QUIERO HACER UNA PEQUEÑA ACLARACION.. ESTA HISTORIA ESTA BASADA EN UNA OBRA ORIGINAL DE NORA ROBERTS. YO SOLAMENTE LA ESTOY ADAPTANDO CON OTROS PERSONAJES NADA MAS NO HAY NADA FUERA DE LUGAR..

ALGUNOS DE LOS PERSONAJES PERTENECEN A STEPHANIE MEYER Y LOS DEMAS A NORA ROBERTS AL IGUAL QUE LA HISTORIA

Capitulo 9

Salieron para el aeropuerto a primera hora de la tarde. Andy ocupaba el volante, con Alice a su lado y las madres de ambos en el asiento trasero. La furgoneta iba abarrotada de maletas.

A pesar de las tres semanas que había pasado ayudando a su madre a preparar el traslado, una nube de incredulidad aún se cernía sobre Alice. Varias cajas se habían enviado ya a California, y la casa en la que había crecido se había puesto en venta.

Cuando por fin se vendió, Alice comprendió que sus últimos vínculos con la infancia desaparecían con ella. Era lo mejor, se dijo mientras oía charlar a Carol y a su madre en la parte de atrás. Todo lo que necesitaba cabría en la habitación extra de la academia. Sería lo más conveniente para ella y, sin duda, también lo más conveniente para su madre.

Observó un avión que descendía hacia tierra, y supo que casi habían llegado. Sus pensamientos parecieron alejarse con el avión.

Desde el día en que Mae había anunciado sus planes, Alice no había funcionado a plena capacidad. Demasiadas emociones habían salido a la superficie aquel día. Había intentado oprimirlas hasta sentirse capaz de enfrentarse a ellas racionalmente, pero eran demasiado poderosas. Volvían, una y otra vez, para atormentar sus sueños, o, peor aún, para sorprenderla con la guardia baja en mitad de una clase o de una conversación. Se había propuesto no pensar en Jasper, pero lo había hecho: una vez cuando Mónica mencionó casualmente su nombre; de nuevo cuando Rosalie introdujo subrepticiamente el gatito en la academia; y así en innumerables ocasiones, siempre que algo le recordaba a él.

Era extraño que ya no pudiera entrar en una habitación donde Jasper hubiese estado sin relacionarla con él. Incluso su propio estudio le recordaba a Jasper.

Una vez aplacada la sorpresa inicial, Alice había explorado la aventura de estar enamorada. No hacía que la cabeza le diese vueltas, como afirmaban algunos, pero sí hacía estar menos atenta a las cosas cotidianas. No había perdido el apetito, pero le costaba trabajo conciliar el sueño. No caminaba sobre nubes, pero a veces se encontraba a sí misma esperando que estallara una tormenta.

No era el hecho en sí de estar enamorada lo que dictaba sus reacciones, sino la persona de la que había elegido enamorarse.

«Elegido», repitió Alice en silencio, sin prestar atención mientras Andy se abría paso a través del tráfico del aeropuerto. «De haber podido elegir, me habría enamorado de alguien que me adorase, de alguien que pensara que soy perfecta y que dedicase su vida a hacer de la mía una utopía»

En la ventanilla se reflejó el fantasma de su sonrisa.

«Oh, no, no habrías elegido a tal persona», se corrigió. «Me habría aburrido mortalmente al cabo de una semana. Jasper es perfecto para mí. Es totalmente dueño de sí mismo, muy sereno, aunque sensible. El problema es que se trata de un hombre caracterizado por evitar los compromisos... salvo en lo que respecta a Rosalie»

Alice suspiró y acarició su reflejo con la yema del dedo.

«Y hay otro problema. Estamos totalmente enfrentados en algo que es muy importante

para ambos. ¿Cómo podemos acércanos más el uno al otro cuando nos separa semejante barrera?»

La voz de Andy trajo a Alice de vuelta a la realidad. Desorientada, ella miró a su alrededor para ver que ya había aparcado y que los demás salían del coche. Rápidamente, Alice se apeó y trató de retomar el hilo de la conversación.

—... Dado que ya tenemos los billetes y un coche esperándonos en el aeropuerto de Los Ángeles —concluyó Carol mientras sacaba una maleta y una bolsa grande de la furgoneta.

—Tendréis que facturar todo este equipaje le recordó Andy, cargando fácilmente con dos maletas y echándose una bolsa al hombro—. Cierra el maletero, ¿quieres, Alice? —pidió ausentemente. Alice solo llevaba encima su bolso y una bolsa de aseo.

—Claro.

Carol guió a Mae mientras Alice cerraba el maletero. El viento ahuecaba el dobladillo de su abrigo. Alzando los ojos, inspeccionó el cielo.

—Empezará a nevar esta misma noche.

— Y vosotras estaréis probándoos los bañadores nuevos —gruñó Alice afablemente mientras hacía avanzar a las dos mujeres. El aire era cortante y le producía escozor en las mejillas.

Una vez dentro de la terminal, no faltó la confusión de última hora con los billetes, tarjetas de embarque. Tras facturar el equipaje, Andy hizo una lista verbal detallada de las cosas que su madre debía y no debía hacer.

-Guarda los resguardos de los billetes en la cartera.

-Sí, Andy.

Alice captó el brillo de los ojos de Carol pero Andy permaneció ceñudo.

-Y no olvides telefonear cuando lleguéis a los Ángeles.

-No, Andy.

-Tendrás que atrasar el reloj tres horas.

- Así lo haré, Andy.

-Y no hables con desconocidos.

Carol titubeó.

-Define «desconocidos» —pidió.

-Mamá —el ceño de Andy se convirtió en una sonrisa. Envolvió a su madre en un aplastante abrazo.

Alice se giró hacia su madre. Deseaba acabar cuanto antes, sin tensiones. No obstante cuando se miraron la una a la otra, Alice olvidó el sencillo discurso de despedida que había previsto. Volvía a ser una niña, y las palabras afluían atropelladamente a su cerebro en lugar de intentar seleccionarlas, rodeó con los brazos el cuello de su madre.

—Te quiero —susurró, cerrando los ojos fuertemente contra las lágrimas—. Sé feliz, por favor, por favor, sé feliz.

—Alice —dijo su madre con un suave suspiro. Al cabo de un momento, Mae se retiró. Tenían la misma estatura y sus ojos quedaron al mismo nivel. Era extraño, pero Alice no podía acordarse de la última vez que su madre la había mirado con una concentración tan total. No a la bailarina, sino a su hija.

— Te quiero, Alice. Puede que haya cometido errores —Mae suspiró, sincerándose —Pero siempre he deseado lo mejor para ti. O, al menos, lo que yo consideraba que era lo mejor. Quiero que sepas que estoy orgullosa de ti.

Los ojos de Alice se ensancharon, pero su garganta se cerró bloqueando toda respuesta Mae le besó las mejillas y luego, tomando la bolsa de aseo de sus manos, se giró para despedirse de Andy.

—Voy a echarte mucho de menos —dijo Carol a Alice con un rápido y enérgico abrazo—. Que no se te escape ese hombre — le susurró en el oído—. La vida es demasiado corta.

Antes de que Alice pudiese responder, Carol ya le había dado dos besos de despedida y traspuso la puerta de embarque con Mae.

Cuando hubieron desaparecido, Alice se volvió hacia Andy. Las lágrimas humedecían sus pestañas, aunque consiguió impedir que resbalasen por sus mejillas.

-¿He de sentirme como una huérfana?

Él sonrió y la rodeó con un brazo.

-No lo sé, pero yo ya me siento huérfano.

-¿Te apetece un café?

Alice se sorbió la nariz y negó con la cabeza.

Un helado —dijo convencida—. Un helado grande con fruta y crema, porque debemos celebrarlo por ellas —tomó el brazo y se alejaron de la puerta de embarque.

-Yo invito.

La previsión meteorológica de Carol fue acertada. Una hora antes del crepúsculo, la nieve empezó a caer. Lo anunciaron las alumnas de la tarde de Alice al llegar a la academia.

En compañía de sus alumnas, Alice permaneció varios segundos delante de la puerta viendo nevar.

Siempre había algo mágico en la primera nevada se dijo. Era como una promesa. A mediados del invierno, la nieve provocaría quejas y gruñidos, pero en aquel momento, tan fresca, blanca y suave, solo sugería sueños.

Alice prosiguió con la clase, pero su mente se negó a concentrarse. Pensó en su madre aterrizando en el aeropuerto de Los Ángeles. Allí aún sería primera hora de la tarde, y luciría el sol. Pensó en los niños de Cliffside, que pronto sacarían los trineos de los desvanes, los armarios y los cobertizos, preparándose para los paseos del día siguiente. Pensó en dar un largo y solitario paseo por la playa nevada.

Pensó en Jasper.

Durante el descanso, mientras sus alumnas se cambiaban las zapatillas para la clase de pointe, Alice se acercó de nuevo a la puerta. Se había levantado viento, y la nieve le azotó la cara. Ya había una capa de varios centímetros en el suelo, y seguía nevando con intensidad. A ese ritmo, calculó Alice, habrían caído unos buenos 30 centímetros antes de que finalizara la clase. Demasiado arriesgado, decidió, y cerró la puerta.

—Hoy no habrá clase de pointe, señoritas — frotándose los brazos para restablecer la circulación, volvió a la habitación—. ¿Alguna tiene que llamar a su casa?

Fue una suerte que la mayoría de las alumnas avanzadas de Alice fuesen a la academia en su propio coche o en el coche de alguna compañera. Pronto se hicieron los arreglos necesarios para que las más jóvenes fuesen enviadas a sus casas y, después de la confusión de rigor, la academia se quedó vacía. Lindsay respiró hondo y se giró hacia Mónica y Rosalie.

— Gracias. El éxodo habría llevado el doble de tiempo si no me hubierais ayudado —miró directamente a Rosalie—. ¿Has llamado a Jasper?

— Sí. Ya tenía pensado quedarme en casa de Mónica esta noche, pero le telefoneé para recordárselo.

— Bien —Alice se sentó y empezó a ponerse unos pantalones de pana sobre las mallas y los calentadores—. Me temo que la nevada se convertirá en una fuerte ventisca dentro de una hora o así. Para entonces quiero estar en casa delante de una taza de chocolate caliente.

—Me gusta cómo suena eso —Mónica se abrochó la cremallera del anorak y se subió la capucha.

—Pareces preparada para todo —comentó Alice. Estaba guardando cuidadosamente las zapatillas de ballet en una bolsa—. ¿Y tú? — preguntó a Rosalie mientras esta se calaba un gorro de esquí, tapándose las orejas—. ¿Estás lista?

Rosalie asintió y se unió a ambas mujeres mientras caminaban hacia la puerta.

—¿Cree que tendremos un horario normal de clases mañana, señorita Dunne?

Alice abrió la puerta, y las tres sintieron la acometida del viento. La nieve húmeda voló hacia sus caras.

—Qué dedicación —musitó Mónica, agachando la cabeza para avanzar trabajosamente hacia los aparcamientos.

Siguiendo un acuerdo tácito, procedieron a apartar la nieve del coche de Mónica utilizando un cepillo que Alice se había llevado del estudio. En poco rato, el coche quedó desenterrado. No obstante, antes de que pudieran volverse para hacer lo propio con el de Alice, Mónica emitió un largo gruñido. Señaló la rueda delantera izquierda.

—Desinflada —dijo desanimada—. Andy me dijo que tenía un pequeño escape. Me advirtió que me acordara de llenarla. Maldición —dio una patada al neumático culpable.

—Bueno, ya te castigaremos más tarde — decidió Alice. Se guardó las manos en los bolsillos, esperando que sus dedos entraran en calor—. Ahora, te llevaré a casa.

— ¡Oh, pero Alice! —Los ojos de Mónica parecían angustiados—. Tendrás que hacer un desvío muy grande.

Alice se lo pensó un momento, y luego asintió.

—Tienes razón —dijo enérgicamente—. Supongo que tendrás que cambiar esa rueda.

Hasta mañana —echándose el cepillo al hombro, empezó a caminar hacia su coche.

— ¡Alice! — Mónica agarró a Rosalie de la mano, y las dos corrieron hacia la figura que se alejaba. En mitad del camino, Mónica tomó un puñado de nieve y, entre risas, lo lanzó hacia el gorro de Alice. Su puntería fue perfecta.

Alice se volvió, impertérrita.

—¿Queréis que os lleve? —La expresión de Rosalie hizo que prorrumpiera en risas —Pobrecilla, había creído que hablaba en serio. Vamos —entregó a Mónica el cepillo — Pongamos manos a la obra antes de que quedemos sepultadas.

En menos de cinco minutos, Rosalie se hallaba apretujada entre Alice y Mónica en la parte delantera del coche. La nieve revoloteaba en el exterior del parabrisas y bailoteaba en los haces de los faros.

— Vamos allá —dijo Alice, y respiró hondo mientras ponía el coche en primera.

—Una vez nos cayó una tormenta de nieve en Alemania —Rosalie intentó encogerse para no molestar a Alice mientras esta conducía—. Tuvimos que viajar a caballo y, cuando llegamos al pueblo, quedamos aislados por la nieve durante tres días. Dormíamos en el suelo, alrededor de un fuego.

—¿Te sabes algún otro cuento? —inquirió

Mónica, cerrando los ojos contra la intensa nevada.

—También hubo una avalancha —aseguró Rosalie.

—Estupendo.

—Aquí hace años que no tenemos una — terció Alice mientras avanzaba despacio y cautelosamente.

—Me pregunto cuándo saldrán los quitanieves — Mónica miró ceñuda la calle, y luego a Alice.

— Ya habrán salido; es difícil verlos. Estarán ocupados toda la noche —Alice cambió de marcha, sin despegar los ojos de la carretera—. Mira a ver si ya funciona la calefacción. Se me están congelando los pies.

Rosalie encendió la calefacción obedientemente. De la rendija brotó un chorro de aire frío.

— Creo que todavía no está —aventuró Rosalie, apagándola de nuevo.

Por el rabillo del ojo, Alice captó su sonrisa.

—Te muestras muy valiente porque te las has visto con avalanchas.

— Llevaba botas de montaña —confesó Rosalie.

Mónica agitó los dedos de los pies dentro de sus finos mocasines.

—Es una listilla —dijo desenfadadamente—. Pero se le perdona por ese aire inocente. Fijaos —señaló hacia arriba, a la derecha—. Se ven las luces de la casa del acantilado a través de la nieve.

El impulso fue irresistible; Alice alzó la mirada. El tenue resplandor de la luz artificial brillaba a través del manto de nieve. Sintió casi como si se viera atraída hacia ella. El coche patinó en respuesta a su descuido.

Mónica cerró los ojos de nuevo, pero Rosalie empezó a charlotear, sin preocuparse.

—Tío Jasper está trabajando en los planos de un proyecto. Se construirá en Nueva Zelanda y es precioso, aunque de momento solo son dibujos. Seguro que será fabuloso.

Cuidadosamente, Alice dobló la esquina en dirección a la casa de Mónica.

—Me figuro que estará muy ocupado estos días.

—Se encierra en su despacho durante horas —afirmó Rosalie. Luego se inclinó para probar de nuevo la calefacción. Esta vez, el aire salía tibio—. ¿No os encanta el invierno? —preguntó animadamente. Mónica emitió un gemido y Alice se echó a reír.

— Es una listilla —convino — No me habría dado cuenta si no me lo hubieras dicho.

— Yo tampoco lo detecté enseguida —le dijo Mónica. Estaba empezando a respirar con un poco más de calma mientras recorría lentamente la manzana hacia su casa. Cuando se detuvieron en el camino de entrada, dejó escapar un suspiro de alivio—. ¡Gracias a Dios!

Se removió en el asiento, aplastando a Rosalie al inclinarse hacia Alice. Rosalie descubrió que le gustaba aquella amigable incomodidad.

— Quédate a pasar la noche, Alice. Las carreteras están fatal.

Alice se encogió de hombros.

— Aún no están tan mal —la calefacción zumbaba ahora agradablemente, y se sentía calentita y confiada—. Estaré en casa dentro de un cuarto de hora.

—Me morderé las uñas de preocupación, Alice.

—Santo cielo, no quiero cargar con eso en mi conciencia. Te llamaré en cuanto llegue a casa.

Mónica suspiró, reconociendo su derrota.

—En cuanto llegues —ordenó severamente.

—Ni siquiera me pararé a sacudirme la nieve de los zapatos.

—Está bien —Mónica se apeó del coche y permaneció bajo la espesa nevada mientras Rosalie la seguía—. Ten cuidado.

—Lo tendré. Buenas noches, Rosalie.

—Buenas noches, Alice —Rosalie se mordió el labio al reparar en el desliz que acababa de cometer, pero Mónica ya estaba cerrando la portezuela.

Nadie se había dado cuenta. Rosalie sonrió mientras observaba cómo los faros de Alice retrocedían.

Alice reculó lentamente para salir del camino de entrada y enfiló la carretera. Puso la radio para llenar el vacío dejado por Mónica y Rosalie. Las carreteras, como dijo Mónica, estaban fatal. Aunque los limpiaparabrisas funcionaban al máximo, apenas proporcionaban unos escasos segundos de visión antes de que el cristal quedara cubierto de nuevo. Alice tenía que valerse de toda su concentración y su pericia para evitar que el coche patinara.

Era una buena conductora y conocía muy bien aquellas carreteras; sin embargo, sentía un pequeño nudo de tensión en la base del cuello.

A Alice no le importaba. Algunas personas funcionaban mejor bajo presión, y se tenía por una de dichas personas.

Reflexionó un momento sobre sus motivos para rechazar la invitación de Mónica. Encontraría su casa vacía, oscura y silenciosa. La negativa había sido automática, y ahora empezaba a arrepentirse. No deseaba darle vueltas a la cabeza ni estar sola. Estaba cansada de pensar.

Por un momento, dudó entre seguir adelante o volver. Antes de que pudiera tomar una decisión firme, una forma grande y negra apareció como un rayo en la carretera, delante de ella. El cerebro de Alice apenas tuvo tiempo de registrar que se trataba de un perro. Torció bruscamente el volante para evitar una colisión.

Una vez que el patinazo hubo comenzado, perdió el control. Mientras el coche daba vueltas, despidiendo nieve con las ruedas, Alice perdió el sentido de la dirección. Solo veía a su alrededor un borrón blanco. Firmemente, dominó su pánico y resistió el impulso de pisar el freno. El miedo que se había formado en su garganta no tuvo tiempo de salir a la superficie. Todo sucedió muy deprisa.

El coche chocó con algo duro y se detuvo con brusquedad. Alice sintió una ráfaga de dolor y oyó cómo la música de la radio se convertía en estática; luego, solo hubo silencio y oscuridad...

Alice gimió y se agitó. Un pífano y una procesión de tambores desfilaban dentro de su cabeza. Lentamente, y porque sabía que tendría que hacerlo tarde o temprano, abrió los ojos.

Los contornos flotaban borrosos a su alrededor, y luego se aclararon. Jasper la miraba con el ceño fruncido. Alice sintió sus dedos en el lado de la cabeza donde se concentraba el dolor. Tragó saliva al notarse la garganta seca, pero su voz seguía ronca cuando habló.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Él enarcó una ceja. Sin hablar, le alzó los párpados uno por uno y estudió sus pupilas cuidadosamente.

—No sabía que eras una perfecta idiota — las palabras brotaron de sus labios con calma. En su estado de aturdimiento, Alice no percibió su deje de ira. Hizo ademán de incorporarse, pero él le puso una mano en el hombro para impedírselo.

De momento, Alice permaneció tumbada sin protestar. Descubrió que se hallaba en el sofá de la sala de Jasper. La chimenea estaba encendida; podía oír el crepitar del fuego y captar el olor del humo. Las llamas proyectaban sombras en la habitación iluminada únicamente por dos lamparillas de porcelana. Tenía un almohadón con bordados debajo de la cabeza, y el abrigo aún abotonado.

Alice se concentró en cada detalle y cada sensación hasta que su mente volvió a estar en condiciones.

— El perro —dijo, acordándose bruscamente—. ¿Atropellé al perro?

—¿Qué perro? —la impaciencia de la voz de Jasper era evidente, pero ella insistió.

—El perro que saltó delante del coche. Creo que lo esquivé, pero no estoy segura...

—¿Estás diciendo que te estrellaste contra un árbol para no atropellar a un perro?

De haber estado en posesión de todas sus facultades, Alice habría reconocido el peligro implícito en aquel tono gélido. Sin embargo, alzó la mano cautelosamente para tocarse la dolorida sien.

—¿Choqué con un árbol? Me siento como si hubiese chocado con un bosque entero.

— No te muevas —ordenó Jasper, y luego salió a grandes zancadas de la habitación.

Con cautela, Alice convenció a su cuerpo para que adoptara una posición sentada. Su visión seguía siendo clara, pero la sien le latía horriblemente. Recostando de nuevo la cabeza en el almohadón, cerró los ojos. Como bailarina, estaba acostumbrada a aguantar el dolor.

Una serie de preguntas empezaron a tomar forma en su mente. Alice dejó que se disolvieran y se reagruparan hasta que Jasper regresó a la sala.

—Te dije que no te movieras. -Ella abrió los ojos y le dirigió una sonrisa lánguida.

—Estoy mejor sentada, de verdad —aceptó el vaso y las pastillas que Jasper le ofrecía—. ¿Qué son?

—Aspirinas —musitó él—. Tómatelas.

Ella frunció el ceño al oír su orden, pero el dolor de cabeza la persuadió para que se rindiera con dignidad. Jasper observó cómo tragaba las aspirinas antes de cruzar la habitación para servir una copa de coñac.

—¿Por qué diablos no te quedaste en casa de Mónica?

Alice se encogió de hombros, y luego se apoyó nuevamente en el almohadón.

—Eso mismo me estaba preguntando cuando el perro apareció en la carretera.

—Y frenaste, en mitad de una tormenta de nieve, para no atropellarlo —el disgusto del tono de Jasper era manifiesto. Alice abrió un ojo para observar su espalda, y luego volvió a cerrarlo.

—No, di un volantazo. Aunque supongo que equivale a lo mismo. Lo hice sin pensar. En cualquier caso, creo que no lo atropellé y me he lastimado poco, así que no ha pasado nada.

— ¿Que no ha pasado nada? —Jasper se detuvo en el acto de darle una copa de coñac. El tono de sus palabras hizo que Alice abriera los ojos — ¿Tienes idea de lo que podría haberte pasado si Rosalie no me hubiese llamado para decir que la habías llevado a casa de Mónica?

—Jasper, no sé con claridad lo que ocurrió, salvo que perdí el control del coche y choqué

con un árbol. Creo que deberías aclararme los detalles más básicos antes de que empecemos a discutir.

— Bebe esto —Jasper le dio la copa de coñac—. Aún estás pálida —esperó hasta que Alice hubo obedecido, y luego se sirvió una copa para él—. Rosalie telefoneó para decirme que había llegado bien a casa de Mónica. Me dijo que tú las habías llevado, y que luego insististe en conducir hasta tu casa sola.

— No insistí, exactamente —empezó a decir Alice; luego, al ver la expresión de Jasper, se encogió de hombros y probó otro sorbo de coñac. No era el chocolate caliente que había imaginado, pero le hacía entrar en calor.

—Mónica estaba muy preocupada, como es natural. Dijo que pasarías por aquí en poco rato y me pidió que estuviera pendiente, dado que desde la casa se ve bastante bien la carretera. Supusimos que no habría mucho tráfico con este tiempo tan malo —Jasper hizo una pausa para beber, y luego hizo girar el coñac restante mientras miraba a Alice. Un asomo de color había regresado a sus mejillas — Después de colgar, me acerqué a la ventana, justo a tiempo, según parece, para ver tus faros. Vi cómo viraban en círculos y después se detenían en seco —tras soltar el coñac, se metió las manos en los bolsillos—De no ser por esa llamada, aún seguirías inconsciente en el coche. Gracias a Dios que, por lo menos, fuiste lo bastante sensata como para llevar puesto el cinturón de seguridad. De lo contrario, tendrías mucho más que un chichón en la cabeza.

Ella se puso a la defensiva.

—Oye, yo no pretendía quedar inconsciente, y además...

— Pero quedaste —interrumpió Jasper. Su tono era lacónico y cortante.

— Jasper, estoy tratando de mostrarme agradecida, pues supongo que fuiste tú quien me sacó del coche y me trajo a la casa — Alice apuró el resto del coñac y dejó a un lado la copa—. Me lo estás poniendo difícil.

—No me interesa tu gratitud.

— Bien. En ese caso, no la derrocharé — Alice se levantó. El movimiento fue demasiado rápido. Tuvo que clavarse las uñas en las palmas de las manos para combatir el mareo—. Me gustaría que llamaras a Mónica para tranquilizarla.

—Ya la he llamado —Jasper vio cómo perdía el color que había recuperado gracias al coñac—. Le dije que estabas aquí, que habías tenido un problema con el coche. No me pareció necesario especificar qué clase de problema. Siéntate, Alice.

—Ha sido todo un detalle por tu parte — respondió Alice —. Quizá pueda abusar un poco más de tu bondad y pedirte que me lleves a casa de Mónica.

Jasper se acercó a ella, le puso las manos en los hombros y, mirando sus ojos enfurecidos, la obligó a sentarse otra vez en el sofá.

— De ningún modo. Ninguno de los dos saldrá de aquí con esa tormenta.

Alice elevó el mentón y le dirigió una mirada rabiosa.

—No pienso quedarme aquí.

—A estas alturas, no creo que tengas más remedio —repuso él.

Alice se removió en el sofá, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Imagino que harás que Worth me prepare una habitación en las mazmorras.

—Podría ser —convino Jasper—. Pero está en Nueva York, atendiendo ciertos asuntos en mi nombre —sonrió—. Estamos totalmente solos.

Alice quiso hacer un gesto despreocupado con los hombros, pero el movimiento fue más bien una sacudida nerviosa.

—No importa. Puedo ir a casa de Mónica por la mañana. Supongo que puedo utilizar la habitación de Rosalie.

—Supongo.

Ella se levantó, pero más lentamente que la primera vez. Las palpitaciones se habían convertido en un dolor vago, fácil de ignorar.

—Subiré, entonces.

—Apenas son las nueve —la mano de Jasper se posó en el hombro de ella, suavemente pero con la firmeza necesaria para frenarla—. ¿Estás cansada?

— No, yo... —confesó Alice antes de poder pensárselo dos veces.

—Quítate el abrigo —sin aguardar una respuesta, Jasper empezó a desabrocharle los botones—. Antes estaba demasiado preocupado intentando reanimarte como para hacerlo — mientras le retiraba el abrigo de los hombros, volvió a mirarla a los ojos. Con delicadeza, acercó un dedo al morado que tenía en la sien—. ¿Te duele?

—Ahora no mucho —Alice notó que el pulso se le aceleraba. Era inútil atribuirlo a la conmoción del accidente. Reconoció las sensaciones que empezaban a fluir en su interior y lo miró directamente a los ojos—. Gracias.

Jasper sonrió mientras recorría sus brazos con las manos y luego tomaba las de Alice.

Un jadeo escapó de los labios de ella cuando él le alzaba las manos para besarle la cara interior de las muñecas.

—Tienes el pulso alterado.

—Me pregunto por qué será —murmuró Alice. Complacido, Jasper emitió una risita baja mientras le soltaba las manos.

—¿Has comido?

— ¿Comido? —la mente de ella intentó concentrarse en la palabra, pero sus sentidos aún seguían dominando su organismo.

—Comida —dijo Jasper—. Como la que se toma en la cena.

— Oh, no, he estado en el estudio desde esta tarde.

—Entonces, siéntate —ordenó él—. Iré a ver si Worth ha dejado algo decente.

—Iré contigo —Alice colocó la mano sobre la de él para atajar su objeción—. Jasper, las bailarinas somos muy resistentes. Estoy bien.

Él observó su rostro con ojo crítico, y luego asintió.

—Está bien, pero lo haremos a mi manera con un movimiento inesperado, la tomó en brazos —. Compláceme —dijo, anticipándose a sus protestas.

Alice encontró deliciosa la sensación de ser mimada y se acomodó para disfrutar de

ella.

—¿Y tú, has comido? -Jasper negó con la cabeza.

— He estado trabajando... Y luego me entretuvieron.

— Ya te he dado las gracias —señaló Alice.

Jasper abrió la puerta de la cocina con el hombro.

— No habría sido necesario si hubieses actuado con dos dedos de frente y te hubieras quedado en casa de Mónica.

—Tú siempre tan lógico — Alice reprimió un suspiro cuando él la soltó sobre la mesa de la cocina—. Es un mal hábito, pero estoy seguro de que podrías superarlo —le sonrió—. Y si me hubiera quedado en casa de Mónica, ahora no estaría aquí siendo atendida. ¿Qué vas a prepararme?

Jasper le tomó la barbilla con la mano y la miró detenidamente.

—Nunca he conocido a nadie como tú.

Su tono era meditabundo, y ella acarició su mano.

—¿Y eso es bueno o malo? -Él meneó la cabeza lentamente, y luego la soltó.

—Todavía no lo he decidido.

Alice observó cómo se acercaba a la nevera. Le resultaba difícil creer lo mucho que lo amaba, lo sólido y completo que era ya ese amor.

«¿Y qué puedo hacer?», se preguntó. ¿Se lo digo? Sería embarazoso para él, y podría estropear completamente lo que parece el principio de una gran amistad. ¿No se supone que el amor es comprensivo y desinteresado? Extendiendo los dedos sobre la superficie de la mesa, Alice se quedó mirándolos.

Pero ¿se supone que causa dolor y, un momento después, le hace sentir a una como si volara?»

—¿Alice?

Ella alzó la mirada bruscamente, repentinamente consciente de que Jasper le había hablado

-Lo siento —sonrió—. Estaba soñando despierta.

-Hay un plato de asado de ternera, ensalada de espinacas y quesos de varias clases.

Suena estupendo —Alice se levantó, alzando una mano para acallar su protesta—. Estoy fuera de peligro, te lo aseguro. Dejaré que prepares todo eso mientras yo pongo la mesa —se acercó hasta el armario y empezó a buscar.

— ¿Cómo se te da fregar los platos? — inquirió Alice mientras Jasper hacía café después de la cena.

—Pues la verdad es que he tenido pocas ocasiones —Jasper la miró por encima del hombro—. ¿Y a ti, cómo se te da?

—Acabo de sufrir un accidente. Muy traumático. No sé si seré capaz de hacer algo manual todavía.

— ¿Puedes ir caminando hasta la otra habitación? —preguntó él cínicamente—. ¿O llevo el café primero y luego vuelvo a por ti?

—Lo intentaré — Alice se retiró de la mesa. Mantuvo la puerta de la cocina abierta para que Jasper pudiera pasar.

—La verdad es que poca gente se habría recuperado tan rápidamente como tú —recorrieron el pasillo juntos—. Te diste un buen golpe, a juzgar por el tamaño de ese chichón. Y, a juzgar por el estado de tu coche, tuviste suerte de no salir peor parada.

— Pero estoy perfectamente —observó Alice mientras entraban en la sala—. Y, por favor, no quiero enterarme de cómo está mi coche hasta que sea necesario. Podría sumirme en una grave depresión —tras sentarse en el sofá, hizo un gesto para que Jasper colocara la bandeja delante de ella—. Yo lo serviré. Lo tomas con crema, ¿verdad?

—Mmm —Jasper se acercó a la chimenea para introducir otro tronco en el fuego. Saltaron chispas antes de que el tronco siseara y empezase a arder. Cuando regresó junto a ella, Alice ya se estaba sirviendo su taza—. ¿Está la habitación lo bastante cálida?

—Oh, sí, el fuego es magnífico —Alice se recostó sin tocar el café—. Esta habitación es cálida incluso con la chimenea apagada —cómoda y relajada, dejó que sus ojos se pasearan por la sala—. Cuando era una adolescente, solía soñar con sentarme aquí esta manera... con la tormenta rugiendo fuera, el fuego ardiendo en el hogar y mi amante al lado.

Dejó salir las palabras sin pensar. En el momento en que las hubo dicho, las mejillas de Alice se tiñeron de color. Jasper le acarició la mejilla con el dorso de la mano.

—Jamás creí que te vería ruborizarte. -Alice percibió el atisbo de placer que había en su voz. Volvió la cara.

—Quizá tengo fiebre.

— Déjame ver —Jasper la giró de nuevo hacia sí. La sostuvo firmemente, pero los labios que descendieron para posarse sobre su frente eran suaves como una pluma—. No parece que tengas fiebre —con una mano, palpó el pulso en su cuello, presionando ligeramente con los dedos — Tu pulso no es regular.

— Jasper... —Alice dejó la frase en suspenso cuando él deslizó una mano dentro de su jersey para acariciarle la espalda. Pasó el dedo por la línea donde el maillot daba paso a la piel.

—Pero quizá tienes demasiado calor con este jersey tan grueso.

—No, yo... —pero antes de que Alice pudiera impedirlo, él ya se lo había sacado expertamente por la cabeza.

—Así está mejor —Jasper masajeó sus hombros brevemente, y luego volvió a centrarse en el café. Lindsay notó que todos los nervios de su cuerpo estaban despiertos—. ¿Con qué otras cosas soñabas? —mientras bebía el café, sus ojos buscaron los de ella.

Alice se preguntó si sus pensamientos serían tan transparentes como temía.

—Soñaba con bailar con Emmett McCarty.

— Un sueño convertido en realidad — comentó Jasper—. ¿Sabes qué es lo que me fascina de ti?

Intrigada, Alice meneó la cabeza.

— ¿Mi deslumbrante belleza, quizá? — sugirió.

—Tus pies.

— ¡Mis pies! —ella se echó a reír, mirando automáticamente los zapatos sin cordones que llevaba puestos.

— Son muy pequeños —antes de que Alice pudiese adivinar sus intenciones, Jasper ya se había colocado sus pies en el regazo—. Deberían pertenecer a una niña, en lugar de a una bailarina.

—Pero tengo la suerte de poder alzarlos sobre tres dedos. Muchas bailarinas solo pueden apoyarse en dos. ¡Jasper! —Alice se echó a reír nuevamente mientras él le quitaba los zapatos.

Su risa se acalló cuando Jasper le pasó un dedo a lo largo del arco del pie. Sintió una increíble e intensa punzada de deseo. Fluyó en su interior y luego se propagó como un fuego descontrolado por todo su cuerpo. Emitió un jadeo involuntario e irreprimible.

— Parecen muy frágiles —comentó Jasper cubriendo con la mano el empeine—. Pero deben de ser fuertes —de nuevo levantó los ojos hacia los de ella. Su dedo pulgar trazó una línea por la planta del pie, y ella se estremeció—. Y sensibles.

Cuando Jasper le alzó ambos pies y le besó los tobillos, Alice comprendió que estaba perdida.

—Sabes lo que me haces sentir, ¿verdad? - susurró. Era el momento de aceptar lo que había de surgir entre ambos.

Hubo un brillo de triunfo en los ojos de él cuando irguió otra vez la cabeza.

— Sé que te deseo. Y que tú también me deseas.

Ojalá fuese algo tan simple, se dijo Alice. Si no lo amase, podrían compartir sus cuerpos con total libertad, sin lamentaciones. Pero ella lo amaba, y algún día pagaría por lo que estaba sucediendo esa noche. Un ligero soplo de miedo estalló en su pecho cuando pensó en cuál podía ser el precio.

— Abrázame —Alice se refugió entre sus brazos—. Abrázame.

«Mientras dure la nevada», se dijo, «estaremos solos. No hay nadie más en el mundo, y el tiempo nos pertenece. No existe el mañana. No existe el ayer»

Echó hacia atrás la cabeza para poder mirarlo a los ojos. Con la yema del dedo, recorrió pausadamente las curvas y los ángulos de su semblante, hasta que cada centímetro quedó grabado en su memoria.

—Ámame, Jasper —dijo con los ojos muy abiertos—. Haz el amor conmigo.

No hubo tiempo para la gentileza, ni ninguno de los dos lo deseaba. La pasión impuso sus propias reglas. La boca de él se mostraba ávida, abrasando la de Alice, hasta que sus palabras se disolvieron en el aire.

Su ansiedad era increíblemente excitante. No obstante, Alice percibió que Jasper mantenía el control, sin dejar de ser dueño de su destino. No hubo torpeza en sus dedos mientras la desnudaba. Sus manos le acariciaban la piel mientras las prendas de ropa eran retiradas una a una, provocando deseo allí donde tocaban.

Cuando Alice pugnó por desabrocharle los botones de la camisa, él la ayudó. Había entre ellos fuego, necesidad, una espiral de placer.

Tocándolo, explorando la tirante piel de su pecho y de sus hombros, Alice experimentó una sensación nueva. Era una sensación de posesión. Por ahora, de momento, Jasper era suyo, y ella le pertenecía por completo. Y ambos eran piel contra piel, sin barreras, desnudos, enredados y hambrientos.

La boca de él descendió febrilmente para saborear uno de los senos de Alice, y luego permaneció allí, paladeándolo, mientras con las manos le proporcionaba un placer tembloroso. Su lengua era excitantemente ruda. Mientras Jasper la acariciaba con la boca y la nariz, ella se situó debajo de él, impulsada por una necesidad que crecía en fuerza y apremio.

Su respiración se tornó en susurros mientras lo urgía a besarla de nuevo. Los labios de Jasper emprendieron un lento viaje, deteniéndose en su cuello, desviándose hacia su oreja hasta que Alice casi se volvió loca con la necesidad de paladearlos. Ansiosamente, poseyó la boca de Jasper con la suya, estremeciéndose con una pasión más abrumadora que cualquier otra sensación que hubiese experimentado anteriormente. En la danza, era un solo ser. El placer y los sueños eran suyos y estaban sujetos a su control.

Ahora, estaba unida a otro ser, y el placer y los sueños eran algo compartido. La pérdida del control formaba parte del éxtasis.

Alice se sentía fuerte, más poderosa de lo que jamás creía haber podido sentirse. Su energía carecía de límites, extraída de la necesidad de poseer, de la necesidad de dar.

La pasión de ambos fluía con la dulzura de la miel; Alice se derritió entre los brazos de Jasper.


ke tal hasta ahora alguna impresion?

bye