Capitulo 8:
Kagome descendió las escaleras hasta llegar al vestíbulo. La luz que entraba por los altos ventanales era débil y grisácea, señal de que el sol estaba oculto por las nubes.
Se detuvo un momento en el centro del vestíbulo, observando la puerta y recordando las palabras de Inuyasha.
"Puedes irte a casa si quieres. No te lo impediré. Sobreviviste a la noche donde deberías haber muerto. Ya no tienes nada que hacer aquí."
¿Qué no tenía nada que hacer allí? ¿Eso pensaba? Ella se quedaría para ayudarlo a recuperar la antigua vida que había tenido como un ser humano. Y si con el tiempo no se enamoraba de ella, se marcharía, dejándolo tranquilo para siempre. No volvería nunca a buscarlo.
"¡Márchate!"
¿Qué se marchara? No, no pensaba hacer eso. Había mucho que descubrir en aquel lugar, y por ello no quería irse. Tampoco deseaba volver a su hogar, donde su padre debía de haber perdido ya los estribos y la estaría buscando con desesperación, a la espera de encontrarla viva o muerta, y si tenía la suerte de hallarla en el primer estado, con la ilusión de poder casarla con aquel viejo lord.
Suspiró desganada y miró una vez más la puerta. Había muchas razones para permanecer allí, demasiadas.
Aun así se encaminó hacia la puerta y la empujó levemente. Creyó que estaría cerrada como el día anterior, cuando había intentado huir, pero pasa su asombro, esta se abrió unos centímetros, dejando entrar un viento helado. Empujó un poco más, y pronto pudo salir al exterior.
Hacía mucho frío y el cielo estaba cubierto de nubes de nieve. Kagome bajó con lentitud los cuatro escalones de piedra, y pronto sus pies tocaron la fría nieve amontonada en el suelo. Era la misma imagen devastadora del día en que había llegado salvo que ahora, a la luz del día, no parecía tan terrible.
Los árboles sin hojas ya no creaban siniestras siluetas sobre la nieve, sino que parecían simples flores marchitas. Morían de frío. ¿Es que nadie los cuidaba?
A lo lejos, al final de lo que habría sido un camino de tierra en primavera, estaba la verja oxidada, alzándose imponente en medio de la blancura. Sintió deseos de ir hasta ella y salir de aquel endemoniado terreno, pero pronto se desvanecieron. No. Aquel lugar no estaba endemoniado, estaba lleno de magia, misterios y sorpresas.
Se dio la vuelta y volvió a subir los escalones, entrando al castillo y cerrando la puerta de madera tras ella, con algo de dificultad. Cuando lo hizo, notó el calor del vestíbulo, aunque todavía sentía frío.
Una silueta masculina descendió entonces las escaleras, dirigiéndose hacia ella. Kagome lo miró por unos segundos, con la esperanza de que fuera Inuyasha, pero sus ilusiones se rompieron al darse cuenta de que era Miroku.
-Buenos días, señorita. ¿Os encontráis bien?-preguntó el joven con una reverencia, sonriendo ampliamente.
-He estado mejor, créame-respondió Kagome, con una leve sonrisa.
-No digáis eso-exclamó Miroku-. Ni que fuera tan terrible estar en un lugar como este.
-Claro-replicó Kagome con cinismo-. ¿Qué tal os encontráis?-preguntó entonces con seriedad y preocupación-. Ayer tuvisteis una caída por las escaleras que me pareció grave, y os golpeasteis la cabeza.
-Estoy bien, señorita. Solo fue un leve golpe. Créame que he vivido situaciones peores, sobre todo cuando los caballos enloquecen, o cuando Sango se pone celosa-en sus ojos apareció un brillo especial al nombrar a la joven. En su voz había cierto tono de humor, pero también de realidad. Luego replicó con seriedad-: Muchas gracias por preocuparse, señorita.
-No debe agradecer por algo así-respondió ella, sonriendo-. Y no me llames señorita, deja las formalidades. Soy simplemente Kagome.
-Está bien, Kagome. Entonces, yo soy simplemente Miroku.
-Muy bien-la joven lo miró unos segundos, soltó una carcajada y luego sonrió-. Creo que saldré a pasear por el bosque que hay al otro lado de las caballerizas.
-Entonces deberías abrigarte, ya que hace bastante frío. Espérame aquí, vuelvo en un momento-con esas palabras comenzó a subir las escaleras.
Kagome lo ignoró y golpeó la pared, justo donde Inuyasha había depositado varios golpes el día en que la llevó a montar. No creía que, en medio de un bosque, fuera a hacer tanto frío, así que recorrió el pasillo con seguridad y algo de miedo, pues seguía odiando a las arañas que correteaban por el techo.
Cuando estuvo entre los caballos, se fijó en que la puerta que conducía al bosque estaba abierta. Recordó que cuando había ido con Inuyasha esta había estado cerrada, pero no sospechó nada extraño. Se limitó a admirar los caballos que se encontraban allí, comiendo y durmiendo.
Hubo uno que le llamó la atención especialmente. Era blanco como la nieve, con una crin larga y sedosa, y unos profundos ojos negros. El animal también la miraba a ella con curiosidad.
Kagome se acercó al caballoy le acarició la crin. Era muy suave, y al caballo pareció gustarle, ya que relinchó con placer y se dejó acariciar.
-Eres precioso-exclamó Kagome mientras le rascaba el hocico.
El caballo relinchó de nuevo, y fue a acostarse a su lecho de hierba y paja.
Kagome sonrió y se volvió para admirar a los demás ejemplares. Eran todos preciosos. Había uno completamente de color marrón, otro del mismo color, pero con manchas blancas… En fin, al menos una decena de caballos de diversos colores.
Caminó hacia la puerta y salió al exterior. El viento helado que antes corría en la entrada del castillo parecía haber desaparecido. Al no tener tanto frío, decidió que saldría a pasear. Ya lo había pensado, pero no sabía con certeza si lo haría.
Recorrió la extensión de nieve que separaba las caballerizas del bosque, hasta llegar junto a los primeros árboles. Acarició la rugosa corteza de uno. La nieve se amontonaba en sus raíces y en las ramas superiores, despojadas de sus hojas.
Kagome comenzó a adentrarse poco a poco en el bosque. El paisaje no era terrorífico, sino más bien hermoso. Una vista preciosa del invierno, relajante y al mismo tiempo misteriosa. Estaba tan perdida en la belleza del ambiente y su imaginación que no se dio cuenta de que se alejaba más y más de la extensión que la llevaría de vuelta al castillo.
Escuchó a lo lejos el aullido de un lobo y la recorrió un escalofrío. ¿Habría lobos cerca de ella? ¿Y si la rodeaban, como la noche en la que Inuyasha la había encontrado?
Con temor, inició una dificultosa carrera en busca del castillo. Corrió y corrió durante mucho tiempo, pero no fue capaz de encontrar el camino de regreso. Aun más asustada, se dio cuenta de que se había perdido. ¡Estúpida! No debería haberse alejado tanto sin conocer el terreno.
Se sentó llorando entre las raíces de un árbol. El vestido azul marino que llevaba estaba empapado a causa de la nieve sobre la que había caminado, y pronto sintió frío. Cuando miró hacia el cielo, se dio cuenta de que comenzaba a nevar.
Se acurrucó contra el árbol abrazándose las rodillas. Probablemente nadie la encontraría en aquel lugar, ni siquiera se molestarían en buscarla. Inuyasha creería que se había ido a su casa, y los demás pensarían lo mismo.
Pero aun así no debía rendirse. No debía quedarse allí, tenía que seguir adelante, tenía que levantarse…
Durante horas esperó y esperó, mientras la nieve se amontonaba a sus pies y se mezclaba con su cabello. Sus ropas estaban empapadas, estaba fría como el hielo y muy débil. Tenía hambre.
Ya no aguantaría mucho más, se dijo. Había llegado su fin.
Apenas notó las lágrimas que le recorrían la mejilla, y un sollozo reprimido se escapó de sus labios. Había tenido la esperanza de que él apareciera, pero no, no la buscaría.
-¡Kagome!-escuchó que la llamaban en la distancia.
Un leve brillo de esperanza iluminó sus ojos y una leve sonrisa apareció en sus labios. Quiso gritar, pero apenas podía susurrar nada. Le temblaban los labios, y la palidez de su rostro era extrema.
-¡Kagome!-volvió a escuchar.
Reconoció a Inuyasha como el emisor de los gritos, además de captar la preocupación en su voz. Cada vez estaba más cerca, tanto que pudo notar como alguien se acercaba apartando las ramas de los árboles.
Con dificultad se movió unos centímetros en la nieve, para que cualquiera que pasara por allí pudiera ver al menos sus piernas, y saber con ello que alguien estaba junto al árbol.
-¡Kagome!-la voz de Inuyasha sonó como una dulce melodía.
-Inuyasha…-murmuró, y luego cayó desmayada.
Inuyasha cogió a Kagome entre sus brazos y comenzó a caminar a través del bosque nevado. Los copos blancos todavía chocaban contra sus cabezas, y pronto habría una terrible tormenta.
Notó la frialdad del cuerpo de Kagome, y a su vez, la palidez de su rostro y la falta de vida en sus labios. Se maldijo a sí mismo por haberla incitado a que huyera, aunque Sango le hubiera dicho que solo había salido a pasear. Al ver que tardaba mucho en regresar, había salido a buscarla. Y hubiera sido mejor que saliera antes en su busca, así la habría encontrado todavía consciente.
-Vamos Kagome, no puedes hacerme esto ahora…-murmuró exasperado mientras recorría el bosque.
Conocía aquel terreno como la palma de su mano, así que no le resultó difícil hallar la forma de regresar al castillo. Pronto estuvo en las caballerizas, y tras recorrer el pasillo, se encontró en el amplio vestíbulo, donde Sango y Miroku lo esperaban preocupados.
-¿Qué le ha pasado?-preguntó Miroku en cuanto lo vio aparecer con la joven en brazos
-Se ha desmayado a causa del frío. Al parecer estuvo demasiado tiempo expuesta a la nieve tras haberse perdido.
-¡Maldita sea! ¡Le pedí que esperara para poder darle algo con lo que abrigarse!-exclamó Miroku enfurecido.
-¡Oh, dios mío!-gimió Sango acercándose a la chica-. ¡Está helada! Todo es culpa mía. Yo el dije que saliera a pasear, si no hubiera dicho nada…
-Nadie tiene la culpa-la cortó Inuyasha-. Nadie salvo yo.
Miró a la joven que tenía entre sus brazos por un momento, suspiro pesadamente y miró a sus amigos con la tristeza reflejada en sus ojos dorados.
-Sango, Miroku, necesito vuestra ayuda. La llevaré a mi habitación. Necesito varias colchas con las que darle calor y, si es posible, una bolsa de agua caliente. Probablemente le subirá la temperatura. Y ropa limpia y seca.
No tuvo que decir nada más, ya que sus amigos salieron disparados en direcciones contrapuestas. Él se limitó a subir las escaleras con la chica entre sus brazos, y recorrió el largo camino hasta llegar a su dormitorio.
Una vez que hubo entrado cerró la puerta con el pie y se acercó a la cama, donde depositó a Kagome con suavidad. Lentamente le fue quitando el empapado vestido y la cubrió con las mantas de la cama. Sango entró de repente. En una mano traía ropa limpia, y en la otra varias mantas.
-Déjame que la cambie para que pueda entrar en calor.
-Adelante.
Sango le puso el camisón a Kagome bajo la atenta mirada de los ojos de Inuyasha. Estaba muy preocupado por la chica que yacía en su lecho. Una vez que Sango hubo terminado de vestirla, inmediatamente se encargó de cubrir a Kagome con varias mantas y acomodarla cómodamente en la cama.
-Estaré abajo, por si me necesitas. Miroku subirá en seguida con el agua caliente-dijo Sango, y luego se retiró de la habitación.
Inuyasha se quedó pensativo observando a la mujer que estaba en la cama. En cuestión de dos días su vida había dado un gran giro. Ahora volvía a sentir viejas sensaciones que creía olvidadas. Preocupación, nerviosismo, y sobre todo miedo. Sí, miedo a perder a aquella joven que lo estaba cambiando.
¿Y si ella era capaz de romper la maldición? No, él no quería arriesgarse a eso, pues no quería volver a sufrir tanto como había sufrido con Kikyo. Pero Kagome era tan diferente a ella…
Suspiró resignado. Por el momento lo que más le importaba era que la joven abriera sus ojos y volviera a observarlo con el brillo de su dulce mirar. No podría tranquilizarse hasta verla despertar.
Se sentó en una silla junto a la cama y acarició la fría piel de la mano de Kagome. No, se dijo, no quería arriesgarse a perderla. Estaba seguro de que, si ella hubiera decidido marcharse, él la habría perseguido hasta encontrarla y llevarla de vuelta. No entendía por qué, pero sentía que si se desprendía de aquella mujer moriría de dolor.
Tal vez no era tan malo lo que estaba sintiendo. Podría volver a enamorarse, así se rompería el hechizo, y… ¿Y que? ¿Qué le deparaba aquel incierto futuro?
Fuera cual fuera su destino, esperaba con todo su corazón que Kagome tuviera un importante papel en él. Quería creer que ella sería imprescindible. No, no lo creía: lo sabía.
Continuara…
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