Capítulo 9
-¿Al río?
-Sí.
-¿Alexis ha tirado a su niñera al río?
-Fue sin que…
-Calla –le advirtió su padre antes de dirigirse hacia su acompañante -. Te agradezco que la hayas traído a casa, pero ahora deberías irte. Tengo que hablar muy seriamente con mi hija.
-No –rogó la niña -. No te vayas, quédate.
-Cielo, vendré otro…
-¿Por qué no puedes seguir siendo mi niñera? ¿Por qué no se va ella y te quedas tú? –suplicó, enfadada. Richard suspiró.
-Alexis, Kate es ahora tu niñera. Si es que quiere quedarse después de que la tirases al río –añadió, exasperado.
-Suena a refrán –comentó Ryan, que estaba allí apoyado en el sofá, junto a su mujer y su hija.
-En realidad en el refrán se tira al río a una put…
-¡Martha! –Jenny y Richard la hicieron callar. La mujer se encogió de hombros.
-Quiero que vuelvas –Alexis seguía suplicando –Si no te hubieras acostado con papá no te habrías ido.
-¡Pero bueno! Alexis, entre Gina y yo no ha habido sexo.
-Sí, Richard, sí ha habido sexo, no le mientas a tu hija. Pero sólo fue una vez –aclaró.
-Vale, de acuerdo, ha habido sexo, pero…
-¿Soy la única que piensa que se está repitiendo mucho la palabra sexo delante de una niña? –comentó Martha.
-Dos niñas –añadió Jenny, señalando a su hija, que dormía en el cochecito.
-Dios, esto es de locos –se lamentó Richard -. Estábamos hablando de la niñera y el río.
-Quizás alguien debería ir a buscarla… estará desorientada –observó Ryan.
-¡Vaya por fin alguien que se preocupa por mí!
Todos se volvieron hacia la puerta, donde una Katherine Beckett muy cabreada y un Josh tranquilo entraban. A esto deben sumarle que la primera iba cubierta con ropa de chico que le quedaba tres tallas más grandes y además temblaba de arriba abajo. La imagen hubiera sido cómica sino fuera porqué Kate había estado a punto de ahogarse en el Sena. La ex-inspectora lo pensaba y se reía para sí misma, con una risa histérica. Ahogada en París por una niña de ocho años. Un estupendo titular. Un magnifico final para una vida deprimente. Pero ahí estaba, viva.
Kate y Josh habían pasado la última hora hablando con policías, que prácticamente se habían desentendido del tema, de hecho ella juraría haber entendido un "esta mujer está loca", pero con su francés… quien sabe. Al final, rendida, había decidido aceptar su destino y soportar la ira del jefe. Pero resulta que la niña no sólo no estaba perdida, sino que estaba allí, tan tranquila. Genial.
-Kate –Richard se acercó, dubitativo -. Lamento mucho lo…
-¿Me disculpa un minuto mientras ahogo a su hija en la bañera? –Lo cortó.
-Sí, claro…
-¡Papá!
-¿Qué? No, digo, claro que no. Kate, por favor, cálmese.
-¿Qué me calme? Su hija no sólo me tira al Sena, sino que además, decide irse, para darme el susto de mi vida y mientras me paso una hora discutiendo con policías y buscándola, con esta horrible ropa y muerta de frío, resulta que la señorita está aquí, tan tranquila tomándose un… ¿eso es un chocolate caliente?
-Sí –replicó ella.
-Trae eso –se lanzó hacia ella. Ryan se apresuró a sujetarla. Richard alzó las manos, en señal de paz.
-Por favor, vamos a calmarnos y a portarnos como adultos…
-Kate, deberías tranquilizarte…
-Eso es, hágale caso a… ¿y tú quién eres?
-Josh, encantado.
-… un placer –dijo con sequedad.
-Creo que aquí empezamos a ser muchos… -murmuró Ryan. Josh los miró, incómodo y se volvió hacia Kate.
-Bueno, será mejor que me vaya… aquí tienes mi teléfono… llámame si necesitas algo, ¿vale?
-Vale… -Le sonrió, más calmada -. Gracias por todo.
-No hay de qué.
-Ryan, acompáñalo a la puerta –Richard parecía mucho más serio ahora. El chófer se acercó, pero Josh negó alzando una mano y se volvió. Kate se dirigió a su jefe, indignada.
-Ha sido muy grosero.
-Él sobraba aquí.
-¿Cómo la rubia?
-La rubia se llama Gina y es mi niñera –replicó Alexis.
-Era tu niñera –le contestó -. Tu niñera ahora soy yo. Desgraciadamente.
-Nadie te obliga a quedarte –replicó.
-¡Estoy deseando irme!
-¡Pues lárgate!
-¡BASTA YA!
Se hizo el silencio ante el grito de Richard. La niña apretó los dientes; Kate se enfrentó a él. El escritor tomó aire y se volvió hacia su hija.
-Alexis, pídele disculpas a Kate. Ahora.
-¡No!
-Alexis…
-Ella habló de mamá –la acusó -. No quiero que hable de mamá. ¡Nunca!
Richard parpadeó un par de veces, pero insistió:
-Esa no es excusa –dijo, serio -. Pídele disculpas.
-¡No quiero! –Y se fue corriendo arriba. Martha se apresuró a seguirla, para evitarle tropiezos. Gina cogió su chaqueta y dirigiéndole una mirada fría a Kate se despidió:
-Será mejor que yo me vaya también… avísame si necesitas algo, Rick.
-Sí… gracias por traerla a casa.
-No fue nada –Tras dirigirle otra mirada mortal a Kate, se marchó.
Jenny carraspeó y haciéndole una señal a su marido cogió el carrito y también se fueron. Kate suspiró:
-Esto no va funcionar. Su hija me odia. Yo no voy a poder vigilarla si va a salir corriendo a cada minuto.
-Meredith es un tema delicado para ella –respondió, con cansancio.
-¿Meredith? –repitió.
-Mi mujer –aclaró. Se dirigió a la cocina y calentó una taza de café, a la que agregó unas gotas de vainilla. Se la tendió. Kate se sorprendió de que su jefe hubiera notado como le gustaba el café, pero no dijo nada. Se sentó en el sofá, junto a él: -Está en coma. No hay esperanzas para ella pero… no soy capaz de desconectarla. Aún espero un milagro.
-¿Desde cuándo? –preguntó, con la boca seca.
-Eso no importa –respondió, triste -. Alexis la echa mucho de menos. La llevo al hospital una vez a la semana… pero de poco le sirve. Su madre no puede hablarle y ella no puede verla. Así que…
-Por eso la niña es tan arisca –suspiró.
-Mi hija no es mala. Sólo extraña a su madre. Extraña los colores… echa de menos poder ver. Su color favorito es el celeste, ¿sabe? Y odia el rosa. Antes toda su habitación estaba decorada de celeste. Las paredes, los cojines… una butaca en la que su madre le leía cuentos… Lamentó que la haya tirado al río –le dijo, con sinceridad -. Hablaré con ella, la castigaré. Sólo intento que comprenda porqué se comporta así.
-Lo entiendo –murmuró -. Yo también perdí a mi madre…
-¿Qué ocurrió? –Ella negó, levantándose.
-Necesito una ducha… estoy helada.
-Tómese el tiempo que quiera –repuso -. Gracias por quedarse, Kate, sé que no se lo estamos poniendo fácil.
-De nada.
Kate subió las escaleras en silencio y se dirigió a su dormitorio. Por el camino hoyó los sollozos entrecortados de Alexis y las palabras tiernas de Martha. Se le encogió el corazón al pensar en aquella niña con una madre en coma. Aquello debía ser peor que saber que estaba muerta. Kate al menos había podido llorar su muerte y había tenido tiempo para sanar las heridas. Había aceptado que nunca volvería. Pero debía ser horrible esperar un milagro que jamás llegaría. Al pasar por la puerta de la pequeña se lamentó ante el triste beige que recubría las paredes. Martha alzó la mirada y le sonrió tristemente, sin dejar de acunar a la pequeña. Kate quiso decir algo, pero cualquier cosa hubiera sido menos de lo que esa criatura necesitaba, así que continuó hasta su habitación. Dejó a un lado la ropa y se metió en la ducha, cerrando los ojos. Nada la alivió.
Richard colocó el cuenco con sopa caliente en la bandeja y la mousse de chocolate al lado. Dejó también unas pastillas para el resfriado y tras asegurarse de que lo tenía todo, subió lentamente las escaleras. La había oído toser durante toda la tarde y no había bajado a cenar. Alexis tampoco, pero Martha ya se había ocupado de ella. La niña dormía. Richard se había quedado un rato viéndola dormir, la había arropado en voz baja le había pedido perdón por no poder darle el consuelo que necesitaba. Pero era incapaz. Desde su egoísmo era incapaz de dar a su mujer y a su hija el descanso que ambas merecían. Y por ello cada semana iba a verla, rodeada de cables y con una máquina respirando por ella. Si sólo tuviera el valor de firmar un papel. Pero era demasiado cobarde. Jamás podría tomar esa decisión.
-¿Puedo pasar? –preguntó con voz ronca.
Kate, desde la cama miró hacia la puerta, sorprendida. –Pase.
Su jefe entró con una bandeja en las manos, que dejó con delicadeza sobre sus rodillas. Ella le preguntó con la mirada. Él se encogió de hombros, incómodo: -No ha bajado a cenar y… noto que está resfriada… la sopa está caliente.
-Gracias –se limitó a decir. Luego señaló la mousse: -No tengo mucha hambre… ¿la quiere?
-Claro –respondió, entusiasmado antes de meterse una cucharada bien llena en la boca. Se relamió como un niño, Kate notó. Se sorprendió a sí misma sonriendo antes de que le diera un nuevo ataque de tos. Bebió un trago de agua.
-Se va a coger un buen constipado –observó, antes de desconcertarla completamente al ponerle la mano en la frente. –No, no parece que tenga fiebre…
-Eso es bueno –respondió, sin saber que hacer. Richard debió notar su incomodidad porque enseguida se alejó.
-Bueno… cene y descanse… Alexis ya está acostada.
-Bien… gracias por la cena.
-De nada.
Se volvió, pero entonces añadió: -Sabe, sigo sin entender como pudo Alexis romper la barandilla del puente…
-La policía dice que fue el peso de los candados –se encogió de hombros.
-Los candados… espera ¿fue en el puente de los candados?
-Sí, ese que está entre el Louvre y la isla…
-Ya… bueno… buenas noches.
Se marchó, deprisa e ignorando a Martha cogió su abrigo y salió. Hacía frío y la humedad le calaba hasta los huesos, pero daba igual. Pasó por delante de turistas, esquivó a las parejas enamoradas, a los que aprovechaban las últimas horas para sacar a sus perros. Corrió siguiendo el cauce del río, atravesando la isla, hasta que al fin llegó, al puente. Allí estaba la barandilla rota que había sido cubierta con un trozo de madera. Temblando, asustado, atravesó el puente y se agachó, buscando, suplicante. Hasta que lo encontró. Allí estaba. Pequeño, frío, un poco oxidado, pero aún se entendían bien las letras.
M&R
5-8-04
Y al final del todo, añadido dos años después, una pequeña A.
-Gracias –susurró.
