¡Amigos, he regresado!

Realmente ya no sé cómo empezar a disculparme "otra vez" después de tanto tiempo de dejarlos en el abandono, no los voy a retener con excusas ahora, eso será al final del capítulo XD. Mientras tanto, a leer se ha dicho. Sé que les gustará.


"La Familia del Oeste"

CAPITULO IX "LO PROMETIDO ES DEUDA"

La cueva de la bruja Konoye era fría, húmeda y verdaderamente grotesca, los nauseabundos olores de las diferentes hierbas, pociones y vapores se mezclaban creando un ambiente repulsivo, pesado de soportar; pero ni siquiera todo lo anterior pudo evitar que se dibujara una filosa sonrisa en el rostro reptiliano del Lord del Este, al escuchar lo que el soldado había dicho. Finalmente todo estaba dando resultados, finalmente ese plan que consideró absurdo en un principio, ahora se tornaba fructífero.

─¿Estás completamente seguro? ─Satoshi volvió a cuestionar de modo ansioso, pues quería deleitarse con la buena nueva una vez más.

─Sí, mi Lord ─le respondió el aludido con seguridad, posando su mirada primero en su monarca, y luego en la hermosa demoniza junto a él ─Yo mismo vi con mis propios ojos, cómo Lord Sesshōmaru caía derrotado.

─¡Al fin, maldito perro! ─exclamó él con voz grave. Triunfante, satisfecho, eufórico. Por una vez ese daiyōkai malnacido sabría lo que significaba perder, lo que se sentía caer al suelo humillado y sin fuerzas para continuar, situación que tantas veces el Dragón del Este había experimentado. Sin más, Satoshi inhaló profundo y volvió a reír ─Cómo me hubiese gustado estar ahí para verlo.

─Sólo fue la primera batalla, no hay que confiarnos demasiado ─ mencionó ahora la Tori yōkai desde su posición, justo al lado de una apolillada estantería donde estaban mal acomodados varios libros de brujería. ─Quiero llegar aún más lejos.

─¿No lo ves, Yasura?, Ahora todo será más sencillo ─se acercó a ella y echó la cabeza para atrás. ─No veo la hora de hundir mi espada en su pecho.

─Aún no ─¿Cómo era posible que su aliado aún no captara el plan al cien por ciento?, no podía creer la falta de visión del "hombre" que tenía enfrente, en su idiotez, en su mediocridad. Yasura frunció el ceño y con paciencia irónica, le explicó nuevamente lo que procedía. ─Entiende, debe vivir lo necesario para ver cómo todo su mundo se desploma, para ver la vida de los suyos escurriéndosele entre las manos. Mientras tanto, lo que debes hacer por ahora es encargarte del ejército de Kentaro, no quiero ningún imprevisto ahora que por fin todo está saliendo a pedir de boca.

─Tranquila, querida ─le respondió Satoshi, harto de ese tono punzante con el que la yōkai le hablaba. ─Todo va bien, admito que el Sur está dando buena pelea, pero no tardarán en rendirse.

─Eso espero, no sacrifiqué parte de mi ejército para que tú no cumplas con tu parte del trato.

─¿Sacrificar?, por favor Yasura, prácticamente mandaste a esos soldados novatos directo al matadero con tal de que la trampa funcionara.

La monarca del Norte emitió una risita burlona, pues eso era justamente lo que había hecho; y no tenía absolutamente ningún remordimiento. Esos soldadillos no representaban nada para ella, sólo simples peones que había utilizado para su beneficio, haciéndoles creer que el sacrificio que harían, significaría un gran honor al dar la vida por su Lady. Honor que ni siquiera les sería brindado, pues Yasura no se había molestado en ir a recoger sus cuerpos al campo de batalla.

Todo estaba perfectamente planeado, lo que buscaba era introducir el letal veneno que Konoye había estado preparando, en el cuerpo del Inu yōkai para debilitarlo sin causarle la muerte todavía. Tal como lo había dicho antes, el objetivo era privar de su extraordinaria fuerza a Sesshōmaru, y de paso a Inuyasha y al resto del ejército del Oeste, para no tener problemas en futuros enfrentamientos, aunque estaba claro que, los únicos que podrían sobrevivir a ese mortífero ataque, eran ellos dos. Los demás soldados tendrían que morir, no había remedio, precisamente por eso Yasura envió a militares jóvenes, inexpertos y débiles. Nada importante.

─Y funcionó, ¿o no Satoshi?, así que no empecemos con discusiones absurdas. Lo que me interesa ahora es continuar con esto ─con paso elegante, se aproximó a la anciana hechicera y la vio a los ojos ─Konoye, la tortura sigue ¿no es cierto?

─Sí mi Lady, pero debo confesar que las pesadillas son algo más difíciles de infundir ahora ─dijo Konoye con un deje de cansancio, como si estuviese dando un esfuerzo extra. ─Siento un energía purificadora muy poderosa que está bloqueando mi magia.

─¡Haz algo más, entonces!, No podemos arriesgarnos a que esa infeliz humana recupere parte de sus fuerzas, mucho menos de su voluntad. ─Yasura apretó la mandíbula y Satoshi levantó una ceja. ¿Sería acaso que la sacerdotisa esposa del estúpido de Inuyasha tenía algo que ver?, si era así, entonces también tendría que ser eliminada.

─Tranquilos mis señores, les aseguro que muy pronto la tendrán aquí, ante ustedes, con Lord Sesshōmaru suplicando por su vida… Aunque…

─¿Aunque qué? ─Satoshi dio un paso al frente con tono brusco, esa vieja embustera nunca había sido de su agrado.

─Aunque, me temo que hasta ahora no he recibido el pago acordado por mis servicios, a pesar de estar haciendo un magnífico trabajo. ─mencionó la bruja con voz rasposa, relamiéndose los labios.

─Hoy Konoye ─la Tori yōkai se relajó y sonrió una vez más con perversidad ─Esta noche de luna nueva tendrás las cinco almas jóvenes que te prometí.


Kagome sumergió una vez más el pañuelo de seda dentro del balde de agua antes de depositarlo cuidadosamente sobre la frente de su marido, para después acariciar su rostro con cariño. Estaba angustiada, sorpresivamente Inuyasha y Sesshōmaru habían llegado muy mal al palacio después de aquella pelea, y ninguno había vuelto en sí…hasta ese momento.

─¿Sesshōmaru? ─exclamó emocionada al escucharlo gruñir un poco desde el otro extremo de la enorme habitación. Ambos hermanos se encontraban en el mismo cuarto, cada uno recostado en un futón diferente separados por un biombo amplio. Sin esperar más, Kagome se acercó a él y lo vio respirar hondo ─¡Gracias al cielo que has despertado!, ¿cómo te sientes?

─Rin… ¿Dónde está? ─preguntó alarmado el Inu yōkai apenas al abrir los ojos, ignorando completamente las palabras de la sacerdotisa.

─Tranquilo, no te levantes ─dijo ella al verlo hacer el ademán de ponerse de pie ─Ella está bien, mira ─Kagome habló con tranquilidad y señaló hacia el costado opuesto del futón. Sesshōmaru al voltear, pudo regularizar su agitada respiración, pues sintió el mayor de los alivios. Allí estaba ella, Rin, justo a su lado, pacíficamente dormida y a salvo.

Kagome sonrió al ver que Sesshōmaru acercaba poco a poco su mano a la de Rin, como si quisiera comprobar que realmente se encontraba ahí, segura.

─He logrado purificar su cuerpo dentro de lo posible, no ha tenido pesadillas, pero en cuanto despertó y se enteró de lo ocurrido, del ataque, se alteró muchísimo ─guardó silencio, pues ella misma de igual forma había sentido su corazón detenerse al ver llegar al palacio al general Kenshi y a Jaken con lo que parecían ser los cadáveres de los hermanos perro ─Lo importante es que está bien, no ha querido separarse de ti ni un momento.

─Mis cachorros… ─dijo ahora, con genuina intranquilidad.

─Todos los chicos también se encuentran bien, han venido a toda hora a verte a ti y a Inuyasha.

Al escuchar eso, Sesshōmaru parpadeó inquieto, se dio cuenta de que se encontraban en una de las habitaciones más amplias y bien iluminadas del palacio. Escuchó atentamente, percatándose de que su inútil hermano también se hallaba ahí, desvanecido, justo como él había estado hacía instantes. Inhaló profundo, notando de inmediato cómo sus pulmones dolían tal y como si hubiese respirado piedras, todos sus músculos punzaban, sentía sus huesos astillados y parecía que en lugar de sangre, corriera ácido caliente por sus venas. Jamás, en su larguísima vida, había experimentado un dolor tan penetrante como aquel, ni siquiera cuando Inuyasha logró despojarlo de su brazo izquierdo.

─¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? ─preguntó disimulando y resistiendo, como siempre, la tortura que recorría su cuerpo entero. Trató de distraerse mirando la luz solar que se colaba por los ventanales, seguramente sería apenas media mañana.

─Poco más de un día. El general Kenshi y Sora se han encargado de todo, incluso Jaken ha estado haciendo un estupendo trabajo, todos han estado muy preocupados ─bajó la mirada con pesar. ─Ustedes dos… fueron los únicos que sobrevivieron a…

─Arrrggh…Kag…Kagome… ─no pudo terminar la frase, pues fue interrumpida por la voz ronca de su marido, que afortunadamente había recuperado la conciencia también.

─Inuyasha…Cálmate, tranquilo… Sshh, no te esfuerces…

Sin dudarlo, Kagome corrió a su lado, sintiendo una alegría exuberante al verlo abrir poco a poco sus ojos dorados. Inuyasha también trató de levantarse, pero al igual que el daiyōkai, sintió una ola de intenso dolor, agudo y punzante por todo su maltrecho cuerpo, que lo obligó a permanecer recostado una vez más

La sacerdotisa de inmediato colocó un par más de compresas sobre la frente del hanyō a la vez que emparejó un poco más el biombo que dividía la gran habitación para darle un algo más de privacidad a Sesshōmaru, seguramente querría estar un momento a solas con Rin, así como ella quería permanecer con Inuyasha para atenderlo.

Sesshōmaru agradeció el gesto de su "cuñada" internamente, pues lo último que deseaba en esos momentos era escuchar los quejidos y protestas del insufrible de su hermanito. Lo que sí anhelaba era sentir a su mujer cerca, contemplarla dormir tranquila después de verla sufriendo las noches anteriores. Sólo los dioses sabían lo impotente que se habían sentido al caer así como así en el campo de batalla, creyendo que sucumbiría dejando sola y desprotegida a su familia, a Rin; por eso, al tenerla ahí, junto a él, era un bálsamo incomparable.

Estás conmigo Rin, estás conmigo. ─se repetía una y otra vez en su mente, convenciéndose a sí mismo de que era real. Aferró el delgado cuerpo al suyo con las pocas fuerzas que le quedaban y la vio pestañear un par de veces.

─¿Mi…mi señor? ─musitó ella alzando la cabeza, topándose con esos ojos dorados penetrantes que tanto amaba, esos que creyó con tanto miedo, no volvería a ver de nuevo.

─Rin

─Sesshōmaru-sama ─de forma automática se lanzó en sus brazos, derramando lágrimas de felicidad pura, mojando el fuerte torso y derramando su cálido aliento entrecortado sobre el cuello masculino. Sensación que a Sesshōmaru le pareció la gloria; Rin respiraba, estaba viva. Viva. ─¡Está bien!...Creí que…creí que lo había perdido para siempre.

─Estoy aquí, Rin ─dijo acariciando su cabello negro ─¿Tú te encuentras bien?

─Ahora sí. Pero cuando lo vi a usted ahí, tendido, inconsciente, quise volverme loca ─Rin sollozaba, abrazándolo fuerte. Al ver a su señor en ese estado, justo cuando Kagome le explicaba todo lo que estaba pasando, un recuerdo sólido llegó a su memoria; el día en que conoció a Sesshōmaru, lo había encontrado así, herido, mutilado, casi cerca de la muerte, o eso es lo que había pensado ella. Desde ese día, Rin no podía evitar tener un miedo casi tangible de volver a verlo de esa manera ─Mi señor Sesshōmaru, yo… yo no sabría qué hacer si a usted le pasara algo malo… si usted…

─Acércate a mí, Rin… Escucha ─así lo hizo ella, dejando que el daiyōkai condujera su cabeza hacia su pecho. Ahí, en esa posición, Rin oyó con claridad el resonante latido del corazón de Sesshōmaru. ─Estoy vivo, y siempre estaré vivo por ti ─la joven sonrió aún con sus ojos humedecidos, y quiso separarse para observar el rostro de su señor, pero él no se lo permitió, al contrario, la aferró más hacia sí. ─Mantente así un momento más, yo también necesito sentirte cerca.

Sesshōmaru y Rin permanecieron en la misma posición un par de minutos más, ambos disfrutando de la cercanía del otro, expresándose sin palabras todo el amor que se tenían, un enlace irrompible que estaba latente. Pudieron haber continuado así toda la eternidad, pero se vieron obligados a distanciarse un poco al escuchar que alguien tocaba la puerta para después deslizar la cancela y enseguida dar entrada a la habitación.

─Con su permiso, Kagome-san ─Sora había entrado junto con Jaken, dirigiéndose hasta una pequeña mesa que estaba junto a las ventanas. ─Los cachorros se encuentran en el salón comedor tomando el almuerzo, seguramente vendrán para acá en cuento terminen. Hemos venido a dejar un par de mantas limpias para… ─Kagome dejó un momento lo que estaba haciendo y camino hacia los recién llegados despejando el biombo, dispuesta a darles la buena nueva pero, Jaken lo descubrió por su cuenta.

─¡Amo bonito, qué alegría! ─saltó el pequeño demonio, llorando de júbilo. Si hubiesen sido otras las circunstancias, Sora no hubiera dudado en hacerle burla al viejo sapo por su absurdo dramatismo, pero en esa ocasión no pudo más que regocijarse de igual manera. ─¡Yo sabía, yo sabía que esos demonios enclenques no lo podían derrotar! Mucho menos ese gas venenoso, su cuerpo es demasiado poderoso como para que algo así pudiera afectarle.

─¿Gas… venenoso? ─preguntó Inuyasha adolorido, tratando de recordar la mayoría de los hechos ─¿Qué… qué rayos fue…lo que sucedió?

─Fue todo una trampa ─dijo Sesshōmaru, mirando a su hermano son seriedad para después posar la vista en los demás presentes.

─¿Una trampa?, Significa que, el ataque, los yōkais del norte, y esa enorme criatura que apareció al final… ¿Todo fue parte de una trampa? ─Inuyasha frunció el ceño con fuerza. ─Malditos miserables… Por eso estaba resultando tan fácil derrotarlos...

─Sólo eran la carnada ─el daiyōkai asintió.

─Y nosotros caímos como…como imbéciles, ¡Arggh, maldita sea!

─Inuyasha tranquilízate, o tus heridas volverán a abrirse. ─Kagome se acercó nuevamente a su esposo para tratar de serenarlo, pues su ímpetu podría ocasionarle más problemas.

─Kenshi, ¿Dónde está? ─demandó el Lord viendo a su pequeño sirviente ─Quiero verlo inmediatamente.

─No se encuentra en el palacio, amo.

─Está en el bosque, señor, justo donde se llevó a cabo la batalla ─habló Sora, completando la información ─Él y un grupo de soldados continúan recogiendo a nuestros caídos, ninguno pudo soportar el martirio, esa niebla tóxica fue demasiado para ellos… seguramente Kenshi está examinando el terreno.

─¿Ha habido más ataques? ─preguntó el daiyōkai con un atisbo de angustia, lo único que le faltaba era que le informaran que su palacio había sido devastado estando él indispuesto para defenderlo.

─No mi Lord, aún así nuestros hombres están preparados por si se acerca algún enemigo.

─Jaken ─volvió a sobresaltarlo ─Trae a Kenshi, deprisa.

─En seguida, amo bonito.

Al salir Jaken, Sesshōmaru se incorporó en el futón y con un grandísimo esfuerzo trató de levantarse. Para él era una vergüenza quedarse recostado cuando existían asuntos que requerían de su total atención; pero para su frustración, sus antes poderosos brazos y piernas, flaquearon, no dejándole más remedio que permanecer sentado con una enorme rabia contenida.

─¡Mi señor! ─exclamó Rin asustada de verlo casi caer al suelo en un segundo intento.

─¡Por favor no se muevan! ─gritó Kagome al ver que Inuyasha se encontraba haciendo lo mismo, obteniendo el mismo decepcionante resultado ─Deben permanecer quietos por ahora.

─¡Con un… carajo! ─ladró Inuyasha, sintiendo exactamente la misma impotencia ─¡¿Qué clase de jodido veneno es este?!

─¡No lo sé, Inuyasha! ─de igual forma, la joven sacerdotisa gritó preocupada. Trataba de entender la cólera de los dos, pues parecía que en cada movimiento y esfuerzo que hacían, se escapaba un poco más de su fuerza, pero no iba a dejar que se lastimaran aún más de lo que ya estaban ─¡Precisamente por eso deben quedarse en cama!, están muy mal, entiendan, sus auras están muy débiles, puedo sentirlo… ¡No sean tan tercos por una vez en sus vidas!

Inuyasha bufó y comenzó a discutir con su esposa como de costumbre, mientras que Sesshōmaru, orgulloso como era, no podía permitir una humillación de tal magnitud, mucho menos estando ahí Rin para verlo. ¡¿Cómo era posible que él, el poderoso Lord del Oeste, no era capaz si quiera de levantarse del futón?!, ¡¿Cómo iba a defender a su familia si con la mínima vibración de sus músculos, sentía un dolor sofocante?!. Una ira fulminante estaba surgiendo en sus adentros. Maldita Yasura, maldito Satoshi. Ellos eran los responsables. En ese momento, aquel par no le causaba más que asco, eran unos sucios cobardes. Sabían que no podrían derrotarlo, por eso lo envenenaron, para poder enfrentarlo sin hacer esfuerzo, y eso era la mayor prueba de deshonra y pusilanimidad que podía existir. Pero que no creyeran ni por un segundo, que él, Sesshōmaru, iba a dejarse vencer tan fácilmente, ni volviendo a nacer aquellos dos serían capaces de verlo derrotado. Esas ratas miserables no eran nada, nada más que escoria pura que merecía la muerte.

Sin más, y tomando un último impulso, el daiyōkai trató nuevamente de ponerse de pie, pero su concentración se perdió cuando de la nada, las puertas se deslizaron de golpe, dando paso a cinco cachorros ansiosos que se acercaron a sus respectivos progenitores.

─¡Padre, Jaken nos dijo que ya habían despertado! ─la primera en acercarse fue la princesa Mayumi, quien al igual que Rin había hecho, lo abrazó fuerte y con lágrimas en sus ojos marrones. Sesshōmaru se sintió mejor al ver a sus hijos ahí, pues por ellos también se había preocupado; así que dejó su rabia de lado por un momento y se dedicó a prestarles atención a los cachorros.

Y después de asegurarle más de una vez a Mayumi que ya se encontraba mejor, acarició muy sutilmente las pequeñas orejas caninas de Teishi cuando él se le acercó para abrazarlo de igual manera. Yorumaru no llegó a ese extremo, simplemente le dedicó una pronunciada reverencia y le sonrió al incorporarse, demostrándole, utilizando ese gesto heredado de su madre, lo feliz y aliviado que se sentía de ver bien a su padre otra vez, como antes.

─¡Oh papá, estábamos preocupados por ti!, ¡No debes hacernos esto nunca más! ─la hija mayor de Inuyasha, Unmei, no hizo más correr hacia él y lanzarse sobre el futón donde estaba recostado, siendo seguida por Taki, quien de igual manera estrechó a su padre sin medir su fuerza y sin importarle las quejas de dolor que el hanyō vociferaba.

─Enanos…del demonio ─jadeó Inuyasha haciendo muecas de dolor mientras era aplastado por sus vástagos. Segundos después les correspondió el abrazo con la misma emoción de verlos a sanos y salvos ─Mis enanos.

─Padre… No entiendo, ¿qué fue lo que ocurrió? ─mencionó príncipe mayor, luciendo la misma expresión estoica de Sesshōmaru.

─¿Tan poderoso es el Norte? ─preguntó Teishi con inocencia, incapaz de creer que alguien hubiese podido ganarle una batalla a su valeroso padre.

Mayumi en cambio permanecía callada, colgada de la yukata del daiyōkai, no queriendo soltar aún su brazo; estaba desconcertada, si bien sabía en teoría, lo que significaba una guerra, no creyó que vivirla sería tan increíblemente duro, pero lo que más le preocupaba era que apenas había sido el inicio, temía por sus padres, por toda su familia en general. Rápidamente dirigió su mirada hacia su hermano mayor, al parecer Yorumaru tenía algo más en mente.

─Padre, estoy dispuesto a salir a la batalla ─mencionó el adolescente, reafirmando las palabras que había dicho antes de que el recién enfrentamiento se llevara a cabo ─No puedo permitir…

─Silencio ─Sesshōmaru lo calló de tajo, cansado de que su hijo insistiera en algo absurdo; lo vio a los ojos fijamente, para después mirar a cada uno de los niños por separado ─No quiero ningún comentario más. Presten atención, éste es el momento en el que deben demostrar su fortaleza, mis cachorros no son cobardes, pero tampoco imprudentes ─volvió a fijar su vista en Yorumaru y después continuó desde su lugar ─Necesito que se comporten a la altura de las circunstancias, mantendrán la calma, acatarán ordenes sin protestar y se mantendrán dentro del palacio hasta que se les indique lo contrario.

─Pero padre…

─Basta, Yorumaru, es lo que se hará y punto ─sentenció con autoridad, sin darle oportunidad de discutir, justo después se dirigió hacia sus sobrinos. ─ Eso va también para ustedes, Taki y Unmei, son miembros de la Familia Imperial del Oeste, así que deben actuar como tales.

Al escuchar la última frase, Inuyasha sintió una punzada de satisfacción en su pecho. El que su hostil hermano, el Lord de las Tierras del Oeste, les hablara y reconociera de esa manera tan solemne a sus cachorros, le hizo brotar una especie de orgullo y regocijo que hace mucho no sentía estando en el palacio. Tanto así, que él también sintió necesario decir un par de cosas, tal vez no tan rebuscados y suntuosas como los discursos del presumido de Sesshōmaru, pero sí algo muy a su estilo.

─Siempre deben protegerse el uno al otro, y a sus madres también, muéstrense valientes y no se dejen intimidar por nadie, ¡¿entendieron?!

Kagome se sorprendió un poco al escuchar a su atolondrado esposo tomar la palabra, pero al prestarle atención a lo que dijo, no pudo hacer más que sonreír, al igual que Rin y Sora. Sesshōmaru no dijo nada más, a decir verdad estuvo de acuerdo con lo que su, al parecer no tan inútil hermano, había mencionado en voz alta. Eso precisamente era lo que los cachorros debían hacer en tiempos tan complicados como aquellos.


─Lo lamento mucho, Ryusei ─dijo el general Kenshi acercándose a uno de sus soldados, colocó una mano en el hombro de su subordinado con la intención de brindarle apoyo, pues en ese momento, ambos veían resignados cómo un par de yōkais levantaba el cuerpo sin vida de otro más de sus hombres, de los muchos que se encontraban esparcidos por todo el ensangrentado y lodoso terreno. ─Tu hermano fue un gran soldado, un yōkai muy fuerte, con mucho potencial.

─Llevaba pocos años combatiendo para Lord Sesshōmaru ─le respondió el joven guerrero sin querer dar a notar su aflicción ─Tenía mucho que dar todavía.

─Lo sé, ninguno de ellos merecía morir de ésta forma.

─No había manera de evitarlo General Kenshi, somos soldados, a esto es a lo que nos arriesgamos, y es un honor.

El muchacho le agradeció a su superior con una mirada significativa y luego se retiró con sus compañeros después de realizar una sutil reverencia. Las tropas de Kenshi habían salido del desde el amanecer, se encontraban a las afueras del perímetro del palacio, justo en la entrada al bosque del Oeste. Ahí mismo había tenido lugar la primera batalla, aquella que no había sido más que una farsa.

El demonio apretó los puños al recordarlo, había sido una mera coincidencia que él, que siempre combatía en tierra, optó por subir al lomo de Ah-Uh junto a Jaken para liderar a las tropas desde los cielos, fue de esa forma en la que ambos habían resultado totalmente ilesos ante aquel gas mortífero que se liberó en el momento en el que Lord Sesshōmaru y su hermano asesinaron a ese enorme fénix falso. De lo contrario, no dudaba que para esos instantes los cadáveres de él y del pequeño demonio verde, seguramente estarían siendo recogidos también por los demás soldados que no salieron a combatir.

Precisamente eso es lo que estaban haciendo ese día, levantar a las decenas de compañeros caídos para darles una digna sepultura en la tierra que los vio nacer, el Oeste; contrario al infortunado destino que les aguardaba a los muertos de Yasura, por quienes nadie había enviado. Kenshi sintió algo de lástima, después frunció el ceño, pues no creía que hubiese individuos con el honor tan bajo.

Lo había visto todo desde arriba, desde el segundo en que el daiyōkai rebanó el cuerpo del gigantesco pájaro, hasta el instante cuando aquella humareda tóxica impregnó el ambiente. Sus guerreros caían uno a uno, retorciéndose terriblemente entre el polvo del suelo. Después fue Inuyasha quien se desplomó, pero el ver a su Lord derrumbarse tal cual un roble después de un huracán, fue algo que lo dejó completamente impactado. Al principio, Jaken trató desesperadamente de hacer bajar al dragón de dos cabezas para ir en auxilio de su amo, pero Kenshi se lo impidió, si lo hacían, entonces ellos también acabarían muertos y eso no lo podía permitir, pues ellos dos eran la única esperanza de ayudar, los únicos que podrían hacer algo por proteger a la familia real, a los cachorros. Así que sin más remedio, tuvieron que esperar desde el cielo a que la neblina roja se dispersara, para entonces sí, acercarse y llevar de vuelta y a toda prisa, a los dos sobrevivientes al palacio.

─¡Deprisa soldados, debemos regresar pronto! ─exclamó Kenshi llamando la atención de la tropa, apresurándolos a cargar deprisa a los muertos en las improvisadas camillas de tela que se tenían para esos casos.

─¡Kenshi-sama, venga pronto! ─lo llamó el mismo jovencito con el que minutos atrás se encontraba conversando. Ryusei estaba de pie justo al lado de los restos de la gigantesca ave de fuego que había ocasionado tanto daño ─Mire esto.

─¿Sangre de fénix? ─preguntó extrañado el general, sin darle mucha importancia al ya seco líquido rojo que cubría gran parte de la maleza.

─Sí señor, pero…

Entonces al observar más minuciosamente, se dio cuenta.

─Son restos de hiervas ─dijo Kenshi poniéndose en cuclillas para observar mejor. Con un pañuelo de tela tomó con cuidado los pequeños residuos de plantas marchitas y bañadas en sangre, para después llevarlas a su nariz y olfatear ─Parece belladona y…no puede ser… es… ─inmediatamente alejó la mano de su rostro, pues identificó enseguida la otra planta. ─Lirio rojo.

─¿Cómo dice? ─el muchacho parpadeó confundido y se aproximó para poder ver de cerca ─Es imposible, esa planta es casi imposible de encontrar.

─Esto fue lo que ocasionó la muerte de todos ─concluyó el mayor, para después envolver muy bien la evidencia y guardarla entre su armadura. Lord Sesshōmaru debía tener conocimiento de eso, sólo esperaba que ya hubiera salido de su inconsciencia. ─Rápido, tenemos que volver al castillo.


─Yoru, ¿te encuentras bien, hermano? ─Mayumi se acercó a su hermano mayor y lo jaló suavemente del haori. Todos los cachorros, inclusive el hermoso nuevo felino negro de Teishi, Riuky, se encontraban en la biblioteca ─¿Yorumaru?

La princesa lo volvió a llamar, pues parecía que el adolescente se encontraba sumergido en su propio mundo de divagaciones. Desde el ataque, todos ellos permanecían juntos, pues tal y como les habían dicho sus mayores, debían unir fuerzas y protegerse unos a otros si era necesario.

─Nos están ocultando algo… a todos nosotros. ─respondió Yorumaru por fin, girando su cuerpo, dejándoles de dar la espalda a sus compañeros y observándolos con la misma mirada fría de su padre.

─¿Qué?, ¿Por qué dices eso? ─dijo Mayumi sin entender. Yorumaru se comportaba extraño desde su regreso de su viaje hacia el Sur, estaba más pensativo y serio de lo normal, como si quisiera ser mayor de repente y convertirse en un guerrero más fuerte de la noche a la mañana.

─No logro entender muchas cosas, es extraño lo que está pasando con nuestra madre, no es normal que haya caído enferma así como así, cuando hace unos días estaba perfectamente bien.

─Todo empezó cuando esa lagartija entro al palacio ─dijo ahora Teishi frunciendo el ceño, recordando esa noche en la que el Dragón del Este los "visitó". ─Estoy seguro de que ese tal Satoshi le hizo algo a nuestra madre, yo mismo pude olfatear su sangre.

─También lo creo ─afirmó su hermano.

─¿Y qué me dicen de lo que acaba de pasar? ─mencionó ahora Taki desconcertado, caminando lentamente formando pequeños círculos en actitud impaciente ─Aún no puedo creer que nuestros padres fueran derrotados en la primera batalla…es decir, papá es muy fuerte, pero el tío Sesshōmaru es prácticamente invencible.

─Realmente quieren arrebatarle las tierras del Oeste al tío Sesshōmaru ¿verdad?

─No creo que esto se trate simplemente de una conquista de territorios Unmei, hay algo más. Es como si ellos, verdaderamente le tuvieran un gran odio a mi padre.

─Mmm eso es relativamente normal, Yoru ─razonó la aludida ─El tío Sesshōmaru no es un demonio cualquiera, es obvio que tenga enemigos que lo odien.

─Aún así, necesito averiguar qué es lo que verdaderamente está pasando.

─¿A dónde vas? ─Mayumi se alarmó al ver a Yorumaru apresurarse a la salida de la estancia. Él ignoró la pregunta y avanzó con decisión rumbo al despacho de su padre, podía olfatear perfectamente que él, su madre, y los demás adultos también se encontraban ahí. Los demás chicos, sin más, fueron tras él.


Rin y Kagome no sabían si estar molestas, preocupadas o felices de ver a sus respectivos esposos ya levantados, después de mucho esfuerzo, a pesar de que los inmensos dolores, sin que lo demostraran, atropellaban sus entrañas en cada movimiento. No los habían podido detener de hacerlo, en especial a Sesshōmaru, quien después de saber a Kenshi de vuelta en el palacio, no dudó en hacerlo acudir a su despacho para aclarar ciertos asuntos. Ahí es donde se encontraban todos precisamente, alrededor del elegante escritorio del daiyōkai, estando él sentado en su sitio, observándolos de frente.

─Mi Lord ─el general lo reverenció, ciertamente complacido de que al llegar de vuelta al castillo, hubieses sido recibido con la buena noticia de que el demonio blanco y su hermano ya hubieran despertado del shock.

─¡Habla de una vez Kenshi! ─espetó Inuyasha con impaciencia, cansado de que absolutamente todo en ese jodido palacio tuviera que realizarse con tanta ceremonia. Rodó los ojos con fastidio y haciendo una mueca de dolor, se dejó caer junto a su mujer y Rin en uno de los mullidos asientos delante de la escribanía. ─¿Qué rayos está pasando?

─Inuyasha, contrólate ─Kagome lo tomó de la mano discretamente, dándose cuenta de que el dolor que sentía el joven hanyō ni siquiera le permitía permanecer demasiado tiempo de pie, y ni así, podía dejar de ser impertinente.

─Me disculpo Inuyasha-sama, pero lo que voy a informar realmente es delicado ─dijo Kenshi dando un paso al frente, con Sora y Jaken a su lado. ─Mis soldados y yo encontramos esto… ─se acercó más al escritorio y extendió su mano hacia Sesshōmaru, entregándole el pañuelo de tela. ─Brotaban de la sangre del cadáver del ave de fuego.

El Inu yōkai lo recibió y lo desdobló, encontrándose con varios restos de hojas secas rotas y pétalos puntiagudos de color rojo.

─Es belladona, y… ─Rin se acercó y echó un vistazo con curiosidad, identificando claramente, gracias a todos los años de experiencia junto su "abuela" Kaede, una de las hierbas. Pero la otra, aquella de color rojizo…

─Lirio rojo ─dijo Sesshōmaru, queriendo hacer hilachos el pañuelo.

─Si amo, esto fue lo que ocasionó el envenenamiento. Fue preparada de tal forma para que todos los que estuvieran cerca, inhalaran aquella neblina mortal sin que hubiera escapatoria.

La conclusión del general, logró que algo hiciera click en la cabeza de Kagome. Lo había estado pensando mucho desde el instante en el vio llegar heridos a Inuyasha y a Sesshōmaru, pero entonces ya le quedaba todo más claro, la aparición de esa planta que había aprendido a conocer a grandes rasgos, le estaba facilitando la explicación. Se levantó y comenzó a hablar.

─Ahora lo entiendo, el propósito de todo esto fue el de intoxicarlos completamente, el lirio rojo causa la muerte inmediata a quien lo ingiera, es capaz de paralizar los nervios y congelar la sangre….Pero eso no ocurrió.

─Fue la belladona. ─completó el daiyōkai, comprendiendo absolutamente todo también. Frunció ligeramente el semblante y apretó los puños sin que nadie se diera cuenta, pensando en la artimaña bien planeada de sus enemigos. Esos malditos cobardes.

─Sí ─continuó la sacerdotisa ─La belladona tiene propiedades calmantes, por lo que está contrarrestando el efecto del lirio rojo en sus cuerpos, haciendo que éste sea lento y muy doloroso, por eso los soldados no pudieron soportarlo, la agonía fue demasiada, no tuvieron la resistencia suficiente, al menos no una tan grande como la que ustedes dos tienen.

─¿Y qué pasará ahora?, no podemos esperar simplemente a que el veneno salga de sus organismos ─mencionó Sora con preocupación, pensando en las consecuencias ─Si hay algún ataque nuevamente, no podrán defenderse, al menos no sin sentir dolor.

─Es cierto, su fuerza ha disminuido mucho ─Kagome bajó la mirada, en efecto sintiendo las auras casi ausentes de ambos hermanos. Volvió a tomar asiento junto a Inuyasha y luego dirigió su mirar hacia la otra humana de la habitación ─Es la misma energía maligna que siento alrededor de ti, Rin.

Al escuchar aquello, Sesshōmaru sintió otro lacerante pinchazo en sus adentros, a pesar de que su rostro no reflejara expresión alguna. Tenía que hablar con Rin, explicarle con detalle lo que le estaba sucediendo, que todos, absolutamente todos sus malestares, y ahora también los de él eran ocasionados por una hechicera infeliz.

─¡Maldita sea, tiene haber algo que nos pueda servir! ─exclamó Inuyasha, tambaleándose un poco al ponerse en pie de golpe ─Debe haber algún antídoto, ¡Algo!

Todos estaban pensativos, frustrados, desesperados, queriendo encontrar la manera de salir de esa terrible encrucijada que estaba poniendo en riesgo no sólo sus propias vidas, sino también la de los seres que más querían en el mundo. Entonces, como una pequeña iluminación del cielo, Rin pareció encontrar una pequeña solución que les haría ganar algo de tiempo.

─Sesshōmaru-sama, ¿recuerda cuando hace años, el señor Jaken fue envenenado por los insectos del demonio Naraku?... La planta que le ayudó fue…

─¡Por supuesto!, ¡La semilla de la planta milenaria!, ─Jaken saltó de alegría, rememorando aquella ocasión en la que encomendó a la "chiquilla" aventurarse sola para ir por esa milagrosa hierba, y ella, con tal de salvarle la vida, fue sin miedo en su búsqueda. ─Amo bonito, eso es exactamente lo que puede funcionar.

─Jinenji, él seguramente tiene esa flor ─la sacerdotisa se alegró y sonrió con esperanza. ¿Por qué no lo había pensado?

─Ese campo de plantas medicinales se encuentra lejos, al Este. ─mencionó Kenshi algo más serio, evaluando los riesgos de cruzar por esos terrenos. Seguramente Yasura y Satoshi estaban esperando la menor oportunidad, el menor descuido, para atacar de la peor manera. No dejaría otra vez que su Señora corriera algún peligro; no podía dejar de sentirse culpable de lo que le estaba ocurriendo. Él había estado ahí para cuidarla, y aún así, el demonio reptil la había lastimado. No permitiría que pasara otra vez.

Sesshōmaru también lo pensó, considerando las posibilidades de lo que debía hacerse. Era clarísimo que necesitaba esa planta, necesitaba librarse de ese malestar inútil que no lo dejaría pelear a su máxima capacidad, pero ese viaje requeriría de la toma de muchas precauciones, de alguien con experiencia, alguien discreto y veloz, que pudiera traer aquel antídoto de la mejor manera posible.

─Envíen a Saris ─anunció finalmente, deteniendo la discusión.

─Pero mi Lord, es arriesgado atravesar esas tierras para cualquiera… Alguien más debe ir con él.

─Tú eres necesario aquí para comandar mi ejército mientras yo esté indispuesto ─Sesshōmaru lo miró fijo, antes de que Kenshi se ofreciera a ir también; entonces bajó la cabeza e inhaló una bocanada de aire ─Jaken, tú irás con Saris.

─¡¿Y-Yo, amo Sesshōmaru?!...P-pero ─el pequeño yōkai se sobresaltó y aferró con fuerza su báculo, mirando a todos como tratando de pedir algo de apoyo. Sora sonrió de medio lado.

─¿No eres capaz de llevar a cabo ésta misión, Jaken?

─¡No!...¡Q-Quiero decir sí, por supuesto que sí, amo bonito!... Es un honor para mí, sabe que haría lo que fuera por usted, incluso atravesar…territorios enemigos…entre flechas filosas…corriendo el riesgo de que me saquen las tripas ─al imaginar los peligros, tragó fuerte ─GLUP

─Bien, saldrán al atardecer ─Sesshōmaru se relajó un poco, tal vez jamás se lo diría, jamás, pero confiaba en Jaken, sabía que ese sapo tenía más lealtad hacia él en su meñique, que muchos soldados en todo el cuerpo; sí, Jaken podría. Sin más, se levantó lentamente de su escritorio y miró a su esposa con seriedad. ─Rin, tengo que hablar contigo.

─Vámonos ─Kagome, al igual que el resto, entendió de inmediato la indirecta y salió del despacho junto a un malhumorado y quejumbroso Inuyasha. Dejando a solas a la pareja Real del Oeste.

Cuando todos se fueron, Sesshōmaru se dio a la tarea de observar a Rin minuciosamente de pies a cabeza. Era cierto que su cuerpo estaba siendo purificado, tal como le había dicho la mujer de Inuyasha, pero aún así, Rin se veía pálida, cansada, ojerosa, débil, con un aspecto tan enfermizo, que ni él, que estaba infectado en veneno, tenía.

─¿Estás bien, Rin? ─le preguntó acercándosele con cuidado, posando una mano en la mejilla de ella. Al tocarla la sintió fría, temblorosa, con su piel mucho más delicada de lo que recordaba, el color rosado de su rostro había desaparecido, y su largo cabello negro se veía opaco.

─Sí, mi señor ─asintió ella. Luego bajó la mirada, sabiendo lo que el daiyōkai le preguntaría. ─Kagome-sama ya me lo ha explicado todo ─dijo Rin, con un tono de resignación, dejando de lado su habitual inocencia ─Sé lo que…me están haciendo…el hechizo de la bruja Konoye, es lo que ha provocado mis terribles pesadillas, esos mareos y ese dolor tan intenso en el pecho y cabeza.

─Rin ─endureció su gesto, sintiendo otra vez ese frustrante malestar al verla así, tan frágil, tan vulnerable. Y él sin fuerzas para poder defenderla. Maldita sea.

─No sabe cómo me arrepiento de haber sido tan ingenua, de haber permitido que Lord Satoshi pusiera un pie en el palacio ─habló conteniendo el llanto al recordar aquello, pero no un llanto cualquiera, sino uno de coraje, de enojo por haber sido tan tonta ─Todo es mi culpa… Estos problemas, sus preocupaciones, son mi culpa… Perdóneme.

Ella trató de alejarse, sintiéndose indigna de estar en su presencia, pero él la volvió a sostener del rostro, esta vez con las dos manos.

─Rin, tú eres lo más preciado para mí, nunca un problema ─le aseguró viéndola a los ojos, dispuesto a revelarle toda la verdad ─Tú no tienes ninguna culpa, yo sí.

─Pero Sesshōmaru-sama, la guerra entre los cuatro reinos…

─Es una venganza...hacia mí ─espetó Sesshōmaru ─Hace más de un siglo, asesiné a Daisuke, prometido de Yasura, quien sería junto con ella, el futuro Lord del Norte…ella me suplicó, pero yo aun así lo maté, tal y como he matado a cientos.

Rin juntó un poco las cejas, tratando de comprender todo. Ella mejor que nadie conocía a Sesshōmaru, sabía de lo que era capaz, así lo había conocido, cruel, sanguinario. Incluso ella misma lo había visto arrancando vidas en más de una ocasión. Y aún así, a pesar de que a veces se preguntaba por qué, Rin lo amaba en demasía. Sin importarle nada, así él fuera el mismísimo diablo, ella lo seguiría amando.

─Es por eso que ahora quiere hacerle tanto daño ─dijo la joven señora, retomando la conversación, observando los dorados ojos fríos de su señor.

─A mí no Rin, a ti.

─¿A mí? ─se sobresaltó, sin creer aún que ella, una humana cualquiera, pudiera ser de tal importancia para un demonio como Sesshōmaru. Le parecía inconcebible el hecho de que ella fuera vista por los enemigos del Inu yōkai como un instrumento para manipularlo, para lastimarlo al grado de la desesperación.

─Ha manipulado a Satoshi para que esté de su lado, y ambos saben perfectamente que tú eres lo que yo más valoro en el mundo, por esa razón quieren eliminarte ─dijo él, explicándole textualmente lo que ella aún no podía terminar de creer. Pero entonces lo vio apretar un poco la mandíbula y bajar la mirada para después volver a levantarla, ésta vez denotando cierto grado de impotencia, como si estuviera luchando por doblegar su orgullo para poder seguir hablando.

─Rin, tú eres…mi punto débil ─ella sintió su corazón latir fuerte, pues Sesshōmaru jamás había admitido en voz alta tener un lado vulnerable. Era obvio que también estaba consternado al escucharse a sí mismo decirlo, pero esa era la verdad, y era necesario que Rin lo supiera ─Debo hacer todo por protegerte, a ti y a los cachorros… Mi madre también lo sabe, es por ello que he decidido que tú, Yorumaru, Mayumi y Teishi se quedarán en su palacio, ahí permanecerán a salvo mientras los enfrentamientos terminen.

Sesshōmaru habló seguro, recordando la oferta que le hizo Irasue para ayudarlo a mantener a salvo a sus cuatro tesoros. No había otra opción, eso era lo mejor para su descendencia, no permitiría que más adelante sus cachorros acabaran envenenados como él o debilitados como Rin, y ella debía recuperarse lejos de las amenazas. Por el contrario, Rin abrió mucho sus ojos al escuchar tan cosa. No quería irse, no quería dejarlo, no quería que su familia se separara.

─Pero, ¿y usted, mi señor?, yo no podría estar tranquila sabiendo que usted se está enfrentando a alguien que lo odia con tanta fuerza, que es capaz de vender su alma con tal de verlo…muerto.

─¿Piensas en verdad que esos miserables pueden derrotarme? ─levantó una ceja con arrogancia, apartando sus manos del rostro de ella ─¿No confías en mí?

─Confío en usted ciegamente, pero no puedo evitar preocuparme, no puedo evitar tener miedo.

─Mi decisión está tomada Rin, los cachorros y tú estarán seguros y eso es lo más importante ─inhaló profundo, tratando de conservar la paciencia. ─Yo estaré bien, te lo aseguro.

─Sesshōmaru-sama…

─No pienso discutir más al respecto, además los cachorros de Inuyasha y su mujer también regresarán a la aldea ─dijo sorprendiéndola aún más, pues el daiyōkai estaba pensando incluso en la seguridad de sus sobrinos ─Todos partirán mañana a primera hora, justo después de que la luna nueva haya terminado.

Rin no pudo decir, pues sabía que la palabra de su señor era ley. Simplemente lo miró con ojos tristes, a lo que él le respondió besándola en la frente con impresionante adoración. Estaba haciendo lo correcto, eso era lo que importaba, Rin y los cachorros tenían que entenderlo. Así, sin más qué decir, la joven señora salió del despacho con una gran expresión de tristeza y angustia impresa en su rostro. No le quedaba otra opción más que la de confiar en Sesshōmaru, tal y como toda la vida lo había hecho.

Sesshōmaru se quedó un momento más en su estudio, soportando un notable dolor, se había mantenido así durante todo ese tiempo, estoico, impasible, sin dejar que su rostro mostrara la más mínima muestra de malestar, pero entonces al quedarse a solas, se permitió fruncir el ceño, cerrar sus ojos y apretar los dientes. No únicamente se trataba de las fuertes dolencias que aquejaban su organismo, sino también la angustia que le estaba provocando todo aquello, angustia por su mujer y sus cachorros a quienes se vería obligado a poner en manos de su madre; no era que le tuviera desconfianza, después de todo, sabía que Irasue no dejaría que alguien les pusiera un dedo encima, pero el hecho de tener que pedir apoyo de alguien externo, de poner en evidencia que él no era capaz de protegerlos, lo apuñalaba el orgullo. Todo eso, sumado a la rabia que tenía contra sus dos enemigos y las ganas por rebanarles la garganta. No veía la hora de reponerse para ir tras ellos, necesitaba es antídoto, lo necesitaba ya.

Estuvo a punto de retirarse también pero entonces, un ruido pequeño, justo afuera de su estudio, llamó su atención. Agudizó su oído y sobretodo su excelente olfato, identificando un aroma muy familiar. Lo había detectado prácticamente desde que inició la reunión con Kenshi y los demás, pero no mencionó nada al respecto. Estaban ahí, sutilmente escondidos tras las columnas que enmarcaban la entrada a su despacho, en silencio, ocultos entre las sombras de las estatuas de mármol, prestando atención a toda la conversación, fuerte y claro.

─¿Crees que no me había dado cuenta de que estaban ustedes ahí escuchando todo, Yorumaru? ─dijo el daiyōkai retomando su seria expresión y hablando grave, aún sin salir de la habitación, sorprendiendo y asustando a los cinco cachorros que no entendían cómo era posible que nada se le escapara al demonio blanco.

Yorumaru se incorporó con un respingo, en efecto habían estado ahí desde hacía varios minutos, enterándose de absolutamente todo lo que querían saber, resistiendo las ganas de hablar y ser tomados en cuenta por los adultos. Sin más que hacer, respiró hondo, les indicó con señas a sus hermanos y primos que se fueran, que luego los alcanzaría, pues era a él a quien habían llamado, y entró de lleno en el despacho.

─Lo lamento, padre ─dijo algo avergonzado al ingresar, aunque sin bajar la cabeza ─Pero es que, necesitaba saber qué es lo que está pasando exactamente.

─Pues ahora lo sabes, ya puedes tener una idea lo grave que es la situación y del inminente riesgo que corren ustedes, tu madre en especial.

─Sí, me quedó muy claro ─asintió con la misma solemnidad con la que lo hubiese hecho su interlocutor, mirándolo, de pie justo al frente de él. Por un lado, Yorumaru se hallaba un poco más tranquilo al saber por fin lo que ocurría con sus padres, al ya no ser ignorante de tanto misterio y poder tratar de hacer algo; pero por otro, se comenzó a sentir consternado, inquieto y hasta enojado por todo lo que estaba pasando.

─En ese caso tú y tus hermanos deben alistarse para el viaje que realizarán mañana al palacio de mi madre. ─habló su padre, trayéndolo de vuelta de sus pensamientos, pero cuando el cachorro lo entendió, de inmediato se opuso.

─Padre, entiendo los motivos, pero por favor, permíteme quedarme contigo ─dijo, mirándolo a los ojos, dorado contra dorado. ─O mejor aún, permíteme acompañar a Saris y a Jaken por el antídoto. ─eso fue lo primero que pensó en cuanto escuchó a los adultos decirlo. Esa era su oportunidad.

─¿Acaso has olvidado lo que sucederá esta noche? ─Sesshōmaru preguntó, haciendo que su hijo mayor cambiara su gesto intrépido a su lleno de desencanto, recordándole que la luna nueva no tardaba en salir, tal como cada mes.

─Jamás podría olvidarme de las consecuencias de mi naturaleza ─dijo resignado ─Pero ni mi condición vulnerable de humano podrá impedir que cumpla con lo que considero mi deber.

─¿Qué es lo que pretendes demostrar, Yorumaru?, ¿Qué eres fuerte pero imprudente?, eso ya lo sé.

─No creo que pienses que soy lo suficientemente fuerte. ─el adolescente comenzó a elevar la voz un tono, cansado de la desconfianza de su padre, de verlo ahí, tan sereno y tan calmado como si no lo estuviera tomando en serio. Yorumaru ya no era un cachorro, al menos no uno ingenuo e inútil que se quedaba obedientemente sentado sin hacer nada y sin defenderse.

─No lo eres, no aún. ─le respondió su padre tajante. ¿Qué pretendía ese cachorro?, ¿Intimidarlo a él con ese intento de mirada glaciar?, por favor. Tenía tanto que aprender todavía. ─No tienes ni dos décadas de vida, tu experiencia no es ni siquiera una octava parte de la mía, eres un cachorro, crees que puedes hacer y deshacer a tu antojo y que todo te será sencillo, pero cuando te enfrentes con la realidad, verás que no todo es como tu supones.

─Sé que yo puedo, sé que soy capaz de…

─Eres mi hijo, y entiendo lo que está pasando por tu mente, sé que el poder que corre por tus venas es tan grande que es imposible de frenar, pero debes aprender a controlarte. ─mencionó con temple, pues se lo decía por experiencia. Trataba de comprenderlo, a su edad, Sesshōmaru había sido igual, o incluso peor, con una necesidad enorme de demostrar su fuerza, probar que su padre estaba equivocado y que el peor deshonor que puede cometer un individuo es la debilidad. Sí, sabía lo que se sentía, y precisamente por eso no quería que Yorumaru cometiera esos errores que él mismo vivido en su juventud, errores que por culpa de su desenfrenada impulsividad, estaba pagando hasta la fecha, y con creces.

─Padre, te lo pido, déjame quedarme contigo y pelear a tu lado.

─No, aún no estás listo, lo que debes hacer ahora es proteger a tus hermanos. Tu momento ya llegará. ─le aseguró con total certeza, pero él insistió.

─Padre…

─Suficiente Yorumaru, no me causes más dificultades ─le dio la espalda, girando hacia su escritorio ─Ahora retírate, está a punto de anochecer.

Frustrado y muy molesto, Yorumaru se fue del despacho dando grandes zancadas, pensando que su padre no lo entendía. Al irse el adolescente, el daiyōkai volvió a resoplar. Ese cachorro, su insensato cachorro. Lo exasperaba demasiado en ocasiones, ¿por qué rayos no simplemente confiaba en sus decisiones y obedecía sin más?, no, tenía que ir y cuestionarlo todo. Pero en fin, ya entendería tarde o temprano, debía hacerlo, pues siendo su sucesor, tenía la misión de crear un imperio aún más glorioso que el de Sesshōmaru. Y así sería, estaba seguro.


El anochecer había llegado finalmente, trayendo consigo un cielo oscuro y lúgubre gracias a la negra luna que esa noche, como cada treinta días, carecía de brillo. Una fecha relativamente difícil de sobrellevar para todos aquellos que tenían en su cuerpo la extraordinaria mezcla de sangre humana con sangre demoníaca.

Para ese momento, todos se encontraban sentados alrededor del largo y elegante comedor del palacio, cenando en silencio, cada uno haciéndole caso a sus respectivos pensamientos. Jaken y Saris habían salido hacía un par de horas, llevándose con ellos a Ah-Un y prometiendo volver lo más pronto posible con la semilla de la planta milenaria; pero mientras eso ocurriera, Inuyasha y Sesshōmaru debían resistir lo mejor posible los constantes pinchazos de intenso dolor que se presentaban con cada gaste de energía. Kagome intentó ayudarlos, pero cualquier ser de raza yōkai no podía ser purificado para aminorar las molestias, al menos no como lo estaba siendo Rin; ella aparentemente se sentía mejor, gracias a la sacerdotisa se había librado de las pesadillas y las alucinaciones horribles que le impedían estar tranquila, y aunque se mostraba más animada, su semblante seguía sin color.

No obstante, Inuyasha era quien peor la estaba pasando; la luna nueva lo había regresado a su condición humana, haciéndolo mucho más vulnerable al dolor que le provocaba el veneno del letal lirio rojo. Algunas veces incluso, sentía que el aire le faltaba, pero no quería decir nada, menos a Kagome.

Y Sesshōmaru, sentado como de costumbre en la cabecera, miraba a todos a su alrededor, tal cual era su costumbre en las reuniones a la mesa. Al hacerlo, endureció un poco su rostro. No podía evitarlo, a pesar de todos esos años, todavía le molestaba ver a sus hijos convertidos en humanos. Era cierto que sus prejuicios habían disminuido pero, aun así detestaba las noches de luna nueva, las detestaba mucho. Los cachorros se volvían frágiles, indefensos ante las amenazas, no sólo externas, sino también ante sus propios impulsos, y si ya de por sí los cachorros solían ser impetuosos, en su condición humana lo eran aún más.

Observó a cada uno por separado rápidamente. Yorumaru y Mayumi habían perdido sus maravillosas marcas de linaje, él las franjas purpúreas de sus mejillas y brazos, y ella la característica luna de su frente, todo para dar paso a una tez limpia, ligeramente más atezada que su usual piel de porcelana, sus orejas se redondearon y el cabello de ambos, antes de un blanco brillante, ahora se tornaba tan negro como el de Rin. Con Teishi pasaba algo muy similar, pues del mismo modo, su cabellera color plata, se oscureció hasta un tono azabache, y al igual que Yorumaru, sus ojos dorados se transformaron en marrones, iguales a los que su hermana y su madre ya tenían, lo curioso con el menor era que él no tenía ni una sola marca en su rostro y su piel ya era de un tono apiñonado, siendo así la evolución de sus encantadoras orejas caninas, a unas pequeñas y humanas, su cambio más radical. Estaba de más decir de que las garras, los colmillos y por supuesto, todos los sentidos de Inu yōkai, habían desaparecido por completo. Adiós olfato, adiós oído, adiós resistencia, fuerza, y adiós longevidad. Al menos por una noche.

A diferencia de los príncipes, los hijos de Inuyasha no parecían notar mucho el cambio, Sesshōmaru supuso que se debía a que esos chicos eran ya de por sí, más humanos que yōkai. Unmei fue quien más evolucionó a comparación de su pequeño hermano, su cabello de igual forma se volvió negro, y sus orejas perrunas, tal como las de Teishi e Inuyasha, se reformaron; eso fue todo, pues sus ojos ya eran pardos y su piel algo bronceada, igual que la de Taki. En él, lo único que se modificó fueron sus orbes dorados, sus pequeños colmillos y sus instintos perrunos, pues el chiquillo ya presentaba una apariencia humana sin necesidad de que se manifestara una luna nueva.

Definitivamente era bizarro ver esa escena. Sesshōmaru se encontraba rodeado de humanos, humanos que eran su familia, su descendencia, y lo que él consideraba más sagrado. Suspiró conservando su temple haciendo un gran esfuerzo, ¿quién hubiese imaginado que el palacio imperial del Oeste, antes jamás profanado por un pie humano, ahora se vería gobernado por ellos?, pero en fin, después de todo sólo era durante una noche. Y en una noche podían pasar miles de cosas.

No quiso pensar en la posibilidad de un ataque, no en ese momento, así que se concentró en la cena y en la pequeña plática que por fin habían comenzado Kagome y Rin, rompiendo así el tenso e incómodo ambiente que se había formado. La sacerdotisa sonreía un poco, parloteando anécdotas e historias de la aldea, siendo las más comunes las protagonizadas por Miroku, Sango y sus hijos. Ciertamente, a pesar de que a Rin y a sus hijos les divertía, a Sesshōmaru le tenía sin cuidado lo que el moje y la exterminadora hicieran o dejaran de hacer, nunca fueron humanos excepcionales para que llamaran su atención, pero entonces, cuando escuchó a la mujer de Inuyasha mencionar el nombre de un individuo en especial, no pudo evitar ponerse de mal humor.

─Oh por favor Kagome-sama, envíele mis saludos a Kohaku ─dijo Rin sonriendo con añoranza, recordando al que años atrás, en su adolescencia, había llegado a ser uno de sus mejores amigos. Cosa claro, que al daiyōkai le pareció totalmente innecesaria. ¡¿Qué tenía su mujer que andar mandándole saludos a ese insignificante humano?!. Resopló indignado y continuó ingiriendo sus alimentos sin querer seguir escuchando más sandeces.

Él creyó que nadie se había dado cuenta de su reacción pero Inuyasha no lo pudo ver más obvio. Internamente se burló de él, no podía creer que su arrogante hermano mayor siguiera sin superar los ridículos celos que había tenido contra Kohaku desde que se enteró, hacía años, de que el exterminador, al igual que él, se había enamorado de Rin y había tratado de conquistarla cuando todavía vivía en la aldea. Por supuesto que para ella, el hermano de Sango nunca fue más que un amigo, de lo contrario no quería imaginar lo que hubiese pasado, aun así era evidente que con sólo recordarlo o tocar el tema, al demonio blanco le hervía la sangre.

Así, después de cenar y de recuperar la serenidad luego de esa plática tan fuera de lugar, Sesshōmaru se levantó de la mesa y se dirigió a sus habitaciones a un paso más lento de lo normal sin decir ni una palabra más, ya había sido suficiente por ese día. Rin enseguida se levantó, se despidió de los demás, les dio un beso a sus hijos y siguió a su marido. Los chicos igualmente se retiraron, Kagome ayudó a un quejumbroso Inuyasha a ponerse de pie y también caminaron hacia su alcoba, ansiosos de que la noche transcurriera deprisa y al día siguiente todo mejorara aunque fuera un poco.


Dos sombras femeninas deambulaban entre la arboleda, viniendo desde muy lejos, caminando con extremo sigilo, sin pisar una sola rama y mezclándose con el follaje como si fuesen parte de la naturaleza misma.

─Éste es el lugar perfecto ─anunció la anciana deteniéndose precisamente detrás de una larga fila de árboles altos y matorrales frondosos. Ahí, justo desde donde estaban, a una distancia relativamente corta, se podía ver que delante de una serie de montañas bajas, se alzaba el imponente y gigantesco castillo del Oeste.

─¿Estás segura, Konoye?, estamos cerca del palacio de Sesshōmaru, seguramente tiene centinelas y guardias, no quiero que esto se eche a perder, te lo advierto. ─Yasura estaba nerviosa, no quería que algo, por más pequeño que fuese, arruinara lo que tantos y tantos años había estado esperando. Por fin podía ver tangible su venganza, ya podía saborearla.

─Cálmese mi Lady, la luna nueva hace que la noche sea aún más oscura, no nos verán ─le prometió la anciana, repitiéndole una vez más que no era necesario haber traído apoyo, que ellas dos podían llevar a cabo esa misión, pues más con individuos seguramente hubiera resultado sospechoso y conflictivo. Todo lo tenía calculado, no podía fallar. ─Además el veneno del lirio rojo fue todo un éxito, los sentidos de Lord Sesshōmaru y de su hermano han sido entorpecidos, no podrán olfatearnos sin hacer un doloroso esfuerzo, estamos a salvo, le aseguro que no podrán detectar nuestra presencia por ahora.

─¿Y las luces?, ¿No las verán desde aquí? ─cuestionó nuevamente la Tori yōkai, haciendo alusión al anzuelo que utilizarían.

─No mi Señora, ésta luminiscencia sólo puede ser vista por los humanos…O en este caso, hanyōs convertidos en humanos.

─Muy bien. Haz lo que tengas que hacer entonces.

La bruja sonrió con malignidad, encantada de poder actuar con libertad, pero sobretodo porque finalmente su pago le sería entregado. Así que, pronunciando unas palabras que sólo ella conocía, acompañadas por unos cuántos movimientos de manos, varias esferas de luz blanca comenzaron a emerger sobre el bosque, rodeando el palacio poco a poco, discretamente. Yasura alzó la cabeza al verlas elevarse, dejando que sus rizos dorados cayeran todos sobre su espalda, en su mente ya se imaginaba lo que pasaría. Satoshi continuaba atacando el reino del Sur, por lo que en ese momento tendría que arreglárselas sola, pero estaría preparada para cuando Sesshōmaru se presentara ante ella, porque si de algo estaba segura, era de que lo vería a la cara esa noche.


El adolescente se encontraba en su alcoba, recostado en su amplio futón, mirando al techo con expresión seria. Las palabras de su padre resonaban una y otra vez en su cabeza. Se sentía frustrado, molesto y hasta indignado por tener que marcharse del castillo a la mañana siguiente, en lugar de quedarse y pelear como él consideraba debía de hacer. No entendía el modo de pensar de su progenitor, pero lo respetaba y sobretodo, lo quería. Él le había dicho que el momento de demostrar su fortaleza llegaría, ¡¿pero hasta cuándo?!

Cerró los ojos, tratando de relajarse, pero de repente escuchó que alguien llamaba a su puerta.

─Soy yo, Yorumaru ─la voz de su hermana lo hizo incorporarse, quedando sentado en el camastro.

─Entra ─la princesa obedeció y deslizó silenciosamente la cancela para ingresar a las habitaciones de su hermano. Lo vio tenso desde la cena, había notado en sus ojos la impotencia dibujada, por eso decidió ir a verlo, tal vez si hablaba con él podían estar más tranquilos los dos.

Se acercó, tomó asiento en el borde del futón junto a él y le habló con cariño fraternal.

─Yoru, sé que estás molesto, pero ya escuchaste a padre, debemos ir con la abuela Irasue, no tenemos otra opción.

─No es justo

─Sí, es lo que Teishi no paró de repetir durante toda la cena… Pero es por nuestro bien.

─Yo debería quedarme, soy el mayor, el siguiente Lord del Oeste ─espetó volteando el rostro, hablando con un deje de desasosiego y mirándola a la cara, tratando de hacerle entender lo que para él era algo obvio.

─Ya lo sé, pero no podemos hacer nada por ahora, míranos, somos humanos ─le respondió sin alterarse, como su abuela le había enseñado. Ciertamente a Yorumaru le sorprendió un poco esa pasividad, además, le resultaba tan raro ver a su hermana sin la luna creciente de su frente.

─Sólo hasta mañana ─contestó él, tratando de calmar su ímpetu también.

─Sabes bien que aún no estamos preparados para una guerra así. Ni siquiera podríamos vencer al tío Inuyasha o a Kenshi, mucho menos a un enemigo tan poderoso… Además nuestra madre nos necesita.

─Por eso es que debo quedarme, Mayumi…debo hacer algo…quiero… ─paró de hablar y se puso de pie, dándole la espalda. En realidad no sabía exactamente lo que quería, se sentía un tanto perdido, sin saber hacia dónde ir o qué hacer.

─Tan sólo… haz caso de lo que padre nos dice, no hagas nada por evitarlo, ven con nosotros ─Mayumi se levantó de la cama también y colocó su delicada mano en el hombro del adolescente. ─Por favor, Yoru…es que, me siento más segura si estoy contigo… No le digas a Teishi, pero eres mi hermano favorito.

─Mayumi… ─él sonrió un poco, girando nuevamente encontrándose con los lindos ojos suplicantes de su hermana. De acuerdo, iría, lo haría por ella y por su madre. Doblegaría su necedad y orgullo y obedecería a su padre. Al saberlo, la niña lo abrazó y rio de felicidad, satisfecha de haberlo convencido. Yorumaru era frío, reservado y serio en el exterior, pero en fondo, sabía que su corazón era noble, justo como lo era su madre…y su padre, aunque no lo demostrara, y Mayumi como Rin, tenía el poder mágico de influir sobre él y atravesar su coraza.

Después de un momento, la princesa se separó y comenzó a decir lo mucho que le alegraba que hubiese cambiado de opinión, pero antes de pronunciar una palabra, Teishi entró de la nada a la habitación, abriendo la puerta de forma brusca y apresurada.

─¡Yorumaru, Mayumi, vengan rápido!, no creerán lo que hay afuera ─dijo el pequeño sin darle oportunidad al mayor de reclamarle algo. Sin más, ambos lo siguieron hasta su propia alcoba, donde Unmei y Taki también se encontraban.

─¿Qué sucede? ─dijo Yorumaru al ingresar en la desordenada recámara de su hermano. Vio alrededor, todos estaban de pie frente al enorme ventanal, e incluso el pequeño felino Riuky miraba con insistencia al exterior, como si percibiera que algo en el oscuro cielo no fuera normal.

─Miren ─Teishi señaló hacia arriba, a través del cristal ─Nunca había visto ese tipo de luces.

─¿Qué serán? ─preguntó Mayumi, identificando varias bolas resplandecientes sobresaliendo de las copas de algunos árboles. Era extraño, jamás había visto cosa igual.

─Son…hermosas ─Unmei se acercó más a la ventana y extendió una mano hasta tocar el vidrio, como si esas luminiscencias la hipnotizaran.

─Parece que están alrededor del palacio, ¿creen que tengan que ver con las aves de fuego? ─Teishi enseguida sacó conclusiones, aproximándose de igual forma a la vidriera. Riuky subió a su hombro y maulló.

─¡Vean, se están moviendo! ─exclamó Taki, pegando un brinquito.

Yorumaru a diferencia de los demás no quiso pegar su rostro al ventanal, se conformó con ver aquellos objetos resplandecientes desde su lugar. Juntó las cejas, tomando una decisión, no podía quedarse ahí quieto. Tal vez esa era su oportunidad.

─Iré a averiguar.

─¡Espera Yorumaru, voy contigo! ─gritó Teishi con un tono muy cargado de emoción y de inmediato hizo el ademán de seguir a su hermano, entusiasmadísimo de por fin ver algo de acción con sus propios ojos.

─¡¿Qué?!, ¡No, esperen!, ¿Qué tal si es una trampa como la que le pusieron a nuestros padres?

─Con mayor razón debemos investigar qué son esas cosas ─nuevamente Yorumaru miró a Mayumi con profundidad, advirtiéndole que ésta vez no habría nada que pudiera decirle para disuadirlo.

─No podemos salir del palacio, escucharon a nuestro padre. ─exclamó la princesa, utilizando el último recurso. No es que ella fuera cobarde, al contrario, era sumamente capaz de enfrentar sus miedos como pocas princesas lo harían, pero tenía un presentimiento nada bueno. Algo malo iba a pasar, no podía explicarlo, simplemente lo sabía.

─Mmmm estoy de acuerdo con Yoru ─Unmei, también la mayor, acabó decidiendo el asunto, alegando que sus padres se encontraban débiles como para molestarlos con algo que tal vez ni siquiera era de importancia. ─Vayamos.

─¡Si! ─Teishi gritó feliz, cerrando los puños y elevándolos al cielo, triunfante. Sin tardar, corrió a su ropero con urgencia y sacó la preciosa y fina daga de plata que su progenitor le había obsequiado el día de su cumpleaños. Moría por tener la oportunidad de utilizarla en un combate real, ya estaba harto de las espadas de madera y las peleas fingidas en las lecciones de esgrima.

─¿Y cómo se supone que saldremos sin que nos vean los guardias? ─Mayumi nuevamente interrumpió con un tono algo irónico, tratando de razonar la locura que estaban a punto de cometer, de impedir a toda costa el peligro que representaba salir de la seguridad del palacio, pero no contaba con que su hermanito menor tuviera un as bajo la manga.

─Conozco una forma ─el pequeño sonrió de medio lado, arrogante.

─¡No Teishi!, No me digas que les vas a enseñar a todos la salida secreta.

─No hay otra opción, Taki. ─se encogió de hombros, negando con la cabeza hacia su primo con una actitud resignada.

─¿Salida secreta? ─cuestionaron los demás al unísono, ¿de qué rayos estaban hablando esos dos?, ¿desde cuándo Teishi y Taki ocultaban ese secreto?.

─Oh vamos, ¿En serio creen que me pongo a estudiar las aburridísimas lecciones de historia en mis ratos libres? ─el niño los miró con obviedad, alzando una ceja, disfrutando de las muecas incrédulas, molestas y sorprendidas de los tres mayores. Qué ingenuos.

Se rió un poco y luego llamó a su mascota, para enseguida salir de su habitación de puntillas evitando hacer ruido, guiándolos a todos hacia el ala sur del palacio. Ahí, cuidándose en todo momento de los guardias, atravesaron un par de pasillos estrechos hasta llegar a ver unas antiguas escaleras de madera fina. Y justo debajo, cubierta por una cortina roja algo deshilachada, estaba una pequeña puerta del exacto tamaño como para que un demonio de la altura de Jaken cruzara. Teishi les dijo que había encontrado ese lugar por accidente hacía menos de un año, cuando su padre lo mandó a buscar un par de pergaminos. La puertecilla daba a uno de los jardines traseros del palacio que conectaba al bosque, lugar a donde el menor de los príncipes solía escapar cuando no quería asistir a sus clases. Ahora más valía que sus hermanos guardaran el secreto.


El joven yōkai Kirei inhaló una enorme bocanada de aire nocturno y miró a la penumbra del firmamento. Se encontraba en lo alto de una de las torres del palacio, su padre le había dicho que ya tenía la edad suficiente para que comenzara con su entrenamiento militar y lo antes posible pudiera dejar su trabajo de servidor del palacio para unirse al ejército del Oeste, y más ahora, que los enfrentamientos estaban a la orden del día. Esa noche, su tarea era fungir como centinela en el flanco sur del castillo.

Ciertamente tenía la cabeza y el corazón hechos una maraña, no hacía más que recapitular la conversación que había tenido con la señorita Unmei un par de días atrás. Le avergonzaba que alguien ya hubiera descubierto que sentía un cariño muy especial hacia la hija del amo Sesshōmaru, pero al mismo tiempo sentía una especie de exaltación, una pequeña esperanza de que tal vez, sólo tal vez, algún día pudiera expresar ese sentimiento, y si era afortunado, podría ser correspondido. Suspiró otra vez y sacudió la cabeza, lo mejor era no hacerse tantas ilusiones.

Ahora lo debía hacer era concentrarse en su trabajo, y así lo hizo. Observó los alrededores sin divisar nada fuera de lo común, quizá un olor muy sutil a ceniza fue lo único que le pareció sospechoso, pero pensó que se debía a la última batalla; de ahí, todo estaba aparentemente tranquilo. Hasta que a lo lejos vio algo muy extraño que de inmediato llamó su atención.

─¿Princesa Mayumi? ─se preguntó a sí mismo, alarmado, identificando entre la oscuridad la inconfundible figura de la chica, y no sólo la de ella sino la del resto de los cachorros, todos dirigiéndose sigilosamente hacia el boscaje ─No… No puede ser…

Ni siquiera se detuvo a pensarlo, Kirei bajó de inmediato de la torre y corrió al interior del palacio buscando a su padre, a quien encontró al otro extremo del lugar, a punto de salir a supervisar a los guardias de la entrada principal.

─¡Padre! ─gritó Kirei, derrapando al detenerse alcanzando a Kenshi. El aludido se frenó y miró a su hijo, preguntándose qué era lo que lo tenía tan alterado. ─¡Rápido, tenemos que ir con el amo!

─¿Qué ocurre, muchacho?, ¿Otro ataque?

─¡Son los príncipes, los vi afuera, se dirigen al bosque!

─¡¿Qué?! ¡¿Estás seguro?! ─Kenshi abrió mucho sus ojos, y sostuvo a Kirei por los hombros, sacudiéndolo, asegurándose de que estuviese hablando en serio.

─¡Sí, eran ellos, los hijos del señor Inuyasha también los acompañaban!

No dijo más, simplemente, tal y como había hecho el jovencito hacía unos instantes, Kenshi se fue como alma que lleva el diablo rumbo a las habitaciones del daiyōkai, sin percatarse que incluso Sora se encontraba cerca para escucharlo todo. La yōkai sintió un espasmo terrible al oír tal cosa y enseguida salió tras él con la misma urgencia. Tenían que informarle a su amo antes de que fuera demasiado tarde.


Sesshōmaru observaba a Rin desde su posición en el futón mientras ella, frente a su hermoso tocador, se cepillaba una y otra vez su larga cabellera con un cepillo de oro, lo hacía lentamente, como si quisiera retrasar todo antes de irse a dormir, como si tuviera miedo de cerrar los ojos y que esas agonizantes pesadillas volvieran a atormentarla a pesar de que Kagome le había asegurado que eso no pasaría.

El daiyōkai se levantó, resistiendo como todo aquel día las agudas punzadas que sentía en los músculos, y se aproximó a su mujer. La tomó de la mano, delicadamente le apartó un par de mechones de su angelical rostro y la jaló poco a poco hacia el acojinado camastro. La joven le sonrió con ternura y también se acercó.

─¡Amo Sesshōmaru! ¡Abra, mi Lord, pronto! ─los gritos desesperados de Kenshi y de Sora se escucharon en el pasillo, y después de tocar un par de veces, Sesshōmaru les dio la autorización de entrar a sus aposentos.

─¿Qué sucede? ─preguntó un tanto molesto de haber sido interrumpido en un momento de intimidad con su joven señora.

─¡Los príncipes! ─exclamó Sora, con una increíble voz de angustia ─¡No están en el castillo!

─¿Cómo…cómo dicen? ─esa frase paralizó a Rin, quien se llevó una mano al pecho sintiendo que el oxígeno no le era suficiente, su corazón latió fuerte, un nudo doloroso se formó en su garganta y sintió lágrimas de terror acumularse en sus ojos. ¡No era cierto!, ¡Era otra pesadilla, estaba segura!, ¡Tenía que serlo!

─Kirei los vio dirigirse al bosque ─dijo Kenshi completando la información, viendo cómo la estoica e imperturbable expresión de su Lord se descomponía en una extraña mezcla de desconcierto, incredulidad, preocupación y ¿miedo?.

Sesshōmaru actuó en automático, ni siquiera se colocó de vuelta su armadura, simplemente tomó a Bakusaiga, a Tenseiga, le ordenó a Rin que permaneciera con Sora y corrió hacia la salida del palacio antes de que su esposa pudiera protestar, de que pudiera expresarle la increíble desesperación que se estaba apoderando de ella. El daiyōkai se fue sin importarle nada más, ni siquiera el tangible dolor que sentía con cada movimiento. Su único propósito era traer a sus cachorros de vuelta.


─¿Te sientes mejor, Inuyasha? ─preguntó Kagome, acomodándole la almohada, preparándose para dormir también.

─¡Feh! Esto no es nada Kagome, he soportado peores dolores antes ─le respondió él con mala cara, fastidiado, harto de sentirse débil y frágil en su estado humano, y más aun estando envenenado. Mierda. Pero lo que decía era verdad, Inuyasha ya había pasado por pesares mucho más fuertes que un simple dolor físico, el haber perdido a Kagome durante tres años, por ejemplo.

─Inuyasha… ¿ves eso? ─Kagome lo sacó de sus pensamientos. La vio levantarse del futón ligeramente y ver por la ventana. ─Qué extraño, son luces… pero…

El hanyō también se incorporó y miró hacia donde su esposa estaba apuntando. En efecto, varias grandes esferas blancas flotaban sobre las copas de los árboles, todas realizando ligeros movimientos hipnóticos.

─¡Kagome-sama! ─Rin entró de repente acompañada de Sora, asustándolos al abrir la cancela. La sacerdotisa la vio, la jovencita estaba hecha un mar de lágrimas, al principio creyó que las pesadillas habían vuelto, pero la realidad fue mucho peor.

─¡Rin-chan, Sora, ¿qué…?!

─Los cachorros, fueron vistos entrando al bosque ─dijo Sora, pues Rin ya no podía hablar, estaba destrozada.

─¡¿Qué?!, ¡Cómo es posible!, ¡¿En qué momento salieron del palacio?! ─ahora fue el turno para Kagome sentir su alma cayendo a sus pies y su corazón encogiéndose. ¿Acaso esas luces tenían algo que ver en eso?

─¡Carajo! ─Inuyasha de inmediato se levantó completamente de la cama, y a pesar de que las piernas le temblaban, se vistió con velocidad impresionante, tomó a Tessaiga y salió a toda prisa para alcanzar a Sesshōmaru y a Kenshi, pues Sora le informó que ambos habían salido rumbo al bosque hacía apenas unos minutos.

Rin y Kagome también quisieron ir, incluso la sacerdotisa ya estaba alistando su arco lleno de flechas sagradas, pero la anciana yōkai se los impidió; de por sí ya era un riesgo que el señor Inuyasha partiera, pues en su condición no podría hacer mucho, aunque con lo testarudo y decidido que era no habían podido detenerlo, pero a ellas definitivamente no les permitiría poner un pie fuera del palacio, era demasiado peligroso, y ya eran suficientes con las desgracias que estaban sucediendo. Además estaba segura que los cachorros regresarían, sus padres no dejarían que algo malo les ocurriera. Todo iba a estar bien, o al menos eso les decía para consolar a las dos preocupadas mujeres que tenía a su cargo. Suspiró intranquila, realmente eso esperaba.


La oscuridad se incrementaba a cada paso que daban, las veredas del bosque daban la impresión de hacerse cada vez más estrechas, parecía que ninguno había perdido sus magníficos sentidos de Inu yōkai a pesar de la luna nueva, pues podían concentrarse perfectamente en los sonidos tétricos de las ramas y hojas secas crujiendo bajo sus pies y el aroma a tierra mojada inundando sus alrededores.

─Alto, debemos regresar, ya no se ve nada ─dijo Mayumi, aferrada a una manga de la yukata de Yorumaru, caminando muy pegada a él. Trató de detenerse, pues ciertamente habían dejado de ver las esferas de luz varios metros atrás, ya no tenía caso continuar, lo mejor era volver, pero el joven hanyō seguía avanzando, liderando al grupo con la cabeza en alto.

─No, hay que seguir un poco más ¿verdad, hermano? ─mencionó Teishi, adelantándose un poco, llevando a Riuky en su hombro derecho. Por supuesto que no quería parar, si hubiese sido por él, seguiría y seguiría adentrándose en el bosque hasta el amanecer.

─Yoru, por favor… ─volvió a insistir la princesa. Ese mal presentimiento continuaba ahí, poniendo en alerta todos sus sentidos. Debían irse, y pronto.

─Mayumi, yo te voy a proteger pase lo que pase, a todos, lo prometo. ─le aseguró el mayor al verla tan nerviosa, sin dudarlo la tomó de la mano y continuó su andar. Por instinto se llevó su otra mano hacia su obi, ahí descansaba una delgada pero filosa alabarda que su padre, al igual que a sus hermanos, le había obsequiado cuando fue su décimo aniversario; siempre solía portarla consigo desde aquel día cada vez que salía del palacio, y por alguna razón sospechaba que estaba a punto de utilizarla en una batalla real.

De ésta forma, los cinco cachorros continuaron durante unos minutos más, sin saber qué era exactamente lo que buscaban. Las copas de los árboles se movían de un lado a otro junto al viento y veían uno que otro animalito nocturno cruzar rápidamente por su camino. En ese momento, algo sucedió, un escalofrío los recorrió a todos y cada uno de ellos, haciendo que su sentido común por fin reaccionara. Todos se detuvieron, Riuky bajó del hombro del Teishi y transformó su tierna apariencia en la de un felino fiero, erizando su negro pelaje.

─Vaya, vaya, vaya, miren qué tenemos aquí ─se escuchó una aterciopelada voz femenina ─Cinco humanos jóvenes vagando solos en una noche de luna nueva.

Frente a ellos aparecieron dos mujeres de entre las tinieblas del bosque, una anciana horrenda, con piel putrefacta y cabello gris enmarañado, y una hermosa demoniza joven, de ojos color rubí y cabello rubios y rizados. Les impresionó el contraste que lograban una junto a la otra, pero a pesar de eso, se percataron de que ambas lucían sonrisas malignas, perversas como pocas.

─¿Quiénes son ustedes y qué es lo que están haciendo en el bosque del Oeste? ─Yorumaru preguntó sin dejarse intimidar, sin temor de ver a esas yōkais a los ojos.

─Hmmph… Humano insolente ─Yasura exclamó, mirándolos con superioridad. Este simple gesto indignó sobremanera al pequeño Teishi, quien al igual que su hermano dio un paso al frente.

─Ja, ¿Acaso no saben con quiénes están tratando? ─espetó con arrogancia ─Este es el territorio de nuestro padre.

─¿Su padre eh?, Así que ustedes son los hijos del Gran Lord Sesshōmaru, los tres Príncipes hanyōs del Oeste ─los miró de arriba abajo y se burló ─No me impresionan en lo absoluto.

─Ustedes no pertenecen a estas tierras, márchense ahora ─respondió el adolescente firmemente, sin pasar por alto la manera despectiva en la que esa mujer pronunció la palabra hanyōs.

─Vaya que éstos chiquillos son audaces, ¿no le parece, Lady Yasura? ─Konoye, contrario a la Tori yōkai, se asombró de manera genuina por el carácter y agallas tan grandes de ese chiquillo. Mira que hablarle de esa forma, sin amedrentarse, a un ser que podría matarlo en ese preciso segundo… Sin duda alguna era hijo de Lord Sesshōmaru.

─Se atreven a darme órdenes a mí, la monarca del Norte… y muy pronto del Oeste también.

Fue ahí cuando lo entendieron. Ella era la famosa Lady Yasura, la persona que le tenía tanto odio y resentimiento al Inu daiyōkai. Por fin la conocían, por fin tenían cara cara a quien era la causante de todo el daño a sus padres. En todos, sin excepción comenzó a surgir una inmensa rabia que gracias a su estado humano, pudieron plasmar perfectamente de una u otra forma.

─¿Usted es quien ha provocado todo esto? ─preguntó Taki en un modo golpeado, brusco, tal como Inuyasha, colocándose delante de Unmei, mirando a Yasura de pies a cabeza.

─No me digan ─ella casi se rió ─Ustedes dos deben ser hijos del tal Inuyasha, ¿no es verdad?, el hijo bastardo de Inu no Taishō.

─¡¿Cómo se atreve a llamar a mi padre de esa forma?! ─Unmei no lo resistió y le escupió en la cara. Enrojeciendo de puro coraje al escucharla.

─¡¿Cómo se atreven ustedes a levantarme la voz a mí?! ─la demoniza explotó, mirándolos a los cinco con desprecio absoluto, gritándoles palabras tan hirientes y humillantes que, estuvo segura, quebraron sus espíritus ─No tienen derecho alguno a dirigirme la palabra, no son dignos siquiera de verme a los ojos, de estar en mí presencia. No son más que criaturas denigrantes…todos y cada uno de ustedes. Su asquerosa sangre impura los condena a transformarse en seres débiles e inferiores. Son una abominación, una vergüenza para toda la raza yōkai.

Quedaron helados al terminar de digerir aquellas palabras, pues éstas habían penetrado sus almas, quedándose grabadas en sus mentes para siempre. Si bien, sabían que muchos hanyōs eran discriminados y que incluso el propio Inuyasha había sufrido ese tipo de rechazo; ellos jamás, jamás habían sido rebajados de esa manera tan cruel, nunca nadie les había hablado o mirado así, con tanto asco y repugnancia, mucho menos a los príncipes. No tenían idea de cómo lidiar con eso, pues la indignación, la cólera y la amargura se mezclaban en su interior de forma dolorosa y peligrosa.

─Lárguense ─dijo Yorumaru gravemente, mirándola con ojos fríos y mortíferos, sintiendo que su hermana apretaba más su mano.

Inesperadamente, Yasura sintió un escalofrío interno, pues por un segundo le pareció ver al mismísimo Sesshōmaru reflejado en los orbes de su hijo mayor, lo que alimentó su resentimiento de manera considerable. Rápida y discretamente se recuperó.

─Primero le haré un favor al mundo y lo libraré de criaturas tan nefastas como ustedes ─mencionó y giró su cuerpo hacia la bruja ─Adelante Konoye, éste es el pago por tus servicios, puedes disponer de ellos como te venga en gana, lo prometido es deuda.

─Gracias mi Lady.

Konoye sonrió, llena de una satisfacción malsana, relamiéndose los labios al pensar en esas cinco jóvenes y poderosas almas que pronto les arrancaría a esos chiquillos para poder absorberlas enteras. Le brindarían vida, vida eterna. Entonces sin pensarlo más, comenzó a pronunciar palabras extrañas, unas que los cachorros nunca habían escuchado; pero lo que más los desconcertó, fue ver a la horrible anciana poner sus ojos en blanco para que después, varios largos tentáculos de humo brotaran de sus raquíticos brazos.

Los chicos corrieron de inmediato, tratando de escapar cuando se dieron cuenta de que el humo se dirigía hacia ellos. Yorumaru desenvainó su espada e intentó atacar a la bruja pero Yasura lo desarmó con un simple golpe, argumentando que un simple humano débil e inexperto no podría jamás derrotar a alguien como ella, aunque no pudo evitar sorprenderse al ver al muchacho levantarse nuevamente y continuar atacando. Todos intentaban defenderse lo mejor que podían, poner en práctica lo que con sus padres habían aprendido, pero era inútil, era prácticamente imposible luchar contra aquella intangible neblina gris, sin mencionar que sin garras, sin colmillos y sin la fuerza de un yōkai, no podían hacer gran cosa. Teishi era quien se movía más rápido, corría de un lado para otro, escudándose con Riuky; el fiel gato lo defendía de forma admirable, atacando y rugiendo contra todo aquel que se le acercara a su dueño, pero nada fue suficiente, pues de un momento a otro, el felino fue paralizado, justo como todos los demás. En un instante, los cinco cachorros se vieron atrapados entre los tentáculos de humo, sintiéndolos tal y como si fuesen sogas las que los sujetaban.

Yasura se divertía de lo lindo, disfrutando cada caída, cada grito de dolor provocado en los cachorros de Sesshōmaru, le era grato verlos retorciéndose con desesperación entre los brazos nebulosos de Konoye, pero bueno, sería considerada y les provocaría una muerte rápida y dolorosa, estaba siendo generosa, pues sería rápida al fin y al cabo.

Pensándolo bien, quiso hacerlos sufrir un poco más antes de matarlos, pero precisamente cuando comenzaba a desenvainar una larga y fina espada dorada, vio un largo látigo brillante azotar contra tierra, justo a un lado de donde se encontraba parada.

─Padre… ─musitó Yorumaru al verlo, identificando de inmediato el ataque.

Sesshōmaru, el general Kenshi e incluso Inuyasha habían llegado, guiados por los gritos, el aroma y supuestamente unas esferas de luz que únicamente el hanyō decía poder ver. El daiyōkai gruñó al llegar y ver esa escena; Konoye y Yasura estaban ahí, la primera parecía estar en un trance, conjurando algún hechizo que tenía paralizados a los cachorros envolviéndolos en un amarre de neblina; y la Tori yōkai, ahí, sonriendo estúpidamente como si ya hubiese ganado. Maldita miserable.

─¡Taki, Unmei! ─gritó Inuyasha, igualmente furioso de ver a sus hijos en la misma situación, y sin importarle que el veneno que traía en las venas, le quemara los huesos, atacó con toda la energía que le quedaba. ─¡Asquerosa bruja, libera a mis cachorros ahora mismo!

Yasura se exasperó al escucharlo, no quiso perder el tiempo ante alguien tan débil, y no hizo más que atestarle un buen golpe que lo mando directo contra un roble, su cabeza rebotó contra la tierra y lo dejó consciente.

─¡No, papá! ─gritó Unmei, luchando con todas sus fuerzas por liberarse. Ver a su padre ser vencido tan rápido, aún en su condición humana, era algo a lo que no estaba para nada acostumbrada.

─¡Suéltame, déjame en paz! ─Teishi golpeaba, pateaba, mordía, arañaba, se retorcía, pero todo era vano, no entendía cómo era posible que el humo, algo incorpóreo, pudiera retenerlo con tal fuerza. ─¡Riuky! ─gritó asustado al ver a su mascota ser azotado fuertemente contra el suelo, haciéndolo recobrar su pequeña e indefensa figura minina.

Sesshōmaru peleaba con fiereza, aumentando cada vez más su rabia al ver que nada de lo que hacía daba el resultado esperado. Aunque no lo quisiera admitir, el tóxico debilitador del lirio rojo, sí estaba causándole efecto, sus ataques eran más lentos, menos precisos, y su visión se nublaba por segundos. Intentó empuñar a Bakusaiga, pero la espada no le respondía, como si ésta se diera cuenta de que su portador no tenía la suficiente fuerza. Kenshi de igual forma combatía, pero ni así fue suficiente para poder doblegar a la poderosa ave de fuego del Norte, quien sin compasión, le clavó la katana al general en el hombro derecho.

─Yasura, escoria. ─escupió, apretando tanto la mandíbula, que sus colmillos rechinaron. Si no fuera por ese estúpido envenenamiento, esa infeliz ya hubiese sido atravesada por el filo de su acero más de una vez

─Nos veremos pronto, Sesshōmaru ─dijo Yasura con voz cantarina, antes de liberar todo su poder y transformarse en un gigantesco fénix escarlata ─Por ahora, es mejor que te despidas de tus miserables vástagos, no los volverás a ver con vida… Tu mujer será la siguiente.

Al terminar de revelar su verdadera forma de yōkai, Yasura extendió sus alas, sujetó de los hombros a Konoye con sus garras y se elevó junto con ella y los cachorros, aún atrapados en los tentáculos de humo, hacia cielo.

─¡Padre! ─escuchó a Mayumi llamarlo desesperadamente. No podía permitir que le arrebataran a sus hijos, ¡No podía!.

Sin dudarlo, Sesshōmaru comenzó a liberar poder en un doloroso intento por evolucionar también en su imponente verdadera forma, sus ojos enrojecieron y sus garras se alargaron, pero a pesar de que sintió su rostro afilarse en las facciones caninas, algo pasó que le impidió llevar a cabo la metamorfosis. El pecho le dolía como nunca, como si le estuviesen clavando mil espadas, ocasionando que su respiración se entrecortara y sus piernas flaquearan. ¿No podía transformarse?. Gruñó aún más fuerte. Entendió que había utilizado demasiada energía y por eso su cuerpo lo había resentido.

─No ─musitó con impotencia, pues ni siquiera era capaz de elevar su cuerpo normalmente. Alzó la cabeza al cielo, Yasura volaba rápidamente, desapareciendo en segundos entre la negrura de la noche. Llevándose a sus hijos con ella.

En ese momento a Sesshōmaru no le importó el dolor o desfallecer ante él, e intentó transformarse de nueva cuenta. Él iría por los cachorros costara lo que costara. Su vida incluso. Y justo unos segundos antes de que lograra su cometido, vio a un par de soldados corriendo agitadamente hacia su dirección.

─¡Lord Sesshōmaru, están atacando el palacio! ─gritaban ─¡Lady Rin y la señora Kagome se encuentran ahí!

Se quedó inmóvil un momento al entender. Tu mujer será la siguiente, resonó en su cabeza.

FIN DEL CAPÍTULO IX


Y una vez más nos quedamos en suspenso. ¿Qué creen que suceda?, yo la verdad me quedé picada, pero no podía escribir más, no quiero arruinarles la historia. Mejor díganme, ¿cómo vamos?, ¿les gustó el capítulo?, a mí me pareció que estuvo aceptable después de desaparecer por tantos meses, ¿o no?. Por cierto, dato curioso, el lirio rojo sí existe, o al menos fue inspirado en una planta real llamada Estramonio, la cual es terriblemente venenosa, así que si la ven, ¡corran!.

Mil disculpas en verdad, pero es que han pasado tantas cosas en mi vida, que no sabía qué era lo que menos tenía, si tiempo o inspiración. Para empezar, déjenme contarles que por fin me gradué, ahora son Lic. en Administración de empresas, ¡Viva!, por supuesto me enorgullece, pero luego de un par de meses de salir de la universidad, entré en pánico, algo relativamente normal (?), ya saben, quería hacer muchas cosas, no sabía cómo empezar, si me iban a dar trabajo, si realmente me gustaría, etc, etc, etc, hasta que por fin hace poco pude estabilizarme, de repente me dan mis bajones y me pongo algo loca XD, pero el escribir me ha ayudado mucho. Ustedes y sus lindos comentarios son los que realmente me hacen sentir mejor conmigo misma. Gracias, muchas gracias en verdad.

Por eso mismo, y para compensarlos un poco por mi larga ausencia, he decidido hacer una pequeña dinámica ahora que la historia ya está lo suficientemente avanzada y ya se tienen las personalidades de los personajes (creo yo), bien definidas; así que díganme, ¿quién es su cachorro favorito y por qué?, ¿Yorumaru, Mayumi o Teishi?, háganmelo saber en los comentarios y no olviden contarme lo que opinan del fic por supuesto.

El cachorro que reciba más votos, tendrá un Drabble particular que será publicado el día sábado 22 de julio como parte de mi colección de relatos cortos e independientes "Inudrabbles", la cual pueden encontrar en mi perfil (los invito a leerlas también :D). Así que ya saben, tienen justo un mes para votar a su cachorro favorito.

Ahora sí, me despido con la promesa de no abandonar ésta historia, quizá me tarde en volver a actualizar, pero como en cada capítulo que actualizo, les reitero que seguiré aquí hasta ver publicado el final con todo y epílogo, así que no se asusten o desanimen si me desparezco otra vez de repente, yo siempre vuelvo jaja… tarde o temprano. A propósito, estamos ya en la recta final, calculo que serán unos 12 o 13 capítulos en total, así que estoy por cumplir la meta.

Muchísimas gracias otra vez por su apoyo, son geniales.

Hasta la próxima, y no olviden votar y revisar los Inudrabbles el 22 de julio. ;)

P.D. Saludos a mi fiel seguidora Yvania Castro Zaapata. ¡Espero que te guste mucho amiga!