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"Cuando las apariencias engañan"

Hace algunos años escribí un blog sobre un infructuoso viaje a un poblado de viñedos en las afueras de la ciudad, en el cual presento a un intruso en la familia. A decir verdad se trata de un personaje que no esperaba tuviera trascendencia en lo futuro, sino que sería una más de esas personas transitorias que llegan a nuestras vidas con una lección por aprender.

Haruka es su nombre. Debo decir que cariñosa y mordazmente yo le llamo "Ruka", ¿por qué? Eso es otra historia, el motivo de este blog es contarles otra pequeña gran historia.

Esta es la historia de un… "joven", que conoció a una muchacha de nombre Michiru cuando estaban en el pre escolar, que fueron amigos desde temprana edad, y que el joven, al estar en la pubertad se enamoró de ella. Michiru por supuesto no tenía interés en él más que como amigo, sin embargo; él se desvivía por ella. Cuando ella no estaba, él iba a su casa y hablaba con su madre y le suplicaba que le permitiera ser el novio de su hija. La señora reía ante la persistencia del muchacho; para la mujer, eso sólo podía tratarse de una broma, una tontería que se le pasaría cuando se hiciera mayor y el enamoramiento prematuro se le hubiese convertido en algo más, así como sus intereses, que esperaba que para ese entonces también fueran otros.

Pero a los 14 años, luego de tanta insistencia, Michiru por fin le dio la oportunidad. Él fue su primer novio. Y él la amó con toda la fuerza con la que se puede amar a esa edad.

Él siempre fue más bajo de estatura que Michiru y era criticado por todos porque él se veía "pequeño" a su lado, porque no tenía el mismo nivel socioeconómico que ella, o porque tenía un bronceado provocado por la sobre exposición al sol a causa de trabajos eventuales —principalmente de mecánica— que solía realizar después de la escuela, mientras que en Michiru resaltaba la aperlada tez, los largos cabellos aguamarina y la pureza propia de una joven de sociedad.

Lamentablemente la relación fracasó. Eran demasiado jóvenes y Michiru no estaba preparada para una relación, pero aún así, él no desistió del sentimiento pese a que Michiru siempre fue adusta y de limitada paciencia, cosa que para otros hubiese sido un gran motivo para un rompimiento y un rotundo olvido, pero él no, él estaba seguro de amarla, y si había que esperar, él lo haría.

Luego de eso, el destino los habría de separar aún más, al llegar a la preparatoria acabaron en escuelas diferentes. Ella como era de esperarse, en un colegio elitista y él, en una escuela pública, pero a pesar del rompimiento y la distancia —y como todo enamorado un poco obsesionado—, él conocía el recorrido de Michiru, sabía la hora exacta en que salía de su casa rumbo al colegio, así que cada mañana acudía a casa de una vecina que vivía en la calle por donde Michiru solía andar, y con su ya conocida persistencia, le pedía a la señora que le permitiera quedarse ahí un momento, tan sólo para mirarla pasar.

—Por favor señora, déjeme quedar un rato, es que, por aquí pasa el amor de mi vida… —suplicó el joven a la renuente mujer.

Al principio la mujer no le creyó, y fue así hasta que la vio pasar frente a la casa, al muchacho se le iluminó el rostro al verla. A partir de ese día, el ir a correr por las mañanas a casa de la vecina era su ritual más sagrado. Michiru era su fuerza, esa razón para continuar, esa motivación, ese algo por lo cual seguir luchando a pesar de ya no estar a su lado. Quizás se pregunten por qué simplemente no se acercaba, y es que si había algo que él no quería hacer, era incomodarla, ella le había pedido espacio, y si eso era lo que necesitaba, él se lo daría.

Con el paso del tiempo él tuvo que mudarse con sus padres. Michiru en cambio, se quedó e hizo su carrera en una de las más prestigiadas universidades del país, era concertista de violín y una destacada estudiante de arte.

Y mientras eso sucedía, Michiru se vio envuelta en varias relaciones en las que estuvo a punto de contraer nupcias, pero por alguna razón los candidatos no daban la talla. En la salud y en la enfermedad hasta la muerte era demasiado tiempo, y tomar una decisión acelerada era lo que menos haría aunque tuviera que soportar las críticas de sus padres que afirmaban que a su edad ya debería estar casada y con hijos. No, a Michiru no se le veía interés de llegar al matrimonio. Ella era diferente, quería algo distinto de su vida, quería algo que le hiciera ver los esponsales como algo más que eso, un par de esposas en sus manos y un grillete en su cuello. Si bien eso la liberaría de sus padres, no la liberaría de del matrimonio. Únicamente cambiaría de dueño, y si eso era lo que le esperaba, se daría el lujo de escogerlo. Para su mala fortuna, a los 26 años Michiru sufrió un colapso durante una presentación en un teatro; comenzó a tener problemas de salud, no era algo que pusiera en riesgo su vida, pero sí el de su descendencia, el médico le dijo que si deseaba tener hijos debía tenerlos de inmediato dado que su condición se lo impediría si se seguía demorando, sus padres fueron los primeros en lamentarlo y también los primeros en exigirlo, pero ella seguía firme en que no iba a hacerlo sólo porque no tenía otra opción, y mucho menos tenerlos con alguien del que no estaba segura. Y después de mucho discutirlo con ellos y con su en ese entonces pareja, un atractivo y prominente abogado internacional de nombre Mamoru Chiba, decidió terminar la relación.

—¿Con quién hablas todos los días a las 8:05? —Preguntó Mamoru en tono déspota—. Siempre te llamo a esa hora y está ocupado. Revisé tu correo y tienes muchos mails de hombres que no conozco. ¿Quiénes son?, ¿eh? Me estás engañando, ¿verdad? —le recriminó.

—No tengo porque darte cuenta de mis actos —respondió Michiru—. ¿Quién te crees que eres? Estás violando mi intimidad, ¡no tienes ningún derecho a meterte en mi vida privada!

—Tengo todo el derecho porque soy tu novio, ¡y el futuro padre de tus hijos! —Gritó él ciñendo su brazo y la sacudió como a un muñeco.

—No. Eres mi novio, ¡no mi dueño! —Exclamó ella soltándose del agarre—. No voy a permitir que me sigas tratando de este modo. Desde este momento terminamos, ¿me oyes? ¡Se acabó!

—Vas a arrepentirte de lo que estás haciendo, tú sabes muy bien que soy lo mejor que pudo haberte pasado, y cuando te des cuenta, ya será demasiado tarde. Estás sola, y morirás sola.

Michiru calló.

Sí, quizá él era el mejor partido que hubiese podido tener, y que probablemente no podría tener a nadie mejor. Él le ofrecería una vida llena de lujos y comodidades, con él su vida estaba asegurada, pero no estaba dispuesta a casarse si seguía teniendo esos celos enfermizos, ese no era amor, Michiru estaba harta de eso, prefería vivir una vida de miseria y soledad a continuar soportando un segundo más siendo la posesión de Mamoru Chiba. No, él nunca sería su esposo.

Y tras perder la oportunidad con el único otro hombre en su vida además de su padre, la familia continuó presionándola hasta que las discusiones pronto equivalieron al tiempo que transcurría.

—¡Nosotros queremos nietos! —Exclamó el hombre mayor.

—¡No me importa lo que tú quieras padre! ¡No me casaré por complacerlos!

Y de repente, un día cualquiera, se encontraron. El joven de la infancia de Michiru, su primer amor, ahí estaba, la casualidad los había hecho chocar en un cruce. Él había crecido y no era más "el joven bajito junto a la niña bonita", ya no tenía ese bronceado tan característico que contrastaba con el matiz nacarado de la piel de Michiru, se había convertido en un hombre. Hacía poco había comprado su departamento en Tokio, mismo que amueblaba paulatinamente haciendo las instalaciones él mismo. Poseía un modesto automóvil Mustang del año 85, tenía una prometedora carrera en ingeniería, un empleo estable, era corredor de autos en su tiempo libre y para suerte de Michiru: soltero.

Si bien hasta ese momento él se había relacionado con otras mujeres, nunca pudo desprenderse de quién había sido su primer y más grande amor, así que comenzaron a salir de nuevo, al principio como amigos para ponerse al corriente de lo que había pasado con sus vidas y después, ¿quién sabe? Sólo el tiempo lo diría. Por fortuna el tiempo estuvo de su lado, para su felicidad, la oportunidad llegó, después de todo, Michiru no tenía nada que perder, luego de la decepción de Mamoru Chiba, cualquier cosa parecía mejor.

El día en que la relación se formalizó, fue el mismo día en el que él dio por terminada la relación con una mujer que decía haber quedado embarazada de él durante la festividad de la vendimia unos meses atrás, misma, en la que ambos se habían excedido en el consumo de alcohol y de la cual ninguno de los dos tenía la más mínima memoria de lo ocurrido, pero él, plantado en su certeza, decía que era ella quien lo inculpaba, que era falsedad, que no había forma de que eso sucediera, por lo que sin tentarse el corazón, la abandonó a su suerte. Después el tiempo le daría la razón, y todo habría de aclararse como un simple malentendido del cual Michiru —a ciencia cierta—, no se enteraría.

Y mientras tanto, su relación se fortalecía. Tanto prosperó su noviazgo que él la llevó al lugar de su infancia para conocer la casa de sus padres y la presentó ante ellos como la mujer de su vida.

Michiru era una sencilla chica de ciudad enamorada del hijo de un hacendado. Era una mujer que antes de él había vivido perdida sin poder encontrarse a sí misma, sin saber a dónde se dirigía, simplemente siendo impulsada por las situaciones, dejando de pensar incluso en el paso del tiempo que día a día le recordaba su infertilidad. Michiru había terminado por pensar que de nada le valía preocuparse si podía tener hijos o no, sólo le quedaba esperar y aceptar lo que viniese, pero cuando él apareció, las cosas fueron embonando y de repente todo cobró sentido. No hubo día en que no fuese feliz a su lado.

En una de sus travesías de noviazgo el joven llevó a Michiru y a su madre —sumado de una tía y un primo—, a la vieja hacienda vinícola que fue habitada por su bisabuelo quien había donado el territorio al gobierno para convertirlo en un centro turístico. Durante el trayecto ambos demostraron lo mucho que se amaban, pese a que el viaje no había sido exactamente lo que se tenía contemplado desde el principio. Pero sin duda, los agregados fueron testigos del amor que se profesaban, lo habían dejado bien claro.

Entonces, un día él recibió una oferta de trabajo que no podía rechazar. Una oferta que lo alejaría de ella otra vez, el trabajo era en Osaka y ella tenía a su familia y empleo en la empresa de su padre en Tokio, fueron malas noticias para ambos. Él le pidió que se fueran juntos a vivir allá, pero Michiru no quería mudarse y no estaba lista para una relación así. Tuvo miedo.

Sin embargo; él no podía dejar pasar la ocasión, y al ver la indecisión en Michiru le hacía pensar que ella prefería la estabilidad a su amor, por lo que decidió partir. Pero ese no fue el final; su relación no se vio fracturada como sus familias pronosticaban, ellos se amaban, y terminar era lo último en lo que pensaban, por lo tanto; decidieron continuar su relación a distancia. Ambos estaban conscientes de que en una situación así la comunicación es lo más importante, así que todos los días se hacían llamadas, se remitían correos, conversaban por mensajería y se enviaban mensajes de texto cada minuto libre.

Pero la familia de Michiru seguía incrédula, las voces empezaron a hablar, los murmullos, los rumores, los malos augurios y hasta deseos de mala suerte cayeron sobre la pareja. Nadie tenía fe, nadie creía que eso podía funcionar; estando lejos él podría conseguir a otra persona y ella podría volver con un ex novio, o con el favorito de sus padres: Mamoru Chiba. "Pierdes el tiempo". Le decían. "El no volverá". Fuertes palabras que día a día hacían mella en la frágil mente de Michiru que se pasaba las noches en vela llorando. No porque dudara de él, sino porque las voces comenzaban a ser más fuertes que ella.

Una mañana Michiru acudió con el médico a sus exámenes de fertilidad.

—Lamentamos informarle señorita Kaioh —dijo el médico—; su periodo de fertilidad ha terminado, usted ya tiene 28 años y su ciclo de reproducción siempre ha presentado anormalidades. Desde este momento, usted es estéril.

Ese fue un golpe muy duro para Michiru que aquella mañana enfrentó la realidad a solas. Volvió a casa con frialdad en los ojos, entró sin decir palabra y se dirigió a su habitación en donde luego de llorar durante horas, tomó una decisión.

—Terminamos —dijo frente a la pantalla del computador.

Él estaba aturdido, no comprendía por qué de pronto Michiru había tomado esa decisión tan drástica y determinante después de que su relación a pesar de la distancia parecía ir mejor de lo esperado. Infructuosamente él intentó convencerla de que eso no era lo más conveniente, que él la amaba por sobre todas las cosas, que la decisión había sido sólo de ella, que no lo había tomado en cuenta, que eso no se hace cuando se está en pareja, que la decisión debió ser de los dos y no de uno solo, y peor aún, que Michiru ni siquiera se tomaba la molestia de explicar el por qué, cosa que sólo agrandó la confusión y la angustia del muchacho que estaba abatido con tal sentencia, y que sin importar cuanto intentase, no pudo hacer nada para hacerla cambiar de parecer, por lo que no tuvo otra opción más que aceptar su dictamen. Si ya era bastante duro estar viviendo separados, lo fue aún más terminar estando lejos.

Después de eso las voces por fin se apagaron, pero la de Michiru no cesó, ya que su llanto se extendió a lo largo del día. Al caer la noche, con las lágrimas ya secas y unas terribles ganas de llorar, Michiru se encontraba recostada sin fuerzas ni esperanzas en el sillón de la estancia cuando el timbre sonó en la casa. La madre de Michiru atendió la puerta y tan pronto como abrió urgentes pasos irrumpieron en la casa. En la estancia, el indiscreto visitante se postró ante Michiru que incrédula lo miró.

—Michiru, cásate conmigo.

El muchacho había vuelto y sostenía una pequeña caja que contenía un humilde anillo de brillantes. Aún adolorida en su interior, Michiru sonrió y como un resorte se levantó, lo besó y lo abrazó recuperando así las fuerzas perdidas.

—¡Sí, sí, sí!

Exclamó sin dudar. El joven sonrió mirando la felicidad de Michiru, pero un dejo de tristeza de pronto ensombreció su mirada, y avergonzado, bajó la cara.

—Michiru, hay… algo que debo decirte. Y que… probablemente cambie tu respuesta.

Michiru miró el rostro de aquel joven, lucía cansado, quizá exhausto por el tan repentino viaje que tuvo que realizar para llegar a su lado.

—¿Sabes? —Dijo Michiru—. Estaba preocupada porque no podría darte hijos.

—¿Eh? —Él alzó la mirada con asombro.

—Hoy fui con el médico y me dijo que es oficial, soy estéril.

—Michiru yo… —él volvió a bajar la mirada—. De todas formas yo no podría darte hijos porque… yo… yo soy…

Michiru sonrió y posó el dedo sobre sus temblorosos labios. Angustiado, él la observó sin comprender. Michiru guardó silencio unos segundos más hasta que vio como la luz en la base del teléfono inalámbrico se encendía.

—Lo sé. No tienes que decir nada. —Michiru llevó la mano a la mejilla del joven con una caricia y luego se acercó para darle un beso—. Siempre lo he sabido.

—Que soy… ¿mujer? —Dijo en un susurro.

—Sí.

—¿Y por qué me…? —Dijo llevándose un par de dedos a los labios.

—Mi madre estaba escuchando, ella no debe saberlo o me impedirá que me case contigo. Seguramente ahora está haciendo circular la noticia de nuestra boda.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque está usando el teléfono —dijo indicando la base del auricular, la luz de "en uso" estaba encendida.

—Michiru, perdóname por ocultarte la verdad, es que yo…

—No creías que un detalle tan importante como ese se me podría escapar, ¿o sí?

—Supongo que no, pero, ¿cómo…?

—Haruka, te conozco desde el pre escolar. Sé que toda tu vida has sido criada como un chico, tu madre misma me lo explicó cuando me llevaste a conocerlos. Me dijo que cuando te tuvo había sido un embarazo de riesgo, y que para no arriesgar su vida, pese a las creencias de tu padre, ambos acordaron no tener más hijos como lo había ordenado el doctor. Y pues tu padre quería un hijo desde el principio y como es tan…

—¿Obstinado?

—Sí… puede que haya dicho eso…

—La verdad es que nunca me incomodó. Mi padre sabía que los empleados de la casa no me obedecerían una vez que la heredara, así que para asegurarse, me registró como hombre.

—Entiendo.

—Y… ¿no te importa?

—¿Qué no acabo de demostrártelo? —Michiru tomó su rostro con ambas manos y fijó los ojos en ella—. Yo te amo, quiero estar contigo, lo demás… no importa. Además, creo que esto debía ser así. Ahora que todos saben que soy estéril podremos adoptar y así nadie sabrá tú secreto.

—Nuestro, secreto. Es nuestro ahora.

—Nuestro.

—¿En serio estabas preocupada por no darme hijos?

—Bueno, estaba más preocupada porque no me lo propusieras.

Ambas sonrieron.

—Pudiste ahorrarme… tantas cosas… —dijo Haruka abrazándola de nuevo.

—Quería que tú me lo dijeras… De verdad me habría gustado darte un hijo…

Haruka esbozó una sonrisa leve.

—A mí también… créeme, me habría gustado dártelo…

Y así, con la promesa adornando la mano de Michiru, Haruka volvió a partir, pero no antes de hablarlo con la familia entera y con la ahora decisión de ambas de que tras la boda, se irían a vivir juntas a Osaka en lo que Haruka trabajaba allá. Su familia y el departamento en Tokio siempre estarían ahí, esperándolas para cuando quisieran regresar. En ese momento, ambas dejaron de temer. Ya no estaban solas, se tenían la una, a la otra.

Unas semanas después los preparativos para la vida en pareja comenzaron. Michiru, aunque se sabía experta en la cocina tomó un curso para ser chef profesional bajo el pretexto de ser una esposa complaciente. Y mientras eso sucedía, Haruka volvía de vez en cuando para ayudarle con los arreglos de la boda y probar las nuevas recetas que Michiru solía preparar cada día de visita. Pero cuando tocó el turno de hablar con el padre de Michiru, que había estado separado de su madre desde hacía ya 18 años, hubo algunos conflictos, él no estaba de acuerdo en que su preciada y única hija contrajera nupcias con alguien que consideraba indigno. Por esto, los novios excluyeron la tradición de que el padre de la novia paga la boda, ya que los pagos los hicieron entre ambas, cubriendo la totalidad de la misma. Sólo invitaron a los más indispensables, la comida y las fiestas previas también fueron modestas, pero la alegría fue mucha. Michiru lució radiante los días antes de la boda, tanto, que hasta su propia tía la saludó varias veces al no poder reconocerla. Michiru se había transformado por completo, ahora sólo sonreía e insistentemente le decía:

—Tía, soy yo, ¡Yo soy Michiru!

La felicidad la había vuelto irreconocible.

Y aunque era terminantemente contra la tradición, ambas fueron juntas a elegir tanto los anillos como el vestido, el cual, y a propósito, mandaron a hacer para que combinara con el traje de Haruka que debía ir de reglamentario blanco, ya que Michiru decía que si la novia se viste para la boda, el novio también debe lucir para la boda y no para un funeral. Las familias y amistades pensaron que esos detalles harían que su matrimonio acabara en divorcio porque la costumbre dicta que el novio no debe ver a la novia sino hasta estar frente al altar, pero eso a ellas no les importó, era de mucho más relevancia el hecho de que ambas compartieran el momento de la elección, ya que era parte del proceso de estar juntas porque, nunca hubo atisbo de duda de parte de ninguna, ambas sabían lo que querían, y nada podía cambiar eso. Así que la tradición tenía que tragarse sus preceptos porque ellas estarían juntas hasta el final, así la superstición dictara lo contrario.

Pero lo más importante que se pudo notar, fue que desde el momento de la esperada pregunta, ninguna decisión volvió a ser de una sola, porque a partir de ese día, todo fue cosa de dos. Y ninguna opinión o ninguna voz intervendrían de nuevo en el futuro que se estaban forjando con sus propias manos. Juntas.

Uno de esos días en que entregaban invitaciones para la boda acudieron a la casa de un conocido.

—¿Michiru? —Dijo Haruka al bajar de su auto al encontrarse con Michiru que bajaba del suyo frente a una residencia.

—Haruka, mi amor, ¿qué estás haciendo aquí? —Dijo Michiru acercándose a ella para saludarla con un beso—. ¿Te dijo mi madre que estaría aquí?

—No, yo… vengo a entregar una invitación para nuestra boda a un amigo.

—¿En serio? Yo también vengo a entregar una invitación a mi tía y a mis primos. Si quieres te acompaño y vamos primero con tu amigo y luego tú me acompañas a dejar la de mi familia.

—Muy bien, ok.

Ambas dieron un paso adelante en dirección a la puerta de aquella casa.

—Ahmm… ¿hacia dónde queda la casa de tu amigo? —Preguntó Michiru.

—Es… aquí, justo aquí.

—Pero esta es la casa de mi tía.

—¿Estás bromeando?

—No, está es la casa de mi tía Himiko, ¿la recuerdas? Del viaje que hicimos a la ex hacienda de tu bisabuelo.

—Ah… Bueno, es probable que mi amigo ya no viva aquí, yo lo conocí en la adolescencia.

—Pero han vivido aquí toda la vida.

—Bueno, tal vez me equivoqué de casa, ha pasado tanto tiempo.

—Quizá.

—Recuerdo que antes se podía ver la calle desde la ventana —dijo Haruka mirando los muros que cercan la casa.

Michiru llamó a la puerta un par de veces, esperaron unos segundos y la puerta se abrió.

—¡Prima! —Dijo el joven pelinegro que salió a abrazar a Michiru—. ¡Pero qué gusto de verte!

—Seiya, ¿recuerdas a Haruka? Se conocieron en el viaje que hicimos a los viñedos hace tiempo.

—Sí, me acuerdo… —Seiya le extendió la mano a Haruka y esta la estrechó.

—Espera un momento… ¿Seiya? ¿Seiya Kou?

—Sí… —dijo él.

—Soy yo, Haruka, Haruka Tenoh, ¿no me recuerdas?

—Sí, ya lo dije, eres el tipo de los viñedos —Seiya frunció el ceño y apretó la mano de Haruka que seguía sin soltar, probablemente pensando que esa era una persona a la que no quería recordar.

—¡No hombre! Soy yo, Haruka, "el joven bajito junto a la niña bonita".

—No puede ser, eres… ¿Ruka "tostada quemada" Tenoh? —Dijo admirado sin esperar que su viejo amigo fuera ese que se presentaba ante él.

—¡Sí, ese!

—¡No puede ser!

Seiya jaló a Haruka y lo abrazó con fuerza palmeando su espalda.

—Pero si estás muy cambiado, de quemado ya no tienes nada, hasta creciste.

—Pero… no entiendo —dijo Michiru pasmada—. ¿Se conocen?

—¡Claro! —Exclamó Haruka—. Él es el amigo del que te hablé, quién diría que sería tu primo.

—Hermano —dijo Seiya—, no me di cuenta el otro día.

—Yo tampoco, estás tan diferente...

—¡Tú más! Pero pasen, pasen, no se queden afuera, pasen.

Los tres caminaron a través del patio frontal.

—Y díganme, ¿a qué debemos el honor de su visita?

Seiya y Haruka pasaron el brazo por el hombro del otro y se adelantaron a entrar, Michiru sonrió y negó con la cabeza pensando en lo tontos que habían sido al no reconocerse en ese viaje. —Siendo quizá más culpa de Haruka por no prestar atención al joven que se le presentaba.

—Pues vinimos a informarte a ti y a la señora Himiko —dijo Haruka—, que Michiru y yo nos casaremos.

—No… ¿es en serio? —Dijo Seiya incrédulo.

—Sí, en serio.

—¡Hasta que se te hizo!

—Lo sé, me tardé, pero aquí estamos.

—Te tardaste es poco, te tomó, ¿qué?, ¿veinte años?

—Más o menos…

—No, si ya decía yo que mi prima era la manzana más lejana.

—¿Manzana?

—Sí, las mujeres son como manzanas, entre más arriba estén en el árbol, más cuesta llegar a ellas, pero más sabrosas son.

—Pero que ocurrencias dices, pero no lo niego, no lo niego —concedió Haruka.

—¿Por qué nunca me dijeron que era tu prima?

—Nunca preguntaste.

—Ah que malos, de ti lo creo, pero de la señora Himiko… ah pero le voy a reclamar cuando la...

—Tengo una duda… —dijo Seiya deteniéndose a escasos centímetros de la puerta.

De pronto Seiya había cambiado las sonrisas por una fría seriedad. Haruka y Michiru se miraron entre sí.

—¿Sí? —Preguntó Haruka.

—¿Tú eres Haruka Tenoh quien salió con Usagi Tsukino, Rei Hino, Minako Aino y Makoto Kino?

—Ah… tú… —Haruka miró a Michiru y devolvió los ojos a Seiya—, ¿las conoces? Son de mis mejo…

Súbitamente Seiya le propinó un golpe en la cara llevándola al suelo; con la mano en la mejilla Haruka lo miró desconcertada.

—¡Haruka! —Exclamó Michiru que corrió junto a ella.

—Eso fue por quitarme a mis novias, y por mi amiga Makoto a quien abandonaste. Y esto… —dijo tendiéndole la mano para ayudarle a levantarse, Haruka la estrechó y cuando se incorporó, él la abrazó—. Porque me alegro de que hayas sido tú. No podría perdonar a ningún otro —Seiya lo tomó de los hombros y mirándola a la cara dijo—: ¡Bienvenido a la familia hermano!

—Pero… ¿qué? —Preguntó Haruka sin comprender.

Michiru los miró confundida.

—¿Así recibes a la familia? No, qué bueno que nada más seré tu primo político, sino, ¿te imaginas? Cuidado con Michiru, ¿eh?

—Descuida, así se recibe solamente a los hombres —aclaró Seiya enfatizando la última palabra y palmeó con fuerza el hombro de Haruka.

—Ya me di cuenta… —Haruka hizo una pausa llevándose la mano a la nuca y después continuó—. Oye… no sabía que ellas eran tus novias, tú y yo dejamos de vernos desde la escuela, además no sucedió nada, y lo de Makoto… fue porque me enamoré de Michiru, siempre lo he estado, ¡tú mejor que nadie lo sabes!

—Sí, lo sé.

—Minako y Rei, pues ellas…

Haruka hizo un gesto entrelazando las manos.

—Sí, también lo sé.

—¿Entonces?

—Tenía que desquitarme.

Haruka se tomó de la mandíbula tratando de acomodarla en su lugar.

—Pues vaya que lo hiciste.

—¿Qué? ¿Quieres otro? Si quieres te la emparejo.

—No, no, ya, déjalo así. Pero avísame cuando te de envidia y quieras una igual.

Ambos rieron y Michiru los observó sin terminar de comprender, pero supuso, que quizá así ha sido su amistad siempre, así que les permitió reavivar su camaradería.

—Oye, Usagi es mi novia ahora y… también planeamos casarnos.

—¡En hora buena hermano! —Dijo Haruka palmeando la espalda de Seiya como él lo había hecho antes con ella en una sutil venganza inadvertida—. ¡Hasta que te atraparon! Pero ahora si es en serio, ¿verdad? Porque antes ibas por la vida proponiéndole matrimonio a cualquier escoba con falda.

—¡Oye, oye! No, tampoco a cualquiera, solo a las lindas que supieran barrer —sonrió.

—Eras un enamoradizo… —dijo Haruka sujetando a Seiya por el cuello y frotó los nudillos en su cabeza como un jugueteo infantil—. Pero cuidado con lastimarla, si no tendré que darte el mismo recibimiento… "familiar."

Seiya sonrió.

—Ok.

—Oye, ¿y ya fijaron la fecha? —Preguntó Haruka.

—Eh… no…

—Pues, ¿cuándo te declaraste?

—Ahmm… hace 3 años…

Haruka abofeteó su nuca.

—Como que ya te tardaste, ¿eh? —Lo golpeó otra vez—. Hermano…

—Auh —Seiya hizo un mohín.

Michiru rió.

Rato después, cuando la noticia fue dada a la tía, esta le confesó a Michiru que Haruka solía usar su casa como escondite para mirarla cruzar, y que fue así como conoció a Seiya, y con esas palabras, Michiru se sintió profundamente dichosa y agradecida. Si había algo que le preocupara sobre la decisión de casarse con Haruka, en ese momento la disipó.

Y luego de algunos tropiezos que valdría mejor no mencionar…

—Michiru —dijo Haruka—, tu papá me odia, es obvio que no quiere contribuir en absolutamente nada. ¿Por qué es así? Es tu padre, mínimo debería querer entregarte.

—Se ampara en que no puede entregarle algo a alguien con lo que no está de acuerdo. Piensa que es como facilitarle las cosas a un ladrón, como si él mismo le diera el dinero y le permitiera ser robado.

—Michiru, ¿te estás escuchando?

—Sí, lo sé pero es un padre.

—No, no es un padre, es "tu padre", deberías ser tú quien lo aliente a hacer bien las cosas.

—Ah, ¿o sea que no hace las cosas bien? Pues él me hizo a mí, ¿yo no estoy bien?

—Michiru no salgas con eso ahora…

—Ah, pero tú bien que te fuiste de juerga con tus amigos y te embriagaste y no sé qué tantas cosas habrás hecho con no sé cuanta mujerzuela de la calle que seguro han de haber contratado para tu "despedida de soltero", tu "adiós a la soltería", ¿no Tenoh?

—Michiru, ¿eso a qué viene ahora? No es mi culpa que tú no hayas querido más que tomar el té en tu casa.

—Ah, ¿ahora es mi culpa que anduvieras de juerguista? No, si bien me lo decía mi madre, que eras un mujeriego y un vividor…

—¿Qué tu madre…?

—¡Ah! Ahora me insultas, e insultas a mi madre —Michiru interrumpió antes de que Haruka pudiera terminar la oración.

—Michiru, ¿pero qué estás diciendo? ¡Por Dios! Por favor, después de todo lo que hemos pasado, ¿me sales con esto? ¿Qué son estos dramas? Ni siquiera me dejas terminar.

—¿Sabes qué? Quizás, al final esto no fue buena idea. No, contigo así no se puede, yo así, no me caso. ¡No hay boda y se acabó! Punto.

—¿Qué? Pero… ¿por qué? Michiru esto no es una telenovela, en serio que todo esto de la boda ya hizo que perdieras la cabeza.

—Ah, ahora me estás llamando loca…

—¡No! ¡Sólo digo que…! ¡Ah! Ok, muy bien, no quieres boda, no hay boda. —Haruka se paseó silenciosamente frente a Michiru conteniendo su enojo, y finalmente expresó—: Que injusta eres…

—Lo que pasa es que tienes miedo.

Haruka se tragó sus palabras y se marchó. Palabras, que tuvo que descargar sobre una libreta que con el tiempo habría de olvidar en una bodega junto con todo lo que debía ser enterrado.

Y una semana después…

—Perdóname amor —dijo Michiru con su voz más tersa—, yo no quise decir eso, ya sabes como es mi padre, no le hagas caso, si no me quiere entregar, que lo haga Seiya y asunto arreglado.

—No, perdóname tú a mí —dijo Haruka—, no debí decir que estabas loca, yo no quise, fue…

—Haruka, tú no dijiste que estaba loca.

—¿Ah no? Pues…, por si las dudas… —sonrió nerviosa de saberse descubierta por sí sola. Pero Michiru, no queriendo discutir más, ignoró su comentario, pero no sin haberle clavado la mirada que Haruka sintió como miles de dagas.

Y así el día de la boda llegó. Se casaron el día del trabajo. Sabia decisión, ya que ese día de descanso obligatorio les permitiría estar juntas no importando en qué día cayera la fecha del festejo.

La boda transcurrió sin complicaciones. Quizá fue la boda más hermética, sencilla y acelerada del mundo porque todo el evento duró sólo 4 horas, y no hubo pastel, porque aunque se evitaron el tener que comprarlo —puesto que Michiru lo preparó para la ocasión—, este tuvo la mala suerte de encontrarse justo en medio de una de las tantas batallas que se originaron a causa del estrés producido por la boda, pero que al final, culminó con el momento más feliz de sus vidas, y no necesitaron más que la presencia de los que más aman para hacer del evento algo memorable.

Y aunque la mayoría de los convidados eran personas que reflejaban lo malo que puede llegar a ser el matrimonio dadas sus desfavorables y hasta catastróficas relaciones, y que la boda no era lo que todos esperaban, —más bien no era nada de lo que alguien se hubiera imaginado para Michiru—, lo que se realizó al final fue lo mejor, porque fue tal como ellas quisieron. Nadie se sintió fuera de lugar, porque en su fiesta las distinciones ni las clases sociales importaron, todos convivieron como iguales, como lo que ahora son: una familia.

Al final, lo más relevante es que ellas pudieron vivir tranquilas, ya que el secreto permaneció a salvo como su amor, a través del tiempo, a pesar de todo. Por mi parte, no queda más que citar aquella frase que hizo célebre a Groucho Marx: "Detrás de un gran hombre, hay una gran mujer".

Seiya Kou

Seiya detuvo su escritura; atar cabos le había resultado más sencillo de lo que había esperado, todo lo que había vivido, visto y escuchado a través de los años estaba ahora ahí, reunido en una sola historia, quizá él sólo había sido una parte secundaria, pero no por eso era menos importante.

Seiya miró las 15 páginas con una sonrisa.

—Empecé escribiendo un blog y ahora parece que tengo una novela…

—Oye idiota —dijeron en el umbral de la puerta—, Michiru dice que ya está la comida, hay que ir a casa.

Seiya alzó la mirada sobre la pantalla de la computadora.

—No me llames idiota, idiota.

—Anda, vamos a comer a casa. ¿Qué estabas haciendo, eh? —Preguntó el rubio de traje.

—Aquí, pensando en los azares del destino, las vueltas que da la vida y escribiendo el blog para la revista.

—¿Ah sí? ¿Tanto? Es mucho para ti, ¿no? No sabía que supieras leer, mucho menos escribir y pensar, ni se diga.

—Ja-ja, muy gracioso. Sólo te lo permito porque eres el esposo de mi prima consentida.

—Pues yo te lo paso porque eres su primo. Pero en serio, no sabía que la revista tuviera un blog.

—¿Y se supone que eres el editor?

—Sí, editor, no marketing —sonrió—. Levántate y anda hijo mío. —Seiya siguió sin moverse—. Vamos, ya sabes cómo se pone Michiru si la comida se enfría —insistió—. Aunque creo que tú deberías ir a tu casa con tu linda esposa, y no con la mía a incomodar a los presentes haciendo de… "mal tercio".

—¿Estás loco? A Usagi se le quema hasta el agua. A veces me sorprende mi capacidad para no morir intoxicado, mi grado de supervivencia debe ser el de una cucaracha.

Ambos rieron y él se acercó a mirar la pantalla de Seiya sin lograr leer nada.

—Dime, ¿cómo se llama tu blog?

—"Cuando las apariencias engañan". Es para la sección de historias humanas, no todos los artículos deben ser informativos, agradezco eso a esta empresa, desde el señor Nakatani me permiten ser yo mismo.

—¿En serio?

—Sí.

—Pues es un buen título. Parece que ya hallaste la inspiración que buscabas, ya sabes lo que dicen, en donde menos la esperas, es donde la encuentras. Deberías darme la dirección de la página, así ya tendrás al menos un lector.

Seiya alzó la ceja.

—Me sorprende que seas el editor, pero no, no pienso publicarlo.

—¿Por qué?

—Es demasiado largo y… controversial, no quiero causar problemas.

—Oh, ¿puedo verlo al menos?

—Hmm… quizás.

—Ese "quizás" es de familia, ¿verdad? Michiru siempre lo usa.

—Ehmm… "quizás". —Seiya se levantó de su escritorio y caminó hacia el hombre que le sonrió y lo tomó de la nuca en un gesto de amistad y compañerismo—. ¿Sabes? "Quizás" si lo publique, pero "quizás", le cambie nombres.

—"Quizás, quizás, quizás". —Cantó el hombre.

—Oye Ruka… tú eres Ingeniero automotriz, ¿no?

—Sí, ¿por qué lo preguntas?

—Es que… eres editor, pero… ¿cómo?

—¿Cómo es que soy editor si en apariencia no tiene relación con mi carrera? Dímelo tú, tú me recomendaste.

Seiya entornó los ojos pensando que mientras el otro ascendía, él se estancaba. Tras haberse negado al puesto de editor, ¿cómo iba a prever que se lo dieran a él?

—Hmm… Pues verás —dijo Haruka pensativo—. En esta empresa uno empieza barriendo, luego trapeando, y para cuando te das cuenta, ya estas limpiándole el trasero al jefe.

Rieron.

—Te concedo eso.

Ambos salieron de la oficina y se encaminaron a casa donde Michiru espera a su esposo y a su primo para comer.

—Oye —dijo Seiya—, ¿habrá vino?

—Hmm… no, pero "quizás", jugo de manzana.

Seiya rió.

—¿Qué es tan gracioso?

—No, nada, "hermano". —Seiya palmeó su espalda.