La mayoría de este cap. es del libro. El próximo será contado por Ana…
…
Sus ojos oscuros se abrieron lentamente mientras el reloj tocaba de nuevo. Me miró con tranquila sorpresa.
—Asombroso —dijo con la voz maravillada y un poco divertida —. Carlisle tenía razón.
—Edward —intenté respirar, pero la voz no me salía —. Has de volver a las sombras. ¡Tienes que moverte!
Estaba tratando de recuperar el aliento, pero el golpe había sido muy fuerte.
Me sentía realmente bien, al estar en sus brazos, pero sabía que era un mal momento para sentirme bien, en este momento debería estar más asustada por nuestras vidas, pero al sentir su mano acariciándome la mejilla y su brazo sosteniéndome a unos centímetros del piso era lo mejor, era como si él no hubiera estado todos estos meses lejos de mí
—No puedo creerme lo rápidos que han sido. No he sentido absolutamente nada, son realmente buenos —musitó él mientras volvía a cerrar los ojos y presionaba los labios contra mi pelo. Su voz era de terciopelo y miel —. «Muerte, que has sorbido la miel de sus labios, no tienes poder sobre su belleza» —murmuró y reconocí el verso que declamaba Romeo en la tumba. El reloj hizo retumbar su última campanada—. Hueles exactamente igual que siempre —continuó él—. Así que quizás esto sea el infierno. Y no me importa. Me parece bien.
—No estoy muerta —le interrumpí—. ¡Y tampoco tú! Por favor, Edward, tenemos que movernos. ¡No pueden estar muy lejos!
Luché contra sus brazos y él frunció el ceño, confuso.
— ¿Qué estás diciendo? —preguntó educadamente.
— ¡No estamos muertos ― chillo Ana a mis espaldas ― al menos no todavía! Pero tenemos que salir de aquí antes de que los Vulturis...
La comprensión cubrió el rostro de Edward y en rápido movimiento, me encontré mirando la espalda de Edward mientras él apretaba el cuello de Ana. Abrí los ojos desmesuradamente al ver que la tenia contra la pared y ella tenía los ojos como platos.
Comencé a sentir que me faltaba el aire, que cada vez era más difícil respirar, por no decir que el aire no pasaba a mis pulmones. Ana miro en mi dirección y yo caí de rodillas mirándola fijamente, el dolor de ella me lo estaba transmitiendo, ella estaba sufriendo y si moría yo también. Esa resolución me hizo llamarle
― Edward ― pero él no me prestaba atención, cada vez el agarre de mi cuello era más fuerte, aunque no fuera mi cuello. ― Edward, detente ― le dije y él vio por medio de los ojos de Ana como me encontraba, me miro confundido y en un segundo lo tenía a mi lado, sosteniendo mi cara con desconcierto.
Comencé a toser al mismo tiempo que el aire pasaba a mis pulmones vi de reojo que Ana se encontraba en la misma posición buscando aire, pero ella estaba peor que yo, cuando al fin me tranquilice Edward miro en su dirección con la ira reflejada en su rostro. Le sostuve el brazo y corrí lo cinco pasos que me separaban de Ana, le mire y ya estaba cogiendo color. Edward me miro extrañado
― No es lo que piensas Edward, Ana es inocente, o yo no estaría aquí ― mire a Ana preocupada pero ella solo se puso en pie y miro a Edward a la cara
― Alice ha dicho que apenas te detuviéramos debíamos salir de aquí antes de que aparecieran los Vulturis ― la voz de Ana estaba relativamente bien, pero se notaba el dolor en la voz, todos pensaron que ella era mi asesina. Con todo su orgullo salió de la torre hacia la derecha, Edward y yo la miramos irse con los hombros erguidos, de pronto el miedo surco el rostro de Edward para después ponerse delante de mí extendiendo los brazos con la finalidad de protegerme.
Miré desde debajo de su brazo para ver dos formas oscuras desprenderse de la penumbra.
—Saludos, caballeros —la voz de Edward sonó aparentemente calmada y amable, pero sólo en la superficie —. No creo que vaya a requerir hoy sus servicios. Apreciaría muchísimo, sin embargo, que enviaran mi más sentido agradecimiento a sus señores.
— ¿Podríamos mantener esta conversación en un lugar más apropiado? — susurró una voz suave de forma amenazadora.
—Dudo de que eso sea necesario —repuso Edward, ahora con mayor dureza —. Conozco tus instrucciones, Félix. No he quebrantado ninguna regla.
—Félix simplemente pretende señalar la proximidad del sol —comentó otra voz en tono conciliador. Ambos estaban ocultos dentro de unas enormes capas del color gris del humo, que llegaban hasta el suelo y ondulaban al viento —. Busquemos una protección mejor.
—Indica el camino y yo te sigo —dijo Edward con sequedad—. Bella, ¿por qué no vuelves a la plaza y disfrutas del festival?
—No, trae a la chica —ordenó la primera sombra, introduciendo un matiz lascivo en su susurro.
—Me parece que no —la pretensión de civilización había desaparecido, la voz de Edward era ahora tajante y helada. Cambió su equilibrio de forma casi inadvertida, pero pude comprobar que se preparaba para luchar.
—No —articulé los labios sin hacer ningún sonido.
—Shh —susurró él, sólo para mí.
—Félix —le advirtió la segunda sombra, más razonable —, aquí no —se volvió a Edward—. A Aro le gustaría volver a hablar contigo, eso es todo, si, al fin y al cabo, has decidido no forzar la mano.
—Así es —asintió Edward—, pero la chica se va.
—Me temo que eso no es posible —repuso la sombra educada, con aspecto de lamentarlo—. Tenemos reglas que obedecer.
—Entonces, me temo que no voy a poder aceptar la invitación de Aro, Demetri.
—Esto está pero que muy bien —ronroneó Félix. Mis ojos se iban adaptando a la penumbra más densa y pude ver que Félix era muy grande, alto y de espaldas fornidas. Su tamaño me recordó a Emmett. Y me alegraba que Ana no estuviera.
—Disgustarás a Aro —suspiró Demetri.
—Estoy seguro de que sobrevivirá a la decepción —replicó Edward.
Félix y Demetri se acercaron hacia la boca del callejón y se abrieron hacia los lados a fin de poder atacar a Edward desde dos frentes. Su intención era obligarle a introducirse aún más en el callejón y evitar una escena. Ningún reflejo luminoso podía abrirse paso hasta su piel; estaban a salvo dentro de sus capas.
Edward no se movió un centímetro. Estaba condenándose para protegerme.
De pronto, Edward giró la cabeza a un lado, hacia la oscuridad de la curva del callejón. Demetri y Félix hicieron lo mismo en respuesta a algún sonido o movimiento demasiado sutil para mis sentidos.
—Mejor si nos comportamos correctamente, ¿no? —Sugirió una voz musical—. Hay señoras presentes.
Alice se deslizó con ligereza al lado de Edward, manteniendo una postura despreocupada. No mostraba signos de tensión y tampoco de saber de Ana. Parecía tan diminuta, tan frágil. Sus bracitos colgaban a sus costados como los de una niña.
Comenzaron a hablar de la mejor forma de hacerle entrar pero él era necio, o por lo menos lo fue hasta que una voz dijo:
—Ya es suficiente.
Esta voz era aguda, atiplada y procedía de nuestra espalda.
Miré desde debajo del otro brazo de Edward para contemplar la llegada de otra forma pequeña y oscura hasta nuestra posición. El contorno impreciso y vaporoso de su silueta me indicó que era otro de ellos, pero ¿quién?
Al principio, pensé que era un niño. El recién llegado era diminuto como Alice, con un cabello castaño claro lacio y cortó. El cuerpo bajo la capa —que era más oscura, casi negra—, se adivinaba esbelto y andrógino. Sin embargo, el rostro era demasiado hermoso para ser el de un chico. Los ojos grandes y los labios carnosos habrían hecho parecer una gárgola a un ángel de Botticelli, incluso a pesar de las pupilas de un apagado color carmesí.
Me dejó perpleja cómo reaccionaron todos ante su aparición a pesar de su tamaño insignificante. Félix y Demetri se relajaron de inmediato y abandonaron sus posiciones ofensivas para fundirse de nuevo con las sombras de los muros circundantes.
Edward dejó caer los brazos y también relajó la postura, pero admitiendo su derrota.
—Jane —suspiró resignado al reconocerla.
Alice se cruzó de brazos y mantuvo una expresión impasible.
—Seguidme —habló Jane otra vez, con su voz monocorde e infantil. Nos dio la espalda y se movió silenciosamente hacia la oscuridad.
Félix nos hizo un gesto para que nosotros fuéramos primero, con una sonrisita de suficiencia.
Alice caminó enseguida detrás de la pequeña Jane. Edward me pasó el brazo por la cintura y me empujó para que fuera a su lado.
—Bien, Alice —dijo Edward en tono de conversación conforme andábamos —.
Supongo que no debería sorprenderme verte aquí.
—Ha sido error mío —contestó Alice en el mismo tono —. Era mi responsabilidad haberlo hecho bien.
— ¿Qué ocurrió? —inquirió educadamente, como si apenas le interesara.
Imaginé que esto iba destinado a los oídos atentos que nos seguían.
—Es una larga historia —los ojos de Alice se deslizaron sobre mí y se dirigieron hacia otro lado—. En pocas palabras, ella saltó de un acantilado, pero no pretendía suicidarse. Parece que últimamente a Bella le van los deportes de riesgo.
Enrojecí y miré al frente en busca de la sombra oscura, que apenas se podía ver ya. Imaginaba que ahora él estaría escuchando los pensamientos de Alice.
Ahogamientos frustrados, vampiros al acecho, amigos licántropos...
—Mmm —dijo Edward con voz cortante. Su anterior tono despreocupado había desaparecido por completo.
Andábamos por un amplio recodo del callejón, que seguía cuesta abajo, por lo que no vi el final, terminado en chaflán, hasta que no llegamos a él y alcanzamos la pared de ladrillo lisa y sin ventanas. No se veía a la pequeña Jane por ninguna par te.
Alice no vaciló y continuó caminando hacia la pared a grandes zancadas.
Entonces, con su gracia natural, se deslizó por un agujero abierto en la calle.
Me planté.
—Todo va bien, Bella —me dijo Edward en voz baja—. Alice te recogerá.
Miré el orificio, dubitativa. Me imaginé que él habría entrado el primero si Félix y Demetri no hubieran estado esperando, pagados de sí mismos y silenciosos, detrás de nosotros.
Me agaché y deslicé las piernas por el estrecho espacio.
— ¿Alice? —susurré con voz temblorosa.
—Estoy aquí debajo, Bella —me aseguró. Su voz parecía provenir de muy abajo, demasiado abajo para que yo me sintiera bien.
Edward me tomó de las muñecas —sus manos me parecieron del tacto de la piedra en invierno— y me bajó hacia la oscuridad.
— ¿Preparada? —preguntó él.
—Suéltala —gritó Alice.
Impelida por el puro pánico, cerré firmemente los ojos para no ver la oscuridad y los labios para no gritar. Edward me dejó caer.
Edward apareció a mi lado, con un resplandor suave. Me rodeó con el brazo, me sujetó con fuerza a su costado y comenzó a arrastrarme velozmente hacia delante.
Envolví su cintura fría con los dos brazos y tropecé y trastabillé a lo largo del irregular camino de piedra. El sonido de la pesada rejilla cerrando la alcantarilla a nuestras espaldas se oyó con metálica rotundidad.
…
Nos hallábamos en un corredor de apariencia normal e intensamente iluminado. Las paredes eran de color hueso y el suelo estaba cubierto por alfombras de un gris artificial. Unas luces fluorescentes rectangulares de aspecto corriente jalonaban con regularidad el techo. Agradecí mucho que allí hiciera más calor. Aquel pasillo resultaba muy acogedor después de la penumbra de las siniestras alcantarillas de piedra.
Había un mostrador alto de caoba pulida en el centro de la habitación. Miré atónita a la mujer que había detrás.
Era alta, de tez oscura y ojos verdes. Hubiera sido muy hermosa en cualquier otra compañía, pero no allí, ya que era tan humana de los pies a la cabeza como yo.
No comprendía qué pintaba allí una mujer, rodeada de vampiros y a sus anchas.
Esbozó una amable sonrisa de bienvenida.
—Buenas tardes, Jane —dijo.
Su rostro no denotó sorpresa alguna cuando echó un vistazo a los acompañantes de Jane, ni a Edward, cuyo pecho desnudo centelleaba tenuemente con destellos blancos, ni siquiera a mí, con el pelo alborotado y de aspecto horrendo en comparación con los demás.
Jane asintió.
—Gianna.
Luego prosiguió hacia un conjunto de puertas de doble hoja situado en la parte posterior de la habitación, y la seguimos.
Félix le guiñó el ojo a Gianna al pasar junto al escritorio y ella soltó una risita tonta.
Nos aguardaba otro tipo de recepción muy diferente al otro lado de las puertas de madera. El joven pálido de traje gris perla podía haber pasado por el gemelo de Jane. Tenía el pelo más oscuro y los labios no eran tan carnosos, pero resultaba igual de encantador. Se acercó a nuestro encuentro, sonrió y le tendió la mano a ella.
—Jane...
—Alec —repuso ella mientras abrazaba al joven. Intercambiaron sendos besos en las mejillas y luego nos miraron a nosotros.
—Te enviaron en busca de uno y vuelves con dos... y medio —rectificó al reparar en mí—. Buen trabajo.
Ella rompió a reír. El sonido era chispeante de puro gozo, similar al arrullo de un bebé.
—Bienvenido de nuevo, Edward —le saludó Alec—. Pareces de mucho mejor humor.
—Ligeramente —admitió Edward con voz monocorde.
Contemplé de refilón el rostro severo de Edward y me pregunté si antes podía haber estado de peor humor. Alec rió entre dientes mientras yo me pegaba a su lado.
— ¿Y ésta es la causante de todo el problema? —preguntó con incredulidad.
Edward se limitó a sonreír con expresión desdeñosa. Después, se le heló la sonrisa en los labios.
— ¡Me la pido primero! —intervino Félix con suma tranquilidad desde detrás.
Edward se revolvió mientras en lo más profundo de su pecho resonaba un gruñido tenue. Félix sonrió. Su mano estaba levantada, con la palma hacia arriba.
Curvó sus dedos dos veces, invitando a Edward a iniciar una pelea.
Alice rozó el brazo de Edward.
—Paciencia —le advirtió.
Intercambiaron una larga mirada y yo deseé poder oír lo que ella le estaba diciendo. Supuse que era todo lo que podían hacer sin atacar a Félix, ya que luego respiró hondo y se volvió hacia Alec, que, como si no hubiera pasado nada, dijo:
—Aro se alegrará de volver a verte.
—No le hagamos esperar —sugirió Jane.
Edward asintió una vez.
Alec y Jane se tomaron de la mano y abrieron el camino por otro corredor amplio y ornamentado... ¿Se acabarían alguna vez?
La habitación a la que llegamos no se encontraba vacía. Había un puñado de personas enfrascadas en lo que parecía una conversación informal. Hablaban en voz baja y con calma, originando un murmullo que parecía un zumbido flotando en el aire. Un par de mujeres pálidas vestidas con ropa de verano se detuvieron en una de las zonas iluminadas mientras las estaba observando, y su piel, como si fuera un prisma, arrojó un chisporroteo multicolor sobre las paredes de color siena.
Todos aquellos rostros agraciados se volvieron hacia nuestro grupo en cuanto entramos en la habitación. La mayoría de los inmortales vestía pantalones y camisas que no llamaban la atención, prendas que no hubieran desentonado ahí fuera, en las calles, pero el hombre que habló primero lucía una larga túnica oscura como boca de lobo que llegaba hasta el suelo. Por un momento, llegué a creer que su melena de color negro azabache era la capucha de su capa.
— ¡Jane, querida, has vuelto! —gritó con evidente alegría. Su voz era apenas un tenue suspiro.
Avanzó con tal ligereza de movimientos y tanta gracilidad que me quedé embobada, con la boca abierta. No se podía comparar ni siquiera con Alice, cuyos movimientos parecían los de una bailarina.
—Sí, maestro —Jane me saco de mis pensamientos—. Le he traído de regreso y con vida, como deseabas.
—Ay, Jane. ¡Cuánto me conforta tenerte a mi lado! —él sonrió también.
A continuación nos miró a nosotros y la sonrisa centelleó hasta convertirse en un gesto de euforia.
— ¡Y también has traído a Alice y Bella! —Se regocijó y unió sus manos finas al dar una palmada—. ¡Qué agradable sorpresa! ¡Maravilloso!
Le miré fijamente, muy sorprendida de que pronunciara nuestros nombres de manera informal, como si fuéramos viejos conocidos que se habían dejado caer por allí en una visita sorpresa.
Se volvió a nuestro descomunal escolta.
—Félix, sé bueno y avisa a mis hermanos de quiénes están aquí. Estoy seguro de que no se lo van a querer perder.
—Sí, maestro —asintió Félix, que desapareció por el camino por el que había venido.
— ¿Lo ves, Edward? —el extraño vampiro se volvió y le sonrió como si fuera un abuelo venerable que estuviera soltando una reprimenda a su nieto —. ¿Qué te dije yo? ¿No te alegras de que te hayamos denegado tu petición de ayer?
—Sí, Aro, lo celebro —admitió mientras apretaba con más fuerza el brazo con el que rodeaba mi cintura.
—Me encantan los finales felices. Son tan escasos —Aro suspiró—. Eso sí, quiero que me contéis toda la historia. ¿Cómo ha sucedido esto, Alice? —volvió hacia ella los ojos empañados y llenos de curiosidad —. Tu hermano parecía creer que eras infalible, pero al parecer cometiste un error.
—No, no, no soy infalible ni por asomo —mostró una sonrisa deslumbrante.
Parecía estar en su salsa, excepto por el hecho de que apretaba con fuerza los puños—. Como habéis podido comprobar hoy, a menudo causo más problemas de los que soluciono.
—Eres demasiado modesta —la reprendió Aro—. He contemplado alguna de tus hazañas más sorprendentes y he de admitir que no había visto a nadie con un don como el tuyo. ¡Maravilloso!
Alice lanzó una breve mirada a Edward que no pasó desapercibida para Aro.
—Lo siento. No nos han presentado como es debido, ¿verdad? Es sólo que siento como si ya te conociera y tiendo a precipitarme. Tu hermano nos presentó ayer de una forma... peculiar. Ya ves, comparto un poco del talento de Edward, sólo que de forma más limitada que la suya. Aro habló con tono envidioso mientras agitaba la cabeza.
—Pero exponencialmente es mucho más poderoso —agregó Edward con tono seco. Miró a Alice mientras le explicaba de forma sucinta —: Aro necesita del contacto físico para «oír» tus pensamientos, pero llega mucho más lejos que yo. Como sabes, sólo soy capaz de conocer lo que pasa por la cabeza de alguien en un momento dado, pero Aro «oye» cualquier pensamiento que esa persona haya podido tener.
Alice enarcó sus delicadas cejas y Edward agachó la cabeza.
Aro también se percató de ese gesto.
—Pero ser capaz de oír a lo lejos... —Aro suspiró al tiempo que hacía un gesto hacia ellos dos, haciendo referencia al intercambio de pensamientos que acababa de producirse—. ¡Eso sí que sería práctico!
Aro miró más allá de las figuras de Edward y Alice. Todos los demás se volvieron en la misma dirección, incluso Jane, Alec y Demetri, que permanecían en silencio detrás de nosotros tres.
Fui la más lenta en volverme. Félix había regresado y detrás de él, envueltos en túnicas negras, flotaban otros dos hombres. Sus rostros tenían también esa piel parecida al papel cebolla.
El trío representado por el cuadro de Carlisle estaba completo, y sus integrantes no habían cambiado durante los trescientos años posteriores a la pintura del lienzo.
— ¡Marco, Cayo, mirad! —Canturreó Aro—. Después de todo, Bella sigue viva y Alice se encuentra con ella. ¿No es maravilloso?
A juzgar por el aspecto de sus rostros, ninguno de los dos interpelados hubiera elegido como primera opción el adjetivo «maravilloso». El hombre de pelo negro parecía terriblemente aburrido, el otro puso cara de pocos amigos.
—Conozcamos la historia.
El antiguo vampiro de pelo blanco flotó y fue a la deriva hasta sentarse en uno de los tronos de madera. El otro se detuvo junto a Aro y le tendió la mano. Al principio, creía que lo hacía para que Aro se la tomara, pero se limitó a tocar la palma de la mano durante unos instantes y luego dejó caer la suya a un costado. Aro enarcó una de sus cejas, de color marrón oscuro. Me pregunté si su piel apergaminada no se arrugaría a causa del esfuerzo.
Edward resopló sin hacer ruido y Alice le miró con curiosidad.
—Gracias, Marco —dijo Aro—. Esto es muy interesante.
Un segundo después comprendí que Marco le había permitido a Aro conocer sus pensamientos.
Marco no parecía interesado. Se deslizó lejos de Aro para unirse al que debía de ser Cayo, sentado ya contra el muro. Los dos asistentes de los vampiros le siguieron de cerca; eran guardias, tal y como había supuesto antes. Pude ver que las dos mujeres con vestido de tirantes se habían acercado para permanecer junto a Cayo de igual modo. La simple idea de que un vampiro necesitara guardias se me antojaba realmente ridícula, pero tal vez los antiguos eran más frágiles, como sugería su piel.
Aro siguió moviendo la cabeza al tiempo que decía:
—Asombroso, realmente increíble.
El rostro de Alice evidenciaba su descontento. Edward se volvió y de nuevo le facilitó una explicación rápida en voz baja:
—Marco ve las relaciones y ha quedado sorprendido por la intensidad de las nuestras.
Aro sonrió.
— ¡Qué práctico! —repitió para sí mismo. Luego, se dirigió a nosotros —: Puedo aseguraros que cuesta bastante sorprender a Marco.
No tuve ninguna duda cuando miré el rostro mortecino de Marco.
—Resulta difícil de comprender, eso es todo, incluso ahora —Aro caviló mientras miraba el brazo de Edward en torno a mí. Me resultaba casi imposible seguir el caótico hilo de pensamientos del vampiro, pero me esforcé por conseguirlo—. ¿Cómo puedes permanecer tan cerca de ella de ese modo?
—No sin esfuerzo —contestó Edward con calma.
—Pero aun así... ¡La tua cantante! ¡Menudo derroche!
Edward se rió sin ganas una vez.
—Yo lo veo más como un precio a pagar.
Aro se mantuvo escéptico.
—Un precio muy alto.
—Simple coste de oportunidad.
Aro echó a reír.
—No hubiera creído que el reclamo de la sangre de alguien pudiera ser tan fuerte de no haberla olido en tus recuerdos. Yo mismo nunca había sentido nada igual. La mayoría de nosotros vendería caro ese obsequio mientras que tú...
—... lo derrocho —concluyó Edward, ahora con sarcasmo.
Aro rió una vez más.
— ¡Ay, cómo echo de menos a mi amigo Carlisle! Me recuerdas a él, excepto que él no se irritaba tanto.
—Carlisle me supera en muchas otras cosas.
—Jamás pensé ver a nadie que superase a Carlisle en autocontrol, pero tú le haces palidecer.
—En absoluto —Edward parecía impaciente, como si se hubiera cansado de los preliminares. Eso me asustó aún más. No podía evitar el imaginar lo que vendría a continuación.
—Me congratulo por su éxito —Aro reflexionó—. Tus recuerdos de él constituyen un verdadero regalo para mí, aunque me han dejado estupefacto. Me sorprende que haya... Me complace que el éxito le haya sorprendido en el camino tan poco ortodoxo que eligió. Temía que se hubiera debilitado y gastado con el tiempo. Me hubiera mofado de su plan de encontrar a otros que compartieran su peculiar visión, pero aun así, no sé por qué, me alegra haberme equivocado.
Edward no le contestó.
—Pero ¡vuestra abstinencia...! —Aro suspiró—. No sabía que era posible tener tanta fuerza de voluntad. Habituaros a resistir el canto de las sirenas, no una vez, sino una y otra, y otra más... No lo hubiera creído de no haberlo visto por mí mismo.
Edward contempló la admiración de Aro con rostro inexpresivo. Conocía m uy bien esa expresión —el tiempo no había cambiado eso, lo bastante para saber que algo se estaba cociendo bajo esa apariencia de tranquilidad. Hice un esfuerzo para mantener constante la respiración.
—Sólo de recordar cuánto te atrae ella... —Aro rió entre dientes—. Me pone sediento.
Edward se tensó.
—No te inquietes —le tranquilizó Aro—. No tengo intención de hacerle daño, pero siento una enorme curiosidad sobre una cosa en particular —me miró con vivo interés—. ¿Puedo? —preguntó con avidez al tiempo que alzaba una mano.
—Pregúntaselo a ella—sugirió Edward con voz monocorde.
— ¡Por supuesto, qué descortesía por mi parte! —Exclamó Aro y, ahora dirigiéndose directamente a mí, continuó —: Bella, me fascina que seas la única excepción al impresionante don de Edward... Una cosa así me resulta de lo más interesante y, dado que nuestros talentos son tan similares en muchas cosas, me preguntaba si serías tan amable de permitirme hacer un intento para verificar si también eres una excepción para mí.
Alcé la vista para mirar a Edward, aterrorizada. Era consciente de no tener alternativa alguna a pesar de la amabilidad de Aro y me aterraba la idea de dejar que me tocara, pero aun así, contra toda lógica, sentía una gran curiosidad por tener la ocasión de tocar su extraña piel.
Edward asintió para infundirme ánimo.
Me volví hacia Aro y extendí la mano lentamente. Estaba temblando.
Se deslizó para acercarse más. Me pareció que su expresión quería tranquilizarme, pero sus facciones apergaminadas eran demasiado extrañas, diferentes y amedrentadoras como para que me sosegara. Su rostro demostraba mayor confianza en sí mismo que sus palabras.
Aro alargó el brazo como si fuera a estrecharme la mano y rozó su piel de aspecto frágil con la mía. Era dura, la encontré áspera al tacto —se parecía más a la tiza que al granito— e incluso más fría de lo esperado.
Sus ojos membranosos me observaron con alegría y me resultó imposible desviar la mirada. Me cautivaron de un modo extraño y poco grato.
El rostro de Aro se alteró conforme me miraba. La seguridad se resquebrajó para convertirse primero en duda y luego en incredulidad antes de calmarse debajo de una máscara amistosa.
—Pues sí, muy interesante —dijo mientras me soltaba la mano y retrocedía.
Contemplé a Edward, y aunque su rostro era sereno, me pareció ver una chispa de petulancia.
Aro continuó deslizándose con gesto pensativo. Permaneció quieto durante unos momentos mientras su vista oscilaba, mirándonos a los tres. Luego, de forma repentina, sacudió la cabeza y dijo para sus adentros:
—Lo primero... Me pregunto si es inmune al resto de nuestros dones... ¿Jane, querida?
— ¡No! —gruñó Edward. Alice le contuvo agarrándole por el brazo con una mano, pero él se la sacudió de encima.
La menuda Jane dedicó una sonrisa de felicidad a Aro.
—-¿Sí, maestro?
Ahora Edward gruñía de verdad. Emitió un sonido desgarrado y violento mientras lanzaba a Aro una mirada torva. Nadie se movía en la habitación. Todos los presentes le miraban con incredulidad y sorpresa, como si hubiera cometido una vergonzosa metedura de pata. Aro le miró una vez y se quedó inmóvil mientras su ancha sonrisa se convertía en una expresión malhumorada.
Luego se dirigió a Jane.
—Me preguntaba, querida, si Bella es inmune a ti.
Los rabiosos gruñidos de Edward apenas me permitían oír las palabras de Aro.
Edward me soltó y se puso delante de mí para esconderme de la vista de ambos.
Cayo, seguido por su séquito, se acercó a nosotros tan silenciosamente como un espectro para observar.
Jane se volvió hacia nosotros con una sonrisa beatífica en los labios.
— ¡No! —chilló Alice cuando Edward se lanzó contra la joven.
Antes de que yo fuera capaz de reaccionar, de que alguien se interpusiera entre ellos o de que los escoltas de Aro pudieran moverse, Edward dio con sus huesos en el suelo.
Nadie le había tocado, pero se hallaba en el enlosado y se retorcía con dolores manifiestos ante mi mirada de espanto.
Ahora Jane le sonreía sólo a él, y de pronto encajaron todas las piezas del puzle, lo que había dicho Alice sobre sus dones formidables, la razón por la que todos trataban a Jane con semejante deferencia y por qué Edward se había interpuesto voluntariamente en su camino antes de que ella pudiera hacer eso conmigo.
— ¡Parad! —grité.
Mi voz resonó en el silencio y me lancé hacia delante de un salto para interponerme entre ellos, pero Alice me rodeó con sus brazos en una presa insuperable e ignoró mi forcejeo. No escapó sonido alguno de los labios de Edward mientras le aplastaban contra las piedras. Me pareció que me iba a estallar de dolor la cabeza al contemplar semejante escena.
—Jane —la llamó Aro con voz tranquila.
La joven alzó la vista enseguida, aún sonriendo de placer, y le interrogó con la mirada. Edward se quedó inmóvil en cuando Jane dejó de mirarle.
Aro me señaló con un asentimiento de cabeza.
Jane volvió hacia mí su sonrisa.
Ni siquiera le sostuve la mirada. Observé a Edward desde la cárcel de los brazos de Alice, donde seguía debatiéndome en vano.
—Se encuentra bien —me susurró Alice con voz tensa, y apenas hubo terminado de hablar, Edward se incorporó. Nuestras miradas se encontraron. Sus ojos estaban horrorizados. Al principio, pensé que el pánico se debía al dolor que acababa de padecer, pero entonces miró rápidamente a Jane y luego a mí, y su rostro se relajó de alivio.
También yo observé a Jane, que había dejado de sonreír y me taladraba con la mirada. Apretaba los dientes mientras se concentraba en mí. Retrocedí, esperando sentir el dolor...
... pero no sucedió nada.
Edward volvía a estar a mi lado. Tocó el brazo de Alice y ella me entregó a él.
Aro soltó una risotada.
—Ja, ja, ja —rió entre dientes—. Has sido muy valeroso, Edward, al soportarlo en silencio. En una ocasión, sólo por curiosidad, le pedí a Jane que me lo hiciera a mí...
Sacudió la cabeza con gesto admirado.
Edward le fulminó con la mirada, disgustado. Aro suspiró.
— ¿Qué vamos a hacer con vosotros?
Edward y Alice se envararon. Aquélla era la parte que habían estado esperando. Me eché a temblar. Mierda al parecer la única que saldrá con vida es Ana, me alegra que este afuera, aunque pensándolo bien no la eh escuchado merodear en mi cabeza
— ¿Y tú, Bella?
Esa pregu7nta me saco de mis pensamientos, Aro enarcó las cejas. Le miré fijamente con rostro inexpresivo mientras Edward siseaba en mi oído en voz baja. ¿Bromeaba o de verdad me preguntaba si quería quedarme para la cena?
Fue Cayo, el vampiro de pelo blanco, quien rompió el silencio.
— ¿Qué? —inquirió Cayo a Aro. La voz de aquél, a pesar de no ser más que un susurro, era rotunda.
—Cayo, tienes que advertir el potencial, sin duda —le censuró con afecto—. No he visto un diamante en bruto tan prometedor desde que encontramos a Jane y Alec.
¿Imaginas las posibilidades cuando sea uno de los nuestros?
Cayo desvió la mirada con mordacidad. Jane echó chispas por los ojos, indignada por la comparación.
A mi lado, Edward estaba que bufaba. Podía oír un ruido sordo en su pecho, un ruido que estaba a punto de convertirse en un bramido. No debía permitir que su temperamento le perjudicara.
—No, gracias —dije lo que pensaba en apenas un susurro, ya que el pánico me quebró la voz.
Aro suspiró una vez más.
—Una verdadera lástima... ¡Qué despilfarro!
—Unirse o morir, ¿no es eso? —masculló Edward. Sospeché algo así cuando nos condujeron a esta estancia—. ¡Pues vaya leyes las vuestras!
—Por supuesto que no —Aro parpadeó atónito—. Edward, ya nos habíamos reunido aquí para esperar a Heidi, no a ti.
—Aro —bisbiseó Cayo—, la ley los reclama.
Edward miró fijamente a Cayo e inquirió:
— ¿Y cómo es eso?
Él ya debía de saber lo que Cayo tenía en mente, pero parecía decidido a hacerle hablar en voz alta.
Cayo me señaló con un dedo esquelético.
—Sabe demasiado. Has desvelado nuestros secretos —espetó con voz apergaminada, como su piel.
—Aquí, en vuestra charada, también hay unos pocos humanos —le recordó Edward. Entonces me acordé de la guapa recepcionista del piso de abajo.
El rostro de Cayo se crispó con una nueva expresión. ¿Se suponía que eso era una sonrisa?
—Sí —admitió—, pero nos sirven de alimento cuando dejan de sernos útiles. Ése no es tu plan para la chica. ¿Estás preparado para acabar con ella si traiciona nuestros secretos? Yo creo que no —se mofó.
—No voy a... —empecé a protestar, aunque fuera entre susurros, pero Cayo me silenció con una gélida mirada.
—Tampoco pretendes convertirla en uno de nosotros —prosiguió—, por consiguiente, ello nos hace vulnerables. Bien es cierto que, por esto, sólo habría que quitarle la vida a la chica. Puedes dejarla aquí si lo deseas.
Edward le enseñó los colmillos.
—Lo que pensaba —concluyó Cayo con algo muy similar a la satisfacción. Félix se inclinó hacia delante con avidez.
—A menos que... —intervino Aro, que parecía muy contrariado por el giro que había tomado la conversación —. A menos que, ¿albergas el propósito de concederle la inmortalidad?
Edward frunció los labios y vaciló durante unos instantes antes de responder:
— ¿Y qué pasa si lo hago?
Aro sonrió, feliz de nuevo.
—Vaya, en ese caso serías libre de volver a casa y darle a mi amigo Carlisle recuerdos de mi parte —su expresión se volvió más dubitativa —. Pero me temo que tendrías que decirlo en serio y comprometerte.
Aro alzó la mano delante de Edward.
Cayo, que había empezado a poner cara de pocos amigos, se relajó.
Edward frunció los labios con rabia hasta convertirlos en una línea. Me miró fijamente a los ojos y yo a él.
—Hazlo —susurré—, por favor.
¿Era en verdad una idea tan detestable? ¿Prefería él morir antes que transformarme? Me sentí como si me hubieran propinado una patada en el estómago.
Edward me miró con expresión torturada.
Entonces, Alice se alejó de nuestro lado y se dirigió hacia Aro. Nos volvimos a mirarla. Ella había levantado la mano igual que el vampiro.
Alice no dijo nada y Aro despachó a su guardia cuando acudieron a impedir que se acercara. Aro se reunió con ella a mitad de camino y le tomó la mano con un destello ávido y codicioso en los ojos.
Inclinó la cabeza hacia las manos de ambos, que se tocaban, y cerró los ojos mientras se concentraba. Alice permaneció inmóvil y con el rostro inexpresivo. Oí cómo Edward chasqueaba los dientes.
Nadie se movió. Aro parecía haberse quedado allí clavado encima de la mano de Alice. Me fui poniendo más y más tensa conforme pasaban los segundos, preguntándome cuánto tiempo iba a pasar antes de que fuera demasiado tiempo, antes de que significara que algo iba mal, peor todavía de lo que ya iba.
Transcurrió otro momento agónico y entonces la voz de Aro rompió el silencio.
—Ja, ja, ja —rió, aún con la cabeza vencida hacia delante. Lentamente alzó los ojos, que relucían de entusiasmo —. ¡Eso ha sido fascinante!
—Me alegra que lo hayas disfrutado.
—Ver las mismas cosas que tú ves, ¡sobre todo las que aún no han sucedido! — sacudió la cabeza, maravillado.
—Pero eso está por suceder —le recordó Alice con voz tranquila.
—Sí, sí, está bastante definido. No hay problema, por supuesto.
Cayo parecía amargamente desencantado, un sentimiento que al parecer compartía con Félix y Jane.
—Aro —se quejó Cayo.
— ¡Tranquilízate, querido Cayo! —Aro sonreía—. ¡Piensa en las posibilidades! Ellos no se van a unir a nosotros hoy, pero siempre existe la esperanza de que ocurra en el futuro. Imagina la dicha que aportaría sólo la joven Alice a nuestra pequeña comunidad... Además, siento una terrible curiosidad por ver ¡cómo entra en acción Bella!
—En tal caso, ¿somos libres de irnos ahora? —preguntó Edward sin alterar la voz.
—Sí, sí —contestó Aro en tono agradable —, pero, por favor, visitadnos de nuevo. ¡Ha sido absolutamente apasionante!
—Nosotros también os visitaremos para cerciorarnos de que la habéis transformado en uno de los nuestros —prometió Cayo, que de pronto tenía los ojos entrecerrados como la mirada soñolienta de un lagarto con pesados párpados —. Si yo estuviera en vuestro lugar, no lo demoraría demasiado. No ofrecemos segundas oportunidades.
La mandíbula de Edward se tensó, pero asintió una sola vez.
Cayo esbozó una sonrisita de suficiencia y se deslizó hacia donde Marco permanecía sentado, inmóvil e indiferente.
Félix gimió.
—Ah, Félix, paciencia —Aro sonrió divertido—. Heidi estará aquí de un momento a otro.
—Mmm —la voz de Edward tenía un tono incisivo —. En tal caso, quizá convendría que nos marcháramos cuanto antes.
—Sí —coincidió Aro—. Es una buena idea. Los accidentes ocurren. Por favor, sino os importa, esperad abajo hasta que se haga de noche.
—Por supuesto —aceptó Edward mientras yo me acongojaba ante la perspectiva de esperar al final del día antes de poder escapar.
—Y toma —agregó Aro, dirigiéndose a Félix con un dedo. Éste avanzó de inmediato. Aro desabrochó la capa gris que llevaba el enorme vampiro, se la quitó de los hombros y se la lanzó a Edward —. Llévate ésta. Llamas un poco la atención.
Edward se puso la larga capa, pero no se subió la capucha.
Aro suspiró. —Te sienta bien.
Edward rió entre dientes, pero después de lanzar una mirada hacia atrás, calló repentinamente.
—Gracias, Aro. Esperaremos abajo.
—Adiós, mis jóvenes amigos —contestó Aro, a quien le centellearon los ojos cuando miró en la misma dirección.
—Vámonos —nos instó Edward con apremio.
Demetri nos indicó mediante gestos que le siguiéramos, y nos fuimos por donde habíamos venido, que, a juzgar por las apariencias, debía de ser la única salida.
Edward me arrastró a su lado enseguida. Alice se situó al otro costado con gesto severo.
—Tendríamos que haber salido antes —murmuró.
Alcé los ojos para mirarla, pero sólo parecía disgustada. Fue entonces cuando distinguí el murmullo de voces —voces ásperas y enérgicas — procedentes de la antecámara.
—Vaya, esto es inusual —dijo un hombre con voz resonante.
—Y tan medieval —respondió efusivamente una voz femenina desagradable y estridente.
Un gentío estaba cruzando la portezuela hasta atestar la pequeña estancia de piedra. Demetri nos indicó mediante señas que dejáramos paso. Pegamos la espalda contra el muro helado para permitirles cruzar.
Edward me arrastró a toda prisa en dirección a la puerta en cuanto hubo el más mínimo resquicio. Yo noté la expresión horrorizada de mis facciones y cómo los ojos se me iban llenando de lágrimas.
La ampulosa entrada estaba en silencio a excepción de una mujer guapísima de figura escultural. Nos miró con curiosidad, sobre todo a mí.
—Bienvenida a casa, Heidi —la saludó Demetri a nuestras espaldas.
Ella sonrió con aire ausente. Me recordó a Rosalie, aunque no se parecieran en nada, porque también poseía una belleza excepcional e inolvidable. No era capaz de quitarle los ojos de encima.
—Demetri —respondió con voz sedosa mientras sus ojos iban de mi rostro a la capa gris de Edward.
—Buena pesca —la felicitó el aludido, y de pronto comprendí la finalidad del llamativo atuendo que lucía. No sólo era la pescadora, sino también el cebo.
—Gracias —exhibió una sonrisa apabullante—. ¿No vienes?
—En un minuto. Guárdame algunos.
Heidi asintió y se agachó para atravesar la puerta después de dirigirme una última mirada de curiosidad.
Edward marcó un paso que me obligaba a ir corriendo para no rezagarme, pero a pesar de todo no pudimos cruzar la ornamentada puerta que había al final del corredor antes de que comenzaran los gritos.
Demetri nos condujo hasta la lujosa y alegre área de recepción. Gianna, la mujer, seguía en su puesto detrás del mostrador de caoba pulida. Unos altavoces ocultos llenaban la habitación con las notas nítidas de una pieza inocente.
—No os vayáis hasta que oscurezca —nos previno Demetri.
Edward asintió con la cabeza y él se marchó precipitadamente poco después.
Gianna observó la capa prestada de Edward con gesto astuto y especulativo. El cambio no pareció sorprenderle nada.
— ¿Os encontráis bien las dos? —preguntó Edward entre dientes lo bastante bajo para que no pudiera captarlo la recepcionista. Su voz sonaba ruda, si es que el terciopelo puede serlo, a causa de la ansiedad. Supuse que seguía tenso por la situación.
—Será mejor que la sientes antes de que se desplome —aconsejó Alice—. Va a caerse a pedazos.
Fue en ese momento cuando me di cuenta de que temblaba de la cabeza a los pies, temblaba tanto que todo mi cuerpo vibraba hasta que al fin me castañetearon los dientes, la habitación empezó a dar vueltas a mí alrededor y se me nubló la vista.
Durante un momento de delirio, me pregunté si era así como Jacob se sentía justo antes de transformarse en hombre lobo.
Escuché un sonido discordante, como si estuvieran aserrando algo, un contrapunto extraño a la música de fondo que, por contraste, parecía risueña. El temblor me distraía lo justo para impedirme determinar la procedencia.
—Silencio, Bella, calma —me pidió Edward conforme me guiaba hacia el sofá más alejado de la curiosa humana del mostrador.
—Creo que se está poniendo histérica. Quizá deberías darle una bofetada — sugirió Alice.
Edward le lanzó una mirada desesperada.
Entonces lo comprendí. Oh. El ruido era yo. El sonido similar al corte de una sierra eran los sollozos que salían de mi pecho. Eso era lo que me hacía temblar.
—Todo va bien, estás a salvo, todo va bien —entonaba él una y otra vez. Me sentó en su regazo y me arropó con la gruesa capa de lana para protegerme de su piel fría.
Sabía que ese tipo de reacción era una estupidez por mi parte. ¿Quién sabía cuánto tiempo me quedaba para poder mirar su rostro? Nos habíamos salvado y él podía dejarme en cuanto estuviéramos en libertad. Era un desperdicio, una locura, tener los ojos tan llenos de lágrimas que no pudieran verle las facciones con claridad.
—Toda esa gente... —hipé.
—Lo sé —susurró él.
—Es horrible.
—Sí, lo es. Habría deseado que no hubieras tenido que ser testigo de esto.
Apoyé la cabeza sobre su pecho frío y me sequé los ojos con la gruesa capa. Respiré hondo varias veces mientras intentaba calmarme.
— ¿Necesitan algo? —preguntó una voz en tono educado. Era Gianna, que se inclinaba sobre el hombro de Edward con una mirada que intentaba mostrar empatía, una mirada profesional y cercana a la vez. Al parecer, no le preocupaba tener el rostro a centímetros de un vampiro hostil. O bien se encontraba en una total ignorancia o era muy buena en lo suyo.
—No —contestó Edward con frialdad.
Ella asintió, me sonrió y después desapareció.
Esperé a que se hubiera alejado lo bastante como para que no pudiera escucharme.
— ¿Sabe ella lo que sucede aquí? —inquirí con voz baja y ronca. Empezaba a tranquilizarme y mi respiración se fue normalizando.
—Sí, lo sabe todo —contestó Edward.
— ¿Sabe también que algún día pueden matarla?
—Es consciente de que existe esa posibilidad —aquello me sorprendió. El rostro de Edward era inescrutable—. Alberga la esperanza de que decidan quedársela.
Sentí que la sangre huía de m i rostro.
— ¿Quiere convertirse en una de ellos?
Él asintió una vez y clavó los ojos en mi cara a la espera de mi reacción.
Me estremecí.
— ¿Cómo puede querer eso?—susurré más para mí misma que buscando realmente una respuesta—. ¿Cómo puede ver a esa gente desfilar al interior de esa habitación espantosa y querer formar parte de eso?
Edward no contestó, pero su rostro se crispó en respuesta a algo que yo había dicho.
De pronto, mientras examinaba su rostro tan hermoso e intentaba comprender el porqué de aquella crispación, me di cuenta de que, aunque fuera fugazmente, estaba de verdad en brazos de Edward y que no nos iban a matar, al menos por el momento.
—Ay, Edward —se me empezaron a saltar las lágrimas y al poco también comencé a gimotear.
Era una reacción estúpida. Las lágrimas eran demasiado gruesas para permitirme volver a verle la cara y eso era imperdonable. Con seguridad, sólo tenía de plazo hasta el crepúsculo; de nuevo como en un cuento de hadas, con límites después de los cuales acababa la magia.
— ¿Qué es lo que va mal? —me preguntó todavía lleno de ansiedad mientras me daba amables golpecitos en la espalda.
Enlacé mis brazos alrededor de su cuello. ¿Qué era lo peor que él podía hacer?
Sólo apartarme, así que me apretujé aún más cerca.
— ¿No es de locos sentirse feliz justo en este momento? —le pregunté. La voz se me quebró dos veces.
Él no me apartó. Me apretó fuerte contra su pecho, tan duro como el hielo, tan fuerte que me costaba respirar, incluso ahora, con mis pulmones intactos.
—Sé exactamente a qué te refieres —murmuró—, pero nos sobran razones para ser felices. La primera es que seguimos vivos.
—Sí —convine—. Ésa es una excelente razón.
—Y juntos —musitó. Su aliento era tan dulce que hizo que la cabeza me diera vueltas.
Me limité a asentir, convencida de que él no concedía a esa afirmación la misma importancia que yo.
—Y, ¿Dónde está Ana, Alice? —dije con preocupación mirándola aterrada, nos habían dicho que nos quedáramos hasta la noche.
—Se encuentra perfectamente —me aseguró Alice. Había olvidado a Ana, ¡oh! se va a enojar cuando se entere —. Veré a Jasper en menos de veinticuatro horas — añadió Alice con satisfacción.
Alice era afortunada. Ella podía confiar en su futuro.
Yo no era capaz de apartar la mirada de Edward mucho rato. Después de pensar un momento en Ana y saber que estaba a salvo hasta que saliéramos de aquí me calmo en ese aspecto. Observé fijamente a Edward, deseando más que nunca ese futuro que nunca ocurriría, que aquel momento durara para siempre o si no, que yo dejara de existir cuando acabara.
Edward me devolvió la mirada, con sus suaves ojos oscuros y resultó fácil pretender que él sentía lo mismo. Y así lo hice. Me lo imaginé para que el momento tuviera un sabor más dulce.
Recorrió mis ojeras con la punta de los dedos.
—Pareces muy cansada.
—Y tú sediento —le repliqué en un susurro mientras estudiaba las marcas moradas debajo de sus pupilas negras.
Él se encogió de hombros.
—No es nada.
— ¿Estás seguro? Puedo sentarme con Alice —le ofrecí, aunque a regañadientes; preferiría que me matara en ese instante antes que moverme un centímetro de donde estaba.
—No seas ridícula —suspiró; su aliento dulce me acarició la cara —. Nunca he controlado más esa parte de mi naturaleza que en este momento.
— ¿Y qué era toda esa cháchara sobre cantantes? —preguntó Alice en un momento determinado.
—La tua cantante—señaló Edward. Su voz convirtió las palabras en música.
—Sí, eso —afirmó Alice y yo me concentré por un momento. Ya puestos, también me preguntaba lo mismo.
Sentí cómo Edward se encogía de hombros.
—Ellos tienen un nombre para alguien que huele del modo que Bella huele para mí. La llaman «mi cantante», porque su sangre canta para mí.
Alice se echó a reír.
Estaba lo suficientemente agotada como para dormirme, pero luché contra el cansancio. No quería perderme ni un segundo del tiempo que pudiera pasar en su compañía. De vez en cuando, mientras hablaba con Alice, se inclinaba repentinamente y me besaba. Sus labios —suaves como el vidrio pulido — me rozaban el pelo, la frente, la punta de la nariz. Cada beso era como si aplicara una descarga eléctrica a mi corazón, aletargado durante tanto tiempo.
…
Salimos por un lujoso vestíbulo decorado con gran gusto. Fui la única que volvió la vista atrás para contemplar el castillo medieval que albergaba la elaborada tapadera. Sentí un gran alivio al no divisar la torrecilla desde allí.
Los festejos continuaban con todo su esplendor.
No me di cuenta del momento en que Alice desapareció de mi lado. Miré alrededor para hacerle una pregunta, pero ya se había ido.
— ¿Dónde está Alice? —susurré llena de pánico.
—Ha ido a encontrarse con Ana, ― al pronunciar su nombre la mandíbula le palpito ― y recuperar vuestros bolsos de donde los escondió esta mañana.
Se me había olvidado que podría usar mi cepillo de dientes. Esto mejoró mi ánimo de forma considerable. Bueno también estaba un poco feliz por ver a Ana
—Está robando otro coche también, ¿no? —adiviné.
Me dedicó una gran sonrisa.
—No hasta que salgamos de Volterra.
Parecía que quedaba un camino muy largo hasta la entrada. Edward se dio cuenta de que me hallaba al límite de mis fuerzas; me pasó el brazo por la cintura y soportó la mayor parte de mi peso mientras andábamos.
Me estremecí cuando me guió a través de un arco de piedra oscura. Encima de nosotros había un enorme rastrillo antiguo. Parecía la puerta de una jaula a punto de caer delante de nosotros y dejarnos atrapados.
Me llevó hasta un coche oscuro que esperaba en un charco de sombras a la derecha de la puerta, con el motor en marcha. Para mi sorpresa, se deslizó en el asiento trasero conmigo y no insistió en conducir él.
Alice habló en son de disculpa.
—Lo siento —hizo un gesto vago hacia el salpicadero —. No había mucho donde escoger.
Mire fijamente a Ana, o por lo menos lo que se podía ver de ella, ya que estando de lado sin mirar atrás no ayudaba, respondí a Alice.
—Está muy bien, Alice —sonrió ampliamente—. No todos van a ser Turbos 911.
Ella suspiró.
—Voy a tener que comprarme uno de ésos legalmente. Era fabuloso.
—Te regalaré uno para Navidades —le prometió Edward con el cuerpo tenso. Desde que se subió estaba así, creo que por culpa de Ana
—Amarillo —le dijo Alice a Edward.
Edward me mantuvo abrazada con fuerza. Me sentía calentita y cómoda dentro de la capa gris. Más que cómoda a decir verdad pero mi cabeza era un hervidero y Ana no me miraba ni hablaba, como si estuviera enojada con migo.
― Ana…
—Ahora puedes dormirte, Bella —murmuró sin dejarme terminar de hablar—, ya ha terminado todo.
Sabía que estaba más que enojada, dolida pero su mente no me dejaba entrar y tenía miedo de que fuera algo malo de verdad , algo insuperable, tuve que tragar saliva con fuerza antes de poder intentar hablarle de nuevo.
—No quiero dormir. No estoy cansada.
Sólo la segunda parte era mentira. No estaba dispuesta a cerrar los ojos. Edward presionó los labios contra el hueco que había debajo de mi oreja.
—Inténtalo —me animó Edward, pero yo no quería que él hablara o bueno si, pero quería a Ana y ella estaba demasiado distante.
Yo sacudí la cabeza para apartar las lágrimas.
Él suspiró.
—Sigues igual de cabezota.
Lo era. Luché para evitar que se cerraran mis pesados párpados y gané. En el vuelo a Roma Ana no quiso estar cerca de mí y Edward quien me tenía en sus brazos y solo en momentos de verdad necesarios era que me soltaba, está feliz teniéndolo aunque el fuerte golpe cuando se fuera de nuevo seria mortal. Le pregunté a la azafata de vuelo si podía traerme una Coca -Cola.
—Bella... —me reconvino Edward, sabedor de mi poca tolerancia a la cafeína.
Alice viajaba en el asiento de atrás con Ana. Podía oírle murmurar algo a Jasper por el móvil, y de Ana no escuchaba ni los pensamientos.
—No quiero dormir —le recordé. Le di una excusa que resultaba creíble porque era cierta—. Veré cosas que no quiero ver si cierro ahora los ojos. Tendré pesadillas.
No discutió conmigo después de eso.
Podría haber sido un magnífico momento para charlar y obtener las respuestas que necesitaba. Las necesitaba, pero, en realidad, prefería no escucharlas. Me desesperaba simplemente el pensar lo que podría oír. Teníamos cierto tiempo por delante y él no podía escapar de mí en un avión, bueno, al menos, no con facilidad.
Nadie podía escucharnos excepto Alice; era tarde y la mayoría de los pasajeros estaba apagando las luces y pidiendo almohadas en voz baja. Charlar podría haberme ayudado a luchar contra el agotamiento.
Pero, de forma perversa, me mordí la lengua para evitar el flujo de preguntas que me inundaban. Probablemente, me fallaba el razonamiento debido al cansancio extremo, pero esperaba comprar algunas horas más de su compañía y ganar otra noche más, al estilo de Sherezade, si posponía la discusión.
Salí triunfante en la lucha contra mis párpados pesados. Estaba despierta cuando llegamos al aeropuerto de Atlanta e incluso vimos el sol comenzando a alzarse sobre la cubierta nubosa de Seattle antes de que Edward cerrara el estor de la ventanilla. Me sentí orgullosa de mí misma. No me había perdido ni un solo minuto.
Alice y Edward no se sorprendieron por la recepción que nos esperaba en el aeropuerto Sea-Tac, pero a mí me pilló con la guardia baja. Jasper fue el primero que divisé, aunque él no pareció vernos a nosotros en absoluto. Sólo tenía ojos para Alice. Se acercó rápidamente a ella, aunque no se abrazaron como otras parejas que se habían encontrado allí. Se limitaron a mirarse a los ojos el uno al otro, y a pesar de todo, de algún modo, el momento fue tan íntimo que me hizo sentir la necesidad de mirar hacia otro lado.
Carlisle y Esme esperaban en una esquina tranquila lejos de la línea de los detectores de metales, a la sombra de un gran pilar. Esme se me acercó, abrazándome con fuerza y cierta dificultad, porque Edward aún mantenía sus brazos en torno a mí.
— ¡Cuánto te lo agradezco...! —me susurró al oído.
Después, se arrojó en brazos de Edward y parecía como si estuviera llorando a pesar de que no era posible.
—Nunca me hagas pasar por esto otra vez —casi le gruñó.
Edward le dedicó una enorme sonrisa, arrepentido.
—Lo siento, mamá.
—Gracias, Bella —me dijo Carlisle—. Estamos en deuda contigo.
—Para nada —murmuré. La noche en vela empezaba a pasarme factura. Sentía la cabeza desconectada del cuerpo. Aun así recordé a Ana que estaba un poco apartada de nosotros y lo que vi me dejo helada.
Un incomodo silencio se extendió entre los cinco vampiros
—Está más muerta que viva —reprendió Esme a Edward rompiendo el silencio —. Llévala a casa.
No sabía si era a casa adonde quería irme ahora; llegados a este punto, me tambaleé, medio ciega a través del aeropuerto, mientras Edward me sujetaba de un brazo y Esme por el otro, pero no, la debilidad del cuerpo no me podía vencer en este momento, me sacudí de su agarre y camine hacia Ana.
Tenía la mirada clavada en un punto fijo sin ver nada en realidad, pero la cara de espanto era lo que me tenia asustada, ella nunca se asustaba, y si lo estaba, algo malo a de recordar, sabía que no era sobre Edward y su familia era algo más, intente entrar en su mente pero no me dejo, estaba bloqueada para mí.
Llegue frente a ella y la tome de las manos que colgaban inertes a cada lado de su cuerpo y ella seguía sin mirar nada. Empuje la barrera y lo que vi me tenso todos los músculos del cuerpo, ella estaba reviviendo sus recuerdos, aquellos que solo Edward pudo ver el día que ella apareció.
Escuche un ruido fuerte que me lastimo los oídos, pero la oscuridad me absorbió, no supe si fue por el cansancio o el dolor. Lo último que sentí fue unos brazos me atrapaban y Ana soltaba mis manos.
…
