9. Última oportunidad


(05:00 PM)

Campo de entrenamiento del PSG

La práctica había terminado. Taro no había vuelto luego de su viaje al parque y con ello, Pierre dio por sentado que se había cruzado con Jaqueline y que lo que fuera que hubiera sucedido lo habían afrontado, juntos. Uno a uno, los jugadores desaparecieron, dejando el Acura salir hasta el final, sin embargo, la reja no se cerró, pues apenas desapareció el auto del capitán, uno nuevo ingresó al complejo.

Sin saber a dónde ir, Taro aparcó el Porsche en su sitio acostumbrado y apagó el motor en seco arrojando las llaves al asiento del copiloto. Sin pensarlo, se dirigió al campo ya vacío y solo se detuvo cuando estuvo a punto de caer. Tumbado en el césped, los pensamientos se agolpaban en su mente uno tras otro y ninguno daba cabida a una reflexión racional que lo ayudara a espabilar.

«¿En realidad creíste que lo había olvidado…?» una vez más, rememoró sus sonrisas y sus dulces miradas. Cada frase y cada «Te quiero» que le había dedicado. El recuerdo de esa noche en el bar, el reencuentro tan agradable que habían vivido justo en aquella cancha, cuando el entrenador la presentó al equipo. «Claro que creíste que lo había olvidado…» se retó «…Creíste que podrías tener eso que el mismo Tsubasa obtuvo… Creíste en esa boba ilusión...» se recordó con pesar.

Antes siquiera de darse cuenta, una lágrima solitaria cayó sobre su mejilla y rodó hasta su barbilla donde perdió equilibrio y se arrojó al suelo en un acto de suicidio líquido. «Tú no. Pero ella sí…» aquel pensamiento se coló tan pronto en su mente, que revolucionó todo dentro de sí. Porque lejos de él, lejos de Andy, Jaqueline sería la que ganara. Y era todo lo que Taro deseaba. Que fuera cual fuera su elección, la castaña fuera inmensamente feliz…

«De eso se trata en verdad ¿no? Es eso lo que significa amar…» velar por la felicidad de la otra persona, acosta de la propia. Ya alguna vez, Jaqueline le había dicho al castaño que el amor de se trataba de encontrar a la persona correcta. Y quizás ella lo era para él. Pero Taro no lo era para ella… Quizás la persona correcta para Jaqueline, era el pelinegro pretensioso que ya una vez había robado su corazón y que ¡oh, sorpresas de la vida! Nunca lo había perdido del todo. «Ella será feliz así…» pensó.

Pasó un rato antes de que reuniera las fuerzas necesarias para levantarse, pero cuando lo hizo, fue con la certeza de que seguir reteniendo a Jaqueline a su lado, nada bueno llevaría para la castaña. Solo esperaba que ella no pensara antes en él que en ella.

Acababa de cruzar la entrada del complejo hacia el aparcamiento, cuando lo vio. Sonriente y con esa postura altanera que tanto le recordaba a Pierre en sus peores días, Andy había aparcado su auto alquilado y parecía estarle esperando.

— Por fin… Me han dicho que estabas aquí— comenzó el italiano. Misaki le devolvió la mirada de una manera distinta a como lo había hecho en anteriores ocasiones. Se miraba abatido, herido. Cansado.

— Hazme un favor, lárgate de aquí…— resumió Taro sin las energías suficientes para enfrentarse al pelinegro y pasando de largo hasta su auto.

— Tengo algo que decirte…— continuó Andy siguiéndole el paso…— Jaqueline… Yo… Hablamos hace rato— a tiempo para no colisionar contra el japonés, Andy se detuvo cuando Taro dejo de andar.

— No quiero escuchar nada de lo que tengas que decirme así que largo…

— Escucha, sé que puede ser difícil de aceptar pero…

— ¡Te dije que te largaras!— exclamó Misaki fuera de sí, dándose la media vuelta para encararle— ¡Lárgate de una buena vez! ¡No quiero verte ni a ti, ni a ella, ni a nadie! ¡Déjame en paz! ¡Vuelve a tu estúpida burbuja de amor y llévatela contigo si eso deseas!— sin decir nada más, el japonés llegó a zancadas a su auto y abordó. Lo último que Andy advirtió fue el rechinar de los neumáticos contra el pavimento.

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Mirando el reloj de pulsera que llevaba en la muñeca, Jaqueline advirtió que finalmente habían dado las 8 de la noche, en punto. Parada frente a la puerta que indicaba el número del apartamento de Taro, la castaña no se rindió. Era la tercera vez que llamaba y aunque dentro no parecí haber nadie en casa, le pareció que no podía haber otro lugar donde encontrar a Taro.

Aunque había dicho que pasaría a verla a las 6 luego de la práctica, Taro no había aparecido y tras una hora esperándole y llamándole al móvil, la chica había comenzado a preocuparse. Pierre le había dicho que Misaki se había con todos luego de la práctica y Napoleón la había tranquilizado asegurándole que quizás el japonés se encontraba preparando algo para festejar —por aquello el asunto con Andy—. Pero dos horas después, Taro seguía sin cogerle el móvil o aparecer.

«Tal vez está en tú apartamento y tú aquí, aporreando su puerta como una tonta…» se dijo. Aunque le pareció que de ser así, Taro ya habría llamado. Con una última llamada a la puerta, se prometió retirarse si esta no se abría o el móvil sonaba. Grande fue su sorpresa cuando la puerta se abrió.

Frente a ella, Taro lucía abotagado. Llevaba el cabello revuelto y los ojos hinchados, pero lejos de ello, fue su postura la que la extrañó. Con la puerta pegada a sus espaldas y obstruyendo el paso que siempre dejaba para que ella ingresara. Aun así, la alegría que le provocó el encontrarlo, fue suficiente.

— Hola— saludó ella con una sonrisa.

— ¿Qué hay?— respondió él, sin mirarla.

— ¿Dónde habías estado? Me preocupaste…— lo riñó, más como una broma que como un verdadero reproche.

— ¿Eh? Pues aquí… ¿Dónde más?

— Creí que irías a verme…— susurró la castaña, algo abatida por el modo en que Taro le respondía.

— ¿Ah, sí? ¡Vaya! Lo olvidé…— respondió Taro, como restándole importancia.

— Taro… ¿pasa algo? Te noto extraño— expresó Jaqueline, con un nudo muy grueso formándose en su estómago.

— ¿Qué pasaría?— el japonés arqueó una ceja, indiferente— ¿Sabes? Estoy cansado, quiero dormir. Mañana tengo que entrenar, el domingo tengo partido… Por ahora, no, en mi vida, no hay nada más importante que mi carrera—

— Oye en serio…—

— Tengo algo que decirte— la cortó el castaño antes de que continuara. Como hasta ese momento, sus ojos evitaron los de ella y se concentraron en algún punto a sus espaldas, sobre su hombro.

— ¿Qué cosa?

— Creo que debemos terminar— zanjó el chico el asunto.

De repente, fue como recibir un golpe de sorpresa o como observar a su mejor amiga besando a su novio en el muelle de la colonia. Fue como ver agonizar algún paciente en la sala de urgencias y saber que no lograría ayudarle porque no era su área la que correspondía a esos sucesos.

— ¿D-De qué….? ¿De qué estás hablando?— su voz sonó extraña, entre cortada. Mientras que su cuerpo pasaba escalofríos.

— Yo… No quiero ser más tu novio— respondió el japonés teniendo el descaro de encogerse en hombros.

— ¿P-Porqué…?

— Solo ya no lo quiero. Sinceramente, todo era más sencillo antes de que tú aparecieras— las lágrimas inundaron sus ojos, las manos le temblaban. «Este no es Taro…» pensó. Porque el Taro que ella conocía jamás el diría aquellas cosas.

— Tú… ¿No…No me quieres?— cuestionó, antes siquiera de pensar en lo que decía. Taro finalmente le devolvió la mirada. Sus ojos chocolate golpearon de llenos sus orbes avellanas. Aquel gesto, fue sin duda lo que terminó por romperla.

— No. No te quiero— sentenció y sin más ingresó al apartamento, cerrando la puerta.

El llanto afloró de repente, como aflora la lluvia en un día nublado. De un lado, Jaqueline sintió aquella ruptura como no había sentido antes la huida de Italia. Por un momento, creyó que ni volviendo a su patria, ni refugiándose en algún sitio tan recóndito como Tombuctú, logaría disipar el dolor que perder a Taro le generaba. Al otro lado, Taro sintió las piernas flaquear, las manos temblarle. Aquel dolor era distinto a cualquiera que antes hubiera sentido… Más que nunca, comprendía a Sanae viendo a Tsubasa alejarse de ella sin reparar en su presencia. Comprendió a su padre, viendo a su mujer marcharse y dejándole a la deriva. Incluso comprendió a Tsubasa, rabioso de celos al reparar el Koji Kanda pretendiendo a la mujer que descubrió, amaba intensamente. «Duele…» pensó. Porque sin duda alguna, aquel sentimiento no venía ni en letras chicas en la etiqueta de presentación del amor.

Habían pasado 10 minutos, cuando advirtiendo que la puerta no se abriría de nuevo, Jaqueline dejó caer una última lágrima dispuesta a marcharse de ahí. Taro miró la puerta una vez más y sujetó el pomo con fuerzas, peleando contra el deseo egoísta de abrir y caer de rodillas ante la castaña.

Jaqueline se fue, sintiendo el corazón más roto que nunca.

Taro abrió la puerta, recibiendo el vacío como una patada en el culo.

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Miércoles (08:00 AM)

Campo de entrenamiento del PSG

Haciendo gala de un optimismo raro en él, Pierre aparcó el Acura con deseos de encontrar a Napo, Taro y Jackie para hablarles sobre lo que quizás, podría acometer en su nueva relación, en la que —está demás decir— se había esmerado en hacer que funcionara. Advirtiendo que el Porsche ya se encontraba ahí, apagó el motor y tomó su mochila. Acababa de emprender el camino al interior del complejo, cuando Jaqueline flanqueó la reja de entrada.

No fueron ni sus ropas casuales, ni su cabello suelto, ni siquiera la presencia de los auriculares en sus oídos lo que lo hizo advertir que algo le había ocurrido. Fue su rostro. Blanco y decaído, sin rastros de su usual capa de rímel y la hinchazón que surcaba sus bonitos orbes avellana.

— Jackie… ¿Pero qué te pasó? ¿Y Taro? ¿Estás bien?— la acribilló de preguntas apenas estuvo suficientemente cerca de ella. La chica, reaccionó solo para quitarse los auriculares y mirarlo de la misma forma en que podría mirar a Estefan o a Lucían. Sin pensarlo, la castaña se arrojó a sus brazos, siendo recibida por el rubio que sintió aquella muestra de vulnerabilidad como un gancho al hígado. «Ese italiano…» pensó con rencor.

Dada su experiencia como casanova, Pierre había adquirido a lo largo de sus años como galán, una vasta colección de experiencias para enfrentar a una mujer. Celosa, dramas. Llanto. Acunando a Jaqueline entre sus brazos, acariciando su cabello suavemente, consoló a la chica con una ternura rara en él, pues la experiencia no era sinónimo de sinceridad. Y nunca antes había consolado a alguien que no le atrajera como lo hacía en esos momentos.

— Venga… dime que pasó, por favor— le pidió, cuando el llanto que había comenzado pareció cesar en la chica.

— Taro… Yo…— comenzó Jaqueline alejándose poco a poco, secando sus lágrimas con la manga de su suéter— Terminamos— la sorpresa en el rubio no se hizo esperar. De todo lo que esperaba escuchar, aquello no figuraba en su repertorio.

— ¿Qué?

— Ajá… Ayer no apareció. Lo busqué en su apartamento y luego de mucho esperar… Él, dijo que todo era más sencillo antes de que yo apareciera. Dijo que no me quería y cerró la puerta.

— Pero eso es una reverenda tontería— escupió Pierre, incrédulo— Todos aquí, sabemos que Taro te adora— le aseguró y una leve sonrisa surcó sus labios, incrementando la creciente ira que el francés sentía por el japonés— Venga, Jackie. Hablaré con ese tonto, es que se cayó de la cuna cuando bebé y por eso a veces actúa como imbécil… Anda, verás que todo se solucionará—

Con un último abrazo de hermano a hermana, Pierre llevó a Jaqueline hasta la enfermería y se despidió con la promesa de hacer entrar en razón a Misaki. Cuando apareció en el campo, encontró a Taro frente a la portería, con el lanza-balones encendido pateando esféricos como desquiciado. Sin perder tiempo, se acercó a él, hasta detenerse a su lado.

— Y bien ¿qué pasó ayer?— le cuestionó, a manera de saludo. Misaki lo ignoró deliberadamente— ¿Notaste que Jaqueline llegó sola esta mañana?— volvió a decirle— Creí que ibas a recogerla todos los días sin falta, tonto— un balón más y con la patada de Taro, una respuesta.

— Soy futbolista, no chofer—

— ¿Pelearon?— volvió a preguntar.

— Terminamos— resolvió el castaño, indiferente al tema.

— ¿Por qué?— el japonés volvió a ignorarle. Siguió pateando balones sin reparar en el francés— Taro, ¿por qué terminaron?— Pierre se estaba desesperando. Sin pensarlo, se dirigió al lanza-balones y lo pagó. Volvió dónde el castaño y se plantó, justo delante de él— Misaki…— el castaño alzó la mirada.

Finalmente, Pierre reparó en aquello en lo que no había reparado momentos atrás. Taro vestía la misma ropa en a que se había enfundado antes de ir al parque. Se miraba pálido y decaído y apestaba a alcohol. Le costaba mantenerse en pie y sus ojos, mostraban las mismas marcas de hinchazón que los de Jaqueline.

— No pasaste aquí la noche ¿verdad?— le preguntó, confundido. Algo parecido a una sonrisa, apareció en labios del japonés.

— Quizás…— respondió y bajó la mirada— ¿Qué por qué terminamos…?— murmuró, como si estuviera hablando consigo mismo— Pues no lo sé… Pero si sé que me duele… ¿Lo comprendes? Duele demasiado… Es insoportable— un balón perdido rodó hasta sus pies. Mecánicamente, Taro intentó patearlo hacia el arco, pero trastabilló y cayó al suelo de espaldas. Pierre se acercó para sujetarlo como un hermano mayor socorre a su hermanito cuando este ha perdido el equilibrio. Un momento después, Taro se apoyó en él, y dejó que las lágrimas lo traicionaran por fin.

De poco en poco, el llanto fue cesando, el cuerpo de Taro se adormiló. La borrachera que se cargaba comenzaba a pasarle factura. La ausencia de suéter y el frío de la noche que debió haber pasado también actuaron rápidamente, pues la fiebre comenzó a subir. Cuando Napoleón y el equipo aparecieron, Pierre actuó con rapidez.

Amoro y Napoleón llevaron a Misaki al excéntrico Bugatti Veyron de Loui que le llevaría a casa para descansar. La práctica de esa mañana se canceló y nadie objetó nada. Más que nunca el PSG demostró ser más que un equipo un círculo de amigos fuerte y sólido. Y con el miembro más optimista fuera de sí, resultaba obvio que la solidaridad se hiciera notar.

Pierre acudió a la enfermería, dónde encontró a Jaqueline sumida en sus propias cavilaciones. No tardó en ponerla al tanto de lo ocurrido y le aseguró que Napoleón cuidaría bien del japonés, para no preocuparle más de lo necesario.

— Jackie… escucha, sé que dirás que fue una mala idea, porque yo también lo creo, pero es necesario que lo sepas, porque tienes que ayudarme a encontrar, la razón exacta por la que Taro actúa así— le dijo el rubio, al cabo de un momento.

— ¿Qué cosa es mala idea?

— Bueno… Ayer, cuando me llamaste, te dije que Taro se había ido con todos nosotros. Pero te mentí. Taro se fue mucho antes. Fue al parque a tu encuentro con Andy. No volvió y pensé que estaría contigo. Entonces tu llamada… No sabía que decir, así que mentí. No llamaste de nuevo, así que di por sentado que todo estaba bien…— le relató el rubio.

«Ay no…» se lamentó Jaqueline mentalmente. Por un momento, le pareció que los papeles se habían invertido. Le pareció que todo cobraba sentido y que ese punto de quiebre que se había esforzado en encontrar durante todo ese rato, al fin aparecía.


Entiendo…— dijo Andy— Si es lo que quieres… Está bien. Solo… espero que podamos conservar nuestra amistad. Fue lo que nos unió en primer lugar…— Jaqueline sonrió y asintió con la cabeza. Un momento después, Andy se acercó y la abrazó. Su fragancia la envolvió por completo y la calidez del gesto la llevó a corresponder. Hundió su cabeza en la curva del cuello del chico y sonrió, porque sin duda, ese era el modo en que quería terminar la situación con el italiano…

Se alejó con cuidado y aun sonriendo. Andy la sujetó de los hombros y le devolvió la sonrisa de oreja a oreja. Entonces a cercó. Por un momento, Jaqueline creyó que la besaría, así que hizo la cabeza para atrás, como evitando el contacto. Andy sin embargo, se movió. Susurró algo en su oído y besó su mejilla, inclinando su rostro.

«Siempre te voy a querer…» le había dicho.


— Si Taro confundió las cosas, entiendo porque no volvió…— comentó Jaqueline a Pierre, luego de narrarle es breve momento con el italiano— Pero no entiendo porque no lo habló conmigo… ¿Qué lo orilló a decidir que era mejor romper? Porque tú y yo sabemos que Taro hubiera buscado que lo habláramos antes—

— En efecto, Taro es así… ¿Pero…?— lo que fuera que Pierre estuvo a punto de decir se perdió, cuando el teléfono de planta comenzó a sonar. Jaqueline se disculpó y cogió la llamada.

— Enfermería, complejo del PSG, ¿en qué puedo servirle?

¿Doctora Balizari?— cuestionaron, al otro lado de la línea y la castaña reconoció inmediatamente la voz de Anna Vial, jefa de médicos del Hospital General de París.

— Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarla jefa Vial?— cuestionó la italiana.

Bueno, me es un placer informarle que el doctor Basile Rosy, regresa de su licencia esta semana. El director del hospital, la invita a regresar a su consultorio personal este mismo jueves. El doctor Rosy, reanudará actividades entonces en el complejo del PSG— le comunicó la jefa con verdadera emoción. Por supuesto, en su ausencia, sus pacientes personales habían sido transferidos a un médico suplente y su regreso significaría volver a la pacífica organización del hospital, sin quejas o molestias.

— Ya… claro. Dejaré todo listo para este jueves— aseguró y acto seguido se despidió de la jefa.

Cuando colgó, Pierre la miraba sin comprender lo que ocurría, preocupado por la mirada tristona que había empañado sus ojos.

— ¿Qué pasa? ¿Cómo que todo listo para el jueves?— cuestionó el francés.

— El doctor Rosy regresa de su licencia, lo que significa que volverá aquí. Yo por mi parte, debo dejar el consultorio y volver al mío en el Hospital, al área de pediatría— explicó la castaña, con un deje que pareció simular una sonrisa.

— Pero… si te vas… Taro y tú… Si han terminado…

— Exacto. No nos volveremos a ver…— se lamentó Jaqueline y su voz, sonó tan apagada como el semblante que mostraba.

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Jueves (12:00 PM)

Campo de entrenamiento del PSG

Como había prometido —o más bien como lo habían obligado a hacer— Taro flanqueó el campo con las miradas de sus amigos taladrándole un agujero en la nuca, hasta ingresar al edificio y llegar a la enfermería. El esfuerzo que requería llegar hasta ahí, no fue nada comparado con lo que le costó reunir valor y llamar la puerta.

Jaqueline lo dejó entrar sin miramientos y grande fue sorpresa al advertir el cambio que el consultorio estaba pasando. Todo detalle femenino había sido retirado, toda fotografía había sido guardada e incluso las pequeñas plantas que la italiana había llevado habían desaparecido. En esos momentos, la castaña miraba los documentos dentro del gran archivero que ahí había como si se cerciorara de que estuvieran en perfecto estado y orden.

Sin molestarse en cerrar la puerta, admiró a Jaqueline que no se había girado a verle y no pudo evitar pensar lo que había pensado desde aquella noche en el bar. «Es realmente hermosa…»

— Lo siento. ¿Interrumpo?— cuestionó, para hacer notar. Jaqueline dio un respingo antes de girarse y negar con la cabeza.

— No, para nada— le aseguró y cerró el archivero con un golpe de cadera— ¿Qué pasa?

— Nada… Es que… Bueno, supe que ayer te preocupé. No fue nada, solo un corto shock de cansancio— le dijo, sin saber muy bien, como comenzar aquella extraña conversación— Y… bueno, también quería disculparme. Te traté muy mal el lunes cuando fuiste a verme… No quería verte así que por eso no fui a tu hogar, sin embargo debí haberte avisado en vez de asustarte y hacerte ir a mi casa… Igual, dije cosas muy duras esa noche. Lo siento, en verdad— terminó y su dulce sonrisa, abrió nuevamente la herida que aún no sanaba en Jaqueline.

— ¿Por qué me terminaste?— le preguntó.

— Uf…— suspiró el castaño— Porque… sé que no serías feliz conmigo. Sé que no tiene caso amarte si no te puedo hacer feliz… Sé que estarías mejor….

— ¿Yo dije eso?— lo cortó la chica, sin dar crédito a lo que escuchaba.

— Jackie… no quiero discutir. En verdad… solo… dejemos esto así, por favor. Yo… te amo, en verdad lo hago, pero es mejor para ti si todo vuelve a como era antes de que te abordara en el bar— le aseguró el castaño decaído, dando la primera muestra de que aquello también le afectaba. Sin más, de dio la media vuelta y dejó el consultorio dejando atrás a una castaña, desoladamente confundida.

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«¡Genial! Ni siquiera puedo irme tranquilo…» pensó Taro, al tiempo que volvía sobre sus pasos del aparcamiento al interior del complejo. La práctica había terminado y se había dispuesto a marcharse a casa, cuando apenas asomó las narices fuera, advirtió a Andy esperando a Jaqueline. Antes siquiera de llegar al campo, Napoleón lo interceptó.

— ¿Ya estás mejor?— le cuestionó, como no lo había hecho luego del descanso en que se ausentó para ir a hablar con Jaqueline— ¿Arreglaste todo con Jackie? ¿Reanudaron su relación?—

— No— aseguró al instante— Dije que hablaría con ella, más no que retomaríamos esa relación— explicó. Pierre apareció entonces y negó con la cabeza.

— Eres un idiota Taro, que lo sepas— le dijo el rubio— Pudiste haberlo solucionado todo, pero ¡no! Tenías que actuar con nobleza, tenías que convencerte que Jaqueline no sería feliz contigo y seguir creyendo que ella aceptó de nuevo a ese italiano— le recriminó, para su sorpresa— Bien, vive con esa decisión porque luego de hoy, no volverás a verla—

— ¿Qué dices?— cuestionó Napoleón con los ojos bien abiertos.

— Llamaron del hospital, el doctor Rosy regresa y Jackie se va— se explicó el capitán sin dejar de mirar al japonés frente a él.

— ¿Qué cosas?— por un momento, la sorpresa de advertir que Pierre estaba al tanto de todo lo que taro creía lo hizo prestarle atención, sin embargo en esos momentos, la noticia de que Jaqueline se marcharía y que así, no volvería a verla de nuevo lo golpeo con fuerza en todo el cuerpo.

— Era tú última oportunidad…— comenzó Pierre pero Taro ya se había dado la media vuelta y corría complejo fuera.

— Pues todavía no la pierdo— fue lo último que escucharon.

:-:-:

— ¡Díselo! ¡Actúa como hombre, dile la verdad!— exclamó Jaqueline con brusquedad, al tiempo que asestaba una sonora bofetada en la mejilla de Andy.

— No y mucho menos ahora— espetó el italiano, iracundo.

— ¡Andy Salazar, te exijo que le cuentes a Taro la verdad!—

— ¿Y para qué? ¿Para qué logren reconciliarse? ¿Para que logren su final de cuento de hadas? No Jaqueline, no lo haré. Si yo no te tengo… bueno, él no correrá con mejor suerte— aseguró el pelinegro con desdén.

— ¿Quién dice que no?— cuestionó Taro, a sus espaldas.


Continuará…


JulietaG.28