Oh, Dios mío... no entiendo muy bien qué diantres pasó aquí, pero casi abandono esta serie. Menuda vergüenza u/u Lo digo en serio, ¡cinco meses! Jová... Ya conocéis la excusa, exámenes, trabajos y exámenes de entrada a la Uni. Lo siento tanto...
Si mal no recuerdo, los cinco ya habían encontrado su Salmiakki Dorado y nuestro sueco favorito acababa de descubrir que Tinito iba a ir a la fábrica. Bueno, pues aquí os lo dejo, ¡la tan esperada entrada a la Fábrica Oxenstierna!
Axis Powers Hetalia no es mío, pertenece a Hidekaz Himaruya-san.
No reclamo ningún derecho sobre "Charlie y la fábrica de chocolate".
¡Dentro fic!
El día tan ansiado por tantos acababa de llegar.
Frente a la Fábrica Oxenstierna, una muchedumbre se agolpaba, apretujaba y gritaba, luchando desesperadamente por acercarse al pequeño pero heterogéneo grupo que, protegido por un número considerable de policías, permanecía de pie delante de las verjas que, a las diez, se abrirían sólo para sus invitados.
En el interior de aquel círculo, un niño de pelo dorado y de punta saludaba a su público con una sonrisa de oreja a oreja y un ocasional guiño. A su lado, una pareja pálida e inexpresiva lo miraba con los ojos entrecerrados, de vez en cuando dirigiendo miradas compasivas a su madre cada vez que ella impedía (o trataba de impedir) que se alejase demasiado. Su hijo, un chico también estoico, estaba algo más lejos, hablando con otro que vestía un curioso jersey con bordados coloridos de todo tipo de aves. De vez en cuando, sacaba sin disimulo un dulce del bolsillo y se lo comía, sin ni siquiera ofrecer alguno a su interlocutor; algo muy mal visto por su padre y por el matrimonio que no hacía más que desvivirse por mimar a una pequeña sorprendentemente parecida al de los cabellos plateados y también, curiosamente, la única de sexo femenino entre los menores.
Por último, un niño bajo y enjuto con una bufanda azul y un anciano alto e igual de delgado esperaban pacientemente a un lado, echando frecuentes miradas al reloj que se alzaba en medio de la plaza y que, en aquel momento, marcaba las diez menos cuarto.
…
Aquél era el panorama que el señor Oxenstierna y su acompañante podían ver a través de uno de los ventanales del edificio mientras ultimaban todos y cada uno de los detalles de la visita de aquellos niños. El primero sonreía con cierta nostalgia, como recordando el período de esplendor de otrora, mientras que el segundo se limitaba a fruncir el ceño, endureciendo sin darse cuenta la expresión de su rostro.
–Vaya, parece ser que lo han convertido en todo un acontecimiento –silbó el mayor, escrutando todas y cada una de aquellas caras–. No me esperaba que fuera a venir tanta gente, ¿y tú, Berwald?
El susodicho asintió, tan levemente que parecía que no se había movido; por suerte, el otro lo conocía bien y había sabido entenderle.
–Me pregunto cómo será cuando tengamos que salir allá afuera –comentó, devolviendo su atención al bullicioso exterior–. Aunque sí es cierto que tengo ganas de ver cómo saldrá esta visita. Quiero decir, tal vez hayamos entendido mal y tengamos por aquí a más de un pequeño que valga la pena… No sé, puede ser una cosa como puede ser la otra, lo único que podemos hacer es esperar.
El joven volvió a asentir, acariciando a la bolita blanca y peluda que intentaba subirse a sus rodillas antes de erguirse y hacerle un gesto significativo al señor Oxenstierna. Éste suspiró.
–Tienes razón. Ahora vamos.
Tras hacerle una última caricia a la perra, los dos hombres abandonaron el cuarto.
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Una estruendosa ovación inundó toda la plaza cuando, exactamente a las diez, un portón rechinó a lo lejos y dos figuras abandonaron el edificio Oxenstierna.
–¡Es él! –se oyó a alguien a pesar del ruido, siendo aquel grito inmediatamente coreado por todos.
Verdaderamente, una de las dos personas que a ellos se acercaban, un hombre de pelo dorado salpicado de canas y con un bastón con empuñadura de plata, era fácilmente identificable como el famoso señor Oxenstierna, aquél del que todos hablaban, el hombre convertido en leyenda viva gracias a sus prodigiosas habilidades. No así su acompañante, el joven anormalmente alto con gafas que emitían cegadores destellos por culpa de la luz y vestido con el mismo uniforme azul de corte militar que el otro que caminaba a su lado.
Los cinco niños afortunados, a pesar de no haber visto jamás al señor Oxenstierna, supieron reconocerlo con rapidez, aunque también ellos se hacían preguntas sobre aquel extraño que iba con él. Sólo Tino, aferrado a la mano de su abuelo, creyó saber quién era, pero prefirió callarse; sí, en cambio, tiró de su brazo.
–¿Quién es el que está con el señor Oxenstierna, isoisä? –preguntó, haciendo un esfuerzo sobrehumano por hacerse oír.
Como si hubiera entendido la pregunta, el abuelo Ukko lo miró y abrió la boca, pero su respuesta fue ahogada sin piedad por el estruendo que predominaba anárquicamente en la plaza.
–¿QUÉÉÉÉ? –chilló Tino, sin haber entendido nada, pero nunca llegó a saber qué era lo que el anciano quería decirle.
En el mismo momento en que las verjas chirriaron y los dos hombres salieron por fin del interior del recinto, un respetuoso silencio invadió el ambiente.
Pero no duró demasiado.
La gente volvió a gritar con todavía más ánimo que antes y aplaudió con fuerza, como entusiasmada por el hecho de que, después de tantos años, el héroe local por fin aparecía en público.
El señor Oxenstierna sonrió y saludó con modestia, aparentemente halagado por la entusiasta ovación, mientras que su acompañante se limitó a quedarse atrás, por lo visto no tan cómodo como el mayor. Tino y el anciano abuelo Ukko contemplaron con los ojos y la boca abiertos por la emoción cómo el primero se acercaba al grupo y les miraba con alegría y agradecimiento.
–Bienvenidos a mi fábrica, mis queridos niños y señores –saludó, y su voz grave y sincera, todavía marcada con un fuerte acento sueco, hizo que de nuevo volviera el silencio–. Me complace mucho ver en el día de hoy, delante del orgullo de mi familia, a tantos niños tan buenos y sanos y, por supuesto, tan fanáticos del salmiakki, ¿no?
Sólo unos pocos sonrieron ante la broma, Tino y su abuelo incluidos; Lukas se limitó clavar en el buen hombre una mirada de aburrimiento y fastidio mientras que Elín sacudió suavemente la cabeza con disimulado desprecio.
–Bueno, por dónde empezamos… ¡Ah, sí! Si me pudieseis hacer el favor de presentaros y de enseñarme el Salmiakki, vänligen (por favor)… Deseo de corazón conoceros personalmente.
No bien había acabado de hablar el señor Oxenstierna cuando Mathias, tan resuelto como siempre, decidió dar un paso al frente junto con su madre.
–Mi nombre es Mathias Køhler –declaró, con un tono excesivamente alto teniendo en cuenta que tampoco estaba tan lejos de su interlocutor, e hizo una inclinación un tanto exagerada–. Ella es mi mor (madre), Frigg Køhler. ¿Verdad que es genial?
–¡Mathias! –gritó la pobre mujer, azorada por aquella curiosa presentación, pero el señor Oxenstierna se limitó a reírse.
–Verdaderamente, parece toda una dama –contestó con buen humor, besando su mano con galantería–. ¿Señora Køhler, entonces? Bien… Quédense con Berwald, vänligen, y no se separen de él. Pronto estaremos todos.
Madre e hijo se separaron de él y se quedaron de pie al lado del rezagado. Tino ladeó la cabeza, intrigado. Así que su nombre era Berwald…
–Yo soy Elín Fréysdottir, señor –resonó de repente una voz inocente y clara como el cristal, y el pequeño se giró a tiempo de ver cómo la única niña de allí y sus padres se presentaban.
–Así que tú eres Elín. Ah, ¡cómo olvidar a un encanto como tú! –respondió el señor Oxenstierna, haciendo que ella riese, alborozada–. Y los que te acompañan son, seguramente, el señor Hjálmarsson y… ¿la señora…?
–Mi esposa, Freyja Atladóttir –aclaró el señor Hjálmarsson con una educada inclinación de cabeza–. De empresario a empresario, quisiera expresarle mi más humilde…
–Sin ánimo de ofender, mi querido señor, pero tenemos menos tiempo del que cree –interrumpió el sueco con rapidez–. Que sepa que se la acepto, agradezco y devuelvo, pero hoy no es día de negocios, lo siento mucho.
La pequeña familia se alejó, molesta y contrariada, para engrosar el pequeño grupo que rodeaba al acompañante del señor Oxenstierna. ¿Qué habrían estado esperando? Era la pregunta que Tino no dejó de hacerse mientras Lukas y sus padres, los señores Thor y Járnsaxa Bondevick, así como un lacónico señor Stéfansson y Emil Njördrsson, hacían las consabidas presentaciones y se reunían con su joven acompañante.
Antes de que quisiese darse cuenta, su turno había llegado.
Muy nervioso, caminó sin soltar la mano de su abuelo hasta aproximarse al señor Oxenstierna y, tras presentarle el dorado objeto, murmuró con timidez:
–Tino Väinämöinen.
Algo inusitado sucedió.
A diferencia de la simple amabilidad con que había tratado a los demás, el señor Oxenstierna se agachó hasta quedar a su misma altura y le estrechó la mano.
–Conque Tino, eh… El pequeño que no encontró su billete hasta ayer, ¿no es cierto? ¡No te sorprendas, querido niño, lo vi todo en las noticias!
Desde el momento en que se había reunido con ellos, Tino no recordaba haber oído algo tan sincero.
–Eso sí –prosiguió, echando una rápida ojeada a los demás–, me alegro muchísimo de que hayas podido venir, ¡cuánto disfrutaremos!
Sólo entonces se fijó en la figura alta que permanecía junto al pequeño Tino. El abuelo Ukko sonrió, alegre, y no pasó demasiado tiempo hasta que esa misma alegría se plasmó en el rostro del otro adulto.
—¡Ukko, mi buen amigo, cuánto tiempo! –exclamó el señor Oxenstierna, abrazándolo con efusividad– ¡Cuánto tiempo sin saber de ti, estoy tan contento de volver a verte! ¿Así que éste es tu nieto? Bueno, bueno, bueno… ¡ciertamente, hoy va a ser un día maravilloso! ¡Oh, cielos, dónde tengo la cabeza, es tarde! ¡Vamos, con los demás!
Desconcertado –aunque no por ello menos eufórico–, Tino se acercó al grupo y esperó. Muy pronto, su abuelo se reunió con él, sonriendo de oreja a oreja, y el señor Oxenstierna se puso al frente.
–¡Muy bien! –exclamó tras un breve carraspeo– Ahora que ya nos conocemos, ¿qué tal si entramos? ¡Tenemos muchas cosas que ver, pequeños, y poco tiempo para hacerlo! ¡Vamos, vamos!
Dicho esto, se dio la vuelta y avanzó rápidamente en dirección a la fábrica, seguido a cierta distancia por los demás. En pocos minutos, los portones volvieron a rechinar y se cerraron pesadamente, separándoles del exterior.
Nada más se cerraron las puertas de la Fábrica Oxenstierna, la plaza no tardó en vaciarse.
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Las presurosas zancadas a las que les obligaba a caminar el señor Oxenstierna impidieron que Tino pudiese admirar las habitaciones que iban atravesando, aunque sí pudo apreciar que eran coloridas y que estaban amuebladas con buen gusto. Casi como si, además de una fábrica, fuese una casa de verdad. Sonaba extraño, aunque probablemente explicase muchas cosas.
Delante de él, Lukas y Emil hablaban tan quedamente que apenas se podía entender lo que decían, aunque el aficionado a los pájaros estaba siendo bastante expresivo. Tino se rió, divertido.
–¿Pasa algo, Tino? –oyó que su abuelo le preguntaba y negó con rapidez.
–No, nada… estaba viendo a Lukas y a Emil y, bueno, me hacía gracia su discusión… Algo de "hermano"…
El abuelo Ukko fingió exasperarse y le revolvió el pelo a su nieto, acabando por reírse junto con él.
–Qué es lo que haremos contigo, eh –bromeó, guiñándole un ojo–. Mira que te dejo fuera y no te dejo ver la fábrica.
–Isoisä!
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–¿Pasa algo, Berwald?
El aludido apartó la vista del cuadro que formaban el quinto niño y su abuelo y la centró en el mayor.
–N'j… –admitió, mirando al suelo.
–¿Entonces? Llevas desde ayer muy nervioso, ¿te pasa algo?
Berwald sabía perfectamente qué era lo que quería decir el mayor, pero se mantuvo con la boca cerrada. ¿Cómo explicarle la importancia que tenía para él la visita de aquel niño, quizá la primera persona fuera de su familia que no lo rechazaba a la primera? No… aunque sólo fuese por un momento más, el joven prefería guardar para sí aquel secreto, más preciado que cualquier otro en aquel lugar.
–La v'sita, m'cha gent'… –explicó en cambio, frunciendo ligeramente el ceño para hacer su explicación más realista.
No fue suficiente, pero bastó para convencer al señor Oxenstierna; tras asentir, comprensivo, se adelantó y carraspeó de nuevo para atraer la atención de sus invitados.
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Un fuerte carraspeo interrumpió las conversaciones de los integrantes de aquel grupo y todos levantaron la cabeza por instinto en dirección a su origen. El señor Oxenstierna sonreía afablemente y jugueteaba con su bastón, señal de que se disponía a contarles algo importante.
–Cuando atravesemos esta puerta que tengo detrás de mí –dijo, apuntando hacia la misma con un gesto–, encontrarán percheros y unos dispensadores de bolsitas azules. Quiero que dejen en las perchas todo lo que tengan de abrigo y que se protejan los zapatos con las bolsitas, o, si no, no podremos continuar.
–¿Por qué no? –gritó Mathias Kohler, provocando sin querer un pequeño pero ensordecedor eco. Cuando éste se desvaneció, el señor Oxenstierna pudo seguir.
–Veréis, a partir de aquí, empezará a hacer mucho calor y… bueno, no os garantizo que algunas habitaciones vayan a ser muy limpias… ¡No, no, por supuesto que las limpiamos!, pero es que siempre hay accidentes, ya sabéis, y no me gustaría que alguno sufriera un desastroso percance. Me entendéis, ¿no?
A pesar de que no era aquélla su intención, sus palabras despertaron un murmurar de desconcierto que no se acalló hasta que no cruzaron dicha puerta, donde, tal y como se había avisado, los ya mencionados objetos les esperaban.
–Será una broma, ¿no? –exclamó Elín, mirando con asco el plástico azul– ¡Yo no me quiero poner eso!
–Tú verás –replicó el señor Oxenstierna, sin apenas molestarse en girarse–. Pero no me gustaría que esos bonitos zapatitos tuyos acabasen tan sucios que no quedase otro remedio que tirarlos.
Aunque no fue el mejor de los argumentos, fue lo suficientemente efectivo como para que la islandesita, a regañadientes, se decidiese a cubrir su calzado.
Hubo un par de incidentes más, como cuando Mathias empezó a jugar con los protectores de zapatos, pero, por suerte, se pudieron solucionar a tiempo: muy pronto, todos habían cumplido y esperaban, algunos con más paciencia que otros, a alguna nueva indicación.
El señor Oxenstierna, también sin abrigo y con los elegantes zapatos cubiertos con aquellas curiosas bolsas, los miró, triunfante.
–¡Bueno, allá vamos! –sonrió, evidentemente complacido, y desapareció por un largo y estrecho pasillo.
¿Qué tal? Tal vez un poco sosillo, estoy un poco oxidada por la falta de práctica. Igualmente, espero que os haya gustado.
¡Respuesta a reviews!
NoodleMarichan: No, no son mochis, lo siento mucho xDDDD Tengo que reconocer que ésa fue buena. ¡Ya verás qué son!
rEIKo666: Tengo que admitir que al principio me dio un poco de yuyu tu nombre, pero la cosa cambió cuando leí tu review. Bueno, aparte de las disculpas pertinentes, quería decirte que muchas gracias y que la mayoría de las cosas se encuentran así, lo que queda se encuentra con los poderes de madre (?)
Sakhory: Como de costumbre, de los reviews más entretenidos xD Ahora en serio, que muchas gracias y que... ¡porras, vas a hacer que me ponga roja!
lol07: Tu review me llamó la atención. No sólo por los mensajes y eso, sino por el salmiakki. Yo lo probé y te aseguro que es verdad que tiene un sabor muy fuerte, sobre todo si no estás acostumbrada. Me gustó mucho, que conste xD Tengo un truco que consiste en comerlo muy lentamente; así te acostumbras y no te parece tan repugnante al principio. Por cierto, ¡chssssss!
Las demás, que también os quiero: ¡MUCHAS GRACIAS!
Aaaaah, otra cosa, que no es tan importante, pero bueh... Me gustaría tener una beta-reader para esta historia. No por mal, es que no quiero decepcionaros. La que quiera que me avise, por favor. No os obligo, eh.
Dicho esto, hasta la próxima (que espero que sea dentro de MUCHO menos tiempo). ¡Chao!
