Creo que sólo falta un capítulo y ya. No sé si queda alguien que todavía lea, pero bueno… espero tener fuerzas para terminarlo.


9. Noche 18

Cuando Jaime despertó la mañana siguiente Brienne seguía dormida a su lado, con los brazos y piernas envueltas en él como si tratara de prevenir que alguien lo arrebatara de su lado otra vez. Muy despacio liberó su mano para poder quitarle los cabellos que le cubrían el rostro. Su expresión era serena y tranquila, había tanta paz en ella que parecía casi una niña.

Las dos canastillas que contenían a sus hijas se hallaban a un lado de la cama y en medio del silencio extremo de la habitación Jaime podía escucharlas respirar. Horas atrás, mientras él y Brienne dormitaban en la cama, un par de chicas del servicio tocaron a la puerta y dejaron a su lado los dos envoltorios de sedas y terciopelos entre los cuales difícilmente se podía encontrar el rostro de sus hijas.

Brienne corrió hacia ellas y con una velocidad sorprendente empezó a despojarlas del exceso de ropa hasta dejarlas apenas con los sencillos camisones de algodón que llevaban debajo de todos los lujos innecesarios. Solamente entonces las colocó en brazos de Jaime.

Le resultó sorprendente lo mucho que ambas habían crecido en unos cuantos días. Era estúpido, y no lo admitiría en voz alta frente a nadie, pero después de la presencia de Brienne, su mayor felicidad había sido el entender que los exagerados gorjeos de las pequeñas apenas verlo eran una clara prueba de que lo reconocían y lo habían echado de menos. Claro, no se lo diría a Brienne; no había necesidad, ella lo había adivinado con sólo mirarlo unos segundos.

Se incorporó muy lentamente, tratando de no despertar a Brienne, para poder observar mejor a las niñas. Pasara lo que pasara, agradecía esa oportunidad para despedirse otra vez. Grabó en su memoria cada uno de esos minutos robados con su familia y sintió que de alguna forma su convicción respecto a lo que estaba haciendo crecía.

Desafortunadamente, Jaime solamente tuvo unos minutos más para contemplar de esa forma a las tres mujeres en su vida. Repentinamente un guardia tocó la puerta varias veces antes de avisarles que la reina deseaba hablar con Lady Brienne. Las niñas despertaron ruidosamente y, como antes, ambos se levantaron para levantar cada quien a una de las pequeñas. Generalmente Jaime tomaba a Mary, mientras Brienne alimentaba a Ely, y al cabo de unos minutos las intercambiaban.

Les concedieron apenas unos momentos más de intimidad antes de que la puerta volviera a abrirse y un guardia insistiera en escoltar a Brienne hasta la presencia de la reina.

—Brienne —le dijo abrazándola antes de que ella saliera—, hice esto por ti y las niñas. Para que ustedes estuvieran seguras y a salvo. No lo eches a perder con alguna de tus tonterías suicidas. Pase lo que pase, piensa primero en ti y en nuestras hijas. ¿Me prometes que lo harás?

Ella le acarició el rostro con ambas manos y lo contempló por un largo rato antes de responder.

—No soy la única en nuestra familia aficionada a las tonterías suicidas, ¿sabes? —le reclamó sonriendo, le dio un suave beso en los labios y luego recargo su frente en la de él—. Te prometo… que volveremos a estar juntos los cuatro. Te lo prometo.

Se dio la vuelta y, sin darle tiempo a decir nada, lo dejó para rumiar a solas la inquietud que sus palabras le habían provocado.

Cada una de las veces que la puerta volvió a abrirse en el transcurso de ese día Jaime esperó volver a ver a Brienne, pero se encontró solamente con los mozos que le llevaban los alimentos y que no contestaban ninguna de sus preguntas sobre su esposa y parecían sordos ante sus constantes peticiones para ver a su hermano.

Ya muy entrada la tarde la puerta se abrió una vez más y cuando la decepción empezaba a dibujarse en su rostro al ver a Anya y no a su esposa, la muchacha le sonrió y miró a las pequeñas que balbuceaban alegremente en la cama como si supieran que estaban a punto de convertirse en el centro de atención de la recién llegada.

La jovencita apenas pudo contenerse antes de tomar a una de las pequeñas, le dirigió una mirada suplicante a Jaime y musitó un rápido "¿Puedo?" antes de tomar en brazos a Ely.

—En verdad son unas niñas encantadoras —aseguró tratando de acariciar una de las manos de Marysella sin soltar a Elenei—. También conocí a Lady Brienne —dijo la muchacha con una sonrisa insegura—. Es una mujer muy fuerte y decidida.

Jaime asintió con orgullo. Con sus otros hijos jamás había tenido la oportunidad de hacer alarde de sus proezas, aquello todavía era nuevo para él. Respecto a Brienne, él sabía muy bien que era una mujer fuera de serie, pero lo más importante era que se trataba de su mujer. Su mujer ante los dioses y los ojos de todos. Suya y de nadie más.

—Nunca mencionó la cicatriz de su rostro —comentó Anya meciendo en sus brazos a Ely.

Él se encogió de hombros desinteresadamente.

—¿Ya la tenía cuando se casaron? —la chica trató de disimular la pena que solamente una mujer hermosa podía sentir hacia otra fea y además mutilada.

—Nuestra noche de bodas fue un largo reconocimiento de todas y cada una de nuestras cicatrices —le aseguró Jaime con una mirada de picardía. Aunque claro, técnicamente aquello no había sucedido exactamente durante su noche de bodas.

La muchacha le regaló una de esas miradas largas y profundas que le provocaban la impresión de estar siendo juzgado.

—Si a pesar de eso se casó con ella, de verdad debe quererla mucho. No cualquier hombre aceptaría a una mujer desfigurada tan visiblemente.

Jaime guardó silencio y prefirió ignorar el comentario. Le molestaba que la gente hablara de su esposa como si se tratara de mercancía dañada que solamente se compraba después de un largo regateo y aceptando además algún premio como compensación.

La chica dejó en la cama a Ely y suavemente recogió a Mary.

—Esta preciosidad tiene los ojos de su madre —aseguró, besando a la niña en la frente. —Supongo que para Lady Brienne no debe ser fácil —susurró Anya, con una mirada compasiva que hubiera despertado la ira de su mujer.

—Quizás esa cicatriz es una de las razones por las que la quiero. Y también porque sé que si ella es tan fuerte respecto a eso es para no hacerme sentir culpable. Después de todo fui yo quien se lo hizo.

La chica se volvió a mirarlo horrorizada y él se limitó a suspirar con cansancio. Tomó asiento al otro extremo de la cama, y colocó el muñón de su mano derecha sobre el estómago de Ely, haciendo movimientos circulares lentos para arrullarla. No era menos culpable por no haber hecho el daño directamente. No era ningún héroe de canción por haber tomado por esposa a una mujer dañada, cuando él mismo era quien le había causado los daños mayores.

—Cuando Lady Catelyn me liberó, me hizo jurar que le devolvería a sus hijas sanas y salvas, así como Brienne le había jurado a ella hacerme llegar vivo a King's Landing. Ella cumplió su palabra, por supuesto, pero cuando llegamos las niñas habían desaparecido. Yo decidí quedarme a cumplir con mis deberes como Lord Comandante de la Guardia Real, protegiendo al nuevo rey, y la envíe a ella en esa absurda misión para encontrar a las mocosas.

»Puse la carga de restaurar mi honor sobre sus hombros y en medio de esa aventura se topó con un loco que le devoró la mitad de la mejilla. Casi muere a causa de la fiebre que le provocó la herida y días más tarde la misma Catelyn estuvo a punto de ahorcarla porque la moza fue lo suficientemente estúpida como para defenderme frente a ella —le dijo irritado—. Sí, pequeña, la amo tanto que muchas veces me encuentro deseando no haberme cruzado en su camino jamás —añadió apretando el puño y los dientes sin poder evitar la rabia cegadora que se apoderara de él, como siempre que recordaba lo sucedido.

Los años no habían logrado suavizar la memoria de la primera vez que vio la magnitud del daño en el rostro de Brienne.

Habían pasado ya varias semanas desde que finalmente lograran escapar de la hermandad y Lady Stoneheart. La herida seguramente ya llevaba tiempo cerrada, pero ella seguía usando el vendaje, manteniendo oculta la mitad de su rostro con un celo enfermizo. Apenas le dirigía un par de palabras cuando era necesario y evitaba por todos los medios mirarlo a los ojos o estar cerca de él.

—No es tan malo como crees –mintió, colocando la mano en su mejilla con suavidad, temiendo que el contacto le causara dolor.

En toda la parte central de su mejilla se podían ver las marcas de las toscas costuras con que habían tratado de unir los pedazos de piel, y en la parte inferior, de color rojizo, se hallaba una pequeña sección que no habían podido cubrir con la piel que le quedó y aún estaba a medio sanar. La esquina de su ojo había quedado también ligeramente inclinada hacía la mejilla por la contracción de la piel.

—No importa –le aseguró ella, alejando su mano con un brusco empujón y girando el rostro para alejarse de él.

—Por supuesto que te importa. Grita, llora, golpéame, maldíceme o toma un maldito cuchillo y hazme el mismo daño. ¡Dime que fue mi culpa, pero mírame a la cara cuando lo hagas y deja de portarte como si yo no existiera!

Estaba tan furioso que la zarandeó del brazo hasta que a ella no le quedó más remedio que mirarlo a los ojos con una expresión molesta antes de sacudirse el brazo con más violencia de la necesaria. No estaba seguro de quién era el objeto de su rabia, si él por lo que indirectamente le había hecho o, irónicamente, con ella por disfrazar de indiferencia el odio que ya debía tenerle.

Y que ella lo odiara era un veneno que le carcomía las entrañas como pocas cosas en su vida lo habían hecho.

Lo empujó con fuerza golpeándole el pecho. Él se vio obligado a retroceder un par de pasos para recuperar el equilibrio y no caer. Apenas se sintió nuevamente firme sobre sus piernas Brienne volvió a golpearle el pecho y en esa ocasión no fue capaz de recuperar el equilibrio a tiempo; cayó al piso golpeándose la mano con un tronco suelto. Las pecas de su rostro apenas resultaban perceptibles en su rostro enrojecido por la furia.

Cuando trató de levantarse Brienne le dio una patada en la cadera.

—¡No fue tu culpa! —rugió, mirándolo como si evaluara la conveniencia de hacérselo entender con otro golpe—. No fue tu culpa —repitió, finalmente ofreciéndole la mano para ayudarlo a levantarse.

—No estuve ahí —murmuró Jaime apretándole la mano con más fuerza de la necesaria mientras se ponía de pie—. Debí ser yo.

—No fue tu culpa —repitió, terca como una mula, pero con la sinceridad desbordándose de sus ojos azules como si de una cascada se tratara. Lo tomó por el cuello de la camisa y lo sacudió un par de veces— No fue tu culpa.

Después de un rato él asintió, y sólo entonces ella lo soltó. Jaime tuvo que sonreír. No era su costumbre tratar de animar a las personas, no tenía idea de cómo hacerlo, pero sí estaba seguro de que debía ser muy malo en ello ya que en algún momento pasó de ser quien trataba de consolar a quien era consolado.

Tentativamente puso su mano sobre el hombro de la mujer, ella continuó mirándolo fijamente tratando de leer en su expresión si finalmente lo había convencido de su inocencia respecto a su herida. En ese momento, fingiendo una fortaleza que estaba muy lejos de sentir, por primera vez la sintió vulnerable y frágil. Y jamás, hasta ese momento, había sentido tantos deseos de proteger a alguien que no fuera Tyrion.

Torpemente la abrazó. Al principio ella estaba rígida como un tronco, al cabo de unos segundos se relajó e incluso llegó a darle un par de torpes palmadas en la espalda antes de alejarse de él sonrojada y con los ojos clavados en el piso.

—Después de todo tienes razón, moza —Brienne retrocedió un paso incómoda—. No importa en realidad. Si hubieras sido hermosa esa cicatriz en tu cara habría sido una pérdida irreparable, pero ya eras fea antes —se encogió de hombros y empezó a sacudirse el polvo y el lodo de la ropa—, probablemente la gente ni siquiera lo note.

Ella apretó los labios, y Jaime no estuvo seguro de si trataba de disimular una sonrisa o de desenvainar la espada para volver a atacarlo. Su moza parecía estar de regreso y en ese momento notó lo mucho que en realidad la había echado de menos.

Brienne no volvió a usar el vendaje, y a partir de entonces se esforzó por fingir indiferencia; sin embargo, Jaime podía notar como se llevaba la mano a la mejilla compulsivamente cada vez que se sentía observada.

—Todo este tiempo vivimos casi aislados, eso la ha ayudado a sobrellevarlo. Pero sé que será más difícil cuando regrese a Tarth; cuando se vea obligada a enfrentarse a las miradas de pena de su padre y de todos los demás, eso será lo verdaderamente difícil para ella.

Jaime suspiró, y pensó con tristeza que él no estaría ahí para ella. No podría ofrecerle su mano para darle fuerzas cuando ella flaqueara como ella había hecho tantas veces con él.

—La conoce muy bien —afirmó Anya sonriendo.

—Aun si quisiéramos no podríamos tener secretos entre nosotros.

Le constaba que ambos había tratado de guardarse ciertas cosas, pero tarde o temprano terminaban confesándolo todo. Cada historia, cada miedo, hasta las más pequeñas travesuras. Incluso, disimulado en medio de chistes sarcásticos, él le había reprochado más de una vez que ella seguía a su lado no por amor a él, sino por su estúpido honor. Sí, se conocían muy bien, no había un solo recoveco, ni en sus cuerpos ni en sus almas, que no hubieran visitado por lo menos una vez.

—Si ella sabe todo sobre usted, ¿no teme que la reina la interrogue y diga algo que lo comprometa?

Jaime se rió. Dudó unos instantes. No estaba seguro de qué exactamente le resultaba más absurdo, que hubiera algo que pudiera dejarlo en una situación más comprometida, o que la moza estuviera dispuesta a traicionarlo.

—No imagino algo que pueda perjudicarme a estas alturas. Estoy bastante seguro de que ni siquiera tu reina sería capaz de matarme dos veces. Además, el altísimo honor de Brienne le prohíbe traicionarme.

—Es increíble que una mujer conocida por su honorabilidad se haya enamorado y casado con… —dijo la chica después de un prolongado silencio, luego dudó, seguramente tratando de encontrar algún eufemismo para continuar.

—¿Con un hombre conocido en los siete reinos por no tener honor alguno? —la ayudó Jaime, sonriendo ante la inquietud de la muchacha—. Eso es algo que me reconforta. Si ella, sabiéndolo todo sobre mí, ha sido capaz de vivir a mi lado durante todos estos años, tal vez eso significa que me queda algo de honor después de todo. Por lo menos sé que ella lo cree así y con eso me basta —contempló a Mary dormida plácidamente en sus brazos y a Ely jugando tranquilamente con sus dedos dentro de la elegante canastilla donde la habían colocado—. Ella encontrará la forma de que estas niñas no tengan que avergonzarse jamás por ser las hijas del Matarreyes.

La chica sonrió y cuidadosamente depositó a la bebita de sus brazos junto a su hermana, muy cerca de Jaime. Ambas se habían quedado dormidas, por lo que cuando continuó hablando lo hizo en susurros casi inaudibles.

Cuando la joven estaba a punto de marcharse, Jaime la tomó del brazo y dudó por unos segundos antes de levantarse y acercarse a ella con pasos lentos.

—¿Podrías hacer algo por mí, Anya? —ella asintió levemente, pero con decisión— Cuando veas a mi hermano dile que haga lo que sea necesario para alejar a Brienne de aquí. No me importa si tiene que enviarla a Tarth amarrada y dentro de un costal, que haga lo que sea necesario para sacarla de aquí lo más pronto posible y que no vea más a tu reina. No importa si tampoco yo puedo volver a verla otra vez —le pidió, presionándole el brazo con más fuerza de la necesaria.

—Pensé que confiaba plenamente en su señora esposa y no temía que ella pudiera traicionarlo —le recordó Anya; colocando suavemente su mano derecha sobre la de él, que seguía apretando su brazo.

—No es eso lo que temo —aseguró sonriendo con pesar—. Me preocupa que haga alguna estupidez y tratando inútilmente de salvarme arriesgue su vida o la de las niñas.

Anya asintió dándole un nuevo apretón en la mano

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