Ejem, ejem. Es tan corto que me da vergüenza subirlo, pero no quiero dejaros sin capítulo esta semana. Digamos que este es la mitad del que tendría que haber sido hoy, por lo que es posible que el siguiente quede igual que este, o más largo, si me da tiempo de escribir el siguiente al completo.
Porque alguien me pidió un acercamiento en el agua... Siento que sea tan corto. No he tenido nada de tiempo esta semana T T
Os compensaré, lo prometo.
Acero en la piel
Cuando volvimos a vernos esa mañana, después del desayuno, Sherlock parecía decepcionado. Me temí lo peor.
— ¿Lo saben?
Chasqueó la lengua pero negó con la cabeza. Me apoyé en la barandilla, descansando la pierna, más tranquilo.
Esa mañana habíamos decidido pasearnos por el barco para buscar información y comprobar si habían conseguido identificarnos. Aunque temía que mi cojera fuera demasiado evidente, Sherlock aseguró que nadie se fijaría demasiado. Ambos ya estábamos más o menos habituados, yo más que él, por lo que el andar sería muy suelto y desgarbado, desde luego no propio de alguien que acaba de perder movilidad en una extremidad.
Nos habíamos separado para recaudar dicha información, y si bien habían reforzado la seguridad en algunas zonas que supuse comprometidas, las escuetas conversaciones que pude captar entre ellos no me ofrecieron ninguna pista a cerca de si estaban o no al tanto de que había alguien a bordo que intentaba sabotearles, aunque sí que estaban al corriente del tiroteo durante el intercambio, y eso los estaba poniendo nerviosos.
— Tienen la impresión de que algo no va bien. Idiotas todos ellos —murmuró Sherlock, como si le cabreara tener que tratar con ineptos tan grandes como aquellos. Su mirada paseaba por los pasajeros que aparecían y desaparecían por el corredor. Tenía los ojos ligeramente entrecerrados, de la forma en la que los achinaba cuando estaba pensando o tramando algo.
Cambié el peso del pie, e intenté apoyarme en la espalda. El izquierdo empezaba a molestarme de estar tantas horas de pie sobre él. El infiltrado de Mycroft nos había dejado un bastón plegable de los de hospital en la puerta del camarote por la mañana. No supimos de dónde lo había sacado, pero yo no le hice ascos. Odiaba el dichoso artilugio, pero me hacía tanta falta en esos momentos, que prefería no preguntar si eso significaba que el bastón se quedaba. Me había dado cuenta de que Sherlock lo miraba como si fuera lo más repulsivo del mundo. Podía apreciar que el que la barra plegable volviera a ser algo necesario para mí, para él era un fracaso personal imperdonable.
— Mejor que sigan así. Imagina un mundo en el que todos fuéramos como tú.
Alzó una ceja.
— Nadie puede ser como yo. Pero supongamos que hipotéticamente existiera dicho mundo... sería entretenido. Mucho mejor que ahora, sin duda. Menos aburrido, más... interesante.
Me reí.
— ¿En serio? Con lo que te va fanfarronear, dudo mucho que te gustara en serio. Sería una novedad los primeros días, sin duda, pero lo acabarías odiando. ¿Imaginas a Anderson siendo igual de listo que tú? —la cara de asco que puso me dio lo que necesitaba saber. Me reí — Ya. Lo imaginaba.
Observamos a uno de los guardias de seguridad pasar por delante de nosotros y cuando se fue, continuamos la conversación.
— Tal vez la idea de un mundo lleno de personas como yo no sea apetecible, pero la gente podría hacer un pequeño esfuerzo consciente por pensar y usar la cabeza para algo más que para adornar. Son como borregos. Me extraña que el mundo siga girando dentro de su órbita a estas alturas.
Gruñí, volviendo a apoyarme en el pie izquierdo cuando noté el hambre. Con la urgencia de comprobar si nos habían descubierto, habíamos prescindido del desayuno, y mi estómago acusaba su ausencia.
— Bueno, tal vez tu IQ superior pueda mantenerte en forma sin alimentarte, pero aquí uno de los borregos necesita comer, así que, espécimen superior, ¿acompañas al tu amigo el involucionado a por algo de alimento?
Meneó la cabeza con una pequeña sonrisa y suspiró.
— Tú y tu estómago...
Después de pasar un par de horas en cubierta otra vez, asegurándonos de que todo iba bien, empezamos a sudar. El calor de aquella zona empezaba a ser insoportable con tanta ropa, aunque íbamos bastante ligeros en lo que a tela se refería. Yo estaba deseando abanicarme con un panfleto de los que había sobre la barra del bar exterior o lanzarme a la piscina y mandarlo todo a la mierda. Ver a los demás meterse en el agua fría me estaba dando mucha, mucha envidia. Sherlock parecía también bastante molesto por la temperatura.
Pensé en ofrecerle la opción de darnos un baño, pero recordé mi pierna y me lo pensé mejor. Si alguien veía el disparo, sí que nos pillarían. Esperé un rato, pensando en otras soluciones que no implicaran volver al camarote, hasta que al final se me aclaró la mente.
— Vamos dentro, me muero de calor.
Asintió y me acompañó al interior. Yo me dirigí a la zona del spa, donde había visto un cartel que señalaba hacia una piscina interior. No sería agua fría, pero por lo menos reduciría en algo el calor tan insoportable que teníamos. A ambos nos caía el sudor a chorro por la frente.
— ¿John?
Sherlock se detuvo tras de mi cuando llegamos a la piscina interior. Solo había tres personas, y estaban en uno de los pequeños jacuzzis, por lo que no era nada de lo que preocuparse. Empecé a quitarme la camiseta, dejando el bastón en el suelo. Le miré, un poco agobiado por el calor, y vi como fruncía el ceño.
— Mira, esto parece el infierno y aquí no hay prácticamente nadie. Así que a menos que quieras morir de un golpe de calor o volver a la nevera de la bodega, te sugiero que te desvistas y entres en el agua —repliqué, deshaciéndome de los pantalones. Tan pronto como terminé, me tiré de cabeza.
Sentí el fresco del líquido rodearme entero, y me dolió todo al sentir la diferencia de temperatura, pero no me importó. De echo, fue bastante más agradable de lo que se pueda pensar. Buceé un poco, refrescándome, y notando como la flotación aliviaba la tensión de los músculos de mi pierna. El poco cloro de mantenimiento que le habían echado al agua hizo que me escociera el disparo, pero nada que no pudiera soportar. Cuando salí, cogiendo aire, me dejé flotar, muy a gusto, moviendo los brazos con parsimonia hacia los lados. Cerré los ojos, dejándome boca arriba sobre el agua, disfrutando del fresco. Cuando abrí los ojos, me encontré con Sherlock de pie, al borde del agua. Ambos nos estábamos bañando con la ropa interior (cosa que iba contra las normas del lugar, pero qué más da), y me miró desde arriba, pensativo. Sonreí.
— ¿No...?
Saltó al agua antes de que tuviera tiempo de acabar, encontrándome con la boca abierta cuando su cuerpo atravesó la superficie del agua, y con el consiguiente resultado de que me entrara agua en la boca. Tosí, medio ahogándome, y cuando salió fuera sonriendo como un niño travieso, le salpiqué en venganza. Nunca hubiera imaginado a Sherlock Holmes tirándose a bomba a una piscina.
— Ahora agradeces que te obligara a ponerte los calzoncillos esta mañana, ¿no?
— No voy a dignificar eso con una respuesta, Capitán... —murmuró. Empecé a erguirme, rojo, cuando sus manos se posaron en mi estómago y empujaron. Me hundí en el agua, removiéndome para intentar salir. Sherlock seguía presionando, no con la fuerza necesaria como para ahogarme si realmente quisiera salir, pero si lo suficiente como para mantenerme sumergido. Decidí que se la iba a devolver.
Me hundí más y con un pie en el fondo de la piscina, y el otro en la pared, le agarré de los pies y tiré hacia abajo. En cuanto perdió pie y se hundió a mi lado, antes de que pudiera recobrarse, me di impulso y salí disparado hacia adelante, braceando. Nadé hasta el otro lado de la larga piscina, oyendo como chapoteaba a mis espaldas. Sonreí. Posiblemente él era más rápido en superficie, donde sus largas piernas hacían buen servicio, pero yo tenía brazos y piernas fuertes, y eso me daba bastante ventaja en el agua.
Me quedé esperándole en la esquina, esperándole y no pude evitar retarle a unos largos. Su espíritu competitivo pudo con él, y nadó conmigo. Admito que fue gratificante saber que había algo en lo que podía ganarle o, por lo menos, llevarle ventaja. Al cabo de un rato, nos quedamos solos en la piscina. La gente del jacuzzi se había ido, y estábamos solos en una relajante paz. A pesar del cansancio por el esfuerzo físico de la natación, estábamos más frescos que antes. O por lo menos yo lo estaba.
Estábamos colgando de uno de los bordes empapados de la piscina, jadeando y bromeando, cuando Sherlock llamó mi atención.
—¿Qué?
— He dicho que si me ayudas con un experimento.
Suspiré. Su cabeza no podía parar ni siquiera unos minutos. Me pasé una mano por el pelo mojado y le miré, con la cabeza apoyada en un brazo.
— ¿De qué se trata?
Sonrió.
— Ven.
Se impulsó hacia atrás y se dejó llevar hasta que alcanzó la parte más profunda de la piscina. Le seguí, y cuando llegamos allí, me puso las manos sobre los hombros.
— Coge aire.
Fue todo el aviso que recibí. Instantes después, me empujó hacia abajo, sumergiéndome. A penas tuve tiempo de cerrar los ojos. Cuando los abrí, vi su figura borrosa hundirse a mi lado. Alcé las manos en señal de incomprensión, y entonces puso sus manos a ambos lados de mi cara y sus labios presionaron los míos. Me pareció un momento un poco extraño para un beso, pero me encogí de hombros y le dejé hacer. Fruncí el ceño cuando su lengua me obligó a abrir la boca y entonces una bocanada de aire entró en mis pulmones. La tomé, aspirando, y se separó de mi para volver a la superficie a por oxígeno para sí mismo. Al subir le miré, confundido.
— ¿Qué era exactamente lo que querías comprobar?
No me contestó. Parecía perdido en sus pensamientos, murmurando cosas incomprensibles. Estaba a punto de bracear hacia las escaleras y salir, cuando su mano me retuvo.
— Otra vez.
Alcé una ceja. Dios sabía que había hecho cosas más raras que esa, pero me parecía bastante extraño que quisiera hacer eso en ese momento. Le escruté un momento, con la pregunta escrita en mi cara. Tiró de mí con más insistencia, y yo traté de resistir el impulso de obedecer, aunque fuera por salvaguardar una parte de mi orgullo propio. Funcionó durante más o menos quince segundos. Luego, toda mi resistencia se fue al carajo.
— ¿Por qué demonios quieres repetirlo?
Volvió a poner las manos sobre mis hombros y alzó la barbilla, intentando mantener una expresión digna.
— No estoy satisfecho con los datos recopilados. Y necesito más entre los que comparar. Las variables son importantes.
—Lo que tú digas.
Me hundí de nuevo, tomando una buena cantidad de aire esta vez, y cuando apareció a mi lado de nuevo, se enredó en mi para que quedáramos pegados, antes de coger mi cabeza entre sus manos, y volver a poner su boca sobre la mía. Esta vez no hubo transfusión de aire ni nada de eso. Esta vez era un beso de verdad, un beso en serio. El peso de nuestros cuerpos pegados en el agua nos hizo descender hasta tocar el fondo de la piscina, y sus dedos se enredaron en mi pelo. Nunca había dado un beso bajo el agua, y la verdad era que se sentía extraño, quizá diría que hasta curioso. Nos impulsé con la pierna buena cuando empecé a notar que nos quedábamos sin aire, y cuando conseguimos respirar, nos movimos hacia atrás, en dirección hacia uno de los extremos de la piscina. Sentí el borde de piedra chocar con mis hombros, y el cuerpo de Sherlock me atrapó contra la pared de la piscina. Sentí sus caderas contra las mías, todo él colgado de mi cuerpo. Le rodeé con los brazos mientras nos besábamos, sosteniéndole. Sonreí contra su boca cuando me di cuenta del día que era.
— Feliz San Valentín, Sherlock.
El teléfono de Mycroft sonó con un nuevo mensaje a las cuatro de la tarde, justo cuando este entraba en el Club Diógenes. Al ver el remitente, se dio la vuelta y salió a la calle de nuevo mientras abría el SMS.
Les hemos perdido - K
Con dedos demasiado firmes y una fría expresión en la mirada, movió el pulgar por la pantalla del teléfono hasta localizar el botón de llamada rápida. Esperó los pitidos, notando como la sangre le huía de la cara con cada uno, y se iba enfriando. podía ser simplemente una treta de su hermano, podía ser simplemente que su equipo era realmente incompetente, pero había algo en esa frase que, junto a los acontecimientos del día anterior, le ponían nervioso. Mycroft Holmes nunca se ponía nervioso.
— ¿Qué significa exactamente que les habéis perdido? —inquirió, con una voz tan relajada que presagiaba lo peor.
El infiltrado en el crucero parecía nervioso.
— Les seguí la pista hasta las piscinas interiores y después de que se marcharan del comedor sobre las tres, no he vuelto a saber de ellos.
— ¿Su camarote?
— Vacío, señor. Ni rastro de ellos por todo el barco.
La mano de Mycroft se crispó sobre el teléfono.
El mayor de los Holmes tomó una fuerte bocanada de aire, intentando dominarse y racionalizar la situación.
— Kevin, cuando vuelvas, serás degradado con carácter de inmediatez. Entre tanto, te sugiero que sigas buscando hasta que des con ellos, a menos que quieras perder tu puesto en el MI6 de forma definitiva.
—Sí, señor.
La comunicación se cortó abruptamente, y Mycroft se quedó mirando al otro lado de la calle, guardando su móvil en el bolsillo interior de su americana. El aire frío soplaba en el exterior, ventilando la ciudad. La atmosfera era propia de un día de febrero, y el olor a humedad flotando arrastrado por el viento predecía una tormenta en las próximas horas. Se aferró a su paraguas mientras su mente daba vueltas, acelerada, pensando en los posibles lugares donde Sherlock podría estar escondiéndose, si es que se estaba escondiendo, que lo dudaba. Ni siquiera escuchó a su asistente, Anthea, cuando ésta le llamó desde el asfalto, detenida frente al coche negro en el que había llegado al Club, que aún no se había marchado. Necesitó que se lo repitieran muchas veces antes de volver a conectarse al mundo en tiempo real.
— ¿Señor? ¿Ocurre algo, Señor Holmes?
Mycroft carraspeó y se aflojó el nudo de la corbata, sintiéndose repentinamente sofocado. Subió al coche de nuevo, sin dar explicaciones, y tomó su móvil personal del pantalón.
En paradero desconocido —MH
Cuando consiguió enviar el mensaje, dio al chófer la dirección de la central de NSY donde se encontraba Greg. Luego procedió a enviar otro a su hermano, esperando que por lo menos se dignara a contestar esa vez.
Deja de jugar ¿Dónde estás? —MH
A penas había presionado el botón de llamada, cuando el tono de llamada saltó. Lo descolgó en seguida.
— ¿Mycroft? ¿Cuánto hace que han desaparecido? —preguntó Greg al otro lado de la línea. A juzgar por el ruido de ropa que se oía al otro lado, se estaba poniendo el abrigo para salir.
Donovan, al otro lado, se quejaba, preguntando a su jefe por qué se iba de su puesto de trabajo en horario laboral, y si se podía saber con quién demonios hablaba y de qué. Mycroft quiso atizarla. Era la primera vez que quería ejercer la violencia física sobre alguien en serio. Él era más de atacar verbalmente, sin rebajarse a los estándares que implicaban el contacto físico. No obstante, el mensaje lo había alterado. No era que su hermano no desapareciera de vez en cuando de su control, pero desde Moriarty, y con John herido, ambos atrapados en un barco, lo difícil era no preocuparse. Nunca lo admitiría, pero Sherlock era como un hijo para él, probablemente era lo más cerca que estaría jamás a tener uno. En cierto sentido se sentía responsable de su hermano porque sabía que el que se hubiera ido a la universidad a Irlanda del Norte había sido una de las causas del aislamiento de Sherlock, y otra de las muchas que provocó que cayera en las drogas. Mycroft se sentía... culpable.
— Cállate, Donovan. Vuelve a tu trabajo —escuchó que espetaba Greg. Mycroft parpadeó, sorprendido. No había conocido a nadie tan paciente como Gregory Lestrade, y ciertamente, jamás había escuchado ese tono de voz antes — ¿Dónde estás?
— Frente a la central. Baja.
Colgó. Anthea se bajó y pasó al asiento delantero, dejando libre el espacio tras el conductor para su nuevo invitado. Mycroft vio a Greg baja las escaleras de Scotland Yard a la carrera, directo hacia el coche abierto con el abrigo marrón ondeando tras él, y los famosos Donovan y Anderson mirándole de brazos cruzados, con la boca abierta al comprobar que el automóvil al que se subía su jefe era uno del gobierno. Tan pronto como se cerró la puerta, el coche arrancó, de camino al aeropuerto.
— ¿A dónde vamos? ¿Qué hacemos? —preguntó Lestrade. El DI miró al hermano mayor de Sherlock, apreciando su nerviosismo en la forma desmedida en la que se aferraba al mango curvado del paraguas gris que le había regalado el día anterior.
En otras circunstancias, le habría encantado ver al hombre llevando algo que le hubiera comprado él, pero estaba bastante preocupado. Tantos años con Sherlock hacían que las palabras "paradero desconocido" adquirieran un nuevo y escalofriante significado. Si bien el Holmes había pasado una semana entera en la calle una vez sin ningún efecto negativo, aquello era completamente diferente. Era distinto cuando desaparecía estando sin un caso, a cuando desaparecía en mitad de uno. Más de una vez un equipo de Scotland Yard se lo había encontrado atado en un almacén, o herido en alguna esquina de Londres. O con una sobredosis. Sherlock se tomaba muy al pie de la letra eso de que el fin justifica los medios. Demasiado.
— Nos vamos a Lisboa, siguiendo con el plan original.
— ¿Cómo?
Lestrade no estaba en absoluto preocupado por su trabajo. Sabía que Mycroft podía arreglar eso cuando quisiera, y él era, al fin y al cabo, el DI con más casos resueltos de todo Scotland Yard. Dudaba que le echaran solo por desaparecer unos días. Le preocupaba la forma de pensar del hombre que tenía a su lado. Pensó en la herida de John, ralentizando y disminuyendo sus posibilidades de escapar. Sherlock no iba a irse sin él, eso lo sabían ambos. Y tampoco iba a ocurrir a la inversa. O los dos, o ninguno. Eso era lo que preocupaba a Greg.
— No podemos arriesgarnos a que esto sea una falsa alarma. Nos vamos a Lisboa, junto a un equipo de extracción. Si tardan más de doce horas en responder, entonces actuaremos.
— ¿Les has enviado un mensaje?
— Por supuesto.
El resto del viaje fue tenso. Lestrade también envió un par de mensajes a Sherlock, con la esperanza de que todo fuera bien y de que John contestara a alguno, si Sherlock no quería hacerlo. A cada minuto que pasaba, su preocupación aumentaba.
Cuando subieron al avión, Greg apreció el lujo del jet privado de Mycroft en unos aproximados dos minutos, que fue el tiempo que tardó en tomar asiento junto a Mycroft mientras Anthea pasaba a la cabina de los pilotos, y daba las órdenes sobre la ruta. Deslizó su mano dentro de la del político, y la apretó en un gesto de solidaridad mientras veía como se apoyaba en una mano, con los ojos cerrados, los labios apretados en una final línea. La mano que Greg no sostenía estaba cerrada en un apretado puño.
Greg se sacó su abrigo y lo tiró descuidadamente sobre los asientos frente a ellos, antes de hacer lo mismo con el de su compañero.
— Estarán bien, no te preocupes.
El móvil de Mycroft sonó con un nuevo mensaje, y éste se apresuró a cogerlo. Lestrade miró ansioso por encima de su hombro, y sus esperanzas se desinflaron cuando vio que se trataba de un mail. El político juntó las cejas y lo abrió. Greg no era particularmente bueno en leer expresiones faciales, aunque había visto a suficientes familias en comisaría como para conocer la expresión de alguien que acaba de conocer un dato que le quita más esperanzas de las que tenía. Algo había en ese mail que acababa de pinchar la poca fe que tenía Mycroft en que las cosas salieran bien.
— ¿Qué ocurre, Mycroft? ¿Qué va mal?
La mano que Greg sostenía se deslizó fuera, y Mycroft le tendió el teléfono mientras se pasaba ambas manos por la cara. Cuando las retiró, juntándolas ante la barbilla en un gesto que le daba un tremendo parecido con su hermano menor, Greg apreció la derrota y el miedo. Mycroft Holmes tenía miedo.
— Los primeros informes de la misión revelaron que no era de alto grado de peligrosidad, o no habría dejado a mi hermano ir de buenas a primeras, no sin una necesidad real. Pero las cosas siempre se complican —suspiró. Greg sintió como el jet se movía, avanzando por la pista, ya en posición de despegue. Se ató el cinturón, y miró el teléfono, ampliando una imagen adjunta de una mujer pelirroja. Había algo en su cara que le resultaba tremendamente familiar... esos ojos... —. Sabíamos que la tripulación era criminal, los sabíamos. Sabíamos nombres, historiales delictivos, fechas de nacimiento... todo. Lo teníamos todo. Pero cuando me llegaron las primeras fotos de Sherlock a bordo, la de la Capitana Rogers me llamó la atención. Tenía una teoría, que por improbable que fuera, necesitaba comprobar. Así que le pedí a mi infiltrado que consiguiera alguna muestra de ADN que poder analizar y comparar... para salir de dudas. No dije nada entonces sobre mis sospechas porque no creí que fuera relevante, y porque tal vez confío demasiado en las habilidades de Sherlock... pero el caso es que acaban de llegar los resultados, y no podía ser peor momento.
Greg volvió a mirar el correo, con los ojos entrecerrados. Bajo todos esos tecnicismos y datos que er incapaz de comprender, había una comparativa de ADN con imágenes que sí podía entender. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Se quedó lívido.
— ¿Estás completamente seguro de que esto es correcto?
Mycroft asintió.
— Absolutamente. Mandé comprobar los resultados dos veces antes de avisarme para evitar errores.
— Dios mío —exclamó, dejando el teléfono de nuevo sobre la mensa, con la pantalla hacia arriba. Sacó su propio teléfono, y mandó un nuevo mensaje, por si se daba el milagro de que conseguían leerlo. Eso era algo que tenían que saber.
—Sí. Es imperativo encontrarles. Ahora más que nunca.
— ¿Sherlock?
Me removí, incómodo por la posición, y no fue hasta que mis brazos quedaron retorcidos e inmovilizados, que no pude darme cuenta de que estaba atado con esposas a una cañería. Parpadeé para aclararme la vista, y noté los párpados pegados. Cuando me lamí los labios, sintiendo la boca seca, noté el sabor de la sangre. Estaba un poco desorientado, y la verdad era que estaba oscuro, pero juraría que estaba sangrando por la cabeza. Oh, Dios mío.
Por favor, que esto sea solo un sueño.
La alternativa parecía tan negra, que preferí no pensarla. Aunque con tantas evidencias físicas en mi contra, era difícil mantener esa ilusión.
— Él no está aqui, doctor Watson.
Me tensé al escuchar esa voz decir mi nombre. Oh, mierda. Nos había reconocido. Genial. Fantástico. Fenomenal.
Alcé la vista para encontrarme con los ojos verdes de la Capitana Rogers, que me sonreía, inclinada hacia mí. Miré a mi alrededor, buscando a Sherlock, y cuando me giré para mirar a la derecha, me encontré con el cadáver sangrante y destripado del infiltrado de Mycroft pegado a la pared con varios cuchillos largos.
—Por Dios...
Aparté la mirada, sintiendo arcadas, y le vi. Estaba noqueado, con las manos atadas por delante del cuerpo, colgando de unas esposas enganchadas en una tubería. La cabeza le caía entre los brazos, y unas gotas de sangre caían rítmicamente de su barbilla. Peleé contra los grilletes, pero el acero me arañó la piel, desgarrándola.
— Ah, doctor Watson. Es usted todo un soldado. Deje a su "amigo" tranquilo. Se irá pronto de aquí. Tenemos cosas que discutir en... privado.
Mi corazón latía a cien, incapaz de relajarse, y yo no podía dejar de pensar en formas de escapar. No veía llaves ni alambres ni nada que pudiera usar para abrir las esposas, y dislocarme la muñeca no era una opción. Estaban demasiado ajustadas como para eso. Además, nuestro único contacto en el barco estaba con las tripas desparramadas por el suelo a unos metros de mí. Demasiado pocos. Sin mencionar que Sherlock, que era el de los planes brillantes, estaba inconsciente y atado.
No recordaba como nos habían capturado, y eso era lo que peor estaba llevando en esos momentos. Lo último que podía recordar con claridad, era que volvíamos al camarote a por algo de ropa después de comer, y... todo era negro a partir de ahí. Intenté mover la pierna herida, pero algo me lo impidió, lo que me hizo gruñir de dolor. Cuando miré abajo, estaba con los dientes apretados. Me habían abierto los puntos del balazo, y la sangre manaba de la herida. Vi que la capitana sostenía una botella en la mano, llena de líquido transparente. Oh, no.
Me cuadré cuando vi como se arrodillaba y se acercaba al balazo.
— Vaya, doctor. Esto tiene mala pinta. ¿Y si desinfectamos primero?
Acto seguido, noté como el líquido frío de la botella caía a chorro sobre la herida, atravesándome la pierna de un lado al otro. Los puntos de la parte de atrás no habían sido retirados, por lo que el alcohol médico se acumulaba dentro de la herida. No pude evitarlo. Grité.
Oí sonido de cadenas removiéndose, y miré en la dirección de Sherlock, que empezaba a despertar. Apreté la boca cuando la mujer se retiró, cerrando la botella.
— Buenos días, Sherlock Holmes. Empezaba a preocuparme por ti —la capitana se agachó, y cogió la mandíbula de Sherlock con los largos dedos, alzándole la cara. Los párpados de Sherlock luchaban por permanecer abiertos. Aún desde mi posición, podía ver que la droga que nos habían administrado aún no había salido de sus sistema.
— John...
—Mírale, Sherlock. Y memoriza su cara porque será la última vez que le verás —siseó, clavándole las uñas en la mandíbula, haciéndole sangre, girando su cara hacia mi.
Me removí, peleándome con las esposas una vez más, y sin éxito.
— Eso estaría bien... si pudieras cumplir tu amenaza, Elisabeth.
La mujer se apartó de Sherlock, con una sonrisa casi maníaca en la cara, y yo volví a respirar tranquilo. La prefería lejos de él. Inconscientemente, busqué mi navaja, pero no di con ella. Maldición, ¿por qué tendría los dedos tan endemoniadamente cortos?
— Has tardado, Holmes. Creía que tardarías menos, dada tu fama internacional.
Sherlock se rió entre dientes.
— Ya. Estaba ocupado en otras cosas, y no te consideraba una gran amenaza, la verdad. Pero eres buena, lo admito —dijo, y la voz le salió pastosa —. Acabo de darme cuenta de quién eres en realidad, aunque tus motivos se me escapan un poco, si te soy sincero. Dudo que sea una venganza familiar, porque todo en ti dice que no existía ningún apego entre vosotros, en todo caso, hasta te alegras, pero no acabo entender que todo esto sea por una simple redada anti tráfico. Hay demasiado rencor.
— ¿Y cómo sabes que no te equivocas respecto a mis motivos? ¿Respecto a quién soy yo?
Sherlock se rió. Se rió. Madre mía. La droga le estaba sentando mal de verdad.
— Tus orejas. Esos pabellones auditivos solo se pasan de padres a hijos, o entre hermanos. Dada tu edad, me inclino por lo primero. Y, sin duda, hay gestos que se pegan y que son muy reveladores.
La capitana Rogers dejó la botella de alcohol, y se acercó a la esquina oscura junto a la puerta. De la pared, descolgó algo largo y afilado. El olor a humedad de la sala no consiguió enmascarar el peculiar aroma del cuero, y cuando la luz amarillenta que entraba por el techo dio en sus manos, me estremecí. Era la fusta. Era nuestra fusta. La fusta de Sherlock.
— Hemos encontrado esto en vuestro camarote. Veo que os justa jugar... duro. El problema aquí, Holmes, es que yo no juego.
La fusta cayó con fuerza sobre la espalda de Sherlock, con un chasquido audible, lo que me hizo pensar que le habían sacado la camisa, aunque no podía verlo. Siseé, retorciéndome otra vez. La cañería no parecía estar en muy buen estado. Si tiraba con fuerza suficiente, tal vez conseguiría que cediera por el peso...
— Has destrozado... años de trabajo... años de acuerdos y contratos... de mierda... y eso... me cabrea —gruñó, golpeando una y otra vez. Los hombros de Sherlock se tensaron, absorbiendo los golpes, y apretando la boca, reprimiendo los ruidos de dolor —. Me has jodido, Sherlock Holmes... y eso... tiene... consecuencias...
— ¡Déjale!
La capitana se detuvo, a medio golpe, y se giró para mirarme.
— Oh, Johnny. No seas aburrido. Acabo de empezar.
Me quedé de piedra. No podía ser cierto... ¿verdad? Era verdad que había notado algunas similitudes, pero nada fuera de lo normal, no demasiado chillón como para resultarme vagamente familiar. Y como Sherlock no lo había mencionado, supuse que solo estaba en mi cabeza. Pero ahora, a la luz amarilla que entraba en el cuarto a oscuras, con la fusta en su mano y esa sonrisa maníaca, pude verlo. Las orejas que Sherlock había mencionado. La forma de hablar. Los gestos de la boca.
La capitana Rogers era hija de Moriarty.
¡Las cosas se complicaaaan...! Pobre Mycroft. Está un poco preocupado... digamos que su TOC engloba también a su hermano. Cuando su obsesión de control se desvanece, se pone negro... y ahí lo dejo.
Ya queda menos para acabar esta historia, y me está doliendo el alma, lo digo en serio... tal vez debería hacer una segunda parte? No sé, no sé... tantas opciones...
aunque recordad que cuando se termine, empezaré a subir los capítulos salteados POV Sherlock. en un fic aparte, así que ya os avisaré cuando podéis esperar esa actualización...
Espero que, a pesar de la brevedad, os haya gustado igual ;)
Feliz semana y hasta el domingo que viene!
MH
