Ni esta historia ni los personajes de Glee me pertenecen.


Capítulo 8

La enorme y espaciosa oficina que servía para aquel tipo de reuniones se había llenado aquella tarde. La larga mesa estaba ocupada casi por completo y Rachel se había ubicado junto a Emma, porque ella se lo había pedido.
Estaba nerviosa y no era para menos. Se trataba del primer proyecto que su jefa le encargaba y ella sería la principal responsable de llevarlo adelante con éxito. Emma le había dicho que pondría a su disposición el personal y el material que fuera necesario y que la dejaría trabajar con total libertad.

Aquella reunión era para afinar los últimos detalles y poner en marcha, finalmente, el proyecto en el que cualquier persona amante del arte habría deseado trabajar.
Había elegido una falda y una chaqueta de color gris ceniza para darse un toque más formal; debajo, llevaba una camisa en un tono un poco más pálido que el del traje. Su larga melena castaña estaba prolijamente sujeta en lo alto de su cabeza en un moño. Había entrado a la oficina con unas cuantas carpetas en los brazos y se sintió un tanto incómoda cuando la atención de la decena de hombres asistentes a la reunión se centró en ella. Conocía a la mayoría; al resto, seguramente, se los presentaría Emma en el pequeño cóctel que se daría una vez finalizada aquella reunión.
Demasiada gente, murmullos y miradas furtivas que iban dirigidas a ella. Rachel Corcoran, la novata encargada de llevar adelante un proyecto tan importante como aquel.
Emma revisaba unos papeles; Rachel se preguntó por qué no daba comienzo a la reunión de una buena vez, deseaba largarse de allí y dar por terminada esa sensación de sentirse un ******* en exhibición. ¡Dios! ¡Cómo quería estar en su taller en aquel mismo momento!
La puerta se abrió y todos se giraron para observar si el último asistente se había dignado, por fin, a aparecer.
Rachel notó que el rostro de su jefa se relajaba ante la aparición de aquel hombre que en ese momento cruzaba la oficina y se dirigía hacia ellas después de saludar con cortesía a los demás.
—Emma, lamento llegar tarde, pero era imposible escaparme de aquella otra reunión —dijo, se agachó y le dio un beso en el dorso de la mano.
—No te preocupes, Mike. Las personas importantes siempre se hacen esperar. —Se giró y le sonrió a Rachel—. Mike, esta es Rachel Corcoran. Rachel dirigirá el proyecto de la colección.
Mike extendió la mano y se dispuso a besar la de Rachel de la misma manera que había hecho con Emma.
—Rachel, este es Mike Chang. Rachel le entregó la mano. Emma no necesitaba decir nada más, ya sabía quién era él, no solo porque no se había hablado de otra cosa en la editorial en los últimos días, sino porque el nombre de Mike Chang era reconocido a nivel nacional. Uno de los mejores diseñadores del país y el creador de las mejores campañas publicitarias.
—Es un honor conocerlo, señor Chang —dijo con timidez.
—El honor es mío, Rachel. Llámame Mike; después de todo, vamos a trabajar juntos.
Rachel asintió mientras él se sentaba junto a Emma que dio por comenzada la reunión. Había pensado que los nervios la traicionarían más de una vez, pero estuvo más tranquila de lo normal; sobre todo, cuando le tocó exponer a ella las ideas que sustentarían el proyecto que al término de aquella reunión ya tenía un nombre oficial: «Art & Pleasure». Había sido elegido entre todos a través de una votación, después de que ella misma lo sugiriera. Rachel sintió que aquel había sido un gran voto de confianza hacia su trabajo.
Los ejecutivos se iban acercando, poco a poco, al par de mesas en donde los esperaba un pequeño refrigerio. Rachel se quedó en su lugar un momento más, a solas Emma y Mike conversaban junto a la ventana y ella aprovechó para ordenar sus carpetas.
Una de sus compañeras la instó a que comiera algo pero desistió: tenía el estómago cerrado y solo aceptó un vaso de agua.
—¡Ah, no! ¡No puedes beber agua! —Mike exclamó al verla llenar su copa—. Debemos hacer un brindis, bebe al menos un poco de vino.
Rachel le sonrió y de mala gana aceptó la copa de vino que él le acercaba.
—Por «Art & Pleasure», porque sea un éxito. —Chocó la copa de Rachel con un leve movimiento—. Y
por ti, Rachel.
Rachel bebió un sorbo de vino para ocultar de alguna forma la vergüenza de sentirse el centro de atención. Todos la miraban y, en un momento dado, deseó salir corriendo de allí y encerrarse en su taller. Sin embargo, debía aceptar que aquello también formaba parte de su vida, aunque le agradara menos. Prefería estar enfundada en sus vaqueros gastados, dar pinceladas sobre sus lienzos, respirar el olor del óleo y la trementina, encerrarse por horas en su estudio, en vez de estar allí, rodeada de tanta gente, la mayoría casi desconocida.
Para su alegría, Emma se había unido a ellos y Rachel se sintió menos incómoda. De vez en cuando observaba su reloj pulsera, procuraba hacerlo mientras su jefa y Mike Chang estaban distraídos, no quería dar la impresión de que quería largarse de aquel lugar lo antes posible.
Como Emma y Mike estaban entretenidos conversando con un hombre que, según había escuchado, era uno de los mayores distribuidores de libros del país, Rachel logró escabullirse al menos un rato para recuperar un poco de soledad. Caminó hacia el gran ventanal y contempló cómo la noche ya se había adueñado de Fresno. Los edificios que la rodeaban y que de día parecían moles majestuosas, en ese momento parecían solo bestias dormidas. Respiró hondo y se cubrió el pecho con los brazos. Estaba tan oscuro ahí fuera; cualquiera se podría perder en medio de aquella negrura devoradora. Se preguntó si el hombre que amenazaba de nuevo su vida viviría como una sombra y se ocultaría de los demás en medio de la noche. Un escalofrío le recorrió la espalda.
—Estás aquí pero tu pensamiento no.
Rachel se sobresaltó al escuchar la voz de Mike Chang.
—Necesitaba un poco de soledad —le dijo mientras esbozaba una tibia sonrisa.
—Te entiendo. A veces, la soledad suele ser la mejor compañera. —Se paró a su lado y contempló la vista que Fresno les ofrecía desde aquella oficina—. La soledad y la noche, una combinación demasiado lúgubre para algunos y demasiado perfecta para otros.
Rachel asintió.
—Apuesto que ahora tu único deseo es marcharte de aquí.
—¿Cómo lo sabes? —Su forma de hablar le intrigaba.
—Porque lo mismo deseo yo —se limitó a responder.
—¿Y por qué no te vas entonces?
—¿Por qué no te vas tú? —retrucó y colocó las manos en los bolsillos de sus pantalones.
—No podría desairar a Emma. —Lanzó un fugaz vistazo a su jefa—. Ella ha puesto en mis manos este proyecto tan importante y confía en mí más que nadie.
—Todos confían en ti, Rachel. Incluso yo —dijo y le sonrió.
—Quisiera creer que eso es verdad, pero sé que muchas personas que están hoy aquí piensan que no lo lograré. —Era un sentimiento que la había acompañado desde el mismo momento en que Emma le había comunicado que sería la encargada de dirigir el nuevo proyecto.
—Solo es envidia —señaló Mike.
—No, no es eso. Solo que creen que Emma debería haber elegido a alguien con más experiencia y la verdad es que quizá tengan razón en desconfiar de mí.
Mike sacudió la cabeza.
—No debes pensar así; tienes la oportunidad perfecta para demostrarles a todos ellos y a ti misma que puedes hacerlo. Yo te ayudaré, para eso estoy aquí.
Rachel bajó la mirada avergonzada por su falta de confianza en sí misma.
—Gracias.
—Me las darás cuando comprendas que tengo razón —resopló, y un mechón de su cabello negro bailó con gracia sobre su frente—. Vamos, te llevaré a tu casa.
—Oh, no, no es necesario —se apresuró a decir—. He venido en mi automóvil.
—En ese caso, déjame acompañarte, al menos, hasta que subas a él.
Podría haberse negado, pero prefirió no hacerlo. No deseaba bajar sola hasta el subsuelo con la impresión de que alguien saldría en medio de la oscuridad para atacarla.
Se despidieron de Emma y de un par de hombres que hablaban con ella, que Rachel solo había visto un par de veces con anterioridad y tras recoger sus carpetas, se marcharon.
—¡Por fin! —exclamó Mike y suspiró aliviado mientras se recostaba contra una de las paredes del ascensor.
Rachel no pudo evitar sonreír; sobre todo, porque ella pensaba lo mismo solo que no se había atrevido a decirlo. Mientras el ascensor descendía los siete pisos que los separaban del subsuelo, Rachel se dedicó a contemplar al hombre que acababa de conocer. Tenía un aspecto jovial; debía de tener no más de treinta años, no era mucho más alto que ella y era de complexión algo robusto.
Su cabello negro formaba algunas ondas y le llegaba más allá del cuello; sus ojos eran cafésoscuros y llevaba unas elegantes gafas. Pero, sin duda, lo que más llamaba la atención en su rostro era una cicatriz que cruzaba por un lateral de su mandíbula.

Él se la tocó cuando descubrió hacia dónde estaban dirigidos los ojos de Rachel.
—Fue hace muchos años, un accidente de coche de donde salí casi ileso, a no ser por esta pequeña marca que llevaré hasta el día que me muera —le contó.
Rachel notó tristeza en su voz, de seguro le dolía hablar de aquel tema y se lamentó de haberse quedado mirando su cicatriz como una niña tonta.
—Lo siento.

—No te preocupes, ya lo he superado. Pasó hace más de diez años y, además, creo que no me queda tan mal, ¿no? Me da un aspecto de hombre recio; creo que a las mujeres les gusta eso —bromeó, para ocultar su tristeza.

—No a todas —replicó Rachel.

La puerta del ascensor se abrió.

—¡Vamos! ¡No me vas a decir que una mujer como tú no se sentiría halagada si se topara con un sujeto rudo, con barba de varios días y que solo oliera a sudor! ¡Un típico vaquero del lejano Oeste!
Rachel no hizo nada para reprimir la carcajada.

—¡Claro que no! —dijo a la defensiva. Por un segundo, la imagen de Quinn Fabray la asaltó y se la imaginó vestido de vaquero, con sus botas de cuero gastadas, un gran sombrero de ala ancha, las manos dentro de los bolsillos de sus pantalones y aquellos ojos verdes que cada vez que la miraban la invitaban a querer explorar qué había más allá.

—Te has quedado muy callada de repente. —Mike la acompañó hasta donde estaba estacionado su Volkswagen—. ¿En qué pensabas?

Rachel agitó la cabeza e intentó deshacerse de aquella imagen demasiado tentadora y le respondió.

—En nada.

—Bueno, déjame decirte que la expresión en tu rostro era demasiado placentera como para que estuvieras pensando en «nada».

Los colores se le subieron a las mejillas.

—Es tarde, debo irme. —Abrió la puerta de su automóvil y arrojó las carpetas dentro antes de que se convirtieran en posibles armas mortales.

—Bonito automóvil —comentó Mike al elogiar su Volkswagen Beetle color rojo cereza.

Rachel entró y cerró la puerta. Bajó la ventanilla y lo miró.

—Gracias por acompañarme, Mike.

—De nada, Rachel.

Le dedicó una última sonrisa mientras encendía el motor y antes de marcharse lo saludo con la mano.


Se movía entre las sombras vestido de negro. Adoraba la noche y sumergirse en su oscura boca para perderse en ella y así pasar desapercibido. Hasta sus ojos parecían haberse acostumbrado a ver en la oscuridad, al igual que los gatos. Era muy parecido a un felino astuto, de movimientos gráciles, serpenteaba entre las sombras, prefería la noche al día.
Disfrutaba mientras tanta gente dormía, se sentía dueño del mundo y de las tinieblas que lo rodeaban.
Su cuerpo, vestido de negro por completo, se movió con sigilo a través de los árboles. Observó con detenimiento la caseta de seguridad que despedía una tenue luz nacarada.
Desde su interior le llegaba el sonido de una radio encendida en donde el locutor hablaba de deportes y comentaba, apesadumbrado, la mala racha que habían tenido los Grizzlies de Fresno en la última temporada.
Se acercó a la caseta casi en silencio, parecía que sus pies se deslizasen por la hierba, la tocaban apenas. Oculto detrás de la columna de cemento que flanqueaba la reja de hierro, levantó un poco la cabeza para observar mejor.
El guardia estaba muy cómodo recostado en su silla con los pies cruzados sobre el pequeño escritorio pegado a la pared. Estaba demasiado entretenido con una revista, donde exuberantes señoritas mostraban sus atributos físicos en llamativas fotos de colores, como para prestar atención a nada más. Mucho menos a las sombras que se recortaban bajo la luz de la luna. Se arrojó al suelo y se arrastró hacia la reja. Cuando se puso de pie nuevamente, solo la gorra del oficial se asomaba a través de la ventana de la caseta de seguridad.
Atravesar aquella fortaleza de hierro era la parte más difícil de su plan pero una vez que lograse sortear aquel obstáculo ya nada lo detendría. Tan solo unos pasos lo separaban de ella.
Sus manos enguantadas se aferraron con fuerza a los barrotes como si fueran garras. Comenzó a escalar y con la fuerza de sus piernas, logró darse un empujón y llegar hasta la parte más alta. Se detuvo un momento, la cámara de video no tardaría en girar hacia donde se encontraba él; le tomaría solo unos segundos captar su imagen y transmitirla a los monitores de seguridad. Debía saltar antes de que fuera demasiado tarde. Cruzó las piernas por encima de la reja y sin dudarlo se arrojó al suelo; contuvo una maldición y con un rápido giro logró desaparecer de nuevo entre las sombras. El ruido de su cuerpo, que golpeó contra el suelo de hormigón, había llegado hasta los oídos del distraído guardia, y este se levantó de su silla de inmediato y perdió el equilibrio al hacerlo. Se quitó la linterna que colgaba de la presilla de sus pantalones y abandonó la seguridad de la caseta.
Dirigió la luz hacia la reja pero no había nada. Alumbró luego hacia la zona más boscosa, pero solamente aparecían los árboles. Se quitó la gorra y se rascó la cabeza.
«Tal vez solo ha sido un mapache hambriento», pensó, y apagó la linterna y volvió a la caseta. Revisó los monitores que mostraban imágenes de la entrada y de las calles internas que conducían a las propiedades dentro del complejo pero no había nada. Todo parecía estar en absoluta calma.
Calma absoluta era la sensación que lo embargaba en aquel momento; sabía que luego llegaría la exaltación, la emoción de tenerla cerca. Respiró hondo unas cuantas veces y se dirigió a la parte trasera de su casa. Sería fácil entrar; sabía que aquellas casas no contaban con alarmas individuales, sus dueños confiaban en la seguridad que les brindaba vivir en un lugar apartado y cerrado como aquel. Encontró la pequeña claraboya que daba al sótano sin problemas. Había estudiado los planos de aquellas casas y conocía perfectamente cada detalle. No era demasiado grande, pero sí lo suficiente como para que él pasara a través de ella. La empujó e introdujo primero las piernas, se asió de los bordes con ambos brazos y de un pequeño salto fue a parar al suelo del sótano. Por suerte un cesto de ropa sucia amortiguó su caída y encubrió cualquier ruido extraño. Se puso de pie y observo el lugar. El sótano estaba en semipenumbra, alumbrado solo por la poca luz que arrojaba la luna a través del cristal de la claraboya. Reinaba un completo silencio pero él sabía ser también silencioso. Caminó hacia las escaleras y comenzó a subir los escalones de uno en uno, lentamente. Cuando por fin llegó hasta la puerta se detuvo un instante y apoyó una mano contra la pared.
No podía creer que después de esperar tanto tiempo finalmente la vería. Los cuatro años de sufrimiento y agonía por haberla perdido darían paso a la alegría de tenerla otra vez para él. Cruzó el umbral de aquella puerta y atravesó la cocina con dos zancadas.
Sabía que había dos habitaciones en la parte alta de la casa y que estaría durmiendo en una de ellas. Debía seguir sus instintos para dar con la correcta. Siempre lo había hecho y nunca le habían fallado. La sala era tal como se la había imaginado. Sus manos cubiertas por un par de guantes negros recorrieron la suave tela de los sillones y se la imaginó sentada allí, leyendo un libro, en una noche de invierno, mientras el fuego crepitaba en la chimenea. Él estaría sentado a su lado, la contemplaría, la tomaría de la mano y le repetiría, una y mil veces, lo mucho que la amaba.
El corazón se le subió a la garganta cuando escuchó ruidos en el piso de arriba. Una de las puertas se abrió y tuvo apenas un segundo para esconderse detrás de la biblioteca.
Una mujer de color y algo excedida en su peso bajó las escaleras con el cabello revuelto en lo alto de la cabeza mientras lanzaba un par de bostezos. La vio perderse en la cocina y luego regresar con un enorme vaso de leche en una mano y una caja de galletas de chocolate en la otra. Desde su escondite pudo observar con claridad en cuál de las dos habitaciones había entrado y así dedujo cual era la que ocupaba ella.
Esperó hasta que esa puerta se cerró y, con cautela, comenzó a subir la escalera. Cada peldaño lo acercaba más a ella y cualquier intento de acallar los latidos de su corazón fue en vano. Se detuvo ante su puerta y sostuvo la manilla entre las manos. La calma se había convertido ya en excitación; la frialdad, en euforia.
Abrió la puerta lentamente y la cerró tras de sí. La habitación estaba a oscuras y la luz que entraba por la ventana iluminaba su silueta en la cama. Dormía muy plácida, cubierta con las sábanas. Su cabeza reposaba sobre la almohada y respiraba con lentitud. Si extendiese la mano, podría tocarla, matar la ausencia que había padecido durante esos cuatro años.
Destruir la distancia que los había mantenido separados, cuando su destino era estar juntos hasta la misma eternidad. Respiró hondo y cerró los ojos cuando su perfume llegó hasta él. Ella se movió inquieta en la cama y dio media vuelta; entonces, la sábana se deslizó hasta la cintura y desveló lo que los había unido durante todos esos años. El nudo celta permanecía intacto y se dejaba ver debajo de la prenda de algodón que ella llevaba. Frenó el impulso de acercarse y tocarla para asegurarse de que era tan real como la había soñado. Ansiaba tocarla y sentir la suavidad de su piel de nuevo pero no había ido a eso. La misión que lo había llevado hasta su casa, aquella noche, era por completo diferente. Ni siquiera se detuvo a pensar si sería sencillo o no llevársela de allí sin ser visto. No había ido a llevársela; solo estaba en esa habitación para recordarle que él existía, que estaba a su lado en todo momento, aunque no lo supiera, y que jamás permitiría que ningún hombre se acercara a ella. Se metió la mano en uno de los bolsillos internos de la chaqueta de piel negra que llevaba y sacó un ramillete de flores. Acomodó sus pétalos azules un poco aplastados y lo colocó sobre la almohada, junto a su rostro. Se quedó cerca un instante para escucharla respirar. Su misión estaba cumplida. Sin embargo, le lastimaba dejarla. Le dolía que ella no hubiera abierto los ojos y hubiera extendido sus brazos para darle la bienvenida que él se merecía. Ya habría tiempo para todo eso cuando, por fin, estuvieran juntos nuevamente. Sabía ser paciente y esperaría por ese momento mágico el tiempo que fuera necesario.


—¿Has dormido mal? —preguntó Marley aquella mañana mientras revisaba algunos detalles del caso.
Quinn se masajeó el cuello con movimientos circulares pero nada lograba calmar el dolor que punzaba con insistencia dentro de sus músculos.
—Este dolor me está matando.
—Demasiadas tensiones, Quinn —sentenció Marley y se acomodó el pelo detrás de las orejas—. Deberías relajarte un poco.
¡Cómo si fuera tan sencillo hacerlo! Pensó malhumorada.
—¿Qué has conseguido del laboratorio?
Ella la miró resignada; al parecer no pensaba darse, ni siquiera, cinco minutos de pausa.
—Nada importante, no se hallaron huellas salvo las de la mano de un niño; parece como si esa maldita caja estuviera inmaculada.
—¿Has podido averiguar quién las vende?
—No conseguiremos nada por ese lado. Según los del laboratorio es una caja fabricada de forma artesanal —explicó.
Quinn rió con sarcasmo.
—¿Quieres decir que nuestro asesino es, además, un artesano al que le gusta hacer sus propias manualidades?
—Así parece; aunque seguramente construyó él mismo la caja para que no lográsemos rastrearla.
—Sí, seguro.
—Fabray, acaba de llegar esto para ti. —Un oficial le entrego un par de sobres y volvió a desaparecer detrás de la puerta.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó intrigada su compañera.
—Dos entradas.
—¡Bueno, veo que vas a seguir mis consejos y saldrás a divertirte un poco!
Quinn se puso seria y le entregó las entradas para que ella misma las viera.
—Son entradas para el partido de los Falcons para este fin de semana. —Lanzó un soplido mientras las volvía a guardar en el sobre—. Solo es trabajo.
—¿Qué esperabas? ¿Entradas para el cine, o tal vez el teatro?
—Pues sí, por qué no. Deberías desconectar un poco del trabajo, apuesto que el cuello te dolería menos.
—En cuanto lo atrapemos y toda esta pesadilla termine, te prometo que me tomaré unas vacaciones. —No le había mencionado nada pero pensaba tomar su pequeño barco que la esperaba en la bahía de San Francisco, salir a navegar y perderse, al menos unos días, en la profundidad del océano.
—¿Tienes idea de cuantos adolescentes habrá en ese partido de hockey?
—Pelirrojos, no muchos —respondió con soltura Quinn mientras subía las piernas encima del escritorio—. Vamos a tener suerte, Rose. ¿No eres siempre tú la que dice que tenemos que ser un poco más optimistas?
Marley la miró directamente a los ojos y Quinn percibió el cansancio en ellos.
—Sabes que si no fuera así terminaríamos metidas en un hospital, envueltas en una camisa de fuerza. —Se detuvo de inmediato al darse cuenta de lo que acababa de decir.
Quinn percibió su vergüenza al decir eso.
—No te preocupes.
—Lo siento, Quinn. Sabes que no me refería a… —¡Dios! ¿Por qué a veces no se limitaba a cerrar su enorme bocaza?
—Te he dicho que lo olvidaras.
Marley asintió y volvió a concentrarse en el papeleo. Había metido la pata, había actuado con el mismo tacto de una mula al mencionar aquello. Casi nunca hablaban del tema del padre de Quinn. Ella sabía que Quinn lo visitaba una vez a la semana en la clínica donde estaba internado desde hacía unos años y que cada vez que iba, regresaba peor. Siempre dejaba que fuera ella quien mencionara algo al respecto pero podía percibir cuánto dolor le provocaba ver a su padre en aquel estado después de haber sido, durante tantos años, no solamente uno de los mejores policías de la ciudad, sino su héroe desde que era niñoa. La mismo Quinn le había contado que había elegido ser policía como una manera de honrar a su padre. Una ironía la obligaba a ser testigo de cómo ese hombre, a quien siempre había admirado y respetado, se apagaba irremediablemente encerrado en aquel lugar.
Leía distraída unos papeles y, de vez en cuando, alzaba la vista para observarla. Parecía estar atenta a la pantalla de su portátil pero seguía con la mirada triste.
Le habría gustado levantarse de su lugar, ir hasta ella y darle unas cuantas palmaditas en el hombro para demostrarle su apoyo solo con aquel silencioso gesto.
Estuvo a punto de hacerlo, pero en ese instante la puerta se abrió con violencia, y Rachel Berry entró como un torbellino a la oficina.
Quinn abandonó su silla de un salto y se quedó perpleja cuando ella se arrojó desesperadamente a sus brazos.
—¡Rachel! ¿Qué ha sucedido?
—¡Ha estado en mi casa!


Hola :).

El loco ese se metió a casa de Rachel :o ahora si viene lo bueno :3. Sospechan de alguien?

Próxima actualización : El lunes

Si hay muchos reviews el lunes subiré 4 capítulos seguidos ;)

Saludos