Perdón por la ausencia. La vida de un adulto se vuelve cada vez más horrenda entre más viejo se es.. ya no juego a ser adulta. Les pido paciencia en los otros dos fics, El amor en tiempos del fin está en proceso, Un viaje en el tiempo todavía no. Espero pronto tener el tiempo y sobre todo la cabeza para seguir, y espero no desaparecer tanto. Gracias por su paciencia. Aidan.


Particularmente no tengo la costumbre de morderme las uñas pues me parece un hábito molesto, pero ahora no puedo dejar de hacerlo. No lo estoy haciendo como tal, pero estoy tan nerviosa que no he podido salir de la habitación de Rachel, ya me han gritado dos o tres veces que el desayuno está listo pero no puedo reunir las agallas para salir de aquí como si nada pasara.

Antes era la reina del disfraz, ahora… he perdido un poco la habilidad, pero en este momento creo que no puedo usar la máscara que siempre me pongo, estoy impactada por la noticia; apliqué para esa beca pensando que no ganaría ni por error, y de entre mil alumnos, lo hice. Yo fui la persona de la suerte que tiene la oportunidad de irse a Italia a estudiar un año. Un condenado año.

Ya estoy vestida, pero no me animo aún a encontrarme con mis amigos, me rasco la cabeza y me muerdo el interior de la mejilla y luego el labio. Todo esto viene a mover mi vida y no sólo porque sería mudarme de continente y dejarlo todo atrás, sino que, al no haberlo contemplado siquiera, el pensarlo ahora me abruma.

Las dos personas que se me vienen a la mente son Rachel y Jenny. Voy a dejarlas un año… y seamos conscientes de la realidad, en trescientos sesenta y cinco días muchas, pero en verdad, muchas cosas pueden cambiar; he visto relaciones estables derrumbarse como castillos de arena, he visto amigos convertirse en completos extraños e incluso, los he visto no regresar jamás.

Puedo declinar la oferta, no andarme con tonterías y dejarle el lugar a alguien más, a alguien que lo merezca… pero es que yo también lo merezco, incluso si reía que no iba a ganar la beca, en el fondo deseaba que me equivocara y que las cartas estuvieran a mi favor.

Entonces lo que soy es una cobarde que tiene miedo al cambio y a salir de su zona de confort. En muchas cosas he sido una cobarde, pero necesito comenzar a crecer, ya soy una mujer adulta lo que significa que debo tomar decisiones arriesgadas que me llevaran a formar mi futuro y en este caso, con una beca como esta en Italia, bueno… digamos que si me llevara bien con Russell estaría más que orgulloso de mí y si pudiera me cargaría en sus hombros.

Entra Rachel y me mira, reconoce por mi semblante que algo está pasando, ya sabemos que si alguien me puede leer a la perfección es ella, incluso si me he puesto la máscara más densa de todas.

-¿Qué pasa?-. Tengo el celular en la mano y lo sostengo con fuerza, como si dejarlo significara una catástrofe -¿Jennifer?-. Niego con la cabeza y trago saliva, me giro completamente hacia ella.

Le estiro la mano y lo toma, no he cerrado el mensaje. Lee las líneas que lo comprenden y entonces abre muy grades los ojos y enmudece, levanta la cara para verme a los ojos y me deja con la sangre helada cuando por primera vez en mucho tiempo, Rachel no tiene absolutamente nada qué decir.

-¿Te irás?-. Pregunta con esperanza después de minutos de mutismo, como si deseara con todas sus fuerzas con que le diga que no.
-No lo sé-. Digo por fin. Me limpio la garganta –Supongo que no hacerlo sería una estupidez-.
-Claro que lo sería, es una de las oportunidades más grandes de tu vida y si la dejas pasar, puede que te arrepientas de ello por siempre-. Me quedo impresionada.
-Creí que ibas a decirme que me quedara, que ir era una mala idea-.
-Bueno, no es que te vayas a ir por mucho tiempo ¿O sí? Tienes que regresar en algún momento, cuando la beca acabe-. Muevo la cabeza en un gesto de aceptación.
-Pues sí, tendría que regresar a terminar la carrera-.
-Y generalmente las becas son por seis meses-. Agacho la mirada y en seguida sabe que no será así.
-Será un año-. Da un paso al frente, me regresa el celular y me acaricia el brazo.
-Un año-. Repite como si fuera un sueño, como que le pareciera que un año es una eternidad.
-El tiempo vuela-.
-No para los que nos quedamos-. Me lamo los labios, algo como eso he escuchado.

Ha sido la conversación interminable en cafés y bares, donde la pareja de alguien se va y sí, para aquellos con la suerte de conocer nuevos horizontes el tiempo pasa rápido, conociendo a tantas personas y tantos lugares, experimentando tantas cosas.

Sin embargo los que se quedan con la rutina y la ausencia son los que experimentan que el tiempo pasa lento, lentísimo en realidad. Es, como lo han puesto ellos, una completa agonía. No me consta, no he estado demasiado tiempo lejos de Jenny, e incluso si lo estuviéramos, saberla en la misma ciudad o en el mismo país me haría sentir acompañada, puedo tomar un tren o un avión barato e ir a su encuentro.

-Estuviste unos cuantos años sin mí, puedes sobrevivir uno más sin la molesta presencia de tu verdugo Quinn Fabray-. Bromeo sin mucho éxito, no se le ha asomado una sola sonrisa en el rostro, la comisura de sus labios está tan inmóvil que da miedo.
-Debo decir que eso no me hace nada de gracia-.
-¡El condenado desayuno está listo!- Dice Santana –Y si no traes tu trasero en este instante, Quinn haré del último día que te queda en New York un completo infierno-.

Sonrío, más por demostrar que no tengo un torbellino dentro, licuándome la cabeza.

Traigo a Rachel hacia mí y la envuelvo en un abrazo fuerte.

-Pasará rápido, ya lo verás-.
-Sólo quiero que sepas que sean seis meses o diez años, es una oportunidad que debes tomar incluso si no me pone demasiado contenta… es decir, son… sentimientos encontrados-.
-Entiendo-.
-¡Quinn!-.
-¡Ya voy!-.

Salimos de ahí y engullimos todo lo que ha preparado Santana.

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-¿Ya le diste la noticia a Jen?-.
-No-. Arranco otro pedazo de pan y lo aviento a la gran fuente donde están los patos –¿No se supone que los patos vuelan al sur en esta época del año?-.
-No lo sé ¿Creo? Ellos no, siempre han estado aquí ¿Por qué no la has llamado?-. A veces me molesta que sea tan difícil que Rachel no suelte los temas con facilidad.

Si bien hay ratos en los que encuentro aquello totalmente adorable, otros tantos no puedo soportarlo.

-Hace apenas un par de horas que mi Decana me envió el mensaje y a esta hora muy probablemente esté en el gimnasio, los domingos suele estar ahí hasta medio día-. Me quedo viendo las plumas tornasol de un pato que tiene el pico demasiado naranja.

Siempre me han gustado estos animales, no son particularmente mis favoritos, pero tiene algo de mágico, cómo el agua les resbala, cómo meten la cabeza en ella y también hay algo de gracioso en el sonido que hacen; confieso que amo como caminan.

-Creo que es mejor decírselo de frente, así como te lo dije a ti-. Recarga su cabeza en mi hombro y se queda viendo cómo aviento las migajas al agua y los patos pelean por el trozo más grande.
-¿Qué va a pasar cuando estés allá? ¿Qué va a pasar con nosotras?-. Suspiro y aviento el resto de las migajas al centro de la fuente. Me sacudo las manos y bajo del escalón donde estaba.

Me meto las manos a los bolsillos y caminamos hacia una de las bancas de metal que hay alrededor. Frente a nosotros está un edificio antiguo de aspecto Europeo que tiene un pendón enorme anunciando 'El lago de los cisnes'.

El metal se siente frío bajo mis nalgas y sé que me he mojado la ropa.

-No me gusta nada tu silencio-. Le brindo una sonrisa amarga, casi pesada.
-Honestamente a mí no me gusta para nada esta situación y sin embargo mírame, enredada o más bien, sumergida hasta el cuello en ella-. Me quita su mano de mi brazo y mira al frente.

Me quito el gorro y me acomodo el cabello, me llega poco más abajo de los hombros y me lo despeino un poco para relajar mi cuero cabelludo.

-Si estuviste enamorada de Finn y de mí ¿Por qué no logras respetar la situación en la que me encuentro? Bien sabes que no es fácil, que una se hace rollo la cabeza, que no piensa con claridad; quiero pensar que hasta que no arreglaste tu mente, me percibías como una persona con la que te sentías increíblemente atraída en el aspecto físico-.

Estoy soltando una verborrea poco característica de mí y ella guarda silencio, escuchándome atentamente.

-Estás consciente de que la tensión sexual que hay entre nosotras tiene tamaños inmensos, podía sentir cómo los vellos de mis brazos se sentían atraídos hacia ti, como si fueras estática; necesito que comprendas que al menos por el momento, mi decisión es que no puedo comenzar a dar un primer paso contigo porque ni siquiera estoy segura de querer dar el último con Jenny-.

Me doy cuenta que no estoy usando el anillo.

-Yo le hice promesas que no cumplí en el instante en el que se nos ocurrió la grandiosa idea de fotografiarte desnuda, en el momento en el que dejé que lo que sucediera me importara poco. Ella y yo teníamos el compromiso de no herirnos ni engañarnos, y sin embargo lo hice-.
-Lo hiciste porque no la amas-.
-¿Perdón?-. Comienzo a parpadear muy rápido –Tú, de entre todas las personas eres la menos correcta para decir algo como eso, en serio no hace falta recordártelo de nuevo, pero tú, incluso sabiendo mis sentimientos por ti, decidiste huir, ser la cobarde que nunca habías sido, sólo entonces decidiste serlo y dejarme sola; no pudiste afrontar tus sentimientos ¿Y vienes a decirme esto?-.
-Porque yo te amaba más que a Finn, sí, lo descubrí bastante tarde, pero supe que a él no lo amaba tanto como a ti-.
-Ahora date cuenta que estás diciendo que a uno lo amabas más que a otro, así como yo bien pudiera amar más a una que a otra… sólo que aún no sé a quién siento más-.
-¿Sabes?- Se levanta –No quiero hablar más del tema, estoy abrumada de pensar si me amas más a mí, si la amas más a ella, si probablemente jamás te decidas por mí, si esto si lo otro-. Comienza a levantar la voz y más de un par de transeúntes nos mira como si fuéramos un par de locas.

Me levanto y le detengo las manos que mueve con desenfreno.

-Respira- Tiene el rostro rojo y está temblando –Tranquila-.
-No voy a insistir más, probablemente no somos la una para la otra como he estado soñando desde hace bastante tiempo-. Vuelvo a suspirar –Vamos a dejar esto como… a la suerte, Serendipity, si debe de ser, será incluso si te vas a vivir al fin del mundo-.

Lo dice tan sinceramente que me ha quitado un gran peso de encima.

-No voy a negarte que tengo unas ganas enormes de hacerlo contigo antes de que te vayas porque quién sabe cuándo vuelva a verte y que si lo hago pronto, no sé si tú estés dispuesta a hacerlo-.

Recuerdo lo que me dijo Jenny, que fuera libre este fin de semana. Aunque en realidad lo que puede estar pasando es que yo lo he interpretado a mi conveniencia.

Me paso los dedos de ambas manos por entre el cabello.

-Tengamos una especie de cierre hoy, no puedo seguir sintiéndome entre la espada y la pared porque siento que perderé la cordura; dejemos de pensar tanto. Tú tienes más suerte, no hay a quién tengas que ver mañana por la mañana y pensar que le has mentido-.
-Ok-.
-Se lo diré-. Palidece al instante.
-No, no lo hagas-.
-¿Por qué no? Además es decisión mía y no tuya-. Caminamos a la avenida y hacia un café.
-Porque le romperías el corazón-.

Rachel tiene toda la razón, sé que contarle la verdad va a destrozarla, si no es que ya se da una idea de lo que está pasando, entonces no será tanta sorpresa. Pero si callo y luego se entera de todo, sé que le dolería mucho, muchísimo más.

Ella y yo alguna vez platicamos con calma al respecto, nos gusta decirnos las cosas como son y un día sin más me dijo que si yo le era infiel, prefería saberlo para lidiar con ello en lugar de vivir como una estúpida todo el tiempo.

Por supuesto que estuve de acuerdo con ella, y le pedí que hiciera lo mismo conmigo, si alguna vez sucedía algo quería saberlo.

Me sonrío al recordar que una noche, después de llegar de un bar al que había salido con sus amigas, me confesó entre lágrimas que había besado a una chica en el baño del lugar.

Me pareció tan tierno todo aquello que no pude enfadarme, la envolví en abrazos y besos y le dije que un beso no significaba nada siempre y cuando para ella tampoco tuviera importancia. Si había sido un beso de borrachera, al siguiente día le hubiera sido ajeno porque Jenny olvida muchas cosas cuando se alcoholiza demasiado.

Pero esto que yo hice y que he hecho desde que vi a Rachel en New Haven no es un beso absurdo en una noche de juerga, no es una mirada coqueta que te das con la chica que está al otro lado de la barra mientras tu pareja se ha levantado al baño o a salido a fumar.

Lo que yo hice con ella fue muchísimo más que eso, fue un engaño premeditado, porque tuve la opción de parar y no lo hice… tampoco lo quise, ya lo sabemos.

Sentir que la mano de Rachel, que ahora yace en la mía, me pone cálidos el alma y el corazón, saber que su voz me endulza el oído, su risa. Que sus gemidos cerca de mi oreja me erizan la piel incluso si sólo los recuerdo sobre mi cama.

Yo sí que he engañado, yo sí que debo estar esperando que en lo futuro, el karma me cobre esto que estoy haciendo y con creces, porque cuando regrese, cuando mi novia me abrace con ganas, tendré que decirle lo vil que he sido y voy a herirla.

Yo sabía que la iba a herir… y sin embargo no tuvo importancia saberlo.

En cuanto abrimos las puertas de la cafetería nos invade el calor de la calefacción, nos quitamos los abrigos y las bufandas y los colgamos en los percheros que hay en la entrada. Nos limpiamos los pies en el tapete antes de pisar la duela y nos sentamos en una esquina, en una mesa color chocolate que tiene un par de mesitas con cojines color rojo.

Huele a café obviamente, pero también me da un olor a incienso de almizcle. Una mesera de cabello rubio, ojos azules y estatura baja nos entrega las cartas, veo la placa con su nombre: Jennifer Huber. No creo en las señales, pero justo cuando mi mente comenzaba a despejarse, vuelvo a sentir la culpa cargándome el alma. Pero, Jennifer es un nombre muy común ¿No es así? Sí, Jennifer Lawrence, Jennifer López, Jennifer Love-Hewit…

-¿Quinn?-.
-¿Qué? Perdón me… perdona-. Volteo a ver a la mesera que me mira impaciente con libreta y pluma en mano –Suelo privarme a ratos-. Me sonríe cuando me muestro amable y un poco chistosa –Quiero un capuccino crema irlandesa-. Lo anota y se marcha –¿Qué pediste tú?-.
-Expresso doble-. Me recargo en mi silla y cruzo los brazos.
-Creo que es el café que menos me gusta. No le encuentro lo rico, te lo entregan en una tacita tamaño pocket y te dura tres sorbos-. Saco discretamente mi cel del bolsillo y reviso por llamadas o mensajes. Nada.
-Ese es el asunto del expresso, es tan cargado que no puede darse en grandes cantidades, y cuesta casi lo mismo que el normal, porque las cargas de café son más, es decir que están usando más producto en una tacita, como le llamas tú-.
-Bien, en eso tienes razón, pero un expresso no es el amigo de las conversaciones largas, es ese que te tomas cuando quieres despertar en un segundo y empezar tu día como si fueras una bomba de tiempo-.

Se hecha a reír, la primer risa del día, eso me gusta porque significa que ya no nos sentimos tan sombrías como cuando nos despertamos y atendí la llamada de mi novia en lugar de quedarme en cama para recibir el beso que iba a darme.

Me rasco la barbilla y me doy cuenta que el calor que hace en el establecimiento me está adormeciendo, así que siento los ojos pesados y también la cabeza. Bostezo.

-Quiero pensar que te hizo falta sueño-. Le asiento.
-La verdad sí, pero según sé a ti te gusta levantarte temprano y como es tu casa, son tus reglas-.
-No seas tonta, me hubieras dicho que preferías quedarte en cama hasta tarde, a mí no me hubiera importado seguir en la cama contigo-. No lo dice en tono pícaro, es algo normal, pero aún así baja la mirada para no leer la mía. Prefiere evitarme pues apuesto a que teme lo que pueda decirle con ella.
-Siempre está la opción de pedirlos para llevar y llegar a tu departamento para acurrucarnos a ver películas, que no sean de Barbra Streisand- Aclaro con tono severo –Y así descansar de la salida de ayer- Miro el reloj –Falta una hora para que la resaca me llegue en verdad-. Me mira con ternura y me toma la mano.
-Para llevar serán-.

Saca su celular y escribe un mensaje, yo no pregunto para quién es, dejo que se entretenga un momento. Me disculpo para ir al baño y le digo que pida los cafés para llevar.

-¿Diga?-.
-Hola Jen-. Sé que no hace mucho que hablamos, pero escucharla me tiene sonriendo, ahora que estoy bien despierta, que no me preocupa que Rach me escuche.
-Quinn, hola ¿Todo bien amor?-. Me pinto de colores cuando escucho que me dice amor.
-Sí… sólo tenía ganas de escucharte de nuevo… no sé… creo que te extrañé de más y…-.
-¿Segura que todo está bien?-. Siento un nudo en la garganta y guardo silencio cuando sé que mi voz va a fallarme.
-Sí, sí. Sólo ando… ¿Hormonal?-. Se hecha a reír y yo junto con ella, limpiándome una lagrima que me ha corrido por la mejilla.
-Tú estarás hormonal hasta la siguiente semana-. Vuelvo a reír.
-Lo sé, pero también las mujeres tenemos mil cambios hormonales en un mes-.
-¿Cuándo regresas?-.
-Seguro mañana en la mañana, con eso de que no habrá clases… ¿Estás en tu departamento?-.
-Sí, no hay nada como dormir en mi cama-. Yo sé que le gusta más la mía.
-Mientes como Pinoccio; me gustaría que estuvieras en mi departamento cuando llegue… a eso de las… ¿Doce?-. La escucho sonreír.
-O.k, ahí estaré; te amo-.
-Yo también te amo-. Trago saliva, salgo del sanitario y me miro en el espejo.

Rachel me mira curiosa, tiene mi vaso y su vasito, vuelvo a reír, en serio creo que el expresso es el café menos atractivo.

De regreso a su departamento me doy cuenta que no hay nadie, la cocina está limpia, las camas de San y Kurt están hechas. ¿Por qué presiento que fue idea de Rach?

Ya no me pone nerviosa que estemos las dos solas, me he acostumbrado a ello, al menos en estos dos días, porque cuando fue a visitarme todo me causaba taquicardia. Su sola proximidad me daba calosfrío.

Me dejo caer pesadamente en el sofá y hago un sonido de contento, necesitaba descansar, quisiera subir los pies a la mesa que tenemos enfrente pero me parece que sería una completa falta de respeto, tomando en cuente que no es mi casa. Cuando pasa a mi lado, la ráfaga de aire que hace su cuerpo me deja el olor de su perfume y sin querer aspiro profundo y fuerte.

-¿Qué pasa?-. Me pregunta curiosa y volteando a verme, le veo las botas de tacón delgado, le llegan hasta más arriba de las rodillas, y el vestido ceñido le resalta el trasero de la mejor manera posible.

No sé por qué no lo había notado cuando salimos a caminar, y luego recuerdo que la gabardina la cubría completa.

Agacho la mirada y niego con la cabeza.

-Una de las cosas que más me gustan de ti, que siempre me ha gustado por cierto, es la forma en la que hueles. Todos los perfumes que usas me parecen deliciosos y tu ropa siempre huele a suavizante- Levanto la barbilla y le clavo los ojos –Creo firmemente que las personas me enamoran primero por el olfato y luego por la forma de sus manos-.

La veo suspirar, se le hincha el pecho y se lame los labios.

-¿Sabías que me haces muy difícil esto de no acercarme a ti y hacértelo en este preciso momento?-. Me cosquillea el estómago y un poco más abajo. Trago saliva y me reacomodo en el sofá, pegando mi espalda completamente, pongo mi mano en el brazo y aprieto algo fuerte, necesito control.
-Pues… no… no era mi intención-. Veo que hace las manos puño y es ella quien ahora traga saliva.

Se acerca al mueble donde está la televisión y se agacha para sacar algo; me siento incontrolable, me siento como un adolescente que se emociona con sólo verle las piernas a una mujer más grande que él, con ver su vestido tan arriba que casi deja ver sus nalgas.

Siento un deseo incontrolable de acercarme a ella, cargarla y hacérselo tan desenfrenadamente que deje marcas rojas por todo su cuerpo, mordidas, rasguños, golpes que se convertirán en moretones al cabo de un día.

Siento como si la sangre me estuviera corriendo muy rápido en las venas, comienzo a salivar. Parezco un condenado animal hambriento, como que ha estado días sin probar alimento y ahora tiene a la presa perfecta enfrente.

Se levanta de pronto, pero yo puedo ver en cámara lenta cómo se le mueven los músculos de las piernas.

-¿Chicago o Django?-.
-A ti ni siquiera te gusta Tarantino-. Se encoje de hombros y camina hacia mí, parándose enfrente, tan cerca que sólo es cuestión de que estire mis brazos y la siente en mis piernas con fuerza.
-Pues no, pero a ti sí-.
-Django no me ha gustado; y Chicago es… no estoy para musicales; sí, me gusta, Katherine Zeta-Jones, parece diosa en ella, pero…-. Me lamo los labios y desvío la mirada.
-¿El diario de Bridget Jones? Ahora que dijiste Jones pensé en la película y es graciosa y…-.
-Rachel…
-¡¿Qué?!-. Me grita, no con enfado; puedo sentir la tensión en su voz.

Me toco el lóbulo de la oreja y le señalo con mi mano que se siente.

-Esto me está volviendo más loca de lo que sentía que podía estar en la mañana o cuando hablamos hace un rato-.
-¿Qué es 'esto' específicamente hablando?-.

Guardo silencio, le miro las piernas, no las tiene cruzadas y sé que sería tan fácil meter mi mano entre ellas. Tengo el deseo a flor de piel, puedo sentir cómo se me acelera más el corazón, cómo me sube la temperatura corporal.

Todo dentro de mí me dice que debo de hacer caso de mis instintos, me siento como si fuera un animal, también siento que soy dos personas que viven en un solo cuerpo, una me pide a gritos que pare, que no piense siquiera en esto, que debo de tener respeto por la persona que me espera en casa, que está sola pensando quizás miles de cosas.

La otra sin embargo me dice que debo seguir, que las oportunidades y las situaciones son para vivirse porque sí, la vida es demasiado corta como para detenerse; debo sentir, dejarme ser, soy un lobo que se relame ante el olor de sangre.

-Quinn-. Escucho mi nombre en eco, me lo ha dicho tan quedo que sin querer le ha quedado más que sexy.

Levanto lentamente mi mano derecha y giro un poco mi torso, paso la palma suavemente por la piel tersa de su muslo y escucho su respiración, es una respiración que no puede controlarse, incluso si quisiera. Puedo apostar porque siente el corazón en la garganta, que su vibración retumba incluso en sus oídos. Sí, yo soy el lobo y ella es mi cordero.

Cuando llego a su ropa interior, el calor que despide es tan fuerte que siento que voy a arder en llamas. Voy a volverme carbón en unos segundos, combustión espontánea.

-Quinn…-. Ahora es una advertencia, en esas cinco letras me está diciendo que pare, que estoy a punto de poder hacerlo, que puede que no comprenda lo que hago, que tengo la mente nublada.

Me está diciendo también que si no paro, ella será un objeto en movimiento que no podré frenar, porque aunque yo sea pared, me romperá hasta hacerme polvo.

No me importa.

Me acerco a ella, nuestros rostros están tan juntos que puedo sentir su aliento cálido en mi pómulo; su caricia en mi brazo es dulce, tranquila y pausada, en cuanto me toca se me eriza la piel, la de ella ha estado así desde que mi mano llegó casi a su entrepierna.

La toco por encima y su mano se aferra fuerte a mi antebrazo, está mojada, sabía que lo estaba cuando apenas mi tacto iba a medio camino. Sonrío. Me gusta el poder que ejerzo en ella porque antes fue al revés, yo me sentía desvalida, a su merced cada vez que me llevaba hacia su cuerpo demandándome un beso, un abrazo siquiera.

Vuelvo a ser la Quinn de dieciséis años que movía montañas a su antojo, la Quinn que podía tener a Rachel en la palma de su mano y aplastarla en su puño si le diera la gana. Pero no quiero aplastarla, en realidad nunca lo quise, lo que quería era que gravitara en torno a mí como si yo fuera su sol… lo hice. Ahora lo hago de nuevo.

-Dime desde cuándo me deseas-. Se lo digo en el oído mientras hago hacia un lado sus bragas y comienzo a tocarla con la yema de mi dedo medio. Me suelta un suspiro cortado, en tres momentos cortos.
-Desde que te vi-.
-¿Y desde entonces te tocabas pensando en mí?-. Se aferra con más fuerza a mi brazo.
-Quizás-. Juega conmigo, no me da una respuesta clara, sabe que eso me vuelve aún más loca.
-Yo sé que sí-. Toco el punto correcto y se sobresalta soltando un 'ah' tan delicioso que si de verdad yo fuera ese lobo del que hablo, ya le hubiera mordido la yugular.

¿Por qué no? Lo hago. Y al punto pasa su mano a mi nuca y me jala el cabello que crece ahí, duele, lo hace tan fuerte que me veo obligada a clavarle las uñas en la cadera. Yo no voy a herirla, la protege la tela del vestido… la volteo pues, la obligo a hincarse en el sillón con la vista hacia la cocina y dándome la espalda, se recarga del respaldo y veo que se aferra fuerte al material y la esponja.

Bajo poco a poco el cierre y le descubro los hombros, sólo con el afán de morderlos. Su espalda es una de las visiones más maravillosas en este momento, y me dan ganas de pasearme por el hueco que se le hace en la espina. Huele a su perfume, pero hay otra cosa que huelo en ella, lo mismo que he olido desde que cruzó por los pasillos de McKinley. Es ella, Rachel Barbra Berry posee un olor tan abrumador que incluso Jean-Baptiste Grenouille perdería la cabeza por ella.

Su piel es un imán para mis manos y mis labios, su sexo podría convertirse en la prisión de mi lengua, sus piernas la de mi cabeza. Sentir sus pezones erectos en las palmas de mis manos y posar mi barbilla en sus hombros, cerca del cuello.

Le detengo las manos cuando quiere tocarme y las regreso a su lugar de antes: en el respaldo del sofá.

-Tú no puedes tocar, no aún-.
-¿Y si te toco?-. Le echo el cabello a la izquierda y le muerdo sin fuerza la piel del cuello, sí, buscando su vena yugular de nuevo.
-Paramos-.
-No puedes parar-. Se burla de mí, luego gime.
-¿Quieres ponerme a prueba?-. Mis labios rozando la piel de su oreja, le doy un mordisco medianamente fuerte y le paso la punta de la lengua por el cartílago.
-No-. Responde secamente, así está bien, pues no hay nada más que añadir.

Quisiera arrancarle el vestido, cortarlo con tijeras o cuchillo para no tener que moverla de esta posición tan increíble, me siento con poder, siento que el control es enteramente mío.

Pero, también es un vestido muy bonito y arruinarlo no me complace del todo.

Lo bajo y luego se pone en pie para dejarlo caer hasta el suelo; estamos frente a frente, de no ser porque trae tacones tendría que verla hacia abajo, pero en estos momentos sus ojos hacen juego con los míos.

-¿En este sillón cogiste con tu boytoy llamado Brody?-. El maldito "Ken" de aparador.
-No-.
-¿Y en esta alfombra?-. Paso mis manos por su cintura, acariciándola en círculos con mis pulgares.
-Es nueva-. Veo que desvía la mirada hacia su habitación, adrede o no, no importa. Evidentemente en su cama sí. Desde anoche lo tuve presente, pero no dije absolutamente nada.

La tomo de los muslos, levantándola con facilidad y caminando con ella hacia su cuarto.

-Pero en esta cama sí que cogiste con él-. Su silencio me afirma lo dicho –Yo te voy a coger más fuerte para que el único recuerdo que tengas sea el de mi lengua llevándote al borde de la locura-. Suelta otro respiro cortado y excitado.

Me gusta el silencio que hace, me gusta que no hable, que no caiga en la verborrea que la caracteriza tanto.

-Te voy a contar…-. La dejo en el piso y la pongo contra la pared, de nuevo su espalda en mi frente –Que cuando me enteré de lo tuyo con él, sentí tantos celos que creí que me convertiría en un monstruo, quería arrancarme la piel, apagar mi mente. Te odié, te odié por días-. Le paso las uñas por la espalda y me pego más a su cuerpo.

Aprieto la mandíbula, quiero morderla tan fuerte que siento que la sangraría. Me contengo.

-Quería gritarte, tal vez propinarte otra cachetada…-. La escucho reír, aunque sin afán de burla –Pero obviamente no iba a hacerlo… ahora creo que me dan un poco de ganas-. Le rasguño los costados del torso.
-¿Quieres herirme?-.
-Sí-.
-Entonces hazlo-.

Esas son las palabras mágicas, hay una explosión malvada dentro de mí, me siento con el poder de hacerlo incluso si no me lo hubiera concedido y me siento inmortal porque lo ha hecho. Le doy vuelta y aprieto sus senos sin delicadeza, mientras le beso el cuello y le muerdo la oreja de nuevo, quiero destrozarla, quiero que me destroce.

Quiero sentir que merezco que me humille, necesito que ella también me humille porque en el fondo, en el fondo la culpa de esto que está pasando me corroe.

Le muerdo la lengua y los labios, la muerdo tan fuerte que se lo hincho.

-Hazlo-. Repite, y lleva mis manos a su cuello.

Sé que las dos sentimos culpa, ella por diferentes razones, quizás el haberme dejado entonces y lamentarse por las consecuencias, por lo que pasa ahora, que sabe que no soy suya, que me tiene a medias.

La aviento a la cama y le arranco la ropa interior, no espero más, no quiero. Le muerdo los muslos también y voy hasta su sexo. Me quedo ahí por unos minutos, la siento jalarme el cabello, la escucho gemir fuerte y más y más fuerte hasta que pareciera que grita.

Y cuando entro, lo hago sin cuidado, con prisa y con ganas; hace cara de dolor y entonces siento un ardor en la mejilla y luego de nuevo y una vez más. Me encaja las uñas en el brazo.

Tenemos la mirada clavada en los ojos de la otra, nos amamos y nos odiamos, la amo y me ama, la odio y me odia y yo conmigo de la misma forma. Así como ella consigo.

¿Cuánto tiempo pudo haber pasado desde que comenzamos con esto? No lo sé, tengo el cuerpo dolorido, pero pocas y pequeñas marcas, ella en cambio tiene rasguños y mordidas por doquier… fue precavida, incluso en nuestro desenfreno supo contener sus ganas, no por ello no me sentí como pretendía: maltratada.

Creo que esto que hicimos y cómo lo hicimos fue porque nos reprochamos el pasado que llevó a este presente, sé que incluso, muy dentro de ella, cada maltrato mío de entonces dejó cicatrices profundas en ella, cada burla, cada mirada de desprecio.

Irónicamente ahora me siento en paz, estamos una tan cerca de la otra, con nuestras manos entrelazadas, acariciándonos suavemente, como si cuidáramos de la otra.

Al final fuimos dos lobos en lucha.

xxxxxx

Cuando entro al departamento Jenny está dormida en el sillón, tiene las manos bajo mi almohada y noto que no se ha terminado el café, la taza está casi llena, la toco, el café está frío. Me siento en la orilla y le acaricio el cabello.

Al verla así me parece angelical, con su piel blanca y su cabello negro, con su estatura pequeña, su quijada fuerte. Le acaricio también la oreja y cuando le hago coquillas sin querer, despierta.

-Hola extraña-. Me dice.
-Hola hermosa-. Respondo, una sonrisa en mi rostro.

Se despabila y se talla los ojos.

-¿Qué hora es?-. Su voz modorra me gusta tanto. Me inclino para besarle la frente.
-Las once de la mañana-.
-Volví a quedarme dormida-. Sonrío más.
-Me di cuenta-.
-¿Cómo te fue?-. Se levanta un poco, la noto casi despierta.
-Bien… estuvo bien-.

Me mira, pero no puedo saber cómo. No sé qué guarda en su mirada, pero es distinta de como me ha mirado siempre.

-¿Ya decidiste?-. Se me hiela la sangre, se me va a los pies, me siento de papel mojado.
-¿Cómo dices?-. Se recarga en el brazo del sofá y cruza los brazos; ya no tiene los ojos dormidos y su voz es firme.

Este es el momento en el que confirmo que lo sabe.

-Este fin de semana fuiste a ver a Rachel; sé porqué fuiste a verla; en un principio no lo noté, creí que las fotografías que le habías tomado no tenían otro sentido, pero luego entonces lo supe, porque desde ese día tu actitud taciturna se volvió más marcada y te alejaste un poco de mí, consciente o inconscientemente… pero me hiciste a un lado-.
-Jenny yo…-.
-No me interrumpas por favor-. No está enojada, de hecho la noto tan tranquila que me pone más nerviosa aún –Te dejé que te mandaras mensajes con ella y te dejé que fueras con ella porque necesitaba que comprobaras si tu amor por ella no era más bien platónico… esos amores de preparatoria siempre son más bien de esos, idealizados, irreales-. Estoy callada y tengo un nudo en la garganta.

-Si decidiste que no lo es, que ella es el amor de tu vida, entonces me hago a un lado porque no mereces que esté contigo, yo merezco cosas más grandes; si decides que yo soy con quien quieres estar, entonces por el bien de esta relación dejarás de verla-.

Sigo helada… ahora ya no sé qué decir. Me siento insecto. No me doy cuenta en qué momento comienzo a llorar, pero cuando reacciono tengo las mejillas mojadas.

-Hemos estado juntas por poco menos de dos años, tiempo suficiente, al menos para mí, para aprenderme cómo eres, un ligero cambio de vibra en ti es tan notable para mí como el viento que hace cuando caerá lluvia, la gente ha aprendido a identificarlo… porque lo conoce-. Asiento –Así que en el momento en el que te noté distinta supe que algo había pasado entre ustedes-. Me da una sonrisa amarga y desvía la mirada –No quiero saber detalles, no los voy a preguntar, pero que sepas que dormir en esa cama y no decirte nada ha sido de las cosas más difíciles que he tenido que hacer en esta relación-.

Se le quiebra la voz y yo respiro profundo porque siento que me voy a ahogar.

Trago saliva, me muerdo el labio y fijo mi mirada en un punto lejano, estoy perdida en la nada.

-Ok- Suelto lentamente después de haber pensado, de haberme devanado los sesos –Tomé una decisión-.

Entonces posa sus ojos en mí.

-Nunca fue mi intención herirte… ni romper nuestro compromiso- Veo que tampoco ella está usando el anillo –En realidad sí lo fue…-. Me desespero y me paro furiosa –Soy… estoy… me siento furiosa conmigo misma porque yo sabía que esto no iba a nada bueno y sin embargo no pude ni quise parar. Me siento irremediablemente atraída a Rachel, siempre ha sido así y la veo y me siento eufórica-.

Está llorando ahora y parece llena de rabia, pero me deja hablar.

-Pero cuando te veo a ti siento el pecho tibio, como que estuviera en calma y en mi hogar; te vi… durmiendo y… sentí estas ganas de protegerte de mí, de lo mala que puedo ser cuando… cuando hago caso a mis demonios-. Me limpio las lagrimas y me acomodo el cabello que se me ha pegado a la frente, me siento acalorada y sudada –No quiero herirte, no más, no lo mereces, has sido demasiado buena conmigo y yo…-. No puedo seguir, toda la culpa me oprime el pecho. La cruda moral hace que me falte el aire.

Entonces me abraza, me abraza fuerte, y la huelo a ella, su shampoo, su perfume, su ropa, es familiar, es cómodo, me siento sostenida, acompañada. Con Rachel no me siento acompañada… no así. Con Rachel todo es lujuria y frustración, odio, una especie de amor extraño, todo es pasión, es tan rojo… sí, puede conocerme como la palma de su mano… pero reconozco, que aunque le dije que el que me haya dejado en el baño, con mis sentimientos y con mi amor, ha quedado atrás, no es cierto… rompió una parte de mí, y aunque Jen hizo el esfuerzo de repararla, no ha quedado bien.

No puedo perdonarle que me haya abandonado cuando expuse mi corazón de esa manera.

Me aferro fuerte a Jennifer, hundo mi rostro en su cabello y cuando siento sus labios en mi clavícula todo se vuelve más ligero.

Un rayo de sol entra por las ventanas de cortinas transparentes, nos hemos calmado; la tengo aún pegada a mí, con mis manos en su espalda y su cabeza en mi pecho.

-Eres libre Quinn, necesito que entiendas que no debes quedarte conmigo si sientes el compromiso de hacerlo, si sientes que me debes. No me perteneces y aunque pueda dolerme tu pérdida, nadie se ha muerto por una ruptura, sé sanar mis heridas-. Sí, es muy buena en ello. Necesito aprendérselo –Sólo quiero que entiendas que… te extraño, extraño a la Quinn que eras antes de ese fin de semana en el que te acostaste con ella por primera vez-.
-Lo seré… lo seré ya verás-.

El celular me suena en el bolsillo de la chamarra, me mira y me da un momento para leerlo.

'Gracias por el fin de semana, Nueva York es mejor si estás en el'.-R

… no contesto, ni ese día ni a la semana siguiente.