Nota de la autora:
Es una imagen conocida, la de la piel marcada, la del recuerdo difícil.
Jacob no esperaba encontrarse algo así en otro Omega.
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"Now he's gone, I don't know why
And 'till this day, sometimes I cry
He didn't even say goodbye
He didn't take the time to lie"
-Nancy Sinatra, Bang Bang
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Han pasado tres semanas desde que Jacob comenzó a investigar el origen de los regalos y dos desde que conoció a Brendon, un Omega de veinticinco años que siempre lleva mascadas alrededor del cuello y deja por donde vaya un ligero y convincente rastro Beta que la mayoría se cree sin segundas consideraciones. Brendon es un nuevo miembro del personal bajo el mando de Esme y, al principio, Jacob asume que Brendon es un Omega vinculado que opta por ocultar su unión y su género por cuestiones personales.
Entonces, una madrugada en la que Jacob no logra conciliar el sueño, mientras va de camino a la cocina para servirse un vaso de agua, se topa con Brendon en el giro de un corredor. Por primera vez desde que el Omega está trabajando en la casa Cullen, Jacob lo ve con algo distinto a los trajes oscuros y zapatos relucientes que acostumbra.
Brendon va descalzo, con pantalones de pijama que le quedan largos y una camiseta blanca de tirantes, sin nada alrededor de su bonito cuello además de una larga y protuberante cicatriz que lo recorre desde la nuca hasta el centro de la garganta.
—Oh. Señor Cullen —Jacob no se molesta en corregir que no es (ni será) el señor Cullen. Brendon sonríe amablemente y se comienza a hacerse a un lado para dejarlo pasar. No trata de cubrir su cicatriz de ninguna forma, ni siquiera bajo la oscuridad que la esquina del corredor le ofrece. Él sólo mantiene sus manos detrás de su espalda, tranquilo y relajado en niveles que no pueden ser ciertos, y pregunta con su usual encanto: —¿Hay algo en lo que pueda ayudarle?
Jacob es terrible e incansablemente curioso y la calma de Brendon no hace más que multiplicar el misterio detrás de la cicatriz; la mórbida fascinación de una marca tan extraña en Omegas que él mismo, durante casi diez años, ha tenido en la piel. Jacob ya casi no piensa en ello, pero, a veces, la cicatriz en su bajo estómago parece tan fresca como un corte recién hecho, y no se va a perder la oportunidad de saber sobre otra cuando la fuente misma está al alcance de su mano.
—Una cosa —dice Jacob, sonriente, y Brendon da un ligero y automático asentimiento, esperando órdenes simples que Jacob nunca le da el placer de pronunciar—. ¿Me harías compañía un rato? No puedo dormir. Conversar me ayudaría.
Brendon mira por sobre el hombro de Jacob un instante, su expresión tensándose sobre su mandíbula y a través de su frente, pero acaba diciendo que sí. Jacob retoma su camino hacia la cocina, pendiente de los pasos de Brendon detrás de él. El otro Omega, cuyo aroma natural es un poco más evidente que durante sus horas de trabajo, es silencioso (casi demasiado), pero ni un poco tímido. Acepta el té que Jacob le ofrece y se acomoda con confianza en uno de los asientos de la isla en medio de la cocina. Su muestra despreocupada de la cicatriz es más intrigante conforme los segundos pasan, y para cuando Jacob está sentado en la silla frente a la suya, Brendon tiene una sonrisa conocedora y (ligeramente) arrogante curvando sus labios gruesos.
—Si me lo permite, señor Cullen, preferiría no hablar sobre mi vida privada.
Jacob toma un pequeño sorbo de su té sin romper el contacto visual con Brendon, que no para de sonreír ni se mueve de ninguna forma que evidencie algún nivel de cohibición. El hombre es demasiado guapo para sentir vergüenza bajo la mirada de otros, además de estar muy dañado por dentro como para acobardarse con un poco de agresividad pasiva.
—Cuando tenía diez años —dice Jacob recargándose en el respaldo de la silla y apoyando su taza en la isla junto a él— una monja del orfanato en el que vivía decidió que un demonio de lujuria y tentación habitaba dentro de mi cuerpo —Brendon frunce el ceño por un instante; por qué, de entre tantas opciones, Jacob no está aseguro—. Había pasado por mi primer Celo hacía apenas unos días cuando ella (no recuerdo su nombre) se apareció en mi habitación y me pidió que la acompañara porque uno de los sacerdotes estaba llamándome. La seguí al cuarto piso de uno de los edificios, donde estaba la oficia del sacerdote, y fue entonces que empezó a decirme que mi proclividad a los placeres carnales era un pecado que Dios castigaría al momento de mi juicio final... —sonríe y toma otro sorbo de su té; sabe realmente fantástico, suave, acentuado y apenas un poco dulce—. Era una fanática que juzgaba a los Omegas por cuán pronto sufrían sus Celos. Yo lo tuve muy joven y ella lo vio como un signo de impureza. De pecado.
Gracioso, porque ella fue una de las monjas que enterraron los restos de sus fetos en el patio de juegos del orfanato. Jacob en verdad ya no piensa mucho en esa época de su vida, pero se pregunta, con cierto humor agrio, si es que ella tenía la cantidad de hipocresía necesaria para pensar que sus faltas eran menores a las 'faltas' de Jacob, que Dios no iba a castigarla tan duramente como a un niño sin control alguno sobre sus funciones biológicas.
—Tenía consigo una pequeña navaja y era mucho más grande y fuerte que yo —el recuerdo de su agarre se ha desvanecido con los años, mucho más ahora que tiene a Ephraim y Anthony para recordarse que está vivo, que ella no consiguió lo que buscaba—. Me tomó por la espalda. No tuve tiempo de gritar antes de que enterrara la navaja en mi estómago.
Jacob levanta su camisa lo suficiente para que Brendon pueda ver su fea y pálida cicatriz.
Brendon no lo decepciona.
No hay un solo rastro de pena en su expresión, sólo entendimiento.
—Tuve suerte de que a esa monja le diera pánico cuando vio la sangre. Corrió hacia afuera y otra monja que pasaba por el pasillo entró a ver qué fue lo que la hizo correr tan rápido. Ella, Mariane, aplicó presión en la herida y pidió a gritos a sus hermanas que llamaran a la doctora del orfanato, Rosamund. Si Mariane y Rosamund no hubiesen actuado tan rápido, hace tiempo estaría muerto.
La vida es una cosa tan increíble y desoladoramente frágil; por eso los regalos lo enfurecen, por eso está resuelto a hacer lo que sea necesario para proteger a sus hijos.
—Nunca supe qué quería lograr: matarme o dejarme sin la capacidad de concebir. No volví a verla y nadie la mencionó mientras me recuperaba —se alza de hombros—. Era un sitio corrupto. Quizá se encargaron de ella a espaldas del ojo público, como con el resto de sus... inconvenientes.
Brendon levanta la taza hasta su boca y bebe de su té. Jacob lo imita.
—Ahora no me sorprende que esté en esta casa, con esta familia —dice Brendon con una risa que Jacob encuentra encantadora; oh, piensa con alegría, pero tú también terminaste aquí de alguna manera, y el camino a este tipo de casas nunca es ordinario—. Aquí todos tienen una historia al menos mínimamente interesante que contar, ¿no es cierto?
Eleazar y la guerra.
Liam y el abandono.
Emmett y la tortura.
Maggie y las mentiras.
Alice y las píldoras.
Esme y la traición.
Carlisle y la crueldad.
Jasper y la inocencia.
Edward y el poder.
Si Jacob quisiera hablar...
—Cierto —Jacob asiente cruzándose de piernas—. ¿Y bien, Brendon? —pregunta luego de tomar otro sorbo de su té—. ¿Cuál es la tuya?
Brendon apoya uno de sus brazos sobre la isla, sus ojos brillando con ensoñaciones, su boca exquisita formando una línea agria que no va de acuerdo con su belleza epicúrea. Jacob puede verse adorando a este hombre, dándoselo todo, rogándole por nada. Tal vez es sólo un tonto pensamiento, pero Brendon se ve como alguien que es amado con locura por un tipo específico e inusual de personas. Personas con inclinaciones a lo violento, a lo bestial y doloroso, a lo atroz, repugnante e imperdonable. Jacob conoce a ese tipo de gente en la intimidad y se ha encontrados con quienes son amados por ellos en más de una ocasión. Algo digno de preguntarse es si Brendon no sólo es de la clase que los atrae, sino de los que pueden amarlos de vuelta.
Por fin, recuperada su calma, su contemplación sutil y silenciosa, Brendon dice:
—Mmm, mi historia... No es ni de lejos algo tan loco como lo que acaba de decirme, eso téngalo por seguro —vuelve a reírse, pero esta vez su risa tiene un borde ansioso al final de sus notas. Respira profundo, sus hombros levantándose, su cicatriz tirando de la piel delicada que la rodea; Jacob es muy familiar con esa incómoda sensación—. Pasó cuando tenía... veinte. Estaba en mi segundo año de universidad. Fue una Omega, Saoirse Duncan, tres años mayor que yo y mi novia en aquel entonces.
Ah, por supuesto que tenía que involucrar amor.
Jacob toma de su taza, Brendon hace lo mismo y, tras un último momento de consideración, comienza a contar su historia.
Nota de la autora:
Por si se preguntan qué onda con este nuevo personaje, es Brendon Urie de Panic! At The Disco.
Nunca pensé que escribiría a personas reales, pero vaya.
