Como ayer me gradué, Rumiko de regalo me dió a los personajes. Así que sí: ¡Fuckyeah!(?) *Atrás se lee un cartel: Mentira, los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia no cobra nada*. D:

Ah, por cierto, el título del capítulo está basado en la canción "That girl", de McFly. ;)


La vida es así.
#9
"Pero tres días después regresé para verla y ella estaba con otro chico."

Cero, game over.

Kagome estaba tensa, hoy era el día que le tocaba regresar al Sengoku y, pues, eso. Sí, estaba nerviosa. No quería hacerlo, pero no podía tampoco quedarse.

—¿Kagome? —preguntó Hôjô. Como ella no respondió a su llamado, la abrazó por la espalda.

Se había reconciliado con él el día después de la pelea. Como ella no había llegado a dormir a su casa, éste se había preocupado y había salido a buscarla. Cuando fue a preguntarle a su nuera si sabía dónde estaba, la que abrió fue Kagome. Sin decir nada la abrazó y le dijo que se había preocupado por ella y su bebé, a lo que Kagome, con las emociones —y la bipolaridad— a flor de piel, lo había besado. Sôta, que iba pasando, les había gritado "¡Asco! ¡Consíganse un cuarto!" y los dos se habían sonrojado. Aún así, la chica le había dicho que no quería ir a dormir hoy con él, no porque estuviera enojada, si no porque quería consejos maternales y sentirse en el calor de su hogar de toda la vida antes de salir a enfrentarse con —como ella había dicho:— "No-sé-qué-chingaderas".

Él había aceptado diciéndole que a la mañana siguiente iría por ella para desayunar. Kagome se había negado excusandose con que no podía faltar a su trabajo, a lo que Hôjô había respondido "¡Al diablo con el trabajo!" y le había sonreído "Prefiero pasar tiempo contigo antes de que..." pero no había terminado la frase. Kagome le acarició la mejilla y, luego de unas lindas palabras románticas, él se había retirado a su casa y Kagome se fue a dormir.

Así que a la mañana siguiente habían ido a desayunar, al ginecólogo para ver por medio de ultrasonidos a su bebé, al centro comercial por un helado de mango y luego a caminar con Eri por la nueva explanada de cemento que había cerca del consultorio de psicología de ésta. Ah, y al final se había ido cada quién a su casita bonita.

—Estoy nerviosa, no quiero ir —respondió finalmente ella, agarrándo los brazos de Hôjô con sus suaves y pequeñas manos.

—Yo no quiero que vayas, aún no me hago la idea, pero puedes pedirle a Keme que...

—Es Kaede —le corrigió.

—Ah, lo siento —se desculpó— a Kaede que haga otro collar como el que tenía el tipo ése. Uno que reaccione con la palabra idiota, o desgraciado.

Kagome rió y se dió la vuela para besar a su futuro marido. Él pasó sus manos por su cintura y correspondió al beso.

En eso sonó el teléfono. Gruñedo, él fue a contestar.

—¿Bueno? —hizo silencio para escuchar a la persona del otro lado—. ¿Y no lo puedes arreglar tú? —preguntó, escuchó, respondió—. ¡Akemi! —volvió a guardar silencio—. ¡Argh, está bien! ¡Ya voy! —Y colgó.

—¿Qué pasó, amor?

—Akemi, mi secretaria, me metió en uno bueno —dijo, agarrándose el puente de la nariz y cerrándo los ojos—: envió unas cartas mal y ahora debe hacerlo de cero, pero necesita mi ayuda y es todo un maldito trabajo. ¡No puede hacer nada bien! —Se notaba el estrés.

—Hôjô, cálmate —dijo Kagome— No seas tan duro con ella, seguro sólo quiere ayudarte.

Él suspiró.

—Debo ir a la oficina, pero... —Miró a Kagome.

—Voy a estar bien, iré con Eri o a comer algo a algún lado, no te preocupes —le dijo con un sonrisa.

Hôjô se acercó y la jaló hasta protegerla en su pecho. Kagome cerró los ojos.

—Kagome, prométeme que vas a tener cuidado, que no vas a dejar que ninguno de ésos idiotas te pase por encima, que si no te parece no lo harás, prométeme que... —dudó— Prométeme que no voy a perderte.

Con eso útimo no se refería a que muriera, y Kagome lo sabía. Agarró con ambas manos las mejillas del hombre para que la viera fijamente.

—Hôjô, escúchame bien, no me va a pasar nada. —Sentenció— Además, InuYasha está muerto para mí, mi corazón no late por él, late por TI. Jamás podría sentir algo por él más fuerte que lo que ahora siento por ti, ¿me oyes? Yo soy tuya. —terminó y le dio un pequeño piquito en los labios—. Ahora ve antes de que el jefe quiera despedir a Akemi.

Él sonrió.

—Si no regreso antes de que ese pelmazo te venga a buscar, quiero que sepas que te amo —afirmó.— Y quiero que le digas de mi parte que, si te hace algo, cuando estés de éste lado voy a destruir ese pozo para que se quede bien en donde está, ¿okay?

Kagome asintió e hizo un saludo militar poniéndose la mano en la frente.

—Sí, mi capitán.

Hôjô le besó la frente y salió camino a su trabajo.

Kagome suspiró y puso ambas manos en su abultado vientre.

—Tu papá es un gran hombre, se peocupa por nosotros y nos quiere, aunque está un poquito inseguro. Es medio tontito, pero muy, muy amoroso. —Sonrió.

Desde aquella vez, no había vuelto a sentir patadas o algún otro movimiento dentro de su panza. Inclusive llegó a creer que se lo había imaginado, pues era imposible que todo rastro de vida hubiese desaparecido de la nada. Hasta llegó a asustarse, cosa que duró más bien poco, luego de que la ginecóloga les confirmara que su niño estaba sano y salvo.

Quiso preguntarle si era posible que ya hubiese pateado, pero en el último momento se arrepintió, pues nadie más que ella lo sabía, y no quería que lo hicieran por ahora.

Volteó a ver el reloj en la pared. No sabía a qué hora InuYasha vendría a buscarla —porque seguro lo haría para evitar que escapara— pero quería estar lista para que no le agarrara un altibajo emocional o algo por el estilo.

Aunque ahora no tenía que preparar nada, bueno, tal vez un par de medicinas o aglo por el estilo, pero con un maletín se daba. No pensaba hacerles el favor de llevar la deliciosa comida de su madre, o llevarles regalos, no tenía por qué llevar los libros de estudio ni nada de esas cosas de antaño. Ropa sí, y ácido fólico para tomar. Pero nada más.

Agarró una mochila color negra de camping de Hoyo y empezó a buscar sus cosas. Lo médico estaba en el baño, agarró dos vendas, agua oxigenada, alcohol, curitas, desinfectante y una medicina reanimadora. Así como también gas pimienta, por las dudas al idiota de InuYasha se le ocurriera propasarse o algo así, ahora que no tenía el collar. Dos vestidos para su talle —embarazada— y cuatro sobres de ácido fólico, dos por semana, dos semanas estaba bien para adecuarse de nuevo, además, tampoco iba a quedarse muchos meses corridos como antes, tenía obligaciones aquí y no era que quisiera estar más tiempo del necesario.

Asintió resuelta y guardó todo.

—Muy bien... ¿Qué haré ahora? —Se preguntó. No le llamaba para nada la atención quedarse sentada sin hacer nada hasta que pasara lo que tuviese que pasar. Así que, despues de darle varias vueltas, decidió ayudar a su mamá con el quehacer de la casa.

Era viernes y, por ser el último día de la semana, Eri tenía trabajo en exceso. Todos los pacientes que no habían podido asistir o habían cancelado en la semana los tenía allí los viernes, por lo que ella no era una opción. Y Hôjô acababa de irse a trabajar.

No es que fuera asocial ni mucho menos, tenía varios amigos más, pero sólo ellos dos y su familia sabrían comprender su nerviosismo, si fuera con alguien más le preguntaría por qué estaba así y ella tendría que dar explicaciones innecesarias o mentir para zafarse de decirlas, y, admitámoslo, era pécima mintiendo.

Los viernes su madre hacía quehacer y sabía que perfectamente bien aceptaría ayuda. Además, limpiar la hacía olvidarse de las cosas negativas.

.&.

—InuYasha... InuYasha... InuYasha... InuYa...

—¡Qué quieres! —gritó enfadado.

—Oh, yo nada —se excusó Miroku, encogiéndose de hombros—. La pregunta, de hecho, sería: ¿Qué quieres tú?

Silencio.

—No me jodas, Miroku.

—No te jodo, InuYasha.

—Bien.

—Bien.

Silencio.

Miroku se levantó y se dispuso a caminar de vuelta a la aldea. Una de las orejas de InuYasha giró en su dirección al oirlo levantarse. Abrió un ojo y lo vió alejarse. Bien, pensó y lo volió a cerrar.

Aunque era curioso: ¿desde cuándo se hablaban? Claro, con él no tenía una guerra declarada como son Sango, o la ley del hielo recíproca, como con Kikyô, pero eso no quería decir que siguieran siendo tan amigos como siempre. No eran hostiles, pero simplemente pasaban el uno del otro.

—InuYasha...

¿Pero qué? No, esa voz no podía ser...

Abrió los ojos de golpe y los enfocó en la silueta que estaba en frente de él. Una muchachita de cabellos negros y largos, con un uniforme verde y blanco y ojos achocolatados estaba ahí, frente a él.

Le sonrió.

—Te he hechado muchísimo de menos —dijo en un susurro.

Él saltó de la rama en la que estaba y al instante ella se lanzó a abrazarlo.

—Kag-Kagome. —Cerró los ojos y la abrazó

Entonces "Kagome" se esfumó en medio de una nube de humo, dejando ver a un zorrito de cabellos rojizos y oír la risa de un monje pecador.

—Hijos de puta —murmuró iracundo y volvió a saltar a su rama.

Por un segundo... Por un segundo había tenido la ilusión de que ella estuviese ahí. Su Kagome. No la que lo odiaba y esperaba un hijo de otro hombre que no era él. No la que no quería saber nada de él. Si no la que se estresaba con la escuela, la que estaba perdidamente enamorada de él, la pequeña niña del uniforme. Su Kagome.

Ésa Kagome.

—Oh, vamos, InuYasha —dijo Miroku, secándose una lagrimita—. No te ofendas, era sólo un método para la confirmación de mis sospechas.

—Khe, me alegro.

Miroku carrspeó.

—No quiero que te las vayas a agarrar con Shippô o conmigo. Lo hicimos porque sabemos como te sientes y lo que necesitas para...

—Miroku, no me jodas. —Repitió.

El muchacho suspiró. No tenía caso. Debía aceptarlo por su propia cuenta.

—Sólo te diré que el amor nunca muere, InuYasha —y, ahora sí, comenzó a caminar a la aldea— Y que donde hubo fuego, cenizas quedan —le dijo por último.

Muérete.

.&.

—¡Kagome no es así! ¡Debes apretar la X para matarlos y la O es para...! ¡Bah olvídalo!

—¡Ayúdame Sôta! ¡Me van a matar! —gritó Kagome.

—¡Come tierra! —Y Souta le disparó al enemigo.

Kagome suspiró. Ella no servía para esas cosas de los videojuegos de Souta. Prefería verlo jugar.

—Hermano, mejor juega tú.

—No, hermana, vas mejorando. —Pero sabía que no era cierto.

—Kagome, querida —dijo su madre entrando a la sala donde sus dos hijos jugaban Resident Evil—. ¿Podrías ayudarme a lavar los platos?

—Claro, mami. —Se levantó y fue hasta la cocina.

Pero los platos ya estaban lavados, la mesa ordenada y su mamá estaba sentada en la mesa con dos tazas de té caliente en tazas de porcelana que jamás había sacado. Aunque Kagome sabía de qué eran esas tazas, pues ya las había visto antes: eran las tazas de té de ellos dos, de su padre y su madre. Los había visto usarlas varias veces con él en vida, pero jamás, luego de su muerte, habían sido usadas.

—¿Mamá? —Llamó.

—Kagome, escucha —comenzó la señora— yo... yo no sé por dónde empezar bien, hija, pero quiero que sepas que no me fío de InuYasha y ésos amigos tuyos.

¿Qué? ¿Era su mamá la que había dicho eso?

—¿Quén eres? Y ¿Qué le has hecho a Naomi Higurashi, mi madre? —Preguntó, medio en broma, medio en serio.

La mujer suspiró.

—Sí, Kagome, no me fío de ellos. Te lastimaron mucho, y no me gusta que la gente lastime a mi pequeña guerrera —dijo con tono maternal—. No estoy diciéndote que no vayas, eso lo comprendo, comprendo que es tu misión y, aunque no quisieras, te diría que vayas, porque lo que está pasando...

—Es mi culpa, lo sé —la señora arqueó una ceja—. ¿No era eso lo que ibas a decir?

Naomi negó.

—No, iba a decir que estaba más allá de mi entendimiento, pero si es tu culpa, con mayor razón debes ir —afirmó—. Pero quiero que te cuides, y que pase lo que pase sepas que cuentas conmigo.

Kagome tomó las manos de su madre y la miró con una sonrisa.

—Lo sé, mamá.

Entonces oyeron unos golpes en la puerta.

—Yo voy —dijo la embarazada.

.&.

InuYasha salió del pozo, en el lado del siglo XXI, dudoso. No sabía que hacer ahora, es decir, se suponía que debía esperarla o ir a por ella.

Es más: ¡Ni siquiera sabía dónde estaba! Bien podía estar aqui en el templo, o en su casa con Hobo-bobo, o caminando por ahí. O qué sé yo.

Decidió que, tal vez lo mejor sería ir a preguntarle a la señora Higurashi.

Dudoso, tocó la puerta.

Le abrió Kagome.

—¡InuYasha! —Exclamó sorprendida.

—Ehr... ¿Hola?

Se quedaron en silencio durante un tiempo que pareció eterno.

—Voy por mis cosas y nos vamos —dijo fría la chica y salió disparada al interior de la casa.

InuYasha se quedó ahí, sin más, parado.

Cuando Kagome regresó con su mochila negra, no estaba sola. Souta, su abuelo y su mamá venían con ella. InuYasha los saludó con un asentimiento de cabeza.

Fuero todos, los cinco hasta el pozo, donde se despidieron.

—InuYasha —él volteó a ver a la señora—, te encargo mucho a mi hija y a mi nieto —pronunció esa palabra con un cariño palpable.

—Descuide señora, están en buenas manos —dijo él.

Naomi asintió y, así ambos saltaron por el pozo.

A Kagome se le cortó la respiración cuando tocó el piso del pozo del pasado. Ah, calma mujer. No es para tanto, se dijo.

InuYasha saltó afuera y le tendió su mano, Kagome la agarró y salió. La inseguridad se apoderó de ella.

—Yo... —Comenzó Kagome. Miró a InuYasha con los ojos entrecerrados.— No debiste regresar, InuYasha —dijo la azabache enojada—, estaba mucho mejor sin ti —continuó—. Tenía una vida perfecta.

Él bufó.

—Pues lo lamento, pero aún debemos acabar con Naraku.

—¿Conmigo? —Ambos giraron sobresaltados para encontrarse con una silueta con piel de mandril—. Oh, no se asusten, soy solo una marioneta, y no he venido a hacerles daño. Más bien a entregarles un mensaje —prosiguió.

—Khe, ¿qué quiere Naraku ahora?

La marioneta, sin perder la calma, examinó de arriba a abajo a Kagome. Una sonrisa macabra surcó su rostro al detenerse en el vientre de la mujer. Miró a InuYasha, después regresó con ella y entonces se echó a reír. Patético, resonó su voz por los alrededores, mas no abrió la boca en ningún momento.

Posteriormente, con la rapidez del rayo, desapareció para aparecer detrás de Kagome, la tomó del cuello y acercó su boca al oído de ella. InuYasha desenvainó a Tessaiga y la apuntó a la marioneta.

—Cuidado, porque los voy a matar a todos —susurró y despareció.

Kagome cayó al suelo de la impresión, InuYasha guardó su espada y se quedó viendola respirar entrecortadamente. Sin saber qué hacer, sin atreverse a tocarla.

—¿Mujer?

—Estoy bien —susurró y se levantó—. Pero será mejor que ese bastardo no nos toque ni a mi ni a mi bebé —dijo desafiente, tras haberse recuperado.

—No lo va a hacer, yo los voy a proteger —juró él sin dudarlo, como antaño.

—Más te vale hacerlo —espetó ella.

ÉL suspiró. Deefinitivamente, esta no era su Kagome.

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Reeditado.

Me pego un tiro, lo escribí en tres horas. TRES HORAS, cuando generalmente tardo como una semana plasmando solo la idea y otra corrigiendo y puliendo. Merezco un aplauso.

Ya saben, comenten, comanse sus vegetales y hagan ejercicio.

Se despide Finn McMissile, inteligencia británica.