Título: Aquel jardín
Fandom: Axis Powers Hetalia
Pairing: España/Italia del Sur
Clasificación: K
Advertencias: Utilizo los nombres humanos. Antonio para España, Lovino/Lovi para Italia del Sur. Breve aparición de Francia.
Palabras: 1350
Notas: Muerto de risa en mi ordenador, he decidido colgarlo. He sustituido la imagen de un posible OC, Occitania, por un príncipe (random). Las albadas, canciones y romances son un tipo de estructuras de poemas (para más, a don G de Google).


Me dijo que no abriera la puerta de aquel jardín.

Como lo hagas, te juro que te hago picadillo—me amenazó.

Ay, ese Lovino... Es tan mono cuando se enfada que me entraron unas ganas terribles de besarle, como siempre. Pero quiero saber qué hay más allá; lleva escondiéndomelo un mes entero, viniendo cada mañana de hurtadillas de ese sitio. ¿Por qué siempre tendré que levantarme tan tarde? Para entonces ya ha vuelto a casa y no suelta prenda.

Venga, Lovi, dime algo~
¡Que no, idiota! Todavía hay que esperar...
¿A qué?
A na-nada... —y se puso más rojo que el trozo de tomate que había pinchado de la ensalada. Me lo quedé mirando.

Me atravesó con esa mirada que tiene, tan directa. Yo sonreí simpáticamente, y su mirada perdió fuerza. Acerqué la mano a su mejilla, y él bajó sus ojos ámbares. Quise llegar hasta él, besarle.

¡Lasciami, que no te lo voy a decir!

Y me abandonó. Fue muy cruel de su parte.
Bueno, no siempre puedes conseguir cumplir las expectativas que te has marcado.


Me dijo que no abriera la puerta de ese jardín.

Pero la noche ya estaba en su cenit y él estaba profundamente dormido tras una noche más bien movidita. Antes de caminar lentamente hasta la puerta me quedé mirándolo un largo rato bajo la luz tenue de la luna, y quise repetir la experiencia. Era tan diferente, durmiendo con tanta tranquilidad... Sin embargo, no podía dejar escapar aquella maravillosa oportunidad que me había proporcionado mi Lovi.

En cuanto pude, huí, llevando el llavero en el bolsillo derecho y una pequeña linterna en el izquierdo.

La humedad se me enganchaba, las calles de la pequeña ciudad estaban vacías; sólo vi un gato pasar, tan rápidamente que parecía un sueño fugaz. Por ahí un ronquido, por allá una televisión encendida. Los grillos se contestaban desde los diferentes barrios, y se concentraban en el jardín. Toqué la puerta. Estaba gastada, la pintura verde tenía un tacto seco, como de plástico, y el pomo era un trozo de hierro doblado. La abrí, cerrando detrás de mí, y busqué la linterna.

Oh, vaya... Supongo que se me había caído por el camino.

Avancé a tientas, intentando no destrozar ni las patatas ni las tomateras del pequeño huerto. Aparte de las verduras no había nada, o eso creía pensar en la oscuridad. Con la llave pequeña, la que daba al cobertizo, me asomé y encendí la solitaria bombilla.


Me dijo que no abriera la puerta de este jardín.

Y lo que encontré me hizo congelar la sonrisa que hasta entonces había bailado en mis labios. Con esa débil luz podían verse unas cuantos tiestos con claveles, esperando a crecer más, y al acercar la mano a la ventana, mis dedos chocaron contra algo.

Un viejo laúd. Mi laúd.

¿Cómo narices había conseguido eso?


¿Adónde va ese niño/Llevando a cuestas su corazón?/La pena lo ha ahogado/Y el mundo no parece tener razón.

Los dedos recorrían las cuerdas como si de peces escurridizos se tratasen. El adolescente del trono, con una posición descaradamente despectiva, tenía un brillo diferente en sus ojos azabaches. Cuando se levantó, el cantor hincó una rodilla en el suelo, con tan mala pata que se tropezó y rompió el mástil de su laúd.

Estaba a punto de llorar, pero se contuvo, y esbozó una expresión culpable.

Mis disculpas por haber protagonizado semejante espectáculo, mi señor. No debo ser tan impetuoso.

El joven se sonrió.

¿Qué ha sido eso? ¿Una albada o una canción? ¿O quizás un romance? No te mantengo para que hagas tus propias composiciones y que no hablen de amor o de guerra.

El de ojos verdes se sintió todavía más torturado. Debía seguir siempre las rígidas normas de la poesía, siempre... Y su señor no hacía más que reducirle a la nada.

Con su venia, mi señor, me retiraré.

La voz del adolescente se escuchó como un rayo justo antes de que cruzara la puerta y corriera hasta sus aposentos para sonreír por fuera y llorar para sus adentros.

Espera, Antonio. Haré que te hagan otro.
No es necesario. En serio. —La mirada turbia del cantor le aclaró que mentía descaradamente.

El joven bajó del trono pero, antes de que se diera cuenta, Antonio ya había cerrado la puerta. Meses después de haberlo rechazado, ese adolescente vio cómo el príncipe se convertía en un adulto, en el rey, por la guerra. Ya no llevaba un sayo ni un laúd, sino espada y caballo... hasta que una gran peste asoló la ciudad y también el castillo.
El joven en el trono oía el ruido de los caballos acercándose.
Francia no lo miró en cuanto llegó a la sala. El rey estaba prácticamente consumido por las enfermedades, y quién sabría si viviría poco más. Antonio avanzó unos pasos.

Decide lo que quieras, Antonio, pero vete de aquí.

Sacó de uno de los laterales del trono un laúd roto por el mástil.

Vete.

Lo empujó contra su pecho, y después giró la cabeza, como si ya no los viera.

Vete...

Y quiso esconder sus lágrimas hasta que aquel pequeño que ya no lo era se llevó el instrumento y se retiró de aquella cámara, cada vez más sumida en la oscuridad. Solo recordaba habérselo dado a alguien... y ya no recordaba a quién.


Esta memoria...

Al lado del laúd, ya restaurado, había varias hojas, todas llenas de garabatos. Me acerqué para ver la letra desgarbada de Lovi buscando todas las posibilidades para felicitarme por mi enésimo cumpleaños. En algunas en que parecía que me superaba en pastelosidad y romanticismo, había pasado el bolígrafo un montón de veces junto a exclamaciones tipo «¿¡Pero cómo le voy a escribir eso!».
Lo que ponía, en resumen, era algo como:

«Feliz aniversario, Antonio. Cada año más viejo. No sabía qué regalarte, así que busqué y encontré este laúd en casa de Francis, que me lo regaló con una sonrisa malvada. ¿En qué narices estaría pensando ese idiota? Lo increíble es que he encontrado una A tallada en la madera, como si fuera otra decoración, pero el tacto es diferente. ¿Puede ser tuyo? Sea como sea, lo he arreglado (¡ni se podía sujetar, Dio!)... ya me dirás mañana qué te parece.

Te quiero,
Lovino».

Añado que el «Te quiero» era tan pequeñito que he tenido que poner una lupa que había por ahí cerca. Al juntar los fragmentos, no sé porqué, me sentía raro. Recordar cosas del pasado nunca se me ha dado bien, y menos en los peores momentos, como... ¡no, no pienses en la Armada Invencible!

Y teniendo pesadillas de este tipo acabé rendido, dormido en esa silla tan incómoda.


Me dijo que no abriera la puerta del jardín.
Pero la acabé abriendo, y sentí que alguien me pellizcaba la mejilla con fuerza. Ya sabía perfectamente quién era y lo acabé agarrando de la muñeca, repasando sus dedos uno a uno, con un sabor amargo en la boca.

—¡Estúpido bastardo! ¡Te dije que no entraras!

Es tan mono cuando frunce el ceño y tuerce la nariz.

—¿Eh?
—He encontrado la linterna en la entrada. Eres un despistado.

Me rasqué la nuca, mirando a las musarañas. No sabía qué decirle, hasta que recordé la carta y le sonreí abiertamente, atrapándolo por la cintura.

—Bueno... el laúd es mío. Lo rompí cuando le hinqué la rodilla a un príncipe mío, pero veo que lo has podido arreglar, y eso que tendrías que llevarlo a un museo.
—¿Qué pasa, que es más antiguo que yo?
—Casi que sí. Ven aquí.

«Vete.»

A pesar de las protestas lo hice sentar en mi regazo, y me hizo recordar esos tiempos en los que sólo era un niño. Inspiré el aire de la mañana, tan fresco que dolía en el pecho.

—¡Déjame ir, que ya no soy un crío!
—Ya lo sé... —y acerqué sus labios a los míos, demostrándole que tenía razón, sin darle tiempo a susurrarme siquiera un «felicidades».