Capítulo 9.

Muchas gracias a todos los que siguen la historia, gracias por leer.

Espero les guste :)


Llevaba horas buscándola, hacía ya un buen rato que le dijo a la anciana Kaede que "iría a tomar aire", y aún no habían señales de ella.

-Dónde estas, Kikyo?- preguntó Inuyasha.

Estaba preocupado por ella, y si algo le había pasado? No, eso no. A pesar de la mirada triste de Kagome, tuvo que ir, no podía permitir que algo malo le pasara a Kikyo. Era como estar entre la espada y la pared y tener que decidir si estrellarse contra la pared, o que la espada te atravesara.

Luego de buscar por varios minutos, percibió su aroma y... El aroma de Naraku.

Su corazón se aceleró, mil cosas pasaban por mente, ya se imaginaba a Kikyo herida por él, no, eso no podía permitirlo. Corrió a paso desesperado a traves de los arboles en medio de la oscuridad de la noche, siguiendo los aromas, se acercaba cada vez más al lugar, estaba tan impaciente. Si algo le ocurría a ella, él no sabía lo que haría.

-Eres sólo mía...- escuchó.

Entonces, pudo visuarlizar una escena bastante peculiar. Se quedó tieso. Luego de decir aquello, el maldito de Naraku envolvió a la hermosa mujer con sus brazos, dándole un suave beso en los labios.

-Pero que?-

Sintió como su mundo se desvanecía. Eso no podía estar pasando. La cara de Kikyo estaba totalmente relajada, no habían señales de que él la estuviera forzando, de hecho, ella le había correspondido. Su corazón se detuvo por un segundo, y pensó que era una pesadilla, si, una horrible pesadilla, ella no podía hacerle eso, no a él. Él la amaba tanto y ella... Ella lo traicionaba de esa manera.

-Naraku!- salió de entre los árboles pegando gritos, con su espada en la mano y saltando directamente para atacarlo, aún cuando Kikyo estaba a una distancia corta.

El pelinegro empujó a la sacerdotisa a un lado, para luego contrarrestar el golpe del colmillo de acero de Inuyasha.

-¡¿Qué demonios significa ésto?-

Kikyo se tapó la boca con una mano. Inuyasha la había visto. Se había quedado estática en donde estaba.

-Inuyasha... Supongo que ahora ya lo sabes. Ella me pertenece.-

El hanyou de cabellos plateados sintió su sangre hervir dentro suyo con aquel comentario ácido.

-¡Deja de decir tonterías maldito!- y con eso, intentó atacar de nuevo a Naraku, pero éste lo esquivó con suma facilidad.

Inuyasha estaba cegado por la rabia, en ese estado era imposible que lograra golpear a Naraku.

-¿Es que ella no te lo ha dicho aún? Ella se entregó a mi, ahora me pertenece Inuyasha.-

Naraku sacó una espada de su abrigo de mandril, dando un golpe certero directo al hanyou de cabellos plateados, atravesando su pecho. Un líquido rojo se escurría entre sus ropas ahora.

-No!- exclamó la sacerdotisa al ver lo que había ocurrido.

El pelinegro sonrió malicioso, dispuesto a dar otro golpe con su espada a Inuyasha, pero éste lo detuvo con su colmillo de acero con dificultad.

-¡Basta Naraku! ¡Detente!-

Pero no le hacía caso, a pesar de sus súplicas.

-¡No necesito tu lástima, Kikyo!- le decía mientras resistía con dificultad el golpe de Naraku. -No hace falta que... Sigas fingiendo!... Siempre te has... Burlado de mis sentimientos! Fui... Un tonto! No puedo... Creer que... Me enamoré de una cualquiera como tú!... Eres...-

Entonces, no pudo continuar. Sintió como la mano del pelinegro le propiciaba un golpe fuerte, que lo había lanzado a metros de distancia.

-Así no le hablas.- dijo con verdadera rabia en los ojos.

Kikyo no podía sino quedarse callada, mirando el panorama ante ella. Le había dolido, si, las palabras llenas de rabia de Inuyasha, él nunca se había expresado así de ella. Sabía que se lo merecía, pero no pensó que doliera tanto. Aquellos ojos llenos de desprecio hacia ella, le había dolido demasiado, pero no se arrepentía, después de todo, ya sentía algo por él, por Naraku. Un par de lágrimas tercas rodaron por sus mejillas entonces, ya no sabía que hacer para parar esa matanza entre los dos.

Kikyo se dió cuenta entonces, la pelea la estaba ganando Naraku, no era una novedad para nadie que aquel mitad-demonio era casi invencible y tenía poderes increíbles, ella sabía mejor que nadie que la única capaz de purificarlo y destruirlo era ella, Inuyasha nunca le ganaría en una batalla cuerpo a cuerpo.

Naraku sonreía con satisfacción al ver a Inuyasha tirado en el piso, estaba listo para dar el golpe final y no dudó ni si quiera un segundo en propiciarlo.

-Naraku, detente!-

Pero él no la escuchó y lo atacó con su espada. Pero... No pudo si quiera acercar la filosa punta de su espada a él.

-Ki...Kikyo!- se escuchó su voz alarmada.

Por primera vez en su vida, sintió la desesperación. Vió a la hermosa mujer caer lentamente al pasto.

Su sangre manchaba sus ropas, y en su cara se veía una expresión de agudo dolor, mientras su cuerpo golpeaba el suelo y sus largos cabellos color azabache se soltaban de aquella coleta que los sostenían.

Ambos mitad-demonio miraban incrédulos y asustados la horrible escena que ante ellos se producía.

Kikyo se puso en medio de ambos para evitar que uno de ellos resultara muerto, y el resultado había sido que Naraku la hirió por accidente, jamás había querido lastimarla, y no se dió cuenta hastaqe la atravesó con la poderosa espada que poseía en ese momento.

Ambos estaban espantados, sus respiraciones entrecortadas. La sacerdotisa no se movía, no se despertaba.


Y ahora que hago? Debería terminar esto trágicamente o con un final feliz? Si tienen sugerencias me las dejan! :)