Disclaimer: Avatar: la leyenda de Korra no me pertenece, todos los derechos reservados a sus autores. Eso sí, el fic es mío, corto manos a los plagiadores.

Avanti morocha, de Los caballeros de la quema.

Arrepentida

Balas

Sentía que Suyin les acababa de dar con un caño en las prácticas de danza. La coreografía casi estaba perfecta y había intentado que llegaran a la perfección, sin lograrlo todavía, hasta que finalmente y después de horas dio por finalizada la clase (más por tener que marcharse a tratar unos asuntos de la ciudad que por querer dejarlas).

Kuvira bebía agua, escuchando los comentarios de sus compañeras, desinteresada, cuando lo detectó en la entrada al salón.

Se apresuró a llegar hasta él, porque iban al menos dos semanas que no lo veía gracias a que su padre se lo había llevado. Su relación no era un secreto para nadie, aunque bien supieran que los ojos ajenos los miraban con recelo de vez en cuando (a ella por creerla aprovechada, a él por no comprender por qué ella). Claro que solo era porque apenas estaban terminándose de enterar, no había sido como si lo gritaran a todos los vientos. De hecho, unos meses antes se percataron de su cercanía, siendo ya casi dos años de haber comenzado a salir.

Detuvo su intento de echarse a sus brazos al recordarse sudorosa, pero Baatar la tomó de las manos y la hizo girar sobre sí misma, provocándole risas divertidas, para finalmente sujetarla de la cintura y atraerla de manera sutil a su cuerpo (no porque a él le molestase, sino que sabía que a ella sí).

—Te extrañé muchísimo —dijo, plantando un beso casto sobre sus labios.

—Yo igual, tu madre ha estado torturándome —Se rió breve—. ¿Cómo estuvo el viaje?

—Vamos a casa, te cuento cuando estés más cómoda —No necesitó pensar en reprocharle, tenía toda la razón.

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Las manos le sudaban y sentía un par de nudos en su pecho y garganta, el traqueteo del tren y llevar puestas ropas más alejadas de lo que había acostumbrado (simpleza para el campo y simpleza para la casa), le hacían recordar un poco el apretado uniforme que tan poco apretado le había resultado. Los paisajes que recorrían desde Zaofu hasta Ciudad República eran exactamente los mismos que años atrás había ido creando ella.

Estaban a unas horas de la ciudad, su corazón martillaba tan fuerte que comenzaba a notarse hiperventilada. ¿Quién le había dado la idea a la fría Jefa de policía de casarse? Más aún: casarse con el extravagante, jubilado y ex General Bumi de las Fuerzas Unidas. No tenía idea de qué iba aquello, pero estaba ahora en un tren rumbo a la ciudad que por poco había destrozado y no tenía ni un poco de tranquilidad.

Y bueno, se la pasaba desde aquel día con así, en medio de toda una hazaña sentimental abrumadora. Estaba cansada desde hacía tiempo de tanta amargura, el saber que no podía controlarlo la alarmaba y tensaba constantemente. Entonces recordaba por un momento el cálido confort de sus brazos, después la frialdad que le sentaba el tenerlo otra vez a la distancia.

La estresaba saber que no podía hacer nada, dependía de él que se acercara. Baatar había vuelto brevemente a ser como de costumbre, pero lo anhelaba a su lado, maldición. Parecía ser los únicos momentos en que estaba tranquila; cuando lo tenía a su contacto, en los momentos en que sabía que estaba a su lado por cualquier motivo.

Y ese detalle la desesperaba.

—¿Te sientes bien?

Wei dormía como tronco en el asiento frente a ella, a su lado, Wing la observaba aburrido y un poco interesado en el hecho de verla pálida. Baatar se había ido hacía unos cuantos minutos de su lado, a saber dónde, ya que Sr Baatar y Suyin estaban en el asiento detrás de ella y parecían ser el único motivo con el cual él tuviese intenciones de hablar.

—Estoy bien —titubeó, el muchacho ya no tan muchacho supo en seguida que mentía y sonrió divertido.

—Ya vendrá, seguro fue a preguntar por algo de beber —Intentó tranquilizarla, ella suspiró profundamente, provocándole que sonriera aún más divertido.

—¿Qué te parece divertido? —Medio bramó, molesta.

—Nada —Aunque sí le parecía divertido el hecho de ver a Kuvira tan pendiente de su hermano, luego de que éste pareciera por años un idiota enamorado y sumiso a sus órdenes—. Pero, considerando que viajaste por meses sobre un tren y que es uno de los medios más veloces, no creía que te caería mal —añadió, como para no hacerse sospechar mucho.

—Es que hace años no subía a uno —declaró, en parte incómoda, en parte molesta con el joven—. Aunque hay cosas más aterradoras.

—De eso has de saber —Le dio la razón. Quizá ellos eran los únicos que podían hacerle esos comentarios sin que se comenzara a sentir miserable a los cinco segundos, de hecho, era incluso refrescante tener las observaciones de los gemelos. Sabían muy bien cómo volver ligero algo serio—. Mi hermano también está sufriendo mucho, como ves —Señaló en un ademán en dirección a Wei, que dormía con la boca abierta contra la ventana. Kuvira rió brevemente.

Sus males desaparecieron por unos minutos en adelante.

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—¡Vaya! —exclamó sorprendida.

La mesa de planos de Baatar tenía extendida sobre ella una hoja enorme con el diseño del Reino Tierra, cada relieve y cada ciudad en su lugar, con todo el detalle que días enteros de viaje habían terminado por resolver.

—Copié algunas cosas de los planos en los museos en Ba Sing Se, lo demás de los mapas generales y añadí los relieves necesarios —Podía tratarse de toda una obra de arte para los jóvenes, porque era el inicio de sus grandes planes juntos—. Podremos comenzar a trazar las rutas de las vías cuanto antes, estoy seguro de que mi madre aceptará apenas vea la idea del ferrocarril.

Kuvira sonreía conforme, quizá más ilusionada de lo que estaría cuando en verdad comenzaron a hacer aquel plan realidad, un tiempo después.

—Te quedó excelente. No habrá error alguno de esta manera. El Reino entero estará conectado entre sí. Aún falta, pero —Se volteó a verlo, con una sonrisa de las que iban a hacerse cosa común en ella a partir de entonces, autosuficiente, madura…—, es el comienzo de nuestro emprendimiento, Baatar.

—Todo por un Reino Tierra más unido, ¿verdad? —dijo él, sonriéndole.

Se lanzó a sus brazos, estrechándolo con fuerza. Y de momentos no había resquicios de nada malo, todavía era la misma Kuvira enamorada del inicio y aún lo sería por lo que quedaba del año, hasta que llegase Korra y compañía y entonces sus planes castos se volvieran de conquista.

Lo besó intensamente en los labios, tomándolo incluso por sorpresa, y sonrió entre el beso, separándose apenas de él.

—Realmente te extrañé muchísimo —Dejó a un lado los planes y las ideas, poniéndose seria y centrándose en él, unía su frente a la suya y le sujetaba con firmeza la cintura (manteniéndola bien cerca), mientras que le acariciaba el rostro con el dorso de la mano libre.

Le pareció entonces menos flacucho, pensó que los entrenamientos físicos que hacía desde los inicios de su adolescencia estaban volviéndolo un hombre muy apuesto y bien formado, pese a los lentes y sus actitudes de ratón de biblioteca. Ella amaba esos gestos de él, después de todo, no le molestaba que se la pasara entre objetos de información durante horas para salir solo por una o dos a entrenar en su compañía.

Baatar daba patadas fuertes y tenía un cerebro inmenso. Y unos ojos verdes que la miraban de muchas formas y con muchos sentimientos, a veces intensos (como en ese momento), a veces tiernos.

Tuvo ganas, aunque por ese momento las suprimió, de quedarse a su lado todo lo que restaba del día. De besarlo y dejarse besar, de caricias y calor entre ambos, que todavía no habían experimentado, y cuya ocurrencia estaba llamándolos cada vez más con el pasar del tiempo.

—Voy a ir a lanzarme rocas con Su —susurró sobre sus labios, él sonrió y asintió, liberándola lentamente del agarre y alejándose unos pasos.

—No te canses tanto, yo saldré más tarde —Ella adivinó fácil que tampoco quería que se fuera. Pero hasta ese momento era así, su amor era grande, pero daba algo de miedo—. Diviértanse.

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Fue increíble lo ignorada y tranquila que se sintió al llegar y no ser avistada de forma extraña o densa por nadie. Incluso quienes habían sido niños en aquel entonces y aún eran jóvenes andaban de acá para allá pasándola por alto. La veían, sí. La saludaban con respeto y más por obligación, pero lo hacían.

Todos estaban alborotados con el bebé de Ikki y Huan, tan pequeño y tan reciente. Había sido un niño al final y le habían llamado Gyan (que significaba ilustración y al mismo tiempo venía de algunos nómadas aire, tan antiguos como la misma raza). El reencuentro de Su con los hijos que se le fueron lejos y ver a la familia reunida estuvo bien.

Kuvira no pudo evitar reconocerlo: había niños por todos lados. A cada lado que volteaba veía dos o tres que nunca vio antes.

Primero descubrió a las hijas de Mako y Asami, quienes tendrían un tercero en algunos meses más, y hasta entonces las mellizas eran una maestra fuego y una no maestra de unos seis años. El futuro Señor del Fuego Lu Ten giraba sobre sus talones, a sus jóvenes cuatro años. Cuando Baatar le mencionó a Korra, algunos meses atrás, jamás pensó que ella sería madre y estaría casada con el actual Señor del Fuego Iroh II.

El niño de ambos era acosado por otros más, al parecer uno de ellos era su primo y sobrino de Iroh II, otras dos eran las nietas de Tenzin e hijas de Jinora y Kai, y por suerte reconoció a los de Opal y Bolin entre ellos.

Volvió a sentir la misma densidad recorriéndole las venas, como cuando éstos últimos habían ido a casa de Suyin y se percató de todo el tiempo perdido, pensando en cómo habría sido de haber tomado un buen camino en su relación con Baatar.

—¿Cómo estás?

Saltó sobre sus pies cuando escuchó que le hablaban. Era Korra, a su lado iba la misma Opal y ambas le sonreían sin pesares aparentes.

—Bien —respondió escueta, mostrándose igual de firme que antes, pero con más flexibilidad a la vista de cualquier persona, y cerciorándose de no perder de vista a su principal compañero de viaje. Los ojos grandes y azules de una niña morena, en los brazos del Avatar, le hicieron sentir un hormigueo en su corazón—. ¿Es tuya?

—¡Sí! Su nombre es Mai, como la abuela de Iroh —declaró. La niña era demasiado parecida a su madre, pensó ella, con la piel más clara y el pelo más oscuro, pero con los mismos ojos de Korra.

—Es hermosa.

—¿Verdad que lo es? Siempre le digo que el General Iroh tuvo mucho que ver en eso —dijo Opal, divertida. La niña, de no más de un año, le tiró los brazos apenas la escuchó hablando. La maestra aire la tomó entre los suyos.

—Deja de hacer esos comentarios, Opal. No sé en qué momento se te fue la ternura y la timidez…

—Si quieres te puedo decir. Ikki y sus comentarios, más Bolin, tienen mucho que ver.

—¡No! —exclamaron el avatar y Kuvira a la vez, casi instintivamente.

No había remordimientos con nadie, al parecer. Korra le miró divertida al cabo de decir aquello. Volviendo a irse al momento en que vio a Lu Ten llorando por estar rodeado de tantos extraños y niñas acosadoras. Opal se quedó a su lado unos momentos más, con la hija de la morena en sus brazos, la princesa de una nación entera (aunque se dijese que pronto habría democracia también en la Nación del Fuego).

—Nos alegras que vinieras —alegó quien una vez fue su hermana adoptiva, sonriéndole cuando volteó a verla extrañada—. Créeme que sabemos todavía lo que pasó, no lo olvidamos, pero te perdonamos incluso antes de que fueras apresada. Mi hermano puede pensar que por su culpa terminaste en la cárcel, pero es mentira. Esa fue decisión de las naciones, dijeron a mamá y al resto que necesitabas tu merecido.

Eso era toda una novedad.

Estaba enterada de que terminó apresada por sus acciones, pero ignoraba que el hombre a su lado se creía culpable por eso, así como ignoraba el que todos la tenían perdonada desde hacía tantos años. ¿No habían ido a verla, entonces, por qué?

—¿Puedo leerte el pensamiento, Kuvira? —indicó Opal—. Solo dejaban a Baatar y a Su entrar, primero solo a ella, pero como se encargó de ser la responsable de encerrarte, no quería verte. Y mi hermano…—Hizo una pausa, meciendo a la niña ajena entre sus brazos, más para distraerse ella—, digamos que él lo necesitaba.

—¡Opal! —Bolin chilló entre la gente, haciendo señas a su mujer—. ¡Alerta roja! ¡Eret está en el baño! ¡Alerta!

La joven gruñó, sin percatarse del lío en que dejó la mente de la joven a su lado con la información dada, antes de ir donde el maestro tierra, dejando de camino la niña a su madre. Kuvira tragó saliva, notando el aire faltándole por menos de un segundo.

Apenas volvió a respirar, sintió que era un aire completamente diferente. Le llenó y abarrotó los pulmones, relajándole los sentidos como si nunca antes hubiera sentido tal calma.

Se dio cuenta, entonces, de que probablemente había mil motivos detrás de las acciones de todos con ella. Habían querido darle su espacio y dejar que sola se incluyera en su mundo nuevamente. Quizá hubieran pensado que no iba a sentirse cómoda entre ellos después de todo.

Y no lo hacía, por supuesto, no volvería a sentirse cómoda en compañía de todas esas personas nunca. Por más de saberse perdonada, por más de saber que nunca la llegaron a culpar ni a querer tras las rejas. Su arrepentimiento iba más allá de eso. No le bastaba con el perdón de aquellas buenas personas y de la buena familia que la acogió para sentirse realizada.

Ese pensamiento le volvió a llenar de piedras los pulmones.

Una mano sujetando la suya la trajo de vuelta de esos segundos agónicos. Baatar la soltó en seguida, demostrando que solo iba a llamarle la atención. Ella no quería que la soltara.

Ni siquiera le bastaba con el perdón del hombre que amaba, aunque en ese momento lo necesitase más que nunca. Se daba cuenta de que no podría perdonarse a sí misma jamás, que tendría que aprender a vivir con ese cascote denso y pesado en su alma. Y esa idea tan certera comenzó a hacerle agujeros al autocontrol que llevó hasta entonces.

—¿Estás segura de que quieres ir? —preguntó el muchacho, preocupado de verla pálida y en medio de un ataque nervioso, donde siempre empezaba a temblar y veía caerle lágrimas a tropel.

Tenía que aguantar un poco más, se dijo, asintiendo con la cabeza a Baatar, que dudoso le ofreció el brazo para dirigirse a los lugares asignados. La boda estaba por comenzar.

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Observó al muchacho respirando sonoro a su lado, recargándose en sus rodillas y sudoroso de tantos golpes, patadas y movimientos de ataque y defensa. Corroboraba que en una lucha cuerpo a cuerpo él podría llegar a ganarle, le instaba a usar tierra control de vez en cuando, aunque nunca lo hiciera más que en una broma pesada.

—¿Ya estás cansado? —Lamentablemente ella se encontraba igual, por lo que le salió la duda en medio de un hilo de voz jadeante y divertida.

Ambos empezaron a reírse y se dejaron caer al suelo. Por su parte, debía decir que Su le dio una paliza antes de que Baatar llegara, pero había tenido un descanso largo entremedio también, lo suficiente como para recuperarse un algo. Él mejoraba con el tiempo, sin dudas, no podía ser que ella fuera oxidándose.

—Tendré que darme otra ducha —Pareció renegar, Baatar elevó una ceja en su dirección, volviendo a ponerse los anteojos que abandonó en la banca a sus espaldas.

—Casi sonaste igual a mi abuela Toph —Se burló, poniéndose en pie y extendiendo la mano en su dirección para ayudarle, Kuvira lo ignoró, levantándose por sí misma.

—Es el halago más bonito que me has dicho en todo el día —dijo igual, sujetando el agua y las toallas de la banca para adentrarse a la casa, el muchacho no se tardó en seguirla.

Al cabo de unas horas más, estaban ya limpios y la noche cubría todo para cuando terminaron de cenar en familia. En la habitación de Baatar, éste intentaba descubrir la razón por la que su radio no quería funcionar, mientras su novia miraba los planos, una y otra vez, casi hipnotizada con la imagen del Reino.

Comenzó a rearmar el aparato una vez procuró tener todo en orden. Solían pasarse el tiempo de aquella forma; cada uno en sus cosas pero en el mismo espacio, escuchándose moverse y tramitar con los dilemas propios, podían estar horas sin hablarse y no tener nada que decirse sin que hubiera un solo instante de incomodidad. Por eso se sorprendió de sentir las manos de la joven sobre sus hombros, seguido del peso de su cuerpo por su espalda y los brazos rodeándolo.

Tragó saliva, terminando de armar el artefacto y encendiéndolo, comenzando éste a sonar con alguna música anticuada de alguna emisora abandonada. Hubiera sonreído satisfecho de haber podido ignorar a la mujer abrazándolo por detrás, respirándole en la oreja y sin decirle una sola palabra.

Volvió a sentirse el niño en los deslizaderos de Ba Sing Se, casi en la misma situación. Con la diferencia de que aquellos sentimientos ya estaban entendidos y ahora, lo que parecía no entender, era otra cosa, incluso y probablemente, más difícil.

—¿Qué ocurre? —preguntó, despacio, intentando entretenerse cambiando las pocas emisoras de radio que había en la ciudad. Un par decían las últimas noticias del día, otro par dejaba oír música lenta y triste para acompañar la noche.

—Es incómodo.

Se notó divertido por la respuesta. Por esa misma razón tuvo el coraje de voltearse a ella, que lo veía desde su altura en pie, mientras él permanecía sentado. Se miraron en silencio, teniendo un terror absoluto en mezcla de ansias que llegaban a la desesperación. Se levantó con calma, rebasándola ahora en altura. Kuvira le sujetó una mano, mientras él llevaba la otra por cuenta propia hasta su cintura.

Empezaron a bailar lentamente, sonriendo divertidos por la ocurrencia para romper el hielo. Y lo disfrutaron por lo que les pareció un rato muy largo, aunque no lo fuera. Sí sirvió para distraerlos del objetivo que ella pareció ir a buscar.

Por lo menos hasta que se percataron de estar besándose con todas las ganas intensas y apasionadas del mundo, anhelando caricias más descaradas, queriendo llegar donde nunca lo habían hecho, por primera vez.

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La boda transcurrió en paz.

El aire estaba cargado de una luz más especial que de costumbre. Era increíble ver a Bumi y a Lin uniendo sus vidas, ver en sus expresiones sentimientos tan lejanos, sentirse todos completamente ignorados por ellos, que solo parecían verse a sí mismos.

La reunión posterior se dio ya cuando la noche entraba a su máximo esplendor. Y todos bailaron, todos bebieron, todos disfrutaron. También Baatar y Kuvira, incluso ella pudo olvidarse de su altercado emocional justo antes de que comenzara la ceremonia. Pero se notaba con densidad en su pecho, mientras bailaba, mientras sentía el contacto de él en sus manos y en su cintura sutilmente.

Sentía dolor, pese al olvido que la embargaba gracias a la distracción. Y parecía infundírselo a él con cada acercamiento, a cada instante podía apreciarle más las facciones contrariadas, entre la alegría de la tranquilidad y la agonía del sufrimiento. Cada vez iban quedándose más quietos en medio de la multitud movida, que los miraban con cautela y cierta preocupación al pasar por su lado.

Kuvira acabó recargando la frente en el hombro de Baatar. Éste dejó estar su mejilla en el cabello negro de la joven. Y pese a las miradas, los dejaron ser. Casi como si entendieran la encrucijada de cosas que podía haber ahí guardadas, como si necesitasen ser ignorados por ese efímero instante.

Se bañaron en tristeza compartida, en medio de tanta felicidad ajena, sintiéndose culpables y no de estar queriendo compartirla.

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Creo que es el capítulo más feo. XD Pero ya es el último con respecto a las complicaciones. Y ya quedan muy pocos capítulos también, he de decir…

Bueno, sin más y pese a mi opinión, espero que les haya gustado. Las parejas que mencioné son las que me gustan a mí, las principales al menos, lamento si ofenden a alguien. :v

Sin más, mil gracias por leer. Cuídense mucho, sigan dejando sus reviews para así saber que siguen leyendo.

Ciao!