Lamento el retraso con la actualización (y el mío también .w. xD), pero he empezado las clases, así que puede que esta no sea la única vez que me demore demasiado.

Espero que este capítulo aclare algunas cosas, o puede que os líe aún más, pero en fin, yo soy la única que lo tiene claro (?)

Sin más...


Se giró sobre sí mismo, con el viento alborotándole el cabello negro. Frente a él, a muchos pasos de distancia, se encontraba Serafina, y las reglas estaban muy claras.

Lucha a muerte, sin posibilidad de sobrevivir en caso de derrota.

Vaya, a aquella demonio le gustaba jugar a lo grande, por algo era un ser diabólico. Pero Sebastian no era quien para juzgar eso.

Quien sí podía juzgarlo era Ciel, que esperaba sentado en una de las vallas de madera que limitaban los prados. Observando desde lejos. Sin posibilidad de intervenir porque, ni él podría vencer a Serafina, ni podría llegar a tiempo hasta ellos en caso de que algo saliera mal. Simplemente, él no podía hacer nada, así que no había motivo para moverse de ahí.

Supo que todo había empezado cuando Serafina comenzó a correr hacia Sebastian. A pesar de la larga distancia que les separaba, ella llegó a él en lo que duró un parpadeo del muchacho. Se sorprendió de ello, porque había vuelto a olvidar que Serafina también era un demonio.

Hermana de Sebastian, nada menos.

Entrecerró los ojos para ver mejor, pero era de noche, y la luna iluminaba muy poco, ya que estaba cubierta de neblina.

En pocos segundos, ambos habían hecho tantos movimientos que ya no podía distinguir quién era quien. Las dos siluetas a lo lejos se movían con destreza, esquivando los golpes del contrario.

En determinado momento, ambos se detuvieron, y por fin pudo determinar quién era quien, porque al haberse detenido ambos, pudo distinguir la silueta del vestido de Serafina.

Desde su perspectiva, Serafina se encontraba a la izquierda, y Sebastian a la derecha. Ambos, estaba seguro, se mataban con la mirada. Apostaba lo que fuera a que los dos pares de pupilas púrpura de demonio intercambiaban miradas asesinas, dispuestas a no rendirse, dispuestas a continuar luchando. Dispuestas a matarse.

Temía por Sebastian más de lo que le hubiera gustado. Sabía que sus probabilidades de ganar no eran tan altas ya que no se enfrentaba a alguien cualquiera. Se enfrentaba a su propia hermana, a otro demonio.

¿Por qué Sebastian no recordaba a su propia hermana?

Era extraño, muy extraño, que alguien como Sebastian no recordara que había alguien más en ese mundo- y en otros- que compartía su sangre.

Aunque quizás él nunca había sabido que tenía una hermana, que no se hubieran conocido siquiera. Pero eso no podía ser, porque ella si le recordaba a él.

Debió pasar algo, algo que alguien no quería que recordara…

- ¡Vamos, Sebastian!- oyó rugir a Serafina.

Había estado tan perdido en sus pensamientos, que no se había percatado del resto de la pelea. Ahora, ambos yacían sentados en el suelo, tal vez recuperando del aliento.

Entonces Serafina se levantó, y se sacudió el vestido como si nada. Incluso a esa distancia, Ciel pudo distinguir cómo ella hacía un movimiento efusivo de manos para retirar el polvo de la tela.

Desvió sus ojos hacia Sebastian, esperando que él también hiciera lo mismo (sacudirse la falda no, levantarse), y que volviese a atacar al demonio que se alzaba ante él.

Pero no lo hizo. La silueta de Sebastian seguía estando sentada, con la cabeza gacha. No podía estar muerto porque se mantenía rígido, sosteniendo su cuerpo.

No, no parecía muerto.

Pero parecer significa lo que significa, así que Sebastian se desplomó en el suelo. Ahora sí parecía muerto.

La hierba alta tapaba el cuerpo del demonio desde aquella distancia, Ciel no pudo distinguir movimiento, en caso de que lo hubiera. Saltó de la valla, sin atreverse aún a avanzar, esperando que el demonio se levantara y siguiera jugando.

Pero la risa triunfal de Serafina eliminó toda esperanza.

Estaba muerto. Había perdido, así que estaba muerto.

¿Sebastian muerto?

¿Sebastian perdiendo?

Eso no podía ser, la pelea no había durado ni diez minutos. Cuando las peleas en las que se metía Sebastian duraban ese lapso, generalmente era porque había destruido a sus enemigos en ese tiempo, no porque sus enemigos le hubiesen destruido a él.

Entonces sí echó a correr.

Gritaba su nombre, que el viento se llevaba antes siquiera de que saliera de su boca. Por tanto ni Serafina ni Sebastian, en caso de que aún pudiera oírle, escucharon.

Llegó hasta él, hasta ellos. Serafina le dirigió una mirada dura. Sus ojos eran antiguos, ahora que estaban en todo su esplendor púrpura podía percatarse de eso.

- ¿Qué has hecho?- preguntó, mirando hacia Sebastian. Las piernas le temblaban de forma incontrolable.

- Ganar, querido Ciel, ganar…- acercó la mano para acariciarle el rostro, pero él se la apartó de un manotazo.

- ¡No me toques!- espetó, lanzándole una mirada furiosa.- No te atrevas a tocarme.

Ella entonces lanzó una risa que se le antojó agria, venenosa. No podía ser menos.

- Creía que se te daba bien cumplir los tratos, Conde Phantomhive…- murmuró ella, rodeándole despacio.- Tu mayordomo hizo un trato, poniéndote a ti de triunfo. Él sabía lo que se jugaba. Y creo que sabía que iba a perder.- un mechón de Ciel resbaló por sus dedos.

La mirada de Ciel estaba encendida. Ya estaba harto. Harto de que le tomaran a la ligera, harto de aquel asunto de los demonios, harto de todo. Pero por encima de todo, harto de Sebastian.

¿Por qué entonces le quemaba tanto que ya no estuviera vivo?

- ¿Por qué me quieres?- espetó, sonando más a un gruñido que a una pregunta.

- ¿Por qué te quiere él?- pregunto ella, girando su cabeza hacia Sebastian, mientras Ciel la imitaba.

- Por mi alma.- respondió enseguida, sin dudar.

- Exacto.- Serafina le atrapó, arrebatándole cualquier opción de escapar.

Ciel forcejeó mientras ella caminaba hacia atrás, de espaldas, y se alejaba del cuerpo inerte de Sebastian.

- ¡No! ¡No!

- Oh, querido Ciel… si supieras cuán valioso es lo que tengo entre mis brazos…

Fue lo último que escuchó Ciel antes de que el viento lo abofeteara en la cara y sus ojos decidieran cerrarse.


Agradable.

Así definiría en ese momento la sensación que le embriagaba. Era agradable, el viento le daba suavemente en la cara, y su cuerpo parecía estar suspendido en el aire.

No quería abrir los ojos, porque así todas esas sensaciones disminuirían, y no quería eso.

Pero tarde o temprano tendría que abrirlos. No podía estar así para siempre, tenía otras cosas de las que preocuparse. Pero todo eso… Serafina, el cadáver de Sebastian, Tessa y Sylvain… todo eso podía esperar.

Un momento.

¿Cuánto hacía que no pensaba en Theresa y Sylvain?

Los recuerdos de esa misma noche, cuando aún era temprano- más temprano que en ese momento- acudieron a él.

Huyó porque no quería ser de Theresa, no quería pertenecerle… Porque ya pertenecía a otra persona. Una persona que ya estaba muerta, así que ya sí que no le pertenecía a nadie.

No, espera. Ahora le pertenecía a Serafina. Recordaba que se le había llevado, que le había arrastrado entre sus brazos mientras el cuerpo inerte de Sebastian se alejaba más y más.

Oh, por supuesto, se le olvidaba un detalle sin importancia: ahora era una pertenencia. Sin más. Ya no una persona, era un contenedor en cuyo interior aguardaba algo que todo el mundo quería.

Algo que solo podía ser de una persona en particular. No de él mismo, pues ya había perdido el derecho a ella desde hace mucho.

Era de Sebastian. Solo y exclusivamente de Sebastian.

Abrió los ojos, pues aquella sensación agradable se había ido y ya no tenía por qué cerrar los ojos. La única sensación que no había desaparecido era la de estar suspendido en el aire. Era una sensación buena, muy buena. Tan buena que en aquellos momentos le parecía completamente real.

Y era completamente real. Pues se encontraba suspendido sobre batientes olas furiosas que arremetían contra una enorme y altísima pared de roca.

Estaba pendiente de un acantilado, y la persona que lo sostenía del cuello de la camisa estaba prácticamente situada al borde, con la punta de los tacones sobresaliendo del mismo.

Había estado completamente embobado hasta ese momento, pues acababa de despertar, pero entonces una sensación de completo pánico se apoderó de él, y lo primero que hizo de forma instintiva fue agarrar rápidamente las muñecas de quien en esos momentos le impedía caer, pero que lo que quizás planeara precisamente era que su cuerpo cayera al mar.

No eran los ojos de Serafina los que le miraban furiosos, centelleando, quizás tratando de absorberle el alma. Era Theresa quien en aquellos momentos le dirigía una mirada de furia sobrehumana.

- Si no me dejas tenerte… Nadie más lo hará.- murmuró ella entre dientes, con desprecio infinito.

Los ojos de Ciel centellearon por el miedo, y eso no le gustó. Aquella noche estaba siendo completamente estimulante, y no de forma buena. No era la primera vez que sentía miedo, por supuesto, pero hacía mucho que no lo tenía, y el volver a sentirlo le recordaba lo débil que era en realidad.

Miró a Theresa con los ojos muy abiertos, procesando rápidamente si debía suplicar por su vida o no. Porque Sebastian ya no vendría a rescatarle.

- Theresa… Tessa.- tragó saliva, alternando rápidamente la mirada entre sus ojos color cielo.- No quieres matarme, ¿verdad? Solo estás frustrada, y lo comprendo. No quería ser tan brusco contigo, pero me asustaste. Porque yo también puedo asustarme, ¿sabes? No puedo ser tan inhumano como aparento ser… ¿no crees?- alzó la mano y la estiró con dificultad alcanzando a ponerla en su hombro.- No tienes que matarme…

-¡Cállate!- espetó Tessa, estirando del todo el brazo que agarraba a Ciel, que por inercia se aferró aún más a ella.- Lo he dejado bien claro… Si yo no te tengo… nadie lo hará.

Levantó el brazo con suma facilidad, soportando perfectamente el peso de Ciel, a punto de soltarle. Era imposible que una humana poseyera tal fuerza.

El Conde entrecerró los ojos y la miró fijamente, desconcertándola durante un instante.

- ¿Qué eres?- preguntó, antes de que una voz tronara por todo el valle.

- ¡ESTÚPIDA!

Serafina. Aquella voz era de Serafina. Se llamó idiota a sí mismo por no haberse preguntado dónde podía estar ella, si ella era la que se lo había llevado prácticamente arrastras.

Theresa se retorció y retrocedió a trompicones, su mano se abrió y Ciel cayó sobre la hierba, jadeando de dolor. Al mirar arriba descubrió que Serafina apretaba dos puntos de su espalda, ocasionando que Tessa se retorciera y aullara como un animal herido.

Serafina acercó tanto su rostro al de Tessa que el vaho de ambas bocas se juntaba.

- ¿Acaso eres idiota?- hizo más presión en su espalda, que se encorvó hacia atrás de forma exagerada y Ciel oyó un crujido que le hizo poner cara asqueada. Se mantenía en el suelo, observando lo que pasaba entre ellas, a las que al parecer no les importaba.- Eso.- le señaló.- es lo único que tenemos. Es por lo que hemos estado esperando milenios enteros. Y tú, estúpido serafín, has estado a punto de matarle debido a tu asqueroso egoísmo.

- Lo… lo siento…- jadeó, sin poder hablar a penas. El vaho salía sin parar de su boca, a consecuencia de sus gemidos y jadeos de dolor. Cuando Serafina dejó de ejercer presión sobre esos lugares de su espalda, Tessa cayó al suelo con un jadeo.

- Querida Tessa… Si todo se arreglara pidiendo perdón…- se arrodilló sobre ella y le echó la cabeza hacia atrás tirándola del pelo.- ¡Todo esto no habría hecho falta!- su voz se extendió por todos lados.

Ciel, sin moverse, observó con pavor cómo Serafina abandonaba a Tessa, que se quedó ahí tumbada, y avanzaba hacia él.

- Siento los problemas que te ha causado.- dijo, mientras se situaba frente a él y se arrodillaba para estar a su altura.- Podríamos haber acabado con esto más rápido, pero Tessita es muy posesiva, y jugó contigo más de lo necesario…

El viento salobre comenzó a colarse en sus ojos, que empezaron a lagrimear. Su visión se tornó borrosa, mientras Serafina le agarraba por las axilas y le ponía en pie.

- Ahora podremos acabar con esto de una vez…- a través de sus lágrimas, vio moverse la mano de Serafina, y pronto la sintió en su cara. Cerró los ojos, sintiendo que iba a morir.

- Me temo que las interrupciones aún no han acabado.- oyó jadear- podría jurar- detrás de Serafina.

Abrió los ojos de golpe, y sin lágrimas que entorpecieran su visión, descubrió a Serafina mirando anonadada tras ella. Entonces él también alzo la mirada.

Y se encontró con aquella sonrisa tan familiar.

Serafina se puso en pie rápidamente, olvidándose por completo de Ciel.

- ¿Sigues vivo?- preguntó, con tono tembloroso.

- Esta incredulidad tuya demuestra lo mucho que me subestimas, hermana.- Sebastian sonrió, y de un rápido movimiento, agarró de nuevo su cuello, como había hecho en la abadía.- Habla. Cuéntalo todo… y puede que te deje vivir.

La mirada de Serafina centelleó con rabia pura, y entonces un sonoro crujido sorprendió a Conde y mayordomo, y unas alas oscurísimas se desplegaron de su espalda.

Sebastian no había mentido. Los demonios aún conservaban las alas. Eso también explicaba las cicatrices en la espalda del mayordomo.

-¡Míralas bien, traidor! Porque están manchadas con mi sangre. Tú las manchaste.

Sebastian alzó una ceja, sin cesar el agarre.

- ¿De qué hablas?

Ella le dirigió una sonrisa ladina.

- Las alas de los Ángeles Caídos cambiaron tras la Caída. Todas se opacaron, en mayor o menor grado, según la magnitud de la traición. Las de Tessa.- la señaló. Aún estaba en el suelo, pero miraba con atención a ambos.- son grises. Su grado de traición es el menor que existe: ella no apoyó a Lucifer, pero, como todos los ángeles, tuvo que sufrir la Caída y el desprecio. Todos los ángeles, Sebastian, tienen las alas de la misma tonalidad que Tessa… excepto dos. Las mías pertenecen al segundo grado de traición. Y solo hay un ser con las alas más oscuras que las mías. Y tú sabes quién es. Todo del mundo sabe su nombre.

- ¿Qué…?- Ciel farfulló, tensándose sin saber muy bien por qué.

- Llámalas, Sebastian, llama a tus alas.- las de Serafina vibraron, produciendo un sonido.

Las de Sebastian respondieron y se desplegaron, majestuosas y enormes. Su color era del negro más puro que Ciel había visto nunca.

- Tú, Sebastian, eres Lucifer.


No sé si la revelación es interesante. Para mí sí, pero porque yo miro esta historia con buenos y esperanzadores ojos.

Puede que el último sea el último capítulo, depende de lo que se alargue. Y luego espero que comentéis si deseáis o no epílogo.

La próxima actualización es Sullivan's (echadle un vistacillo si no lo habéis hecho ya ;3)

Hasta la próxima.