Pensamientos en Cursiva.

Términos japoneses:

Bocchan: Joven Amo.


IX


Madrugada. No sabía la hora exacta, pero a juzgar por la coloración de la noche debía ser muy tarde… o muy temprano si se analizaba bien.

Un sobresalto le había despertado de su sueño. Y algo le decía que su mayordomo tenía que ver con ello.

Rápidamente tomó su bata y se la colocó para después marchar a su recámara. Quizás la fiebre le había vuelto o se sentía incapacitado. Sin embargo recordaba que Undertaker le había dicho que esos efectos sólo eran temporales, pero si lo pensaba detenidamente, perfectamente podrían durar más de tres días o una semana.

Definitivamente eso no estaba en sus planes, menos arrastrar con un demonio enfermo.

Esperaba que Sebastián se decidiera pronto.

Aunque eso significara fragmentar aún más su turbio y despedazado corazón.

Componiendo su máscara de indiferencia hizo presencia en su propia habitación. La luz de la Luna lograba iluminar gran parte de la alcoba y daba gracias a ello porque no disponía de tiempo para buscar velas ni prenderlas por sí mismo. Con rapidez se encaminó hacia su dormido mayordomo que jadeaba presa de la fiebre nuevamente. Exhalando un bufido de hastío tomó la palangana y el paño que se encontraban en la mesa de la habitación y procedió a cuidar a su mayordomo. Con cuidado remojó la pequeña toalla y la colocó sobre la frente perlada de Sebastián que deliraba otra vez cosas incomprensibles y en una frecuencia demasiado débil para ser audible.

No llevaría ni un par de minutos cuando la voz del mayordomo le sobresaltó en extremo.

—¿Por qué lo hizo?

Ciel no atinó a responder, mentalmente se preguntaba de qué rayos estaría hablando.

—¿Por qué? ¿Por qué con él? —Insistió con la voz grave y ronca.

El joven Conde no sabía si responder a su delirio. Sebastián mantenía los ojos cerrados moviendo su cabeza de un lado a otro como si quisiera despejarse o negar algo. Lo estaba confundiendo.

—¿Por qué con él, Bocchan? ¿Por qué no conmigo? —Inquirió dolido.

Esta vez el Conde no quiso quedarse en silencio. Demasiado misterio había en el asunto como para mantenerse al margen. —No te entiendo, Sebastián. ¿De quién estás hablando? ¿Qué se supone que hice?

El mayordomo tensó la mandíbula como si estuviera conteniéndose. —No lo niegue. Lo sé. ¿Por qué, Bocchan? ¿Por qué lo besó?

Ciel quedó petrificado. ¿Sebastián sabía de su beso con el sepulturero? ¡¿Pero cómo? Nadie pudo saberlo, no había nadie más en el lugar que ellos dos. ¿Cómo era posible que se enterara?

—Manchar sus labios… de una forma tan asquerosa…

Para el pequeño esas palabras fueron como echarle encima un cubo de agua fría. Sin embargo, no tenía ningún deseo de mostrarse vulnerable con ese desgraciado demonio. Que se fuera a joder a otro, él ya tenía suficientes degradaciones en su quebradizo cuerpo como para aguantar una exageración del mayordomo.

—¡¿Quién te crees que eres para venir a demandar respuesta? ¡Yo resuelvo con quien estar! Éste es mi cuerpo y yo decido quien lo toca y quien no, tu sólo posees mi alma. ¡Nada más te pertenece, demonio inútil! —Encaró con soberbia mientras se disponía a salir de la habitación. No obstante, su deseo quedó truncado en cuanto sintió una firme presión en su brazo izquierdo. Con extrañeza comprobó que Sebastián le estaba reteniendo mientras abría sus sangrientos ojos que brillaban con un ímpetu infernal. La mirada llena coraje, molestia y resentimiento repercutió en el pequeño Conde que trataba de mantener su máscara indiferente a pesar del horroroso temblor que comenzaba a sentir en sus piernas.

—Estás en un error, Ciel Phantomhive —susurró roncamente con ese tilde posesivamente cruel—. Desde el momento en que decidiste caer bajo mis garras todo tú me perteneces. Desde tu alma hasta el más fino de tus cabellos. Todo es mío. Y no pienso compartirlo con nadie.

Ciel, a estas alturas, tuvo que sentarse en la cama para no desfallecer en el piso. La voz de Sebastián, tan sensual y potente, hecha de podrida almíbar y lujuriosa miel, llena de un oscuro y perverso deseo, hicieron que le recorrieran descargas eléctricas por todo su infantil cuerpo. Eso, y la mirada hambrienta que le había dedicado durante todo su discurso.

Pero él era Ciel Phantomhive, y aunque estuviera casi al filo de la muerte, jamás dejaría de ser un soberbio y orgulloso humano. —Mal por ti, demonio. Todo mi cuerpo ha sido usado por muchos antes que tú, y mis labios han sido recientemente acariciados por un ser que no eres tú. ¿Qué harás al respecto? ¿Llorar de frustración? ¿Enojarte? ¿Sentir impotencia? —Masculló con una irónica sonrisa en su pálido rostro esperando callar al sublevado mayordomo y queriendo correr lo más lejos posible de su presencia.

No obstante, por toda respuesta, Sebastián sonrió con esa sensual y diabólica mueca que le hizo ahogar un jadeo. —Nada de eso mi querido Ciel. Si antes hubo otros, entonces borraré tu pasado.

—Ja, ¿Y cómo harás eso? —Replicó sarcásticamente tratando de no hacer notar su miedo.

—Devorándote —Respondió con rapidez empujando al chico hacia él y mientras mantenía ambas bocas juntas en una incesante caricia malévola, continuó con su alegato—. Devorándote de tal forma que te olvides hasta de tu nombre —Y así unió sus labios con los contrarios en un beso brioso y salvaje.

Ciel estaba en shock total, sin poder responder ni separarse. Sentía el cuerpo congelado, escalofríos por toda la espalda y la repugnante sensación de déjà vu que le producía ganas de vomitar. Vivir lo mismo una vez más, con aquel que lo había sacado de esa jaula, con el que creía su salvación oscura…

Con su adorado demonio.

El pensamiento sólo le hizo gemir de impotencia. Aunque una morbosa y profunda parte de su mente le instaban a continuar, porque sería la única forma de acercarse a ese cuervo infernal sin necesidad de pedir por ello y de evitar que ese sentimiento que tanto le costaba esconder, relegara a un segundo plano su principal motivo de vida: su venganza.

Sentir amor era un asco.

Mientras, Sebastián hacía uso de la exagerada fuerza que le otorgaba la emoción de la furia y el deseo. Nada debía intervenir en su cena, nadie debía meter manos en su manjar, jamás dejaría probar bocado a ningún ser vivo, mucho menos lo compartiría para mejorar su sabor. Nada se interpondría en esa exquisita alma y su ser. Y si debía soportar la tortura de las emociones y el horroroso percibir de los sentimientos, pues que así fuese, pero jamás dejaría esa alma ensuciarse por algo que sólo él causaría porque así lo decidiera. Nada le haría cambiar de opinión. Ciel seguiría siendo esa perfecta alma de la cual estaba tan embelesado, y no cambiaría nunca su esencia así tuviera que infundir noche tras noche el exquisito sazón del odio y el resentimiento. Y que mejor para hacerlo que violando a su contratista.

¿Acaso existe un plan mejor?

Con una sonrisa llena de malicia tomó al pequeño del camisón y lo volteó bruscamente en la cama encerrándolo con su cuerpo. A sabiendas de la sonora sarta de reclamos que vendrían del menor mantuvo su boca junto a los pequeños labios moviendo su inquieta lengua junto a la contraria que se encontraba totalmente congelada. El pensamiento de no percibir respuesta le cubrió de una ola de rencor que descargó al rajar las finas prendas con sus manos, desnudando el infantil cuerpo. Sus dedos aun cubiertos por los guantes se deleitaban con la morbosa sensación de posesividad y dominio. De haber estado en sus cinco cabales, probablemente no hubiese llegado a esa resolución, pero… el contrato se estaba prácticamente anulando, el brillo que mostraba, tanto su mano como la pupila de su contratista, era casi nulo y aunque sintiera la negación de su Amo, mientras éste no le ordenara detenerse, no iría contra las reglas.

Pequeños vacíos legales que no pensaba desaprovechar.

Con impropia obstinación y a sabiendas de que el pequeño pronto se recuperaría del shock, se separó por unos instantes para deshacerse de los suaves guantes que ocultaban la marca de su contrato. Con su innata sensualidad y deliberadamente, pescó el borde del dedo medio con sus inmaculados dientes y retiró la prenda suavemente con una sonrisa erótica. Al terminar, hizo el mismo procedimiento con el segundo para luego lamer sus labios de forma indecorosa. Con lentitud encaminó el rostro hacia el oído de su joven maestro y pronunció ciertas palabras que a duras penas podía contener.

—¿Sabe, Bocchan? Desde que le he servido siempre tuve el deseo de observarle gemir de dolor —El pequeño se estremeció de temor y a Sebastián le pareció adorable—. Nunca tuve la oportunidad de verle. Cuando me invocó, todos esos gérmenes a su alrededor reían como desquiciados, como si hubiesen probado una ambrosía tan fuerte y única, que no les importaba morir en esos segundos —Como si hubiese escuchado un chiste privado, sonrió con malicia—. Y así fue. Murieron instantes después de haberse saciado con su cuerpo, de haberle mancillado y usado como a un animalito exótico y magnífico. ¿Y sabe, Amo? Yo los envidié por un segundo.

A Ciel, cada palabra le martilleaba la cabeza. Todo, los recuerdos, las palabras, los golpes, los abusos, vinieron a su mente como ecos y escenas en vivo que sólo quebraban su frágil cordura. Los sonidos morbosos, las palabras sucias, cada olor y sentimiento llegaron a su mente como marejadas llenas de resentimiento, mezcladas de inmundicia, repletas de odio, y rabia.

Sebastián estaba jugando muy bien sus cartas.

—¿Quiere saber por qué, Bocchan? —Le preguntó en un vil susurró mientras hacía nudos en los trozos de tela que antes fuera el camisón del Conde—. Porque ellos saborearon con sus repugnantes lenguas el jugo de su inocencia, mancharon sus pútridos cuerpos de su fina sangre y deleitaron sus roñosos oídos con sus melodiosos gemidos. Todo eso que debió ser mío desde un principio —Declaró con seriedad al ser consciente de sus deseos. ¡Oh rayos! De verdad deseaba ser el primero, en realidad hubiese querido estar sólo segundos antes para poder vivir en carne propia lo que significaba el humillar ese pequeño y frágil cuerpo y deleitarse con el sufrimiento y lágrimas que hubiese derramado.

Porque él las habría causado.

Y el comprender esos pensamientos le hizo pensar si lo que estaba haciendo era correcto. ¿Por qué se estaba dejando llevar de ésta forma? Él no tenía deseos sexuales, no sentía un gran placer al sentir su miembro erecto. Entonces, ¿Por qué deseaba mancillar con tantas fuerzas ese pequeño cuerpo?

La oración "Porque es mío" resonó con fuerza en su mente.

Y como si con eso aclarara todo su revuelo, su conciencia mantuvo silencio y continúo con lo que tenía planeado desde un principio.

Disfrutar de lo que era suyo por derecho.

Rápidamente y sin medir consecuencias tomó las vendas que había creado con los trozos de tela y le cubrió la boca a su Amo con firmeza, impidiendo que saliera de esos labios alguna orden de negación.

Ciel despertó del shock al sentir sus labios cubiertos por la seda y masculló un sinfín de maldiciones al darse cuenta de las intenciones del mayordomo. Su mirada que en principio fue de impotencia, a los segundos se llenó de un infinito desprecio. Intentó atacar al mayor con sus manos, pero sus golpes eran tan débiles que el otro no hacia menor caso, simplemente juntó esos frágiles brazos por encima de su cabeza y las mantuvo cautivas con una de sus poderosas manos e incluso se atrevió a humillarle más sonriéndole descaradamente como quien se divierte de ver a su pequeña mascota tratar de llamar su atención. La rabia consumía al pequeño Phantomhive que en su mente lo único que deseaba era que Sebastián volviera al infierno de donde vino.

—¿Me creería Bocchan si le digo que hasta ahora me doy cuenta de que actúa como gatito huraño?

La observación congeló al pequeño. Estaba tan fuera de lugar como si lo que estuviera pasando fuese una broma. Y sinceramente, en el fondo, deseaba que así fuese, o de lo contrario no sabría qué pudiera pasarle a su cordura.

Sebastián besó los labios entreabiertos por la tela con muchísima suavidad, deleitándose con las sensaciones que bullían dentro de su avatar. Debido a que nunca había experimentado esos estremecimientos, la sola idea de sentirlos durante toda su eternidad se le hacía cada vez más tentador. Su plan debía marchar a la perfección pues podía percibir los enormes deseos de su pequeño maestro por enviarlo a un hoguera y quemarlo vivo, ese odio mezclado con matices leves de temor, impotencia y rabia hacían de su alma un bocado exultante.

Continuó acariciando con los labios cada parte del rostro del pequeño, parando un momento para sorber aquellas minúsculas lágrimas que eran retenidas por su portador. Cada bocado le parecía fuera de toda norma, lejos de cualquier realidad, demasiado para provenir de un simple humano.

—Es increíble como algo tan insignificante puede tener tanto sabor —murmuró para sus adentros sin ser consciente del nivel de su voz.

Para Ciel aquellas palabras terminaron por reventar en pedazos su agónico espíritu. Sebastián le consideraba tan insignificante que hasta le sorprendía que pudiese gustarle. ¿Acaso había algo más patético que el ser rechazado de una forma tan vil e indiferente?

Sin duda no podría sentirse peor que un muñeco usado y desechado por el individuo que dejó entrar en lo profundo de su corazón.

Sintió su cuerpo ser besado y lamido por el demonio de mirada rojiza que con su izquierda mantenía sus manos presas sobre su cabeza. Mientras, cada poro de su piel era tocado por esa suave y varonil mano. Y a pesar de que Ciel tenía sus piernas libres del yugo de su captor, no tenía las fuerzas para detenerlo, porque aun dentro de esa propia sensación repulsiva estaba el deseo casi enfermizo de ser correspondido aunque fuese una vez.

Pero aunque emocionalmente deseaba esa entrega, al sentir los dedos de Sebastián incursionando en su entrada, la tensión volvió con fuerza inusitada haciéndole revolverse para rechazar el inmundo contacto.

El demonio se sentía complacido por la tranquila entrega, porque aunque estaba en sus planes hacer que Ciel no olvidara sus propósitos de vida, no deseaba causar más daño del normal.

Además estaba gozando de una forma increíble y diabólicamente placentera.

Con sus labios y dedos había recorrido gran parte del cuerpo del menor y ahora su lengua se deslizaba por los carnosos y finos muslos. La mirada perdida y brillosa logró que una punzada dolorosa recayera en su miembro ya erecto. Se veía tan sumiso y entregado que por unas pocas milésimas de segundo consideró entregar mayor placer al pequeño cuerpo y con esa idea dispuso sus húmedos dedos que minutos antes había mojado con su lengua y comenzó a explorar la pequeña entrada que parecía un botón de cereza. Pero, instantes después la ira le cegó por completo al ver como Ciel se removía con fiereza rehuyendo de su contacto. ¿Es que acaso hizo algo mal? ¿Algo que su pequeño Bocchan no deseara? ¿O es que no deseaba consumar ese acto con él?

Los fragmentos de su pasado sueño le paralizaron. ¿Acaso su Bocchan no deseaba su contacto… porque anhelaba el de otro?

—¿Sería más placentero si fuese otro el que estuviera lamiendo tu cuerpo, Mi Lord? —El tono de Sebastián era en extremo intimidante y aunque el pequeño hubiese querido responderle negativamente, no podía emitir palabra ni menos moverse. Los ojos de Sebastián brillaban como el fuego del infierno—. Es una lástima, ¿No, pequeño Ciel? Tendrás que conformarte conmigo —Acercó su rostro al del niño mostrando una diabólica sonrisa—. Con alguien que no tiene el más mínimo interés de causarte placer y sólo quiere desfogarse. Una verdadera pena —Rió sarcástico, tensando el pequeño cuerpo y asustándolo en demasía.

Sebastián no esperó a que sus palabras surtieran más efecto simplemente enfocó la vista sobre el niño y observó con profundo placer como se arqueaba de dolor al enterrar sus dígitos afilados de forma lenta y cruel.

¡Muérete! ¡Muérete, maldito imbécil! ¡Te odio! Todos esos gritos salían de la boca de Ciel Phantomhive, pero la amarra en su boca no permitía que se reflejaran más que quejidos. Su rostro era el vivo retrato del dolor y la humillación. La desesperación de ver la sonrisa cruel de quien estaba enamorado y que se deleitaba con su dolor.

El demonio estaba inmerso en su placer. Sus dedos se incrustaban en la sedosa piel interior con tanta saña que sentía la sangre caer como fluido raudal. Tanta satisfacción en un pequeño acto, cuanta lástima y perfidia podía causar un ser tan pequeño como el muchacho. Lo bueno es que la noche era lo suficientemente larga para disfrutarlo, porque estaba seguro que en cuanto llegara el alba, él volvería a su puesto como mayordomo y ése niño, al suyo, con todas las consecuencias del caso.

Las lágrimas dejaron esos ojos añiles humedeciendo esas mejillas de porcelana, y el demonio no dudó un segundo en saborearlas como un sediento. Siguió desgarrando ese interior para continuar bebiendo de ese cristalino líquido, sin embargo, un delicioso olor que no había percibido antes hizo que cerrara sus ojos para concentrarse y encontrar el rastro. Con su fino olfato rozaba esa piel aspirándola, acariciando el cuello, bajando por ese blancuzco pecho hasta llegar al infantil vientre, rozando la frágil ingle hasta llegar al miembro semi-dormido que se agitaba debido a su brusquedad. Aunque la oscuridad de la habitación dificultaba la tarea de ver algo, Sebastián pudo notar el brillo del pre-semen cubrir parte del pequeño pene y casi se carcajea burlón contra su bocchan para humillarlo, pero el olor que antes había captado le llegó con más fuerza, y con extrañeza comprobó que la fragancia provenía de esa incolora esencia que escapaba del pequeño cuerpo. Sin decoro aspiró con fuerza sobre el débil miembro, y tentado, recorrió la sensible piel con su lengua descubriendo un gustillo tan increíblemente placentero que dignamente se podía comparar con el sabor de la exquisita sangre del niño. Comenzó a devorar el infante órgano para succionar más de ese líquido que le había gustado, restregando la lengua como un perro lamiendo su comida. Una parte de su mente le avisaba con urgencia que debía detener toda esa locura antes de cometer el peor error de su existencia, mas otra, la que estaba descubriendo todas esas emociones y sensaciones, relegaba a esa parte alarmada con un simple lema: "Ahora, antes de que sea tarde".

Después de todo, los demonios son curiosos por naturaleza.

Poco a poco el infantil pene comenzó a cobrar vida llenándose del vital líquido y el demonio con sus afilados y largos colmillos, mordisqueaba cada resquicio de piel que cubría su boca, demostrando el hambre infernal que lo poseía. El olor de la sangre que resbalaba de sus dedos demoniacos mientras exploraba esa usurpada entrada irritada, le envolvía como a los humanos la comida caliente, logrando que alternara sus lamidas y mordiscos entre el pequeño miembro, los suaves muslos marcados por sus uñas y ese agujerito que lloraba escarlata.

Se sintió como un lobo que devoraba a su indefensa presa

Con la boca húmeda de esa esencia infantil, levantó la mirada hacia el pequeño que cerraba sus ojos con fuerza evitando llorar, observó su pecho agitado marcando esas pequeñas costillas, las carita sonrojada con los labios hinchados por sus recientes besos, el sudor cubriendo de perlas esa piel, y algo más que le hizo sonreír con malicia: sus marcas por toda la extensión de ese frágil cuerpo de niño.

Se quedó unos segundos observando su obra captando como el joven conde abría sus ojos bañados en lágrimas logrando que sintiera una horrible punzada en la punta de su miembro. Rápidamente se quitó los pantalones que se había puesto en la mañana y dejó su erección desnuda brillando de humedad. La sentía pulsar cada vez que observaba el cuerpo indefenso y por una fracción de segundo pensó en parar. Si ya con el olor y el sabor de esa piel se sentía hambriento, no podía imaginar que llegaría a pasar al entrar en él. Aunque en sus experiencias anteriores, el domar a un hombre o a una mujer no le causaba gran estimulación, él mismo se daba cuenta de que podía perder el control de la situación si experimentaba algo más fuerte.

Pero, bueno… echando a perder se aprende, concluyó diabólicamente marcando sus labios con una sensual sonrisa.

Ciel creyó ver dudas en Sebastián, y casi surgieron esperanzas en sus pensamientos, pero así como llegaron, con sólo ver las pupilas del pelinegro brillar como el fuego, supo que no había poder que detuviera a ese demonio.

Y se entregó al dolor.

Sebastián ni siquiera advirtió a su joven Amo. No le dio una palabra de aliento ni menos le dedicó una mirada. Nada. Simplemente acomodó su miembro palpitante en la irritada entrada y empujó con precisión como estaba acostumbrado a hacer. El calor que comenzó a envolverlo le paralizó. Apenas llevaba ingresado la punta de su pene y ya comenzaba a causar estragos en su avatar. Empujó un poco más para cubrir su miembro de esa mezcla jugosa de sangre y pre-semen, pero la entrada era tan estrecha que apenas se movía unos milímetros, y entonces, sin reparos, sin siquiera analizar la situación, se dejó llevar por el regalado placer, soltando los brazos de Ciel y tomándole con fuerza de las infantiles caderas, embistió con ímpetu dentro del pequeño cuerpo desgarrando la entrada en el proceso y sintiendo su miembro ser estrangulado por el asfixiante ano bañado de ese río sangriento.

Ni la gloria de una encarnizada batalla se comparaba a éste pecaminoso y cruento placer. Podía sentir, sentir tanto… ¡tantas cosas!: su miembro pulsante envuelto en seda caliente, sus manos tocando la piel de porcelana, el temblor exagerado en las pequeñas piernas, los minúsculos movimientos de succión que lo enterraban más y más en ese cuerpo, su pecho bombear con fuerza, sus pulmones queriendo soltar bocanadas de aire sofocante, sus ojos velados, los músculos tensos, la mandíbula apretada para no gemir de satisfacción…

En su regodeo no podía pensar con claridad ni enfocar la vista en su ultrajado Amo que no pudo soportar estoicamente tanto sufrimiento y que lloraba a mares maldiciendo al demonio, no podía ver su cuerpo paralizado por las punzadas de dolor ni los fervientes deseos de separar sus pieles que derramaban sudor. No. El demonio no veía eso, estaba concentrado en sentir, en explorar, en comprender como los humanos podían vivir con todas esas emociones y sentimientos. Captando la mente criminal y absurdamente perversa de aquellos que abusaban y se dejaban arrastrar por la sensación de satisfacción, comprendía porque había tanto psicópata en el mundo: nadie podía salir inmune de la torrencial lluvia de excelso placer, un goce como el que le entregaba un cuerpo tan frágil como éste.

Con los músculos agarrotados, agachó su cuerpo hasta caer sobre el pequeño Phantomhive que seguía respirando agitado, le abrazó con fuerza manteniéndolo cautivo con sus fuertes brazos y comenzó a lamer los salados cristales de esas sonrojadas mejillas con una devoción absoluta impropia de un demonio. Sentía como su propio cuerpo cubría el del pequeño y se sintió como si toda su eterna vida hubiera esperado ese momento. Besó la piel del infantil cuello y se quedó allí unos segundos admirado de tantas emociones que jamás creyó conocer. Tantas cosas nuevas que había experimentado y todo gracias a su adusto Amo, y estuvo tentado de agradecérselo, pero la mirada llena de impotencia y coraje que recibió le devolvió un poco la cordura. No había llegado tan lejos para nada. Tenía que mantener a esa exquisita alma como deseaba encerrando esas emociones que tanto adoraba. Pero el rencor que recibía de esos azules ojos tenían el poder de hacerlo retroceder hasta casi querer liberarlo, por lo que cerró sus diamantes rojos y decidió ignorar esas miradas llenas de algo que le estrangulaban la garganta.

—¿Cómo puede vivir con todo esto, Amo, y no volverse loco? —susurró inaudible.

Ciel tenía una lucha interna, culpa de su consternado corazón que pedía a gritos cariño por parte de ese infernal cuervo, mientras que la parte racional, aquella que se creó a partir de todas sus vivencias, le indicaba con voz de mando que tomara esto como una experiencia de vida, que esta afrenta le serviría para recordarse una y otra vez que el amor era un sentimiento vulgar y cruel, que la felicidad plena no existe y que su vida simplemente se debía por un motivo: venganza.

No tenía tiempo para pensar en los porqués del demonio.

Con la mirada indicaba al mayordomo que continuara de una buena vez, pero éste tenía los ojos cerrados impidiendo que viera su molestia así que, con el dolor marcado en todo su cuerpo, tensó sus músculos con fuerza y sofocó el miembro en su interior.

El erótico gemido que escapó de Sebastián le sorprendió en demasía.

No creía que Sebastián estuviera gozando con éste actuar, es más, estaba seguro de que sólo lo hacía para marcar territorio por culpa del jodido shinigami pervertido, pero entonces ¿Por qué ese gemido? ¿Por qué esos suspiros? Perdón, pero ¡¿Era Sebastián el que estaba sonrojado?

El demonio sonreía de goce sin proponérselo, ese movimiento por parte de su bocchan casi le hace acabar. Había estado tratando de relajarse para aclarar un poco su mente y no perder el control, pero esto sólo había avivado la llama transformándola en una hoguera en la que gustoso deseaba quemarse. Acomodó sus piernas entre las pálidas del muchacho y comenzó a embestir con prudencia, tratando de abarcar toda esa entrada con su potente miembro que aún no conseguía introducir del todo. Los temblores del pequeño le excitaron en demasía y en su bloqueada mente, Ciel disfrutaba tanto como su avatar, consiguiendo que aumentara las embestidas queriendo alcanzar hasta el rincón más profundo de su Amo.

Mientras el pequeño se removía queriendo huir. Sebastián lo estaba destrozando y ya sentía que caía en la inconciencia, pero sus propios quejidos lo mantenían despierto. El dolor y la rabia le cegaban y esperaba el momento oportuno para liberar sus manos y quitarse la mordaza para ordenar que se detuviera, pero cuando por fin pudo soltar su brazo derecho, en el momento en que se quitaba la venda, una potente embestida lo hizo aullar dolor.

Sebastián había previsto el movimiento del pequeño y se enterró de lleno en él.

—Eso fue muy ocurrente, Amo —alabó el demonio mientras adentraba sus dígitos en la boca del menor, evitando que pudiera modular—. Pero no olvide que yo le llevo eones de diferencia —Ciel mordió esos dedos con la intención de que Sebastián los retirara, pero el demonio no hizo mayor alarde de sentir dolor a pesar de ver su sangre correr—. Sin embargo, he de decirle que me siento increíblemente orgulloso —sonrió depredadoramente mientras acercaba su boca a la contraria que se llenaba de sangre y saliva, viendo con lascivia como el Phantomhive intentaba empujar sus dedos con la pequeña lengua. Una hermosa y erótica visión—. Por ello he decidido premiarlo entregándole algo más de placer ¿Qué le parece? —La mirada de Ciel demostraba todo el repudio que le provocaban sus acciones. Una mirada llena de rabia y desconsuelo. El sólo saber que era el causante de tantas emociones crueles le estaba excitando, tanto como el sentir su cuerpo junto al del menor—. Sí, lo sé. Soy demasiado generoso.

¡Ya basta! ¡Deja de torturarme! ¡Termina de una vez! Todas esas palabras se reflejaban en las irises azules, pero el demonio hacia caso omiso de ello y continuó con el torturante vaivén que acaloraba sus sentidos. Ciel sentía el cuerpo entumecido y el rechazo por las penetraciones lo dejaban tieso, casi de piedra, haciendo que el dolor se multiplicara y le fuese casi imposible soportarlo. Y Sebastián lo sabía, por eso, como prometió, bajó su mano desocupada para masajear la inexistente erección y con caricias firmes y apasionadas consiguió que el pequeño reaccionara con la cara marcada de humillación.

—No tiene por qué avergonzarse, bocchan. Esto es normal, su cuerpo está experimentando, encontrando placer donde antes sólo había dolor ¿Verdad? —Inquirió con la voz tomada, sofocado por los apretones que de vez en cuando el menor ejercía sobre su miembro—. Su cuerpo pide que lo acaricie, bocchan. Que lo lama y lo chupe para dejarlo sin una gota de sudor —Ciel seguía tan tenso como antes, a pesar de sentir placer en su sexo, el ardor de su entrada no se camuflaba con nada—. Si se relaja lo disfrutará, mi Lord —mencionó con extraña compasión. Ver demasiadas lágrimas donde antes únicamente había una mirada déspota, lo incomodaba. Con lentitud sacó su miembro del interior del niño y se aisló con cautela. La agitada respiración junto a la notoria humedad de la piel le pellizcaba la libido. Se veía tan majestuosamente débil ante su virilidad húmeda y caliente que goteaba fluidos y sangre. Se veía tan humanamente frágil antes su propia inmortalidad. ¿Cómo no desear quebrar esa pequeña cordura? ¿Cómo no excitarse al saberse dueño de todo ese odio y dolor? ¿Cómo no desearlo…?

—S…sebas…tian… —jadeaba con dificultad el pequeño Phantomhive, sintiéndose impotente y alerta al comportamiento del demonio. No sabía que esperar y eso lo frustraba. Por momentos Sebastián estaba hecho un cruel bastardo y al segundo siguiente lo trataba como una frágil muñeca. La incertidumbre lo destrozaba, lo estaba volviendo loco.

—Mi bocchan —Llamó con inusitada ternura mientras adentraba un dígito, otra vez, en la boca del pequeño para que evitar que saliera esa orden que podía fastidiarle todo el plan. Aun así, se deleitó con la sensación húmeda de esa lengua que temblaba bajo su índice—. Lo haremos de nuevo, ésta vez lo haremos bien…

¡¿De qué mierda estás hablando? ¡¿Cómo es eso de que lo haremos de nuevo? ¡¿Bien? ¡¿Dónde rayos está el "bien" incrustado aquí, eh? A Ciel le quedo claro que Sebastián no estaba en sus cinco sentidos y se obligó a pensar que esto era por culpa de las palabras del shinigami. Quería enfocar su odio en alguien antes de que terminara gritando de frustración. Su entrada pulsaba y ardía contra más la apretaba, su miembro temblaba enviándole corrientes eléctricas pidiendo atención y la mirada de Sebastián, fija en él, no hacía nada por calmarlo, sólo lo angustiaba más.

Y a pesar de todo, a pesar de estar siendo violado por su mayordomo, a pesar de que seguía secretamente enamorado de ese demonio, a pesar de ello… fijó su mirada altiva ante un estupefacto Sebastián que comprendió inmediatamente la orden implícita en ese gesto.

"Continua de una vez porque será la última"

Y el demonio quitó el índice de esa sonrojada boca y se agachó para besar esos labios que ya no ofrecían resistencia. Con un asqueroso ahogo incrustado en el pecho, tomó con delicadeza aquellas infantiles piernas que ya no temblaban colocándolas alrededor de su cintura y, con sus brazos bajo esa pequeña espalda, alzó el cuerpo sentándolo sobre él. Ciel se dejó hacer sin decir nada a excepción de esa mirada que Sebastián soportaba con lo que le quedaba de estética y prosiguió a penetrar esa irritada entrada con verdadera suavidad. Ambos sintieron un sofocante ardor envolverlos con saña y aún con ese duelo de miradas, comenzó el lento vaivén enloquecedor, escuchando los sonidos húmedos de la succión, el golpeteo de sus pieles, la gloriosa sensación de ser invadido e invadir, las ansias por querer marcar al otro, la codicia por querer seguir unidos…

Pasaron los minutos, las horas, el momento… las vibraciones en su ser, las exclamaciones de placer, los besos ansiosos, las caricias marcadas, el vaivén frenético, todo ese mar de sensaciones y emociones que a los dos les hizo tensarse por la marea de placer que recorrió sus cuerpos de arriba a abajo hasta llegar a sus miembros que estallaron con ímpetu dejando salir sus exquisitas esencias. Ciel manchaba con temblor ambos cuerpos mientras que Sebastián llenaba a su Amo de sus propios fluidos. Con cada trallazo aferraba más ese pequeño cuerpo al suyo y cuando por fin pudo recobrarse de esas extrañas convulsiones recostó al niño que volvió a formar ese gesto de ultimátum.

Sin pedir opinión lamió con marcada gula cada mancha de semen y sangre que encontrara en esa piel de porcelana. Su hambre estaba siendo levemente saciada y sentía como su energía volvía con fuerza, demostrada gracias a su sombra que formaba dos hermosas alas negras. Se levantó con facilidad de la cama y tapó con las sabanas al joven Phantomhive que ya cerraba sus ojos por el cansancio. Y así, desnudo, con la mirada fija en ese chiquillo, sus alas le cubrieron por completo hasta quedar vestido con el atuendo de la casa Phantomhive quedándose a velar el sueño de su maestro sin que éste se lo hubiera ordenado, dejando su mente en blanco y evitando pensar en que, tal vez, el nudo en su pecho no era por un desgaste de energía demoniaca sino por el más absoluto temor de no volver a estar así, unido, junto a él.


Hola, ¿Qué tal? Todavía estoy sin internet y ahora con las vacaciones, encontrar internet en la playa es "algo" difícil (miento, es imposible ¬ ¬).

Además estoy teniendo problemas con el teclado porque ya no se me marca la que viene después la "i" y antes de la "k" ¿me entienden? tengo que poner las palabras con "K" para que se me active el corrector ortográfico y pueda escribir. Al menos fue lo que se me ocurrió cuando me di cuenta de que casi la cuarta parte del capítulo estaba con marcas rojas hehehe.

Como dicen "No hace falta ser genio, sólo tener ingenio".

Espero que el capítulo les guste porque ahora tenemos a un demonio estupefacto y confuso junto a un Ciel rabioso y vengativo. Vieran la mezcla que quedará hehehe.

¿Y si les adelanto algo? Un pequeño Spoiler para ver qué me dicen, si estoy siendo demasiado predecible.

Con lo que me gusta sorprender. (Quien no guste de leer avances que se abstenga)

"Vendría, lo sabía. Como también sabía que lo que iba a hacer no serviría de nada.

El sonido de la puerta siendo abierta, más el de unos pasos ingresando a la habitación y no pudo controlar su impulso.

El disparo resonó en toda la mansión.

(…)

—¡Maldito depravado! ¡Cómo te atreviste a obligarme!

—No exagere Bocchan, no es algo nuevo para usted —Una fuerte y sonora cachetada le dio vuelta el rostro.

—¡Eres una basura inútil!

—¿Basura? Es usted el que está manchado de su propio semen, mi Señor.

—¡Suficiente! ¡No quiero que te me acerques con esas ideas, Sebastián! ¡No volverás a tocar mi cuerpo, es una orden!

Sebastián sentía el horrendo pulsar del contrato que estaba en su mano. Nunca antes había negado una orden, pero esta vez no quería cumplirla. Era la primera vez que deseaba algo de forma tan egoísta.

—Yes, my Lord."