Nina reconoció instantáneamente a la mujer que esperaba en el gran salón de Crewel para saludar a los visitantes que acudían a la boda. Se presentó con el nombre de lady Gabriel, protegida de Charioce d'Ambert; pero Nina sabía que era la mujer que había otorgado su favor al Lobo Negro durante el torneo y aceptado su apasionado beso. ¿Protegida? No cabía duda de que era su amante. Pero Nina no lamentaba el hecho. Si el Lobo Negro la dejaba en paz, podía tener cien amantes.
—Sir William, lady Judith, acomódense, mi señor Charioce les recibirá en unos instantes —dijo Gabriel con su voz más cordial. Se volvió hacia Nina—. Mi señora, si venís conmigo, os mostraré una habitación donde puede esperar hasta que comience la ceremonia.
Nina no dijo una palabra. Siguió a la mujer, satisfecha ante la perspectiva de evitar la compañía de su padre y Judith. No había hablado una palabra con ninguno de ellos durante el trayecto hasta Crewel. Su padre había intentando hablarle, pero ella le había evitado.
Nina conocía bien Crewel. Sabía que Gabriel estaba llevándola a la pequeña habitación que se encontraba junto a la capilla. Crewel no se parecía en absoluto a Pershwick. Sir Edmond había intentado aumentar todo lo posible la comodidad del lugar, y Nina recordaba que una de las razones por las cuales le agradaba ir a Crewel cuando era niña tenia que ver con la fascinación de comprobar siempre que algo había cambiado. Un día se trataba de una nueva habitación construida a cierta altura sobre el estrado al fondo del salón. Después, había cerrado este espacio y lo había convertido en la cámara del señor. Más tarde, se agregó un cuarto en el extremo opuesto del salón, sobre el pequeño hogar de los criados; eso fue cuando ordenaron caballero a Alessand. Poco más tarde, ocuparon el espacio ente las dos grandes habitaciones, y ahora había una planta alta completa, con muchas escaleras que llegaban desde la planta baja. El techo original era tan alto que, incluso contando con los de la planta superior, todos los ambientes tenían techos altos.
Era un lugar cómodo, y ofrecía intimidad, todo lo contrario que Pershwick, pero el nerviosismo de Nina se acentuaba. De pronto, recordó que la amante del Lobo Negro les había recibido casi en la puerta. Qué conducta extraña. El señor de la casa estaba tratándola despectivamente incluso antes de la boda.
La habitación adonde Gabriel la llevó tenía los taburetes y una mesa con una botella de vino y varias copas.
—Lady Nina, quizá pase un rato antes de que todo esté preparado. En primer lugar, hay que acordar los términos del contrato matrimonial.
—No tengo prisa —replicó Nina con voz neutra y Gabriel la miró con expresión dubitativa. Gabriel Estaña preparada para odiar a su rival, y ansiaba explicarle su desprecio de todos los modos posibles. Pero la joven que estaba allí no parecía mayor que un niño. Incluso hablaba como un niño. Con su capa que la envolvía de la cabeza a los pies y el largo velo que le cubría el rostro, era imposible formarse opinión acerca de su aspecto. Solía casarse a las jóvenes cuando tenían trece o catorce años, o incluso antes, de modo que esa muchacha podía ser muy joven. Y eso ciertamente modificaba la actitud de Gabriel, pues mal podía ver una rival en una niña.
—¿Puedo hacer algo por ti? —preguntó Gabriel—. ¿Desearías quitarte el velo o…?
Nina movió la cabeza.
—Si me envías a mi criada Amira, te lo agradeceré.
—Como quieras —replicó Gabriel con un hondo suspiro.
En ese instante decidió que pronto regresaría para sorprender desprevenida a Nina. Sin duda, la joven se quitaría el velo después de permanecer un rato en ese cuartito. Allí hacía mucho calor.
Encontró a la criada y la envió junto a lady Nina, y después, al oír la voz irritada de Charioce en el salón, camino deprisa en dirección contraria, hacia la cocina, para comprobar que los preparativos se desarrollaban sin tropiezos.
No era ése un asunto que de costumbre preocupase a Gabriel, pues solía dejar en manos del mayordomo de Crewel la administración de la residencia de Charioce; pero sobre todo no deseaba regresar a la habitación donde había llevado sus pertenencias esa misma mañana. Ese cuarto constituía un recordatorio de que, al menos por el momento, ella no era la primera dama de la residencia Crewel.
En su refugio contiguo a la capilla, Nina oyó una voz que se elevaba, colérica. La identificó porque ya la había oído aquel día en el bosque. El Lobo Negro. Pero era la primera vez que Amira la oía, y aunque ninguna de las dos pudo entender las palabras, los ojos de la pobre muchacha se agrandaron de miedo. Nina no podía tranquilizarla sin apelar a la mentira, de modo que guardó silencio, y agregó un poco más de sedante a su propio vino.
No podía adivinar la razón de la cólera del Lobo Negro. Él había insistido en ese matrimonial. Suponía que ella mismo podría administrar sus tierras como lo deseara. Ése había sido el deseo de su madre. Pero no imaginaba que su padre, que demostraba tan escasa preocupación por ella, insistiera en incluir esa cláusula en el contrato matrimonial. Incluso si mencionaba el tema, ¿qué importancia tenía el contrato para el Lobo Negro? Ya había demostrado claramente que era un hombre dispuesto a despojar a otro de su propiedad siempre que lo deseara.
Este pensamiento le provocó un escalofrío, incluso en esa habitación tan caldeada. El matrimonio la convertiría en propiedad de su esposo. Podría hacer lo que quisiera con ella. Podía encerrarla por el resto de su vida, e incluso matarla.
Obedeciendo un impulso, Nina tomó un cuchillo que usaba para cortar vendas y guardaba en su canasto de medicinas, y lo deslizó bajo su cinturón de cuero, disimulado a su vez por el velo. No aceptaría verse de nuevo a merced de un hombre, como le había sucedido con Richer.
—Lady Nina, le he traído esto de la cocina.
Nina se sobresaltó y se volvió sin levantarse del taburete. Gabriel había entrado a la habitación sin llamar, y traía una bandeja de pequeños bollos. La visitante se detuvo, los ojos verdes se le agrandaron por la impresión de ver la cara sin velo de Nina.
—¿Siempre entras a un cuarto sin llamar? —preguntó Nina, sorprendida al comprobar que ella misma aún tenía ánimo para irritarse.
—Yo… lo siento, mi señora. Me pareció que quizá… —Sorprendida por el estado de su rival, de pronto tuvo audacia suficiente para preguntar—: Tú… ¿no quieres casarte con Charioce?
Nina advirtió la desenvoltura con que Gabriel utilizaba el nombre de pila.
—No le quiero como marido, no, pero como ves, no me permiten elegir.
¿Por qué no decirle la verdad?
—En ese caso, mi señora, quizá pueda decirte lo que pienso —propuso Gabriel—. Si me concedes unos minutos a solas.
Nina hizo un gesto a Amira, y la muchacha salió de la habitación y cerró la puerta. Gabriel depositó la bandeja sobre la mesa, pero no se sentó.
—No conoces a Charioce d'Ambert, ¿verdad? —comenzó.
—No.
—Habrás oído decir que es muy apuesto.
Nina casi se echo a reír.
—Un hombre puede ser un Adonis, y tener el alma de un demonio.
—¿No le quieres? —insistió Gabriel.
—He dicho que no —replicó impaciente Nina.
—En ese caso, te tranquilizará saber que no te molestará. Él… se desposa contigo sólo por tus tierras. Mira, yo me ocupo de sus… restantes necesidades.
—¿Sí?
Gabriel frunció el ceño ante el tono sarcástico.
—No es necesario que tú y yo seamos enemigas. Si no le quieres, no puedes oponerte a que yo lo tenga.
—No me opongo. Quédate con él. Pero tus palabras no me tranquilizan. ¿Por qué desea casarse conmigo si hay muchas mujeres que tienen más tierras que yo?
—Ansía apoderarse de Pershwick a causa de las dificultades que su gente le provoca, un asunto del cual seguramente tú sabes más que yo. Solamente puedo decirte lo que su amigo Dias me ha explicado esta mañana. Charioce es un hombre temperamental, que obedece a impulsos momentáneos. Si deseara propiedades más extensas, habría salido a buscarlas. Si en el futuro las quiere, tratará de conseguirlas. Siempre obtiene lo que desea, y ansía terminar con los problemas de Pershwick. Por eso ha solicitado tu mano. Cuando se la negaron, fue a ver al rey. Ahora tiene lo que desea.
—En efecto. —Nina habló con voz baja, pues todos sus temores se habían visto confirmados—. Quiero saber una sola cosa —se apresuró a llegar—. ¿Sabes qué planes tiene respecto a mi persona?
—Dijo que te enviaría fuera de aquí después de la boda.
—¿Fuera de aquí? ¿Adónde?
—No lo sé, pero…
Las interrumpió una llamada en la puerta, y entró Judith. Incluso ella se sintió impresionada cuando vio lo que Richer había hecho. Se estremeció, al recordar el castigo recibido por William.
La sorprendente belleza de la joven había desaparecido a causa de los golpes y los cardenales. Los cabellos rosa formaban una cascada sobre los hombros. La figura pequeña y redondeada estaba cubierta por una camisa gris oscura de mangas largas y muy ceñida, y encima tenía una túnica gris claro bordada con hilos de plata. La túnica tenía grandes mangas hasta el codo, y estaba cortada a los lados para mostrar un poco más de la camisa. Un cinturón de plata destacaba la minúscula cintura punto pero el hermoso cuerpo no distraer la atención del horror de la cara.
—Judith, ¿tienes algún motivo para venir aquí? —preguntó fríamente Nina al advertir que Judith continuaba mirándola.
—No puedes presentarte así —afirmó Judith.
—¿Por qué? ¿No estoy adecuadamente vestida para la boda?
—Ha llegado el momento —se limitó a decir Judith. Al oír estas palabras, Gabriel salió de la habitación. Judith observó con expresión de desagrado —Nina, me sorprende que hables con esa mujer. Sabes que es la amante de Charioce.
Judith prefirió no responder al sarcasmo.
—Ven, tu padre espera para acompañarte. Y tu marido ya está junto al altar. Sabe que ha sido necesario obligarte, de modo que si deseas aparecer así, la vergüenza recaerá sobre ti. Me pareció que esa historia acerca del sarpullido fue bastante buena para tu tía.
—Estaba destinada a sir Kaisar, y quise evitar que matarse al hombre enviado por mi padre. Pero no temas, no me presentaré así.
Con movimientos lentos, Nina volvió a ajustar el velo y alisó los pliegues. A través de la espesa tela veía bastante mal, pero de todos modos Nina podía usar un solo ojo. Tenía que echar la cabeza hacia atrás para ver algo, y eso originaba la errónea impresión de que contemplaba con altivez a la gente. En esas circunstancias, el equívoco la beneficiaba.
—Estoy dispuesta —dijo valerosamente, Judith se sintió un tanto como vida por su coraje.
A la entrada de la pequeña capilla, sir William tomó la mano de su hija y la apoyó en su propio brazo, aunque ella se negó a mirarle. Los bancos estaban ocupados por los invitados, y junto al altar vio la forma corpulenta y confusa de un hombre. Su terror se reavivó cuando su padre comenzó a avanzar con ella por el corredor.
—Nina, si alguna vez me necesitas…
—Padre, ya has demostrado cuánto puedo confiar en ti —murmuró ella—. Me entregas a este rufián negro. Te ruego que no continúes demostrándome tu amor y tu consideración.
—¡Nina!
Había un terrible sentimiento de dolor en la exclamación, y Nina se sintió abrumada al advertirlo. Pero ¿cómo se atrevía él, en ese momento, a demostrar su amor? ¿Cómo osaba inducirla a recordar al padre que él había sido otrora? Había bebido para olvidar ese pasado feliz. Pero, ¿qué tenía ella? No, Nina jamás podría olvidar.
Hubiera dicho eso y muchas cosas más, pero las palabras no podían brotar de sus labios a causa del nudo que sentía en la garganta. Un momento después ya era demasiado tarde, y ella se encontró al lado del Lobo Negro. Más tarde ella se preguntaría cómo había conseguido decir las palabras que la unían a ese hombre. ¿Quizá la había llevado a eso sólo el miedo que sintió apenas oyó esa voz profunda, allí mismo, a su lado?
Tampoco Charioce prestaba mucha atención a las palabras del sacerdote. Trataba de acallar la amargura que sintió desde el momento en que vio a su futura esposa. No tenía más estatura que un niño, y le llegaba, a lo sumo, al pecho. ¿Y esa niñita le había provocado tantas dificultades? Le irritaba todavía más el hecho de que ella estuviese cubierta de la cabeza a los pies, como si fuera una leprosa. El vasallo de la joven afirmaba que ella estaba disimulando un sarpullido. ¿Lo creía? ¿Se atrevía a abrigar la esperanza de que desaparecería, como lo afirmaba sir Kaisar?
Para terminar de agravar la situación, la madrastra de la joven le había llevado aparte, y había confesado que había sido necesario obligar a la joven a acatar la orden del rey. ¿Qué le habían hecho? Probablemente la había privado de unas pocas comidas. Eso no le interesaba a Charioce. Lo que le importaba era la resistencia que ella mostraba. Charioce se sentía agobiado por el sentimiento de culpa en relación con las expectativas de su prometida; ¡y ahora veía que ella no le deseaba! ¡Y pensar que él, Charioce, hubiera podido elegir una esposa entre todas las bellezas de la corte, y ahora tenía que cargar con una prometida renuente!
Sintió deseos de echar de allí a todo el mundo. Tenía una excusa perfecta, pues la lectura del contrato matrimonial le había ofendido profundamente. ¿Quién había oído hablar de que la dote de una mujer quedarse en sus manos, bajo su exclusivo control, después del matrimonio? Pero sir William se había mostrado inflexible. Todo debía hacerse de acuerdo con los deseos de su finada esposa, y ella había dejado las tierras a la joven. Charioce firmó ese absurdo contrato, que le obligaba tanto como el matrimonio mismo; y eso era lo que en definitiva conseguía: ¡una joven con cuerpo de niña a quien había sido necesario forzar al matrimonio! ¡Por la sagrada sangre de Cristo! Comenzaba a preguntarse si no había recaído una maldición sobre su persona.
Nina sintió el movimiento del anillo, deslizado sin mucha delicadeza sobre el dedo cubierto por el guante blanco. Después, el sacerdote invitó al esposo a ofrecer el beso de paz que cerraba la ceremonia. Charioce no trató de levantar el velo, y apoyó los labios sobre la región general de la frente. Siguió una breve misa, y después el marido retiró de la capilla a Nina.
El único deseo de Nina era alejarse de la presencia de Charioce, pero el festín de la boda comenzó inmediatamente y ella se vio obligada a sentarse al lado de su marido, a la cabecera de la mesa. Allí estaba su padre bebiendo en silencio una copa tras otra. Charioce comenzó a hacer lo mismo, y ella sintió el deseo de seguir su ejemplo. La atmósfera de la reunión era sombría, y al parecer Judith era la única que se sentía complacida ante el desarrollo de los acontecimientos. Era también la única que evitaba que en la mesa del señor reinase un silencio total, y charlaba o coqueteaba sutilmente con dos de los caballeros del Lobo Negro.
El marido de Nina no dijo una sola palabra a su esposa. A las preguntas de sus hombres contestaba con gruñidos. Frente a los recién casados se había depositado una fuente con comida, pero ninguno de los dos tocó el alimento, Nina porque no estaba dispuesta a levantar el velo en público, y Charioce porque prefería beber.
En el salón había otros caballeros, unos pocos con sus damas, y también algunos niños. Pero nadie se comportaba como suele hacerse en tales ocasiones. Nina comprendió que su presencia era lo que ensombrecía el ánimo de todos; y en realidad, mal podía criticar a la gente si se sentía incómoda con ella. Seguramente se hacían preguntas acerca de su lamentable estado y su silencio total. Su rostro permanecía cubierto por un grueso velo.
Trató de retirarse, pero la pesada mano del marido sobre su brazo se lo impidió. No volvió a intentarlo. Se bailó, pero ella apenas prestó atención a la danza. No se atrevía a mirar directamente a Charioce, y se limitaba a observar sus manos grandes cerradas sobre la copa de vino.
En el curso de su vida, Nina nunca había creído que no podría pasarlo bien en su propia celebración de bodas; pero ésa era la realidad, y se veía allí, rígida en su asiento, tratando de evitar las lágrimas, y abrigando la esperanza de que nadie le hablase.
No prestó atención a ninguno de los detalles del festín que los criados de Charioce y los de Pershwick habían conseguido preparar. Se sirvieron sopas con tocino, y dos cerdos asados con trufas, tres cisnes con sus plumas, un gran jamón con miel, capones y patos, y tantas variedades de salsas de mostaza y entremeses como ella jamás había visto reunidas en una mesa. Las carnes asadas habían estado a cargo del personal de cocina de Charioce, que no tenía mucha sutileza en la preparación de la comida. Pero como la gente de Pershwick había tratado de superar a los servidores de Crewel, había gran variedad de ensaladas de nabos, habas y judías, servidas de diferentes modos.
Habían cocido cerezas y manzanas, para preparar pasteles, y también las sirvieron frescas, adornadas con flores del jardín de Pershwick, al que su ama prodigaba tantos cuidados. Los invitados pudieron saborear una docena de quesos y vinos, y una enorme tarta de bodas con almendras y figuras de azúcar que adornaban el pastel por encima y a los lados.
Nina no probó nada de todo eso.
Era tarde cuando, al fin, Judith se puso de pie para cumplir con su deber y escoltar a Nina hasta el dormitorio. A esa altura de la noche, Charioce estaba tan ebrio que no notó que su esposa se retiraba. Nina elevó en silencio una plegaria para que él no estuviese en condiciones de visitarla. Era usual que los invitados a la boda ayudasen a desvestir a los cónyuges en el momento de acostarse, y varias mujeres, a quienes Nina no conocía, entraron en el dormitorio con Judith y Gabriel. Pero Nina consideró que ya era suficiente, y respondió a todas.
Cuando estuvo sola, Nina se apresuró a ocultar el cuchillo bajo su almohada, con la esperanza de no necesitarlo. Pero sabía que, si bien Charioce quizá no iría por propia voluntad, los invitados se ocuparían de que llegase al dormitorio. Eso podía suceder de un momento a otro, de modo que se desvistió rápidamente y se metió en el amplio lecho. Tenía que despojarse del velo, pero si cerraba las cortinas del lecho podía esconderse de las miradas de los invitados que entraran a la habitación con Charioce. Y una vez sueltos sus largos cabellos, incluso podría evitar, en parte, que él la viese.
Esperó, temblando a causa de la tensión, hasta que al fin la puerta se abrió bruscamente y un grupo de hombres entró en la habitación, llevando a Charioce d'Ambert a su lecho matrimonial. Todos estaban ebrios, y hubo muchas bromas procaces, hasta que el profundo y colérico rugido de Charioce ordenó que todos se marcharan. Nina se hundió bajo las mantas, atenta al más leve ruido, preparándose para el momento en que oyese el sonido de las cortinas de la cama que se abrían. Después de varios instantes de dolorosa espera escuchó el movimiento de la cortina y emitió un ahogado grito de temor cuando el cuerpo pesado cayó sobre la cama.
Nina contuvo la respiración, hasta que le dolió el pecho. Encogió su cuerpo, imaginando todos los horrores posibles y de pronto escuchó la voz ronca, muy cerca.
—Duérmete. No acostumbro a violar niñas.
Nina trató de comprender lo que él había querido decirle. Algo había contribuido a salvarla. Se sintió tan aliviada que se durmió unos instantes después de iniciarse los ronquidos de su marido.
