Una de las cosas que menos le gustaba en todo el mundo, era el silencio. Ese estado donde no había ningún sonido en especial, en el que muchas ideas podrían perderse, sin la capacidad de regresar de la misma forma o, peor, jamás volver. En sus pocos años de vida, ella había dejado que tantos mensajes se callaran y, en todas esas ocasiones, se había arrepentido —«Yo los amo a todos, así que no lo olviden». Por eso, se había propuesto decir siempre lo que sentía, sin importar las reacciones de los demás.

Olvidar ese principio era algo que no se podría perdonar.

Tal vez por eso, al encontrarse en esa habitación cuyo único sonido era el de los ruidos típicos de la ciudad y el de su cuchara al chocar con el plato que contenía su desayuno, separó los labios y el lugar se bañó por una voz suave, pero alegre, como un pajarillo inocente.

—Sesshoumaru-sama salió —comenzó, al terminar de limpiar su boca con una servilleta—. Me pregunto a dónde fue —después observó hacia la dirección donde se encontraba ese hombre. Parecía molesto por haber tenido que quedarse a su lado cuando la persona con la que quería estar se encontraba lejos. Aunque, bueno, él siempre parecía estar malhumorado.

—Tiene unos asuntos familiares que atender y que no te conciernen —contestó a regañadientes. Resultaba evidente que a él no le agradaba.

—Ah —comentó—. Jaken-sama...

—¿Qué quieres ahora? —él respondió, sonando libremente molesto. Tampoco le gustaba que ella hiciera muchas preguntas.

—Entonces, Sesshoumaru-sama tiene familia —dijo. En verdad sentía curiosidad por saber más de esa persona que, cuando lo conoció, parecía contar con un aire solitario. No obstante, al parecer no estaba tan solo como lo había creído.

Después de una mirada más que molesta, Jaken observó a otro punto, como si imaginara que no se encontraba en ese lugar ni con ella. Sólo así, comenzó a hablar.

—Lamentablemente, su honorable padre murió hace años. Pero su madre, Meidou-sama, aún vive —se detuvo. Rin aprovechó ese momento para sentir algo de tristeza ante la presencia de la muerte—. Aunque también está ese tipo despreciable y la muchacha esa —una frente arrugada—. Me compadezco de Se-chan. ¡Ah, pero por qué te estoy explicando!

—No lo sé —ella sonrió ante su actitud. Tal vez ella no le agradara a Jaken, pero a Rin él sí le parecía una persona curiosa y con reacciones divertidas—. ¿Y quiénes son ellos? —hizo otra pregunta.

—No te lo diré —Jaken la miró de nuevo, censurador—. Ya te dije demasiado.

—Ah —fue su comentario. Cualquiera que supiera en torno de quién tornaba la conversación, hubiera terminado por su propio bien. Sin embargo, ella no se rendiría tan fácil—: Entonces, tendré que preguntarle a Sesshoumaru-sama. A Se-chan —otra sonrisa inocente.

No obstante, sin importar qué tan dulce pareciera, Jaken temió ante esas palabras y la pequeña amenaza que se encontraba en ellas. Si Sesshoumaru-sama se enteraba de que aún le solía decir Se-chan como cuando era niño —aun cuando él, al cumplir los siete años, le hubiera dicho con una mirada muy similar a la actual que dejara esas tonterías infantiles. Ni siquiera deseaba imaginarlo.

Con un carraspeo y un intento de parecer tranquilo después y habló: —Son sus medio hermanos. Su hono... —se corrigió—. Su padre los tuvo con su amante.

—Una amante —repitió. Eso era algo que ella no se había esperado. Rin venía de una familia normal, donde algo así parecía improbable, imposible. Como si fuera de otro mundo. Pero siempre debía haber quién comentara eso en voz baja. Era algo malo.

—Sí —al parecer, extrañamente quería seguir hablando. Quizá para demostrar cuánto sabía él más que ella—. Una mujer muy joven y bella, por cierto. Aunque ella también murió.

—Oh. Pobres —lo dijo en verdad. La muerte era algo terrible, horrible, que siempre hería a alguien. Y Rin podría considerarse algo experta en eso.

—Nah —Jaken no estuvo de acuerdo con su comentario—. Uno es un muchacho antipático y violento. Y la chica nunca ha llegado a caerme bien del todo. Inuyasha y Kagome son demasiado diferentes a pesar de haber nacido juntos.

—¿En serio? ¡Qué lindo! —Rin lo sorprendió levantando la voz, incluso dejando su lugar y parándose. Él la veía de forma extraña—. Yo pienso que esas personas son las más cercanas. Es un lazo especial —continuó, sin importarle qué pensara su acompañante—. ¿Y cómo actúan entre ellos? ¿Tienen un lenguaje secreto o algo así?

—Solamente son personas no gratas y ya. Además, sólo sé que suelen pelear seguido, pero también son unidos. ¿Para qué quieres saber?

—Me gustaría conocerlos —mencionó, sonriendo y bajando la mirada—. Yo ya no tengo hermanos, así que quisiera poder entrar en el círculo de dos personas, ser alguien importante.

Eso sería como si tuviera familia de nuevo.


CAPÍTULO VIII:

Omnipresente Nüwa

"Al seguir ocultando tus sentimientos
La puerta de tu corazón se está oxidando silenciosamente.
Llevar una máscara es un impedimento cuando la verdad puede ser vista
...Mi corazón es un suspiro vacío de la realidad"
Rin', KAMEN


Ciertamente, cada acto debía tener su consecuencia. Como es el que, si se grita, puede que alguien escuche; que si dices una mentira, ésta puede ser creída o no, causando los respectivos actos de las personas que cayeron o simplemente la ignoraron. Lo que haces influye en algo y en alguien. Y, esta vez, a Sango le había tocado recibir una consecuencia.

Por eso en ese día sábado, en lugar de estar en la escuela, se quedó en su casa, mirando hacia el techo y limpiando el continuo lagrimeo que sus ojos liberaban.

Porque, después de su escena bajo la lluvia de la noche anterior, terminó por enfermarse.

Su cuerpo dolía y por esa razón se molestó al escuchar el sonido del timbre. Decidida a no levantarse de su cama, dejó que quién fuera el que deseara entrar terminara por cansarse. Sin embargo, ese ente pareció no cansarse de tocar. Sin otra opción y siendo la única quien se encontraba, tuvo que levantarse. No le importó el hecho de aún estuviera vestida con su piyama o el resto de su aspecto, después de todo, si esa persona se espantaba y se iba le resultaría estupendo.

Cuando llegó después de hacer el recorrido más lento y tardado que había hecho desde su habitación hacia la entrada, Sango pensó que al menos se debió de preocupar en peinarse un poco.

—Miroku —ella dijo su nombre, sorprendida de estarlo viendo en ese momento—. Deberías estar en la universidad —sí, el debería estar haciendo eso, no el encontrarse en ese lugar.

Con un movimiento de hombros, él contestó: —Alguien me dijo que no te sentías bien.

—Kohaku —sin necesidad de otra información, ella lo dijo. Ese niño.

—¿Y dónde están los demás? —Miroku le preguntó, mientras entraba a la casa y se descalzaba. Al parecer, el pequeño hermano había olvidado revelarle eso.

—Mi padre fue a trabajar. Y Kohaku fue con su grupo a un lugar —así que sí, ella estaba sola. Después, volteó a observarlo—. ¿Qué haces aquí?

—Estás sola, así que alguien tiene que cuidarte —mencionó con gran facilidad—. Además, soy algo responsable por tu estado —eso era algo que no podía negar. Aunque ella también tenía responsabilidad en ello al pedirle que se quedaran por más tiempo.

Avergonzada por sus actos y tal vez un poco por el hecho de que él se encontrara ahí, mencionó la frase con dificultad: —Te voy a contagiar.

Sin embargo, Sango estaba olvidando con quién estaba hablando: —Pues entonces ambos compartiremos la cama —al escuchar sus propias palabras, se vio en la necesidad de agregar—: No de esa forma.

—Yo no estaba pensando en eso —se defendió. Después volteó el rostro y cruzó los brazos.

—Ajá, como digas —pareció no creer el hecho de que ella no hubiera activado el doble sentido—. Entonces, ¿quieres que me ponga delantal?

—Te verás muy lindo —respondió, levantando los hombros. Pero, a pesar de que deseaba mostrarse despreocupada por el asunto de que Miroku estuviera ahí, con el único propósito de jugar al enfermero, él pareció no creer eso.

—Que tú estés diciendo eso... —Miroku se acercó hacia ella, hizo a un lado su flequillo despeinado y comprobó su temperatura con la palma de su mano—. Tienes fiebre —mencionó, preocupado—. Ven, debes descansar —acto seguido, puso las manos sobre sus hombros y comenzó a guiarla hacia su habitación.

—Estoy bien —dijo, pero su cuerpo la traicionó liberando unos estornudos.

—Sango. No te hagas la fuerte —él mencionó, mientras subían las escaleras hacia el segundo piso—. Te cargaré si es posible.

—Bien —terminó por acceder. Miroku podía ser muy persistente, además de que ella no deseaba escuchar ese tono suyo que la hacía parecer una niña pequeña, aun cuando él era mayor que ella por un poco más de dos años—. Pero no tienes por qué acompañarme.

—Debo de hacerlo —le abrió la puerta y dejó que ella entrara primero. Incluso llegó al punto de hacer que se recostara sobre la cama y cubrirla con las sábanas—. Descansa —le indicó. Eso era un poco vergonzoso.

—Sí —respondió, un tanto cansada. Quiso sonar con un tono de voz que dijera «Soy lo suficientemente mayor para cuidarme sola», pero se encontró con que ella en verdad deseaba dormir un poco—. Aún estás aquí —comentó, al abrir los ojos y encontrarlo aún ahí, observándola.

—Tú aún no estás dormida —mencionó después de un suspiro—. Me iré de tu habitación hasta que lo estés —después, se hizo un lugar sobre su alfombra. Y, a pesar de que al hacer eso le trajo un repentino recuerdo de un Miroku escabulléndose en las noches sólo para tener ese lugar, eso logró hacerla sentir mejor.

—Miroku... —comenzó, con los ojos cerrados. Su enfermedad estaba haciendo que sus ojos lagrimaran de nuevo, así que no deseaba que él se diera cuenta y pensara erróneamente que estaba llorando.

—¿Sí? —preguntó con tranquilidad.

—Gracias por estar aquí —le dijo—. Me sentía algo sola. Pero sólo un poco —en verdad se lo agradecía porque eso significaba que no lo olvidaba. Él sabía muy bien que a Sango no le gustaba estar sola.

—Para eso estoy, pequeña Sango —ella escuchó un cómo él se movía y después sintió que su frente era besada—. Duerme. Aún tienes fiebre.

—Sí —respondió, después de todo comenzó a percatarse de que su rostro estaba caliente. Aunque, en ese momento no estaba segura de que fuera sólo por la fiebre.

—Estaré aquí cuando despiertes —dio su mensaje con una voz suave y baja.

—Sí —ella repitió su respuesta.

Después, Sango se dejó ir. Pero, y a pesar de que no había sido brindada con algún sueño, se sintió protegida. Y sólo se despertó cuando tuvo la sensación de que algo o alguien lamía su nariz. Y también escuchó que Miroku reía.

Una risa. Una lamida.

Ante eso, ella se levantó rápidamente, temerosa de que sus pensamientos estuvieran en lo cierto. Cuando observó toda la escena se encontró con una Kirara a su lado y un Miroku con algo en su dedo y que seguramente había untado en su nariz. Su doctor resultó ser un niño pequeño y travieso.

—¿Te sientes mejor? —le preguntó después de observar su ceño fruncido.

—Sí —respondió mientras cargaba a Kirara. A pesar de lo que dijeran y pensaran, Sango podría jurar que la pequeña gata estaba preocupada por ella. Así que la acarició—. Ya no me duele la cabeza —respondió, sin verlo.

Una mano se posó de nuevo en su frente y ella alzó la vista para observarlo en su plan de médico.

—La fiebre disminuyó. Eso es bueno —después, la mano fue removida y, en su lugar, una bandeja con comida fue puesta frente a ella—. Ahora, debes comer.

—No tengo hambre —contestó con la verdad. Además, aun si en verdad tuviera apetito, pensaría dos veces en comerlo. Después de todo, no estaba segura de las capacidades de Miroku para cocinar. Ahora que recordaba, jamás lo había visto cocinar. Eso era extraño conociéndose desde hacía mucho tiempo.

—Aunque sea un poco —le pidió. O más bien le ordenó.

—Lo que usted diga, señor doctor —entonces, Sango tomó una cuchara y se aventuró a tener una nueva experiencia.

—No me gustó esa actitud, pero la dejaré pasar sólo porque estás enferma —y, retrasando el momento en que debía probar aquello que Miroku había preparado, él le quitó la cuchara de sus manos.

—Miroku, comprendo que estés aquí y todo eso, pero no entiendo por qué tienes que alimentarme así —Sango le dijo, después de unas probadas de la comida que había resultado demasiado aceptable. Después de todo, se podría decir que él vive solo, se recordó.

—Es parte de mi paga —él comentó con una sonrisa burlona. Después, la cuchara fue a posar de nuevo dentro de su boca. Esto sí que era tratarla como la niña que ya no era.

—Dios —expresó, dejando liberar un suspiro. Después, algo se le cruzó a la mente—: ¿No tendrás problemas por faltar a clases?

—¿Olvidas quién soy? —le preguntó, después de que ella, con un gesto, le dijera que estaba satisfecha y la comida fuera removida de su vista.

—Estás siendo arrogante y presumido —pareció estarlo regañando, pero, después de encontrarse en diversas situaciones donde Miroku olvidaba la edad que tenía, eso le pareció lo más justo—. No todos tienen tu capacidad.

—¿De ser arrogante y presumido? —comentó, haciéndose con un lado de la cama.

—De inteligencia —lo corrigió, viéndolo con atención—. He conocido a gente arrogante y presumida. Créeme: tú no eres una.

—Es bueno saberlo.

—Pero si quisieras serlo, al menos podrías tener todo el derecho —Sango continuó hablando. El sentirse mejor quizá le había motivado a decir más, incluso podría decir que también era el hecho de que por fin se diera cuenta de que Miroku estaba a su lado—. Las personas así, generalmente creen tener mucho, pero resulta que son muy pobres en algo.

—No es que yo tenga mucho, realmente —de repente, pareció como si la ligereza de las palabras de Miroku se hubiera esfumado—. Aunque parece que estás hablando mucho —él comentó, tratando de desviar el tema.

—No es cierto —ella no se lo permitió.

—¿Puedes hablar más? —aún no se rendía.

—No me refiero a eso: Tú en verdad tienes muchas cosas —le dijo, retomando el tema. Si había tocado un punto sensible, hablarían sobre ello en lugar de dejarlo a un lado. En ese punto, recientemente había cambiado. Entonces, lo miró a los ojos y continuó—: Todos hemos perdido algo (alguno más que otro), pero... siempre dicen que las cosas pasan por algo. Al menos eso quiero creer.

«Todo es por tu bien» —Miroku mencionó al momento en que se recostó sobre la cama y observó el techo, así como ella lo había hecho antes de que él llegara—. Jamás entenderé la sobreutilización de esa frase.

—Miroku... —dijo su nombre. Después hizo lo mismo que él—. No te gusta hablar sobre esto, ¿verdad? —era algo que Sango ya sospechaba y ahora comprobaba. No podía culparlo. Aún ahora ella tampoco podía hablar con naturalidad sobre el tema de la pérdida.

—Sí —no lo negó, pero tampoco la observó.

—¿Te gustaría que él regresara? —se aventuró a preguntar. No importaba si después de haber dicho eso Miroku le hiciera una pregunta similar, con el mismo tono, si con ello tenía una respuesta.

—No lo sé —contestó, sin parecer molesto en absoluto. Quizá ya esperaba que alguien alguna vez se lo cuestionara—. Después de todo, no lo conocía muy bien. Aún no creo hacerlo.

—Alguna vez dijiste que querías tener un hermano —Sango sacó al tema, recordando algo del pasado. Además, se había dado cuenta de que ya no quería escarbar más sobre el asunto del padre de Miroku. Dejarlo... Ella podría decir que sentía desprecio por ese hombre, aunque jamás se lo diría a Miroku. Después de todo, lo más seguro era que él ya lo supiera.

—Sí —comentó, sonriendo de lado—. Pero eso fue antes.

—¿Qué cambió? —una parte de Sango le decía que se callara por el bien de todos, pero ella la dejó olvidada en un rincón. Ella deseaba saber más sobre Miroku, más de lo que se encontraba detrás de sus recuerdos. Quería saber sobre sus dudas y temores. Esa era la única forma en que ella sentiría que lo estaba ayudando al menos un poco.

—Yo deseaba un hermano porque era un niño, un hijo único. Ahora no creo que eso sería lo más indicado —después de una pausa, continuó—: Hay complicaciones y problemas que no parecen terminar.

—Es difícil —siempre había dificultades y más si se estaba en una situación como esa: donde se tenía poco tiempo y después se debían tomar las respectivas responsabilidades. Unas, que en el caso de Miroku, se habían adelantado demasiado tras el contratiempo no esperado.

—Además, estaría tentado —él dijo, sacándola de sus pensamientos sobre injusticias—. A veces suelo entenderlo un poco —Sango comprendió tras pensarlo unos segundo.

Tentado a irse.

—Tú no huirías —ella se colocó casi sobre él, de una forma en que Miroku la observara fijamente, del mismo modo en que ella lo hacía.

—Hay veces en que eso suena muy tentador —dejarlo todo y comenzar de nuevo siempre lo era.

—Aun si lo quisieras, no te lo permitiría —le comentó, decidida. Si se perdía, ella lo guiaría.

—Así es —sonrió—. Puedo poner mi vida en tus manos, ¿verdad? —sin habérselo previsto, Miroku aprovechó esa posición para acariciar su mejilla.

—No es para tanto —miró hacia otro lado, avergonzada. Después, sin poder evitarlo, estornudó. Eso hizo que Miroku riera.

—Recuerdo cuando supuestamente me enseñabas a comportarme —comenzó a relatar, al momento en que volvía a sentarse sobre la cama—. Pero era con golpes. Aún en esa edad eras muy ruda —después, comenzó a sobar su brazo izquierdo, como si el recuerdo fuera tan vívido como para volver a sentir ese dolor.

—¡Tú no entendías con palabras! —se defendió. Miroku tenía el poder de distorsionar todo con sólo hablar.

—No importaba cuánto suplicara, tú no te detenías —continuó, sonando completamente como la víctima. Incluso sus ojos azules adquirían un brillo de tristeza.

—¡Ah! —gritó, indignada por su victimización—. ¡Embustero!

Sin embargo, eso no pareció callarlo en absoluto: —Lo recuerdo bien —puso un dedo al lado de su rostro, con gesto pensativo. No obstante, él dejó esa pose para comenzar con su drama del día—: «¡No, Sango! ¡Ya aprendí!» —dijo, como supuestamente alguna vez una versión más pequeña de él lo habría hecho—. «¡Sango, seré un niño bueno!».

—¡Vil mentiroso! —quiso atraparlo, mas Miroku fue más rápido y se levantó, poniéndose de pie sobre la cama deshecha—. ¡Cállate! —le gritó. Miroku dejó la inestabilidad del colchón para saltar de él y aterrizar en el piso.

—Sí. Eso también me gritabas —siguió con su juego aun cuando ella le arrojaba sus almohadas—. «¿En el estómago?», yo preguntaba.Y tú decías: «Para no dejar marcas. Jaja já».

—¡Yo no río así! —corrió hacia él. Entonces, la persecución dentro del cuarto comenzó. Kirara, desde un lugar seguro, sólo observaba la escena.

—Es tu risa malvada —le explicó—. Jaja já —pareció burlarse del hecho de que ella no parecía poder alcanzarlo. ¡Eso no era justo! En otra ocasión, donde no se encontrara enferma, las cosas serían diferentes.

—¡Me estás retratando como una pequeña anticristo!

—Hay que constar que las palabras salieron de tu boca —Miroku parecía estar disfrutando eso. Pero su suerte no podría durar mucho.

Sin tener tiempo de evitarlo, él tropezó con la punta de una sábana mal arreglada. Así que, en poco tiempo, se encontró en el piso.

—¡Retráctate! —le pidió Sango después de sentarse sobre él y comenzar a golpearlo con una almohada—. ¡Di que eso no era cierto!

—Si ya lo sabes, ¿por qué debería decirlo? —se dignó a decir entre risas.

—¡Oh, malvado!

El carraspeo de una garganta fue capaz de cambiarlo todo, de arrancarles de inmediato una sensación para sustituirla por otra. Y, al voltear al ver al hombre que se encontraba en el umbral de la puerta, se movieron rápidamente hasta que ambos se quedaron sentados sobre la alfombra. Se sentían como dos pequeños descubiertos haciendo una travesura.

Pero esa no era cualquier travesura.

—Padre —por fin le dijo Sango. No se había percatado de que era la hora en que su padre regresaba del trabajo.

—Parece que te sientes mejor —mencionó el señor Kuwashima, analizando toda la escena, desde la habitación desarreglada, la gata que sólo observaba atenta cualquier movimiento y las dos personas frente a él.

—Ah, sí —Sango respondió. De repente parecía un poco nerviosa.

—Y Miroku... —él mencionó el nombre de quien parecía tener un aspecto normal, también el de estar demasiado callado.

—Después de salir de la universidad, vino a ver cómo estaba —empezó a relatar. Sango se dio cuenta de que había sido rápida en alterar a la verdad—. Parece que Kohaku le dijo que no me sentía bien.

—Entonces, gracias por cuidar de Sango —su padre mencionó. No obstante, eso fue capaz de extrañarlos. Esa frase era una típica, una de las que los padres le decían a los amigos de sus hijos... al apenas conocerlos.

—No... —Miroku comenzó a hablar—. Lo hice como los amigos que somos —después, él se levantó—. Ya es tarde y debo irme. Nos vemos después —un saludo al padre y después se volteó a observarla—. Mejórate, Sango.

—Sí —ella siguió con el juego—. Gracias por venir. Eres... un buen amigo —decirlo no era igual de fácil que planearlo en la mente.

—Te acompaño a la salida —entonces, ambos salieron de la habitación.

Al escuchar cómo bajaban las escaleras, Sango corrió hacia su cama y Kirara fue rápidamente a su lado. Ella comenzó a acariciarla mientras su respiración se tranquilizaba. Todo había sido muy repentino. Por esa razón, ella no pudo dejar que su imaginación volara, siendo guiada por la Sango que hacía poco tiempo le había pedido que se callara.

Si en lugar de estar jugando...

No había necesidad de hacer algo más, un abrazo sería suficiente. Su padre era muy listo.

—Por poco —Sango mencionó. También lo hizo Miroku mientras caminaba en la calle. La consciencia de que debían tener más cuidado apareció, dándoles una advertencia.

...

El camino hacia la casa de los abuelos fue largo como siempre. Eran esas las ocasiones en las que se preguntaba la razón del porqué su madre se había ido a un lugar tan lejano de ese con su padre. Pero entonces recordaba el hecho de que a ella le gustaba la ciudad en la que vivían: pequeña, pero sin llegar a ser aburrida. Tranquila y sin problemas graves o recurrentes. Un lugar donde una familia podía vivir feliz.

Kioto tenía su encanto con ese aspecto antiguo, como perdido en el tiempo. Sin embargo, si viviera en ese lugar, jamás habría conocido a aquellas personas que no quería olvidar. Kioto era para momentos especiales como ese. Aunque, en ese instante, no se sentía con los ánimos suficientes como para dejarse inundar por los sonidos antiguos o paisajes no tan desconocidos.

Adentro del auto era otro mundo. Los habitantes: el conductor del auto, con su mirada hacia el frente; Kagome, quien observaba por la ventanilla; e Inuyasha, el muchacho que escuchaba música en sus audífonos y miraba hacia otro lado. Así había sido desde la mañana. Sólo unas cuantas palabras en algunas paradas y cuando cruzaron de una isla a otra.

—Inuyasha... —lo llamó. Pero él no se dio cuenta de que había dicho su nombre, no hasta que ella se decidió a tocarlo para que volteara a verla.

—¿Qué? —preguntó, después de remover uno de los audífonos. Y, como respuesta, Kagome le tendió una bolsa de papas fritas. Al sacarlas de su mochila, no pudo evitar el recordarlo. Después de todo, eran sus favoritas.

—Ten —se la dio. Inuyasha sólo parpadeó rápidamente.

—Oh —dijo—. Gracias.

—De nada —y de nuevo se quedaron en silencio. Al menos, mientras observaban por la ventana un obscurecido paisaje, se percataron de que acababan de llegar a su destino.

Los tres bajaron del auto cuando éste terminó de estacionarse frente a la gran y antigua casa. Y, después de tomar sus cosas, miraron hacia el frente. Se veían algunas cuantas luces dentro de a casa y, además, un hombre mayor con aspecto regio y un poco intimidante apareció. El anciano, tras ver a los dos jóvenes, cambió su gesto duro para remplazarlo por uno más amable.

Kagome fue la primera en hablarle: —Abuelo. Feliz cumpleaños —le dijo, a pesar de que su cumpleaños sería oficialmente el día siguiente. Esa era la razón por la que ellos habían llegado a Kioto. Por la que todo aquel que tuviera la sangre Higurashi dentro de su ser estaría ahí.

El abuelo sonrió: —Gracias Kagome-chan. Inuyasha.

—Hola —fue el saludo del nieto de pocas palabras.

—Es bueno tenerlos aquí —el mayor de los Higurashi habló mientras los conducía adentro. Era de noche, pero sin importar qué tan tarde fuera, el abuelo siempre los esperaba en la entrada.

—No podíamos faltar —Inuyasha comentó, observando los árboles, los pasillos de madera—. Estás más viejo —terminó por agregar, sin preocuparse de sonar amable o no.

—Eso es algo que no te puedo negar —dijo, sin sonar molesto en absoluto. Se podría decir que Inuyasha era el único de la familia que podía hablarle de esa forma tan característica suya, pero sin jamás ser reprendido. Y eso se debía claramente al hecho de quién era hijo.

—¿Y obaa-chan está bien? —Kagome preguntó, siendo amable. Además, quería saber cómo se encontraba ella.

—Sí. Sólo está descansando —respondió, observándola con los mismos ojos castaños que el par de hermanos compartían—. El estar recibiendo mucha gente debió de agotarla —hombres, mujeres, niños. Las consecuencias de haber tenido la cantidad de cuatro hijos y una hija se hacían presentes.

—¿Somos los últimos en llegar? —Kagome continuó siendo quien hablaba.

—No se preocupen, aún faltan —una línea sutil en sus labios, esos que después se abrieron para mencionar—: Ahí está su habitación —les señaló hacia una amplia puerta corrediza. El lugar se veía cómodo, sin embargo, el hecho de que hubiera hablado en singular, confundió a Inuyasha y Kagome.

—¿Una habitación? —ambos dijeron al mismo tiempo, lo cual los sorprendió.

—Todo está lleno casi por completo —explicó—. Pensé que estarían más de acuerdo en compartirla que si lo hacían con otros. ¿Cometí un error? —les preguntó con una mirada que sólo las personas de esa edad podían dar: una con muchos conocimientos, como si lo supiera todo.

—No —Kagome rápidamente contestó—. Está bien.

Está bien.

—Entonces, descansen —después de las debidas palabras de buenas noches y de que observaran cómo su abuelo se retiraba, ambos entraron a la habitación tradicional.

Ahora sólo eran ellos dos frente a unos futones.

Inuyasha fue el primero en hacer movimiento cuando comenzó a dirigirse al que sería su cama de esa noche y dejar sus cosas a un lado. Kagome lo imitó. Todo era muy silencioso, así como el trayecto, así como serían los días siguientes si el espíritu de las palabras sólo deambulara, sin ser tomado. Y eso le pareció que ya era demasiado.

—¿Estás molesto conmigo? —Kagome le preguntó de espaldas a él. En ese momento ambos estaban cambiándose a la ropa que utilizarían para dormir y, a pesar de que los rodeara la oscuridad, no sería lo más indicado el hablar de frente cuando se encontraban haciendo eso.

—¿Y tú estás molesta conmigo? —él repitió su pregunta, adaptándola a su propia forma.

Kagome respondió: —No lo estoy —fue sincera. Así no era como se sentía. Eso era diferente. Era una sensación a la que no podría ponerle nombre.

—Yo tampoco —él dijo, sonando de la misma forma que ella.

—Bien. Necesitaba escucharlo —expresó, sintiéndose liberada de una pequeña porción del peso con el que estaba cargando. Pero que aun así seguía amenazando con triturar algo.

Y, sin habérselo esperado, él continuó hablando: —Pero no pareces querer escuchar lo que yo quiero decir —«¿Ahora quién es la testaruda?» pareció querer agregar con ese tono de voz. Entonces, después de todo, sí estaba molesto con ella. Al menos un poco.

Inuyasha —dijo su nombre y lo observó, de esa forma, sólo intentaba hacerle ver que no era el momento indicado para hablar. Aunque, también desconocía cuál sí sería la hora y el lugar donde podrían hacerlo.

Déjate de eso —pudo haber gritado, pero ambos se encontraron hablando en voz baja para evitar que los delgados muros pudieran filtrar algo al mundo paralelo, el que parecía cegado ante su situación. La única prueba de su molestia era su rostro revelado entre las sombras—. Sólo estás mintiendo por más tiempo.

—No es lo que quiero decir. Nunca es eso —fue rápida y sin dudas al decir eso. Como siempre, Inuyasha trataba de ver la parte negativa a todo, dejando que su parte pesimista lo cegara por un momento—. Sólo digo que aún no —siempre era muy impaciente.

—Dices que pensemos —ella asintió con la cabeza, creyendo que por fin lo había entendido. Sin embargo, eso nunca era tan fácil—: Ya es demasiado tarde para eso, ¿no crees? —esas palabras le hicieron incapaz de contradecirlo—. Pero si tú quieres quedarte pensando toda la vida, hazlo —él mencionó, después de recostarse en el futon. Ya no tenía nada más que decir sobre el tema.

Ella tampoco encontró qué era lo más indicado por decir: —Buenas noches.

—Sí. Lo que digas —oficialmente, la conversación se daba por terminada.

Entre los ruidos de naturaleza, Kagome se dio cuenta de que estaba molesta. Estaba enojada con las palabras que se habían dicho y las que no, por la forma en que las cosas habían ocurrido —como si alguien que estuviera en su contra lo hubiera hecho a propósito—, como también por ignorar lo que pasaba —Aunque, ¿qué podía haber hecho? Sí, esa era la cuestión: Si desde un principio hubiera permitido que sus ojos se abrieran, ¿habría cambiado algo si con ello lograra evitar sentirse como ahora lo hacía?

La duda de saber si era la única quien pensaba eso, quien quisiera aferrarse al menos un poco, era agobiante. Kagome durmió con el extraño deseo de querer arrancarse algo de adentro, pero sin saber qué era con exactitud.

Corazón. Alma. Mente.

—¿Puedo ayudarles en algo? —fue su primera oración del día a la cual se la dedicó a un grupo de tres mujeres que trabajaban en la casa. Cuando había despertado se encontró sola, así que lo único que se le ocurrió fue hacer algo para distraerse.

Ellas sólo se miraron, sin saber qué responder. Hasta que alguien habló detrás de su espalda: —No te preocupes —Kagome volteó, para encontrarse con el rostro de su abuela.

—Obaa-chan —fue lo único que pudo decir. El ver el lado regio y autoritario de su abuela siempre le resultaba como algún cambio drástico de ambiente. De la misma forma en que a los demás les parecería extraño el observar cómo esa mujer mayor que portaba orgullosa su kimono obscuro y cabello blanco perfectamente peinado tuviera un lado amable.

Al parecer, no había persona a la que se le conociera perfectamente.

—Kagome, despertaste tarde —la mayor de los Higurashi habló.

—Ah, sí. Perdón —se disculpó. No había planeado el dormir tan tarde (ni siquiera estuvo segura de que podría conciliar el sueño). Y, mientras había caminado desde su habitación prestada hacia la cocina no se había topado con alguien que no trabajara ahí y al verla hiciera alguna reverencia, lo cual le hacía sentirse incómoda.

Las tres sirvientas que se encontraban ahí, por más que intentaron mostrarle una atención exclusiva a sus deberes, no pudieron hacerlo. La sonrisa de su empleadora las distrajo por un instante.

—No te preocupes —ella le dijo a Kagome, quien había notado lo que ocurría—. Sólo ve a cambiarte. La ropa ya debe de estar en tu habitación —le pidió.

—Sí —Kagome obedeció al terminar de comer algo. Después, comenzó a caminar siguiendo el recorrido que anteriormente había hecho. En esta ocasión, no se topó con alguna de las personas que le habían hecho una reverencia. Sin embargo, sí se encontró con alguien de rostro y gestos conocidos—: Sesshoumaru —lo nombró.

Él volteó a verla y dijo su nombre: —Kagome —ella fue hacia él. Lo observó, comprobando que era el mismo hermano que hacía casi un año no veía. A Kagome, a pesar del carácter de Sesshoumaru o las acciones y palabras que él pudiera expresar, le agradó el hecho de que estuviera ahí—. ¿Dónde está el estúpido de Inuyasha? —preguntó, al notar que no estaba a su lado, como siempre.

—No lo sé. Por ahí —ella respondió. No todo el tiempo debían estar juntos. Ante su comentario, Sesshoumaru sólo la observó, con sus ojos serios y dorados. Él era un hombre muy listo—. Tengo que ir a cambiarme —agregó, rompiendo el silencio—. Nos veremos después.

—Sí —él contestó con su voz grave. Con el permiso dado, ella comenzó a caminar. No obstante, tuvo que detenerse cuando él la llamó de nuevo, como recordando algo a último momento—: Kagome —ella volteó para observarlo de nuevo—. Si ves a Inuyasha, dile que quiero hablar con él.

—Lo haré —dijo, sin comprender mucho. Después, siguió con su camino. Todavía tenía que ponerse aquella ropa que se había elegido para ella. Y, al parecer, en esta ocasión habría un tema de trajes tradicionales porque, al menos a ella, le habían dejado un kimono. Un furisode con una hermosa escena dibujada.

Kagome pasó los dedos sobre el bordado. Entonces, recordó el hecho de que, posiblemente, algún familiar hubiera utilizado ese furisode y, entre ellos, alguna tuvo que ser su madre. Y, viéndose vestida con él, creyó aún con más fuerza que eso debía de ser cierto. Pero, si no era así, de alguna forma ahora Izayoi sí lo estaba haciendo.

Y, podría ser, que ella no fuera la única que lo creyera: —Hola —la saludó un muchacho atractivo en yukata (al menos no era la única quien iba vestida así). La forma en que la tela se abría enseñando el cuello y parte del pecho, mostraba su personalidad rebelde. Parecía un poco impresionado al verla.

—Hola —le contestó. Esperaba que esa mañana hubieran despertado con un mejor humor. Ahora juntos recorrían el amplio pasillo de madera—. ¿Ya viste a Sesshoumaru? —ella le preguntó.

—Afortunadamente no —comentó, sonando aliviado.

—Te está buscando. Dijo que quiere hablar contigo —ante esas palabras, Inuyasha hizo un gesto de fastidio. Ella sonrió. Al menos él parecía ser él mismo. Ante ese descubrimiento, Kagome recuperó los ánimos necesarios para hacer que él se detuviera y, después, acomodar su yukata masculina. Tanta piel expuesta no era la indicada cuando era el cumpleaños del abuelo.

—Kagome... —él la llamó mientras observaba hacia arriba, hacia el techo viejo pero resistente ante tantos años.

—¿Qué ocurre? —le dijo al terminar su trabajo. Al notar que le prestaba atención, Inuyasha bajó la vista, viéndola con atención mas acompañado con su típico gesto de no saber cómo actuar.

—Yo... —comenzó—. No quiero...

Pero Kagome ya no supo lo que él quería decirle. Unas personas conocidas se acercaron a ellos. Una mujer adulta y un niño.

—Inu onni-san —el pequeño saludó por primera vez a Inuyasha, él, quien suspiró posiblemente algo molesto por haber sido interrumpido.

—Souta —al parecer, siguió con su carácter habitual o un poco más ligero. Después de todo, a ese niño lo conocían desde que había nacido. En un momento, ambos niños estaban hablando, graciosamente, con Souta dominando la conversación.

—Tía Naomi —Kagome saludó a una de las personas que más apreciaba. Su sola presencia, sumada al hecho de que había visto a su hermano mayor, hizo que sintiera que ese día podría ser más llevadero.

—Hola Kagome. Hola Inuyasha —les sonrió a ambos—. Se ven muy bien con esa ropa —ella comentó.

Su hijo agregó: —Al menos no me siento mal por usar yukata —él también usaba una, pero su madre no.

—¿Qué quieres decir con eso? —Inuyasha pareció alertarse. Kagome no pudo evitar sentirse de la misma forma.

Su amable tía contestó: —Ah, pues ustedes tres son los únicos que están vestidos de esa forma. Al menos por lo que he visto —ante sus palabras, Inuyasha soltó una palabrota y Kagome sólo pensó que habían caído en una treta elaborada por el lado juguetón de su abuela que muchos desconocían. Y lo comprobaron al reunirse con sus tíos y primos.

Obaa-chan...

Al estar ante esa multitud, Kagome se estableció al lado de Souta e Inuyasha. El mayor de los tres comprendió y aceptó su acto. Después de todo, ahí venía un grupo de muchachos y alguno que otro niño preadolescente. «¡Hola, Kagome-chan!», «¿Cómo has estado, Kagome-chan?», «Te ves bien, Kagome-chan». Eso era lo que tenía que soportar anualmente por parte de todo tipo de familiares. Solía parecerle que le tenían cierta preferencia por ser la única nieta mujer de la familia. Aunque hubo una vez, cuando ella tenía dos años, que eso pudo ser diferente.

En ese tiempo, uno de los hermanos de su madre estaba esperando la llegada de su primer hijo: una niña. Ambos parecían muy emocionados por la noticia. La esposa gustaba platicar mucho con Izayoi sobre el asunto. «Me gustaría que fuera una niña tan adorable como la tuya», decía y ambas reían. Incluso el serio esposo se aferró a la idea de que quería que se llamara Kagome. «¿No sería algo confuso si hay dos Kagome?»,«Ella será Higurashi, no Taishou».

Pero las cosas se complicaron y una tragedia ocurrió.

Nunca hubo dos Kagome.

A veces creía que esa era la razón por la que la tía Naomi era muy buena con ella y por un tiempo se hizo cargo de ellos después de la muerte de su madre. Aunque... ella también parecía tenerle mucho cariño a Inuyasha. Sí, no debía tratarse de eso.

—Sesshoumaru —Inuyasha la sacó de sus pensamientos después de que mencionara el nombre del hermano que los miraba desde otra parte de la casa. Kagome los observó y notó la tensión entre ellos. No se llevaban bien y estaba segura de que jamás lo harían, pero seguían siendo familia a pesar de que no contara con el lado Higurashi.

«¿Qué hace Sesshoumaru en esta reunión si no es Higurashi?»

«Pero es parte de nuestra familia»

«Es cierto, si no, padre tampoco podría venir»

«Mentira. Yo sólo voy porque resulta conveniente»

—Inuyasha —él caminó hacia Sesshoumaru, con el gesto serio. Pero su medio hermano no fue a su encuentro, sólo le hizo un gesto para que lo siguiera—. Regreso en un momento.

—¿A dónde van? —ella preguntó, aun cuando Inuyasha se encontrara ya muy lejos, siendo incapaz se escucharlo. Sin embargo, el niño que estaba a su lado sí lo hizo.

—Supongo que con los grandes —Souta respondió, sonando como si fuera algo obvio—. Inu onni-san pronto será un adulto —y, como un casi-adulto, debía de familiarizarse con algo como eso.

—Qué injusto. ¿Por qué él sí puede? —uno de sus primos mencionó detrás de ella. Él, siendo mayor que ellos por unos meses se molestó por el hecho de que Inuyasha sí fuera llamado y él no.

—No lo sé —otro respondió—. Pero al menos seguiremos charlando con Kagome-chan otro rato.

—Ahh, sí —ella comentó, sin encontrar qué otra cosa más podría hacer.

Tampoco lo supo cuando, unas horas después, escuchó accidentalmente una conversación.

—Kimonos, ¿cómo se le ocurrió algo como eso? —la voz de una mujer mayor dijo, posiblemente la de una amiga de su abuela—. Los tres parecían una familia. El padre, la madre y el hijo —Kagome sólo rodó los ojos.

—Pero, ¿viste a Kagome-chan? —eso logró evitar el que ella estuviera a punto de irse—. Se parece a Taishou-sama —una punzada que incrementaba de intensidad—. Pero más a Izayoi-san. Es como si pudieras verla otra vez...

—Qué trágico —comenzó la charla de siempre—. Su padre murió y, exactamente un año después, le ocurrió lo mismo a su madre. Para Izayoi lo más importante eran sus hijos. Cuando se enteró de su enfermedad, la ignoró para poder estar con ellos todo el tiempo posible. Además, ya era demasiado tarde.

—Una mujer admirable.

En ese momento, Kagome extendió su mano, buscando un soporte. Pero no hubo quién la tomara.

...

Y, por fin, la estúpida reunión de gente adulta terminó. Inuyasha no podría mentir y decir que no se sintió confundido cuando Sesshoumaru lo llamó y se percató de que no era para pelear. Peor aún, que era para algo como eso. Tampoco podría engañarse diciendo que no se había sentido algo bien al ser tomado en cuenta. A pesar de lo aburrido que le pareció.

«Inuyasha» mencionó el anciano que estaba rodeado de muchos hombres, hablando, comparando «Es bueno verte aquí».

«Si me necesitan...» y, a pesar de la mirada atónita de sus tíos, los que a pesar de ser los hijos no le hablaban de esa forma, su abuelo sólo sonrió con una fina línea ondulada.

La parte que fue más divertida fue cuando discutían entre ellos y Sesshoumaru, con una sola mirada o comentario podría mandarlos a callar. Al final, los únicos que parecían estar en el mismo nivel de hablar eran el abuelo y su medio hermano. Incluso Inuyasha se sintió capaz de comprender algunas cosas que los otros no podían observar. Aunque no lo aparentara, él era listo. Tal vez esa era la razón de que fuera llamado —que alguien se hubiera dado cuenta de eso. O, quizá, que sólo era tomado como la imagen, el amuleto de la suerte del abuelo, porque su apariencia e incluso su nombre, podría ser tomado como tal.

Después de eso, me parezco a ellos.

Fuera como fuera, en ese momento se encontraba observando a toda esa gente que hablaba, caminaba y participaba en su propio mundo siendo iluminadas por la luz de la luna, las estrellas y también la producida por la electricidad. A pesar de que se vieran distantes, todas esas personas compartían sangre con él o sólo lazos familiares.

—Hay muchas personas —la repentina voz de Kagome lo asustó un poco. Había aparecido a su lado sin darse cuenta—. Es como si no te pudieras permitir el sentirte solo.

—No lo creo —él comentó. No importaba cuánta gente te rodeara, alguna vez alguien podría sentir la soledad, dejar que se lo llevara. Incluso eso solía ocurrirle a él con regularidad. Esa era alguna de las cosas que podría decir, pero no aceptar, a la que le tenía miedo.

—¿Por qué dices eso? —ella le preguntó, incluso sus ojos cafés lo hicieron.

—Pues mira hacia allá —señaló hacia una pareja de muchachos, los hijos del menor de los hombres Higurashi. Esos dos que sólo miraban y hablaban entre ellos, presumiendo el hecho de que, por vivir en América, se comunicaban en inglés—. Ellos no dejan de habar mal sobre nosotros.

Kagome lo miró, sorprendida: —¿Cómo lo sabes? Están lejos, y no están hablando en japonés.

Él hizo un gesto, como si resultara evidente: —No importa el idioma —dijo—. Nos miran mal y están diciendo nuestros nombres. Con eso es suficiente.

—Qué astuto —ella sonrió—. Aunque pensé que secretamente sabías inglés —sólo que aprendiera por otros medios que no fuera la escuela, porque Japón no era llamado por nada uno de los países con un mal sistema de aprendizaje de ese idioma.

—No me subestimes —cruzó los brazos—. Sé alguna que otra cosa.

—Entonces... —Kagome puso un rostro retador—. Demuéstramelo, Inuyasha-sensei —él, como un ser orgullos que era, tuvo que aceptar. Entonces, comenzó.

—Amm... —observó atentamente a los dos chicos menores a ellos por algún año. No le importaba que ellos se dieran cuenta de su observación porque, después de todo, esos muchachos criticones estaban haciendo lo mismo. Al menos, Kagome y él trataban de no ser tan evidentes.

—Vamos, Inuyasha-sensei —ella le mencionó, tratando de suprimir su risa por la expresión en el rostro de Inuyasha.

—¡Silencio! No me dejas escuchar —Kagome hizo un gesto de cerrar su boca con un cierre—. Están diciendo sobre el hecho de que nos vestimos diferente.

—No más sobre eso por favor.

—También... algo de mí. Vaya, qué originales —mencionó, con ironía.

—Sólo sienten celos —al parecer, Kagome también le estaba prestando atención a la conversación—. Aún piensan que somos los favoritos —algo que podría ser cierto.

Tsk —expresó su cansancio utilizando sólo un sonido. Ya no quería ver las expresiones de esos dos, así que dejó de verlos. Además... el rostro que había puesto Kagome le hizo prestarle atención. ¿Acaso ella también logró...?—. Kagome...

—¿Qué ocurrió? —mencionó de repente, después de agitar lentamente la cabeza—. Ya sabes, con los adultos.

—Cosas aburridas —respondió. Asuntos que sólo los mayores podrían escuchar y tomar decisiones sobre ellos.

—¿Por qué Sesshoumaru...? —Kagome por fin expresó una de las grandes dudas.

—No lo sé —Inuyasha contestó con lo que en verdad creía—. Tal vez se volvió loco. O quiso que me durmiera en media conversación para quedar mal —O podría ser que se estaba muriendo y le estaba cediendo el lugar. No. Eso sería algo imposible—. Lo que sea, sólo él lo sabe.

—Sesshoumaru siempre es un misterio —seguramente, la única persona que podría entenderse era él. De repente, Inuyasha se sorprendió al pensar que eso resultaba solitario. Jamás se había preguntado si Sesshoumaru se sentiría solo.

Bah, tonterías.

—¿En qué piensas? —ella notó su distracción.

—En nada —respondió—. Sólo que tengo hambre —eso tenía una gran parte de cierto. Su comentario hizo que Kagome pusiera ese típico gesto de madre que ella había hecho tan suyo.

—Pues lo hubieras dicho antes. Vamos —y tomó su mano, guiándolo. Pasando entre las diferentes miradas de diferentes personas.

«Remember...They... Kissed...» Eso había sido suficiente para que él entendiera.

¿Recuerdas cuando ellos se besaron?

—Si hubieras estado aquí antes... Había mucha comida —Kagome dijo al ver lo poco que quedaba. Pero a él no le importaba, sólo quería comer y eso era todo. Ahora ambos se encontraban en una solitaria cocina comiendo sobras. Todos debían encontrarse en los jardines. Sin embargo, eso no le pareció algo solitario a Inuyasha.

—Pero no lo estaba —comentó. No fue su culpa, sino la de Sesshoumaru. Aunque... ese también pudo ser parte de su diabólico plan.

—¡Ah, encontré algo bueno! —Kagome mencionó con emoción. Ella estaba buscando en el refrigerador y otros lugares, y al parecer, su búsqueda había dado frutos—. ¡Tada! Una barra de chocolate. Estaba muy bien oculta, pero no contaban conmigo —agregó, orgullosa de sí misma. Después se sentó a su lado.

—¿De dónde crees que haya salido? —preguntó sólo por hablar. Lo único que le interesaba en ese momento era cuánto de esa barra sería para él o si Kagome no la compartiría. Dios. ¿Y aun así había sido tratado hoy como un adulto?

—No lo sé y no importa —dijo—. Lo único que me importa es si aún es comestible —Kagome comenzó a mover y observar el empaque con atención—. Mmm... No se nota la fecha de caducidad.

Inuyasha casi quiso suspirar, pero no pudo hacerlo ya que pronto su su boca fue violada por la presencia de un pedazo de ese chocolate.

—¿Sabe bien?

—Sí —contestó de forma medio entendible pues tenía la boca llena—. Un momento, ¡¿soy tu conejillo de indias?!

—Sí —ella dijo, sin metir.

—¡Y todavía lo dices de esa forma!

—¿Pues qué querías? ¿Que te mintiera? —sus ojos brillaban, tratando de verse inocente.

—No, pero... —no supo qué decir—. ¡Ah, qué tramposa eres! —utilizando expreciones que él no podría contraatacar, eso sí era una treta.

—No lo soy —ella dijo.

—Claro que sí —se defendió. Ambos comenzaron a sonar como las discusiones que tenían de niños. Pero después se detuvieron. Unas risas controladas y elegantes los distrajeron.

—Obaa-chan —ambos dijeron al mismo tiempo. Ahí, frente a ellos, estaba su abuela no la imponente señora Higurashi.

—Perdón por hacer ruido —Kagome se disculpó. Su conversación debió de escucharse hasta afuera.

—No importa —esa era una de las frases que más le decía a ambos. Con ellos todo, o casi todo, estaba permitido—. Este día no los vi tan juntos, así que encontrarlos así... me es reconfortante —sonrió, de la forma en que sólo lo haría alguien que ya había pasado una vida aprendiendo qué era lo verdaderamente importante y que no—. Me gustaría que jamás se separaran —terminó por revelar.

—No somos algún talismán de la suerte —Inuyasha comentó al momento en que comía otro pedazo de la barra de chocolate—. No porque Kagome e Inuyasha se separen algo malo va a ocurrir.

En algunas ocasiones creía que parte del aprecio que les brindaban esos viejos se debía a alguna superstición, a algo referente con aquel guerrero de nombre Inuyasha y la princesa llamada Kagome.

—Inuyasha, no es eso —su abuela puso un semblante serio—. Sólo quiero que estén juntos, eso es todo. Es mi deseo de anciana: que siempre estén juntos —«Aunque sé que eso es imposible», sabía que eso diría.

Mas él no se lo permitió: —Un deseo de anciana. Lo dices como si fueras un mago o algo así —su abuela y Kagome (aunque quisiera no aparentarlo) sonrieron ante su comentario un tanto maleducado.

—Parezco más una bruja —ella dijo tomando un palillo de comida como si fuera un tipo de artilugio mágico, sin preocuparse de cómo se veía al hacer algo tan infantil—. Ustedes son como unidad y quiero que se queden así. De cuaquier forma, pero juntos.

La bruja acababa de hacer su hechizo.

...

Entre la oscuridad de la madrugada bajo un cielo de un lugar al cual no pertenecía, encendió el fuego. Después, arrojó hacia las llamas el objeto que le había causado problemas y, también, la intromición no planeada de alguien. Y, sin poder evitarlo, comenzó a recordar su voz aniñada y que antes le había resultado agobiante, pero ahora ya no.

«Sesshoumaru-sama, ¿a dónde va?» ella le había preguntado al verlo partir. Él sólo le respindió diciéndole que tenía cosas qué hacer. Y, por alguna extraña razón, se le vino a la mente la posibilidad que existía de que Rin le dijera que se quedara o que la levara con él, como muchas más lo habían hecho cuando lo observaban irse. Pero eso no fue lo que ocurrió.

«Entonces, que tenga un buen viaje, Sesshoumaru-sama» lo sorprendió con esas palabras. «Esperaré su regreso».

Esa niña... Siempre provocándole emociones extraños, sacándolo del lugar al que ya estaba acostumbrado a estar.

Un sonido de pasos sobre la tierra lo hizo dejar de prestarle atención al baile de colores rojos, anaranjados, amarillos y algunas veces azules. Ahí, frente a él, se encontraba Inuyasha.

—Ah, eres tú —él le dijo con su típica actitud arrogante. Como si lo supiera todo. Sólo es un tonto—. Espero que no pienses en quemar la casa.

—¿Y qué si lo hago? —le preguntó, haciendo que borrara ese gesto de su rostro—. ¿Tú tratarías de evitarlo?

Sin dudarlo, él respondió: —Pues sí. Lo haría —sus ojos lo miraban atento. Él parecía sincero.

—Jamás podrías conmigo —Sesshoumaru continuó hablando sobre ese tema.

—Lo sé —Inuyasha siguió con su semblante, sin cambiar nada de él—. Pero eso no me detendría. Tengo poco, pero pienso protegerlo.

Sesshoumaru pudo controlarse demasiado para no demostrar su sorpresa. Esas palabras…

Sin más qué decir, Inuyasha comenzó a irse.

¿Qué iba a hacer? No lo sabía. Pero sentía un impulso —¿Impulso? ¿De dónde salió eso?— de hacerlo. Sólo es para medir sus reacciones, trató de decirle. No obstante...

Es para comparar personalidades.

—Inuyasha —lo llamó, haciendo que se detuviera, mas no que lo volteara a ver—. ¿Qué piensas hacer de tu vida?

"En un sueño,
Vuela hacia la persona que tú no puedes encontrar
Mientras buscas
Los sentimientos que no puedes decir en voz alta"
Rin' feat. alan, SENNEN NO NIJI


Esta vez a Kagome e Inuyasha les tocó un mayor protagonismo, pero todos tuvieron su participación que eso es lo que importa (como siempre digo: Hasta un arbolito trece puede tener su momento).

Agradecimientos del día: Amanda, Jehanne.d'ancy (Se me olvidó: Sí, es Naraku :D), LucDexam, fifiabbs (triplemente), Yumipon y SangoSarait.

Notas:

-Nüwa: Diosa china a la que se le atribuye la creación de los humanos (Si han visto Holy Pearl, el dorama de Inuyasha, lo entenderán). Aunque, también puede referirse al apellido de una pareja de hermanos que decidieron casarse tras tener sus dudas y preguntarle indirectamente a los dioses en las montañas Kulun (si no eran mensos).

-Se-chan: Me gustó cuando el seiyuu de Jaken le dijo así a Sesshoumaru (incluso le inventó una canción XD), así que tuve que hacerlo.

-Furisode: tipo de kimono, elegante y para mujeres jóvenes.

Loops Magpe.