Los personajes ni la historia me pertenecen son de E. L James y Johanna Lindsey.


9

-Aquí – Jason Taylor sostenía abierta la portezuela del camarote para los dos lacayos que llevaban el baúl del príncipe-. ¡Cuidado! Por amor de Dios, no lo dejen caer. Muy bien. Pueden retirarse.

Taylor se acercó al baúl y contempló la cerradura. Tenía la llave en el bolsillo de su chaqueta, pero no la sacó. En realidad, no había ninguna razón para liberar a esa mujer todavía. Faltaba una hora más para que zarparan. Y sólo para estar seguros, a ella no le haría daño permanecer donde estaba hasta que fuese demasiado tarde para una posible fuga.

Oyó un ruido dentro del baúl; sin duda ella golpeaba los costados con sus pies. Sonrió sin compadecerla en lo mas mínimo por su situación. No debía estar nada cómoda, como se lo merecía por su temeridad. ¡Pretender que él fuera a la cárcel, vaya! ¿Y por qué motivo? No se le había hecho ningún daño real.

Ana era de opinión diferente. Ahora tenía un agravio más que sumar a los otros contra esos rusos bárbaros. Amarrarla y meterla en un baúl, sólo para sacarla de la casa, era intolerable. Pero qué debía esperar, después de haber sido tan irreflexiva como para advertir al príncipe qué se proponía hacer. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida?

No tenía duda alguna de que él era responsable de ese último insulto. Le había advertido que no le volviese a enviar a Taylor, y sin embargo, fue esa bestia quien entró en la habitación poco después de marcharse el príncipe, antes de que ella estuviese siquiera completamente vestida. Debió haberla puesto sobre aviso el hecho de que no estuviese solo. El corpulento sujeto que lo acompañaba, no uno de los guardias del día anterior, sino vestido con la librea negra y dorada de un lacayo, había dado la vuelta tras ella y, antes de darse cuenta, Ana fue atacada y amordazada otra vez, con las muñecas atadas a la espalda y hasta los tobillos ligados.

Después, el lacayo, que no había dicho una sola palabra (ninguno de los dos lo hizo a decir verdad), la había alzado como si no pesara nada y la llevó abajo. Pero, en vez de salir de la casa, como ella había supuesto que estarían haciendo, la habían llevado a otra habitación, y antes de que ella lo hubiese vislumbrado siquiera, la depositaron en un baúl, con las rodillas alzadas, y cerraron la tapa.

La joven estaba increíblemente apretada. Doblada por la cintura, con la cabeza tocando apenas un extremo del baúl, estaba tendida sobre las manos, que habían perdido toda sensibilidad mucho tiempo atrás, y apenas podía mover los pies. Pero de nada le servia patalear. Era obvio que no iban a soltarla hasta que les diera la gana.

No tenía idea de dónde podía hallarse en ese momento. Le había parecido que viajaban en coche por los traqueteos que la sacudían, y sabía que después el baúl había sido trasladado otra vez, pero no se imaginaba dónde lo habían depositado, ya que poca cosa podía oír, salvo su propia trabajosa respiración. Se le estaba haciendo cada vez más difícil respirar, pues el aire era caliente y pesado, ya que apenas se veía una leve abertura de la tapa.

Pensaba que si permanecía allí mucho tiempo más, bien podría asfixiarse. Pero si meditaba sobre esa posibilidad, sentiría pánico, y le parecía juicioso conservar la calma, para que el aire durara más. No obstante, al transcurrir los minutos convirtiéndose en horas, tuvo que considerar la posibilidad de que esa fuera la solución de los rusos para el problema que ella había suscitado. Si pensaban que ella cumpliría su amenaza, ¿cómo podían permitirse liberarla? No podían, y era muy factible entonces que ese baúl estuviera destinado a ser su ataúd. Pero acaso el príncipe Christian podría realmente hacerle eso después de... después... no, ella no quería, no podía creerlo. Pero Taylor lo haría, sin duda alguna. Ana no se equivocaba en cuanto a la antipatía que sentía por ella.

-¿Qué has hecho con la inglesita? –preguntó Gail a su marido. Fastidiado a su vez, Taylor replicó:

-La he dejado en el camarote, con los baúles de ropa sobrantes. Supongo que tendré que colgar una hamaca para ella.

-¿Cómo reaccionó?

-Me pareció mejor esperar hasta que estemos lejos de Londres antes de soltarla.

-¿Y bien?

-No he tenido tiempo aún.

-Entonces ¿hiciste agujeros en el baúl? Ya sabes que los baúles de Christian son herméticos.

Taylor palideció. No se le había ocurrido pensar en agujeros... hasta entonces, nunca había encerrado a nadie en un baúl.

Gail lanzó una exclamación, interpretando correctamente la expresión de Taylor.

-¿Estás loco? ¡Ve y reza por que no sea demasiado tarde! ¡Ve!

Antes de que Gail hubiera silenciado su grito, Taylor salió corriendo de la cocina. Recordaba las palabras del príncipe y repiqueteaban en su cerebro. Ella no debía sufrir daño alguno, ni siquiera un minúsculo rasguño. Y si un diminuto rasguño iba a causar un alboroto, ¿qué locura se iba a provocar si él, con su mezquina venganza, había matado a la mujer? Pensarlo era intolerable.

Gail lo seguía de cerca, y ambos corriendo con tan loca prisa se pusieron en evidencia en el barco. Cuando pasaron a la carrera frente al camarote de Christian, se les habían sumado cinco criados curiosos y varios tripulantes. Christian, que se había despertado pocos minutos antes, envió a Charly, su valet, a averiguar a qué se debía tal conmoción.

Tan pronto como salió, Charly vio que todos se apretujaban en un camarote cercano.

-Han entrado en la despensa, Alteza –informó. El príncipe viajaba con tantas posesiones personales, hasta ropa de cama y vajilla, que hacía falta un camarote adicional sólo para acomodar sus baúles. Sin duda, alguno se habría caído-. Tardarán apenas un momento.

-Aguarda –lo detuvo Christian, dándose cuenta de que probablemente hubieran puesto en la despensa a Ana, quien estaría ahora causando un disturbio-. Debe ser la inglesa. Tráemela aquí.

Charly asintió, sin pensar siquiera en preguntar qué inglesa. No estaba enterado de todos los asuntos del príncipe, como Taylor, sino que tenía que esperar a oírlos de Gail, quien no era capaz de guardar un secreto. No se le ocurriría interrogar a Christian directamente. Nadie interrogaba al príncipe.

Dentro de la despensa, Taylor estaba demasiado alterado para percibir siquiera que tenía público cuando abrió el baúl y levantó la tapa. Ella tenía los ojos cerrados. No hubo ningún movimiento, ni siquiera un sobresalto por el repentino aflujo de luz. Taylor sintió que el pánico iba en aumento y lo ahogaba. Pero luego el pecho de la joven se expandió al llenarse de aire, y entonces, una y otra vez, ella aspiró profundamente, entre jadeos, para llenar sus pulmones.

En ese momento Taylor la amó realmente, por no estar muerta. Poco duró tal sentimiento. Cuando ella abrió los ojos y los clavó en los ojos del ruso, él vio que una furia asesina se acumulaba en esas esferas de color azul. Lo dominó de nuevo el deseo de dejarla simplemente allí, pero Gail le dio un codazo para recordarle que no podía hacer eso.

Con un gruñido, Taylor se inclinó para alzar del baúl a Ana y ponerla de pie. De inmediato la joven se desplomó, cayendo hacia delante, contra él.

-¿Ves lo que ha hecho tu ligereza, marido mío? Es probable que la pobrecita tenga los pies entumecidos –dijo Gail, mientras bajaba la tapa del baúl, ya que no había sillas-. Y bien, acuéstala aquí y ayúdame a quitarle estos cordeles.

Ana tenía entumecidos no solamente los pies, sino las piernas enteras. Lo descubrió cuando se le entrechocaron las rodillas al ser depositadas encima del baúl. También en las manos había perdido toda sensación mucho tiempo atrás. Y no ignoraba qué pasaría cuando empezara a recobrar la sensibilidad. No sería agradable.

Taylor le desató las muñecas mientras Gail se afanaba a sus pies, diligente. Sus zapatos habían quedado olvidados, una de las cosas que ella no había llegado a ponerse cuando Taylor entró en su habitación. Tampoco había tenido tiempo para arreglarse el cabello, que colgaba suelto y enmarañado en su espalda y sus hombros. Pero lo más embarazoso era su vestido, que estaba parcialmente desabotonado delante, mostrando el fino corpiño de su camisa blanca que resaltaba contra el negro del vestido. Y cuando advirtió el gentío que desde la puerta la observaba con fijeza y curiosidad, un vivo color le inundó las mejillas. Nadie la había visto jamás con semejante aspecto, y en esa diminuta habitación había más de seis personas con ella.

¿Quiénes eran todas esas personas? A decir verdad, ¿dónde estaba ella, en nombre de Dios? Y entonces, al sentir el balanceo, comprendió. Lo había presentido en el baúl, pero había suplicado estar equivocada. Oyó que junto a la puerta hablaban en ruso (ya podía reconocer el idioma con facilidad) y supo que estaba en un barco ruso.

Liberó los brazos del cordel y los puso por delante con un gemido mientras flexionaba con cuidado los hombros y los codos. Detrás de ella, Taylor fue a quitarle la mordaza, pero ella sintió que sus dedos vacilaban en el cabello de ella. Era muy perspicaz, debía saber que ella no aceptaría en silencio esta última fechoría. Le tenía preparada tal reprimenda que a él le arderían las orejas antes de que ella terminara. Pero Taylor vacilaba todavía y Ana aún no podía mover los dedos para quitarse sola la mordaza. A sus espaldas oyó un torrente de palabras en ruso, y el grupo que estaba frente a la puerta se dispersó con rapidez. Cayó la mordaza, pero Ana tenía la boca demasiado seca y no pudo hacer más que graznar la palabra "agua". Gail fue por una jarra mientras Taylor daba la vuelta y empezaba a masajear los pies de Ana. A ella nada le habría gustado más que derribarlo de un sólido puntapié, pero todavía no podía mover las piernas.

-Te debo mis disculpas –dijo Taylor sin mirarla. Su tono era huraño, como si sus palabras fueran forzadas-. Debí haber perforado el baúl para que entrara aire, pero ni siquiera se me ocurrió, lo siento.

Ana no le creyó. ¿Y que decir de haberla metido en ese baúl? ¿Dónde estaba su arrepentimiento por eso?

-Ese no ha sido... tu único... error, grandísimo... grandísimo...

Se dio por vencida. Simplemente le costaba demasiado hablar con la garganta reseca y la lengua que parecía un objeto hinchado en su boca. Y como estaba recobrando la sensibilidad en las piernas, la incomodidad aumentaba a cada segundo. Tuvo que apretar los dientes para no gemir.

Llegó el agua, y Gail sostuvo la copa en los labios de Ana. Bebió con avidez, sin pensar en el decoro. Al menos una parte de su cuerpo había hallado alivio inmediato. Pero el resto de su ser protestaba a gritos, ya que mil agujas atacaban sus piernas y sus manos hasta que creyó que no podría soportarlo. Pese a su voluntad de no hacerlo, lanzó un gemido.

-Golpea los pies, pequeña angliiski. Eso ayudará.

La otra mujer dijo esto con bondad, pero Ana estaba demasiado dolorida para apreciar su compasión.

-Yo... yo... ¡oh, al infierno contigo Taylor! ¡Ya no descuartizan a los delincuentes, pero lograré que se reviva esa costumbre para ti!

Sin hacerle caso alguno, Taylor siguió frotándole enérgicamente los tobillos y los pies, pero Gail rió entre dientes mientras hacía lo mismo con las manos de la joven.

-Al menos sus bríos no se han ahogado en ese baúl.

-Es una lástima –gruñó Taylor.

Ana se encolerizó más aún por la grosería de ellos al hablarse en ruso.

-Hablo cinco idiomas. El de ustedes no es uno de ellos. Si no utilizan el francés, que yo entiendo, no me molestaré en decirles por qué la armada de la reina perseguirá a este barco hasta la mismísima Rusia si es necesario.

-Que disparate –se mofó Taylor-. Ahora nos dirás que tu reina inglesa te escucha.

-No sólo eso –replicó Ana-, también tengo su amistad, desde que serví un año en la corte como una de sus damas de compañía. Pero aun cuando así no fuera, bastaría la sola influencia del conde de Strafford.

-¿Tu patrón?

-No le sigas la corriente, Gail –le advirtió Taylor-. Un conde inglés no se preocuparía por el paradero de una de sus criadas. Ella no pertenece a su amo, como nosotros al nuestro.

Ana percibió el desprecio con el que Taylor decía esto, como si se enorgulleciera de ser propiedad de alguien. Pero la irritó el hecho de que, evidentemente, él no creyera nada más de lo que ella había dicho.

-Tu primer error, y el más atroz, fue creer que soy una criada. No te corregí porque no quería que se conociera mi verdadera identidad. Pero has llegado demasiado lejos con este asunto del secuestro. El conde no es mi patrón, sino mi padre. Soy Anastasia Steele, Lady Anastasia Steele.

Marido y mujer se miraron. Ana no vio la expresión de Gail, que parecía decir a su esposo "¿Ves? Ahora puedes entender esa imperiosa arrogancia, ese altanero desdén". Pero la expresión de Taylor no evidenciaba un ápice de preocupación por lo que había revelado Ana.

-Quienquiera que seas, desperdicias tu ira conmigo –dijo a Ana con calma absoluta-. Esta vez no he actuado por mi propia cuenta. Me he atenido a órdenes, a órdenes específicas, incluso en cuanto al uso del baúl. No obstante, el descuido de no ventilarlo adecuadamente ha sido mío. No se te debía hacer daño. Y tal vez debería haberte dejado libre antes...

-¿Tal vez? –explotó Ana, deseosa de asestarle un golpe en la cabeza.

Habría continuado, pero en ese momento recorrió sus piernas una oleada de dolor debilitante, que dispersó sus pensamientos y la hizo doblarse con un fuerte gemido. Con un tirón, apartó de Gail sus manos y se clavó los dedos en los muslos, pero sin lograr efecto alguno. Sus piernas, con violencia, recuperaban plena vida.

Durante los últimos cinco minutos, Charly había permanecido inmóvil en el vano de la puerta, escuchando en fascinado silencio la conversación entre aquellas tres personas, pero finalmente recordó su deber.

-Si ella es la inglesa, el príncipe quiere verla de inmediato.

Taylor miró hacia atrás, otra vez presa del temor.

-Ella no está en condiciones de...

-Él ha dicho ahora, Taylor.


Hola señoritas, si aun sigo viva, y casi después de un año y medio les traigo este cap. Me disculpo por el largo tiempo de ausencia pero hubo algunas cosillas que no me permitieron actualizar, espero que disfrutaran del cap nos vemos pronto, sayonara nenas.