Capítulo Nueve.

Su cabello rojizo brillaba con los escasos rayos de luz que se filtraban por la ventana, se pintó los labios y tomó la mano de Riley, su novio.

Se les pide a todos los pasajeros que se abrochen los cinturones, estamos por despegar —dijo una voz desde los altavoces.

—Amor, deberías abrocharte el cinturón —sugirió Riley. Victoria utilizó su mayor arma, poder de convencimiento.

—Hazlo tú, cariño —susurró dulcemente—, por favor, me estoy maquillando.

—Vale, cielo —aceptó Riley, abrochándole el cinturón a su prometida.

Victoria McAdams, extrovertida, sensual y talentosa. Una revelación en el mundo discográfico y del cine, con sonrisa felina y cuerpo perfecto, ojos azul profundo, cabello rizado y bien cuidado. Era la chica del momento, con un carisma y una especie de atracción fatal que encantaban a todos, como hechizándolos.

Obviamente, Riley Devine no era la excepción. A sus veintisiete años, dos años mayor que su futura esposa, está contando los días para poder ser, oficialmente, llamado El hombre más afortunado del mundo. La había conocido dos años atrás, cuando la carrera de Victoria recién se catapultaba al éxito, y logró conquistarla entre rosas y cenas a la luz de las velas, con música de Chopin de fondo, muchas veces alegando al hecho de que dos estrellas juntas brillan más.

Eso fue, precisamente, lo que atrajo a la pelirroja. Ambiciosa como nadie, la idea de impulsar aún más su recién comenzada trayectoria, aceptó ser novia del famoso cantante y, obviamente, los comentarios no se hicieron esperar. No es como si algo hubiera cambiado, salvo que lo besaba y tenían sexo, quiero decir, aún las fanáticas chillaban cuando lo veían (estuviera o no Victoria presente) y Victoria tenía la certeza de que los chicos se pajeaban con las fotos que salían en Maxim. Como siempre.

Quizás, luego le pesó un poco la decisión, cuando se dio cuenta de que sería una mujer casada, sin oportunidad de ir a fiestas y emborracharse para terminar en la cama de cualquier modelo buenazo, sin poder formar parte de las solteras más codiciadas, sin tener control total sobre en cuáles revistas podía aparecer y cómo debía posar. Le estaban quitando su libertad, y eso no le gustaba… ni le convenía.

Muchas veces, se encontraba soñando con que Riley se enamorara de otra y la abandonara. Dios, sería burla por un tiempo, pero al menos no estaría atada a alguien que no ama, y le sonaba mucho mejor. Más soportable.

Sintió los flashes en su ojos cuando salió del avión de mano de Riley, y rodó los ojos al encontrarse atrapada entre paparazzis, sólo para ocultar el placer insano que le causaba ser observada, admirada, perseguida. Victoria adoraba la atención, probablemente porque nunca la había recibido de pequeña, puesto que había pasado su infancia y adolescencia en un internado, alejada de la felicidad.


El sacerdote se volteó hacia Victoria, ella sonrió y sus ojos brillaron de amor. Tomó de la mano al hombre que tenía a su lado, quien la levantó y la besó. Sintió las habituales sensaciones, pero mezcladas con una insoportable expectación y un nerviosismo de mil madres.

—Sí, acepto —respondió, y nunca estuvo más segura de algo en su vida.

—Los declaro marido y mujer —anunció el cura—. Puede besar a la novia.

Miró a los ojos oscuros de su esposo, y lo próximo que supo es que él la estaba besando.


Llegó a su habitación del hotel y se lanzó en la cómoda cama, cerró los ojos y suspiró. Al poco rato, sintió unos labios sobre los suyos y se apartó con fastidio.

—Estoy cansada, Riley —espetó. Riley se cruzó de brazos.

—Te necesito —murmuró.

—No, Riley, estoy cansada —finalizó.

Su prometido abandonó la suite con un portazo, y ella no pudo evitar suspirar de aburrimiento. Le apetecía sexo, pero no con él. Tener sexo con una misma persona todo el tiempo la estaba irritando.

Sintió unos toques en la puerta y fue a abrirla. Se encontró de frente con unos ojos ónix, profundamente atrayentes.

—No puedo creer que te haya encontrado, Victoria —murmuró el chico—. ¡Soy tu mayor fan!

—Sí, sí, claro —dijo ella, y no se molestó en llamar a seguridad. La presencia de ese pedazo de hombre no la incomodaba, sólo le importaba deshacerse de las ropas que cubrían ese (aparentemente) apetitoso cuerpo.

—Me llamo James —afirmó—. He estado buscándote durante tanto tiempo.

Él sonrió de una manera para nada legal y, bueno, Victoria era mujer y quería sexo con un desconocido sensual. Ese hotel tenía buen servicio a la habitación.

—Mira, James, no estoy para presentaciones —dijo, la cara de él decayó—, yo lo que quiero es sexo del bueno, y más te vale que me lo des.

Se lanzó hacia él en un beso desesperado, y joder si no le gustaba. Sintió como él se empalmaba contra sus piernas, y eso la hizo gemir.

—Apúrate, esto no durará para siempre —ordenó.

—Lo sé —jadeó él—, pero déjame disfrutar el momento —pidió, y la embistió tan fuerte y profundo, tan repentinamente, que sintieron el éxtasis tan cerca que no podía ser normal. Había una potente atracción sexual entre ambos, no cabía duda, la piel les quemaba de una manera tan inevitable que parecía que pronto les daría una combustión interna.

Se besaron todo el cuerpo, fue demasiado rudo para llamarle hacer el amor, pero demasiado íntimo para ser sólo sexo. Fue perfecto y, aunque ella se había prometido no volverlo a repetir y él se había enfocado en que sólo ocurriría una vez antes de cumplir las órdenes, no pudieron parar en toda la noche.

Que se jodiera el puto mundo, ellos seguirían follando mientras pudieran. Adiós, Cassidy. Adiós, Riley. Hola, Sexo del bueno.


Tomó a su bebé en brazos, era una preciosa niña, tenía los ojos oscuros y el cabello rojizo, la cara pecosa y unas largas pestañas.

—Es tan bonita —murmuró su esposo.

—Gabriella —susurró, reverencialmente, Victoria. Tocando con su dedo índice las sonrojadas y pecosas mejillas de su hija de dos meses.

—Mami, tengo hambre —le susurró una vocecita, mientras sentía que una pequeña manita la jalaba del pantalón.

—Ya voy a prepararte tu papilla, amor, espera un segundo —dijo, antes de depositar a Gabriella en brazos de su padre.

—Mami… —chilló impaciente la niña.

—Tranquila, Richelle —rodó los ojos—. Ya voy.

—Te volverán loca, amor —dijo él.

—Vale la pena —contestó ella, tocándose el vientre—. Y también valdrá la pena con Ryan.

—Has cambiado tanto desde que te conocí —afirmó, con admiración.

—Parece que entendí que hay cosas más hermosas que una carrera de actriz.

—Te amo —dijo.

—Maaaaaami —chilló Richelle desde la cocina.

—Yo también —contestó ella. Y salió de la habitación.


Puso la pistola contra su sien, y la miró con semblante amenazante.

—No se te ocurra gritar, porque te vuelo la cabeza.

La voz le sonó dura, fría, ácrata, no como la noche pasada cuando parecía contener admiración, lujuria, pasión.

—Si hay algo que he aprendido, Victoria, es que el sexo distrae —lamió el cuello de la celebridad—… demasiado.

—Maldito —siseó.

—Lo sé —afirmó—. Pero no te voy a negar, fue bueno. Uf, muy bueno, eres una perra sexy en la cama… Lo tendré en cuenta.

—Eres despreciable —chilló.

—Lo hubieras pensando ayer, cariño.

Tres horas después se había corrido la noticia: Tanto Bree Johnson, heredera de las compañías de su padre, como Victoria McAdams, la famosa actriz y cantante, había sido secuestradas. No había sospechosos, ni conexión alguna entre ellas…

O eso creían. Cassidy Stewart no estaba tan segura de que eso fuera cierto.


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