Caroline durmió desnuda esa noche. Después de lo que había pasado, le pareció apropiado quemar todos los vestigios de su antigua vida. No necesitó que la presionaran para arrojar el camisón al fuego. Lo hizo tan pronto como el vizconde salió de su habitación.
La vieja Caroline se había ido. La nueva Caroline se había comprometido a seguir adelante con aquella decisión.
Mientras que los últimos jirones de su camisón blanco ardían entre las llamas, Caroline juró que se convertiría en un fuego tan ardiente como el que quemaba su ropa. Atraería a los hombres como si fueran polillas. Ellos querrían estar con ella. La desearían. Y uno de ellos pagaría muy caro por poseerla.
Y, al final, el hombre moriría y la dejaría en libertad.
Libre.
La palabra resonó en su mente de manera mucho más atractiva que cualquier promesa que el vizconde pudiera hacerle.
Libre para ayudar a su familia como le pareciera apropiado.
Libre de su marido, del vizconde, de sus odiosos planes y su fría lógica.
Libre para hacer lo que quisiera. Convertirse en maestra o incluso doctora. Una doctora que no humillara a sus pacientes y que hiciera de la salud y la felicidad su prioridad, y no de la clase de personas que provocara que sus pacientes desearan arrancarse la piel para tratar de borrar su recuerdo.
Pero ahora tenía que dormir. Se acurrucó en la cama hecha un ovillo, se subió las mantas hasta la barbilla y dejó que el sueño la invadiera.
Hasta que comenzó a soñar.
Tuvo un sueño horrible, lleno de manos frías, dedos espantosos y la voz monótona e implacable de su carcelero, el vizconde.
—Era necesario —decía el vizconde, repitiéndolo una y otra vez hasta que ella empezaba a gritar que lo odiaba.
En un minuto, él apareció a su lado; Caroline se dio cuenta de que estaba en su habitación y no en el sueño.
Pero ella no podía dejar de susurrarle que no se acercara.
El vizconde no hizo caso. Se inclinó hacia delante y le tocó la frente con los dedos. Fue una caricia tranquilizadora; sin embargo, Caroline se enfureció y comenzó a golpearlo con todas sus fuerzas. Los golpes eran duros y brutales, aunque resultaban completamente inofensivos. Niklaus la contuvo con fuerza, pero suavemente. Esperó a que se cansara, hasta que saliera toda la rabia.
Pero el miedo siguió allí. Caroline no se dio cuenta de cuándo desapareció. A decir verdad, en aquel momento no era capaz de racionalizar sus pensamientos. Simplemente supo que ya no sentía rabia, sólo un terror que la aturdía.
—¡No huyas! —le ordenó el vizconde con voz firme.
Ella ni siquiera se había dado cuenta de que estaba preparada para salir corriendo. Pero la orden de lord Mikaelson la dejó petrificada donde estaba, con la misma firmeza que unos barrotes de hierro. Se quedó inmóvil, con el cuerpo tenso y lleno de amargura, y la mente bullendo con un miedo indescriptible.
¿Qué pasaría ahora? ¿Qué indignidad consumiría su alma? ¿Dónde la tocarían después? Caroline se encogió. Y luego, lentamente, sintió algo.
Una mano.
Comenzó a gimotear. Podía oír el sonido con claridad, pero sólo una pequeña parte de ella se daba cuenta de que procedía de ella misma. Era un quejido casi animal. Demasiado lastimero.
La mano siguió allí, acariciándole la frente con suavidad. Como si fuera una niña.
—Estás a salvo, Caroline. Nadie va a hacerte daño.
Caroline pudo oír las palabras, pero no entendió su significado.
—Ha sido una pesadilla. Ya ha pasado. Shhhh.
Luego sintió que el pulgar del vizconde se deslizaba para acariciarle la mejilla y secarle las lágrimas que ella no sentía sobre su rostro.
—Sólo fue un sueño.
Caroline hundió la cara en la almohada y comenzó a temblar mientras parecía como si un dique cediera dentro de ella. Las lágrimas la invadieron y su cuerpo comenzó a contorsionarse con cada sollozo.
—Sólo fue un sueño.
—No —dijo Caroline entre suspiros—. No, fue real. Todo fue real.
El vizconde no le contestó. Se limitó a abrazarla con fuerza, tratando de tranquilizarla, y acariciándole el pelo, pues no podía verle la cara.
—Ahora estás a salvo, Caroline.
Entonces Caroline comprendió sus palabras, pero eso la hizo sollozar aún más fuerte. Niklaus hizo todo lo que pudo para aliviar su dolor. Pero ella sabía que todo lo que le decía era mentira. No había sido sólo un sueño.
No había terminado. Y estaba muy lejos de estar a salvo. Y no lo estaría durante mucho tiempo.
—No llores. Estoy aquí.
Caroline sabía que ésa era la única verdad.
—Estás a salvo.
La muchacha estaba enrollada alrededor de la almohada, pero tenía la espalda contra el vizconde. El calor de Niklaus la rodeaba, calentando su cuerpo helado, su alma dolorida. Tal vez, pensó borrosamente, algunas cosas eran verdad. Con él, al menos, se sentía a salvo.
—Quédese —susurró Caroline.
—Por supuesto.
El vizconde se quedó con ella toda la noche.
Cuando los primeros rayos del alba se colaron por las cortinas, la muchacha dejó finalmente de llorar.
Luego los dos se durmieron.
Cuando se despertó, Caroline estaba sola.
Echó un vistazo a la habitación, dándose cuenta con horror de que era más del mediodía. Escuchó con atención, atenta a cualquier ruido, pero el vizconde hacía rato que había salido. La casa estaba demasiado silenciosa como para que él estuviera cerca.
Mientras se incorporaba en la cama, Caroline pensó que las últimas veinticuatro horas habían sido aterradoras. Tan aterradoras que todavía no era capaz de distinguir dónde estaba la parte real y la soñada. Sin duda, la experiencia del día anterior había sido tan real como el pacto que había hecho con el vizconde.
En cuanto a la pesadilla... Caroline vaciló, inclinándose bruscamente sobre la almohada. Aunque la cabeza del vizconde no había dejado ninguna huella, Caroline percibió el aroma a ron de laurel. Lord Mikaelson había estado con ella esa noche, abrazándola con ternura mientras lloraba.
Tal vez sólo estaba protegiendo su inversión. Después de todo, ya había gastado una buena cantidad de tiempo y dinero en ella. Y lo perdería todo si no encontraba un marido. Pero, en el fondo de su alma, prefirió ignorar esa posibilidad. Le gustaba pensar que simplemente trataba de ser amable.
Caroline salió de la cama, se vistió rápidamente y bajó. Como era tan tarde, no esperaba encontrarse a la baronesa, pero albergaba la esperanza de que hubiera dejado alguna indicación sobre las tareas del día. O para ser más exactos, el plan de la tarde.
Al entrar en la cocina, le faltó poco para darse de bruces con Dunwort, cuya mirada de sorpresa se transformó enseguida en una sonrisa.
—Ah, ya se ha despertado. ¿Ha llorado ya suficiente? ¿Se siente mejor ahora?
Caroline parpadeó, asombrada por la franqueza de sus palabras.
—¿Está enterado usted de todo lo que sucede en esta casa? —preguntó Caroline de repente.
Dunwort soltó una risita.
—No de todo, pero casi. —Dio media vuelta mientras le indicaba que tomara asiento—. La baronesa está ocupada con su botella, así que tiene algo de tiempo para comer. ¿Qué le preparo?
Caroline se giró y frunció el ceño, tratando de descifrar las palabras de Dunwort.
—¿Está bebiendo?
—Sí —confirmó el mayordomo, sacando una sartén—. Siempre lo hace después de la visita de las muchachas al médico. A ella le resulta casi tan duro como a ustedes. Ahora... —dijo con una sonrisa— ¿qué tal unos buenos huevos para empezar? Eso es lo que mi madre siempre solía decir. Que unos deliciosos huevos por la mañana pueden hacer olvidar una mala noche. —Dunwort se acercó a Caroline y le hizo un guiño—. Aunque la mañana sea, en realidad, tarde.
Caroline asintió distraída.
—Unos huevos estarían muy bien —dijo, pero estaba pensando en la baronesa. El día anterior, la mujer se había portado de manera fría y cruel. Había vuelto a comportarse como una bruja.
¿Se pondría esa máscara para distanciarse de lo que pasaba? ¿Pensaría que un tono frío disminuiría la tortura, mientras que si mostraba simpatía lo único que conseguía era prolongar la agonía?
Entraba dentro de lo posible, admitió Caroline de mala gana. Pero, aun así, no podía perdonarla. De momento, no. No lo haría, al menos hasta que pudiera dejar atrás todo lo sucedido. Y con ese objetivo en mente, se dirigió a Dunwort, que ya estaba colocando frente a ella un plato con dos apetitosos huevos.
—Dunwort —comenzó a decir con voz halagadora—, ¿cómo hicieron las otras muchachas para...? —Caroline se movió con incomodidad—. ¿Cómo lograron atraer a sus maridos?
—¿Qué? —El mayordomo estaba limpiando la sartén, de manera que Caroline no pudo verle la cara.
Caroline se puso de pie y se le acercó por la espalda, apoyando una mano en su brazo.
—Necesito saberlo, Dunwort. Por favor.
El hombre se quedó rígido cuando sintió la mano de Caroline y se giró ligeramente para mirarla. Había una sombra de preocupación en sus ojos, pero Caroline lo miró con seriedad. Sabía que él le respondería, sólo tenía que mostrarle lo importante que era para ella ese conocimiento.
—Ese es trabajo del vizconde, señorita. No me corresponde a mí explicárselo. —Dunwort se zafó, concentrándose de nuevo en la sartén—. Ahora coma. No nadamos en la abundancia como para desperdiciar la comida.
Pero Caroline no se movió. Se limitó a recostarse contra la pared para poder observar la cara del mayordomo.
—¿Eran muy guapas?
Dunwort hizo una pausa en su trabajo y la miró con sus ojos claros. Caroline no se acobardó, dejando que el hombre viera la incertidumbre de su rostro. El miedo. Se había impuesto la tarea de atraer tantos pretendientes como fuera posible. Sin embargo, no tenía ni idea de cómo hacerlo.
—Sí, lo eran.
Caroline suspiró mientras sentía que el fracaso la oprimía.
—Pero usted es diez veces más guapa.
Caroline sacudió la cabeza y volvió a su desayuno con cara de tristeza. Las lisonjas y los halagos no la ayudarían en su objetivo.
—Gracias, Dunwort —dijo con voz suave.
Esta vez fue Dunwort quien la siguió y se sentó frente a ella.
—No me cree, ¿verdad?
Caroline se encogió de hombros.
—No soy tonta, Dunwort. Sé distinguir entre lo que es hermoso y lo que no lo es. Tengo un rostro y un cuerpo agradables, pero... —Se detuvo un momento, mientras buscaba las palabras precisas—. No son tan especiales.
—Tiene usted razón, su rostro no es tan especial. Aunque —añadió con una sonrisa— no veo nada malo con su cuerpo. De hecho —rumió en voz baja—, usted me recuerda a la baronesa cuando tenía su edad. Su cabello y su cuerpo son iguales. Incluso el brillo de los ojos. Resulta extraño, pero podrían pasar perfectamente por primas.
Caroline parpadeó, asombrada ante aquel comentario. Nunca se le había ocurrido que pudiera parecerse a la baronesa, pero, quizás cuando la mujer era joven, antes de que comenzara a beber, podían haber guardado un cierto parecido. Tenía que admitir que su tez era del mismo tono y las formas del cuerpo, a grandes rasgos, eran similares. Le resultó un pensamiento tan extraño que Caroline comió un poco de huevo sólo para ganar tiempo analizándolo. Mientras tanto, Dunwort siguió hablando, con voz fuerte y clara.
—Pero no son el cuerpo y el rostro los que sirven para atrapar a un hombre. Nunca ha sido así y nunca lo será. —Dunwort hizo una pausa con el fin de realzar el efecto dramático de sus palabras. Y funcionó, porque Caroline contuvo la respiración y se olvidó de la comida, inclinándose hacia delante para no perder detalle—. Lo que atrae a los hombres, como la red al pez, es el amor.
El pecho de Caroline se contrajo, cortándole la respiración. Le sorprendió la espontaneidad de su reacción, el intenso dolor que le produjo la afirmación de Dunwort. Parpadeó para evitar las lágrimas y luego murmuró:
—Pero yo no me voy a casar por amor.
Dunwort extendió el brazo y le acarició los dedos con suavidad. Caroline agradeció aquel gesto cálido que le daba ánimos.
—No me refiero al amor del hombre, aunque si logra eso, lo tendrá sin ninguna duda.
Caroline levantó la vista y miró a Dunwort con ojos llorosos.
—Entonces, ¿qué?
—El amor por lo que usted está haciendo, señorita. El amor por usted misma. En su interior, es usted diez veces más mujer que cualquiera de las otras muchachas. Usted es amable y respetuosa. Presta atención a los mayores en vez de creer que tiene todas las respuestas.
—Los feligreses de mi padre me enseñaron eso y mucho más. Pero Dunwort, llevo escuchando a la gente toda la vida y nunca ha aparecido un hombre que pidiese mi mano, ni requiriese nada en ese sentido.
—Sí —dijo Dunwort con una sonrisa—. Y eso es lo que él le va a enseñar.
—El mayordomo se inclinó hacia delante—. Ya ha casado a seis muchachas. Todas ellas son mujeres ricas. ¿Sabe por qué tiene tanto éxito?
Caroline movió la cabeza, completamente hechizada.
—¿Por qué?
—Porque él ama lo que hace.
Caroline parpadeó.
—¿Le encanta vender muchachas en matrimonio ?
Dunwort sacudió la cabeza y frunció el ceño.
—Si eso es lo que usted cree, entonces no es tan inteligente como pensé.
Caroline colocó el tenedor sobre la mesa y lo miró a los ojos.
—Pero eso es exactamente lo que va a pasar. Él mismo me lo ha dicho.
—Sí. Pero ¿no iba usted a ser vendida de todas formas? Si se hubiera quedado con su familia, ¿habría podido elegir a su marido? ¿Por amor?
Poco a poco, Caroline comprendió la verdad.
—No —dijo con suavidad—. No. Mi tío habría elegido por mí.
—Entonces habría sido vendida de todas formas. Como sucede con todas las muchachas de su señoría. Así es la vida de las mujeres.
¿Cómo podía negarlo, cuando toda la vida había visto que eso era verdad? De toda la congregación de su padre, Caroline podía contar con una sola mano las mujeres que eran felices. Era cierto también que las que habían sido obligadas a casarse eran al menos la mitad. Pero entre las que habían contraído matrimonio por amor, muchas descubrieron que su elección había sido tan mala como la del resto. Y después de casada, no había nada que una muchacha pudiera hacer para protegerse. Sin importar la felicidad con que comenzara la unión, muy pronto la mujer se convertía sólo en una sirvienta contratada, que satisfacía las necesidades del marido y cuidaba a sus hijos.
—Lo que su señoría hace es brindarles una salida a sus protegidas. Les enseña a casarse con un hombre rico. Y qué hacer con su fortuna cuando el desgraciado se muere. Cuando uno tiene dinero y sabe qué hacer con él, supone libertad. Eso es lo que a él le encanta hacer. Y a usted también tiene que gustarle.
Caroline sacudió la cabeza, deseando poder entender lo que iba a sucederle a partir de ahora. ¿Qué le enseñaría el vizconde? ¿Qué tendría que hacer ella? Luchando por pensar con claridad, la muchacha repitió las palabras del mayordomo.
—¿Debo amar lo que el vizconde hace?
—Nooo —dijo Dunwort, arrastrando las palabras y con cara de frustración—. Usted debe amar lo que va a aprender. No creo que Dios quiera que todo esto se vea relacionado simplemente con el sentido del deber o sea un sacrificio. He visto a muchas chicas sufrir por su elección porque no supieron cómo disfrutarlo.
—¿Disfrutar de qué?
Dunwort extendió la mano, dando unos golpecitos sobre el brazo de Caroline.
—Ya lo descubrirá. Pero recuerde lo que le he dicho. Disfrútelo, ámelo. Y todo irá bien. —Se levantó de la silla.
—¡Dunwort, no se vaya! —Caroline trató de agarrarlo, pero el mayordomo se había alejado demasiado—. No entiendo.
—Ya lo entenderá, señorita. Ya lo entenderá. —El hombre sonrió y se quitó un mechón de la cara—. Y ahora tengo cosas que hacer. Y usted tiene sus lecciones con la baronesa.
Tenía razón. Y a Caroline no le quedaba más remedio que asistir. La baronesa exigía como mínimo la asistencia. Por desgracia, las lecciones eran terriblemente tediosas. Modales. Baile. Francés. Lo que en otro tiempo había considerado frívolo, se había convertido ahora en el centro de su vida. Únicamente el libro de inversiones del vizconde la mantenía interesada. Así que lo leía aunque no tuviera necesidad de hacerlo, e incluso había seleccionado otro libro de la biblioteca, un libro para niños sobre el gobierno del país.
Por desgracia, la baronesa no la examinaba sobre la composición del gobierno inglés, sino que observaba con detalle su comportamiento, sus palabras, incluso su manera de detenerse o de sentarse, o la expresión de su cara.
—Siempre dejas traslucir lo que piensas. ¿Es que no puedes entender que una mujer debe ocultar sus pensamientos? A los hombres no les gusta que crean que son unos idiotas.
—Entonces no deberían portarse como idiotas. —Estaban en el salón practicando la charla intrascendente y otro ridículo pasatiempo.
—De verdad, Caroline, eres la hija de un sacerdote. ¿Acaso no has tenido que sentarte a oír estupideces todo el día?
Caroline suspiró.
—Claro que sí.
—Entonces, ¿por qué no puedes hacerlo aquí?
Caroline levantó las manos con exasperación. Estaba siendo desobediente y lo sabía. Pero no podía evitarlo.
—No entiendo qué tiene que ver esto con conseguir un marido. No tengo intención de casarme con un imbécil. ¿Por qué debo aprender a conversar con uno?
—Por Dios, Caroline, estoy segura de que a estas alturas ya sabes que las intenciones de una persona y la realidad son dos cosas muy distintas.
—Claro que lo sé —contestó Caroline con la misma sensación de impaciencia—. Pero supongo que puedo opinar sobre el asunto. —De hecho, el vizconde le acababa de prometer precisamente eso—. No me dirá que con esta charla insulsa fue capaz de atraer la atención del barón, ¿o sí?
—¿Yo? —jadeó la mujer—. No, muchacha, yo elegí por la razón más ridícula de todas. Por amor. —La baronesa escupió la palabra como si fuera carne en mal estado.
Caroline se quedó inmóvil, sorprendida tanto por las palabras de la baronesa como por la amargura de su tono.
—Yo no era más que una muchacha estúpida que pensó que estaba enamorada. Nos casamos, debo añadir, con la bendición de mi familia, lo que muestra lo idiotas que éramos todos. —La baronesa suspiró y se recostó contra los cojines de su silla—. El matrimonio fue un desastre.
—Pero ¿por qué? ¿Acaso él no la amaba?
—Por Dios, niña, lo que para una mujer es amor y lo que siente un hombre son dos cosas completamente distintas. El amor de los hombres es un asunto de entrepierna. Una vez eso está satisfecho, el amor de los hombres se concentra en obtener una posición de poder en la sociedad. Eso es lo que estoy tratando de enseñarte. Cómo ser una dama elegante, y mantener la posición de tu marido en sociedad.
Caroline trató de entender, pero las preguntas no dejaban de atormentarla.
—Pero si usted sabía esas cosas, y las hacía para su marido, ¿por qué el matrimonio fue un desastre?
La baronesa tardó unos minutos en contestar. Dejó a un lado el bordado, se levantó y cruzó el salón hasta las botellas de licor que siempre tenía a mano.
—En mi caso —respondió la baronesa con seriedad— mi marido tenía otras exigencias para su esposa. Ahora —dijo con firmeza, mientras se servía un vaso de jerez—, por favor, di en francés la siguiente frase: ¡ay, señor, realmente es usted muy ingenioso!
Transcurrió así el resto del día. Ni siquiera descansaron durante la cena.
La baronesa no dejó de criticarla mientras cenaban, haciendo desaparecer el apetito de la muchacha y provocándole un horrible dolor de cabeza. A esto hubo de añadir la dolorosa rigidez en su espalda por tener que sentarse siempre recta, así que Caroline nunca se sintió más agradecida de llegar a su cama.
Habría sido más fácil si el vizconde hubiese estado en casa. Y aunque su opinión sobre cómo atrapar un marido bien podría aumentar la confusión de la muchacha, ella todavía valoraba las palabras de aquel hombre más que las de los otros. No sabía explicar la razón, pero lo que lord Mikaelson pensaba le parecía mucho más importante.
Quizás se debiera a que él ya había colocado con éxito a otras seis chicas. O tal vez tuviera que ver con el hecho de que era un hombre con buena posición en la aristocracia.
Por desgracia, el vizconde había estado ausente todo el día. Era bastante tarde cuando ella lo oyó llegar. Caroline estaba completamente exhausta, pero, no obstante, se mantuvo despierta, sintiendo alivio al oír sus lentos pasos subiendo las escaleras, y luego se sorprendió contando los segundos que transcurrirían hasta que él viniera a su habitación.
No tuvo que esperar mucho tiempo. Apenas habían pasado diez segundos cuando él abrió la puerta, quedándose absolutamente quieto, como si estuviera oyéndola dormir.
Pero Caroline no estaba dormida, así que tan pronto lo oyó se movió en la cama y se giró a mirarlo.
—¿Milord?
—¿Te sientes mejor, Caroline?
Caroline respondió sin vacilar.
—Sí.
—¿Crees que vas a poder dormir esta noche sin tener pesadillas?
La muchacha tardó un poco más en contestar esta vez, pero cuando habló lo hizo con total convencimiento.
—Creo que esta noche estaré bien.
—Bien —dijo el vizconde, y suspiró—. Entonces descansa. Tu presentación en sociedad comenzará tan pronto como llegue tu ropa. Duerme ahora mientras puedes.
Caroline parpadeó, mientras trataba durante un instante de asimilar las palabras del vizconde. Luego se sentó bruscamente en la cama, sin preocuparse de taparse con las mantas.
—¿Tan pronto? —dijo con la respiración entrecortada, y una indescriptible sensación que oscilaba entre el entusiasmo y el desaliento —. Aún me faltan todavía muchas cosas por aprender.
El vizconde se encogió de hombros y sonrió. Parecía cansado. Tal vez el papel de tutor le exigía más energía de la que parecía.
—Mi tía piensa que tus modales todavía son algo bruscos pero apropiados. Lo único que falta es la ropa.
—¡Pero todavía no puedo empezar la temporada de presentación en sociedad! Aún no he aprendido cómo atrapar un marido.
El vizconde ya estaba dando media vuelta, pero se detuvo al oír el último comentario de Caroline.
—¿Cómo atrapar un marido?
Caroline se mordió el labio. ¿Había sido ella capaz de decir eso? Al ver la expresión de asombro del vizconde se dio cuenta de que así era.
—Ése es el objetivo final, ¿o no? Atrapar un marido rico.
—No tienes que preocuparte por eso, Caroline. Te aseguro que «atraparás» un marido. —En la voz del vizconde pudo notar un tono divertido, y aquello la hizo sentir aliviada.
—Pero...
—Ya basta, Caroline. Tú eres la alumna. Deja que el maestro planee sus lecciones en paz.
El vizconde salió, cerrando con suavidad la puerta que comunicaba las dos habitaciones.
Todavía no he aprendido cómo atrapar un marido.
Las palabras de Caroline quedaron resonando en la cabeza de Niklaus mientras se dirigía a su cama. Dios mío, ¡qué mujer tan particular era Caroline! No estaba seguro de cómo había ocurrido, pero, en algún momento, en aquellos dos días, la muchacha había aceptado su situación. Aunque, para ser más exactos, más que aceptarla, la había asumido por completo.
Ése es el objetivo final, ¿o no?
El vizconde se rió en medio de la oscuridad. Sí, ése era el objetivo final, pero el hecho de que ella lo dijera de manera tan abierta tan poco tiempo después de todo lo que había pasado... Bueno, pensó Niklaus mientras se quitaba la corbata, era un buen augurio para la temporada que estaba a punto de comenzar.
Sin embargo, había algo en la actitud de Caroline que lo inquietaba.
Niklaus se dio la vuelta y miró la puerta cerrada. Era él quien la había cerrado, pero, de repente, se dio cuenta de que tal vez ella ya había comenzado a cerrarla. Caroline era una muchacha muy inteligente. Lo único que la mantenía atada a él era su ignorancia. Pero en los días futuros, ella aprendería rápidamente, y era probable que lo hiciera bien.
Por Dios, ninguna de las otras muchachas había abierto el libro sobre inversiones hasta que él había insistido. Pero Caroline no sólo lo había terminado en un día, sino que ya se había enfrascado en otro libro. Lo había visto sobre su mesilla de noche. ¿Desde cuándo se había vuelto tan práctica? ¿Tan... ansiosa?
Pero ¿acaso qué esperaba? Caroline había recurrido a él por su propia voluntad. No había sido traída por un padre desesperado que la había arrojado en brazos del vizconde. Ella había sido la única que había tenido la audacia de preguntar si la baronesa —porque la carta necesariamente iba dirigida a ella— estaría interesada en patrocinar la presentación en sociedad de la hija de un clérigo.
Así que la pequeña Caroline era realmente brillante. Y práctica. Y arriesgada. ¿Qué pasaría cuando aprendiera todo lo que necesitaba saber para iniciar el asalto a Londres? ¿Podría Niklaus tener algún control sobre ella? Ya se las había arreglado para hacerle prometerle que le daría la oportunidad de elegir a su esposo. ¿Qué otras concesiones le arrancaría?
¿Qué otras atribuciones se tomaría Caroline por su cuenta, se las permitiera él o no?
El vizconde se acomodó en la cama con una creciente sensación de inquietud. Si Caroline estaba decidida a seguir ese camino, ¿cómo podía guiarla? ¿Cómo podría detenerla si se dirigía a su propia destrucción?
Ya lo había visto antes. Con Genevieve. Y aunque Caroline no se parecía mucho a aquella primera muchacha, había entre ellas una cierta similitud en un asunto crítico. Cuando Genevieve aceptó finalmente su situación, lo alejó totalmente de sus pensamientos y temores. Dejó de confiar en él. Había aceptado su tutelaje, por supuesto, pero al final hizo lo que quería sin pensar en el coste que tendría para su alma.
Y de todas sus pupilas, ella era la única que lo miraba con ojos vacíos.
No había ninguna conexión entre ellos, sólo la amargura por la pérdida de la inocencia.
Aunque aceptaba su fracaso con Genevieve, el simple hecho de pensar que esa misma frialdad se podría establecer entre él y Caroline le resultaba horrible. Pero ¿cómo podía evitarlo?
Ya podría ser demasiado tarde, pensó el vizconde con espanto. Su única esperanza era mantener a Caroline en permanente desequilibrio.
Presionarla mucho, enseñándole más de lo que ella podía asimilar. Y, con suerte, estaría casada mucho antes de que llegara a odiarlo.
Suspiró y se acomodó en la cama, sintiendo un dolor en el alma que no se comparaba con el dolor de su cuerpo. Muchos lo habían acusado de no tener corazón y a veces él casi creía que estaban en lo cierto. Pero la verdad era que sufría con cada muchacha, y le dolía lo que tenía que hacerles incluso cuando se disponía a embarcarse en la tarea. Luego lloraba en cada boda, semanas o a veces meses más tarde.
Con Caroline era diferente. Su conexión se había producido de manera más rápida, más profunda. El vizconde sentía que no podía distanciarse del trabajo que tenía que hacer con ella. Sufría con cada indignidad, con cada dolor, como no lo había hecho con ninguna de las otras.
Así que, si había llorado con las otras chicas, ¿qué efecto tendría sobre él la boda de Caroline? ¿A qué clase de dolor se enfrentaría en ese momento?
Abatido, el vizconde se acurrucó alrededor de una fría almohada y suspiró. No importaba lo que sintiera. El camino de Caroline estaba trazado.
Lo mismo que el suyo.
