Aquí está su nena Maestra Tigresa reportándose con el siguiente capítulo de esta genial historia.
La Cascada Estrella
Grulla andaba como loco buscando al hipopótamo pintado, digo, "Po". Siguió el pasillo por el que se había ido con la panda, pues escuchó que alguien hablaba por ahí. Era un rumor confuso, pero sin duda se trataba de ellos. Conforme se acercaba, los iba escuchando más claramente. Encontró una puerta abierta, y allí estaban los dos. Aro hablaba y Po la escuchaba atentamente.
—… En Egipto vi muchas cosas. Tenía yo diez años cuando mis padres me llevaron. Fuimos recibidos por la princesa Amneris como huéspedes honorables. Hay unas construcciones gigantescas que la gente llama pirámides. Son las tumbas de sus reyes muertos. Pero cuando las ves, parece que no tienen entrada. Navegué también por el gran río Nilo. Vi hipopótamos, cocodrilos y muchas otras criaturas. En Egipto también hay flores de loto. Es un lugar maravilloso.
—Vaya —dijo Po, embelesado por la historia—. Me gustaría conocerlo. ¿Qué más viste?
—Pues…
—¡Po! —llamó Grulla.
—Oh, Grulla, hola —dijo Po, un poco sorprendido—. ¿Qué ocurre?
—Tienes que venir, hay problemas en el Valle.
—¿Qué?
—Lo que oíste. Ahora, muévete.
—Lo siento, Aro; tengo que irme —le dijo Po a la panda—. Te veré después.
—No te preocupes, Po —contestó Aro—. Yo iré con ustedes.
—¿Con nosotros? Pero estarías en peligro. Es una batalla.
—Yo también puedo pelear. Confía en mí.
—¿Tú qué opinas, Grulla? —preguntó Po.
—Que venga —contestó el ave sin reflexionar, pues el tiempo apremiaba—. Ahora, vámonos.
Los tres salieron y fueron a reunirse con los demás. Una vez listos, partieron hacia el Valle. Cuando llegaron, vieron el desastre en que fue convertido. Unas criaturas horribles iban de un lado para otro creando caos y medio, mientras unos soldados de extraño aspecto hacían otro tanto; pero al parecer, eran brujos, pues de sus manos arrojaban relámpagos oscuros con los que destruían todo lo que tuvieran enfrente. Las gentes del pueblo corrían y gritaban, buscando desesperadamente un lugar seguro.
—Vayan a ayudar a la gente, pónganlas a salvo —le mandó Shifu a los Furiosos.
—Sí, maestro —contestaron al unísono y partieron.
—Shifu, creo que esto será muy difícil —dijo Norga, el carnero gris—. Tendremos que llamar a las Aves de Luz.
—Tienes razón —contestó el panda rojo.
Los sabios extrajeron de entre sus ropas unos cristales que sostuvieron entre sus manos. Con los ojos cerrados, susurraron:
—Aves de Luz, acudan en nuestra ayuda. Venid, mensajeras de paz y justicia.
Los cristales empezaron a brillar y luego, una fresca brisa sopló. Unos gritos poderosos y cristalinos se escucharon. Al instante, aparecieron en el horizonte siete luces doradas que avanzaban veloz y elegantemente, creando ráfagas a su paso y dejando una estela de chispas. Conforme se acercaban, todos pudieron ver su aspecto real. Eran unas hermosas aves de colas larguísimas y enormes alas. Lucían como el fénix. Sus ojos brillaban y parecían arrojar rayos. Sobre sus frentes, lucían marcas moradas y, en la cabeza, llevaban penachos ondulantes y tiaras. Sus cuellos estaban ceñidos por unos anchos collares de metal primorosamente forjados. Alrededor de sus patas tenían también unas hermosas ajorcas. Sus voces eran como cantos de armonía y felicidad. Se llegaron a donde estaban los sabios y aterrizaron.
—Es tan bueno verlas —les dijo Shifu—. Los elegidos han partido en busca de las piezas faltantes de la Matriz de Gemas, y nosotros debemos enfrentarnos a esta vanguardia del mal que no se manifestó en el pasado. Ayudadnos, por favor.
Las aves asintieron con la cabeza, mostrando una absoluta determinación, pues por y para el Bien habían sido creadas.
—Gracias —les dijeron todos.
Se llegaron al campo de batalla, preparados para hacer frente a esos seres del mal.
—¡ALTO! —bramó Amaku.
Los brujos detuvieron su acción al escuchar su voz y se volvieron, enfurecidos. Amaku y todos les sostuvieron la mirada, dejando claro de entrada que no conocían el temor ni se retirarían hasta haberlos expulsado del Valle.
—Sabíamos que esto ocurriría tarde o temprano —dijo Vitra, uno de los toros.
—Los sabios de la Gran Montaña —espetó el jefe de los brujos con sombrío tono—. No podrán detenernos, partida de ilusos. ¡Nuestro amo pronto estará aquí y todo será suyo! ¡Las sombras reinarán en el Valle!
Rió como un loco y sus compañeros le hicieron eco. Los monstruos, que también escuchaban, rugieron con malignidad. No se dieron cuenta de que los sabios ya estaban preparándose. De sus espaldas colgaban las aljabas, llenas de las Flechas de la Verdad. Éstas habían sido fabricadas por ellos mismos, y tenían la propiedad de prender en fuego a los seres de corazón oscuro. No era cualquier fuego, sino el fuego de la Justicia. Cada quien tomó una flecha y la puso en su arco. Apuntaron, y…
¡ZZZZT!
—¡NOOOOOOO!
Los que habían sido alcanzados cayeron de espaldas, ardiendo en lumbre viva. Un denso humo negro manaba de sus cuerpos, mientras se revolcaban en el suelo, lanzando alaridos desgarradores. Los otros brujos se cubrían con sus ropas y se apartaron junto con los monstruos para no coger fuego. Por fin el incendio se apagó y sólo quedaron cenizas, que el viento levantó. Siete menos.
—Eso les pasa por carcajearse tanto —dijo Aro.
—Estoy de acuerdo —contestó Po.
—¡YA VERÁN, MALDITOS! —chilló el brujo jefe.
Cargaron contra ellos y la terrible batalla dio inicio. Los protectores se dispersaron y luchaban contra quien se toparan. El campo de batalla temblaba. Pronto empezaron a verse llamaradas a diestra y siniestra, de entre las cuales surgían los gritos de los brujos. Las Aves de Luz se enfrentaban valientemente a los monstruos, atrapándolos entre sus garras y dejándolos reducidos a polvo con un simple apretón.
Po observaba cómo peleaba Aro. Su estilo era diferente, y a la vez, muy parecido al kung fu.
—¿Qué es ese estilo, Aro? —preguntó Po.
—Se llama wing chun —contestó la panda—. Es una variante del kung fu.
—Cielos, no sabía que el kung fu tenía variantes.
—Bueno, ahora lo sabes.
Los dos luchaban juntos. Se sonreían y se ayudaban; eran una formidable máquina de batalla. Vencían con gran facilidad a sus oponentes. Pero el mal no sabe de pelea limpia. Un brujo se acercó por detrás a la panda, y le disparó un rayo negro a la pierna izquierda. El impacto la arrojó violentamente, dejándola de bruces sobre el suelo y llena de sangre.
—¡ARO! —chilló Po, y corrió a ayudarla.
El maldito que la hirió pronto pagó su crimen. Norga le lanzó una flecha y volvió a la batalla, dejándolo ardiendo.
—Aro, ¿me escuchas? —preguntó Po, sosteniendo a su amiga herida entre sus brazos—. ¡Aro, por favor, respóndeme!
—¿P-Po? —contestó—… ¿e-eres… eres tú?
—Sí, Aro. ¿Puedes levantarte?
—N-no.
—Te sacaré de aquí.
Xiong, otro de los toros, se llegó a ayudarlos. Entre él y Po levantaron a Aro y la llevaron a un lugar seguro, donde la curaron.
—Me quedaré con ella —dijo Po—. Gracias.
—No, gracias a ti, Guerrero Dragón —contestó Xiong—. Aro es alguien muy importante para nosotros. Te la encargo. Me voy.
—No se preocupe. La cuidaré bien.
El toro se marchó y Po se quedó junto a su amiga, sosteniendo su mano entre las suyas. Se sentía tan bien a su lado. No sabía por qué. Le pareció algo normal, pues cualquiera se siente bien estando junto a sus amigos, pero… aquello era algo más. Tenía algo diferente. Muy diferente.
—Gracias por ayudarme, Po —dijo Aro al cabo de un rato.
—De nada —contestó él, sonriendo tímidamente—. No podía dejarte así. Cualquiera habría hecho lo mismo.
—Yo no creo que tú seas "cualquiera".
—¿No?
—Me pareces alguien muy especial.
Aquellas palabras flotaron en la mente de Po unos momentos. Aro creía que él era especial. No le habían dicho eso desde hacía mucho tiempo. ¡Qué reconfortante era oírlo! Pero más aún, oírlo de ella.
—Pienso lo mismo de ti —dijo Po finalmente.
Entretanto, la batalla seguía. Los Furiosos habían regresado y se integraron. Era todo un campo de Agramante. Algunas hogueras seguían ardiendo; el suelo estaba todo tapizado de polvo, sangre y restos de ceniza. Las Aves de Luz ya habían acabado con casi todos los monstruos. Amaku peleaba contra el jefe brujo, que de pronto, volteó su batalla. Cobró fuerza y arrojó a la loba al suelo, dejándola tal y como a Aro. La levantó como un trapo, y, haciendo presión sobre su cuello, le dijo:
—Aquí acabará todo, perra.
—E-eso… q-quisie-ras —contestó Amaku.
—Tu amiga, la zorra, nos dijo algo muy interesante. Algo sobre el leopardo y la hembra tigre.
—¿Zo-rra?… ¿T-te refie-res… a K-Kelang? —Amaku estaba desconcertada. No habían vuelto a ver a Kelang desde varias noches antes de que Shifu y sus alumnos llegaran a la Montaña. Ahora sí se había desenvuelto el tamal—… ¡U-USTE-DES LA… SE-CUEST-TRARON, MA-MALDITOS!… ¡¿D-dónde… es-tá?… ¡¿Qué… l-le hi-hicie-ron?…
—Está en la Oscuridad Absoluta, y nos reveló que el leopardo y la hembra tigre que llegaron a Nanming y vencieron a los yan-bei eran los "Sucesores".
—Los… Suce-sores… S-sí, l-lo son… La Pro-f-fecía d-di-ce que… a-sí e-es… To-dos u-ustedes y… s-su amo est-tarán… a-aca-bados…
—¡Sigue soñando!
La tiró. Amaku se llevó una mano al cuello mientras jadeaba, y dijo:
—Es demasiado tarde.
—¿Demasiado tarde para qué? —exigió el jefe, con una descarga aguardando en su mano.
—Demasiado tarde para detener. Todo tiene que suceder como está determinado. La Oscuridad será derrotada.
—¡Prepárate para tragarte esas palabras!
Estaba a punto de arrojarle la descarga y acabar con ella de una vez por todas, pero Hóvak llegó a tiempo y disparó su flecha. El brujo ardió al instante, y las llamas se elevaron mucho más alto que las de las otras hogueras.
—Hóvak, gracias —agradeció Amaku al carnero.
—Por nada, Amaku —contestó él, y la ayudó a levantarse y a caminar.
—Shifu y los Furiosos luchaban con todo. Salieron heridos, pero no les importaba con tal de ayudar al Valle. Derrotaron a varios de los brujos, y las Aves de Luz se ocuparon de ultimarlos. Todo terminaría en cuestión de unas pocas horas.
Volvamos al asunto de las gemas. Tigresa y Tai Lung estaban ya en la Cascada Estrella. Era una gigantesca caída de agua azul, sobre la que flotaban flores y una que otra hoja. Su estanque tenía la forma de una estrella de seis puntas. Lucía tan hermoso. Pero contrastando con su belleza, estaban los horribles yan-bei del agua. Eran de color azul, com aletas en las patas. Por lo demás, se parecían a los de la tierra. Nada más, nada menos.
Trepados en un árbol, ocultos a merced del follaje, estaban los felinos y sus grayengs, vigilando atentamente a los monstruos.
—Algo no está bien —susurró la grayeng mariposa.
—¿A qué te refieres, Ínvrok? —preguntó Xanavtra.
—Sólo hay cuatro. ¿No deberían ser seis? ¿Dónde están los otros dos?
—Ahí —avisó Tai Lung, señalando al estanque, del cual estaban saliendo los que faltaban.
—¿Qué creen que deberíamos hacer esta vez? —preguntó Tigresa.
—Quédense aquí —contestó Xanavtra—. Facilitaré un poco el negocio.
—¿A dónde vas?
—Abajo. Sabrán lo demás cuando lo vean.
Bajó por el tronco del árbol y se dirigió hacia donde estaban los yan-bei. Tigresa, Ínvrok y Tai Lung seguían atentamente sus movimientos. Xanavtra se quedó quieto un momento, con los ojos cerrados. Luego, sigilosamente, se acercó a una pata del monstruo que reposaba echado, y le clavo su aguijón. Un terrible rugido resonó. Los otros yan-bei rodearon a su compañero, que movía como loco su pata. Aprovechando la situación, Xanavtra corrió por entre ellos, los picó también y se alejó rápidamente. Subió de nuevo al árbol y volvió junto a Tai Lung.
—Listo —dijo, orgulloso de sí mismo, bamboleando su cola.
—Lo picaste, ¿cierto? —dijo Ínvrok.
—Sí, y también a los otros. La dosis los agotará mientras luchamos.
—Eres muy inteligente, Xanav —le dijo Tai Lung.
—Gracias.
—Mirad —Tigresa les señaló al monstruo que Xanavtra había picado.
El espantoso yan-bei yacía sobre su costado, muerto. Sus compañeros lo empujaron hacia un lado de la cascada, donde lo dejaron y volvieron a su guardia, sin saber que muy pronto le harían frente a la profecía.
—Ahora o nunca —indicó Tigresa y saltó.
—Voy detrás de ti —contestó Tai Lung.
Una vez en el suelo, rugieron poderosamente. Los yan-bei, enfurecidos por esos intrusos, se abalanzaron sobre ellos; pero el campo de fuerza de los grayengs los arrojó lejos. Uno se levantó y volvió a atacar a los felinos. Les tiró un tremendo golpe con su enorme garra. Ellos cayeron sin recibir daño, protegidos por el campo de fuerza y ya no se movieron. Fingieron estar muertos. El monstruo, creyéndose la treta, se acercó para destruirlos. Ya iba a asestar el golpe mortal, pero en ese momento, Tigresa y Tai Lung abrieron los ojos y le saltaron encima, sujetándose firmemente. El yan-bei rugía como loco y trataba de quitárselos, mientras Ínvrok le abría grandes heridas con sus alas. Tai Lung corrió por la espalda hasta llegar a la cola, y le rugió a los otros monstruos, retándolos. Ellos se irritaron en serio, y uno se lanzó con las fauces abiertas al leopardo, que saltó a tierra.
—¡Abajo, tigresa, antes de que empiece el frenesí de lucha! —le gritó Tai Lung a su compañera.
Ella bajó y se apartó con el leopardo. El monstruo había mordido a su compañero, que, adolorido y furioso, rugió y se volvió. Los dos empezaron a golpearse con sus garras, y después lucharon en serio. El agredido se fue sobre su agresor y lo mordió en un costado, arrancándoselo. Un río de sangre tiñó el suelo de rojo, y sobre él cayó muerto el yan-bei.
—Bien, lo venció —dijo Xanavtra—. Pero el gusto no le va a durar mucho. Véanlo.
El ganador empezó a dar muestras de un cansancio terrible y a respirar fatigosamente. Se tambaleó y una repentina parálisis se posesionó de él. Ya no rugió y cayó, inerte. Sólo su desplome no fue mudo. Los otros monstruos gruñeron, sorprendidos. Aquello era ya demasiado, pero los felinos comprendieron lo que había pasado: El veneno de Xanav había surtido su efecto.
—Ya sabes lo que sigue —le dijo Tigresa a Tai Lung.
El leopardo asintió con la cabeza, llegose al estanque y se echó un clavado fenomenal. Otro de los yan-bei fue tras él. Al zambullirse, levantó una gigantesca ola que mojó a sus camaradas. Por suerte, no alcanzó a Tigresa, pues ella se alejó a tiempo.
Xanavtra cubrió a Tai Lung con un aura para que pudiera respirar bajo el agua. La batalla comenzó. El monstruo se fue contra ellos, que lo esquivaron y después se separaron, siguiendo el plan. Tai Lung se plantó ante el yan-bei y lo atacó con sus técnicas. Tras un rato movido y violento, el agua se agitó alrededor, hasta que vino a formar un remolino. Xanavtra nadaba, luchando por no perder de vista a Tai Lung, que se mantenía a duras penas en equilibrio, mareado por la vorágine. Su oponente lo golpeó varias veces con las olas que formaban sus aletas al chocar en el agua, pero el leopardo giraba como una sirena y se recuperaba de inmediato, hasta que empezó a agotarse. Su grayeng estaba igual o peor que él. Entonces, su poder falló. El aura protectora se desvaneció y Tai Lung, inconsciente, cayó al fondo del estanque.
—¡No! —gritó Xanavtra y se desplomó sobre su pecho.
Una espantosa punzada atacó el corazón de Tigresa, que había estado luchando contra uno de los dos monstruos que quedaban. Cayó al suelo, adolorida y emitiendo fuertes quejidos. El yan-bei, viéndola así, pensó aprovechar la oportunidad y matarla, pero Ínvrok, reuniendo la poca energía que aún tenía, cubrió con el campo de fuerza a la Furiosa. El impacto fue tal que los monstruos acabaron casi muertos. Y en su delirio, Tigresa vio la anatomía de su amado atravesando el aire como un dardo para finalmente estrellarse contra un árbol.
—¡TAI LUNG! —chilló y avanzó hacia él con gran dificultad.
Una vez junto al leopardo, lo tomó entre sus brazos, llorando. Estaba gravemente herido. Ínvrok se agitaba al lado de Xanavtra, tratando de hacerlo volver en sí.
—¡Tai Lung, querido, no me dejes! —gritaba la felina, presa de una tremenda desesperación—. ¡Respóndeme!
—¡Xanavtra, Xanav! —la voz de Ínvrok no sonaba más tranquila—. ¡Di algo, por favor!
El yan-bei surgió del agua y se acercó a ellas, listo para destruirlas. Tigresa al verlo, se enfureció de tal modo que sus hermosos ojos anaranjados se cambiaron en un intenso rojo sangre. Rugió como nunca, fuera de sí. Y de pronto, el dije morado de su collar se volvió también rojo, y una gigantesca llamarada brotó de él. Envolvió al monstruo y lo redujo a cenizas. Luego, la lumbre giró en el aire como un taladro y cayó sobre los otros yan-bei, desapareciéndolos de la faz de la tierra.
La Furiosa y su grayeng se miraron asombradas. Pero lo que pasó después fue aún más extraño. El dije recuperó su color y, esta vez, unos destellos dorados surgieron. Se transformaron en una nube luminosa que cubrió a Tai Lung y a Xanavtra por un momento y luego se disipó. El leopardo no tenía ya ninguna herida y había recuperado todo su vigor, al igual que el escorpión. Tigresa e Ínvrok los abrazaron, llenas de alegría.
—Creí que te había perdido —dijo la felina—. Estabas tan lastimado. Pero esos destellos que salieron de mi dije te curaron.
—Entonces fuiste tú —contestó Tai Lung—. Gracias.
—Y Tai, mi dije se volvió rojo y le disparó una llama enorme al yan-bei que luchó contra ti. En cuanto acabó con él, fue por los otros. Se terminó. Ahora podemos sacar a Zingu del agua.
—Bien, a sumergirnos.
Se volvieron para llamar a sus grayengs, y contemplaron algo tan insólito que creyeron que se trataba de una visión. ¡Xanavtra estaba flotando! ¿Acaso…
—¿Puedes volar? —le preguntó Tigresa.
—Y muy bien —contestó el escorpión—. Todos los grayengs podemos, tengamos alas o no.
Se posó en el hombro de Tai Lung y prosiguió:
—¿No íbamos a meternos al estanque?
—Es cierto —contestó el leopardo—. Vamos.
Tigresa y él se echaron un clavado magistral y, una vez bajo el agua, Ínvrok y Xanavtra los envolvieron con su aura. Los cuatro nadaron hasta llegar al fondo, donde encontraron el Loto Azul de Piedra. Como en la Cueva de la Niebla Primaria, había unas líneas escritas bajo el lugar de la gema:
Que fluya tu energía ante los retos.
Tranquiliza tu interior y busca lo Bueno.
Ella te mostrará cuál es el mejor camino.
Sé enérgico y apacible a la vez
para asemejarte al Agua.
Zingu resplandecía de un hermosísimo azul. Ellos la tomaron y toda el agua se llenó de luces del mismo color, que salían del Loto. Los felinos y sus grayengs sonrieron, subieron a la superficie y salieron. Metieron la magnífica joya en el Arca y Xanavtra dijo entonces:
—Ahora sólo nos falta Vanuka.
—Al Abismo —contestó Ínvrok.
El Humo estaba de nuevo observándolos. Se volvió hacia Kelang y le preguntó:
—¿Qué es lo que aún no has revelado, zorra?
—Ya lo dije todo. No hay nada más.
—¡Mientes! ¡Habla, maldita!
Le aplicó la misma tortura que los brujos. Kelang se reventaba la garganta gritando, llena de dolor. Era cierto que ella aún se guardaba algo, pero se negaba rotundamente a revelarlo. Aunque pronto no tendría opción.
—¡Dilo! —chilló el Humo.
—¡N-nun-ca! —contestó la zorra a duras penas.
El Humo aumentó la presión hasta lo sumo, casi matándola. Todo el lugar temblaba violentamente. Kelang sintió que su mente se desgarraba y que pronto moriría, así que, en medio de su sufrimiento, exclamó:
—¡Ra-Ragnarök!
—¿Qué? —preguntó el Humo—. ¿Qué dijiste?
—Ragnarök —repitió Kelang, y el Humo dejó de torturarla—. El Monstruo de la Furia surgirá… Dicen que es sólo un mito… ¡el leopardo lo lleva dentro de sí, y él lo liberara! Eso es lo que no te había revelado.
—Así que Ragnarök es real. Bien, ahora sí lo soltaste todo. Ya no me sirves, así que es tiempo de devolverte con tus amigos.
Sus ojos rojos refulgieron y la hizo aparecer en el Valle, donde la lucha ya estaba por terminar. De los brujos ya no quedaban muchos. De los monstruos, ninguno. Las Aves de Luz ya habían acabado con todos. Al final, incapaz de seguir resistiendo, los brujos desaparecieron en medio de una nube de humo.
—¡Los vencimos! —exclamaron los Furiosos.
—Por ahora —contestó Gao, el otro toro—. Pronto vendrán por más.
—Así es —dijo Norga—. Hay que estar preparados.
—¡Oigan —llamó Amaku—, Kelang está aquí! ¡Ha regresado!
Todos acudieron y rodearon a la loba y la zorra. Se alegraron mucho de tenerla de vuelta. Ella les contó todo lo que había pasado, y, avergonzada, les pidió perdón por haber revelado la verdad que debía permanecer oculta. Ellos comprendieron. Las Aves de Luz se acercaron y una de ellas la tocó con su pico, sanando sus heridas.
—No sabía que podían hacer eso —le dijo Kelang al Ave—. Gracias, Zhengyi.
Zhengyi asintió con la cabeza, y se dirigió al lugar donde estaban Po y Aro. Tocó a la panda y la curó.
—¡Sí! —exclamó Aro, feliz de estar sana otra vez—. ¡Gracias, gracias!
—Gracias —dijo Po a Zhengyi.
El Ave remontó vuelo y volvió con sus compañeras. Una vez juntas, se alejaron del Valle, no sin antes diseminar unos destellos que curaron a todos los heridos que hubo por la batalla, incluyendo a los Furiosos, Shifu y el resto de los sabios. Todos volvieron a la Gran Montaña, pero antes, Po le pidió a Shifu que lo dejara ir a su casa a presentar a Aro con su padre.
—¿Tú qué dices, Amaku? —le preguntó el panda rojo a la loba.
—Claro que pueden ir —contestó ella—. A nuestra Aro ya le hace falta distraerse un poco.
—¡Gracias, gracias, gracias! —contestaron al unísono el artista de segunda, digo, "Po", y Aro. Sin perder tiempo, salieron disparados.
Cuando llegaron a la tienda, la encontraron cerrada. Po golpeó la puerta y llamó a voces a su padre. El señor Ping abrió y le dijo:
—Eres tú. ¿Ya pasó el peligro?
—Sí, pa —contestó el panda. Quiero que conozcas a mi nueva amiga —jaló a Aro y se la mostró.
—Un placer conocerlo —saludó ella, sonriendo.
—Gracias, encantado —contestó el señor ping—. ¿Y quién eres tú?
—Me llamo Ayrvrékmor. Aro, si lo prefiere.
—Se sabe una variante del kung fu —intervino Po—, y conoce un lugar llamado Egipto.
—Y muchos otros —le corrigió Aro.
—¿En serio? Qué culta —dijo el padre de Po—. Bueno, entren y les prepararé la sopa.
—¿Puedo hacerlo yo, pa? —pidió el panda—. Quiero mostrarle a Aro mi habilidad.
—Esta bien, puedes.
—¡Sí! Gracias, pa.
Todos penetraron a la casa y Po preparó los fideos. Aro probó y quedó encantada.
—¡Está delicioso! —le dijo—. Eres un gran cocinero.
—Gracias —contestó él, sonrojándose—. ¿P-por qué no me sigues contando sobre Egipto?
—Oh, claro.
La interrumpida charla se reanudó. Aro tenía todavía demasiado que contar.
Espero que les haya gustado, nenes. Parece que el Po y mi Aro ya van a romancear muy pronto. ¡Saludos a todos!
