9
El hijo de la discordia
Vegeta bajó al centro de investigación en donde todos los científicos trabajaban para él, atendiendo un llamado que poco pudo entender, uno de los jefes del lugar había hablado de algún invento extraño que había creado la terrícola y que había puesto a todo el personal en un estado exaltado. Al entrar a la estancia, un viejo se le aproximó en un estado paranoico y no dudó en apuntar al objeto que iba de un lado a otro seguido por una risa femenina. La rubia llegó a sus espaldas sin que él tuviera la oportunidad de detectarla, la miró de reojo encolerizado y a regañadientes pronunció sus primeras palabras del día: —No sigas avanzando.
Comprobó que la máquina hubo entendido el mensaje para caminar despreocupadamente hasta la terrícola. El invento que tenía en sus manos le era bastante conocido, tenía dos ruedas y lo usaba para transportarse rápidamente por tierra, y lo que nadie entendía en el personal, era que ese proyecto incluía a la terrícola quien estaba oculta bajo un casco y accesorios que ella misma había creado, nadie lo entendía porque no estaba permitido crear cosas para sí mismos.
Él se paró en su camino, y ella tuvo que maniobrar para no volcarse en un frenado muy brusco, y pese todos sus esfuerzos, ella y su preciada motocicleta cayeron de bruces al suelo.
—Qué te pasa, Vegeta —gritó ella enfurecida, era la única en todo el universo conocido que increpaba así al soberano pero eso no parecía molestarle en lo absoluto, vio a la terrícola que luchaba con liberar su pierna izquierda de todo el peso de su invento sobre ella. Lloriqueó un rato y luego lo miró a través de su casco y dijo: —¿Acaso no me piensas ayudar?
Él torció la boca y con una patada echó a volar el maldito invento que tenía a todos esos científicos con los nervios en punta. Bulma lo miró atónita, había veces que el rey le daba miedo pero le tenía la suficiente confianza como para decirle un par de cosas con un par de gritos, sin embargo silenció y se levantó con pesar del suelo. Sabía que su creación estaba echa añicos y que Vegeta no dudaría en destruírselo otra vez. No tenía sentido estar encerrada en ese lugar si pocas veces le aprobaban sus proyectos.
Vegeta no dijo nada más, como siempre, le sacó el casco de la cabeza, la observó unos segundos para voltearse bruscamente, tirar y destruir el último vestigio del horroroso invento de Bulma. Ella chilló y vio cómo el rey se iba de las instalaciones.
Un anciano se le acercó temeroso, se paró a su lado y le dijo: —Tienes suerte de que tienes al rey de tu lado pero no vuelvas a hacerlo, no siempre vas a tener ese privilegio.
—Lo sé, no tienes por qué decírmelo —dijo la terrícola, volviendo a su puesto de trabajo con desgano, se sentó en su silla y empezó a revolver todo lo que había sobre su mesa. El anciano la analizó de lejos mientras ella arrojaba lejos todas sus herramientas y hojas, y decidió mirar de cerca lo que traía entre manos la joven.
Con un puño iracundo abrió la compuerta que separaba el pasillo de su estancia personal con un golpe. Al ser el rey de un vasto número de civilizaciones y recibir el tributo de muy pocos de ellas, puesto que no todas permanecían vivas, se podía pensar que su habitación era lujosa y amplia pero eso estaba totalmente alejado de la realidad. Vegeta tenía la mentalidad de un soldado común y corriente que no necesitaba más de un sitio fresco con una cama para dormir el poco tiempo que permanecía en su planeta principal. Nadie entraba más que él y sólo Nappa había visto su interior al irlo a buscar como su escolta personal y general para atender el llamado urgente o simplemente avisarle de una misión de gestión reciente.
A pesar que el estar enfadado era algo común en él, siempre conocía el porqué de su estado anímico y en esos momentos no entendía la naturaleza de su arrebato. Con Bulma merodeando las instalaciones de palacio pensó que estaría más tranquilo, verla perder la razón cada vez que lo veía llegar le había alimentado el ego en la Tierra pero en su planeta no lograba tener el mismo efecto. Ella se estaba mostrando segura a su lado y el motivo de su presencia allí lo desconocía, su tecnología le parecía inútil y nada bélica, consistía en artefactos de acarreo de material, transporte y comunicación, algunos inventos le ayudaban a transformar su figura cambiándole de tamaño para intentar escapar y otros para entender lenguas extrañas. Chatarra, pensaba él cada vez que lo llamaban desde el centro de investigación para mostrarle las nuevas adquisiciones o implorarle que la calmara cuando la humana se volvía eufórica con uno de sus inventos, y las mandaba a volar o simplemente requisar. La chica de pelo lila se indignaba y si estaba de humor, le permitía guardar un ejemplar sólo para hacerla callar. Ya no había motivo para mantenerla con vida pero ahí estaba él, pensando en qué debería hacer con ella.
Se recostó pesadamente en la cama que era aún más tiesa que su trono y cerró los ojos. No se sorprendió que apenas pudiera dormir un poco. El verse intranquilo no hizo más que incrementar su malestar, estaba aburrido como siempre lo estaba en su planeta pero no deseaba salir de alguna misión de conquista como lo hacía en estas situaciones. Vegeta no quiso meditar el porqué de sus acciones y se dirigió a la prisión de la terrícola para sentenciarla a muerte sin hilar pensamiento alguno.
Trazó mentalmente la trayectoria más corta posible y caminó a paso firme, pasó a un lado del guardia que habían puesto para vigilar la puerta de la chica terrestre y lo observó de soslayo cuando el individuo formaba una sonrisa lasciva al reconocerlo, no entendió en ese entonces por qué un soldado de la más baja categoría tenía esa actitud hasta más tarde, cuando le devolviera el gesto, calcinándole los sesos de la forma más despiadada que lo caracterizaba.
Presionó el panel para abrir el cuarto de Bulma y enseguida la vio hincada sobre sus piernas mientras se untaba una pasta sobre el rostro, se horrorizó al verlo y una diminuta sonrisa adornó su rostro masculino. Ella se apresuró en quitarse de encima en ungüento que había conseguido moliendo unas pequeñas hierbas que crecían con dificultad cerca de la ventana de metal, el verse sin ganas de escapar y aburrida, no encontró mejor solución que hidratarse la cara con las únicas plantas que lograban doblarle la mano al destino y crecer en las peores condiciones que podían tener. Bulma pensó que si podían crecer sin problemas en la esquina de una ventana, con sólo un poco de tierra y casi nada de agua, tendrían que ser poderosas para la piel.
—¿Qué haces aquí? —preguntó la chica al verse visto descubierta en tal mal estado y se limpió la palma de la mano con el borde del tiesto de comida para quitar el excedente del ungüento. El rey sin darse vuelta a ver el panel de la puerta, la cerró sin vacilar. Se dio una vuelta por la pieza y finalizó su recorrido en silencio al sentarse sobre la cama. La chica lo miró contrariada. —Te hice una pregunta.
—Y tú olvidas quién eres, humana —indicó con el ceño fruncido y la voz áspera, a lo que Bulma se descolocó y tensó los labios mientras lo miraba con el mentón pegado al cuello. Su subordinación le duró poco, había aprendido que los arrebatos de Vegeta no le duraban mucho y sólo bastaba con no ofenderse para no seguirle el juego. Él era un perro que ladraba pero que no mordía, al menos no a ella.
—Hace tiempo que no me venías a ver —comenzó la humana haciendo caso omiso de la actitud huraña del rey, que no cambiaba la cara y la miraba enfurecido—. Te ves tenso. ¿Tuviste un mal día?
—He venido a matarte.
—De verdad que te gusta asustarme, ¿no, Vegeta? —exclamó nerviosa Bulma mientras se volteaba y daba una vuelta por la habitación, el soberano la seguía sólo con las pupilas y mantenía la misma posición que usaba en su trono, imponente y bestial. La chica en ningún momento quiso pensar que le hablaba enserio y rió con nerviosismo al caminar con la gracia de una mujer confiada.
—Yo siempre hablo enserio, humana.
—Y aun así siempre mantuviste que estaba más segura aquí contigo que en otro lugar, Vegeta —dijo al borde de perder la razón pero había en ella el ferviente deseo de sobrevivir que la mantenía al límite—. Para ser rey, eres bastante incomprensible.
—Cometí un error, no estás segura conmigo. No puedo mantenerte con vida.
—¡No puedes matarme! —Vegeta sonrió ante su reclamo y por fin se incorporó de la cama y se puso de pie. Ante esto, Bulma retrocedió un poco para el regocijo de él—. No puedes matarme.
—Creo que eso sería muy fácil, humana, como pisar un insecto —respondió él con una sonrisa torcida, esas emociones lo habían calmado, al igual que invadir un planeta y sitiarlo, destruyendo todo ente posible.
—No puedes matarme porque soy la única en que puedes confiar —concluyó la chica finalmente y Vegeta la miró contrariado, su enfado se incrementó. Antes de que la increpara, la chica rápidamente hiló una explicación mientras encontraba la fuerza para mantenerse estoica y clara en su punto—. Porque un rey como tú, tiene mucho que perder y todos a tu alrededor deben desear todo lo que tú eres, Vegeta. En cambio, yo sólo quiero una cosa.
—No hay lugar en el universo en el que estés segura, no puedes escapar —concluyó el soberano un poco más calmado. Bulma se le aproximó un poco.
—Entonces no me escaparé, Vegeta.
—¿Qué es lo que quieres entonces, humana?
—Quiero que castigues a alguien que desobedeció una orden —sin querer Bulma había actuado con una ferocidad que el rey no le conocía. Al escuchar el relato del centinela que la había increpado antes de la aparición de Nappa, partió enfurecido hacia afuera, seguido por la chica de cabellos lilas y de un golpe mandó al susodicho a la otra habitación, a través de la puerta metálica y a la vista de los demás centinelas que aguardaban eternamente en las otras puertas del corredor, en las que habitaban concubinas de los miembros de la elite, prisioneros y secretos. La sola imagen de la chica terrestre detrás del rey les suspiraba una cosa y esa era la que todos temían, una reina alienígena.
La chica rápidamente se escondió nuevamente en su guarida al comprender que el castigo correspondía a la muerte y se torturó severamente pensando si era necesaria la muerte por el sólo hecho de querer abusarla, hecho que Nappa había detenido oportunamente.
Era de noche y representantes de cada especie se reunían en la choza principal del Santuario en el momento en que Bardock entró en ella. Estaban discutiendo acaloradamente alrededor de un círculo sobre el suelo en donde flameaba la hoguera más grande y en donde se cocinaba el festín. Todos se callaron al instante y aunque hablaban en la lengua propia del Santuario, Bardock supo enseguida el tema a discusión. Hizo caso omiso y se dirigió silenciosamente en dirección hacia donde se encontraban Tomma y Seripa, esta última no participaba en la confección del festín que era tarea única de las mujeres presentes, su condición como invitada la relevó de la tarea pero que no terminó por agradar a las ofendidas presentes.
Tomma no podía esconder su enfado, la noticia de que el rey había asesinado a un soldado porque había quebrantado una orden única en su especie ya había llegado a oídos de Paragus que tenía una red de espías por todo el reino.
—Están decidiendo si matar o no a la terrícola —comentó Tomma mirando de reojo al recién llegado.
—Lo sé, es precisamente de eso que vine a hablar con Seripa —contestó mi padre y la chica lo miró curiosa. Paragus no tardó en unirse al grupo al verse interrumpida la sesión.
—Bardock, me temo que llegas tarde —comenzó—. ¿Me puedes decir si has sabido algo de las ánimas?
—Sí, esta mujer, la terrícola... —dijo pausadamente—. Debemos protegerla, Seripa tiene que ir al palacio y ofrecerse como su guardia personal. Van a haber muchos personajes que trataran de asesinarla y ella puede impedirlo estando cerca.
—Espero que no te haya dado demencia espacial —comentó Paragus con una risa forzada que invitó a todos los presentes a hacerlo también. Todos entendían su lengua, el único motivo por el que hablaban el idioma del Santuario era para que los invitados no estuvieran al tanto de todo lo que decía en la reunión—. Esa terrícola es una amenaza para el imperio puro de los saiyan. ¡No podemos permitirlo!
—Seripa la vigilará en todo momento, producir un aborto es demasiado fácil. Créeme, esta es la única forma para que el consejo de guerra y sus generales más influyentes lo destituyan del trono y entonces cualquiera de nosotros puede tomarlo. Un rey que no puede gobernar no puede ser rey.
El semblante alumbrado por tonos naranjos y azules del viejo general se iluminó por la codicia y puso una mano sobre el hombro de Bardock como lo hiciera un padre a su hijo y con la otra, le dio pequeños golpes en la mejilla con la cicatriz. Sólo Paragus sonreía y mi padre se mantuvo estoico, había hecho lo que le habían ordenado esas fuerzas sobrenaturales que lo visitaban. Para cuando el padre de Brolly se dio la vuelta para anunciar que el festín debía comenzar inmediatamente, Bardock se volteó a explicarse con Seripa ante la exaltación de Tomma, que no entendía bien lo que acababa de escuchar, muy contrario a lo que le había confesado mi padre antes.
—Algo que he aprendido de las ánimas es que el destino se abre camino, no se pueden cambiar los eventos pero sí las circunstancias —dijo guardando la compostura y hablaba mientras simulaba masticar—. Tienes que ganarte la confianza de la terrícola, ella se encargará de lo demás. Aun no es el tiempo, al parecer el rey todavía no la ha aceptado abiertamente.
—¿Es verdad lo que le dijiste al viejo? —interrumpió Tomma, con un poco de esperanza que la parte del aborto era cierta.
—No del todo. Seripa, te darán algunas infusiones abortivas y te las llevarás pero en ningún caso las usarás —la mujer asintió turbada por su reciente misión, sin comprender completamente el porqué de todo lo que decían—. Llegado el momento, sabrás exactamente lo que tienes que hacer. Sólo sigue tu instinto.
De un azote en el panel, el rey mandó a cerrar la puerta dejando sólo a un puñado de centinelas dentro de la estancia y a su eterno general calvo a su lado. No era raro verlo tan enojado, lo extraño era que estuviera así por una cantidad considerable de tiempo y todos sabían la razón. El soberano estaba siendo afectado por las palabras de la humana y estaba huraño, puesto que sabía que ninguna de las personas que habitaban el palacio aceptaba su relación con la chica que habría salido con dieciséis años solares de su planeta natal y que el viaje la habría madurado con la edad de una mujer de veintitantos años. Por supuesto que los rumores habían exagerado la verdadera relación entre ellos, llegaban igual a los oídos del rey.
Vegeta se sentó en su trono con un brazo sosteniendo su cabeza y el cuerpo ligeramente apoyado hacia un lado, y miró de soslayo a sus guardias que lo observaban de la misma forma. Los centinelas desviaron la mirada hacia al frente sin siquiera fingir que no lo hacía, y al rey le pareció la muestra perfecta de la debilitada aprobación que su mandato estaba sufriendo. El rey comenzó a reír, sarcástico. Todos los presentes voltearon a mirarlo como si se tratara de un loco y Nappa sólo frunció el ceño, a un lado del trono y las manos detrás de la espalda.
—Me toman por un tonto —exclamó Vegeta con la rabia en la boca del estómago. Increpó a sus guardias con la mirada y luego se acomodó en el trono nuevamente, en una posición bastante cómoda y soltó otra risa más recatada, con la boca cerrada—. Sé lo que piensan. No importa realmente, puedo destruirlos con un solo movimiento —rió una vez más.
—Vegeta —tanteó el fiel Nappa, quien estaba sorprendido por el nuevo arrebato del rey.
—¡Cállate! —bramó de vuelta y al hacerlo, se levantó de un salto del trono, girándose para increparlo con la mirada y la ira marcada en su semblante. —Tú no me das órdenes a mí, Nappa. Estos insectos me insultan con su mera presencia, ¡guardias! —Vegeta se volteó encolerizado hacia los susodichos que ya lo veían como un loco y su locura era culpa de la bruja que había traído de la Tierra—. Váyanse, ¡todos ustedes! Ninguno de ustedes es digno oponente para mí, son un puñado de escoria. No pueden defenderme si no pueden vencerme.
Para cuando el grupo de centinelas se comenzó a mover, el más cercano al trono soltó una solitaria risa que fulminó hasta la última gota de sangre del cuerpo del enloquecido Vegeta. El aludido se dio vuelta en pleno trayecto al trono y se encaminó veloz hacia el desafortunado guardia que lo observó un tanto más calmo de lo que estaba el rey pero no menos enfadado. El rey estaba perdiendo la razón.
—¿Qué te parece gracioso, insecto? —preguntó el soberano con una sonrisa torcida adornando su rostro perverso. El guardia frunció el ceño tanto o más que el mismo Vegeta.
—Tú no eres un rey ni serás digno para serlo —dijo con la voz firme y como si fuera una sentencia de muerte, cerró los ojos, dio un alarido e intentó ponerse en posición de batalla para hacerle frente pero como bien sabía Vegeta, ellos no eran una amenaza para él y con un firme movimiento de cuerpo, esquivó el ataque torpe del guardia y rodeó el cuello de su víctima con un brazo mientras que con el otro brazo lo extendía hacia atrás para propinarle el golpe mortal que acabaría con su vida. Vegeta se dirigió a los demás guardias aparentemente calmado, el cuerpo del guardia caía en cámara lenta frente de ellos.
—¿Alguien más piensa que no soy el rey? —preguntó con la voz temblando debido a su estado enrarecido. Ningún centinela se molestó en responderle y se limitaron a verlo serenos, aunque sus pensamientos fueran sediciosos. —¿Entonces qué están esperando? ¡Fuera!
El rey desvió la mirada hacia el cuerpo del centinela que yacía unos metros más allá y cerró los ojos antes de dar un grito de rabia. Nappa lo miró desde su posición a un lado del trono sin despegar los labios. Al irse el último guardia de la sala del trono, esta se quedó en silencio como una cripta y Vegeta vaciló por primera vez en el día. Se paseó como si estuviera enfermo, débil y se sentó en el trono por enésima vez con los ojos cerrados y una mano sobre la frente. El calvo no se movió en ningún momento, como una estatua, digno del entrenamiento de soldado que tuvo desde edad temprana.
—Debo salir de aquí —manifestó entonces el joven rey tras mucho tiempo en silencio y se encaminó a la salida. Para Nappa no fue difícil adivinar dónde había ido.
Para Bulma, la vida de prisionera se le hizo normal y los únicos momentos divertidos sucedían cuando su captor iba a visitarla o cuando Nappa la iba a buscar para que fuera a jugar al laboratorio, como él le decía, siendo la primera opción su preferida. A veces sólo la iba a escuchar, otras a regañarla por algo al azar puesto que siempre estaba enfadado. La única compañía que lograba tener eran esos dos soldados, nadie más le hablaba ya que la orden de no hacerle daño se confundía fácilmente con el no interactuar con ella.
Fue por eso que cuando vio al rey entrar por su puerta, chilló de alegría e inmediatamente se tapó la boca para pasar desapercibida pero Vegeta no estaba en sus casillas por lo que no lo notó. Ella rodeó lo que sería su cama y se apoyó en un pilar que delimitaba pobremente el cambio de ambientes, la cama de la precaria "sala de estar".
—He estado esperándote, Vegeta. Quería mostrarte un invento, mira —dijo ella de una forma cantarina, se había puesto más coqueta que antes y el invento no era más que una jugada para entretenerlo y que su visita no fuera del todo corta—. Es un prototipo que tenía mi padre en la Tierra, es una cápsula, puede encerrar objetos…—abrió la palma de su mano para mostrarle la pequeña cápsula pero Vegeta envolvió su mano en la suya y la apartó de enfrente. Bulma se vio interrumpida en su relato y alzó la vista para mirarlo, los ojos tan fríos como era costumbre la observaban profundamente y el ceño eternamente fruncido como lo caracterizaba le heló la sangre—. Vegeta…
—Tú —comenzó el hijo de la discordia—. Me has arruinado —dijo serenamente dentro de la cólera que tenía en ese momento y avanzó, haciendo que a su vez, Bulma retrocediera.
—¿De qué hablas? —cuestionó la chica con turbación, frunciendo el ceño tal como él lo tenía.
—Nadie me respeta ahora y es tu culpa —sentenció apuntándola con un dedo de la mano libre, la otra seguía sosteniendo la mano con la cápsula de la chica de pelo lila—. A lo mejor todos tenían razón, a lo mejor debía matarte desde un principio…
—¿Qué? —exclamó Bulma al momento de tocar la pared que le pondría fin a su intento de huir, miró ligeramente hacia atrás para comprobar que no podía seguir avanzando y volteó la mirada hacia su captor con lentitud. Sintió que si dejaba de observarlo directamente a las pupilas sería su fin y luchó contra si misma para mantenerse firme en su decisión de encararlo a los ojos. Luego, Vegeta dejó ir su mano y ella soltó la cápsula que rodó hasta golpear la bota del rey. La mano que tenía prisionera la de la chica subió tortuosamente hasta quedar a la altura de la garganta delgada de Bulma y se detuvo ahí, como si no pudiera seguir avanzando. Vegeta formó un puño con la mano que mantenía extendida y cerró los ojos con enfado, negó con la cabeza.
—Pero no puedo hacerlo…—concluyó abatido. Relajó la mano, la posó sobre la cabeza de la chica y deslizó peinándole el cabello lila lentamente con los dedos enguantados. Antes de llegar a las puntas, tomó un mechón y lo planchó hasta el final quedando solo su mano sosteniendo un mechón invisible, imaginario. Para Bulma, Vegeta ya no era su captor que trataba de matarla, sólo era Vegeta—. Te quiero para mí.
Él entrecerró los ojos, empuñó su mano y se dio media vuelta para salir de la habitación sintiéndose vulnerable y tonto, quizás sus guardias tenían razón, Bulma lo había enloquecido pero no podía curarse si no conocía la naturaleza de su locura.
—Vegeta…—suspiró ella—. Espera.
Nota de la Autora:Editados los errores de los guiones y demases. Esto no lo recordaba, pareciera que no lo hubiese escrito yo, me gustó :3
Gracias a MyaFanfictions y a JazminM por sus comentarios :)
