Capítulo 9: Blakava, no tal dulce como el amor, pero me gusta
Saint Seiya ni sus personajes me pertenecen, son de propiedad exclusiva de Masami Kurumada.
Este es el penúltimo capítulo, espero que lo disfruten, mañana el último. Me harían muy feliz saber sus opiniones de lo que les ha parecido estos capítulos tan empalagosos ahora que ya estoy a punto de terminar.
Gracias a todos los que leen y comentan. Saludos :3.
Durante los siguientes días Camus se percató de lo poco que en verdad conocía a Atenas, y de lo mucho que disfrutaba de la compañía de Milo. Estar a su lado le otorgaba una sensación de calma y familiaridad que no había tenido desde que arribó de manera definitiva a Grecia, le hacía sentir que finalmente tenía un lugar en esa ciudad.
Un helado en el parque, una visita a la playa de las afueras de Atenas, una pequeña visita al Partenón de Atenas, al museo de la ciudad, recorriendo la historia y la calidez de la capital helena. Una semana en la que sin la compañía de Milo pudo haberse vuelto la más nefasta, se convirtió en las más anhelada y atesorada por Camus. Ocho días después de los incidentes del viernes trece, Camus se levantó temprano por la mañana para supervisar los avances de los arreglos en su cafetería. Su cabello desgreñado era una mata rebelde que con movimientos algo bruscos y jalones pudo controlar, su desayuno apenas media taza de café con una tostada. Estaba algo ansioso por retomar la rutina de su negocio, los días con Milo habían sido maravillosos, pero sus manos inquietas añoraban sentir el peso de la masa sobre sus dedos, mientras el olor a mantequilla y crema salía del horno de la cocina de su pastelería.
Con su ánimo más distendido y relajado por la semana de descanso obligado se dirigió caminando a paso lento a su local, el contratista empleado para arreglar su local lo había llamado el día anterior para comunicarle que todos los arreglos había sido hechos. Ahora solo faltaba su visto bueno para abrir de nuevo. A pocos metros divisó la fachada de su local, sonrió con beneplácito, iba a dar un nuevo paso cuando sintió unos brazos rodear su cintura y unos cálidos labios besar su cuello, un escalofrío recorrió su columna, giró su rostro para ver al descarado, pero vio asaltados sus labios por un imprevisto beso que lo dejó sin aliento. Unos conocidos mechones azules y dos turquesas tranquilizaron su desazón, como pudo se acomodó entre los brazos de su captor y pasó sus propias manos por detrás del cuello de Milo. El beso fue largo y dulce para ambos. Camus se vio gratamente sorprendido por la visita de Milo. Una tonta sonrisa se acomodó en los labios galos cuando Milo terminó el contacto entre ambos.
—Buenos días Camus —dijo con descaro Milo luego de besar al galo, el rostro heleno era el epitome de la travesura y desvergüenza. Una expresión que Camus había empezado a amar, junto con las ocurrencias de Milo.
—¿Qué haces aquí Milo?
—Aún me quedaba un día de vacaciones y decidí pasar a visitarte, aunque invadir sería el término más correcto. No pienso irme en todo el día.
Camus solo rio y negó con la cabeza, Milo siempre lo sorprendía. El día anterior entre una de sus muchas conversaciones le había comentado que las reparaciones ya estaba terminadas y esperaba poder abrir al otro día.
—Supongo que ya no hay manera de que pueda deshacerme de ti —dijo en tono fatídico Camus y en broma.
—La compra de este ejemplar es sin devoluciones francés, aceptaste quedártelo con todas sus fallas e insolencias.
Camus volvió a reír, la presencia de Milo en su vida le daba un nuevo caris y frescor que quería replicar en su día a día.
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El día transcurrió entre los pequeños regaños hacia Milo y la sonrisa culpable del heleno por sus pequeños descuidos en la cocina. Las manos de Camus se movían con experticia mientras mezclaba la harina y los huevos, dando la consistencia deseada al bizcocho dulce bañado con miel y almendras. Camus había desviado su vista hacia un viejo recetario que había pertenecido a su madre y donde había una versión propia de la blakava griega. Esperaba en su interior que Milo aceptase su intento de pastel.
Milo miraba a Camus con devoción y un profundo amor, no entendía del todo las vicisitudes de aquel sentimiento, solo que deseaba con todas sus fuerzas mantener la sonrisa en el rostro de Camus. El mantenerse en esa cocina, cubierto de harina, con el olor dulzón de la miel saliendo del horno y el golpeteo de la masa contra la mesa, era la imagen que deseaba a futuro, quería a Camus en su proyección de vida, no solo como un amor pasajero o el nombre de un sentimiento. Camus era el engranaje faltante en su vida, aquel que por tanto tiempo estuvo ausente y lo hacía sentirse despedazado. Ahora su mecanismo estaba completo y funcionando en su totalidad. Milo se acercó al mesón donde Camus estaba trabajando y con una cuchara cogió parte de la crema del pastel de blakava que el galo estaba preparando. Con la cuchara embetunada sorprendió a Camus quien estaba distraído y la untó en la nariz del francés. Camus parpadeó para luego fruncir el ceño, iba a volver a regañar a Milo cuando el griego jugando con su lengua quitó la crema en un movimiento lento y mojado, haciendo sonrojar a Camus.
—Eres el merengue que endulza mi vida Camus —pronunció para luego besar los labios galos premura, en movimientos envolventes y apasionados.
Camus, respondió con el mismo ímpetu, acoplándose al ritmo del griego. Sus labios unidos y encajando perfectamente.
—Milo —susurró Camus entre suspiros, relegando su anterior labor de repostería.
—Te quiero como la infinidad Camus, sin etiquetas ni limitaciones, eres mi existencia, eso es lo único importante para mí, no te dejaré escapar nunca más. Ahora eres mi rehén de por vida y nadie más podrá tenerte.
Camus negó con la cabeza, amaba cada tontería que Milo podía decir, pero por sobre todo adoraba esa capacidad tan propia y libre de amar todo lo que había en su vida.
—Eres lo que amo Milo, y aunque esto que tenemos no tenga nombre, no me importa, solo me basta con tenerte a mi lado.
Milo rio quedamente mientras golpeaba con sutileza la frente de Camus con sus dedos.
—No me has entendido mi amado pastelero, no es por el hecho de que no sea una relación sería, sino porque lo que siento por ti es tan fuerte, que un simple nombre como novio o pareja no es suficiente. Para mí siempre serás mi amado, aquel que es mi pieza faltante, sin ti no puedo funcionar. Entiéndelo y acéptalo, pues como te dije no hay devoluciones.
Camus calló sorprendido por las palabras de Milo. ¿Acaso siquiera había dimensionado lo que pronunció? Sonrió con ternura y tomó los labios de Milo, devolviendo el anterior beso, pero esta vez cargado de una aceptación y una promesa latente de un amor duradero. La blakava que estaba preparando era dulce, pero no tanto como el delicioso amor que ahora estaba saboreado de los labios de Milo y que era el mejor manjar que había probado hasta ahora.
