Disclaimer: Los personajes de la Saga Crepúsculo son creación de la Sra. S. Meyer y la historia es adaptación de una novela de época cuya autora y biografía se publicarán al final. La producción de este fics es una mera actividad recreativa, sin fines de lucro. Creada para el blog de Doris Cullen - Advertencia: Lenguaje adulto.
Cuando el comisario Finnegan les contó que habían detenido a los dos tipejos implicados en el asunto con Betty, Isabella no sintió tranquilidad alguna. Oyó el relato y agradeció la eficacia de la policía que había tardado solo tres días en dar con ellos, pero algo le decía que nada había acabado y que esos hombres no representaban en realidad el peligro verdadero.
Finnegan, encantado, se presentó en la casa después de que Betty identificara a los delincuentes en comisaría y les había dado una copia de las declaraciones de cada uno donde implicaban al extranjero rico que les había pagado una fortuna por vigilar la casa, a la familia y finalmente por intentar dar con un sobre muy importante que sabían, viajaba con lord Saint-Masen .
Edward, que llevaba dos noches durmiendo en su dormitorio, la miró a los ojos buscando una reacción e inmediatamente notó su inquietud y su desconfianza, volvió a hojear los informes, levantó los ojos y los clavó en el policía.
—¿Y dónde está Denalli?
—No en Dublín, milord, seguramente ese hombre debe estar muy lejos de aquí.
—¿Está seguro?, ¿sabe que es un delincuente buscado por el gobierno de Su Majestad?
—Sí, milord.
—Bien pues, gracias comisario, pero le rogaría que la guardia continúe entorno a la casa.
—Sólo puedo asegurarla durante las noches, duque. —El policía se movió algo incómodo, había cogido a los delincuentes y no podía mantener a sus agentes pendientes de una sola casa, con la actividad delictiva que había en su ciudad—. Con esos hombres detenidos...
—Hay detrás mucha gente peligrosa, señor Finnegan —susurró Isabella— tengo miedo por mi hijo, si no han detenido a Denalli, esto no para aquí.
—Puedo recomendarles un servicio de escolta privada, Isabella, no puedo hacer más, nosotros somos un servicio público y hemos cogido a los culpables, entiéndelo, hija.
—Sí, claro, lo comprendemos, comisario, le ruego por favor que nos recomiende a unos profesionales. —Saint-Masen lo miró y le hizo un gesto para que salieran hacia el salón, su mujer estaba muy pálida y la dejó sentada en una de las butacas, cuando regresó tras despedir al policía, ella seguía quieta en la misma posición y sólo reaccionó cuando le habló desde muy cerca—. ¿Qué pasa?
—Siento que en realidad no han hecho nada, lamentablemente.
—Estoy de acuerdo, le he pedido a Emmett que se ocupe de los guardaespaldas, dentro de unas horas tendremos a esa gente aquí... deberíamos regresar a Londres —bufó— ya llevamos mucho tiempo en Dublín.
—No, no. —Se puso de pie mirándolo a los ojos—. Quiero celebrar el primer cumpleaños de Edward aquí, además el tiempo no es bueno y volver ahora puede ser muy difícil, hasta peligroso.
—Bien, ha sido solo una idea.
—Gracias milord.
—¿Milord? La miró sonriendo, tenía una necesidad enorme de tocarla, abrazarla, consolarla, pero era imposible—. ¿Hasta cuándo?
—Voy a vestir a Ed —respondió con una media sonrisa— nos vamos a tomar el té a casa del tío Peter... su hija, mi prima se ha comprometido y nos ha invitado a una merienda.
Salió sin despedirse y con el corazón desbocado. Edward Saint-Masen la ponía muy nerviosa. Sus ojos eran demasiado intensos y su presencia demasiado rotunda. Corrió hasta su cuarto, preparó al niño y se fue caminando, muy abrigados, a la casa de sus tíos ubicada al otro lado del parque, con su madre, su suegra, su hermana y la niñera, sería solo un rato y les vendría bien relajarse un poco, al salir le dijeron que lord Saint-Masen había salido para cumplir con un compromiso en el Club de Caballeros y ella asintió intentando disimular tanto revuelo de sentimientos, dos noches seguidas él había dormido a su lado y las dos noches ella había dormido mejor que en toda su vida.
—Lady Saint-Masen . —El mismísimo Aro Denalli se le presentó delante, en el salón de su tío, mientras el resto de la gente seguía tranquilamente con sus charlas y sus risas. Había al menos treinta personas en la merienda, rodeándolos y nadie podía sospechar el miedo que ella experimentó al verlo ahí delante, elegante y educado— ¿Cómo está?
—Señor Denalli, me sorprende, ignoraba que conociera a mi tío.
—Los irlandeses son muy acogedores, milady, un amigo me ha invitado a esta velada.
—¿Qué quiere?
—Ya lo sabe. —El diplomático tomó un trago de coñac y la observó con naturalidad—. Un sobre color vainilla que mi difunta esposa, que en gloria esté, le hizo llegar desde París, no me mire así, milady, sé que lo tiene, que su distinguido marido lo trajo a Dublín, démelo y fin de la historia.
—No sé de qué me habla.
—Tiene un sentido del honor que yo calificaría de... ¿varonil? Es insólito encontrar a una mujer tan... ¿Cómo se dice? ¿ Loyal?
—Leal... pero no es cuestión de lealtad, ¿usted secuestró a mi hijo?, ¿fue capaz de hacer algo semejante, señor? Avanzó hacia él conteniéndose para no gritar, miró a su alrededor, estaba sola, nadie podía ayudarla—. ¡Cómo vuelva a acercarse a mi hijo lo mataré con mis propias manos!
—Me acusa de algo muy grave, milady, muy grave. —Retrocedió sin dejar de mirarla.
—¡No se vaya! Caminó hacia él furiosa, intentando retenerlo, pero fue imposible, él hombre era extraordinariamente hábil, ella lo siguió casi corriendo y salió a la calle sin abrigo, con el fino vestido de cocktail pegándose al cuerpo, llegó a la calle, donde la nieve cuajaba suavemente sobre los adoquines y caminó buscándolo decidida a retenerlo, pero no lo vio, hasta que detrás de unas rejas, en una esquina, la mano enorme del ruso se cerró sobre su cuello, la empujó y la estampó literalmente contra una pared.
—Es una mujer muy persistente —le dijo en el oído, Isabella percibió el aliento apestoso a licor contra la cara y se revolvió desesperada, pero él volvió a apretarla contra la pared con fuerza— y preciosa, milady, Saint-Masen es muy afortunado, disfrutó de mi mujer... yo debería cobrarme esa deuda con usted —bajó la mano y le tocó los pechos firmes cubiertos por la fina tela, ella gritó, le pegó una patada en las canillas, pero Denalli la inmovilizó con una furia desmesurada golpeándole la cabeza contra la pared—.Cuidado, milady, puedo matarla con una sola mano y no querrá dejar huérfano a ese precioso hijito que tiene.
—¡Suélteme! Veía muchos puntitos de colores y las lágrimas brotaron sin poder evitarlo.
—¡El maldito sobre! Mandaré a buscarlo y me lo dará, sin concesiones y como el estúpido engreído de su marido haga algo, acabaré personalmente con su retoño, ¿me oye?
—¡Suélteme!
—Debería buscarse un hombre, no un pelele, un marido de verdad que sepa protegerla y cuidarla. —Con furia la empujó hacia la calle, Isabella cayó al suelo y evitó el golpe mayor afirmándose sobre las palmas de las manos. Oyó que Denalli decía algo más, pero ya no lo entendió, el mareo fue más intenso y los puntitos se multiplicaron...cerró los ojos y se desmayó sin remedio.
Cuando la encontraron tirada en plena calle estaba casi cubierta de nieve. Uno de los empleados de la casa la encontró al salir para buscar carbón en un almacén cercano y dio el grito de alarma. Todos los invitados se precipitaron a la calle y alguien la envolvió en una manta y la subió a uno de los dormitorios para arroparla e intentar hacerla entrar en calor. Tenía los pies morados de frío, lo mismo que los labios, las manos y las orejas. Afortunadamente había al menos dos médicos entre los asistentes a la merienda e impidieron inmediatamente que la acercaran de golpe al fuego o la metieran en agua caliente como pretendía su madre entre sollozos. La dejaron envuelta entre edredones y mantas en la cama, después de que su hermana y Alice la desnudaran, y esperaron a que se recuperara lentamente del estado casi de congelación en que se encontraba; más de media hora después la joven empezó a abrir los ojos preguntando continuamente por su bebé.
—Está con Bree no te preocupes.
—Tráelo mamá, quiero verlo, tráelo —repetía en una especie de nebulosa que le impedía abrir los ojos.
—¡¿Qué demonios ha pasado?! Edward Saint-Masen llegó a la casa del tio de Isabella alertado por uno de los sirvientes del abogado, el Club de caballeros no quedaba muy lejos, la ciudad era muy pequeña comparada con Londres y llegó a la casa en pocos minutos, agitado y casi corriendo. Cuando pisó el hall de entrada y uno de los médicos le explicaron de manera resumida el asunto, Isabella sola, tirada en mitad de la acera, casi congelada y sin motivo aparente—. Dios mío... ¿qué te ha pasado?
—Denalli —balbuceó cuando sintió su aliento muy cerca, abrió los ojos y se encontró con los de él asustados y transparentes—. Dijo que mataría a Ed... Denalli...
—¿Cómo? Se sacó el abrigo y la chaqueta y se sentó en la cama, le acarició el pelo húmedo y se asustó de verla tan pálida, con los labios amoratados, la arropó con delicadeza y la miró desde muy cerca—. ¿Qué dices?
—Denalli, dijo que lo mataría si no se lo daba...
—¿Ese bastardo te hizo esto?, ¿te pegó? ¡Dime que demonios te hizo ese hijo de perra!
—Dijo que alguien lo había invitado aquí, búsquelo, qué le diga dónde está ese hombre. —Isabella intentaba transmitir seguridad con sus palabras pero se oía temblorosa y susurrando—. Búsquelo, matará a Edy.
—No le hará nada a Edy, tranquila. Está ardiendo, creo que tiene fiebre, llama al médico Rosalie... —se dirigió a las mujeres que los observaban e hizo amago de levantarse, pero Isabella, con una fuerza descomunal, lo agarró por la pechera de la camisa para evitar que se marchara.
—Busque a quién lo trajo... ¡búsquelo!
—Bien, bien, iré... doctor —dijo viendo entrar al médico— por favor, creo que tiene mucha fiebre, ahora vengo, bajaré a buscar a esa persona.
Desapareció tal como había entrado, casi a la carrera, el corazón le latía con fuerza en el pecho, estaba indignado, furioso... si ese bastardo de Denalli era quién le había hecho daño lo mataría con sus propias manos, solo era una mujer, una cría y una madre. ¡Maldita sea! Llegó al salón aún lleno de gente y preguntó en voz alta y clara.
—¿Quién de ustedes, señores, invitó a esta casa hoy a un diplomático llamado Aro Denalli? Se puso en medio de la sala y todos los ojos convergieron en su alta, atractiva y elegante estampa, a su espalda Peterr O'Reilly lo miró con curiosidad—. Es importante, por favor, creo que él atacó a lady Isabella y la dejó tirada en medio de la calle.
—¡Dios bendito! El susurro de sorpresa se extendió por todos los rincones, pero Edward Saint-Masen repitió la pregunta con calma.
—Creo que vino con Amstrong, es un funcionario inglés —dijo una matrona muy elegante— pero ese hombre se fue hace rato.
—¿Y dónde vive ese Amstrong?
—En las afueras, creo...
—¿Qué pasa? Emmett entró a tiempo de ver a su hermano mayor con los brazos en jarras en medio de tanta gente.
—Emmett manda llamar a la policía por favor —le dijo en cuanto lo oyó—, alguien ha atacado a Isabella, ella dice que fue Denalli.
—¿Atacado? ¿Qué tiene? ¿Dónde está?
—Está arriba... Emmett ¿dónde demonios te crees que vas?
—Voy a verla. —Edward avanzó unos pasos y lo atravesó con la mirada, su hermano empezaba a comportarse como un estúpido.
—No puedes entrar al dormitorio donde mi esposa está siendo atendida, Emmett... ella está bien, gracias, ahora manda llamar a la policía, por favor.
—¿Usted cree que ese hombre se atrevería a atacar a mi sobrina?, ¿por qué? El tío de Isabella, muy confundido, habló ignorando las miradas de odio que Emmett Saint-Masen lanzaba a su hermano—. ¿Qué motivo tendría? He saludado a ese hombre, era ruso, pero dijo que se llamaba Azov o algo similar, lo trajo Amstrong y lo ví hablando con Isabella.
—Ese hombre es mi enemigo —susurró Edward llevándoselo a un aparte— solo quiere hacerme daño, creemos que él organizó el secuestro de mi hijo en Londres.
—Entiendo, entiendo. ¡Phillipe! —llamó a unos de los mozos de la casa—. Manda a alguien a la residencia de Wilson Amstrong, y pídele que venga, que es urgente.
Cuando Isabella volvió a despertar comprobó, con alivio, que Edward dormía en una cunita cerca de su cama, con su suegra y su madre sentadas a corta distancia y unas velas que iluminaban el cuarto de invitados donde se encontraba. Aún tenía frío, pero era por la fiebre, le dolía todo el cuerpo y el pecho hacía esfuerzos por respirar con normalidad.
—¿Estás bien? La voz varonil de su marido le llegó desde la espalda, estaba recostado a su lado, apoyado en unos cojines y al notar su movimiento se levantó, rodeó la cama y se sentó para mirarla a los ojos—. Debes beber líquidos y cuidarte, es lo que ha dicho el médico, tienes una pulmonía por lo menos o un resfriado bastante severo.
—Me duele —intentó decir con la garganta abrasada por el dolor.
—Sí, no hables. ¿Él te hizo esto? Con el dedo le recorrió la piel desnuda, tenía un morado en cada brazo, en el hombro y en una muñeca, ella asintió—. Mataré a ese bastardo.
—Ed —atinó a decir con los ojos llenos de lágrimas, la emocionaba que él hablara así y quiso lanzarse a sus brazos, apretarse a su pecho, pero no se atrevió.
—Ed está muy bien, ¿lo ves?, se ha dormido hace un rato y nuestras madres también. —Sonrió en dirección de las dos damas que dormitaban en sus butacas—. He hablado con el comisario, han interrogado al hombre que lo trajo aquí, lo detendrán, no debes tener miedo, ahora solo debes cuidarte. Ponte fuerte por tu hijo. — Y por mí. Dijo para si mismo al ver que el sopor del sueño ganaba de nuevo a su esposa. La contempló en silencio y seguro que las otras damas estaban también dormitas, se permitió dar rienda al desespero que había contenido toda la jornada. Saberla allí en el calle tirada, con la posibilidad de que ella pudiera haber muerto. Dejo escapar su angustia en un llanto sin lágrimas. La furia y la impotencia agarrotándole la garganta.
Aunque rápida, la recuperación de Isabella la tuvo retenida en casa de su tío al menos una semana. Los médicos estaban impresionados con la fortaleza física de la que hacía gala, a pesar de su aspecto frágil y delicado, y siete días después de su incidente, la dejaron cruzar el parque, en carruaje para regresar a su casa.
Edward Saint-Masen en persona, que había velado a diario su recuperación al pie de la cama, la envolvió en unas mantas, la cogió en brazos y la sacó camino del vehículo bajo las miradas suspicaces e ilusionadas de las mujeres de la familia que vieron en el gesto el amor y el aprecio que el frío lord estaba desarrollando, de forma evidente, por su esposa.
En casa Isabella se negó a volver a la cama, aunque se mantuvo sentada, abrigada y casi sin moverse, con buen apetito y mejor predisposición, para sanarse por completo y cuanto antes. Estaba muy conmovida por el inesperado comportamiento de Saint-Masen con ella, un comportamiento que ella achacó desde el primer minuto al sentimiento de culpa legítimo que él debía sentir por todo lo ocurrido. Al contrario de las demás, ella no veía amor, o no quería verlo, en sus gestos y simplemente se limitaba a recibir con agradecimiento sus cuidados, sus atenciones y su charla cada noche después de la cena. No salió, ni se relacionó con nadie en muchos días, y le dedicó todo el tiempo del que dispuso.
—No hace falta que se quede, milord —le dijo un día mientras él, sentado en una butaca, leía el periódico en silencio; era tarde y tenía varias invitaciones para esa velada, pero seguía ahí, a su lado. Saint-Masen levantó los ojos verdes hacia ella y frunció el ceño—. En serio.
—¿Quieres que me marche?
—Sólo digo que no hace falta que se quede.
—¿Te molesto?
—No, yo...
—¿Prefieres otra compañía?
—¡No!
—Bien. —Sonrió satisfecho, le encantaba provocarla, verla nerviosa—. Yo quiero estar aquí, ¿te leo algo?, ¿te sientes bien?
—Muy bien, gracias. Vale... léame el periódico, ¿qué ha pasado en Dublín últimamente?
—La señorita O'Neall se ha comprometido con el capitán Henry Fergusson... —leyó con una sonrisa, apartó el periódico y le guiñó un ojo, ella no pudo evitar sonreír—. Mejor voy por un libro. Tengo varios en mi cuarto, ahora vengo, no te muevas de aquí.
Tras la navidad, celebrada por la familia Swan de una forma muy discreta y con un fuerte sentimiento religioso, llegó el primer cumpleaños de Edy y su padre, exultante aunque aún inquieto porque no lograban cazar al ruso, lo celebró como si se tratara de una boda real. Se invitó a media ciudad a una merienda especial y la orgullosa madre, ya bastante reestablecida, se sumó a la fiesta más hermosa y radiante que nunca.
—Deberíais tener más hijos —le repetía todo el mundo, constantemente, al ver al precioso Edward Charlie Saint-Masen dando sus pasitos por el atestado salón, lo cierto es que el pequeño era hermoso, fuerte y feliz, e iluminaba el mundo entero con su sonrisa, un hecho que Isabella no podía negar, lo mismo que no podía ignorar que en el fondo de su corazón deseaba, desde hacía algún tiempo, tener más niños con ojos verdes como los de su padre.
—Me voy mañana a Londres, querida. —La joven, vestida con un precioso vestido de lana en color avellana miró a su cuñado con los ojos muy abiertos—. Sí, creo que no tengo nada más que hacer aquí y me necesitan en la empresa.
—Claro Emmett, llevas un mes en Dublín, es normal, pero te echaremos de menos.
—Lo dudo.
—¿Qué? No seas niño, Emmett, sabes que te echaremos de menos.
—Con los dos Edward aquí, creo que ya tenéis la cuota de Saint-Masen más que cubierta —bromeó con amargura, estaba desolado por la decisión de su hermano de frenar el divorcio, pero mucho más por la actitud de Isabella, que había asumido el asunto con resignación... casi con esperanza, porque estaba seguro que ella, en realidad, amaba a su marido—. Ya nos veremos en primavera.
—¡Mamá, mamá! Ed llegó hasta ellos de la mano de su padre y se sujetó a la falda de Isabella, ella se agachó y lo cogió en brazos con un poco de esfuerzo, estaba fatigada y débil aún.
—¿Te sientes bien? —preguntó Edward.
—Sí, gracias, solo un poco cansada. Mi amor, ¿has visto cuantos regalos te han traído? ¿Cuál te gusta más?
—El caballo por supuesto —respondió el orgulloso padre— no había forma de sacarlo de las caballerizas.
—Es que es precioso ¿verdad Edward?, ¿es muy guapo tu caballo?
Emmett Saint-Masen se quedó rezagado observando la plácida escena de la joven madre con su hijo y su apuesto marido al lado, henchido de orgullo. Bajó la vista y se encaminó hacia la calle, no quería más despedidas y era obvio que Isabella tampoco tenía tiempo para ellas. Llegó al hall y dijo adiós con una sonrisa a la pequeña hermana de Bella, que lo observaba con los ojitos brillantes de amor, sabía que la chica se sentía enamorada de él, pero ignoró el asunto y salió camino del club... debía olvidarse de su cuñada porque como siempre, Edward se había salido con la suya.
Acabada la fiesta Isabella acostó a su pequeño personalmente después de darle un buen baño. Ed estaba agotado con tanto mimo y tanta atención y cayó rendido en su nueva camita con barrotes, en cuanto lo puso encima. Era maravilloso pensar que ya había pasado un año desde su nacimiento, desde aquel parto tan complicado del que sin embargo apenas recordaba nada. Lo estuvo mirando mucho rato con ojos embelesados, su carita perfecta, su pelo que se iba tomando un tono cobrizo a medida que crecía, sus largas pestañas oscuras y una vez más se sintió conmovida, era un niño especial y ella lo amaba con toda su alma.
—¿Se ha dormido ya?
—Sí. —Se volvió hacia Edward Saint-Masen que entraba en el cuarto con la copa de coñac en la mano. No le había dado tiempo a decirle buenas noches. El siempre insistía en ver al niño justo antes de dormir, le encantaban los minutos previos al sueño... en realidad era un padre estupendo, pensó Isabella observando su estampa impecable al llegar a la cama, conocía a otros que apenas si mantenían contacto con sus hijos, relegados siempre al cuidado de la madre o de las niñeras. Con la camisa de hilo blanco, los gemelos de plata, los primeros botones de la pechera sin abrochar, dejando a la vista parte del torso poderoso, cubierto por una brizna de vello dorado, Saint-Masen se inclinó un poco, estiró la mano y Isabella se deleitó mirando las manos fuertes y elegantes, los dedos largos con las uñas impecablemente recortadas, el antebrazo fuerte... y suspiró.
—¿Qué pasa? —le preguntó ante el suspiro inesperado, la miró y la vio algo sonrojada, bellísima enfundada en ese femenino traje que resaltaba el color de sus ojos y percibió perfectamente la impresión que causaba en la joven, tenía mucha experiencia al respecto, así pues se separó un poco de la camita, estiró la mano y le colocó un mechón suelto detrás de la oreja, ella no se movió—. Estás muy hermosa.
—Gracias —contestó turbada, se levantó e hizo amago de alcanzar la puerta.
—No es un cumplido. —Él la detuvo cogiéndola por la mano, Isabella sintió el calor subiéndole por el cuerpo y levantó los ojos para mirar los suyos tan claros y tan hermosos—. Creo sinceramente que eres una mujer muy hermosa.
—Voy a dormir...
—Dame un beso.
—¿Qué dice? Se puso tan roja que Edward sintió un poco de lástima, aunque se acercó para sujetarla por la nuca.
—Dame un beso, Solo quiero un beso. —La asió con fuerza y la besó mirándola a los ojos, ella no podía casi respirar, se deleitó en su boquita perfecta, recorriéndola con la lengua, luego le atrapó los labios con fuerza y la besó con más propiedad, Isabella creía que se iba a deshacer—. ¿No te gusta besarme?
—Milord...
—Sé que te gusta.
Avanzó unos pasos con ella bien sujeta y la apoyó contra la pared, siguió besándola incansablemente hasta que su propia excitación lo perturbó lo suficiente como para bajar la boca buscando su escote, con la mano libre tiró un poco de la tela y dejó al descubierto sus pechos perfectos, suaves y turgentes, comenzó a lamerlos con la boca abierta, mientras ella temblaba como una hoja, oliendo de cerca el delicioso aroma de su pelo, sus manos firmes recorriéndola entera, estiró la mano y metió los dedos entre los suaves rizos ondulados y entonces él la apretó más al sentir ese mínimo contacto. Buscó nuevamente su boca para besarla con locura, se detuvo unos segundos encima de sus labios, jadeando por el deseo, subió los ojos y susurró.
—Eres preciosa. Hace tanto que te anhelo. Tanto que te necesito.
Cayeron encima de la cama de la niñera y Edward se sacó la camisa, se desató los pantalones y subió la mano experta por debajo de su vestido, recorrió con la palma de la mano abierta sus muslos, su abdomen liso y tierno, sus pechos calientes... ella gimió de forma involuntaria, entonces la miró solo un segundo a los ojos, no pudo esperar más y la penetró con un quejido profundo. Isabella lo sintió dentro de ella con una claridad asombrosa y su cuerpo, más maduro y más ansioso, se humedeció instantáneamente dejándose llevar por sus embestidas apasionadas. Hicieron el amor por primera vez, porque ella lo sintió por primera vez en cada milímetro de su cuerpo y lo deseo y lo abrazó y respondió a su pasión lo mejor que pudo, olvidando al instante esos encuentros furtivos, fríos y casi violentos del principio.
Te quiero quiso decir pero se calló y se limpió las lágrimas que se le escaparon después de que él se desplomara encima de ella con un quejido desgarrado. Edward se quedó quieto, recuperando el ritmo respiratorio pegado a su cuello, aún dentro de ella y no dijo nada, unos minutos después se separó con delicadeza, la miró a la cara y la besó en la frente, la abrazó por la cintura, cerró los ojos y se durmió... Isabella hizo lo mismo tan solo unos segundos después.
Al día siguiente cuando despertó, despeinada y con una extraña sensación en el cuerpo, recordó inmediatamente lo que había sucedido y quiso morirse. Se había comportado como una cualquiera permitiendo que sus deseos más secretos se evidenciaran delante de su marido. Se giró para mirar la cama de su hijo y tuvo que ahogar un grito, a su lado lord Edward Saint-Masen continuaba durmiendo plácidamente, completamente desnudo sobre el edredón.
Se deslizó de la cama y se puso la bata que encontró detrás de la puerta, deleitándose en el contundente cuerpo de él, tan alto, con los músculos bien marcados y una placidez innegable en su perfecto rostro. Despeinado, con las pestañas bordeando sus enormes ojos y una visible erección que la perturbó definitivamente, recordó que era domingo, levantó a Ed que estaba jugueteando en la camita y bajó con él camino de la cocina, debían ser ya las ocho o las nueve de la mañana.
—¿Pero que le ha pasado a tu pelo? —exclamó su madre al verla despeinada entrando en la cocina con el niño en brazos—. ¿No te lo has trenzado? Seguro que te dormiste leyendo, no cambiarás nunca. ¿Le doy yo el biberón? ¿Lo has cambiado?
—Lo he cambiado. No, se lo doy yo, gracias. —Miró a su hermana y a Alice que vestidas para ir a la iglesia la observaban con una extraña expresión en la cara—. Bree, por favor, sírveme un té, gracias.
—Buenos días. —La cantarina voz de Esmeralda Saint-Masen la hizo saltar de su sitio, ya estaban todas y rogó al cielo porque se fueran a misa antes de que su marido despertara—. He subido bizcochitos de almendras de los de ayer, aún quedaba una bandeja en la alacena. ¿Cómo está mi niño hoy? Pero hija, ¿qué te ha pasado en la boca?
—Nada. —Se tocó los labios partidos, la comisura derecha estaba agrietada y seguramente hinchada. ¡Maldita sea! Entregó el niño a la abuela para distraerla y se propuso sacar los bollitos de almendras de la cestita—. Debo haberme mordido.
—¿Has dormido bien?
—Sí, gracias.
—Pues si no te vistes pronto, llegaremos tarde.
—Buenos días. —La voz rotunda y varonil de Edward Saint-Masen paralizó la escena en el acto. Todas dejaron lo que estaban haciendo para mirar al atractivo lord llegando a la cocina con la camisa abierta y los pantalones del chaqué, estaba completamente despeinado, con los cabellos desordenados cayéndole sobre la frente. Se pasó la mano por la cara y con total naturalidad, les sonrió a todas, Isabella, roja como un tomate, se fue al fondo de la cocina con la cabeza agachada—. Buenos días mamá, ¿tan pronto y ya estáis despiertas? Hola Edward, pequeño.
—Ed. —A Esmeralda no le salían las palabras, era muy extraño ver a su hijo mayor bajando a desayunar antes de asearse, afeitarse y arreglarse como era debido—. ¿Quieres un té, hijo?
—No gracias, necesito un baño, ¿dónde está Francis?
—¿No está en tu cuarto? Renée lo miró entornando los ojos y luego observó a Isabella roja y nerviosa en el rincón.
—Milord. —Francis entró a la cocina procedente del sótano con unas camisas en la mano—. Como no estaba en su dormitorio, he aprovechado de bajar para planchar, ¿necesita algo?
—Un baño, gracias... os veo en la iglesia más tarde, señoras —dijo con una levísima venia hacia la familia— luego te veo hijo. —Se acercó y besó al pequeñín en la frente—. Isabella —caminó hacia ella como si la situación fuera de lo más cotidiana—. Buenos días.
—Buenos días —logró articular ella.
—Has dejado la cama muy pronto —le susurró pegado a su oído, gesto que casi le provoca un desmayo—. Te he echado de menos.— y beso suavemente sus labios.
Luego volvió sobre sus pasos y salió con su majestuosidad habitual mientras el silencio se extendía por la cocina como una densa nube de humo. Isabella lo maldijo en silencio, se cerró mejor la bata y se giró un momento hacia la familia antes de salir corriendo hacia el dormitorio. Nadie dijo nada, pero al subir las escaleras oyó perfectamente a Esmeralda susurrar a las chicas...
—Ya sabemos quién es el responsable del cabello despeinado de Isabella. —Todas rieron—. ¡Bendito sea Dios!
Cuando las mujeres, en general, hablaban de los deberes del matrimonio aludían a las relaciones íntimas como desagradables e indecentes, una actividad de la que preferían prescindir en cuanto colmaran su hogar de hijos sanos. Muchas de ellas alababan la manía de sus maridos de adquirir amantes que las libraban a ellas de los apetitos inagotables de sus esposos y muchas, sobretodo de las de la alta sociedad, fingían reconocer o reconocían con sinceridad, que mientras hubiese otra más joven y bella que las sustituyera en la cama de su hombre, ellas daban gracias a Dios.
Infinidad de veces había oído ese tipo de comentarios y por lo tanto se sentía casi una mujerzuela al desear a Edward Saint-Masen . Él había forzado ese primer reencuentro conyugal y ella no podía dejar de recordar con un intenso calor en su vientre, sus besos, sus manos y su cuerpo rotundo, pegado al suyo, su olor, su leve sudor y tenerlo dentro, colmándola de una sensación que jamás en toda su vida había soñado que fuera posible experimentar. No podía dejar de pensar en ello, incluso durante el oficio religioso al que asistió esa mañana acompañada por su animada familia.
—El comisario Finnegan dice que vieron a un tipo de las características de Denalli abandonando Irlanda, en el puerto. —Isabella se sobresaltó y lo miró a los ojos con asombro, no lo había sentido acercarse y se sintió turbada—. ¿Te he asustado?
—Estaba pendiente de Ed, no lo oí llegar. —Bajó los ojos y se giró nuevamente hacia el niño que jugueteaba con otros pequeños sentados en la alfombra, tenían invitados tras la misa y las doncellas se empeñaban en servir las viandas en medio del bullicio general—.No sé porque no me lo creo... no se iría sin el sobre.
—Isabella...
—¿Sí? Lo miró con las mejillas arreboladas y muy nerviosa, él sonrió y ella le devolvió la sonrisa.
—Yo... —estiró los dedos y le acarició el dorso de la mano.
Isabella no se movió, ni lo esquivó y sintió como un golpe de energía muy sólido le subía por todo el cuerpo.
—¿Queréis un té? Rosalie se puso en medio de ambos con la bandeja, los dos retrocedieron y negaron con la cabeza.
—No, gracias.
—¿Me acompañas? Quiero enseñarte algo. —Ella lo miró muy sonrojada pero asintió y lo siguió camino de las escaleras primero y a su dormitorio después—. Pasa, quería darte esto... bien... en fin...
—¿Para mí? Isabella miró la cajita roja de terciopelo con los ojos muy abiertos, como una niña delante de una confitería, Saint-Masen tendió la mano hacia ella con un poco de timidez, era agradable sentir por primera vez en su vida algo de turbación delante de una mujer, así que cuadró los hombros, le sujetó la mano y le puso la cajita entre las suyas.
—Es para ti; pertenece a mi familia desde hace generaciones, debí dártelo hace tiempo, exactamente hace veintidós meses cuando llegaste a Londres, pero no pudo ser y ahora quiero que lo tengas.
—Isabella abrió el estuche y se encontró con una alianza cuajada de brillantes pequeñitos, sencilla, pero muy hermosa, levantó los ojos y no supo que decir—. Es una alianza de matrimonio, quiero que la lleves.
—Es muy valiosa, no puedo aceptarla. —Estiró la mano y se la devolvió absolutamente convencida de que no le pertenecía.
—¿Qué dices? Eres mi mujer, por supuesto que debes aceptarla.
—No... yo... ¿y por qué ahora?
—Ayer fue el cumpleaños de Edy, creí que este sería un buen momento. —Estiró la mano y volvió a colocar la cajita entre sus manos—. Es tuya, no lo hagas más difícil.
—No. —Ella siguió en silencio mirando el cofrecito con duda—.
No es necesario.
—Claro que sí, no llevas ningún anillo de casada —carraspeó pensando que era un motivo estúpido e infantil—. No te hice ningún regalo antes, ni cuando nació Edward... acéptalo y en paz ¿quieres?
—¿Y en paz? Lo miró con esos ojos oscuros que parecían leer más allá de lo posible y dejó la cajita encima del aparador de la entrada—. Muchas gracias pero no necesito ninguna alianza, guárdela... voy a volver abajo, hay mucha gente aún.
—¡No! La detuvo cerrando la puerta de un golpe—. ¿Desprecias mi regalo?, es una joya familiar, debes tenerlo.
—No veo porque, milord y no estoy despreciando nada, eso pertenece a su familia, guárdelo.
—Tú eres mi familia, te guste o no. —Estaba dolido y ofendido, era insólito, miles de mujeres hubiesen muerto a sus pies por un regalo semejante, era una alianza maravillosa y única y ella la miraba como si le diera alergia—. Es la alianza de matrimonio que llevan las mujeres Saint-Masen y tú no llevas ningún anillo.
—Nunca lo he llevado.
—¡Por eso quiero que lo lleves, maldita sea! —interrumpió, indignado—. Estás casada y no llevas ninguna maldita alianza... creo que ya es hora.
—¿Y por qué? Se puso delante de él con firmeza, ¿ahora quería darle un anillo, después de pasarse meses sin dirigirle la palabra? Era ridículo y una muestra más de su carácter dominante—. ¿Debería sentirme halagada de que mi esposo me quiera regalar una alianza de matrimonio casi dos años después de casarse conmigo?, ¿qué me convierte ahora en digna de su joya, milord?
—¿Siempre tienes que ser tan racionalmente insoportable?
Percibió perfectamente como se le nublaba la mirada y quiso pedir disculpas, pero ya era un poco tarde, ella lo hizo a un lado para salir del cuarto cuanto antes—. No te vayas, ¡maldita sea! Quiero que ahora tengas esta joya porque es la tradición y porque quisiera que empezáramos de nuevo, te dije que estoy dispuesto a enmendar todos mis errores.
—No, gracias lord Saint-Masen ... no quiero su joya, es usted muy amable, pero no hace falta. —La voz le temblaba, tenía muchas ganas de echarse a llorar—. Si quiere la aceptaré y la guardaré para que cuando Edward sea mayor la use como él decida... pero yo no voy a usarla por lo tanto, es mejor que la guarde, tal vez tenga oportunidad de regalársela a otra persona.
—¿Pero qué estás diciendo? Se cruzó en su camino e impidió su salida—. ¡Dios bendito, he querido hacerte un regalo y acabamos discutiendo una vez más! Sé que dos años después de la boda este gesto resulta extraño, mi madre me lo ha dicho infinidad de veces, pero no sabía como hacerlo. ¿Crees que no estoy arrepentido de como he hecho las cosas? Estoy tratando Isabella. Estoy tratando. Y ahora, que creo que tenemos la oportunidad de empezar de nuevo, quiero que sea tuya, por favor... todas las mujeres deberían llevar el anillo de sus maridos.
Isabella lo miró con los ojos llenos de lágrimas. Desde que había llegado a Londres, hacía veintidós meses como él bien recordaba, había tenido que asumir con dignidad y mucha vergüenza las constantes preguntas de todas y cada una de las mujeres que conocía sobre su anillo de casada, ¿cómo era?, ¿de cuántos quilates?, ¿de cuanta antigüedad? Y ella jamás tenía una respuesta, ni una joya que enseñar a las más curiosas, incluso su suegra, más avergonzada que ella misma por la situación había insistido en regalarle un anillo de su propiedad para acallar los chismes, pero en esa ocasión tampoco lo había aceptado y al final, cuando todo el mundo comprendió que su marido de conveniencia no había tenido la deferencia de comprarle uno, la dejaron tranquila, pero eso había sido muchos meses después, incluso tras el nacimiento de Edward. La humillación ya era bastante pública así que un maldito anillo no había empeorado nada, pero su blando corazón había sufrido en silencio por aquello y ahora, tanto tiempo después, no hacía más que reabrir la herida.
Suspiró y habló importándole bien poco que él la viera llorar.
—Me he pasado casi dos años de casada sin llevar una alianza de matrimonio, milord, y aunque en algún momento dicha circunstancia resultó ser embarazosa, la acepté... y ahora ya no me hace falta, ni siquiera hemos tenido una boda religiosa, así que sigamos siendo consecuentes y guárdese su alianza para alguien a quien pueda dársela en un altar o donde quiera. —Saint-Masen abrió mucho los ojos y sintió su dolor de forma tan nítida que se afirmó en el borde del aparador para no perder la compostura—. Soy racionalmente insoportable, es así y no voy a cambiar porque me regale un anillo, no puedo caer a sus pies por algo así, lo siento pero no, muchas gracias.
Salió caminando con firmeza por el pasillo, pero en cuanto sintió que él ya no podía verla, corrió hacia las cocinas, bajó a la alacena y se encerró sola, a llorar, con el corazón hecho trocitos, ofendida y confundida. Creía que lo amaba, de una forma irracional y estúpida él le despertaba toda clase de sentimientos y emociones, pero era especialista en hacerle daño con su frialdad, su sentido práctico y su falta de compasión. Su dignidad la obligaba a rechazar el maldito anillo, una joya que permanecía bien guardada cuando él paseaba sus amores con Irina Denalli por medio Londres, regalándole toda clase de joyas mientras su esposa campesina, joven y pobre, no tenía ni un simple aro de plata que colocarse en el dedo de casada. Se dobló sobre sí misma y se echó a llorar como hacía meses que no hacía.
—¿Has visto a Isabella? Alice asomó la cabeza en su cuarto, eran las nueve de la noche y no encontraban a la joven por ningún sitio, Edward apartó la vista de su libro y negó con la cabeza, había cenado solo en su dormitorio y no había visto a nadie desde la triste discusión con su mujer. Una discusión que lo había dejado completamente confundido, dolido y con un enorme sentimiento de culpa en el pecho—. No habéis bajado a cenar ninguno de los dos, pero ella no pidió que le subieran su cena.
—Aquí no está.
—¿Le diste la alianza?
—Sí, pero no la aceptó. —Se concentró en la novela procurando que su prima se fuera cuanto antes.
—Es muy testaruda. —Alice sonrió, imaginándose una acalorada discusión de enamorados—. Ya la aceptará.
—No creo, parecía convencida, así que si quieres la maldita alianza ahí la tienes. —Con un gesto indicó hacia el aparador donde la cajita reposaba inocentemente.
—Edward ¿estás loco?, esa alianza pertenece a tu esposa...
—Eso se lo dices a la señorita Swan.
—¿Pero qué ha pasado?
—Supongo que dos años después de la boda resulta ofensivo y no se ha compadecido de mi disculpas. No le interesa llevar mi anillo y a mi ya no me interesa el maldito anillo, así que por favor... quisiera seguir leyendo.
—Debes comprender que Isabella lo pasó muy mal en Londres, que se sintió humillada públicamente por tus desplantes y tu forma de tratarla, yo fui testigo, supongo que a estas alturas, debe ser doloroso para ella. ¡Santo cielo... tal vez se ha ido! Hace horas que nadie la ve, ¿cuándo la viste por última vez?
—No sé, a las tres o las cuatro de la tarde. —Dejó el libro y se puso de pie algo preocupado—. ¿Cómo que nadie la ha visto desde esa hora? ¿Y Edward?
—Está con tu madre, durmiendo.
—¿Está aquí? —Renée se asomó al antiguo cuarto de su marido y vio a su apuesto yerno charlando con Alice.
—No, no está.
—¿Y dónde se habrá metido?
Revisaron la casa de arriba abajo con la mayoría de los empleados y nadie pudo dar con Isabella. Edward se puso el abrigo y salió a caminar por la calle donde hacía un frío de muerte y no encontró señales de su esposa. Cruzó el parque y llamó en la casa del tio de Isabella, pero ahí tampoco estaba así que el tío optó por mandar a algunos pajes a la casa de sus más allegados para preguntar, pero a las once de la noche pudieron comprobar con un nudo en la garganta que Isabella Saint-Masen había desaparecido.
