Disclaimer – HP pertenece a JK Rowling, y Crepúsculo a Stephenie Meyer. Yo sólo tengo la trama, me he quedado con la parte más pequeña de este fic.

¡Disfruten de la lectura!


Capítulo VIII

Su labor es una de las más importantes de la protección del castillo. Necesitamos tomar medidas drásticas –la directora se dio la vuelta–. Retírense a descansar: mañana adelantaremos la reunión de la Orden y partiremos por la tarde.

¡Expecto Patronum! –exclamó después de llegar a su despacho. Había dejado a los Cullen delante de su torre tras dejar la enfermería. Esperaba, por otra parte, que los niños fuesen capaces de superar el ataque... psicológicamente. La mayoría había vivido un ataque antes, la seguridad del castillo estaba muy deteriorada. Necesitaba ayuda, más que nunca.

En el patronus dejó el siguiente mensaje: Han atacado Hogwarts de nuevo, han sido Bellatrix Lestrange y Aleto Carrow. Necesitamos adelantar la reunión, mañana a las 5. McGonagall se echó a dormir después de enviar el mensaje. Estaba realmente agotada, y contaba con Filius para renovar el hechizo que protegía la muralla...


Los Cullen entraron en la torre después de dar la contraseña, algo sorprendidos y ligeramente en shock. Nessie subió a lavarse un poco las manos mientras Jacob ponía al corriente a la familia de lo que habían hablado durante su caza, transmitiéndoselo a su suegro por el pensamiento. Edward asintió mientras asimilaba lo que pensaba Jacob.

–Nessie y tú deberíais iros a dormir. Hay 7 habitaciones con su respectivos baños... y tú te vas a ocupar uno tú solo –sonrió Bella, casi con maldad–. Nessie dormirá en uno cercano al nuestro.

Rosalie empezó a reír, secundada casi de inmediato por Edward y Jasper. Jacob hizo un puchero, en realidad no tan molesto. Nessie era sólo una niña, al fin y al cabo, aunque supiera ya, a ciencia cierta, de dónde venían los bebés. ¡Cómo no saberlo, cuando encontró a sus tíos en... una posición comprometedora! Sin embargo, nunca perdía la oportunidad de estar un rato junto a Nessie, aunque esta vez accedería al pedido de su mejor amiga.

–Está bien –rió.

–Yo creo que Jacob debería ocupar el dormitorio más cercano a la entrada, ya sabéis, por lo de sus salidas nocturnas –terció Carlisle.

Los demás asintieron.

–A Carlisle y a mí no nos importaría ocupar la habitación de la segunda planta –intervino Esme, apoyando una mano sobre el hombro de su esposo.

Alice interrumpió alegremente.

–¡Jazzy y yo nos iremos a la tercera planta! ¿Verdad que sí? –preguntó.

Su esposo sonrió, dando su aprobación a su esposa, aunque aún pensaba en los niños de la enfermería.

Edward suspiró un poco.

–No niego que los niños de la enfermería me preocupan a mí también, Jasper, pero pensar todo el tiempo en ellos no servirá de nada. La mayoría están dormidos ya, y saldrán mañana de allí. Les haremos una visita a primera hora de la mañana, tranquilízate, hermano.

Jasper asintió con la mirada algo perdida.

–Me recuerda tanto a los hospitales de los campos de batalla... Recuerdo que había decenas de hombres allí apretujados, con heridas de guerra, y la situación me recuerda tanto a aquellos tiempos...

Alice se apoyó en el pecho de su marido, entrelazando la mano con la suya para darle apoyo. Ambos se miraron largamente, sumergidos en uno de sus momentos.

–Bella y yo podemos quedarnos en la habitación del cuarto piso, y Nessie se quedará en la del quinto piso. Aunque no sé si es buena idea, si esos dos depravados sexuales ocuparían el sexto cuarto –frunció el ceño.

Emmett rió con fuerza, sacudiendo el sofá donde estaba sentado. Rodeó los hombros de Rosalie mientras decía:

–Hay siete habitaciones, ¿no? Rose y yo podemos irnos al séptimo piso.

–Mientras no molestéis cuando Nessie esté durmiendo, todo bien –sentenció Bella–. Si hay algún problema ya volveremos a cambiar las habitaciones.

Los demás estuvieron de acuerdo y cuando Nessie bajó le explicaron cómo habían distribuido las habitaciones. La semi-vampira accedió también, algo a regañadientes al percatarse de que cuatro pisos la separaban de Jake, pero cuando su padre le dirigió una mirada cortante se abstuvo de comentar.

Jacob y Nessie subieron a dormir, y, durante la noche, Edward estuvo explicando a los demás de lo que habían hablado Harry, Jacob y Nessie durante la caza. Después de hablar de todo y de comentar hasta la saciedad todo lo que había pasado, se dieron cuenta de que eran ya casi las seis de la mañana. Sobre todo, comentaron la posibilidad de prestar apoyo económico a la Orden y al colegio.

–Pero ¿cómo vamos a hacerlo si no podemos volver a casa? –preguntó Rosalie–. Necesitaríamos tener las tarjetas y las libretas bancarias.

–Estoy segura de que algún mago las podría recuperar, no sé. De todas maneras, no podemos volver a Forks para ir a sacar dinero del banco–repuso Bella.

Alice interrumpió con una sonrisita.

–Que yo recuerde, hay una cuenta en Londres a la que sí podemos acceder.

El resto de la familia comprendió al instante lo que quería decir, excepto Bella, que miró a Alice confundida.

–A la de Annelice Malcolm.

Bella no comprendía de quién estaban hablando.

–Perdona, ¿quién es esa Annelice Malcolm?

–Yo, por supuesto –sonrió Alice.

Bella seguía sin entender absolutamente nada y puso una divertida cara de confusión. Edward se acercó aún más a su esposa y le explicó lo que pasaba.

–Algunos directivos de los bancos empezaron a sospechar cuando nos vieron manejar grandes cantidades de dinero, y algunos comenzaron a especular sobre familias mafiosas y traficantes de droga –rió, poniendo los ojos en blanco–. Decidimos entonces depositar poco dinero en varias cuentas. Surgió entonces el problema de que algunos directores de los bancos se conocen, volvió a surgir el mismo problemita, y Jenks decidió echarnos una mano.

–Nos creó varios documentos falsos con varios nombres para crear varios millonarios desconocidos, de los que no se sabe nada. Son personas imaginarias, pero nosotros podemos depositar dinero en varios bancos a diversos nombres, sin que nadie sospeche nada –prosiguió Jasper, sonriendo.

–Es decir, que esas personas no son nadie, sólo identidades falsas–concluyó Edward–. Alice es la que se ocupa de controlar la cuenta de Annelice Malcolm, creo recordar que tenía...

–Casi 15 millones de euros europeos –sonrió Alice.

Bella miró a su esposo, casi sin reaccionar al mencionar la cantidad millonaria de dinero. Se había acostumbrado con el tiempo.

–Pero, ¿por qué tenéis cuentas en Londres?

Edward se encogió de hombros.

–En Washington no había suficientes bancos, y decidimos empezar a depositar dinero en bancos de otros países. Podemos venir de vacaciones cuando haya alguna semana nublada y siempre hay dinero disponible por si se le acaba a Alice –miró a su hermana con desaprobación, pero Alice le sacó la lengua.

Alice seguía horrorizada con lo que había pasado con las ropa de Rosalie, y pensaba ir de compras lo antes posible. Con la reunión de la Orden no podría ser esta tarde, pero podría ir mañana. También pensaba en las reformas que habría que hacer en el Comedor, pero no sabía cómo arreglaban las cosas los magos. La magia podía encargarse de eso, sin duda.

Cerca ya de las siete de la mañana, estaba amaneciendo a lo lejos, aunque seguía haciendo algo de frío. En la chimenea sólo quedaban restos del fuego del día anterior, y Bella decidió dejar dormir a Nessie y Jacob un rato más, mientras los demás seguían comentando la lucha.


Harry estaba rendido. Después de ir a la Sala de los Menesteres y avisar a Ernie y a Hannah, había vuelto a la torre, donde se habían acomodado unos quince chicos y chicas de diferentes edades. Estaban todos muy asustados, pero el Elegido había ido tranquilizándolos poco a poco, y los alumnos se habían acomodados en los primeros y segundos pisos, que siempre estaban disponibles. Él se había tumbado en una de las camas del tercer piso para no estar muy lejos y poder acudir con rapidez en caso de emergencia. Estaba totalmente agotado y se durmió casi de inmediato, con el sonido de los murmullos intranquilos de fondo...


Bella, en cuanto sonaron ocho campanadas en la torre del reloj, fue a despertar a Nessie y a Jacob. El muchacho quileute dormía a pierna suelta, roncando con estridencia, con la mitad del cuerpo fuera de la cama. Las sábanas estaban en el suelo, formando un montón blanco sobre la alfombra granate, y las cortinas de la cama estaban totalmente abiertas, como queriendo demostrar que Jacob se había tirado en la cama nada más verla.

Bella suspiró y se acercó a la cama del licántropo. Jacob arrugó la nariz, aún dormido, gruñó un poco y se dio la vuelta, como si no quisiera oler más a Bella. Ésta sonrió con malicia, había planeado algo, y nadie evitaría que lo cumpliera. Desde la sala le llegó las risitas de Alice, que había visto lo que planeaba su hermana. Bella fue de puntillas al baño y cogió una pequeña palangana (''¿Qué hará esto aquí? Yo sólo quería un vaso, pero bueno...'' pensó sonriendo) que vio cerca de la ducha. Observó curiosa a su alrededor y se dio cuenta de que estaba muy bien equipado, como un buen hotel.

A velocidad vampírica subió a la habitación del piso de arriba, la de Carlisle y Esme, y llenó la palangana de agua, con cuidado de no despertar a Jacob. Después, volvió a bajar y se acercó a Jacob.

–Jake –canturreó–, arriba, despierta.

El muchacho sólo se revolvió un poco.

–Venga, Jake, ¿o es que necesitas una ayuda para levantarte?

Desde las profundidades de la almohada le llegó la voz somnolienta de su amigo.

–Sí, Bells, una ayuda vendría muy, pero que muy bien...

La vampira ahogó una risita y tiró el agua sobre Jake. El grito que vino después se escuchó por toda la torre, y, en el salón, los Cullen explotaron en carcajadas. Jacob se sentó en la cama y miró confundido a Bella. Aún seguía algo dormido, pero estaba lo suficientemente despierto para comprender lo que había pasado.

–Siempre he querido hacer esto –rió Bella, y salió de la habitación justo cuando Jacob le tiraba el recipiente, acertando en la puerta.

Subió las escaleras con el ánimo alto después de hacerle esa broma a su amigo. Entró en la habitación de su hija y no le sorprendió encontrarla despierta, sentada en la cama.

–¿Qué ha pasado? ¿Quién ha gritado? –preguntó preocupada.

–Nada. Jake se ha dado la ducha matutina –sonrió.

Nessie se rió también, aunque no supiera exactamente lo que había pasado. Bella se quedó en la habitación mientras su hija se preparaba para bajar y pensó que, como siempre, Alice tenía razón: debían ir de compras. Nessie no podía lavarse los dientes en condiciones, y tampoco había una toalla con la que secarse.

Cuando la semi-vampira terminó de adecentarse un poco, bajaron al salón. Jacob había bajado ya también, completamente seco. ''No me extraña'' pensó Bella. ''Con esa piel tan caliente se habrá evaporado el agua enseguida''.

–Tengo hambre –se quejaba Jacob.

Carlisle pensaba en otra cosa.

–Me pregunto si ya habrán arreglado el Comedor...

–¿Y por qué no bajamos a comprobarlo?

El resto asintió de acuerdo a la propuesta de Emmett. Atravesaron el agujero del cuadro de Dumbledore, y saludaron educadamente al cuadro, aunque Emmett trató de contener una risita por estar saludando, según él, a un ser que supuestamente debía ser inanimado.

Los vampiros de la familia y Nessie recordaban perfectamente el camino al Comedor, así como los escalones y las puertas trampa. Fueron saludando a todos los cuadros que se encontraron por el camino, aunque algo extrañados, ya que no todos los días saludas al personaje de un cuadro. Seguía habiendo cosas que no habían visto la noche anterior, y observaron con avidez todo lo que se les había escapado.

En el pasillo que precedía el Gran Comedor se encontraron con Justin, que agitaba el brazo derecho torpemente, como si comprobara cómo funcionaban los nuevos huesos. No se percató de la presencia de la familia hasta que alzó la vista.

–¡Oh! ¡Buenos días! –saludó, azorado al ver a las muchachas.

Edward gruñó en tonos muy bajos, sólo audibles para oídos vampíricos.

–Buenos días, Justin. ¿Cómo está tu brazo? –preguntó Carlisle educadamente.

–Perfectamente, doc –sonrió el mago–. Está como nuevo.

Carlisle sonrió encantado con el sobrenombre y Esme intervino, contenta con la pronta recuperación del joven.

–¡Es increíble! Qué bien que te hayas recuperado tan rápido.

–Lo que hace la magia, ¿verdad? –rió Justin.

Durante el resto del camino les explicó que era de familia muggle, que recibió la carta con 11 años, lo que le ocurrió en su segundo año... Era un joven simpático, agradable y divertido; los Cullen simpatizaron con él bastante rápido.

Al entrar en el Gran Comedor se quedaron parados en la puerta. Estaba todo totalmente arreglado, y el techo, del que no se fijaron por la noche, reflejaba el exterior, el cielo tornándose cada vez más claro con el amanecer, adornado con pequeñas nubecitas vaporosas. Las mesas estaban arregladas también, totalmente relucientes, no quedaba nada de la marca que había dejado Rosalie en la pared y la Mesa Alta también estaba arreglada.

–Vaya...

Justin no comprendía el asombro de la familia, pero no se quedó mirándolos demasiado tiempo por educación.

–Con la magia todo es posible –exclamó con los ojos brillantes.

–¿Incluso que se vea el cielo de fuera? –preguntó Rosalie, escéptica.

–Claro–asintió el mago–. Es un hechizo para que se vea el cielo de fuera. Hoy parece el día ideal para practicar algo de quidditch –exclamó.

–¿Cuidich?–masculló Jasper–. ¿Qué es eso?

Justin se llevó las manos a la cabeza teatralmente, con una cara horrorizada.

–¿No sabéis qué es el quidditch? –abrió mucho los ojos–. ¡Eso es... es... un DELITO! ¡No podéis vivir en el mundo mágico sin saber qué es el quidditch!

La familia observó asombrada la reacción exagerada de Justin, que había retrocedido unos pasos.''Me preguntó cómo se asustará más: si al saber que somos vampiros o si no sabemos lo que es el... cómo se llame'' pensó Emmett, muy divertido.

–No es para tanto ¿no? –musitó Jacob.

Se sentaron en la mesa, que estaba siendo ocupada por los profesores y alumnos que iban llegando.

–Es el mejor deporte del mundo, como el fútbol en el mundo muggle–explicó muy excitado–. Juegan siete jugadores, todos sobre escobas...

–¿Escobas? ¿Escobas voladoras? ¿De veras existen? –inquirió Emmett muy emocionado.

Justin se rió a gusto, justo cuando Harry se sentaba en la mesa, aún algo de mal humor, pero sin ganas de compartirlo, o mejor dicho, de contagiarlo.

–¿Qué me he perdido? –preguntó abatido.

–¡Hey, Harry! No es necesario estar tan serio, hombre. Después de todo, hemos sobrevivido a más ataques ant...

–En éste, la profesora Burbage ha desaparecido y ha habido una veintena de heridos. En el anterior, Dumbledore murió y Bill Weasley casi se convierte en hombre-lobo –le interrumpió Harry–. En cada batalla perdemos algo. ¡Estoy harto de que la gente que hay a mi alrededor, que me protege muera cada día! –barbotó, explotando al ver que a Justin no parecía haberle afectado en absoluto el ataque.

Los Cullen lo miraron con compasión, algo sorprendidos de la madurez del joven Potter. Comprendían lo que le ocurría, Jasper y Bella mejor que nadie, pero no sabían qué decir. Jasper sabía qué era perder a compañeros de batalla, aunque en esa época fingiera que no le importaba. Bella entendía que Harry temiera perder a gente que le protegía; ella misma sintió ese miedo cuando llegó James, y después Victoria, y más tarde los Vulturi.

Justin parecía haberse quedado sin palabras ante la explosión de Harry. Sabía que Potter estaba algo sulfurado desde que empezaron las vacaciones, pero no sabía que se estuviera guardando tantas cosas. Aunque, claro, él tampoco fingía que estaba bien. Su familia estaba al descubierto, no podía contactar con ellos, no podía hacérles saber que aún estaba vivo. Él también tenía sus preocupaciones, pero entendía que la presión del Elegido fuera mayor.

Suspiró, también abatido de repente. Jasper lo percibió, y le subió un poco el ánimo, así como a Harry.

–Bueno, tío, todos estamos preocupados, ¿vale? Pero si dejas que todo lo que te pase en la vida te afecte, al final serás incapaz de avanzar por el peso que llevarás encima. Siempre hay que saber sacar una sonrisa en los malos tiempos, para subir el ánimo, a ti y a los demás. Entiendo que te sientas peor que todos nosotros, pero mi familia está allí fuera, y cualquier día de estos podría morir porque yo soy mago –suspiró–. No me quejo, es magnífico serlo, pero... supongo que ser sangre limpia o sangre mestiza hubiese sido más fácil –señaló a los vampiros–. Les estaba explicando qué era el quidditch.

Harry se distrajo levemente, y decidió pensar en el ataque más tarde, porque, en el fondo, opinaba como Justin, aunque discrepaba en algunos aspectos. Pensó en que lo mejor sería comentarlo con Ron y Hermione, ellos lo entederían un poco mejor.

–Ehhh... sigamos. Son siete jugadores, todos sobre escobas voladoras. El campo es gigantesco, con tres aros de gol para cada equipo, que son dos. Los postes son como las canastas en baloncesto, sólo que verticales, sin red y de veinte metros de altura ¿ok? Son como las varitas de plástico que usan los niños muggles para hacer burbujas.

–Claro, muy parecidas a las canastas de baloncesto, claro que sí –rió Bella.

Harry tomó la palabra en vez de Justin. Después de todo, el quidditch era un tema que le apasionaba.

–De los siete jugadores, tres son llamados cazadores. Son como los delanteros en el fútbol, juegan con una pelota llamada quaffle, roja, que tienen que meter en los aros de gol. Cada gol son diez puntos. Protegiendo los aros están los guardianes, uno para cada equipo. Son los porteros, en el fútbol muggle.

La familia asintió, de acuerdo con lo que les habían explicado hasta ahora.

–Hay dos jugadores en cada equipo llamados golpeadores. Llevan un bate, con el que deben golpear unas pelotas llamadas bluggers, que son negras, pesadas, que vuelan por todo el campo intentando derribar a los jugadores. Son veloces y el golpe duele –Harry hizo una mueca–. Los golpeadores deben dirigirlas en una dirección en concreto para derribar a un jugador, como por ejemplo, a un cazador a punto de marcar.

–¡Genial!–exclamó Emmett, encantado.

–Parece peligroso. ¿Y si alguien se cae de la escoba? –preguntó Esme–.¿A qué altura jugáis cuando estáis en un partido?

–Por lo menos a veinte metros, si tenemos en cuenta de que es la altura a la que deben estar los cazadores y los guardianes, junto con los golpeadores –respondió Justin.

Esme se horrorizó. Emmett no cambió su cara de emoción a pesar de saber que el juego era peligroso, y Jacob también quería probar. Tenía ganas de saber cómo era volar. Edward musitó:

–Infantiles.

–Dijiste que había 7 jugadores, pero hasta ahora sólo has mencionado 6–puntualizó Jasper, también interesado en el juego.

–El séptimo jugador es el más importante –explicó Justin, mientras Harry se ponía rojo sin remedio, detalle que no pasó desapercibido para la familia–. Es el buscador, que debe pasar todo el juego buscando la snitch.

Harry intervino, algo más recuperado.

–Es una pelota muy pequeña, dorada, minúscula. Cabe en la palma de una mano –Emmett se miró la suya, murmurando ''no es tan pequeña''– normal –añadió.

Emmett se ofendió, pero Edward, Jasper y Jacob se rieron a gusto a costa de su hermano. Bella y Alice soltaron unas risitas, y Rosalie murmuró: ''Tonto''. Harry siguió con la explicación.

–El buscador debe encontrar la pelota, porque cuesta ciento cincuenta puntos. El partido termina en cuanto es encontrada la snitch. Aunque los golpeadores pueden intentar evitarlo –añadió–.Entrar en los equipos es muy difícil, sólo entran los mejores y hay que presentar algunos rasgos físicos.

–¿Como cuáles? –inquirió Nessie.

–Fuerte, de buenos músculos para los golpeadores. Rápido, ligero, muy veloz para los buscadores, por ejemplo –Justin se encogió de hombros–.Para ser cazador hay que tener buena puntería, ser capaz de esquivar las bluggers con facilidad y para ser guardián... creo recordar que rápido, intuitivo.

–¿Por qué intuitivo? –preguntó Alice, que había estado sorprendentemente callada durante la explicación.

Edward estaba también fascinado con el deporte, pero Bella y Rosalie sólo estaban interesadas. Alice estaba llena de entusiasmo, aunque eso era normal en ella.

–Intuitivo porque hay tres aros de gol, y debes prever a qué aro tirarán. Es difícil entrar en los equipos.

–¿Vosotros jugáis? –preguntó Esme.

Justin negó con la cabeza, riendo.

–Intenté hacer las pruebas para ser cazador, pero no pudo ser.

–Yo soy buscador en el equipo de Gryffindor –admitió Harry.

Justin miró con incredulidad a Harry.

–¡Y capitán, no lo olvidemos! Aunque Hufflepuff sigue siendo mejor equipo –añadió.

Los Cullen miraron con admiración a Harry.

–Eres bueno, ¿eh?

–Algo así –murmuró Harry, ruborizado.

Justin vio entrar a Lisa Turpin, la chica que le gustaba, y se alejó de los Cullen y Harry musitando una disculpa. Edward y Jasper rieron un poco, tras ver lo que estaba sintiendo y pensando el muchacho.

En la mesa apareció el desayuno, mucho más completo de lo que pudo imaginar Jacob alguna vez. Los desayunos que le ofrecía Esme eran más propios de un chef, pero nunca había preparado tanta cantidad, que recordara Jacob. Nessie también miraba con asombro la mesa, pero se lo tomó con aparente naturalidad. Antes de que nadie pudiera darse cuenta, Jacob se había servido diez tostadas, untadas en mantequilla y mermelada, tres cuencos de cereales con leche, un gran bol de fruta y una cantidad insana de zumo de calabaza. Nessie sólo tomó dos tostadas y unas galletas con miel, a pesar de la mirada reprobatoria que le enviaron su padre y su abuelo.

Carlisle se levantó al ver que se acercaba McGonagall con un aspecto tan cansado como el de mucho profesores y alumnos mayores. Se aproximó a la mesa y le dio la mano a Carlisle educadamente.

–Potter–el aludido se giró educadamente hacia la directora, tratando de engullir su tostada más deprisa–. Necesito que les enseñes el castillo a la familia, que les indiques todas las entradas a las cuatro casas y, de ser posible, todos los pasadizos secretos que conozcas –miró a su alumno por encima de sus gafas.

–Sí, profesora.

Se giró hacia adelante, sirviéndose unas tostadas.

–Necesito que todos ustedes, incluido usted, Potter, estén presentes en la entrada principal a las cuatro y cuarenta y cinco minutos. Por favor, sean puntuales, he convocado la reunión a las cinco.

Los Cullen asintieron de acuerdo con lo dicho, al igual que Harry. Normalmente no tenía nada que hacer, excepto rondar por el castillo y buscar información sobre los Horrocruxes, así que sería un cambio agradable. Terminaron de desayunar y salieron del Gran Comedor.

–¿Habrá mucha gente en la reunión? –preguntó Jasper, preocupado.

–La directora, los Weasley, cinco o seis del ministerio, otros magos... Seremos entre veinte o treinta, si no me equivoco –contó Harry.

–¿Se trata de un espacio muy cerrado? –inquirió Alice.

Harry sonrió irónicamente.

–Si tenemos en cuenta que no hay ventanas...

–¿Crees que podrías terminar el tour, por así decirlo, a las tres en punto?–preguntó Carlisle–. Creo que necesitamos ir de caza antes de ir a la reunión.

Harry se incomodó un poco al comprender a lo que se referían, pero se recuperó con rapidez.

Harry los condujo hasta la entrada de la torre de Gryffindor, y les indicó que esperaran allí mientras él subía a por el mapa del merodeador para indicarles los pasadizos. En apenas tres minutos estaba de nuevo con ellos, con el mapa en la mano.

–¿Podemos verlo? –preguntó Edward con curiosidad.

–Claro–rió Harry.

Les pasó el mapa en blanco. Los Cullen lo examinaron con curiosidad, pasándoselos de uno a otro. Emmett quedó terriblemente decepcionado, pero Jasper se puso a olisquear el papel en busca de tinta invisible, que suele estar hecha, en el caso de los muggles, con zumo de limón.

–¿Por qué está en blanco? –preguntó Alice dándole vueltas al pergamino.

–Para que sólo puedan leerlo las personas adecuadas –rió Harry y recuperó el mapa. Le dio los golpecitos acostumbrados al pergamino y murmuró–. Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas.

Los Cullen observaron con la boca abierta como una tinta negra iba extendiéndose desde el punto en el que Harry había tocado con la varita, como una gigantesca tela de araña. Aparecieron unas motitas de tinta, con su correspondiente cartelito, y se asombraron al comprobar que sus nombres aparecían en el mapa. Pero no era el nombre al que estaban habituados a responder: aparecía el nombre que usaban en su vida humana, al lado de Jacob, Nessie y Harry. Éste último miró con el ceño fruncido los nombres que habían aparecido junto al suyo. Carlisle Cullen, Esme Platt Cullen, Edward Masen, Isabella Swan Masen, Reneesme Masen, Jacob Black, Rosalie Hale McCarty, Emmett McCarty, Mary Brandon Whitlock y Jasper Whitlock.

–¿Por qué vuestro apellido no es Cullen? Tenéis cada uno un apellido distinto... –preguntó Harry con el ceño fruncido–. ¿Y quién es Mary?

–Esos que ves son nuestros apellidos de cuando aún éramos humanos. Algunas de nosotras tenemos dos apellidos porque nos hemos casado–explicó Alice–. Y, por cierto, Mary soy yo. Me llamo Mary Alice, pero prefiero mi segundo nombre. Brandon por mi apellido de soltera, y Whitlock por haberme casado con Jasper.

–Ajá.

Eso lo explicaba todo. El mapa le explicaba hasta el parentesco, de un modo bastante claro.

Empezaron por el séptimo piso. Harry les mostró todas las torres individuales, empezando por la Torre Norte, en donde se daban las clases de Trelawney. Siguieron por la torre de Astronomía, con su amplia terraza y el cielo despejado. Los Cullen disfrutaron especialmente con la vista. La lechucería fue la siguiente parada, aunque Rosalie y Esme prefirieron no entrar por el intenso olor a cagarrutas de lechuza. Harry les mostró la torre de Ravenclaw, dando regresando así a la Torre Oeste, donde se estaban alojando los Cullen.

Les mostró donde estaba el despacho de Flitwick, al que no llamaron para no molestar. Les enseñó el tapiz de Barnabás, el Chiflado, que seguía intentando enseñar a unos trolls a bailar ballet. Emmett estuvo cinco minutos retorciéndose en el suelo de risa antes de que pudieran seguir con el tour. Les explicó así mismo el funcionamiento de la Sala de los Menesteres, que los Cullen escucharon con curiosidad.

–Pero una sala así contradice todas las leyes de física –dijo Jasper asombrado.

–La magia nunca se atiene a las leyes muggles.

En el sexto piso encontraron pocas cosas interesantes, bastantes aulas que en el resto del castillo, pero poco o nada especial.

–Aquí dan clases los alumnos de cuarto hacia arriba. Los más pequeños suelen darlas abajo.

Pasaron al quinto piso, mientras Harry seguía explicando el funcionamiento de las escaleras que no habían visto el día anterior.

–¡Dios Mío! ¿Cuántas escaleras se supone que hay en este castillo?–preguntó Jacob con la boca abierta.

–Hay 142 escaleras –rió Harry.

En el quinto piso, Harry les mostró dónde estaba el cuarto de baño de los prefectos, el pasillo de Boris, el Desconcertado, y el de Gregory, el Pelota, donde aún estaban los restos del pantano mágico que Fred y George hicieron aparecer en el quinto año. Harry les explicó la historia del pantano entre risas, mientras los Cullen escuchaban divertidos.

–Unos muchachos con carácter, ¿eh? –comentó Esme.

En el cuarto piso, se encontraron con Peeves, desgraciadamente.

–Oh–murmuró el poltergeist malignamente–. Nuevos individuos en el castillo. Y los lidera Potty... hummm... interesante.

Empezó a lanzarles unos globos de agua que tenía escondidos en la manga. Los Cullen se quedaron quietos, sonriendo divertidos, y Jacob encontró los globos refrescantes. Edward cubrió a Nessie con su chaqueta de cuero y ambos miraron el espectáculo junto a su familia. Lo encontraban divertido.

Pero Harry no.

–¡Fuera, Peeves!

El duende se marchó riendo a carcajadas y lanzando estridentes chillidos.

–Peeves es un poltergeist. No causa más que problemas, pero no lo echan porque hasta los profesores lo echarían de menos. De todas maneras, este piso es el favorito de Peeves: no lo frecuentéis mucho a menos que tengáis mucha prisa o necesidad de ir a la biblioteca.

Los Cullen seguían sonriendo. El castillo era realmente fascinante, un lugar que rebosaba magia por las cuatro paredes. Si por ellos fuera, se quedaban allí el resto de su vida.

En el cuarto piso había poco más: la biblioteca ocupaba la mayor parte de la planta. Recorrieron fugazmente el lugar, pese a que la familia ya la había visto la noche anterior. A la luz del día era francamente impresionante, tal colección de miles de libros que no habían visto en su vida. El lugar olía a madera, a papel y a tinta; un sitio de paz y mucha tranquilidad, aunque quizás se debiera a que había muy pocos estudiantes allí.

En el tercer piso aprovecharon para visitar la enfermería. Aly Cadwell estaba allí acompañando a su hermano, que se preparaba para salir ya de la enfermería.

–¿Estás ya totalmente recuperado? –preguntó Carlisle con incredulidad.

–Por supuesto –afirmó el niño con rotundidad–. Fue una lata perderme el desayuno, pero la señora Pomfrey quería darme más pociones. Lo bueno es que Aly se quedó conmigo.

Comprobaron con asombro que en la enfermería no quedaba ya casi nadie. Sólo la enfermera y Dean Thomas, que saludó efusivamente a Harry. Carlisle no podía ni cerrar la boca de lo sorprendido que estaba: ¡en un hospital normal, las heridas habrían tardado semanas en curarse! Sin mencionar lo de los huesos, que en el mundo que Carlisle conocía hubiera sido imposible recuperarlos. Y allí estaba Bryan, sosteniéndose en ambas piernas con orgullo.

Esme y Rosalie no cabían en sí de felicidad: ¡los niños estaban totalmente recuperados, y no había secuelas! Saludaron con alegría a los hermanos, que insistieron en estar perfectamente.

El resto de la familia se alegraron discretamente por los niños que habían tenido que pasar la noche en la enfermería. Jasper suspiró con alivio, ver a los niños le había traído difusos recuerdos de su vida humana.

Harry les mostró la estatua de la bruja jorobada, que conducía a Hogsmeade, y pasaron por delante del ''pasillo prohibido''. Afortunadamente, Fluffy había sido trasladado a otro lugar, y ahora era un lugar seguro. El mago les contó la aventura de su primer curso, sin muchos detalles, pero aún así despertó la admiración en los vampiros y el hombre-lobo. Harry se ruborizó, ya acostumbrado a las miradas.

Pasaron por delante las aulas, y atravesaron la galería de las armaduras. A Jasper le dio la sensación de que se movían, muy discretamente, cuando él no las miraba. Edward las observó con detenimiento y llegó a la conclusión de que, efectivamente, se movían, con mucha lentitud y sin chirriar. Aunque no sabía por qué, y cuando le preguntó a Harry, este tampoco lo sabía.

–Ya estoy acostumbrado –dijo, encogiéndose de hombros.

Pasaron al Salón de Trofeos, donde una vez se dieron clases de duelo (un desastre, a decir verdad). Se exponían las medallas que habían conseguido los alumnos a lo largo de los años, copas de quidditch, conmemoraciones y demás premios. Mostraban también una lista con los alumnos que eran y habían sido prefectos y delegados. Los Cullen observaron con admiración todo lo que se exponía allí, como si fuera un museo extremadamente curioso, y Emmett no pudo resistir la tentación de pegar su cara en uno de los cristales de los expositores, mientras Rosalie lo miraba negando con la cabeza.

Edward la miró con curiosidad.

–Yo tampoco sé qué vi en él –refunfuñó Rosalie.

Bella le prestó particular atención a dos Premios por Servicios Especiales al Colegio, para Ron Weasley y Harry Potter. Miró al Elegido con sorpresa, pero no preguntó nada. De reojo vio el Premio de Riddle, y no pudo contenerse.

–¿Quien-Tú-Ya-Sabes obtuvo un Premio por Servicios Especiales al Colegio?

Harry asintió secamente, pero no explicó nada.

Pasaron al segundo piso con rapidez, cuando era ya mediodía. Les enseñó el antiguo despacho de Dumbledore, con su gárgola, que ahora ocupaba McGonagall. Les advirtió que no entraran nunca en los baños de Myrtle, la Llorona, y les explicó la historia del basilisco, y, a petición de Edward, que había vuelto a leerle la mente, lo que había ocurrido finalmente con él.

–¡Guau! Estás siempre muy ocupado, ¿no? –rió Emmett.

''¿Cuán grande puede llegar a ser este castillo? Tienen una serpiente gigante muerta, un laberinto lleno de pruebas, un Bosque Prohibido... ¿Qué falta? ¿Un dragón?'' se dijo Jasper.

–Mi hermano Jasper quiere saber si hay dragones aquí –intervino Edward, mientras Jasper lo fulminaba con la mirada–. Nunca es bueno quedarse con la duda, hermanito.

–Soy mayor que tú –protestó él.

Harry esperó a que se callaran para contestar.

–Los tuvimos en mi cuarto curso, en el Torneo de los Tres Magos.

–¿Qué es eso?

El muchacho les explicó lo que era, ignorando los recuerdos que empezaban a invadirle la mente.

Edward parecía no decidirse a preguntar.

–¿Fue allí donde... murió Cedric Diggory?

Maldita sea. Cómo desearía saber Oclumancia en estos momentos.

–Sí.

La voz le salió seca, grave, y Harry agachó la mirada.

–¿Quieres... quieres contárnoslo? A lo mejor te vendría bien hablar de ello–intervino Esme, con sincera preocupación.

Harry lo pensó durante unos minutos, pero al final decidió que Cedric Diggory no tenía nada que ver con Edward, y que no tenía nada de malo hablar un poco.

–Cedric Diggory fue la primera víctima del regreso de Quien-Vosotros-Sabéis. Él había ganado ya la Copa de los Tres Magos, yo la agarré al mismo tiempo. No sabíamos que era un traslador, no lo sabíamos–cerró los ojos con fuerza–. Yo le propuse esa idea –confesó aterrado por los recuerdos–. Llegamos al lugar donde nos esperaba Él... y... dio la orden de matarlo. ¡Cedric murió, pero era inocente!

Harry se apretó los puños y trató de controlar su respiración. Los Cullen estaban horrorizados. Morir tan joven, con diecisiete años (o eso suponían, si sólo se podía participar con diecisiete). Edward se dio cuenta de que era razonable que se alterado con su aspecto, aunque no era su culpa parecerse a ese muchacho y tener diecisiete años al ser transformado.

El resto de la visita la hicieron en silencio absoluto, sólo roto por las explicaciones que daba Harry.

No vieron nada más en el segundo piso, a excepción del despacho del futuro profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Pasaron a continuación al primer piso, donde estaban las aulas de Estudios Muggles, de Defensa Contra la Artes Oscuras y de Historia de la Magia. Estaba también el antiguo despacho de la profesora McGonagall, que ocuparía pronto el nuevo profesor de Transformaciones. Por uno de los pasillos en dirección al despacho de la antigua profesora, se veía la cabaña de Hagrid, que Harry les señaló por una ventana.

Pasaron a la planta baja. No les mostró el vestíbulo ni el Gran Comedor, que ya lo conocían. Pero sí les mostró el despacho de Filch, que salía justo en aquel momento con su gata, la Señora Norris. Tras un saludo incómodo, en el que los Cullen comprobaron lo desagradable que era el hombre, prosiguieron con la visita. Les enseñó el armario donde guardaban las escobas viejas, y la sala de profesores, en la cual no entraron, pero sí la vieron desde fuera, aunque no ayudara mucho. Les mostró el aula de Firenze, contándole brevemente su historia, la Cámara de Recibimiento y la Cámara de Espera, donde Harry hizo los TIMOs de Encantamientos y Transformaciones. Sin salir, les señaló la puerta doble por la cual se salía al patio central, donde se pasaban los recreos.

Siguieron bajando hasta llegar a las mazmorras, donde vivía Slughorn, el aula de Pociones, la Sala Común de Slytherin, en unas mazmorras, y la de Hufflepuff, situada debajo de las escaleras del vestíbulo. Les fue enseñando las otras mazmorras y las cocinas, situadas justo debajo del Gran Comedor, aunque no entraron para no molestar a los elfos, porque era ya la hora de la comida y estarían muy ocupados.

Subieron al comedor con rapidez, para que Nessie, Jacob y Harry almorzaran y pudieran seguir con la visita.

La directora ya estaba sentada en la mesa, que compartían profesores y alumnos ya que no eran más de cincuenta.

–¿Has hecho lo que te he pedido, Potter?

–Sí, profesora. Sólo faltan los terrenos.

–Bien.

Comieron en silencio, mucho más rápido de lo normal. Eran ya las dos, y debían ver los terrenos, mucho más amplios, antes de las tres. En apenas quince minutos terminaron de comer, y aunque Harry lamentó perderse el postre, salieron rápidamente a ver los terrenos de Hogwarts.

Se acercaron primero a los escarpados acantilados que habían al Sur de Hogwarts, y a los que nadie iba debido a que eran peligrosos. Vieron el lago, inmenso y azul, y divisaron a lo lejos uno de los tentáculos del calamar gigante. Harry les dijo que además del calamar, vivían allí sirenas y otras criaturas. No lo atravesaron, dieron media vuelta y pasaron a visitar las huertas y los invernaderos de Herbología. Vieron desde fuera las plantas de los invernaderos con paredes transparentes, y Esme las miró con curiosidad.

De vez en cuando las señalaba, preguntando su nombre.

–¿Cómo se llama esa de allí, la de las hojas rojas tan bonitas?

–Que no te engañe su aspecto. Es una Tentácula Venenosa –explicó Harry.

–¿Y ésa? La que parece una enredadera –preguntó Rosalie.

–Un Lazo del Diablo.

Reprimió un estremecimiento y volvieron a caminar hacia adelante, con cuidado de esquivar el Sauce Boxeador.

–Quizás sea conveniente que alguien, si llega a haber una lucha, vigile ese árbol –dijo Harry con mirada sombría–. En sus raíces hay un pasadizo que conduce a una casa abandonada, en el pueblo de al lado. Snape lo conoce –añadió.

–¿Quién es Snape? –inquirió Emmett antes de que Edward pudiese detenerle.

–El asesino de Dumbledore.

El silencio volvió a instalarse incómodamente entre los Cullen y el joven mago. Continuaron caminando, a pesar de todo, hacia la cabaña de Hagrid. El hombretón estaba ocupado con algo que parecía pelo de unicornio, así que pasaron de largo sin molestar. Harry les explicó que el Bosque ocupaba más de la mitad de los terrenos de Hogwarts, y que era difícil que en una batalla lo atravesaran, ya que había acromántulas, centauros, un semi-gigante y demás criaturas en él. Llegaron hasta el lugar donde los límites del Bosque se encontraban con la muralla, donde estaba el boquete que abrieron las mortífagas para entrar, que Flitwick y madam Hooch estaban tratando de arreglar. Esquivaron la zona y se dirigieron hacia las puertas.

–¿Cerdos con alas? ¿En serio? –rió Emmett al ver las pequeñas estatuas que coronaban los pilares de la puerta.

Seguían todavía hacia adelante, y llegaron al campo de quidditch. A Harry le brillaron los ojos al verlo, a pesar de que no permitía que volasen en el campo. También los Cullen observaron con admiración el campo de juego, con sus aros y el suelo de hierba. Las gigantescas gradas rodeaban el terreno y los colores de las casas brillaron con fuerza bajo el sol vespertino. Rojo, verde, amarillo, azul... como un pequeño arcoiris.

Ligeramente a regañadientes dejaron el campo y caminaron hacia adelante, llegando de nuevo a los acantilados y al lago.

–Bueno, ya está todo.

–El castillo es realmente grande. ¿Cómo lográis que las personas sin magia no lo vean? ¡Es imposible no verlo a la distancia! –exclamó Jasper.

–El castillo entero tiene un hechizo que hace que en la lejanía sólo se vean las ruinas de una vieja casa, con un cartel que dice: Prohibido pasar. Peligro.

Bella intervino con curiosidad.

–¿Y los mapas? Nunca he visto que este castillo apareciera en el libro que leí sobre los castillos ingleses.

–Otro hechizo que hace que este lugar sea imposible marcarlo en un mapa–explicó Harry, aunque en realidad, fuera Hermione quien le explicó a él todo aquello.

–¿Nadie ha querido entrar aquí? No sé, niños, alguna constructora...–inquirió Esme.

–Cualquier muggle que se acerque por aquí recordará de repente que tiene algo de hacer, de modo que se alejará –Harry comprobó su reloj–. Ya son las tres y diez minutos, nos hemos retrasado un poco.

–No importa. Nosotros nos iremos ahora, volveremos sobre las... cuatro y media, o cinco menos cuarto –dijo Alice–. ¿Dónde estaréis vosotros?

–Necesito ir a la biblioteca. Si queréis, podéis acompañarme –le ofreció Harry a Jacob y Nessie.

Ambos se encogieron de hombros y se despidieron de los vampiros, que corrieron a velocidad vampírica hacia el Bosque Prohibido. Antes de que Harry se pudiera dar cuenta de algo, ya habían desaparecido de su vista. Negó con la cabeza con incredulidad y dieron media vuelta para volver al castillo.

Jacob comentaba mil y una cosas de lo que habían visto. De si el Bosque era inmenso, que las mazmorras eran muy frías, que sentía curiosidad por ver alguna vez las cocinas... Nessie le escuchaba con una sonrisa en la boca, rodeada por el largo brazo del muchacho quileute. Harry permanecía en silencio, pensando en que, quizás, debía esperar a tener a Hermione y a Ron a su lado otra vez antes de seguir investigando los Horrocruxes.

En la biblioteca, por petición de Jacob y Nessie, les buscó a ambos el libro de Historia de Hogwarts. Se sentaron ambos a leerlo en una mesa apartada, con las cabezas muy juntas, y Harry echó de menos a Ginny. A decir verdad, la extrañaba todos los días: añoraba su sonrisa, los largos paseos por los terrenos, las elocuentes conversaciones... Habían roto por su seguridad, pero empezaba a arrepentirse de ello. ¿Qué haría cuando tuviera que convivir con ella varias horas al día en la Sala Común? No podría ignorarla porque sí.

Apartó los pensamientos de su mente y se concentró en leer el libro sobre Artes Oscuras que tenía entre las manos. No podía ser tan difícil, ¿no?

Los vampiros volvieron puntualmente a la hora que predijo Alice. La directora los esperaba ya en el vestíbulo, y Harry, Jacob y Nessie bajaban las escaleras en ese mismo momento.

–¿Has pasado el examen de aparición, Potter?

Harry se sorprendió con la pregunta. La respuesta era obvia: ¡¿cómo demonios iba a tomar el examen si no tenía tiempo y no podía ir al ministerio?

–Por supuesto que no, profesora.

–Pero, ¿sabes aparecerte? –insistió la profesora.

Harry se lo pensó un poco.

–Sí.

–¿Aparición conjunta?

¿Qué era aquello? ¿Un interrogatorio? De repente, a Harry se le encendió una lucecita en la cabeza: la directora quería aparecerse en Grimmauld Place sin recurrir a métodos que tuvieran que ver con el ministerio, como un traslador o la red flu.

–Sé la teoría, pero no la he llevado a la práctica, profesora. Además, uno no puede aparecerse y desaparecer dentro del colegio ¿no?

–Claro que lo sé, Potter. El profesor Flitwick ha suspendido el hechizo durante diez minutos para que podamos aparecernos –replicó la profesora. Miró a los Cullen y dijo en voz alta–: No hay más remedio. ¡Dobby!

Un fuerte chasquido resonó en las paredes del vestíbulo. El elfo se acercó con expresión sumisa a la directora.

–Dobby está aquí para servirle, profesora, dígale a Dobby lo que quiere.

–Responde: ¿con cuántos individuos eres capaz de aparecerte?

–Dobby no sabe, nunca lo ha intentado –respondió el elfo agachando las orejas–. Pero Dobby sí sabe que puede llevar a unos cinco o seis magos, profesora.

La directora contó rápidamente a los Cullen y sospesó sus opciones.

–Está bien. Potter se aparecerá conmigo en Aparición Conjunta, y Dobby se aparecerá con cinco de ustedes –señaló a los Cullen, que habían estado observando muy callados–. Cuando ya estén allí, Dobby volverá y se llevará a los cinco restantes.

Los demás asintieron de acuerdo con el plan. El elfo se acercó y le hizo una reverencia a los Cullen.

La familia no sabía cuál de ellos debía ir primero. Emmett se unió inmediatamente al primer grupo, con Jasper y Edward. Carlisle también se decidió y Jacob se unió a ellos, para estar con los hombres.

–¿No creéis que seréis mucho para el pobre elfo? –Edward miró a su esposa confuso–. Emmett y Jake. Sois los más grandes, y creo que uno de vosotros debería quedarse con nosotras y que vaya yo o Alice con vosotros.

Dobby intervino con voz admirada.

–La señorita es muy amable con Dobby, sí, es muy amable. La señorita no tiene que preocuparse por el viejo Dobby, Dobby sabe lo que hace.

–D-De nada –respondió Bella algo turbada–. Pero sigo pensando igual que antes.

Jake y Emmett se miraron, y al final Jacob decidió quedarse con Nessie. Bella y Alice se miraron de igual manera, hasta que Alice empujó a Bella y dijo:

–Sé que llegaréis bien, así que... ¡tú primero, Bella!

–Duendecillo–murmuró Bella entre dientes.

McGonagall los interrumpió con impaciencia.

–Nada de charlas. Cójanse de la mano y que alguien se la dé a Dobby.

Los cuatro hombres se dieron la mano, pero Edward, en vez de darle la mano a su esposa convencionalmente, rodeó los hombros de Bella con un brazo e hizo que levantara el brazo, uniendo así las manos por las puntas de los dedos. Bella, a su vez, le rodeó la cintura con un brazo a Edward. Alice, Rosalie y Nessie no consiguieron reprimir un suspiro soñador, acompañado de una amplia sonrisa de Esme.

Dobby, por su parte, aplaudió contento, e, inclinándose hasta tocar el suelo con su larga nariz, le ofreció la mano a Emmett. El vampiro se rió y alzó al pobre elfo de la mano. Dobby se rió, y, a la vez que los magos, chasqueó los dedos.

Lo siguiente que pasó fue muy confuso para los vampiros. Vieron una espiral de luces, colores y voces, hasta que finalmente vuelven a poner los pies sobre la tierra. Emmett tropieza (algo muy inusual en un vampiro), pierde el equilibrio y cae al suelo, riéndose a carcajadas.

–¡Eso fue... eso fue increíble!

Edward sostuvo a Bella entre sus brazos, y Jasper y Carlisle fueron capaces de erguirse casi inmediatamente. Harry se agarró a un pasamanos, pero McGongall le dio la orden al elfo de volver a por el resto. Apenas unos instantes después, Alice, Rosalie, Esme, Nessie y Jacob estaban allí, también confusas.

–Ya estamos todos. Bien, pasemos al interior.

Los vampiros se dieron cuenta en ese instante: estaban delante del portal de una casa. Miraron a izquierda y derecha. Todo parecía normal, un tranquilo barrio londinense. Una parejita anciana cruzaron la calle y prosiguieron su camino, como si no los hubiera visto.

Siguieron a la profesora McGonagall hacia el interior de la casa. Les recibió un pasillo lúgubre y muy oscuro, aunque había una lámpara colgando del techo, iluminando levemente el vestíbulo. Había además unas placas colgadas en las paredes, con pequeñas cabezas de elfos reducidas.

Bella sintió un escalofrío y se pegó aún más a su esposo. Emmett fingía arcadas tras ver las cabezas y Alice procuraba no mirar nada, mirándose únicamente los pies.

–Traten de mantener la voz baja en el vestíbulo –susurró la directora–.Podríamos despertar algo.

''¿Algo?'' pensó Rosalie con repulsión.

''¿Qué puede ser?'' inquirió Alice con curiosidad.

''¿Es una casa fantasma o algo así?'' se preguntó Esme, preocupada.

Atravesaron el largo pasillo hasta la cocina y entraron en ella; los Cullen sonriendo con excitación y nerviosismo: ¿qué iban a pensar de ellos?

La cocina tampoco era gran cosa, aunque sí muy espaciosa y con una preciosa mesa de caoba que, según los cálculos de Esme, en sus tiempos debió de ser muy cara y elegante, aunque ahora estuviera deslucida. Una mujer pelirroja, ligeramente regordeta hablaba en voz baja con su marido.

''Miedo'' percibió Jasper.

''Nerviosismo'' concordó Edward.

Ambos se levantaron al ver llegar a la directora con los Cullen y Harry.

–¡Oh, Harry, querido! –exclamó la señora Weasley, corriendo a abrazarlo–. Nos hemos enterado del ataque. ¿Estás bien, corazón?

–Sí, señora Weasley –le respondió el muchacho, devolviéndole el abrazo.

–Oh–murmuró al ver a los Cullen.

McGonagall se apartó y los señaló con un gesto de la mano.

–Son la familia Cullen. Nos van a ayudar este año con la seguridad del castillo.

El señor Weasley se acercó y se puso tras su esposa.

–¿Cullen? No me suena el nombre.

–Y no creo que lo haga –murmuró Emmett entre risitas.

Mientras tanto, McGonagall estaba presentando a la familia.

–Este es el señor Carlisle Cullen. Señor Cullen, la señora Weasley y el señor Weasley.

La señora Weasley alargó la mano para estrechársela a Carlisle. El vampiro, mucho más a la antigua, se inclinó con elegancia y le besó la mano.

Molly Weasley se ruborizó y se llevó la otra mano a la cara, mientras su marido miraba con evidente desconfianza al apuesto hombre rubio. Carlisle sonrió con afabilidad y se irguió, adelantando un paso para estrecharle la mano al señor Weasley, al que se le estaban poniendo las orejas coloradas.

–Encantado de conocerles –dijo amablemente. Puso una mano en la espalda de Esme para que adelantara unos pasos–. Ésta es mi esposa Esme.

Ambas madres se dieron la mano; Esme algo tímida y Molly con decisión, tras superar el deslumbramiento que le había provocado el doctor. A continuación se la dio también al señor Weasley, que la miraba admirado por su belleza. Carlisle seguía sonriendo inmutable.

–Y estos son nuestros hijos –presentó cuando Esme soltó la mano del señor Weasley–. Vamos a presentarlos en orden cronológico mejor, ¿verdad, querida?

–Como tú prefieras.

Edward dio un paso hacia adelante cuando su padre lo presentó.

–Este es mi primer hijo, Edward.

Siguiendo el ejemplo de su padre, besó la mano de la señora Weasley, mientras Harry y McGonagall observaban algo divertidos que las orejas del señor Weasley enrojecían aún más.

Al notar la mirada sorprendida de la señora Weasley, Edward explicó:

–Mi madre me educó bien –dijo mirando con cariño a Esme–. Encantado de conocerla, señora Weasley.

En parte, le había leído la mente a la sorprendida señora: ''Qué muchacho más bien educado. Ojalá mis niños hicieran algo así''.

Le estrechó la mano al señor Weasley, que no parecía ser capaz de soportar otra muestra más de caballerosidad hacia su mujer. Sonrió con educación, aunque se reía abiertamente en su interior.

–Nuestra hija segunda: Rosalie.

La vampira agitó su rubia melena y le estrechó la mano a la mujer con desconfianza y envidia. Recordaba aún el comentario de Hagrid sobre la abundante prole de los Weasley. El señor Weasley miró deslumbrado a Rosalie, reaccionando algo más tarde de lo normal a la mano tendida de esta.

–Encantada–murmuró.

–Igualmente–respondieron.

Carlisle dejó que Rosalie se diera la vuelta primero. Se disponía a presentar a Emmett cuando Remus Lupin entró de la mano de su reciente esposa, Tonks.

Emmett olfateó en el aire, llenándose del olor a almizcle, salvaje, como el de las hojas mojadas. Un hedor espantoso, mucho más de lo que era el de Jacob. Edward inspiró profundamente, confirmando las sospechas de su hermano. Todos los demás percibieron lo mismo, y se dieron la vuelta a la vez.

Lupin se estaba quitando el viejo abrigo marrón cuando un olor dulce, muy empalagoso le llenó las fosas nasales. Alzó la mirada y detectó los ojos dorados de los Cullen.

Antes de que nadie pudiera evitarlo...

...se desató el pandemónium.


Espero que les haya gustado el capi. Siento presentarme tan tarde, y mis disculpas a mi Beta, pero el capi me llegó estando de viaje. En fin, volví ayer y aquí estoy. ¡Empieza el insti! La verdad es que lo espero con ilusión, no he visto a mis amigas en todo el verano. Seguramente el tiempo entre actualización y actualización subirá aún más, pero trataré de que eso no suceda.

Para quien no lo sepa, ''pandemónium'' significa caos o desorden.

Atentamente,

lady Evelyne