Abrió la puerta y lanzó la mochila contra la pared. Suspiró con cansancio y casi choca contra su padre. Estaba de camisa y corbata, lo que significaba que salía a trabajar. Iwaizumi lo saludó y él le sonrió.
―Oikawa está en tu cuarto. Yo me voy a trabajar.
― Suerte, adiós.
Fue un día muy largo. Los repasos para los exámenes y la práctica de vóley fueron agotadores, especialmente porque Oikawa no estuvo allí. Y pensar que ahora estaba en su cuarto, probablemente tirado en la cama o leyendo tontas conspiraciones por internet, cuando él estuvo todo el día con actividades.
Cualquier rastro de irritación y de fatiga se desvaneció al ver el regalo que le esperaba en la habitación.
Tragó saliva y se quedó congelado en el umbral. Oikawa le sonreía con descaro desde la cama. ¿Acaso era su propio cumpleaños y lo olvidó? ¿Era navidad? ¿Pascuas? ¿Aniversario de dos días? ¿Eso existe? Su cabeza dio vueltas.
― ¿Te vas a quedar ahí todo el día o vas a venir?
― Oi... kawa... ¿Por qué...?
― ¿Por qué no? Quería hacer algo especial por ti.
Se encogió de hombros y la corta camiseta subió con ellos, exhibiendo con sutileza su estómago. Pero no era la parte de arriba lo que llamaba su atención (tal vez su sonrisa, sí, solo tal vez), sino la parte de abajo. Una falda corta (muy corta) de uniforme escolar y unas pantimedias blancas que le llegaban hasta arriba de las rodillas. El disfraz de colegiala era diferente que el de las fotos anteriores, y definitivamente se veía diferente que al de las fotos. Dios mío, esas piernas deberían ser ilegales.
Miles de pensamientos torpes e indecentes cruzaron su cabeza con tanta rapidez que estaba seguro de que iba a morir. Avanzó mecánicamente hacia él con un hambre voraz.
― ¿Te gusta? ―ronroneó Oikawa en un murmullo sensual.
Iwaizumi se ubicó entre sus piernas y le estampó un beso bruto. Toda su mente estaba puesta en coordinar sus manos: desde la cintura bajaron hacia los muslos hasta la tela de las medias pálidas. Continuó su camino y luego lo repitió en reversa, marcando una ruta cuyos límites eran la tela y la falda.
No era específicamente por el disfraz. Oikawa era sexy hasta con su pijama roto y ridículo. Era porque era él. Se trataba de él. Y ya no tenía que negarse a sí mismo. Eso era bastante cómodo cuando podía soltarse y apretar su cuerpo contra el de su mejor amigo (no, ahora era su novio, novio...). Su cuerpo se removía con impaciencia ante sus toques, pero Iwaizumi iba a disfrutar de su obsequio al máximo.
― Iwa-chan ―balbuceó Oikawa.
Le besó el cuello y lo mordió cariñosamente. Sentía una envidia superficial porque era tan injusto que alguien se llevara toda la belleza del mundo. Clavó sus dedos en los muslos y oyó un jadeó.
― Iwa-chan, no ―susurró como si estuviera retando a su perro―. No podemos hacer ruido.
― ¿Por qué no?
Oikawa siempre era muy ruidoso. ¿Una vez que disfrutaba de su alboroto, quería acallarlo? No funcionaba así. Para demostrar su punto, palpó el bulto que venía ignorando sobre la falda y comprobó que estuviera bien erecto. Disfrutó del momento de control, porque Oikawa apretó los labios con fuerza y echó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados. Su respiración se volvió más acelerada y le lanzó una mirada asesina por sobre toda su excitación.
― Porque... ―continuó con dificultad― tu padre podría escucharnos...
Oh. Así que Oikawa no sabía que él se había ido. Se rió con disimulo y contestó.
― Pero si...
Se mordió la lengua. No, cuando uno tiene una ventaja contra el enemigo no debería desperdiciarla. Podía vengarse de todas las veces que él lo molestó. Frotó la erección del contrario sobre la ropa y asintió.
― Entonces mantén la boca cerrada.
Sabía que lo que le pedía era algo imposible. Oikawa lo intentó, parecía intentarlo de verdad, pero incluso con la boca cerrada se oían sus gemidos. Y era tan divertido masturbarlo de esta forma. Metió una mano debajo de la falda (no se sorprendió al no hallar ropa interior) y siguió el trabajo debajo de ella. Con la otra mano, continuó con la ruta sobre la piel suave y sensible, y tenía que admitir que las medias lo calentaban más de lo que hubiera querido.
No supo cuanto tiempo estuvo observando el rostro de Oikawa, pero era bastante entretenido y le recordaba a la vez que lo oyó masturbarse. Era tan sucio. Quería quitarse los pantalones, pero le dio prioridad a lo que estaba haciendo. Se preguntó si debía hacerlo acabar y después follarlo o las cosas debían hacerse al revés.
Se avergonzó de sus pensamientos, pero su mente ya estaba al tope de ellos. En realidad, no sintió la vergüenza o los nervios que sintió su primera vez, quizás porque estaba al mando y sabía que Oikawa lo amaba. Pero toda esa seguridad poco duró.
Oikawa se reincorporó y lo agarró con fuerza de la chaqueta, empujándolo hacia un lado para quedar abajo. Fue tan repentino que no hizo nada para detenerlo.
― ¿Qué estás haciendo?
― No aguanto ―gruñó.
No supo a qué se refería exactamente, pero se dejó hacer por sus manos habilidosas. Velozmente lo desnudó (aunque forcejeó con torpeza con el cinturón) y se llevó su miembro a la boca.
Iwaizumi se tensó, pero cayó de espaldas con los ojos cerrados y disfrutó del calor y la humedad de su boca. ¿Sería tan idiota de decir que no aguantaba quedarse callado? Bueno, si quería ahogar sus gemidos así, Iwaizumi estaba bien dispuesto a ayudarlo.
Pero no. Pronto la urgencia se hizo más grande y prefería mirar a Oikawa, porque esta vez se dedicaría a juntar visualmente material de pajas para el resto de su vida. Aunque, por supuesto, ahora tenía a su novio para resolver ese problema. Se reincorporó para continuar con el siguiente paso, pero se quedó embobado observando la boca tragarse casi toda su erección, el cabello sobre los ojos concentrados, el rubor que cubre las mejillas y que envuelve hasta la punta de las orejas.
― Oikawa ―dijo en voz baja, para que se detuviera.
Se alejó con lentitud, arrastrando la lengua por toda la longitud. Le temblaron las piernas y tuvo que reprimir el impulso de derribarlo contra la cama. Inspiró profundamente y lo tomó del rostro para que lo mirara a los ojos. Oikawa lo malinterpretó y le dio un beso que no se atrevió a rechazar. Lo tomó de la cintura y lo sentó arriba suyo. Le apretó el trasero y lo manoseó a gusto mientras él le rodeaba el cuello en un abrazo.
― ¿Te vas a preparar tú? ―le dijo al oído.
Siendo sincero, le daba pudor admitir que no estaba seguro de cómo hacerlo. Y como seguía con su plan de ver más que hacer, le gustaría verlo retorcerse solo en frente de él.
Oikawa se estremeció y farfulló una queja que no pudo escuchar. Se lamió los dedos, al mismo tiempo que tocaba su falda hasta que dio con el cierre y lo bajó, pero Iwaizumi no lo iba a permitir. Agarró su muñeca justo a tiempo y negó con la cabeza.
― ¿Qué?
― No te saques la ropa.
― Pero será incómodo...
― ¿Y?
― Iwa-chaaan ―canturreó haciendo pucheros, mas al final, subió el cierre.
Sintió la lengua de Oikawa contra la comisura de sus labios, antes de ser besado. Jugó con las hebras de los cabellos marrones, metiendo los dedos libres en las medias. Estiró y soltó el elástico, oyendo las protestas incoherentes contra su boca, que sonaban más como un ronroneo complaciente. Después movió su mano a su trasero, que no podía ver. Oikawa estaba arrodillado, las rodillas a cada lado de sus piernas estiradas y su miembro tapado por la falda tocaba su estómago (y estaba seguro que era intencional).
― Quiero ver ―dijo más para sí, pero el otro no pudo evitar escucharlo.
― Iwa-chan, definitivamente eres un pervertido ―se rió Oikawa con la voz temblorosa.
― No hables como si tú no lo fueras ―contestó de mala gana.
― Nunca dije que no lo fuera. Si no, no haría cosas como estas.
Le dio otro beso antes de separarse. Se puso en cuatro, con el culo en alto apuntando hacia él. Así no podía ver su rostro, pero la vista era muy buena.
Oikawa se levantó la falda, que terminó descansando sobre la parte baja de su espalda. Su piel de muñeca no tenía una sola imperfección, los glúteos trabajados por el entrenamiento eran tan perfectos, y... podía ver cómo tanteaba su entrada e introducía el primer dedo. Cuando Iwaizumi reaccionó, ya estaba masturbándose. Acercó su boca al muslo y besó la piel. Acarició con los labios sin dejar de mover su mano alrededor de su propio miembro.
Oikawa gimió, se detuvo, retomó el movimiento, con un par más de dedos adentro, volvió a gemir, torció el cuerpo hacia un costado, gimió, se detuvo otra vez.
Quitó los dedos de sí mismo y miró a Iwaizumi. No hacía falta que lo dijera.
― No vayas muy rápido ―avisó él y la expresión que puso parecía decir lo contrario.
― ¿Por qué? ―preguntó sin poder de pensamiento, solo tenía en mente lo bien que se sentía su miembro entre las nalgas de Oikawa. Se refregó contra ellas, sin adentrarse. Entrecerró los ojos, deleitándose en silencio.
― Tu papá...
― Se fue cuando llegué.
La cara de su novio cambió de la calentura a la indignación. Pataleó hasta que tuvo que soltarlo y se cruzó de brazos a su lado. Iwaizumi no entendía qué acababa de ocurrir. Ugh, había estado tan cerca...
― Oikawa ―dijo, acercándose a él.
― No vuelvas a hacer eso ―reclamó y lo volvió a tumbar de espaldas a la cama.
Su falda tocaba con sutileza su entrepierna, pero Oikawa parecía enojado de verdad. Tragó saliva y lo miró en silencio.
― Iwaizumi, creo que hay algo que no ha quedado en claro entre nosotros ―apoyó las manos sobre su pecho y acercó su rostro―. Nunca bromees con dos cosas: vóley y sexo. ¿Entendido?
Se mordió el labio, pero al final la risa salió sin querer.
― Estás tan serio... lo siento. No te lo tomes tan a pecho.
Él lo fulminó con la mirada. Iwaizumi lo ignoró. Tomó su rostro y lo jaló hacia abajo para besarlo. Algo le decía que Oikawa tenía apetitos sexuales que llevarían tiempo satisfacer. Y estaba muy contento ante la expectativa de intentarlo una y otra vez hasta aprender a hacerlo correctamente. Necesitaría mucha práctica. Ah, sí, práctica.
Oikawa se relamió los labios al mismo tiempo que hacía rozar su falda a propósito, antes de juntar sus caderas y frotar con lentitud. Era tan sensual; en sus meneos, en sus suspiros, hasta en cada parpadear en el que bajaba sus largas pestañas y las volvía a subir, dejando al descubierto unos ojos de chocolate derretido en lujuria.
No podía. Se escapó de abajo de él y lo agarró de la cintura, levantando su trasero. Lo penetró con cuidado, besando su espalda en el proceso. Nuevamente, lo escuchó gemir y fue como el canto de un ángel en el calor del infierno. Se enterró hasta lo más profundo de él y aguardó. Cerró los ojos e intentó controlarse para no embestir contra él con fuerza una y otra vez, como bien le hubiera gustado. Inspiró con dificultad y se retiró antes de comenzar de nuevo.
― Iwa... chan... Ah, ¡Más!...
No terminó la frase, pero Iwaizumi no tenía ningún inconveniente en cumplir su deseo. Le dio más. Agradeció que su padre no estuviera en la casa, porque estaban siendo ruidosos de verdad, pero ya no había acción que le diera vergüenza, solo eran ellos dos amándose.
Sin embargo, faltaba algo. Tal vez el otro tenía razón y era un romántico sin remedio. Tenía que hacerlo como le parecía correcto, así que paró a pesar de las quejas de Oikawa.
― ¿Qué estás haciendo? No te detengas ―suplicó.
― Cállate.
Lo hizo darse la vuelta y le acarició la mejilla con cariño antes de continuar lo que estaba haciendo. Oikawa enrojeció más y apretó la boca. Soltó otro gemido y luego le sonrió. Iwaizumi le devolvió una sonrisa idiota y se preguntó por qué estuvo desperdiciando tanto tiempo haciendo cosas como tareas escolares cuando pudo haber tenido sexo con Oikawa. Cuando podía hacerle el amor, cuando era inmensamente mejor admirar sus largas piernas o besar cada parte de su cuerpo.
Y así lo hizo. Se dio el gusto de llevar el ritmo por completo, de arrastrar incansablemente sus dedos por su piel; se encontraba enamorado de sus piernas, pero también le prestaba atención a su cintura y sus mejillas, porque lo diría mil veces si fuera necesario, que Oikawa era la persona más hermosa del planeta. Y nadie podría llevarle la contraria, nadie que haya visto la sonrisa especial con la que le sonríe a él y solo él.
No intentó detener su orgasmo. No se contuvo, se dejó fluir con Oikawa, sintiendo el calor abrumador por todas partes. Tembló, terriblemente excitado, oyendo al otro gemir en pleno orgasmo. Cerró los ojos con fuerza y terminó dentro de él mientras era invadido por el más dulce de los placeres.
Una vez que terminaron, todavía se sentía agitado y muy acalorado. El corazón latía desbocado y no se detenía, mucho menos después de ver lo precioso que era Oikawa. Sus mejillas aun rebosaban de color y mantenía esa bendita sonrisa pegada a su rostro. Despeinado siempre fue más natural, y ese era su tipo de Oikawa favorito.
Iwaizumi comprendió que haberse enamorado de su mejor amigo fue la mejor decisión que tomó. O que no tomó, porque él no podía elegir lo que sentía. O tal vez, era un idiota despistado y estaba enamorado de Oikawa desde que tenían diez años. No le sorprendería tanto no haberse dado cuenta de ello. Porque no estaba mintiendo cuando dijo que siempre lo había amado, no importa de qué manera.
―Dios mío.
― Fue impresionante, ¿No? ―dijo Oikawa, riendo. Pero entonces sus miradas se cruzaron y él entendió que no hablaban de sexo. Su rostro se llenó de preocupación―. ¿Qué pasa?
― Te amo tanto. Eso pasa.
Sonó un poco tosco al decirlo, pero esa no era su intención. Se acercó para besarlo una vez más, pero no pudo porque él se estaba riendo.
― Yo más.
― No vamos a empezar con eso de "no, yo más", porque te juro que...
― Tú no tienes idea ―lo interrumpió.
El mimo de Oikawa en su cara le dio cosquillas. La adoración que había en sus ojos impedía que su corazón dejara de latir como loco.
― Si la tengo.
Era su mejor amigo. Sabía muy bien lo que sufrió para estar sonriendo como lo hacía ahora. Sabía muy bien que se comportó como un imbécil, sabía muy bien que se lastimaron mutuamente, sabía muy bien que lastimó a la persona que más quería en el mundo, y que lo recompensaría con cada beso en la mañana, con cada palabra de aliento en los partidos, con cada regaño por no haber dormido antes de un examen, con cada caricia para tranquilizarlo después de una película de terror, con cada te amo que diría hoy, mañana y todos los días por el resto de su vida.
Nada que no hubiera hecho antes. Porque siempre fue amor, con sus similitudes y diferencias, siempre estuvieron destinados a amarse. Y lo haría feliz hacerlo feliz, y no había nada más simple como eso.
Oikawa estaba hablando de cómo quería su pomposa merienda, pero Iwaizumi no le prestó atención. Lo abrazó y no lo soltó. Que protestara todo lo que quisiera, no pensaba soltarlo en toda la tarde.
― Después ―murmuró como respuesta.
Ninguno dijo nada. Iwaizumi acomodó la cabeza contra su cuerpo y la risa alegre de Oikawa se hizo presente mientras cerraba los ojos. Lo último que sintió antes de quedarse dormido fue unos dedos en su cabello y la profunda paz que trae la serena felicidad.
Así de cursi está la cosa del final.
En algún momento de mi carrera no-retributiva de escritora de fanfics perdí la habilidad de la vergüenza a escribir lemon. Ya me da igual como quedó o no quedó. Espero que lo hayan disfrutado, lo mismo con el fic entero, que aunque no lo siga mucha gente los comentarios que me dejaron la mayoría eran como muy... ¿Constructivos? No sé, muy lindos. Me encantó todo, gracias. Fue un placer escribir para este público~
PD: Fanfiction no me permite responder los comentarios de las personas que no están registradas en la página, así que perdón por eso.
PD2: Sobre la secuela, no prometo nada. Puede que sea un fic con un par de capítulos, puede que sea un one-shot, puede que no sea nada y nunca llegue a existir. Pero si esta cuenta no entra en hiatus y este verano encuentro tiempo, me gustaría llenarlos de fanfics de IwaOi. En serio, Oikawa me atrapó y no me va a soltar...
PD3: Si alguno le gustó mi manera de escribir y/o mis historias y quiere leer más, tengo una página en Facebook, donde no solo publico fics (cuando me acuerdo), también voy a anunciar mi primer libro (cuando lo termine) e historias originales (Probablemente, también gays).
Página: www . facebook . /milanganesa
Agradecimientos: A ustedes y al genio de la Farola que inventó la pizzanesa.
