Capítulo 8.

«Sostén tu respiración, cuenta hasta tres y pide un deseo. Empezaremos con un giro y entrarás conmigo a este mundo de mi creación. Ya verás que lo que sentirás, irá mucho más allá de cualquier explicación».

―¿A usted también le parece hermosa?

Un caballero elegantemente vestido, con un inglés perfecto que casi lograba esconder su acento francés, estaba parado al lado mío y me observaba con interés. Su voz me había traído de nuevo al presente y alejarme de mis recuerdos me costó un poco más de trabajo del necesario.

―¿Cómo dice? ―respondí intentando entender a qué se refería.

―La fotografía. Yo creo que es simplemente y sencillamente hermosa.

La fotografía. Esa en la que Albert me besaba en un andén.

―Lo es ―dije, haciendo a un lado las imágenes de nuestro tiempo juntos y regresando al ahora. Volviendo a ver con detenimiento y añoranza la lámina que tenía frente a mí. Esa en la que alguien había captado el fin de nuestra relación.

―Es artísticamente y estéticamente perfecta ―dijo él―. La composición es excelente ―continúo con el tono de voz que usan las personas que se consideran expertas en un área particular―. Asimétrica, ligeramente radial ―«bla, bla, bla» eso escuché―. Pero no es el diseño de la obra sino la interpretación de los modelos la que impacta.

―¿Perdón?

«¿Modelos?»

El caballero me miró con amabilidad, pero su mirada me hizo sentir como si yo fuera una pobre estúpida a la que se le tenía que explicar las cosas con peras y manzanas, así que le regalé mi mejor sonrisa de rubia tonta y ladeé la cabeza, invitándolo a seguir adelante con su explicación.

―Hay algo en la interpretación de los modelos que hace que sea imposible alejar la vista de ellos por mucho tiempo. El contraste de las emociones es intenso ―ahora sí lo escuchaba―. Mírelo a él, que con una mano sutilmente empuja hacia atrás el mentón de ella mientras que con la otra se aferra con intensidad a su cintura, como si por un lado intentara poner distancia y terminar el beso pero al mismo tiempo fuera incapaz de hacerlo ―«justo así se había sentido» pensé―. La casi imperceptible sonrisa que curva sus labios y que no alcanza a tocar sus ojos. La forma en que la dama acaricia con una mano el pecho de él, alejándolo de ella, y al mismo tiempo juega con su cabello con la otra, hablan de lo mismo, quiere separarse pero subconscientemente le pide que se quede a su lado ―«no quería alejarme, pero no podía pedirle que se quedara, no conscientemente»―. Él tan alto y atlético, se ve mucho más endeble que ella que es pequeñita y frágil. Es intima, es profunda, es…

―Es amor ―interrumpí.

―Es mucho más que eso ―dijo él, descartando mi respuesta simple de rubia tonta, con una sonrisa―. Es complicidad, es entendimiento, es…

―Es amor ―volví a decir viendo los detalles que él había enunciado―. Fue real y es amor. Simple y sencillamente amor.

El caballero me sonrió como si mi respuesta lo complaciera, como si supiera algo que yo ignoraba, dio la vuelta y se alejó de mí.

Era amor, vivo, profundo, íntimo y real. Era amor. Fue amor y seguía siendo amor, aunque los modelos ya no estaban juntos y probablemente no lo estarían nunca más.

Lo que hacía imposible apartar la vista de los personajes que se besaban frente a mis ojos no era la perfección artística de la composición asimétrica y ligeramente radial de la fotografía, sino la intensa realidad de lo que sentían el uno por el otro: amor, puro, honesto y de verdad.

Mis recuerdos en ocasiones se mezclan entre ellos. En ocasiones tengo la impresión de haber pasado aquella noche charlando por horas y horas con él, pero luego, considerando lo cansado y maltrecho que estaba, me parece más lógico pensar que esa larga charla pertenece a una noche distinta; que en aquel momento se había quedado dormido de nuevo casi de inmediato después de que lo cubrí con una frazada, y que yo pasé horas velando su sueño, intentando idear un plan para ayudarlo; conteniendo a mis manos para no que no dibujaran los contornos de su rostro y no delataran lo difícil que se me estaba haciendo no encontrar pretextos para que mi piel entrara en contacto con la suya.

Creo que cuando salí de casa buscando aventuras que me permitieran olvidarme de «el matrimonio» jamás imaginé que él sería lo que encontraría. Además de que no lograba encontrarle el sentido lógico a nada. Apenas lo conocía, lo poco que sabía de su historia me lo había confesado más por obligación que por gusto (aunque no creo que hubiese mucho más de su historia que pudiera contarme), no sabía nada de su presente, no sabía nada que lógicamente me hiciera entenderlo, pero por absurdo que parezca sentía que no era un extraño para mí. Era como si lo hubiese conocido antes, como si no fuese la primera vez que nuestros caminos se cruzaban, pero eso era imposible.

No, no podría afirmar que aquella noche él durmió mientras yo velaba su sueño, pero de lo que sí estoy segura es de haber abierto los ojos la mañana siguiente y encontrarme de frente con una mirada de un azul intenso.

―Buen día dormilona ―dijo sonriendo―. Creo que Richard no tardará en llegar, será mejor que espabiles mientras yo me meto a la cama y pretendo haber dormido ahí toda la noche. Hice café.

Y ahí estaba de nuevo el hombre gentil y risueño.

Me estiré sin ningún tipo de vergüenza, dejando que mis músculos recuperaran un poco de movilidad y entonces caí en la cuenta de que olía a café, eso quería decir que Albert, aún teniendo prohibido caminar se había puesto de pie solo, había echado a funcionar la cafetera y se había ido a recostar sin pedir mi ayuda. Me levanté de un salto, dispuesta a correr y regañarlo por no seguir las indicaciones del médico pero me detuve de golpe al escuchar que el pomo de la puerta giraba. El duque había llegado.

Me saludó cortésmente y, con algo de estupor, me confesó que no esperaba encontrarme en el departamento esa mañana, estaba seguro de que Albert me habría puesto de patitas en la calle la noche anterior, pero no lo había hecho. Preguntó si el paciente estaba despierto y antes de permitirme responder ya estaba encaminándose a la habitación del rubio.

Pensé en seguirlo, pero decidí que era mejor dejarlos solos por un momento, y como pretexto para mi ausencia utilicé el recuerdo de los platos sucios de la cena, las frazadas que necesitaba doblar y mi indecisión por ofrecerles café o té.

Algunos minutos más tarde, después de darme cuenta de que Albert había puesto también a funcionar el lavaplatos y se había llevado su frazada para ocultar que había dormido en el sofá; me acerqué a la habitación con una charola en manos, dos tazas, galletitas y un par de jarritas llenas de té y café.

Los escuché reír y me sentí mucho más tranquila al darme cuenta de que ya no saltaban uno contra el cuello del otro como lo habían hecho la tarde anterior. Sonriendo entré a la habitación, ofrecí de beber a los caballeros, le di su medicina a Albert y salí de nuevo.

El duque no se quedó más de media hora, pero antes de partir me agradeció por lo que fuese que hubiese hecho para ayudar a Albert, lo había encontrado más sereno de lo que esperaba y eso lo tranquilizaba a él también. Me dijo que dejaba a su chofer a mi disposición para llevarme a casa en cuanto lo deseara y sacó un billete para pagarme.

Acepté su agradecimiento, agradecí la disposición del chofer, pero me negué a tomar su dinero asegurando que era parte de mi trabajo en el hospital. El hombre no insistió y con una reverencia se despidió de mí.

Al escuchar que la puerta se cerraba, Albert salió de su habitación.

―Gracias por lo de anoche ―dijo―. Me encuentro mejor, no quiero retenerte por más tiempo. Puedes irte cuando quieras.

―¿Me estás corriendo? ―bromeé.

―Claro que no, simplemente sé que tienes un par de trabajos y una vida. No quiero interferir en ninguna de esas cosas.

―No lo haces ―sonreí―. Y no te preocupes, mi turno en el hospital aún no termina. A la casa de té voy hasta mañana por la mañana. Y mi vida se limita a ir de un trabajo al otro y dormir el resto del tiempo.

―Divertido ―susurró.

―No te imaginas cuánto ―dije―. Me iré después de que logré idear una forma de llevarte a tu departamento.

―No te preocupes por eso, Candy, ya se me ocurrirá algo a mí. Puedo bajar solo. Además mira, Richard me dejó estás practiquísimas muletas.

―Ahí tiene usted su pata de palo señor pirata ―dije sin pensar y él rió―. ¿Cuán confiable es el chofer de tu pa…, del señor Granchester?

―¿Thomas? Diría que muy confiable. ¿Por? ¿Te da miedo viajar con él?

―No, nada de eso. Pensaba que tal vez él pudiera ayudarnos a bajar estos siete pisos.

Y lo hizo. Thomas, era uno de los hombres de confianza del señor Granchester, conocía muchos de sus secretos y no había revelado ninguno, y por lo que pude observar, Albert se había ganado su lealtad.

Con mucho cuidado nos ayudó a bajar cada uno de los ciento veintiún escalones que separaban los dos departamentos, los conté todos, y aunque el príncipe intentaba apoyar casi todo su peso entre su pie sano y el cuerpo de Thomas, yo también resentí el cansancio del esfuerzo.

Su actitud fue mucho más relajada una vez que, recostado en su sofá rojo, se sintió en casa. Este sí era un espacio que reflejaba su carácter, sencillo, modesto y tranquilo. Y el reloj roto me pareció una metáfora algo retorcida de su condición.

―¿Necesitas algo más? ―pregunté después de acercarle un vaso de agua.

―Estoy bien, Candy. Muchas gracias por todo.

―¿Te acerco un libro? ¿Pongo algo de música?

―No, no será necesario. Creo que dormiré un poco.

―Entonces me voy ―hizo ademán de alzarse para acompañarme a la puerta.

―No, no te levantes. Debes descansar ese pie. Ya conozco la salida.

―Hasta pronto entonces ―dijo.

Sonreí, extendiendo una mano para despedirme de él y entonces vi que tenía una pestaña suelta. En un movimiento sumamente natural y sin pretensión alguna llevé mi mano a su rostro y quité la pestaña de su pómulo. No trató siquiera de alejarse de mí. Así de cómodos estábamos el uno al lado del otro.

―Sostén tu respiración ―dije poniendo la mano que sostenía su pestaña frente a su rostro―, cuenta hasta tres y pide un deseo.

Sus ojos se abrieron con sorpresa, como si algo de lo que había dicho le hubiese causado una fuerte impresión.

―Empezaremos con un giro y entrarás conmigo a este mundo de mi creación ―susurró.

―¿Cómo dices? ―pregunté.

Noté que su respiración se aceleraba un poco, pero fue solo un instante, después recobró la compostura, sonrió, sopló la pestaña de entre mis dedos y en un movimiento que no me esperaba, me atrajo hacia sí y me besó.


Hoy vengo un poquito antes porque tengo un fin de semana movidito y no sé si me dé tiempo de postear el capítulo después, so… disfruten y recuerden que sus comentarios son mi sueldo ;)