron de la casa sin cambiarse, aludiendo que era más importante extinguir el fuego que cambiarse. Pocos minutos después se encontraban cargando con cubos de agua.
― ¿Podemos ayudar?
Frente a ellos se encontraban los padres de Hikari y la propia chica. Al igual que Takeru, ella se había cambiado. Toda la aldea se congregó para intentar extinguir las llamas, pero estaba muy propagado.
― ¿Qué es eso? ― preguntó una aldeana.
Señaló hacía el bosque con la mano temblorosa. Entre los árboles se apreciaban cuatro criaturas enormes que se acercaban a la aldea. En un principio a Takeru le habían parecido dragones, cosa que descartó, pues los dragones no existían. Cuando las figuras se acercaron, comprobó que se trataba de algo peor. La forma exterior era de dragón, pero solo se veía un esqueleto que cubría sus cuerpos, repleto de cavidades vacías. Los aldeanos empezaron a gritar despavoridos.
― Takeru. ― dijo su madre. ― Ve a esconderte. Nosotros defenderemos la aldea.
― ¿Qué? No pienso dejaros aquí.
― No es una sugerencia, hijo. ― dijo su padre.
― Lleva a Hikari contigo, por favor. ― dijo su madre.
― Pero… ― empezó a decir.
― Por favor. Cuando termine nos reuniremos.
Takeru quería negarse, pero vio el terror reflejado en el rostro de su mejor amiga y decidió que sería mejor que se resguardaran. Cogió la mano de Hikari con fuerza.
― Vamos. ― dijo mientras la arrastraba.
― Takeru, ¿dónde vamos? ― preguntó.
― No se me ocurren muchos sitios en los que escondernos.
Miró hacia atrás y vio como esos monstruos estaban ya en la entrada de la aldea. Un escalofrío recorrió su cuerpo.
― La cueva de la cascada. ― dijo Hikari. ― Es el único sitio que se me ocurre.
― Buena idea. ― dijo Takeru.
Llegaron al río que alimentaba la aldea. Oyeron una explosión que provenía de la aldea.
― No te detengas, Kari.
Se apoyaron en la pared y caminaron pegados a ella hasta adentrarse en el interior de la cueva. Era una cueva en la que jugaban desde que eran pequeños. La habían imaginado como castillo, guarida pirata o escondite. Sus hermanos mayores eran los únicos que conocían de su existencia.
"Yamato.."
― Deberíamos haber traído a más gente aquí. ― dijo Hikari nerviosa.
En el exterior sonó otra explosión, mucho más fuerte que la anterior.
― Tengo miedo. ― dijo Kari.
Takeru también, pero no quería mostrar debilidad delante de su amiga. La rodeó con su brazo y ella apoyó su cabeza, sollozando.
Cerró los ojos, deseando que aquella pesadilla terminara lo antes posible.
