Cap.9 Desalmada

Sebastian siempre había sido pulcro, aseado y quisquilloso con su apariencia y mucho más con su forma de actuar. Parecía mentira, pues, que aquel hombre sentado en una silla de estilo barroco, totalmente demacrado y deteriorado fuese el mismo que tan solo un par de días antes podía llevar a cabo la decoración completa de una mansión él solo. El maestresala había entrado en una especie de trance del cual no podría salir fácilmente. Sentía, si es que sentía algo, una nube de confusión y galimatías que se cernía de forma amenazante sobre él. Todas aquellas emociones que no sentía desde hacía tanto que ni el tiempo mismo sabría calcularlo, salieron a la superficie abriéndose paso a través de todo lo que en Sebastian se había creado. Y salieron, salieron desgarrando y arrancando en su interior, y se manifestaron en su físico. Sus ojos se apagaron ligeramente, empalideció incluso más de lo pálido que ya era y acabó encogido sobre sí mismo por el dolor que aumentaba gradualmente en sus entrañas.

Así pasaron tres días más o menos, pero él no estaba seguro, no podía llevar la cuenta de los días mientras estuviera en tal estado. Por alguna razón desconocida aún tenía una leve consciencia de lo que ocurría en el exterior de su turbada mente. Gracias a ello pudo salir del trance cuando sintió el tacto en su piel de alguien más tocándole.

En un primer momento de lucidez pensó que podría tratarse de Kea, pero descartó aquella posibilidad en cuanto el primer pensamiento razonable llegó a su sesera. "Se acabó, la he matado" pensó.

-¿Un mal día? –escuchó una voz decir, una voz extraña y desagradablemente familiar. Logré abrir los ojos y enfocar y confirmó sus sospechas: William T Spears estaba allí, mirándole con aire de superioridad.-Te veo un poco… diferente, diría yo.

-¿Qué haces aquí? –preguntó a la vez que rápidamente recuperaba la compostura, se levantaba y arreglaba el traje.

William levantó levemente una ceja.

-Hemos tenido un problema en la central. Resulta que no solo murió alguien de tiempo, sino que, además, su alma se perdió por el camino, supongo. ¿Sabes algo al respecto?

-Creo que ambos sabemos que tú ya sabes todas las respuestas –contestó el mayordomo secamente. No tenía ni el tiempo ni las ganas de permanecer halando con cierto individuo.

-Ciertamente, sí, lo sé. Y resulta que a la madre de la heredera de los Wegesser le gustaba jugar con alguien peligroso.

-¿No estarás hablando acaso sobre una mestiza? –espetó con sarcasmo-Sabes de sobra que no existen los mestizos.

-Por supuesto que no existen, por ello mismo son, supongo, buenas noticias –sonrió mientras acercaba su mano a la del demonio para chocarla formalmente.- Supongo que ahora hay un nuevo integrante en el mundo del Averno.

Sebastian chocó su mano con indecisión y en cuanto lo hizo, empezó a ver el Record Cinematográfico de la que unos días antes había sido su ama.

-Solo estoy aquí para hacerla ser lo que debe ser, demonio.

Dicho esto, el shinigami desapareció y tras un grito ahogado y un quejido gutural, la Dama de Wegesser despertó, y los ojos de Sebastian, los cuales habían permanecido secos durante siglos, se humedecieron y por ellos resbalaron un par de lamentos casi imperceptibles.

"Gracias…"