Para entonces España, taciturno en el carro que se está deteniendo en la iglesia, se vuelve a Francia.

—Necesito confesarme.

—¿Ahora? —pregunta Francia levantando las cejas.

—Sí. ¡Sí! ¡Antes de la boda! Quiero... quiero limpiar mis pecados antes de casarme.

—Pensé que te habías confesado antes —suspira y le toma de la mano girándole la cara hacia él con la otra—. Espagne...

—Me confesé ayer por la mañana pero... —le mira.

Francia sonríe.

—Aja...?

—Quiero hacerlo de nuevo —suspira acercándose al confesionario.

—Tengo algo más que preguntarte antes de que vayas ahí —le detiene de la mano y le empuja un poco hasta un rincón—. Ven conmigo —le pide súper serio al lado del confesionario

España le mira.

—Siento que sea tan tarde para preguntarte esto, pero con la prohibición y lo perdido que llevas todo el día no he podido —explica.

—Eh? —vacila.

—Es mi obligación preguntarte esto como tu padrino y hermano que soy. Hay... ¿Algo más que tengas o que quieras hacer? ¿Algo que sientas que no hiciste y de lo que quieras poderte arrepentir ahora que te confieses?

España se palmea la cara y se ríe porque... bueno lo hay y no lo hay. Finalmente niega con la cabeza. Francia se ríe

—No tengo ni idea de cómo es que puedes hacer esto —admite.

—Porque le quiero y le voy a seguir queriendo y siento que si no estoy con él nunca voy a estar completo.

Francia sonríe y por sólo un segundo piensa en Inglaterra y en que él nunca va a tener eso. Al instante de obliga a omitir el pensamiento. Se ríe.

—Mon dieu, si serás apasionado —le toma del brazo—. Anda, vamos a que te confieses.

El español le toma de la mano y se la aprieta antes de que le lleve, deteniéndole. Francia le mira a los ojos.

—Habrá un día... no sé cuándo ni dónde que vendrás a mí, me tomarás la mano como yo lo hago ahora y me dirás "freré, je vais le faire" no hará falta que me digas qué y yo solo... lo sabré y sonreiré por ti.

Francia niega con la cabeza, tensándose.

—Excepto si es con un idiota que no te quiere, entonces te mato —añade y tira de él al confesionario. Francia le aprieta la mano, sin decir nada, agradeciendo el volver a pensar en la boda y en los pecados que confesará España.

—¿Vas a confesar tus pervertidos pensamientos? —pregunta Francia al oído de España.

—Sh... —España se arrodilla en el confesionario, cruzando los dedos de ambas manos y apoyando la frente en ellas en postura de orar—. Perdóneme, padre, porque he pecado.

Prusia se revuelve dentro del confesionario, parpadeando y soltándose el asunto porque eso sí que no se lo esperaba. Francia se sienta al lado de él, sonriendo de lado.

—Ah... Ah? Was? —vacila ya que en este momento acaban de pillarle literalmente, sin calzas.

—Eh? —vacila España sin esperarse esa respuesta, levantando un poco la cabeza—. Que he pecado, digo.

—Y a mí que me... —empieza el sajón y luego recuerda que está en lo que está y como lo descubran no va a ser nada awesome—. Ah, ja, ja... ¿De qué os acusáis, hijo mío?

—He faltado al... —mira de reojo a Francia, se humedece los labios y baja el tono de voz, sonrojándose un poco—. Al n-noveno mandamiento.

Francia, que se sabe perfectamente el sexto y el noveno mandamientos, porque los rompe, el primero cada día y el segundo... quizás cada minuto... sonríe un poco en especial por el sonrojo de España. Cierra los ojos y suspira.

—¿El... noveno? —vacila Prusia otra vez que con su falta de irrigación cerebral es incapaz de recordar cual es el noveno—. ¿Has... matado a alguien? —prueba.

—¿Eh? No, no... o sea, sí, pero en guerra y... es mi trabajo. No, es decir... no es eso, me refiero al noveno, el de la... infidelidad.

El francés sonríe un poco más y se humedece los labios, esperando que el padre este, que tiene toda la voz de alemán que se puede tener, no vaya de chivato con el idiota de Austria.

—¿Has... estado adorando a otro Dios, ¡tú! ¡infiel!? —le acusa.

—¿Qué? ¡No! ¡Me refiero a los pensamientos impuros!

Francia se ríe un poco con el asunto de la adoración a otro dios.

—Ah, bueno, hombre... eso... no hay para tanto... —le quita importancia pensando en lo que está haciendo él.

—¡Pero es que me voy a casar! —exclama España nervioso y escandalizado.

—Espera ¿vos sois el novio? —se detiene Prusia mirando hacia la rejilla, España intenta mirarle a través de ella y luego mira a Francia de reojo.

Francia aprieta los ojos y le hace un gesto a España de "no te preocupes, contesta y yo me encargo si algo sale mal".

—¿Padre? —frunce el ceño.

—Ah, nein, nein, digo... ja, por supuesto, el novio... ¿y qué... qué clase de pensamientos impuros dices que habéis tenido, hijo mío? —el chisme, ahora.

—Yo... —vacila y vuelve a mirar a Francia de reojo—. Bueno, los típicos en un chico de mi edad que prepara su noche de bodas claro, pero el problemas no es ese, es que... creo que puedo haber estado pensando en... —baja mucho el tono—. Alguien más.

Francia sonríe otra vez, encantado con el padre chismoso, porque él tiene las mismas preguntas ciertamente. Hace como que no ve a España y como que está tremendamente concentrado, aunque se muerde el labio.

—¿Te refieres a alguien más que no es el señori... digo, el novio?

—Sí... —susurra muy suavemente bajando la cabeza, avergonzado.

—¡Oh! ¿Quién? —pregunta riendo malignillo. Francia frunce el ceño ahora extrañado con el padre, agachando un poco la cabeza para intentar verle.

—No estoy seguro de que eso sea realmente necesario para obtener la absolución de mis pecados —responde el español incomodísimo.

—¿Quién es el padre, vos o yo? —riñe con seguridad, sonriendo de lado. Francia asiente hacia España dándole la razón al padre.

—Vos, vos, pero... —suspira y aparta la mirada—. Se trata de una de las personas que sirve en mi casa —confiesa.

—¡Una sirviente! —exclama sin poder creer que un sirviente esté haciéndole la competencia a ese aristócrata y el golpe que esto representaría a su orgullo de enterarse y ¡El día de su boda! pero no, va a guardar esta información por si más adelante la pudiera necesitar—. ¿Quién? ¿Cómo se llama?

El francés entrecierra los ojos otra vez, de nuevo no del todo cómodo con tanto interés sobre QUIÉN es. Piensa en los posibles chantajes que podrían hacerle a España.

—Me parece que vuestro novio no va a estar muy contento con esto.

—Sigo sin estar seguro que esto sea realmente...

—¿Queréis la absolución de vuestros pecados o no? —interrumpe imponente.

—Sí, sí, perdón —baja la cabeza regañado—. Se trata de mi protegido, Italia Romano —confiesa MUY avergonzado.

Francia sonríe, otra vez sin podérselo creer, sintiendo de nuevo ese "JA!" de venganza hacia Austria. Ahí tenían a España, confesando esto el día de la boda.

—¡Oh! Ese no es el bruder de... ¡OH! —trata de no morirse de la risa—. ¿Pero no es como muy pequeño? tiene como... ¿Qué? ¿Cinco años?

—¡Tiene doce! —protesta España sonrojándose hasta la punta del pelo—. ¡Y no han sido pensamientos tan... impuros! —añade muy nervioso. Francia le hace un cariño en la mejilla, tratando de tranquilizarle un poco.

—¿Eh? ¿Qué pensamientos impuros habéis tenido entonces? —pregunta con curiosidad ahora.

—Yo... —vacila y se sonroja otra vez, apretando los ojos, mirando a Francia y agradeciendo el gesto—. Ayer, en mi última noche antes de mis nupcias, me lo llevé a cenar y después de haber bebido un poco yo... creo que podría haberle besado —confiesa suavemente.

El francés sonríe tiernamente a esta confesión, peinando un poco a España con suavidad. Él le mira de reojo, mortificado.

—¿Y lo hiciste? —pregunta Prusia echándose un poco hacia él para escucharle mejor.

—Desgraciadamente no... —susurra Francia sólo para que España le oiga.

—No, pero... me estaba diciendo que... y se puso de pie en la silla porque siempre es así de apasionado y había bebido más de la cuenta, casi se cae, así que me levanté para sostenerle para que no se hiciera daño, pero se me cayó encima y yo también había bebido un poco. Entonces rodamos por el suelo y me... miró —explica como si eso lo resumiera todo.

—¿Y? —pregunta Prusia completamente sumido en la historia, sin entender realmente la importancia de que le miró. Francia sonríe de lado entendiendo el problema, claro, pensando que tiene gracia que el padre no lo entienda.

—Pues... fue una mirada especial y... se me olvidó que él es un niño, me dejó sin aliento y me detuvo el corazón por un instante, como si... como si me hubiera vuelto completamente torpe y... —aprieta los ojos negando con la cabeza—. No, no, padre, por favor, ayúdeme, voy a casarme, no pueden estar pasándome estas cosas, ¿qué hago? —pide todo agobiado.

—No preguntarle a un padre, en principio —susurra Francia un poco divertido, aunque le preocupa que a España le agobie. "Debimos hablar más del tema"... valora para sí. Francia se lleva un codazo y Prusia parpadea saliendo de la estupefacción en la que le había sumido el relato tan detallado.

—Eh... was?

—Que... ¿qué hago? —insiste el español.

Francia se ríe bajito, apretando la mano de España y recargándose en él.

—Pues... nada ¿qué voy a saber yo? —responde el albino. España parpadea.

—¿Qué? Pero padre... he venido a confesarme para poder casarme ¿es que no puede absolverme? —el DRAMA.

—¿Eh? Ah, nein, nein, ya está, queda absuelto, hijo mío, no pasa nada.

—¿Cómo? ¿Así nada más? ¿Sin hacer penitencia, ni rezar, ni nada?

—Pues... eh... Ja. Es... un regalo de bodas, la absolución sin penitencia. Ve con Dios, hijo mío, ve con Dios... —trata de echarles de ahí, nervioso.

España se vuelve a Francia sin entender del todo lo que acaba de pasar. El francés frunce el ceño, sin entenderlo tampoco, haciéndose nota mental de ver quién es el padre pensando que todo esto es muy raro mientras se acerca a intentar verle por la rejilla.

—Yo tengo que ir... tengo que prepararme —asegura el español.

—Oui, oui... lo sé. Reza tres padres nuestros y tres aves marías mientras te preparas, anda, ahora resuelvo yo esto —Francia hace un gesto con la mano. España suspira y se va aun un poco taciturno.

—¿Tú también quieres confesarte, hijo mío? —pregunta Prusia.

—Non, no en realidad. ¿Le molestaría salir un segundo, padre? Tengo algo importante que decirle en persona...

—Ah... eso... Eso no podrá ser hijo mío, debo quedarme aquí a oír las plegarias de los fieles todo el día.

—Jum!... ya me lo suponía —murmura Francia aun sin estar muy seguro.

Prusia vigila a Francia por la rejilla esperando que se marche

—Bien, padre... que tenga usted un buen día y no olvide la importancia del secreto de confesión si no quiere, literalmente, terminar quemado en la hoguera —amenaza con voz suave y tranquila.

El sajón sigue observándole hasta que se va. Francia carraspea después de su amenaza, levantándose y saliendo del confesionario. Unos instantes después Prusia saca la cabeza con cautela y Hungría, le mira con los ojos entrecerrados. Sale discretamente volviéndose a su asiento.

—¿Qué hacías? —pregunta la húngara con el ceño fruncido.

—No sabes que se ha de estar en silencio en las bodas —protesta un poco porque igual no le han dejado acabar.

—Entró el novio ahí, después de que dijiste que harías algo con tu... polla. Yo te vi —le acusa.

—¿Y qué con eso? —se sonroja un poco con la mención de la palabra en boca de ella precisamente. Hungría vacila un poco.

—JA! ¡Y te has sonrojado! —le acusa, en realidad sin saber por qué es que se ha sonrojado.

—Bah! —protesta frunciendo el ceño—. ¿Y a ti qué te importa?

Ella hace los ojos en blanco y patea la silla de nuevo.

—¡Eres un tonto!

—¡Tú lo eres más! —se vuelve un poco.

—Shhh... no sabes que se ha de estar en silencio en las bodas —replica sonriendo burlona.

—Bah —se gira al frente de brazos cruzados.

—¿Qué hacías, bruder? —pregunta Sacro Imperio Romano.

—Confesarme.

—¿Yo también tengo que confesarme? —pregunta sonrojándose un poco.

—¿Has cometido pecados?

Sacro Imperio tiene unos líos ENORMES con saber qué es pecado o no, porque entre Austria y Prusia y lo que dice cada uno que a veces es completamente opuesto una cosa de la otra. Frunce el ceño y se rasca la cabeza.

—¿Como... cuáles?

—Como... —piensa en algo que pueda haber hecho—. Pensar en besar a una chica —suelta, porque es de lo que se acaba de confesar España.

Sacro Imperio abre los ojos como PLATOS y se sonroja de MUERTE.

—¿Lo has... hecho? —Prusia no está seguro.

El pequeño le mira con mucha cara de circunstancias. Traga saliva y mira de reojo el confesionario.

—Si me mientes, dios te llevará al infierno —presiona Prusia para saberlo. Se sonroja más aún y luego nos quejamos de que Alemania se tarde décadas y décadas en salir con Italia. Baja la cara, aprieta su sombrero con las manos, traga saliva otra vez y asiente leve, muy levemente.

—Tengo que confesarme —susurra.

—Oooh! —Prusia sonríe burlón. Sacro Imperio aprieta los ojos y se baja de un salto de la silla, con el corazón acelerado y suuuuuuper avergonzado. El albino le detiene del hombro.

—Was? —pregunta mirándole de reojo.

—¿Quién es... ella? —pregunta con cierto rintintín.

—No quiero ir al infierno... —asegura preocupado, pensando que no quiere que le pregunte más para no tener que responder.

—Entonces no me mientas —sonríe maligno.

Exprime el sombrero con sus manitas cambiando el peso de un pie a otro, pensando que esto es una gran tragedia dentro de la historia de las tragedias. No sabía además que pensar en besar a alguien podía llevar a ser pecado y, por consiguiente, al infierno...

—BruUu —presiona musicalmente para que conteste.

Sacro imperio baja la cabeza y susurra un nombre por lo bajito.

—No te he oídooo.

—Pero ya te lo dije.

—Pero no te he oído, así que es como mentira por omisión.

—Pero... —le mira, porque en serio que no quiere decírselo, porque... no.

—No hay más remedio —se encoge de hombros.

—Es que no quiero decírtelo.

—¿Por qué no? —frunce el ceño.

—Porque es algo mío... —susurra.

—Pero... ¿es que no confías en mí?

—Ja, pero...

—¿Entonces?

—Pero es que no quiero... —susurra porque no sabe por qué.

—Esa no es una respuesta...

Sacro Imperio frunce el ceño, se sonroja más, vuelve a arrugar su sombrero y vuelve a bajar la vista.

—¿Y si prometo no volver a pensar en ello?

—Ah, tampoco podrás hacerlo, eso es aún PEOR.

Le mira agobiado de nuevo desconsolado.

—Más te vale decírmelo o lo descubriréee.

—¡No quiero que lo descubras!

—Pues lo haré... y... seguramente se lo diré a ella —el maligno. Al pequeño Sacro Imperio casi le da un infarto.

—Neein! Nein, bitte, Preussen! ¡No le digas! —se le acerca y le toma de la manga del saco.

—Ah, sí que se lo diré, le diré que estás enamorado de ella y que quieres darle besitos... —sigue en plan "es un hecho irremediable".

—Nein! Nein! Preussen! Bitte, bitte no le digas nada! —protesta genuinamente agobiado—. ¡Te diré quién es si prometes no decirle!

—Bien —sonríe vencedor.

—E-Es... Es... —susurra y creo que esta vez tendrá buena suerte, porque en cuanto abre la boca y se lo dice empieza la música ahogando su voz.

—Was?

Al empezar a sonar la música, todos se vuelven al frente a mirar... el primero en salir en Veneciano, dando saltitos y repartiendo flores, con su vestidito.


¡Me encanta esta historia! ¡Esto es lo que Prusia añade a la mezcla! ¡Y si no te comerías a Sacro Imperio de lo mono que es, es que no tienes corazón!