Esta historia no me pertenece es de la maravillosa Linda Howard y los personajes de nuestra bella JK Rowling.


Capítulo 9:

Cuando llegó al coche, Hermione chorreaba temblando de arriba abajo, tanto a causa del frío como de la reacción. Le temblaron las manos cuando trató de introducir la llave en la cerradura, y tuvo que hacer varios intentos antes de conseguirlo. Se metió en el coche medio a gatas y se derrumbó contra el volante, con la cabeza apoyada con fuerza contra el frío vinilo. ¡Idiota!, pensó violentamente. ¡Tonta!

Tenía que estar loca para haber cedido al ansia de besarlo. Ahora él ya lo sabía, ya no podría ocultárselo durante más tiempo. A cambio de unos pocos instantes de placer, había permitido que viera su debilidad, y ahora Draco sabía que ella lo deseaba. Le ardía la cara por la humillación, sentía como un ácido que le corroía las entrañas. Conocía muy bien a Draco, pues poseía experiencia de primera mano de su carácter despiadado. Era un depredador, y al primer indicio de debilidad se lanzaría directo sobre su presa.

No descansaría hasta hacerla suya; la observación sugerente ocasional se convertiría en verdaderos intentos de seducirla, y lo que acababa de ocurrir demostraba que no podía confiar en su sentido común para resistirse a él. En lo que se refería a Draco, carecía de todo sentido común. Se sintió horrorizada ante la idea de que él pudiera usarla y tirarla, como si se tratara de un Kleenex sexual. Draco la consideraba un clon de su madre, una ramera dispuesta a abrirse de piernas ante cualquiera que estuviera equipado como Dios manda -y a juzgar por lo que había notado, él tenía más que de sobra-, mientras que ella suspiraba por él con aquel enamoramiento infantil que se había transformado en un anhelo muy adulto.

No deseaba otra cosa que ser amada por Draco, ser libre de abrir las compuertas de su embalse afectivo; pero él convertiría aquel sueño en una amarga pesadilla, se valdría de su debilidad por él como un medio para herirla, para reducirla a ser, después de todo, otra puta Granger para ser usada por un Malfoy. Pese a lo mucho que deseaba quedarse en Hogsmeade, prefería marcharse antes que vivir con aquella humillación, antes que ver el desprecio en sus ojos al mirarla, como ya lo había visto en cierta ocasión. Aún resonaban las palabras de Draco en su mente, una letanía que había oído muchas veces a lo largo de los años: Eres basura. Aquella frase estaba grabada en su subconsciente y con frecuencia afloraba a la superficie para atormentarla.

No. No podría volver a vivir aquello. Pero por unos instantes había estado en el séptimo cielo. Los brazos de Draco la rodearon y ella fue libre para tocarlo, para acariciarle los hombros y hundir los dedos en la gruesa mata de pelo que llevaba pegada en la nuca. ¿Cómo estaría con el pelo suelto y colgando hasta los hombros? ¿ o humedecido de sudor y cayendo hacia adelante al inclinarse sobre ella, con el rostro tenso por la pasión ... ?

Dejó escapar un gemido, herida por un dulce dolor que sólo él podía aplacar. Hermione nunca había sido promiscua; era virgen cuando se casó con Harry, y éste era el único hombre con el que había hecho el amor. Sin embargo, su castidad era reflejo del horror de ser como Jane, con aquella desagradable asociación de ser la puta del pueblo, más que una falta de interés por el acto en sí. Le gustaba mucho hacer el amor, le gustaba sentir a un hombre dentro de ella, le gustaban los olores y los sonidos, la mezcla de sudor. Cuando disminuyó su pena por la muerte de Harry, aumentó su deseo de contacto sexual, intensificado por su propia continencia.

Simplemente no podía tener relaciones sexuales sólo por la satisfacción física, y tras la muerte de su esposo tampoco deseaba una relación emocional. Llevaba cuatro años sin ser abrazada, ni besada, hasta que Draco la tomó en sus brazos y abrió por un instante la puerta del paraíso. Había en él una fuerte esencia terrenal que avivaba los rescoldos de su fuego sexual. Estaba duro como una piedra, y lo exhibió con descaro; quería que ella lo sintiera, deliberadamente la atrajo hacia sí y la levantó del suelo para hacer presión con su miembro erecto contra el pubis de ella. Estaban en una vía pública, a la luz del día, pero eso no lo había detenido.

Aunque aquello fuera Londres, en donde aquellas cosas tal vez no fueran tan insólitas, ella jamás había hecho nada parecido. Siempre se había esforzado por evitar incluso lo que pudiera parecer impropio. Para ella, la respetabilidad y la responsabilidad eran cosas demasiado importantes para permitirse ser acariciada en público, y sin embargo aquello era exactamente lo que había hecho. Cuando Draco la tocó, se olvidó de todo excepto de la ardiente dicha de estar en sus brazos. Se preguntó con desesperación si, de haber continuado él, lo habría parado o se habría dejado tomar allí mismo, en la calle, como la más vil de las putas, ajena a toda decencia, modestia o legalidad siquiera. Le ardía la cara ante la idea de ser detenida por escándalo público o como se dijese.

Estupidez aguda sería un término más apropiado. Aquello no habría sucedido con nadie que no fuera Draco. Con ningún otro hombre se habría perdido de forma tan total. Permaneció inmóvil en el asiento del coche, viendo cómo golpeaba la lluvia contra las calles más allá de los pilares de hormigón del aparcamiento, y dejó que el abatimiento le inundara la mente. Quizá siempre había percibido cuál era la verdad, pero la había arrinconado para no verla.

Ya no podía seguir ocultándose del pleno alcance de la realidad. Había amado a Harry, había disfrutado de dormir con él, pero era como si sólo se hubiera implicado una mitad de ella misma. Siempre había existido aquella otra mitad, apartada a un lado, que pertenecía, de manera irrevocable, a Draco. A Harry lo había engañado; tal vez él no lo supo nunca, y sin duda hubo problemas en su matrimonio por culpa de que él bebía, pero desde luego no debería haberse casado con él sin amarlo de verdad.

En lo más recóndito de su mente siempre había estado convencida de que algún día volvería a casarse, pero ahora sabía que no podría ser; no podía engañar a otro hombre. Tan sólo existía un hombre al que podría amar plenamente, en cuerpo y alma, sin reservas, y ése era Draco Malfoy. Y precisamente era el hombre al cual no se atrevía a entregarse, porque la destruiría.

Cuando dejó de llover, Draco regresó andando a su hotel y subió a la suite, donde hizo una llamada telefónica a Liverpool.

—Nott, búscame una cosa. Tienes ahí una guía de la ciudad, ¿no? Mira a ver si en ella figura una tal Hermione Potter.

Cruzó las piernas a la altura del tobillo y apoyó los pies en la mesita de centro, aguardando

mientras su amigo y socio hojeaba el grueso volumen. Un momento después retumbó en su oído el acento italiano.

—He encontrado dos Hermione Potter, y como diez Potter más con la inicial E.

—¿Alguno de ellos es H G. Potter?

—Er... No. Hay un H. C. y un H. F., pero no un H. G.

—¿Qué ocupaciones tienen?

—Vamos a ver. Una es maestra de escuela, otra está jubilada... -Theodore recorrió la lista de ocupaciones. Ninguna encajaba con los escasos datos que Draco poseía de Hermione. Quizá Liverpool no fuera la ciudad adecuada, después de todo, pero era más probable que Hermione se hubiera negado a figurar en la guía de la ciudad.

—Está bien, me parece que por ahí llegamos a una vía muerta. Busca Ginevra Prewett; se deletrea

G-i-n-e-v-r-a

Theodore Nott soltó un resoplido.

—¿Estás seguro de que no es G-i-n-e-b-r-a? ¿No es así como lo escribe la gente de moda últimamente?

—Búscalo de las dos formas.

Se oyó el ruido de más páginas al pasar y a Nott tarareando por lo bajo. Luego hubo una pausa.

—Aquí hay un montón de Prewett.

—¿Ves alguna Ginevra, en la versión europea o en la «de moda»?

—Sí, aquí hay una Ginevra en versión europea.

—¿Dónde trabaja?

—En Holladay Travel.

—Compruébalo y entérate de si es la propietaria.

Más tarareo.

—Bingo -dijo Nott- La propietaria es H G. Potter.

—Gracias -dijo Draco, divertido al ver lo fácil que había sido, después de todo.

—A tu disposición.

Malfoy colgó el teléfono y reflexionó sobre lo que acababa de descubrir. Granger era la dueña de una agencia de viajes. Bien por ella, pensó, inexplicablemente complacido. Siguiendo una corazonada, cogió del escritorio la guía de Londres y consultó las páginas amarillas. Allí estaba el anuncio, discreto y elegante: «Holladay Travel. Usted disfrute de sus vacaciones y déjenos a nosotros las preocupaciones».

Así que tenía por lo menos dos sucursales, y probablemente más, lo cual explicaba que hubiera podido pagar la casa al contado. Sonrió al recordar la sonrisita de satisfacción con que rechazó su oferta de recomprarle la casa. Pero si le iban tan bien las cosas, ¿por qué quería mantenerlo tan en secreto? ¿Por qué no lo publicaba por todo Hogsmeade para demostrar a todo el mundo que una Granger era capaz de salir de aquel montón de mierda? ¿Por qué había interrumpido a Ginny de aquella manera tan obvia y le había impedido que diese más información de la que ella ya había dejado que se filtrara?

No hacía falta ser un científico espacial para imaginárselo. Hermione tenía miedo de que él hiciera algo para sabotear su negocio. No sólo poseía gran influencia en Luisiana y sus alrededores, sino que además acababa de decirle que era dueño de un hotel en una ciudad que vivía del turismo. Le resultaría fácil causar problemas a su agencia, y era evidente que Hermione esperaba que hiciera precisamente eso. No tenía muy buena opinión de él, pensó con ironía.

Diablos, ¿cómo no iba a tenerla? Doce años atrás, en una calurosa noche de verano, él la había hundido en la mierda. Después de aquella noche, probablemente se lo imaginaba como el demonio en persona. Tan sólo una hora antes la había asustado agarrándola del brazo sin ninguna ceremonia, desde atrás, aunque Caperucita Roja resultó estar más furiosa que asustada; se había puesto a golpearlo, con aquellos ojos verdes entrecerrados y brillantes por la determinación. Y luego a él no se le había ocurrido otra cosa que magrearla en una vía pública, agarrarle el trasero, levantarla del suelo y frotarle su polla contra el pubis. No era de extrañar que huyera de él cuando por fin se vio libre.

Excepto... que no había protestado. En lugar de eso se mostró tan ardiente y cariñosa que ahora se sintió embriagado al recordarla en sus brazos, amoldada a la forma de su cuerpo. Estaba tensa y temblando de deseo, vibrante. Su reacción lo noqueó, lo impresionó de tal modo que aún no se había recuperado. Por un momento se vio cegado por la lujuria, insensible a todo excepto la acuciante necesidad de estar dentro de ella. Si no lo hubiera sobresaltado aquel trueno, quizás hubiera intentado tomarla allí mismo, de pie en el portal, con la gente pasando a menos de un metro de ellos. No recordaba haberse sentido nunca tan irracional por una mujer de forma que nada más le importase, pero Hermione lo había reducido a aquel nivel con sólo un beso.

Sólo un beso, dulce y picante al mismo tiempo, tan ardiente que lo abrasó. Su lengua, enroscada en la suya en el juego del amor. La sensualidad sin reservas en el modo en que ella lo succionó. La presión de su cuerpo, ávida e instintiva. Hermione lo deseaba, con tanta violencia como él la deseaba a ella. Su memoria recreó la robusta plenitud de las nalgas de la castaña en sus manos, y cerró los puños con fuerza para reprimir el hormigueo que sentía en las palmas. Era peor de lo que había pensado, aquel insistente deseo de poseerla. No estaba acostumbrado a reprimir sus apetitos sexuales, pero las barreras que se alzaban entre ellos eran a la vez sólidas y exasperantes. Estaba su madre, que se había retraído totalmente cuando se enfrentó a la humillación de que su marido la dejara por la puta de la ciudad. Pansy, con las muñecas cercenadas y la sangre encharcándose a sus pies; la palidez de su rostro era otra imagen que no olvidaría jamás. Luego estaban sus propios sentimientos, la rabia y el dolor de verse abandonado por su padre. Pero las barreras no estaban todas en su lado; entre Hermione y él flotaba el recuerdo de aquella noche, un Muro de Berlín mental, demoledor y sin paliativos. Demasiado dolor, demasiadas razones. Pero a sus cuerpos eso les importaba un comino.

Así era, en resumidas cuentas. Él no era un donjuán, pero estaba claro que siempre le había resultado fácil tener relaciones sexuales. Sin embargo, en su dilatada experiencia nada lo había preparado para aquella... fiebre. No podían mirarse el uno al otro sin sentir aquel calor. Y cuando se tocaban, era como una hoguera. Paseó nervioso por la habitación, tratando de encontrar un modo de salvar aquellas barreras. Hermione no podía quedarse en Hogsmeade, eso era pedirle demasiado a su familia. No, no podía cejar en su empeño de hacerle la vida imposible a Hermione, aunque de todos modos no había mucho que él pudiera, o quisiera, hacer. La había incomodado, y punto. No podía ponerse a acosarla de verdad.

Hermione no se lo merecía; ella también era una víctima. Había trabajado con ahínco para ser algo en la vida, y lo había logrado. Si no fuera por la familia, él la recibiría con los brazos abiertos. Y también con la bragueta abierta, pensó con ironía, sintiendo el hormigueo de la excitación en la ingle.

Pero no iba a poder convencer a su familia, no podía cambiar sus sentimientos, de modo que Hermione tendría que marcharse. Quizá no muy lejos. Tal vez pudiera persuadirla de que se mudase a Londres o incluso a alguno de los pueblos que rodeaban Hogsmeade. Un sitio fuera de la parroquia, pero que estuviera lo bastante cerca para poder verse. Hermione había cometido un error estratégico al permitirle ver lo mucho que lo deseaba, porque ahora él podría servirse de eso para convencerla de que se mudara.

Aquí no podemos estar juntos. Vete a otra parte, y nos veremos tan a menudo como sea posible. Aquello no iba a gustarle a Hermione; lo más probable era que lo mandase a la mierda, de momento. Pero la fiebre no desaparecería, seguiría bullendo en ella igual que bullía en él. Si aprovechaba cualquier oportunidad para avivar las llamas, ella terminaría viendo las cosas como las veía él, suponiendo que los dos no acabaran quemándose entre tanto.

Hermione podría quedarse con la casa de Hogsmeade, si el hecho de venderla le parecía renunciar a demasiado. Él le compraría otra nueva, donde se le antojara. Se enfrentaba a dos hechos: Hermione tenía que marcharse de Prescott, y él tenía que hacerla suya. Hiciera falta lo que hiciera falta, tenía que poseerla.

—Estoy de acuerdo con usted -dijo el señor Hagrid, bebiendo un sorbo del té helado que le había ofrecido Hermione-. Yo creo que Lucius Malfoy está muerto, y que lleva así doce años. Aquel día venía vestido con un traje de crespón de algodón de color azul claro; habría resultado vulgar si no fuera porque le sentaba estupendamente, si la camisa blanca no estuviera inmaculada y la corbata, impecable. En el señor Hagrid, un traje de crespón de algodón parecía elegante. Sus ojos habían perdido parte de aquella tristeza, sustituida por una chispa de interés.

Estaban sentados en el cuarto de estar, refrescado por el aire acondicionado. Hermione se sorprendió cuando recibió su llamada; sólo habían transcurrido dos días desde que contrató sus servicios. Pero allí estaba, con un cuaderno apoyado en la rodilla.

—No hay rastro de él desde la noche en que desapareció -informó. — No existen compras con tarjeta de crédito, ni reintegros bancarios, ni pagos de impuestos de la Seguridad Social ni declaraciones de renta. El señor Malfoy no era un delincuente, así que no necesitaba cambiar de nombre ni desaparecer de forma tan fulminante. Así pues, lo más lógico es que esté muerto.

Hermione lanzó un profundo suspiro.

—Eso es lo que había pensado yo. Pero quería asegurarme antes de empezar a hacer preguntas.

—Supongo que será consciente de que, si lo asesinaron, las preguntas que haga pondrán muy nervioso a alguien. -Tomó otro sorbo de té. — La situación podría volverse peligrosa para usted, querida. Tal vez sería mejor no levantar la liebre.

—Ya he pensado en la posibilidad de que haya peligro -admitió Hermione-. Pero teniendo en cuenta la relación que tenía mi madre con él y el hecho de que todo el mundo cree que se fugaron juntos, a nadie sorprenderá mi interés. Mi descaro, puede, pero no mi interés.

Él rio levemente.

—Supongo que dependerá de cómo sean las preguntas. Si usted se presentara y dijera que en su opinión el señor Malfoy fue asesinado, eso atraería gran atención. -Se puso serio y suavizó el tono. — Mi consejo es que lo olvide. El asesinato, si es que lo hubo, tuvo lugar hace doce años. El tiempo borra muchas huellas, y usted no tiene pruebas que le indiquen por dónde empezar. Es probable que no encuentre nada, pero en cambio puede ponerse en peligro.

—¿Ni siquiera intentar averiguar lo que sucedió? -preguntó Hermione con suavidad. — ¿Y dejar impune un asesinato?

—Ah. Está usted pensando en la justicia. Es un concepto maravilloso, si uno dispone de medios para llevarlo a la práctica. Pero en ocasiones hay que sopesar la justicia con otras consideraciones, y por medio está la realidad. Probablemente al señor Malfoy lo asesinaron. Probablemente su madre esté implicada, por el hecho de saberlo, si no de haber tomado parte. ¿Podría asimilar eso? ¿Y si murió de forma accidental pero ella fuera acusada de homicidio? El nombre de Draco Malfoy es muy poderoso; ¿cree usted que él dejaría sin castigar la muerte de su padre? Lo peor que podría pasar, naturalmente, es que su muerte no haya sido accidental. En ese caso, querida, estaría usted claramente en peligro.

Hermione suspiró.

—Mis motivos para querer averiguar lo que le ocurrió no son enteramente altruistas. De hecho, son más bien egoístas. Quiero vivir aquí, éste es mi hogar, aquí es donde crecí. Pero no seré aceptada mientras todo el mundo piense que Lucius se fugó con mi madre. Los Malfoy no quieren verme aquí, Draco está poniéndome las cosas difíciles. No puedo hacer la compra en Hogsmeade, no puedo ponerle gasolina al coche. A no ser que demuestre que mi madre no tuvo nada que ver con la desaparición de Lucius, jamás tendré un amigo en este lugar.

—¿Y si demuestra que ella lo mató? -preguntó suavemente el señor Hagrid.

Hermione se mordió el labio e hizo girar el vaso frío y húmedo entre las manos.

—Ése es un riesgo que tendré que correr. -Lo dijo en voz baja, casi inaudible. — Sé que si ella es culpable no podré vivir aquí. Pero saber lo que ocurrió de verdad, por muy malo que sea, no lo será tanto como no saberlo. Es posible que no descubra nada, pero voy a intentarlo.

El detective suspiró.

—Ya imaginaba que diría eso. Si no le importa, me gustaría hacer unas cuantas preguntas por la ciudad, sólo por curiosidad. A lo mejor la gente me dice algo que no le diría a usted.

Aquello era cierto. Ahora que se sabía quién era, la mayoría de la gente se cerraría alrededor de ella antes que desafiar a Draco. Aun así, el señor Hermione ya había terminado el trabajo para el que Hermione lo había contratado.

—No puedo permitirme que investigue más -dijo sinceramente.

Él agitó la mano para desechar la idea.

—Esto es por curiosidad mía. Siempre me han gustado los buenos misterios. La castaña lo miró dudosa.

—¿Alguna vez eso le ha impedido cobrar los honorarios normales?

—Pues no -admitió él, riendo-. Pero no necesito el dinero, y me gustaría saber qué le sucedió al señor Malfoy. No sé cuánto tiempo podré seguir trabajando, tal como está mi corazón. Probablemente no será mucho, de modo que voy a emplear el tiempo sólo en casos que me interesen. En cuanto al dinero... Bueno, digamos que en este momento no me hace mucha falta.

Ahora que su mujer había fallecido, quiso decir. De pronto se enfrascó en repasar sus notas, y Hermione supo que estaba luchando una vez más por contener las lágrimas. Le concedió la dignidad del fingimiento y le preguntó si quería un poco más de té helado.

—No, gracias. Estaba delicioso, perfecto para este calor. -Se puso de pie y se estiró el traje de crespón de algodón. — Le informaré si obtengo alguna respuesta interesante. ¿Hay algún motel en la ciudad?

Hermione le indicó cómo llegar al motel mientras salía con él al porche.

—Cene conmigo esta noche -lo invitó en un impulso, pues no le gustaba la idea de que cenase solo apañándose con un bocadillo.

Él se sonrojó hasta la raíz del pelo.

—Será un placer.

—¿Le importaría que cenemos a las seis? Prefiero que sea temprano.

—Yo también, señora Potter. A las seis, entonces. Sonreía cuando se encaminó alegre y satisfecho en dirección a su coche. Hermione lo contempló arrancar y marcharse y después regresó al trabajo que había dejado abandonado al llegar él. Estaba deseando que llegara la hora de cenar; decididamente había desarrollado un sentimiento de ternura por el señor Hagrid.

El detective llegó puntual a las seis, tal como ella había previsto, y se sentaron a dar cuenta de una cena ligera a base de chuletas de cerdo a la brasa, arroz al azafrán y judías verdes. Él no dejaba de mirar a su alrededor, absorbiendo los pequeños detalles: las servilletas de lino almidonado, el fragante centro de diminutas rosas silvestres, los aromas de la comida casera, y Hermione supo que echaba de menos todo aquello desde la muerte de su esposa.

Se recrearon en el postre, un sorbete de limón con el grado exacto de acidez. Hablar con él resultaba fácil; era muy anticuado, y a la castaña eso le pareció reconfortante. Había sido tan escasa la consideración de cualquier tipo que tuvo durante niñez que ahora la apreciaba doblemente.

Eran casi las ocho cuando alguien llamó a la puerta con un único golpe. Hermione se puso rígida; no necesitaba abrir para saber quién esperaba al otro lado.

—¿Ocurre algo malo? -preguntó el señor Hagrid, demasiado perspicaz para no darse cuenta del cambio de su semblante.

—Creo que está usted a punto de conocer a Draco Malfoy-dijo ella al tiempo que se levantaba y se dirigía a la puerta. Como de costumbre, el corazón le latía demasiado deprisa y con demasiada violencia ante la perspectiva de ver a Draco, de hablar con él. Aquello no había cambiado en más de quince años; bien podía seguir teniendo once años, obnubilada por su héroe.

Estaba anocheciendo, los largos días de primavera se resistían a ceder su luminosidad. La silueta de Draco se recortaba contra el pálido color ópalo del cielo, una figura alta y de hombros anchos, sin rostro.

—Espero no haberte interrumpido -dijo, pero había en su tono una connotación dura que indicó a Hermione que le importaba un bledo si la interrumpía o no.

—Si así fuera, no habría abierto la puerta -repuso ella al tiempo que le franqueaba el paso. No pudo borrar el desafío que se advertía en su propia voz, aunque intentó suavizarlo por respeto al señor Hagrid.

La sonrisa de Draco no fue más que un acto de enseñar los dientes cuando se volvió hacia el señor Hagrid, el cual se había levantado cortésmente de su asiento al entrar él. De pronto la habitación pareció demasiado pequeña, llena y dominada por la presencia masculina y vital del rubio, repartida en su metro noventa de estatura. Llevaba una camisa blanca, vaqueros negros y botas de tacón bajo, y tenía más que nunca el aspecto de un pirata. Sus dientes lanzaban destellos blancos, igual que el minúsculo diamante que llevaba en la oreja.

—Ya hemos terminado de cenar -dijo Hermione en tono neutro, recuperando el control-. Señor Hagrid, éste es Draco Malfoy, un vecino. Draco, Rubeos Hagrid, de Londres.

Draco le tendió la mano, que engulló la del detective, más pequeña.

—¿Amigo o socio? -preguntó, como si tuviera derecho a aquella información.

Al señor Hagrid le chispearon los ojos, y arrugó la boca con gesto pensativo al tiempo que recuperaba su mano.

—Bueno, yo diría que ambas cosas. ¿Y usted? ¿Es amigo, además de vecino?

—No -dijo Hermione.

Draco le lanzó una mirada rápida y dura.

—No exactamente -dijo.

Los ojos del señor Hagrid chispearon aún más.

—Comprendo. -Cogió la mano de Hermione y se la llevó a los labios para un beso de cortesía y después le depositó otro en la mejilla. — Tengo que irme, querida, mis viejos huesos quieren descansar. últimamente mi horario parece el de un bebé. Ha sido una cena encantadora. Gracias por invitarme.

—El placer ha sido mío -dijo ella, palmeándole la mano y besándolo en la mejilla a su vez.

—Llamaré -prometió cuando se dirigía a la puerta. Igual que había hecho por la mañana, Hermione aguardó en el umbral hasta que él estuvo en el coche y se despidió con la mano cuando dio marcha atrás para salir del camino de entrada.

Luchando por controlar el pánico, cerró la puerta y se volvió para mirar de frente a Draco, el cual se había ido acercando despacio hasta quedar apenas a medio metro detrás de ella. Tenía los ojos oscurecidos por la cólera.

—¿Quién demonios es? -rugió. — ¿Tu viejo protector? ¿Mezclaste negocios y placer en Londres, o es que para ti todo es negocio?

—No es asunto tuyo -repuso Hermione en tono terminante. Lo miró con expresión de furia, luchando por reprimir aquel pequeño ataque de ira sin lograrlo del todo. El señor Hagrid era cuarenta años mayor que ella, pero, naturalmente, el primer pensamiento de Draco había sido que se acostaba con él.

Se acercó un paso más, anulando la escasa distancia que los separaba.

—Por supuesto que es asunto mío, lleva dos días siéndolo.

Las mejillas de Hermione se tiñeron de un intenso rubor ante aquella referencia a lo que había pasado entre ellos en Londres.

—Eso no significó nada -comenzó con voz áspera por el azoramiento, pero él la tomó de los hombros y le propinó una ligera sacudida.

—Y una mierda. A lo mejor necesitas que te refresque la memoria.

Inclinó la cabeza y, demasiado tarde, ella levantó las manos para impedirle acercarse. Las palmas chocaron contra su pecho al tiempo que su boca cubría la de ella, e inmediatamente se sintió engullida por un intenso calor. El calor de Draco. El suyo propio. Le zumbaron los oídos y se meció contra él, abriendo los labios para acoplarse con mayor precisión a la exigente presión de los de Draco, para dejar pasar su lengua caliente. La rodearon todos los azules, dorados y granates de su aroma, se introdujeron en ella, la poseyeron. Notó bajo la palma derecha el retumbar de su corazón que latía con fuerza, y su inmediata erección contra el vientre, y sus caderas reaccionaron de modo automático, buscando.

Draco levantó la cabeza y retrocedió, dejando un espacio de algunos centímetros entre ambos.

Respiraba con fuerza, su mirada se había intensificado por la excitación, sus labios estaban húmedos y enrojecidos, y ligeramente hinchados por la fuerza del beso. Movió los dedos sobre los hombros de Hermione, masajeando, acariciando.

—No niegues lo que pasó.

—No pasó nada -mintió Hermione en un tono desafiante que ocultaba su desesperación. Draco sabía que era mentira, ella vio la furia en su rostro, pero lo dijo de todas formas. Sabía lo que hacía. En Londres había cometido el error de cederle un centímetro, y ahora él intentaba aprovecharse de ello para avanzar un kilómetro. Quizás había ido allí pensando que ella iba a ser fácil, que podía llevársela a la cama y luego convencerla con mimos para que se fuera de la ciudad. Por él, diría. Así podrían estar juntos sin molestar a su madre. Su descarada mentira sirvió para hacerle ver que no tenía intención de dejar que se saliera con la suya.

Se zafó de su abrazo deslizándose a un costado para que no pudiera acorralarla contra la puerta.

— No fue más que un beso...

—Sí, y King Kong no era más que un mono. Maldita sea, quédate quieta -dijo irritado, alzando una mano para agarrarla, y esta vez le sujetó los brazos.

— Me estás mareando con este bailoteo. No voy a tirarte al suelo y subirme encima de ti... Por lo menos, de momento.

Los ojos de Hermione relampaguearon de pánico.

—¡Puedes apostar lo que quieras a que no lo harás! -gritó, intentando de nuevo soltarse-. ¡Ni esta noche, ni nunca!

—¿Quieres parar de una vez? -le espetó él. — Vas a hacerte daño.

Con un rápido movimiento, la hizo girar sobre sí misma y la aprisionó con los brazos cruzados bajo sus pechos, sujetándole las muñecas. Así de rápido, así de fácil, se vio sometida y rodeada, con aquel cuerpo musculoso apretado contra su espalda.

Surgió la tentación, intensa e inmediata, instándola a relajar el cuello y dejar caer la cabeza sobre el pecho de él, dejar que su cuerpo se ablandase y adaptase al suyo, permitirse inhalar el perfume fuerte y almizclado de su piel e intoxicarse poco a poco. Se estremeció al sentir cómo aumentaba su deseo, y supo que, si le ofrecía una mínima reacción en aquel momento, estaría perdida. No le costaría ni cinco minutos tenerla en la cama en posición horizontal.

—¿Lo ves? -dijo Draco suavizando el tono de voz hasta transformarlo en un ronroneo aterciopelado al sentir cómo temblaba. Su aliento cálido le rozó el cabello.

—Lo único que tengo que hacer es tocarte. A mí me ocurre lo mismo, Hermione. No creo que esto sirva de nada, pero por Dios, te deseo, y vamos a tener que hacer algo al respecto.

Hermione cerró los ojos, aún temblando por el esfuerzo de resistirse a él, y negó levemente con la cabeza.

-No.

—¿No, qué? -Frotó la mejilla contra el pelo de la castaña. — ¿No me deseas, o no vamos a hacer nada al respecto? ¿En qué estás mintiendo ahora?

—No te lo permitiré -dijo ella, sin dejar que la distrajera. Abrió los ojos y fijó la vista al frente, en una de las lámparas, en un esfuerzo por hacer caso omiso de los brazos que la rodeaban.

— No te permitiré que vuelvas a tratarme como si fuera basura.

Él se quedó quieto, hasta su respiración se detuvo por un instante. Después expulsó el aire en silencio.

—Siempre nos ha separado eso, ¿verdad? -No había necesidad de concretar más; el recuerdo de aquella noche era casi tangible. Calló durante unos instantes.

— Nena, estoy enterado de lo de Holladay Travel, sé que has conseguido todo lo que tienes a base de trabajar. Sé que no eres como tu madre.

Oh, Dios. Sabía lo de la agencia. Luchó por reprimir una oleada de pánico y concentrarse en la última frase.

—Seguramente -dijo con amargura. — Tienes tan alta opinión de mi forma de ser que acabas de acusarme de tener un viejo protector. Dios mío, he invitado a un hombre solitario a cenar conmigo, ¡así que, por supuesto, me estoy acostando con él! -Furibunda, intentó una vez más liberarse.

Draco apretó con más fuerza hasta que Hermione apenas pudo respirar.

—Te he dicho que te quedes quieta -la amonestó. — Te van a salir moratones.

—¡Si me salen, será culpa tuya, no mía! ¡Eres tú el que está usando la fuerza!

Lanzó una patada hacia atrás, y le acertó en la espinilla con el tacón, pero llevaba zapatillas de suela blanda y él calzaba botas. Soltó un gruñido, pero Hermione sabía que no le había dolido. Se retorció, intentando darse la vuelta para poder hacerle más daño.

—Eres una... gatita... salvaje -dijo él, jadeando por el esfuerzo de controlarla. —¡Maldita sea, quieres estarte quieta! Estaba celoso -reconoció escuetamente. Durante unos momentos Hermione estuvo demasiado aturdida para reaccionar.

Permaneció inmóvil en el círculo que formaban los brazos de Draco, sin bajar la guardia pero con una embriagadora sensación de euforia. ¡Celoso! No podía estar celoso, a menos que sintiera por ella... No. No podía permitirse caer en aquella trampa. No se atrevía a creerlo. Ya había presenciado su técnica de seducción, recordaba cómo tranquilizó a Astoria Greengrass haciéndole cumplidos, diciéndole lo mucho que la deseaba, que la necesitaba. Se le daba muy bien conseguir lo que quería.

Aunque no dudaba que la deseara físicamente, teniendo las pruebas tan prominentes, sabía que lo demás no había cambiado; aún quería que se fuera de allí, y se valdría de su debilidad por él para convencerla de que lo hiciera.

—¿Sinceramente esperas que te crea? -preguntó por fin, con una gota de recelo en cada palabra.

Él movió hacia delante las caderas.

—¿Acaso niegas esto?

Hermione se obligó a sí misma a encoger los hombros.

—¿Qué tengo que negar? ¿Qué estás empalmado? Pues qué bien. Eso no significa nada.

Una risita vibró en el pecho de Draco.

—Menos mal que tengo la autoestima muy sana, de lo contrario me provocarlas un complejo de inferioridad.

Hermione deseó que no se hubiera reído. No quería que tuviera sentido del humor, quería que fuera un hombre de espíritu mezquino y mente estrecha, para poder despreciarlo. Pero en cambio era atrevido y audaz, y tenía una risa que desarmaba a cualquiera. Era despiadado, pero no mezquino. Draco inclinó la cabeza para acariciarle la oreja con la nariz, y el calor de su aliento le hizo cosquillas en la sensible piel de aquella zona.

—Eso no tiene por qué ser un problema -murmuró. — Podemos estar juntos... no aquí, pero hay una solución.

Hermione se puso rígida de nuevo.

—Seguro que sí. Y tiene que ver con que yo me vaya, ¿verdad?

Draco sacó la lengua y empezó a juguetear con el lóbulo de la oreja de Hermione antes de atraparlo entre los dientes y mordisquearlo sensualmente.

—No tendrías que irte muy lejos -la engatusó. — Ni siquiera tienes que vender esta casa. Yo te compraré otra, más grande si quieres...

Hermione sintió que la devoraba la furia, candente y efervescente. Se zafó aprovechando que el rubio había aflojado su abrazo y giró para encararse con él, con el rostro blanco y los ojos echando llamas.

—¡Cállate! No dejas de pensar que estoy en venta, ¿verdad? ¡Lo único que ha cambiado es que me has trasladado a un nivel de precios más alto! ¡No quiero tu maldita casa, pero quiero que tú salgas de la mía! ¡Ahora mismo!

Malfoy entornó los ojos y no se movió un solo centímetro.

—No estaba pensando en comprarte. Intento hacerte las cosas lo más fáciles posible.

—Un buen intento, pero te conozco demasiado bien. Te he visto en acción, ¿no te acuerdas? -El recuerdo de aquella noche se notó en la amargura de su tono y brilló como un relámpago entre ambos. También tenía otro recuerdo, que Draco no conocía: aquella ocasión en que lo vio en compañía de Astoria. Efectivamente, lo había visto en acción.

Draco guardó silencio por espacio de unos instantes, mientras la recorría con su mirada oscura.

—Eso no volverá a ocurrir -dijo suavemente.

—No, no ocurrirá -convino Hermione, alzando la barbilla. — No permitiré que vuelvas a tratarme así.

—No tendrías muchas alternativas, si yo decidiera hacerlo.

Draco recuperando aquel brillo peligroso en los ojos. Le dio un golpecito bajo la barbilla.

—Recuérdalo, cariño. Puedo jugar mucho más fuerte de lo que he jugado hasta ahora.

Ella apartó la cabeza bruscamente.

—Yo también.

Él deslizó la mirada por su cuerpo, y la expresión de sus ojos fue transformándose en algo lento y ardiente.

—Seguro que sí. Casi me estás tentando a que averigüe qué tal se te da jugar duro, sólo por divertirme. Pero esta conversación se ha salido del tema. No estamos en guerra, nena. Podemos llegar a un interesante arreglo y pasárnoslo bien sin hacer daño a mi familia, sólo con que tú aceptes.

—No -contestó Hermione.

—Ésa debe de ser tu palabra favorita. Estoy empezando a cansarme de oírla.

—Entonces no te acerques. -Hermione suspiró, cansada de pelear, y sacudió la cabeza en un gesto negativo. — Yo no quiero hacer daño a tu familia, no he venido por eso. Éste es mi hogar; no quiero causar problemas, sólo deseo vivir aquí. Si tengo que luchar contigo para conseguirlo, lucharé.

—Entonces ya está trazada la línea de batalla. -Draco se encogió de hombros-. Es cosa tuya cuántos problemas estás dispuesta a soportar para vivir aquí. Yo no pienso retroceder; sigues sin ser bienvenida en este lugar. Pero si cambias de opinión, lo único que tienes que hacer es llamarme. Yo me ocuparé de ti, sin hacer preguntas, sin burlarme.

—No pienso llamarte.

—Tal vez no, pero tal vez sí. Piensa en lo que podríamos tener juntos.

—¿Qué? ¿Un par de polvos a la semana? ¿Mentir acerca de dónde estás, porque tú no quieres que se entere tu familia? Gracias, pero no.

El rubio levantó una mano y le tomó la mejilla, y esta vez ella no se apartó. Le pasó suavemente el dedo pulgar por el labio inferior, palpando su blandura.

—Es más que simplemente follar -dijo con suavidad. — Aunque Dios sabe que eso lo deseo tanto que casi me hace daño.

Hermione deseaba desesperadamente creerlo, pero por eso precisamente no se atrevía. Tuvo que reprimir las lágrimas mientras sacudía la cabeza y le decía:

—Por favor, márchate.

—Está bien, me voy. Pero piensa en ello. -Se volvió hacia la puerta, pero se detuvo. — En cuanto a tu empresa...

Hermione se alarmó instantáneamente y se preparó para otro enfrentamiento.

—Si te atreves a hacer algo que perjudique mi negocio...

Él la miró con impaciencia.

—Calla. No voy a hacer nada. Sólo quería que supieras que estoy muy orgulloso de ti. Me alegro de que hayas conseguido tanto. De hecho, le he dicho al director de mi hotel que preste una consideración especial a los grupos que hayan hecho reservas por medio de tu agencia.

¿Orgulloso de ella? Hermione permaneció en silencio hasta que Draco se marchó, y entonces las lágrimas que había reprimido empezaron a rodarle por las mejillas. ¿Se atrevería a creer aquello?

Pero se dio cuenta de que no podía. Permanecería fiel a su decisión original de no enviar más grupos a aquel hotel. Pero las lágrimas siguieron rodando. Draco le había dicho que estaba orgulloso de ella.


¿Aló? ¿Alguien allá? Los prometido es deuda, aquí esta la continuación. Cada vez más me dan ganas de abofetear a Draco y una otra vez... ¿Soy la única? Espero que no, aunque pensándolo bien no quiero arruinar tu hermoso rostro ¿Y si le damos de nalgadas? ¿Funciona igual no? ¡Espero sus reviews y les invito a pasarse a «Perfecta Para Ti». Secretos en la noche la publicaré los domingos y la otra historia los sábados, si me surge alguna complicación no se preocupen lo subiré entre semana como esta ocasión.