Capítulo 9

Hermione se quedó paralizada. Dada la reputación de Harry, había esperado al menos un intento de seducción para salvar las apariencias: una sonrisa persuasiva, una caricia tierna, algunas palabras melosas halagando la sedosidad de su pelo o el aroma embriagador a vainilla con que se había salpicado tras las orejas. Sabía de primera mano lo persuasiva que podía ser su lengua. Sobre todo cuando la ponía al servicio de un beso. Pero en este momento la estaba observando como si tuviera la intención de doblarla sobre la mesa, levantarle las faldas por encima de la cabeza y violarla como haría algún merodeador vikingo.

Se aclaró la garganta con torpeza.

—Acabamos de llegar. En realidad no hay prisas, ¿verdad que no?

Él se irguió del todo, la anchura impresionante de sus hombros le daba un aspecto todavía más intimidante que en la forja.

—¿Y por qué no? He cumplido con mi parte y ahora te toca a ti. Quiero lo que me prometiste.

Hermione contempló su rostro implacable durante un largo momento antes de asentir poco a poco.

—Muy bien. Ahora que estamos casados, supongo que no tengo derecho a negarme.

Con manos temblorosas se despojó de la capa mojada y la dobló con esmero sobre una de las sillas destartaladas. Se movió hacia la cama, calculando cada paso como si la llevaran a la horca. Se instaló con cautela sobre la delgada funda rellena de brezo, luego se tumbó de espaldas y cerró los ojos con fuerza. Tal vez si él fuera implacable e impersonal —dándose placer sin ofrecer nada a cambio— le resultara a ella más fácil ocultar sus sentimientos. Sin riesgo de derretirse bajo sus caricias o de empezar a gritar su nombre en un momento de locura dichosa.

—¿Qué diantres estás haciendo?

Hermione abrió los ojos y se encontró a Harry inclinado sobre la cama, mirándola con el ceño fruncido como si hubiera perdido el juicio.

Contestó pestañeante:

—Me preparo para desempeñar mis deberes maritales.

—Más bien parece que vayan a asarte en un espetón. —La cogió por el brazo para sentarla—. Si yo fuera tú, me sentaría antes de acabar con una manzana metida en la boca.

Sonrojada hasta las cejas, se soltó de su asimiento, avergonzada de que él la encontrara tan patosa.

—Como habrás supuesto con toda probabilidad tras nuestro anterior encuentro, no estoy especialmente versada en el arte de hacer el amor.

Interpretando su tos apenada como una expresión de conformidad, Hermione frunció el ceño:

—Nunca he sido una profesional del libertinaje, mientras que tú sin duda has tenido la oportunidad de practicar innumerables perversiones creativas.

—Oh, docenas. Cada una más creativa que la anterior —reconoció con alegría.

—Lo que intento decir —continuó diciendo ella entre sus dientes apretados— es que podrías precisar tus instrucciones. No tengo idea de lo que puede complacer a un hombre como tú.

Harry se puso de rodillas ante ella y cogió sus manos con delicadeza. Cuando Hermione encontró su mirada, notó una esperanza insensata agitándose en su corazón. Tal vez le había juzgado mal, tal vez él también abrigaba esperanzas secretas de que esto pudiera ser algo más que un matrimonio de conveniencia.

Harry le acarició los nudillos con los pulgares, el contacto era aún más seductor de lo imaginado, su voz más tierna incluso:

—Puedo decirte con exactitud qué complacería a un hombre como yo.

—¿Ah sí? —Estaba hipnotizada por su murmullo ronco, su mirada perdida en las centelleantes profundidades verdes de sus ojos y la curva cautivadora de sus labios.

Harry se acercó todavía más y su aliento cálido acarició los rizos ralos de su sien.

—Nada me complacería más que...

Ella cerró los ojos y contuvo la respiración, prometiéndose mantener la compostura por muy escandalosa que fuera su sugerencia.

—... recibir el dinero que se me debe.

Hermione abrió los ojos de golpe. Soltó las manos con tal brusquedad y se levantó tan deprisa que casi tumba a Harry de espaldas. Él recuperó el equilibrio y poco a poco se enderezó, pero ella ya estaba andando con paso irregular ante la chimenea.

Durante unos segundos de locura, se había permitido olvidar con qué clase de hombre estaba tratando. Un bribón. Un mercenario. Un hombre capaz de vender su alma si con ello conseguía un puñado de monedas para gastar en burdeles o en mesas de juego. Por supuesto, ella había vendido su inocencia, con más negligencia todavía, por lo tanto supuso que no tenía el menor derecho a condenar su codicia.

Se dio media vuelta para mirarle.

—Me temo que no va a ser posible.

Harry la observó con recelo.

—¿Y por qué no?

—Porque todavía no has concluido la tarea para la que te contraté.

—Me contrataste para que me casara contigo.

Sonaba todavía más humillante expresado sin rodeos, como si hubiera sido la única manera de conseguir un marido.

—También te contraté para que me acompañaras al encuentro de mi hermano en las Highlands. Una vez que termine esa misión de forma satisfactoria, recibirás el pago completo. Hasta entonces, no puedo permitir que te escabullas en medio de la noche y me abandones a mi propia suerte.

Se contemplaron en silencio. Ambos sabían que ahora él tenía derechos legales no sólo sobre la mitad de su dote sino sobre ella misma. De acuerdo con el juzgado, cada penique de Hermione, cada prenda de ropa que poseía, cada cabello de su cabeza se había convertido en propiedad personal de Harry desde el momento en que habían firmado el registro matrimonial. Podía robarle, podía violarla, incluso golpearla con los puños, y ningún juez de Inglaterra ni de Escocia le condenaría.

—Permíteme aclarar una cosa —dijo en voz baja, dirigiendo una rápida mirada a la cama—. ¿Querías confiarme tu cuerpo, pero te niegas a confiarme tu dinero?

No tenía respuesta para eso. Sobre todo después de que Harry le hubiera hecho saber de forma tan dolorosa que le interesaba más su dinero que su cuerpo.

—Me decepciona, señora Potter —afirmó él por fin—. Sé que no soy un hombre de palabra, pero pensaba que tú sí.

Se dio media vuelta y se dirigió a buen paso hacia la puerta.

—¿Adónde vas?

—Afuera —respondió cortante sin dejar de andar.

Hermione le observó alejarse de ella, y la sensación de indefensión fue en aumento. Aunque su matrimonio fuera sólo simulado, no podía soportar la idea de que él pasara la noche de bodas en brazos de otra mujer.

—¡No! ¡No puedes irte!

Harry giró sobre sus talones, alzando una ceja en gesto de patente desafío.

—¿Y por qué no? ¿Puedes ofrecerme un buen motivo para que me quede?

Durante un momento de desesperación, la joven consideró acercarse a él, arrojarle los brazos al cuello, pegar su boca a sus labios y hacer lo que hiciera falta. Pero si él la rechazaba de nuevo, su orgullo maltrecho no sobreviviría el golpe.

Alzó la barbilla y le miró directamente a la cara.

—Mi tío. Te dije que era un hombre astuto y no estoy segura de que esté convencido con nuestra pantomima. Bien podría haber contratado a un espía para seguirnos. ¡Caray, incluso el cochero podría ser su confidente! John ha sido durante años fiel criado de tío Ross.

Harry entrecerró los ojos como si considerara sus palabras.

—Si le llegan noticias de que mi nuevo marido no ha pasado la noche de bodas en mi dormitorio, enviará hombres por mí para llevarme de vuelta a casa. Nunca volvería a ver a mi hermano y tú nunca verías un solo penique de la dote.

Harry se pasó una mano por el pelo, luego se volvió hacia la puerta. Hermione se desmoralizó al percatarse de que no tenía la menor intención de hacerle caso.

—Te dejo a solas para que te prepares para dormir —dijo cortante—. Regresaré dentro de una hora con algo para cenar.

—Gracias —susurró ella, pero él ya se había marchado, dejando el eco del golpe de la puerta resonando en los oídos de su esposa.

Harry cruzó como un vendaval la sala de la posada consciente de las miradas curiosas que atraía del puñado de comensales repartidos por las largas meses de madera. Era probable que no esperaran ver a un novio huyendo del dormitorio de su amada como si se le hubiera adelantado el propio diablo.

Abrió de par en par la puerta de la entrada y ya se encontraba en medio del patio cuando se percató de que no tenía a donde ir. Conteniendo un juramento, dio media vuelta y alzó el rostro al cielo. Una tímida luna se asomaba entre el velo de jirones de nubes proyectando un brillo reluciente sobre el patio. La lluvia caía más suave, apenas una leve bruma, pero ni siquiera su caricia apaciguante podía fundir del todo el ceño en su frente.

Lanzó una mirada iracunda a la ventana encendida de la habitación del segundo piso que iba a compartir esta noche con su esposa virgen. En aquel momento se le ocurrieron unas cuantas perversiones creativas que le encantaría practicar con ella, para empezar con esa preciosa boca que tenía.

No sabría decir por qué estaba de tan mal humor. No era que Hermione le hubiera traicionado, simplemente había anticipado su siguiente paso y le había puesto a prueba, pagándole con la misma moneda. Su exasperación quedó templada por un hilo de admiración quizá más peligroso. No era frecuente que coincidiera con un oponente tan digno, ni siquiera en las mesas de juego o en el campo de duelo.

¿Cómo había adivinado su intención de largarse con la mitad del dinero y dejarla tirada en Gretna Green? ¿Podía leerle el pensamiento aquella condenada mujer?

Aflojó los puños poco a poco, preguntándose cuándo los había cerrado. Nunca hubiera creído que fuera a reaccionar con ira ante una derrota. Eso sólo servía para ceder el dominio al rival. Siempre había sido capaz de desviar las burlas y el acoso de su padre con una oportuna ocurrencia o entornando los ojos con displicencia. Y si en alguna ocasión esa estrategia fracasaba y se llevaba una feroz paliza de algún criado de su padre, se limitaba a esconderse en la biblioteca cuando todo el mundo estaba en la cama y se agenciaba una de las carísimas botellas de oporto del viejo para calmar el dolor de sus moratones y la peligrosa furia de su estado de ánimo.

Una sonrisa perezosa se formó en sus labios. Había permitido que la nueva señora Potter le hiciera olvidar una de las lecciones más valiosas y merecidas de su infancia.

oooooooooooooooooooo

Hermione estaba sentada con las piernas cruzadas en medio de la estrecha cama de hierro, ciñéndose el gastado tartán escocés sobre el camisón. A juzgar por el frío que había vislumbrado en los ojos de su marido antes de que abandonara de un portazo su dormitorio nupcial, la prenda iba a hacerle falta. Tras un intento poco entusiasta de encender el fuego con aquel manojo escaso de astillas, la llama ya se había apagado dejando sólo brasas.

Pese a su promesa, Harry ya llevaba fuera más de una hora. Con toda probabilidad, a esas alturas ya se encontraría a medio camino de Edimburgo, pensó con desánimo, tras decidir que ni ella ni la dote merecían las molestias.

Frunció el ceño cuando el alegre rumor de una melodía atravesó la puerta, en total discrepancia con su estado de ánimo.

Mi esposa, esa muchacha preciosa,

Tan guapa como fantasiosa,

bajo mi falda escocesa echó una miradita

Y al suelo cayó desmayadita.

Hermione abrió los ojos con incredulidad. Aunque la cancioncilla era aullada con un acento escocés tan reconocible como el brezo de primavera en una ladera de las Highlands, la profunda y masculina voz de barítono le resultaba demasiado familiar.

Cuando pregunté a qué venía tanto sofoco

Escondió el rostro con sonrojo

La pobrecita no sabía si sería capaz

De llevarse a la cama tal semental

Hermione se quedó boquiabierta, pero cerró la boca en el momento en que la puerta del dormitorio se abrió con estrépito. Harry se hallaba en el umbral, sujetando una botella abierta de whisky escocés en una mano y una enorme salchicha en la otra.

Se apoyó en el marco de la puerta y le dedicó una sonrisa burlona, rezumando encanto por todos los poros.

—Hola, cariño mío. ¿Me echabas de menos?